jueves, 11 de abril de 2013
Aborto de derechas
jueves, 15 de diciembre de 2011
La sordera moral respecto al aborto es hoy en día la ley educativa de Occidente
viernes, 6 de agosto de 2010
Juan Manuel de Prada acusa a los partidos de la derecha de "aceptar" y "fomentar" la interrupción del embarazo
martes, 29 de junio de 2010
Benigno Blanco afirma que España "promueve el aborto desde el Gobierno y con el dinero de todos"
sábado, 24 de abril de 2010
El aborto y el honor de Dios
miércoles, 17 de marzo de 2010
Una voz católica sobre el aborto
Nuestros mártires eran excelentes ciudadanos y daban al César lo que era del César, como mandó nuestro Señor Jesucristo; pero no podían dar al César lo que no era del César. No podían adorar ni a el emperador ni a sus falsos dioses, porque sólo podemos adorar al único Dios verdadero, Creador y Señor de todas las cosas hecho hombre en las purísimas entrañas de la Virgen Santísima y presente perpetuamente en la Eucaristía.
Hoy tampoco se puede dar al César lo que no es del César. No se puede votar a los partidos políticos abortistas porque la vida es un don de Dios y sólo Él tiene poder sobre ella. No se puede votar a ningún partido del actual arco parlamentario español, porque todos ellos son corresponsables del crimen abominable del aborto y de otras leyes anticristianas. No se puede rendir culto a esta democracia agnóstica y atea que está descristianizando los pueblos con leyes y costumbres perversas. No existe un “catolicismo a la carta” como decía Juan Pablo II, o eres cristiano o no lo eres. No se pueden votar a partidos políticos cuyos programas y líderes contradicen al Magisterio de la Iglesia. La Congregación para la Doctrina de la Fe enseñar que “La conciencia bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contenga propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral”.
¿Cómo se puede decir que un líder político es católico y mantener con una mayoría absoluta la ley del aborto? En los ocho años de gobierno de José María Aznar se asesinaron, amparados en la ley del aborto, a 511.429 niños y niñas inocentes. En los once años de gobierno de Felipe González se asesinaron por aborto a 359.624 personas inocentes. Los obispos norteamericanos niegan la comunión a los católicos abortistas. Miren los señores obispos españoles si ha llegado de ese momento para los políticos abortistas españoles. Monseñor Guerra Campos afirmó que todos los que colaboraron directamente en la elaboración de la ley del aborto eran pecadores públicos y no se les podía administrar los sacramentos.
Y el Derecho Canónico vigente excomulga a todos los que colaboran directamente en el crimen abominable del aborto. Hoy, como nunca, el pueblo fiel, incluidos sacerdotes, religiosos y monjas, necesita saber por qué los obispos norteamericanos niegan la comunión a los aborteros y porque no se puede votar a partidos políticos abortistas.
Necesitamos urgentemente una catequesis general e intensa de la Doctrina Social de la Iglesia, fundamentada en los últimos documentos de la Conferencia Episcopal Española y en el Magisterio pontifico.
P. Manuel Martínez Cano mCR
sábado, 6 de marzo de 2010
Los carlistas ante la nueva legislación abortista
Don Juan Carlos de Borbón acaba de firmar la “Ley Orgánica 2/2010, de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo”, su segunda “ley del aborto”. En 1985 sancionó una primera ley despenalizadora que, promovida por el PSOE, apoyada por el PP, y definida por Mariano Rajoy y sus máximos dirigentes como una ley “de consenso” ha provocado la muerte de 1.300.000 víctimas inocentes y allanado el camino para esta nueva vuelta de tuerca.
Ante esta situación, la Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista, -único partido político que propone para España la monarquía tradicional y uno de los pocos que defiende íntegramente los valores no negociables- se ve en la obligación de hacer las siguientes consideraciones a la opinión pública:
1º. Como grupo político, los carlistas no entraremos a juzgar la conciencia de don Juan Carlos ni si sus actuaciones públicas merecen o no una reprobación más o menos contundente por parte de la jerarquía de la Iglesia. Los obispos han recordado con claridad suficiente que cualquier político o gobernante que sea corresponsable o público partidario de cualquier legislación abortista no puede ser admitido en la Sagrada Comunión. Respecto a don Juan Carlos lo único que nosotros constatamos es que en el BOE de 4 de marzo no se limita, como si fuera un notario, a dar fe de un acuerdo del Parlamento sino que con su su firma otorga validez legal a la nueva ley.
Concretamente el actual jefe del estado ha firmado lo siguiente:
“A todos los que la presente vieren y entendieren. Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica. (…) Por tanto, Mando a todos los españoles, particulares y autoridades, que guarden y hagan guardar esta ley orgánica. Madrid, 3 de marzo de 2010. JUAN CARLOS R.”
2º. Don Juan Carlos ha firmado la nueva ley sin expresar el menor gesto de desaprobación. Ante quienes afirman que ha sido obligado a firmar nos preguntamos: ¿cómo es posible que alguien que dice ser rey y monarca no goce de libertad siquiera para oponerse a una ley injusta, en defensa de los españoles más indefensos?. Que una persona, supuestamente la máxima autoridad del estado, sea declarada no responsable por el sistema constitucional es una vergüenza tanto para quien firma permitiendo que le sigan llamando rey como para todos los españoles, que se ven inmersos en un régimen en el que, como en la dictadura nazi, la orden recibida parecería excusar la voluntad libre y responsable de cada conciencia individual.
3º. Por otra parte la perversidad de la nueva ley del aborto no nos puede hacer olvidar que si hemos llegado a esta situación de definir legalmente la eliminación de seres humanos inocentes como un derecho es gracias a la sanción previa de otras muchas leyes anticristianas que en las últimas décadas y en el marco de una Constitución enemiga de la raíz católica de España han ido proponiendo, apoyando o sancionando el PSOE, el PP y el jefe del estado: nos referimos a las leyes permisivas del divorcio, del divorcio-exprés, de manipulación de embriones, de las píldoras abortivas, de las parejas de hecho, del llamado “matrimonio homosexual”, de la “Educación para la ciudadanía”, etc.
4º. Una vez más pedimos a los españoles que sepan distinguir entre la llamada “monarquía constitucional” y la verdadera “monarquía tradicional”. La primera, con la figura de un rey no-responsable fiel servidor de la revolución relativista, otorga al vigente sistema partitocrático una apariencia respetable. La segunda, que además de la legitimidad de origen planteada históricamente por el legitimismo carlista exige una legitimidad de ejercicio coherente con la tradición política española, es la única que podría garantizar la necesaria estabilidad de las instituciones poniéndolas a resguardo de los vaivenes partidistas.
5º. Por último, queremos animar a los defensores de la causa pro-vida para que no decaigan en su lucha por la verdad de la dignidad humana que tiene su raíz más profunda en la dignidad de los hijos de Dios. Junto a ellos estaremos siempre los carlistas, apoyando cuantas manifestaciones contra el aborto se realicen siempre que vayan encaminadas al primer objetivo verdaderamente pro-vida: la abolición total de cualquier legislación que no proteja la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista
5 de marzo de 2010
lunes, 18 de enero de 2010
Coherencia frente al aborto
viernes, 4 de diciembre de 2009
Por qué abortar es progresista
Muchos impugnan la nueva ley del aborto española diciendo que abortar no es progresista. Sin embargo, el aborto parece inseparable de la Modernidad y de su ideología nuclear, el progresismo.
¿Qué es la Modernidad? Una reducción y una renuncia. La reducción del ámbito racional a la actividad de la materia, hasta llegar a absolutizarla. La renuncia a descubrir la naturaleza humana, hasta llegar a inventarla. En eso dio el “atrévete a saber” de Kant, la emancipación del entendimiento que había de traer el imperio de la ciencia, el progreso indefinido y la paz perpetua.
Pero las profecías ilustradas no se cumplieron. Como dijo Donoso, cuando se esparció la fe en el paraíso terreno la sangre brotó hasta de las rocas duras. Al febricitante incremento de la técnica le acompañó un inaudito menosprecio del hombre. Llegaron la“santa guillotina”, la devastación napoleónica, el nacionalismo, las sociedades eugenésicas y las guerras mundiales. Avergonzada, la Modernidad huyó hacia delante y se rebautizó en Postmodernidad, intensificando la reducción y la renuncia modernas hasta el imperio del relativismo. La razón se deshizo en el “deconstructivismo”, donde todo pierde su valor; el entendimiento renunció a la verdad, en nombre de una tolerancia donde todo vale. Hoy no hay Auschwitz, no hay Gulag. Pero hay 40 millones de abortos cada año.
¿Cómo es posible que la sociedad moderna, presentada como heraldo de la ciencia, del progreso y de la paz, admita tal masacre de seres humanos inocentes? ¿Es el aborto un accidente de la Modernidad o una consecuencia esencial de la misma?. La respuesta debe tener en cuenta lo difícil que le resulta al pensamiento moderno sustentar y vivificar al hombre, la familia y la sociedad, los tres elementos básicos de la comunidad política. Mejor dicho, parece que el progresismo infunde una inercia necrótica a estos tres pilares, como si tendiera intrínsecamente a destruir el orden de la vida en común. Veámoslo.
¿Qué es el hombre para la doctrina moderna? Materia evolucionada, de la misma naturaleza que el resto de la biosfera, cuyo estatuto está sujeto a la opinión mayoritaria del momento y puede reformularse a gusto de cualquier ideólogo. Esto tiene dos consecuencias. En primer lugar, el concepto de ser humano se licua. No es extraño que el parlamento español debata extender los derechos humanos a los simios, que la ministra Bibiana Aído diga que el nasciturus no es humano, o que Paul Ehrlich y otros biólogos presenten al hombre como un gorgojo para el planeta. En segundo lugar, se olvida desde y hasta cuándo el hombre es sujeto de derechos. Por eso catedráticos de ética como Peter Singer recomiendan el aborto, la eutanasia y el infanticidio; o el Colegio de Ginecólogos británico solicita matar a los bebés minusválidos. La idea moderna del hombre, que desconoce la dignidad de la persona humana, mina los cimientos de los derechos humanos y justifica la muerte como deber humanitario.
La razón jibarizada de la Modernidad tampoco es capaz de reconocer la naturaleza de la familia. La familia -dice el moderno- es un lugar triplemente peligroso: celebra la maternidad que origina la opresión de la mujer, ceba la “bomba demográfica”, y estorba el adoctrinamiento ideológico del Estado. Por consiguiente, es lógico que la España de Zapatero trate de reducir el matrimonio a una unión de Progenitor A con Progenitor B, de cualquier sexo, inmediatamente cancelable por repudio. O que la ONU y la Unión Europea hayan proscrito el término “maternidad” de su jerga burocrática, y a cambio cohonesten el aborto como “salud reproductiva”. De ahí que en Europa, cuna de la Modernidad, no haya niños en 2 de cada 3 hogares, y el 20% de los embarazos sea abortado. La esterilidad y la muerte parecen requisitos progresistas para que la familia, escudo del hombre y arbotante de la sociedad, quede inerme ante el Estado.
Sí, el progresismo es letal para el hombre y la familia. Pero también lo es para la sociedad. El clásico ponía en el bien común -el bien de todos sin excepción- el fin de la sociedad; el desencantado postmoderno, que ya no se atreve a proponer bienes, sólo aspira al consenso mayoritario. A la mayoría le corresponde, en la Modernidad, definir lo que es ley y sostener la balanza de la justicia, sin obligación de subordinarse a principios superiores que permitan juzgar las normas. El consenso, que es la expresión política del relativismo, se absolutiza y se antepone al hombre. Así se cumple el sueño de Rousseau y Spinoza: quien está fuera del consenso, de lo políticamente correcto, no merece vivir en la sociedad moderna.
El Estado es el responsable de crear y administrar el consenso, destruyendo para ello las ligaduras de la vida social y manipulándolas con la teta presupuestaria. La certidumbre de la ciencia y la técnica funciona aquí como bálsamo metafísico, como religión. Ahora bien, bajo la apariencia de concordia hay una sociedad desarmada que ha roto el equilibrio con el individuo, que no puede distinguir el bien del mal y que encierra la libertad en lo políticamente correcto. Una sociedad inane, nihilista, yerma. Su divisa ya no dice “no matarás”, sino “relativizarás”. Su fruto es la cultura de la muerte. Sus abortorios producen cada año tantas víctimas como la Segunda Guerra Mundial. Y -dice la ley de Zapatero- no cabe objeción de conciencia.
Esto es la Modernidad. La reducción de la razón y la renuncia del entendimiento. La disolución del hombre, la familia y la sociedad. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la razón levantaba sumas y catedrales, y el entendimiento se aventuraba más allá de lo sensible. Hubo un tiempo en que Boecio le dijo a Tomás de Aquino que el hombre era persona, dotado de suprema dignidad; en que Francisco de Vitoriaconversaba con Cicerón sobre el asiento de la ley en la razón, y no en la voluntad. La Modernidad olvidó estos logros y menospreció mil años de desarrollo. Las consecuencias, hemos visto, son cada vez más sangrientas.
¿Puede el progresismo generar un cultura amable con la vida? No es probable. La Modernidad no traerá una civilización pacífica y justa. Si hay que esperar un verdadero desarrollo humano es necesario recobrar la entereza de la razón. Sustituir el “Sapere aude” del filósofo de Königsberg por el “Duc in altum” del carpintero de Nazaret es el primer paso para conseguirlo.
¿Qué es la Modernidad? Una reducción y una renuncia. La reducción del ámbito racional a la actividad de la materia, hasta llegar a absolutizarla. La renuncia a descubrir la naturaleza humana, hasta llegar a inventarla. En eso dio el “atrévete a saber” de Kant, la emancipación del entendimiento que había de traer el imperio de la ciencia, el progreso indefinido y la paz perpetua.Pero las profecías ilustradas no se cumplieron. Como dijo Donoso, cuando se esparció la fe en el paraíso terreno la sangre brotó hasta de las rocas duras. Al febricitante incremento de la técnica le acompañó un inaudito menosprecio del hombre. Llegaron la “santa guillotina”, la devastación napoleónica, el nacionalismo, las sociedades eugenésicas y las guerras mundiales. Avergonzada, la Modernidad huyó hacia delante y se rebautizó en Postmodernidad, intensificando la reducción y la renuncia modernas hasta el imperio del relativismo. La razón se deshizo en el “deconstructivismo”, donde todo pierde su valor; el entendimiento renunció a la verdad, en nombre de una tolerancia donde todo vale. Hoy no hay Auschwitz, no hay Gulag. Pero hay 40 millones de abortos cada año.
¿Cómo es posible que la sociedad moderna, presentada como heraldo de la ciencia, del progreso y de la paz, admita tal masacre de seres humanos inocentes? ¿Es el aborto un accidente de la Modernidad o una consecuencia esencial de la misma?. La respuesta debe tener en cuenta lo difícil que le resulta al pensamiento moderno sustentar y vivificar al hombre, la familia y la sociedad, los tres elementos básicos de la comunidad política. Mejor dicho, parece que el progresismo infunde una inercia necrótica a estos tres pilares, como si tendiera intrínsecamente a destruir el orden de la vida en común. Veámoslo.
¿Qué es el hombre para la doctrina moderna? Materia evolucionada, de la misma naturaleza que el resto de la biosfera, cuyo estatuto está sujeto a la opinión mayoritaria del momento y puede reformularse a gusto de cualquier ideólogo. Esto tiene dos consecuencias. En primer lugar, el concepto de ser humano se licua. No es extraño que el parlamento español debata extender los derechos humanos a los simios, que la ministra Bibiana Aído diga que el nasciturus no es humano, o que Paul Ehrlich y otros biólogos presenten al hombre como un gorgojo para el planeta. En segundo lugar, se olvida desde y hasta cuándo el hombre es sujeto de derechos. Por eso catedráticos de ética como Peter Singer recomiendan el aborto, la eutanasia y el infanticidio; o el Colegio de Ginecólogos británico solicita matar a los bebés minusválidos. La idea moderna del hombre, que desconoce la dignidad de la persona humana, mina los cimientos de los derechos humanos y justifica la muerte como deber humanitario.
La razón jibarizada de la Modernidad tampoco es capaz de reconocer la naturaleza de la familia. La familia -dice el moderno- es un lugar triplemente peligroso: celebra la maternidad que origina la opresión de la mujer, ceba la “bomba demográfica”, y estorba el adoctrinamiento ideológico del Estado. Por consiguiente, es lógico que la España de Zapatero trate de reducir el matrimonio a una unión de Progenitor A con Progenitor B, de cualquier sexo, inmediatamente cancelable por repudio. O que la ONU y la Unión Europea hayan proscrito el término “maternidad” de su jerga burocrática, y a cambio cohonesten el aborto como “salud reproductiva”. De ahí que en Europa, cuna de la Modernidad, no haya niños en 2 de cada 3 hogares, y el 20% de los embarazos sea abortado. La esterilidad y la muerte parecen requisitos progresistas para que la familia, escudo del hombre y arbotante de la sociedad, quede inerme ante el Estado.
Sí, el progresismo es letal para el hombre y la familia. Pero también lo es para la sociedad. El clásico ponía en el bien común -el bien de todos sin excepción- el fin de la sociedad; el desencantado postmoderno, que ya no se atreve a proponer bienes, sólo aspira al consenso mayoritario. A la mayoría le corresponde, en la Modernidad, definir lo que es ley y sostener la balanza de la justicia, sin obligación de subordinarse a principios superiores que permitan juzgar las normas. El consenso, que es la expresión política del relativismo, se absolutiza y se antepone al hombre. Así se cumple el sueño de Rousseau y Spinoza: quien está fuera del consenso, de lo políticamente correcto, no merece vivir en la sociedad moderna.
El Estado es el responsable de crear y administrar el consenso, destruyendo para ello las ligaduras de la vida social y manipulándolas con la teta presupuestaria. La certidumbre de la ciencia y la técnica funciona aquí como bálsamo metafísico, como religión. Ahora bien, bajo la apariencia de concordia hay una sociedad desarmada que ha roto el equilibrio con el individuo, que no puede distinguir el bien del mal y que encierra la libertad en lo políticamente correcto. Una sociedad inane, nihilista, yerma. Su divisa ya no dice “no matarás”, sino “relativizarás”. Su fruto es la cultura de la muerte. Sus abortorios producen cada año tantas víctimas como la Segunda Guerra Mundial. Y -dice la ley de Zapatero- no cabe objeción de conciencia.
Esto es la Modernidad. La reducción de la razón y la renuncia del entendimiento. La disolución del hombre, la familia y la sociedad. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la razón levantaba sumas y catedrales, y el entendimiento se aventuraba más allá de lo sensible. Hubo un tiempo en que Boecio le dijo a Tomás de Aquino que el hombre era persona, dotado de suprema dignidad; en que Francisco de Vitoriaconversaba con Cicerón sobre el asiento de la ley en la razón, y no en la voluntad. La Modernidad olvidó estos logros y menospreció mil años de desarrollo. Las consecuencias, hemos visto, son cada vez más sangrientas.
¿Puede el progresismo generar un cultura amable con la vida? No es probable. La Modernidad no traerá una civilización pacífica y justa. Si hay que esperar un verdadero desarrollo humano es necesario recobrar la entereza de la razón. Sustituir el “Sapere aude” del filósofo de Königsberg por el “Duc in altum” del carpintero de Nazaret es el primer paso para conseguirlo.
Guillermo Elizalde Monroset
jueves, 12 de noviembre de 2009
Dios hace matanzas donde no llega la cruz
lunes, 28 de septiembre de 2009
Cuando se inicia la vida empieza el derecho: las evidencias científicas del Siglo XXI
- El Genoma humano una vez constituido nunca cambiará; será el mismo desde el momento en que la vida humana se inicia hasta que termina.
- El Genoma del ser humano se conforma en el momento de la concepción –fecundación - fertilización (unión óvulo – espermatozoide o estadio de cigoto); NO SE TERMINA DE FORMAR, NI SE MODIFICA DESPUÉS. Dicho en otros términos, se confirma que lo humano es humano desde el momento inicial, y que ese momento inicial para la vida humana como tal, es el momento de la concepción – fecundación - fertilización (unión óvulo espermatozoide o estadio de cigoto; véase gráfico adjunto).
- Lo que cambia a lo largo de las horas, días, semanas, meses o años posteriores a ese momento de nuestra existencia como seres humanos únicos e irrepetibles, son nuestras células, tejidos y órganos que en conjunto nos conforman: crecerán, se especializarán, se multiplicarán, envejecerán y morirán (y nosotros con ellas).
- Los seres humanos son tales desde la concepción (estadío de cigoto), evento que ocurre 7 a 10 días antes de la implantación (en estadío de blastocisto). Por eso es que para las ciencias médicas el estudio del ser humano se inicia con el estudio del embrión unicelular o cigoto, 7 días antes de ser implantado.
- “El embarazo humano comienza con la fusión de un óvulo y un espermatozoide”. “El óvulo fertilizado, ahora apropiadamente llamado un embrión…” (Bruce M. Carlson, MD, PhD, Profesor y Jefe del Departamento de Anatomía y Biología Celular de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, Ann Arbor; en su obra Human Embryology and Developmental Biology).
- Cigoto (Gr. zygotos): esta célula resulta de la unión de un óvulo con un espermatozoide. Un cigoto es el comienzo de un nuevo ser humano (i.e . un embrión)”. (Keith L. Moore, PhD, Profesor Emérito de Anatomía y Biología Celular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Toronto, Ontario, Canadá, y T.V.N. Persaud, MD, PhD, Profesor y ex Jefe del Departamento de Anatomía y Ciencia Celular, Profesor de Pediatría y Salud Infantil, Profesor de Obstetricia, Ginecología y Ciencias Reproductivas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Manitoba, Canadá, en su obra The Developing Human: Clinically Oriented Embryology).
- Aborto (L. aboriri, abortar). Este término significa un prematuro detenimiento del desarrollo y se refiere a la expulsión prematura de un conceptus del útero o expulsión de un embrión o feto antes que sea viable–capaz de vivir fuera del útero”. (Keith L. Moore y T.V.N. Persaud, en la obra citada previamente en el numeral ).
- El período embrionario propiamente, durante el cual la gran mayoría de las llamadas estructuras del cuerpo aparecen, ocupa las primeras ocho semanas post ovulatorias.” (Ronan O´Rahilly, MD, y Fabiola Müller, de los Laboratorios Carnegie de Embriología de la Universidad de California en Davis, California, EE.UU., en su obra Human Embryology & Teratology).
- El momento de la formación del cigoto puede ser considerado como el inicio o punto tiempo cero” del desarrollo del embrión.” (Ronan O´Rahilly, MD, y Fabiola Müller, en la obra citada previamente en el numeral ).
jueves, 9 de abril de 2009
Aborto: razones para un no
miércoles, 1 de abril de 2009
No se lo digas a mamá
El síndrome de aborto reúne quince síntomas psicológicos que van desde la angustia al sentimiento de culpabilidad, la ansiedad, los terrores nocturnos, la depresión, los trastornos de alimentación o de la vida sexual. Síntomas que pueden llegar a aparecer, dicen los psicólogos de la Asociación de Víctimas del Aborto, incluso años después de haber abortado. Me gustaría saber con qué valor lanza la joven ministra Aído, con una sonrisa, como quien anuncia un anticonceptivo novedoso, que una niña de dieciséis años está tan capacitada para abortar como para casarse.
Una niña de dieciséis años no está capacitada para abortar ni para casarse, por mucho que se esté normalizando lo que son parches en la vida. Una cosa es que lo haga y otra bien distinta la sacudida que la vida le da a una adolescente casada, quien sale adelante gracias a los apoyos de la familia. Me gustaría saber quién le va a informar a una adolescente de dieciséis años de que si se queda preñada puede abortar sin decírselo a los padres y también en quién se va a apoyar ante semejante circunstancia. ¿En la mamá-administración, o en su mejor amiga, con la que intercambia los vaqueros e inventa en su habitación coreografías de Beyoncé? Me gustaría saber si esos expertos conocen lo que es ser padres y las complicaciones a las que nos enfrentamos para conquistar la confianza de nuestros hijos en la difícil adolescencia. Me gustaría saber el protocolo de actuación que se llevará a cabo cuando una niña de dieciséis años acuda al centro para abortar y cómo será tratada. Me gustaría saber qué pretenden con esta propuesta de ley, que autoriza a que se rompa la confianza entre hijos y padres. Y me gustaría saber qué se pretende de los padres el día que nuestra hija decidiera abortar en soledad. ¿La recibimos con un aplauso? ¿Le damos sopa caliente? ¿Le preguntamos si llegó a ponerle nombre? ¿O quién habría sido el padre? ¿Debemos obviar el tema, o celebrarlo con una barbacoa? ¿Trae esas instrucciones la nueva reforma de la ley del aborto? Una cuestión más: ¿meterán en la cárcel a una madre que le discuta esa decisión a su hija adolescente? O es la ley del "no se lo digas a mamá porque no la necesitas". Señorita Aído, me gustaría saber si mi hija ha abortado sola. Porque soy su madre
Mariló Montero|Diario de Sevilla
viernes, 27 de marzo de 2009
La libertad del aborto
La izquierda agoniza maltratando a la Libertad, lo sabíamos, pero no contábamos con que su agonía fuera tan larga. La izquierda no nos presenta ya modelos de sociedad, ni discute sobre las relaciones de poder entre los grupos de distintas tendencias y agentes sociales: capital, trabajadores, sindicatos, patronal, Iglesia, nacionalismo, terrorismo, guerra y paz, conciencia y libertad individual y tantos otros asuntos necesitados de debate en una sociedad que está lejos de ser homogénea. Las cortinas de humo para ocultar una negada crisis económica de final imprevisible se lanzan a diario. La izquierda no tiene nada que ofrecer que no sean fantasmagorías de dudoso progresismo. Creímos en ella cuando tratábamos de salir de una dictadura para entrar en un régimen democrático normalizado, pero ya no podemos porque no nos creemos que el aborto permisivo y la eutanasia sean progresos, que la Alianza de Civilizaciones sea algo más que una fantasía o que los matrimonio de homosexuales sean una modernidad.
Todas estas extravagancias son números de un espectáculo de variedades para distraer a los nostálgicos de la progresía, encerrados en su búnker a la espera de la segunda venida de Franco que les dé argumentos. ¿Es legal abortar a los 16 años sin permiso de los padres? ¿Es constitucional, si la joven madre frustrada no tiene capacidad jurídica para decidir? Desde que cayó el Muro de Berlín y los cascotes cayeron en las honorables cabezas de los izquierdistas del mundo, no saben por dónde tirar. ¿Por qué no se aclaran? El presidente de Venezuela se ha aclarado. El de Bolivia va camino. Serían más respetable si dijeran: "Ciudadanos: Nosotros no somos de izquierda ni podemos serlo en Europa Occidental, pero casando a los homosexuales y dándoles permiso para abortar a las jóvenes de 16 años, por encima de los derechos paternos, mereceríamos gobernar en Corea del Norte. Vótennos y todo se andará."
Francisco Bejarano|Diario de Jerez
jueves, 26 de marzo de 2009
Aborto: razones para un no
Lo hacen con razones estrictamente científicas e intelectuales. Un Gobierno con decencia se lo pensaría dos veces antes de seguir adelante con su proyecto. Porque, se mire como se mire, los firmantes de ese Manifiesto tienen razón.Una precisión importante: lo que está en discusión no es el aborto tal y como lo contempla hasta ahora la legislación española. Éste es un asunto sin duda susceptible de debates, pero no es el caso aquí y ahora. El caso aquí y ahora es una ley que pretende convertir un mal objetivo en un derecho subjetivo, y que lo hace por razones ciegamente ideológicas negando la evidencia científica más elemental. Contra eso se dirige el manifiesto de los mil.
Uno puede entender que hace medio siglo, cuando lo ignorábamos todo sobre el ADN, alguien negara al embrión la condición de vida humana, como si eso que crece ahí dentro fuera un mero agregado celular y, por tanto, pudiera ser considerado una excrecencia de la anatomía de la madre. Pero hoy sabemos perfectamente que “eso que crece ahí dentro” no es un tumor ni un grano, sino un ser con personalidad propia. El código genético se dibuja en el cigoto desde el momento de la fecundación -más precisamente: en un momento inmediato a la fecundación. Y si hay un código genético singular y distinto al del padre y al de la madre, ahí hay ya una vida diferente. No hay más vueltas que darle.
Si ahí hay una vida diferente, otorgar a la madre el derecho a aniquilarla es una decisión cargada de implicaciones tanto jurídicas como morales. Básicamente, estamos concediendo a una persona el derecho a eliminar la vida de otra. Si el modelo se aplicara a la relación entre la policía y el delincuente, entre el juez y el reo, entre el amo y el siervo o entre el siervo y el amo, nadie dudaría en levantar la voz: sería una intolerable manifestación de barbarie. ¿Hay alguna diferencia entre cualquiera de esos casos y el de conceder a la madre el derecho a aniquilar a un hijo? No faltará quien diga que sí. Bien: ¿cuál? Porque no termina de verse.
Como este asunto es evidente incluso para los abortistas, el Gobierno ha inventado un subterfugio que es el de la “vida viable”: el aborto será libre mientras el feto no sea viable, circunstancia que la ministra de Igualdad fija arbitrariamente en la semana veintidós. El argumento parece sensato, pero sólo superficialmente. En realidad es monstruoso. ¿Por qué? Porque subordina el derecho a vivir a la “viabilidad” de esa vida. ¿Y qué quiere decir “viabilidad”? ¿Autosuficiencia? Según eso, sería legítimo exterminar a cualesquiera ciudadanos, ancianos o enfermos, que no puedan valerse por sí mismos. Se olvida deliberadamente, por otro lado, que en condiciones normales el feto es siempre viable: su viabilidad consiste precisamente en permanecer ahí dentro hasta que le llegue el momento de salir. Un feto no es una pre-vida: es una vida cuya circunstancia específica se desenvuelve en el interior de la madre.
En el aborto hay un conflicto de intereses entre la madre y el niño no nacido, dice la ministra Aído. ¿”Intereses”? Aceptémoslo, pero ¿hay en nuestra sociedad algún otro caso de “conflicto de intereses” que se resuelva suprimiendo la vida de una de las partes? No. En consecuencia, si se reconoce tal conflicto, lo más sensato sería solucionarlo por la vía menos cruenta. Un buen camino podría consistir en prestar asistencia psicológica a esa madre para que resuelva su “conflicto”. ¿Acaso no se hace lo mismo, y con cargo al erario público, cuando un adolescente tiene conflictos con sus padres, o cuando un trabajador tiene conflictos con su jefe? Otro buen camino podría consistir en ayudar a la mujer a terminar ese embarazo y después dar el niño en adopción; en España hay miles de familias que tienen que marcharse a China o a Etiopía para adoptar a un niño. ¿Por qué no ponérselo más fácil?
Intelectualmente hablando, todo esto no hay por dónde cogerlo. La reforma de la ley del aborto que se propone este Gobierno es puro nihilismo. Niega la evidencia científica -la existencia de una vida singular en el embrión-, destruye un principio elemental del derecho -no puedes acabar libremente con la vida del prójimo-, convierte un mal objetivo en un derecho subjetivo, lleva la voracidad del Estado hasta el mismo vientre de las madres y crea un vacío moral. De paso, descarga el peso del fardo sobre unas mujeres que, hoy más que nunca, tienen sobradas razones para pensar que los demagogos las manipulan por puro interés político.
Ese Manifiesto de los Mil es el testimonio de una sociedad que no ha perdido el juicio, y es también la voz de la inteligencia contra la arbitrariedad sectaria de los dogmáticos. Los dogmáticos tienen hoy la fuerza, pero la razón está en la otra parte.
José Javier Esparza|El Manifiesto