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jueves, 11 de abril de 2013

Aborto de derechas


Decía Balmes que los partidos "de instinto moderado y sistema conservador" se convertían a la postre en conservadores "de los intereses creados de una revolución consumada y reconocida"; y que, a la postre, resultaban más útiles a la Revolución que los propios partidos revolucionarios. Así ocurre en la cuestión del aborto, donde vemos cómo el partido conservador se convierte, mientras gobierna, en conservador de los "avances" del partido socialista, para que luego el partido socialista pueda seguir "avanzando" tan ricamente, en la seguridad de que el partido conservador conservará las cosas en el exacto punto en el que él las dejó. Ocurrió durante los dos mandatos de Aznar, en los que se "conservó" fielmente la legislación despenalizadora del aborto impulsada por González, para que luego Zapatero pudiera seguir "avanzando"; y vuelve a ocurrir ahora, pese a todos los jeribeques y pamemas que el nuevo gobierno conservador ha probado ante la galería. Año y medio después de que accediera al poder con mayoría absoluta, la legislación sobre el aborto sigue siendo la que Zapatero dejó.

De este modo, tal como señalaba Balmes, los partidos conservadores vuelven a mostrarse a la Revolución más útiles que los propios partidos revolucionarios. Las legislaciones abortistas siempre las impulsa el partido socialista; pero, ¿quién ha permitido que la mentalidad abortista arraigue y se consolide cada vez más entre la sociedad española? Sin duda, el partido conservador, dejando que tales legislaciones se asienten. Y aun me atrevería a señalar un aspecto más trágico: mientras gobiernan los socialistas, sus legislaciones abortistas se tropiezan con una resistencia contumaz por parte de sectores de la sociedad española que son naturalmente antiabortistas; pero que, cuando gobiernan los conservadores, se relajan en su celo y abandonan las posiciones de resistencia que habían mantenido antes. De esta actitud dimisionaria ha tomado buena nota el partido conservador, que así puede actuar de modo perfectamente hipócrita: combatiendo, mientras se halla en la oposición, leyes que ni siquiera se planteó derogar mientas gobernó, a sabiendas de que cuando vuelva a gobernar tampoco las derogará; pero sirviéndose, entretanto, de la gente bienintencionada que piensa --o quiere pensar: wishful thinking-- que las derogará.

La ofuscación ideológica interviene luego; y el defensor de la vida puede, incluso, llegar a la conclusión racionalmente absurda de que, en la cuestión del aborto, el partido conservador representa "el mal menor"; y que, por lo tanto, entre el "aborto de izquierdas" y el "aborto de derechas" debe optarse por el segundo. Pero el principio de que es lícito elegir un mal menor vale en determinados casos; no así en caso de error moral, donde no es posible elegir el "menor error". El error mezclado con medias verdades, o con morigeraciones hipócritas, es infinitamente más perverso que el error craso, pues el segundo provoca en la conciencia un repudio inmediato, mientras que el primero la ayuda a "contemporizar". Dos y dos son cuatro, no cinco ni veintisiete; si quien sabe que son cuatro se pone de parte de quienes afirman que son cinco, por no dar la razón a quienes afirman que son veintisiete, hace mucho más daño, pues el "error menor" puede llegar a ser asimilado mucho más fácilmente por las conciencias que el error craso; y la aceptación del "error menor" es condición indispensable para que, a la larga, el error craso se imponga y triunfe. Por eso el "aborto de derechas" es más útil al abortismo que el propio "aborto de izquierdas". La caracterización balmesiana vuelve a demostrarse infalible.

Juan Manuel de Prada | ABC

jueves, 15 de diciembre de 2011

La sordera moral respecto al aborto es hoy en día la ley educativa de Occidente


La desaparición de la piedad es una noticia que supera la crisis del euro y cualquiera otra noticia. Una chica de dieciséis años ha abortado, esto es, se ha liberado, aniquilándola, de una criatura humana concebida en su seno, después y a causa de una campaña orquestada con las mejores intenciones por sus padres en nombre de un valor social sordo a cualquier rémora de tipo ético (de buenas intenciones está empedrado… etcétera). Padre y madre han pedido también una orden judicial para obligarla a abortar, sin obtenerla por el momento, y llegando al mismo objetivo mediante la persuasión y conduciendo de la mano al patíbulo de la vida a una niña recalcitrante. En tiempo litúrgico, como dirían los católicos y como dice la tradición cristiana, de Adviento. La historia la ha explicado Cinzia Sasso, periodista de la Repubblica y first lady de la Milán progresista y acomodada. Es una maldita y simple historia.
El sexo de los adolescentes, protegido o no protegido desde el punto de vista sanitario y conceptivo, es un dato de hecho aceptado y finalmente protegido en un amigable rechazo de las inhibiciones por parte de las familias, de la mayoría de los profesores, de las amigas o amigas mayores y de cualquier otra pálida autoridad superviviente. Si tienes dieciséis años, si eres inquieta y estás enamorada o simplemente eres aventurera y decidida, y los sentimientos o las pulsiones te ordenan seguir sin demasiados problemas las tormentas hormonales de tu edad, entonces la máxima sugerencia cautelar que la escuela, la familia o el estado sanitario te ofrecen es el de garantizarte un preservativo […]. Pero las consecuencias del amor no prevén el laico y fatalista «haz lo que debas hacer y que pase lo que daba pasar», y menos aún el agustiniano «ama (dilige) y haz lo que quieras»; no, la regla ética moderna y despiadada dice que estás autorizado a hacer lo que quieras, porque eres un sujeto libre, siempre que evites el riesgo de las consecuencias de aquello que haces, incluso si entre las consecuencias se encuentra la vida humana inocente de un ser concebido para la libertad de nacer y de existir. Ésta es la atroz lección transmitida a la chiquilla.
La sordera moral respecto al aborto es hoy en día la ley educativa de Occidente […]. Lo es hasta el punto que el tribunal familiar llama en su ayuda al tribunal civil, porque la cultura prevaleciente es la de Obama, que llama “incidente” y “riesgo” al hipotético embarazo de una de sus hijas, es la hoy en día difundida en las consideraciones de los hombres y mujeres comunes: las chicas y los chicos deben ser comprendidos, apoyados y educados según los principios de crítica y deconstrucción de toda posible autoridad o prohibición, pero entre tanto libertarismo surge la idea de que deben ser obligados a defenderse de la agresión de una criatura nueva, del evento patológico del parto, criatura y parto que finalmente, apoyándose en la ley, es totalmente lícito impedir en nombre de una vida que sería golpeada y devastada por una maternidad precoz. Como si la interrupción precoz de la maternidad no fuese una devastación de conciencia y de espíritu infinitamente superior a cualquier síndrome post parto. Como si no contase nada, y no cuenta nada, el respeto hacia el tercero incómodo, hacia el embrión formado, único e irrepetible destinado a sucumbir por el peso de una toma de posición ideológica o sociológica.
Incluso los hombres de iglesia se sienten obligados a sociologizar el problema, a presentarse, como el director del periódico católico [Avvenire] llamado a comentar la historia, «entristecido» por un aborto que no se puede aceptar, pero lleno de comprensión por las ansias de los padres y por la situación en la que se ha encontrada la muchachita. La comprensión para quien puede decidir desde su posición de fortaleza la existencia del débil es sólo la otra cara del trato despiadado infligido a la víctima de una inversión de todos los valores de la vida y del amor. Que no me molesten más estos católicos comprensivos con su querido tema del amor y la solidaridad. Quédense con esas palabras falsamente religiosas y déjenme una laica y sagrada piedad.
Giuliano Ferrara|Il Foglio

viernes, 6 de agosto de 2010

Juan Manuel de Prada acusa a los partidos de la derecha de "aceptar" y "fomentar" la interrupción del embarazo

 El escritor Juan Manuel de Prada ha acusado a los partidos políticos de la derecha de "aceptar" los presupuestos ideológicos de la izquierda e incluso "fomentar" el aborto y ha recordado que durante el Gobierno de José María Aznar se "permitieron" estas prácticas.

   "La derecha tampoco está criticando tanto la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Siempre se queda con el calzón puesto para hacerse la modosita, pero en el fondo hace mucho tiempo que aceptó los presupuestos ideológicos de la izquierda y se desenvuelve con ellos", ha enfatizado antes de asistir al curso 'El inmenso valor de la vida' que organiza la Universidad Rey Juan Carlos en Aranjuez.

   En ese contexto, el escritor ha calificado de "lamentable" que los "crímenes" se hayan convertido en un derecho y ha indicado que, a su juicio, el Gobierno está conduciendo a la sociedad española a un "callejón sin salida".

   Así, ha aseverado que el aborto no es un tema "ideológico" porque tanto la derecha como la izquierda lo han "fomentado" y ha afirmado que la educación sexual a los jóvenes es una "maniobra encubierta" de "corrupción de menores".

martes, 29 de junio de 2010

Benigno Blanco afirma que España "promueve el aborto desde el Gobierno y con el dinero de todos"

El Presidente del Foro de la Familia, Benigno Blanco, ha afirmado este lunes que "España apuesta por promover el aborto desde el Gobierno y con el dinero de todos", en un análisis de la nueva Ley con la que persiste la nula protección del no nacido, facilita el negocio privado del aborto, abandona a la mujer embarazada y traslada a los médicos dedicados al aborto las funciones de la patria potestad respecto a las menores de edad.

   "Con estas dos normas reglamentarias quedan ratificadas las peores sospechas de porqué se hizo la nueva Ley: se trataba de facilitar el negocio mercantil del aborto, privando a las mujeres de toda información y asesoramiento independiente y presentando el aborto como la única solución que cuenta con el apoyo y la financiación del Estado", ha declarado el presidente del Foro de la Familia.

   "Las nuevas normas ratifican lo que ya se podía intuir en la Ley: las competencias propias de la patria potestad que se expropian a los padres se entregan a los médicos, incluso a los que no tienen más interés que el mercantil en que se produzcan abortos. Es una aberración jurídica que va a dar lugar a muchos pleitos y reclamaciones", ha agregado Blanco con respecto a las menores de edad.
   Además, matiza que la información que se de con esta nueva Ley será "fría, despersonalizada y estandarizada", una información sólo abocada al aborto, no a facilitar alternativas ni soluciones compatibles con la continuación del embarazo.

   Benigno Blanco ha definido la situación española con la nueva Ley asegurando que "España pasa a ser un país abortista, es decir, un país que no se limita a no penalizar el aborto sino que apuesta por promover el aborto desde el Gobierno y con el dinero de todos".

   Por último, el Foro de la Familia anima a todos los españoles a concentrarse ante el Tribunal Constitucional el sábado 3 de julio bajo el lema '25 años bastan, sí a la vida de todos'.

sábado, 24 de abril de 2010

El aborto y el honor de Dios

Escribo el 4 de marzo de 2010, un día aciago para la historia de España. Hoy el Boletín Oficial del Estado publica la nueva ley del aborto. Un engendro normativo que deniega el derecho fundamental a la vida al no nacido. ¿Era necesaria esta ley? Desde luego lo era para que en España pudiera seguir siendo un paraíso abortista.

La historia es sencilla: desde que el Tribunal Constitucional permitió la despenalización parcial del aborto (Sentencia de 11.4.1985) que operó Felipe González (Ley de 5.7.1985), el fraude de ley se convirtió en norma hasta el punto de que España se potenció esta industria pasando a ser país receptor de “turismo abortista”.

El cinismo jurídico del sistema llegó a tal grado de inaplicación de las normas penales que sin rubor ni falta de medios se llegaba al extremo de permitir a adolescentes el aborto de criaturas de siete meses sin ningún control parental. El mal es antiguo: los gobiernos de Felipe González cuando había condena criminal indultaban al médico.

El PP sencillamente no hizo nada y dejó crecer el problema: con el PP el aborto pasó de 51.002 anuales (1996) a 84.985 anuales (2004). Esto duró hasta que la actuación de los jueces de instrucción ordenó la investigación en Madrid de la clínica Isadora(1.3.2007) y la detención en Barcelona de Morín (26.11.2007).

Con la actuación judicial penal exigiendo en Madrid y Barcelona el puro y simple cumplimiento de la ley la industria se quedó sin “seguridad jurídica”, desestabilizándose el mercado hasta el punto de que la patronal ACAI (“Asociación de Clínicas Acreditadas para la Interrupción del Embarazo”) hizo “cierre patronal” en enero de 2008 y en rueda de prensa de 21 de enero de 2008 protestó porque les investigaba la Comunidad de Madrid y aumentaba la cuota de abortos clandestinos. Tenían motivos: en 2008 abortaron el 11,78 por mil de las mujeres españolas y se practicaron 115.812 abortos (cifras de Ministerio de Sanidad y Consumo).

Negocio y seguridad jurídica

El aborto considerado como actividad económica produce buena renta: a 300 euros el aborto estamos hablando de una “cifra de negocio” de 34.743.600 euros. Cantidad que, si se divide entre los 137 centros abortistas que había en 2008 en España, tocan a 2.536.032 anuales por “clínica”. Era pues necesaria una ley de plazos que diera “seguridad jurídica” al “sector” para que las detenciones no se volvieran a repetir.

Los negocios buscaron amparo en la ideología y por tanto en los Partidos. La ideología de la muerte engendró la táctica política del engaño. En las elecciones de 2008 tanto Zapatero como Rajoy callaron sobre su programa en materia de aborto. Ganadas las elecciones, Zapatero se quitó la careta y para gestionar un sistema de plazos nombró a una especialista en diálogo de sordos, la joven Aído, a la que se le ha encomendado la tarea de igualar a los vivos con los muertos cumpliendo un estricto calendario pensado para que el debate y la nueva ley no influyesen en las elecciones, ni siquiera en las municipales.

Como todo el mundo sabe, el Pueblo tiene memoria de pez y de lo que se trataba era de concentrar el desgaste político en el periodo intermedio. Para no retrasarse ni un día, la chiquilla ha tensionado las instituciones hasta extremos indecibles. El Estado se ha puesto a prueba. En el proceso de aprobación de esta ley más de uno se ha dejado pelos en la gatera. Sobre el Gobierno está todo dicho. El Consejo Fiscal ha brillado por su fortaleza y es el único que ha tenido el coraje de defender los derechos fundamentales denunciando la inconstitucionalidad de los artículos 12 y 14.

El Consejo General del Poder Judicial se ha abstenido de cumplir la función que tiene constitucionalmente encomendada, traicionándose a sí mismo y a su Comisión de Estudios. La Comisión Permanente del Consejo de Estado –y cómo me duele en el alma recoger esto– en su dictamen se limitó a hacer consideraciones sobre el texto del anteproyecto de ley. Las Cortes Generales no se acordaron (ni el Congreso de los Diputados ni el Senado) de la Constitución que aprobaron en su día: había que reinterpretarla porque está demostrado que no tienen coraje para cambiarla.

Gran decepción

El Rey ha sido para mi la última y la más grande decepción de esta larga cadena de debilidades. El resultado es que no sólo no se ha atajado el antiguo fraude de ley, ni se ha legalizado, sino que se ha dado un paso más declarando el derecho a abortar como derecho fundamental, implementando así una nueva Constitución sin procedimiento ni referéndum, con notoria desviación de poder. La ley, dice el artículo 12, garantiza los derechos fundamentales de la mujer a abortar como forma de libre desarrollo de su personalidad, de su vida, de su integridad física y moral, de su intimidad y de su libertad ideológica. Soslaya deliberadamente que lo que la mujer lleva en el vientre es una persona y que por tanto esos derechos no existen porque los cedió al engendrar. Se concibe a otro y por tanto no se le puede matar.

Se legaliza así Auschwitz en democracia. Desde 1993 hasta 2008 en España faltan 1.152.245 personas, que hoy serían de entre 17 y dos años de edad, que han sido asesinadas por su madre con la anuencia de los poderes públicos. Tanta sangre derramada necesitaba una coartada moral y la Ley Zapatero –la ley formal, no la ley natural– es lo único que pretende, enturbiando las palabras para esconder la vergüenza que produce enterrar estos cadáveres. Los sistemas totalitarios que no han respetado la vida se han caracterizado siempre por engendrar eufemismos terminológicos para difuminar todo concepto que esconda un valor moral objetivo y así poder justificar lo injustificable.

Algo que nunca funciona porque aunque la soberanía es del Pueblo y una parte del Pueblo quiere el aborto, los derechos fundamentales no son del Pueblo. Ni siquiera son del Tribunal Constitucional. Los derechos fundamentales existen por sí mismos allí donde hay personas. Y el cadáver del niño abortado clama por sus fueros. Eso es lo peor de esta ley: que para dar “seguridad jurídica” a los abortistas todos los demás hemos visto desvirtuados nuestros derechos fundamentales. Hasta 2010 el aborto era una actividad criminal despenalizada en diversos supuestos. Ahora se concibe como derecho fundamental de la madre y ausencia de derechos del hijo. Una crueldad constitucional.

Argumento clave

Mi llanto fundamental por esta subversión jurídico-constitucional mediante ley orgánica va más allá de la técnica jurídica y se concentra en la ausencia total en el debate del argumento clave. Hemos llegado a la cúspide del agnosticismo colectivo al diseñar derechos fundamentales sin reconocer su trascendencia. Los derechos sólo son fundamentales en un contexto de valores que los genera en la medida en que es superior a ellos.

Pero el soberano –el Pueblo– no se reconoce trascendido por nada superior y en su absolutismo se suicida al expulsar a Dios de la vida política, convirtiendo su presencia en mito para minorías que los agnósticos displicentemente consideran necesario tolerar. Se niega como si nada el quinto mandamiento convirtiéndose así cada uno, por negar colectivamente a Dios, en esclavo de los dictados de la mayoría.

Con la ley del aborto los derechos fundamentales han cambiado en su esencia, no sólo en su contenido. ¿Cómo defender el derecho a la vida si antes no se defiende el honor del autor de la vida, que es Dios? Si el hombre carece de autor ¿por qué no la ley del más fuerte? Si no hay creación ¿cómo hay derecho a la vida? Las respuestas a estas preguntas, hasta la ley del aborto, estaban en la trastienda de la Constitución. No afloraban, pero cimentaban. Ahora los derechos fundamentales ya no tienen más cimientos que el consenso partidista. O sea, ninguno. Así de importante es el honor de Dios.

Íñigo Coello de Portugal|Expansión

miércoles, 17 de marzo de 2010

Una voz católica sobre el aborto

La mayor de las persecuciones romanas contra los cristianos fue la del emperador Galerio a partir del año 305. Mandó que todos los ciudadanos del imperio ofrecieran un sacrificio a los dioses de Roma, bajo la amenaza de que quien nos sacrificara sería ejecutado. Nuestros hermanos cristianos prefirieron morir antes que adorar a los falsos dioses. Miles de fieles subieron al Cielo con sus palmas del martirio. Otros católicos fueron atormentados y murieron mártires porque no quisieron reconocer la divinidad de los emperadores romanos. “A sólo Dios adorarás a Él sólo servirás”.

Nuestros mártires eran excelentes ciudadanos y daban al César lo que era del César, como mandó nuestro Señor Jesucristo; pero no podían dar al César lo que no era del César. No podían adorar ni a el emperador ni a sus falsos dioses, porque sólo podemos adorar al único Dios verdadero, Creador y Señor de todas las cosas hecho hombre en las purísimas entrañas de la Virgen Santísima y presente perpetuamente en la Eucaristía.

Hoy tampoco se puede dar al César lo que no es del César. No se puede votar a los partidos políticos abortistas porque la vida es un don de Dios y sólo Él tiene poder sobre ella. No se puede votar a ningún partido del actual arco parlamentario español, porque todos ellos son corresponsables del crimen abominable del aborto y de otras leyes anticristianas. No se puede rendir culto a esta democracia agnóstica y atea que está descristianizando los pueblos con leyes y costumbres perversas. No existe un “catolicismo a la carta” como decía Juan Pablo II, o eres cristiano o no lo eres. No se pueden votar a partidos políticos cuyos programas y líderes contradicen al Magisterio de la Iglesia. La Congregación para la Doctrina de la Fe enseñar que “La conciencia bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contenga propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral”.

¿Cómo se puede decir que un líder político es católico y mantener con una mayoría absoluta la ley del aborto? En los ocho años de gobierno de José María Aznar se asesinaron, amparados en la ley del aborto, a 511.429 niños y niñas inocentes. En los once años de gobierno de Felipe González se asesinaron por aborto a 359.624 personas inocentes. Los obispos norteamericanos niegan la comunión a los católicos abortistas. Miren los señores obispos españoles si ha llegado de ese momento para los políticos abortistas españoles. Monseñor Guerra Campos afirmó que todos los que colaboraron directamente en la elaboración de la ley del aborto eran pecadores públicos y no se les podía administrar los sacramentos.

Y el Derecho Canónico vigente excomulga a todos los que colaboran directamente en el crimen abominable del aborto. Hoy, como nunca, el pueblo fiel, incluidos sacerdotes, religiosos y monjas, necesita saber por qué los obispos norteamericanos niegan la comunión a los aborteros y porque no se puede votar a partidos políticos abortistas.
Necesitamos urgentemente una catequesis general e intensa de la Doctrina Social de la Iglesia, fundamentada en los últimos documentos de la Conferencia Episcopal Española y en el Magisterio pontifico.

P. Manuel Martínez Cano mCR

sábado, 6 de marzo de 2010

Los carlistas ante la nueva legislación abortista

Don Juan Carlos de Borbón acaba de firmar la “Ley Orgánica 2/2010, de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo”, su segunda “ley del aborto”. En 1985 sancionó una primera ley despenalizadora que, promovida por el PSOE, apoyada por el PP, y definida por Mariano Rajoy y sus máximos dirigentes como una ley “de consenso” ha provocado la muerte de 1.300.000 víctimas inocentes y allanado el camino para esta nueva vuelta de tuerca.

Ante esta situación, la Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista, -único partido político que propone para España la monarquía tradicional y uno de los pocos que defiende íntegramente los valores no negociables- se ve en la obligación de hacer las siguientes consideraciones a la opinión pública:

1º. Como grupo político, los carlistas no entraremos a juzgar la conciencia de don Juan Carlos ni si sus actuaciones públicas merecen o no una reprobación más o menos contundente por parte de la jerarquía de la Iglesia. Los obispos han recordado con claridad suficiente que cualquier político o gobernante que sea corresponsable o público partidario de cualquier legislación abortista no puede ser admitido en la Sagrada Comunión. Respecto a don Juan Carlos lo único que nosotros constatamos es que en el BOE de 4 de marzo no se limita, como si fuera un notario, a dar fe de un acuerdo del Parlamento sino que con su su firma otorga validez legal a la nueva ley.

Concretamente el actual jefe del estado ha firmado lo siguiente:

“A todos los que la presente vieren y entendieren. Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica. (…) Por tanto, Mando a todos los españoles, particulares y autoridades, que guarden y hagan guardar esta ley orgánica. Madrid, 3 de marzo de 2010. JUAN CARLOS R.”

2º. Don Juan Carlos ha firmado la nueva ley sin expresar el menor gesto de desaprobación. Ante quienes afirman que ha sido obligado a firmar nos preguntamos: ¿cómo es posible que alguien que dice ser rey y monarca no goce de libertad siquiera para oponerse a una ley injusta, en defensa de los españoles más indefensos?. Que una persona, supuestamente la máxima autoridad del estado, sea declarada no responsable por el sistema constitucional es una vergüenza tanto para quien firma permitiendo que le sigan llamando rey como para todos los españoles, que se ven inmersos en un régimen en el que, como en la dictadura nazi, la orden recibida parecería excusar la voluntad libre y responsable de cada conciencia individual.

3º. Por otra parte la perversidad de la nueva ley del aborto no nos puede hacer olvidar que si hemos llegado a esta situación de definir legalmente la eliminación de seres humanos inocentes como un derecho es gracias a la sanción previa de otras muchas leyes anticristianas que en las últimas décadas y en el marco de una Constitución enemiga de la raíz católica de España han ido proponiendo, apoyando o sancionando el PSOE, el PP y el jefe del estado: nos referimos a las leyes permisivas del divorcio, del divorcio-exprés, de manipulación de embriones, de las píldoras abortivas, de las parejas de hecho, del llamado “matrimonio homosexual”, de la “Educación para la ciudadanía”, etc.

4º. Una vez más pedimos a los españoles que sepan distinguir entre la llamada “monarquía constitucional” y la verdadera “monarquía tradicional”. La primera, con la figura de un rey no-responsable fiel servidor de la revolución relativista, otorga al vigente sistema partitocrático una apariencia respetable. La segunda, que además de la legitimidad de origen planteada históricamente por el legitimismo carlista exige una legitimidad de ejercicio coherente con la tradición política española, es la única que podría garantizar la necesaria estabilidad de las instituciones poniéndolas a resguardo de los vaivenes partidistas.

5º. Por último, queremos animar a los defensores de la causa pro-vida para que no decaigan en su lucha por la verdad de la dignidad humana que tiene su raíz más profunda en la dignidad de los hijos de Dios. Junto a ellos estaremos siempre los carlistas, apoyando cuantas manifestaciones contra el aborto se realicen siempre que vayan encaminadas al primer objetivo verdaderamente pro-vida: la abolición total de cualquier legislación que no proteja la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.

Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista

5 de marzo de 2010

lunes, 18 de enero de 2010

Coherencia frente al aborto

¿Qué tipo de sociedad encumbra como a un héroe a quien se juega la vida por un huevo de aguilucho y estigmatiza como a un villano a quien defiende el derecho a la vida de los seres humanos que van a nacer? ¿Qué tipo de legisladores pueden redactar una ley que, a la gestante en dificultades, le entrega un sobre cerrado en lugar de ofrecerle un corazón abierto? ¿Quiénes, como católicos, en el ejercicio de la recta razón, pueden anteponer la disciplina de partido a lo que en conciencia les obliga la fe que profesan?

Me parece claro como el día que el aborto es un crimen. Y no es un parecer entresacado de una declaración episcopal. Le he copiado la frase a Mahatma Gandhi. Aunque en verdad podría haber encontrado documentación abundante para hacerlo, porque los obispos españoles han recordado siempre que toda vida humana debe ser respetada como sagrada desde la concepción hasta la muerte natural. Deberíamos agradecérselo, aunque sólo fuera por el ejercicio de coherencia sistemática que realizan en medio de una sociedad que con frecuencia convierte los principios morales en objeto de compraventa. Pero antes al contrario, no sólo no se les reconoce su aportación, que en deber han de realizar para los católicos, ni su contribución al debate público, sino que se les acusa con falsedades reiteradas.

En este sentido, uno de los embustes más recurrentes es que los obispos sólo reaccionan “cuando un Gobierno socialista establece la ley del aborto o trata de reformarla”. Lo primero que habría que hacer para desmontar el bulo, es deshacer la premisa. En España, sólo un Gobierno socialista ha establecido la ley o ha tratado de reformarla. Ningún otro Gobierno ha hecho ninguna de esas dos cosas. En el debe del Ejecutivo de José María Aznar hay que colocar que no mejorara la ley existente y que autorizara la píldora abortiva. Entonces, contra lo que a menudo se oculta o se falsea, la Conferencia Episcopal emitió varias declaraciones denunciando la injusticia que suponía facilitar un medio más para violar el derecho a la vida de los nascituri y las nuevas posibilidades de fraude de ley que ello suponía; al mismo tiempo se pedía la abolición de la legislación abortista vigente (véanse documentos de 18 de junio y de 21 de octubre de 1998; de 17 de febrero y de 12 de diciembre de 2000; y de 27 de abril de 2001).

Entonces, sí hubo reacciones episcopales, distintas en grado y matices de las actuales, porque en justicia no se puede responder igual ante situaciones que son objetivamente desiguales. Ahora, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero da un salto cualitativo hacia atrás en la protección del derecho a la vida con una nueva ley aún más injusta que la vigente, por cuanto trata el aborto como si fuera un derecho de la mujer, introduce subrepticiamente la “indicación social” e impone la propaganda abortista en el sistema educativo; una ley sobre la que se miente cuando nos dicen que trata de articular el derecho de la mujer a ser madre, cuando de lo que de verdad se trata es si, una vez que ya es madre, alguien tiene o no derecho a eliminar al hijo que lleva en su vientre.

Estas serían, en sí mismas, razones suficientes para considerar que estamos ante una situación nueva que requiere también una respuesta nueva. Pero aún hay una novedad más, bien significativa, que ni siquiera estuvo presente en el escenario de 1985 cuando el Gobierno de Felipe González aprobó la ley del aborto. ¿Alguien recuerda que entonces alguna persona con responsabilidad política declarara que, en cuanto católico, no sólo podía, sino que debía apoyar y votar la ley? Al contrario, recordamos la ejemplar conducta de Francisco Vázquez, entonces parlamentario socialista y hoy Embajador de España ante la Santa Sede, que, en conciencia y a pesar de las directrices de su partido, no dio su voto a la norma inicua. ¿Qué tendrían que hacer ahora, ante la nueva tesitura, aquellos políticos que exhiben públicamente su condición de católicos, teniendo en cuenta que la ley Zapatero es aún más injusta que la ley González?

Sin embargo, afirman que van a darle su voto porque no comparten que la nueva ley empeore la vigente. Los razonamientos que dan para ello no pueden ser más débiles. Sostienen, por ejemplo, que con esta nueva ley se reducirá el número de abortos en España. Como deseo es loable, pero insostenible argumentalmente en el debate, porque no se atiene a lo que la ley es, sino a las consecuencias que se anhelan sin base alguna de cara a su posible aplicación. Baste pensar que el 90 por ciento de los abortos se realiza actualmente dentro del plazo para que el que la nueva norma prevé tratar el aborto como un derecho de la mujer. Desde las filas del llamado socialismo cristiano se ha llegado a decir, en un ejercicio paradigmático de manipulación del lenguaje, que esto último no es verdad; que “la ley no recoge el derecho al aborto sino el derecho de la mujer a interrumpir voluntariamente el embarazo”. Con palabras de Humpty Dumpty, en Alicia en el país de las maravillas, habría que recordarles aquello de que “las palabras significan sólo lo que yo quiero que signifiquen” y que “lo que importa aquí es saber quien manda”.

Por último, hay quienes, como católicos, defienden su apoyo y su voto a la nueva ley acogiéndose injustificadamente a lo previsto en Evangelium Vitae, 73. En ese punto de la carta Encíclica, publicada por Juan Pablo II en 1995, se afirma que “un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación (…) En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública”. No hay lugar para acogerse a este supuesto por las razones que se han referido: no estamos ante una ley más restrictiva sino cualitativamente más permisiva del aborto, que llega a reconocerlo como un derecho, en lugar de la situación actual, en la que es tratado como un delito despenalizado en tres supuestos.

En la citada Evangelium Vitae aparecen también dos párrafos diáfanos que, aunque en esta ocasión no se han publicitado mucho, conviene recordarlos y sacarlos a la luz precisamente ahora; pertenecen al mismo número 73 y al 74, y expresan que el aborto es un crimen “que ninguna ley humana puede pretender legitimar” y que “leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia” (…) “La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia. A veces las opciones que se imponen son dolorosas y pueden exigir el sacrificio de posiciones profesionales consolidadas o la renuncia a perspectivas legítimas de avance en la carrera”.

He aquí la nueva situación por la que la Conferencia Episcopal, primero por medio del Secretario General y luego en la Nota de Prensa de la Asamblea Plenaria, de 27 de noviembre de 2009, se ha visto en la obligación de aclarar a los fieles cuál es la doctrina de la Iglesia al respecto y, en particular, las consecuencias que se derivan para los católicos de apoyar públicamente y/o dar su voto a una ley abortista que empeora la protección legal del derecho a la vida de los que van a nacer. Esta ha sido la respuesta, siempre coherente, de quienes, independientemente de la coyuntura social y política, han alzado su voz en favor de los más débiles e inocentes; de aquellos seres humanos que aún no pueden hablar, ni sindicarse, ni escribir un artículo, ni votar un asunto que les afecta tan directamente.

Isidro Catela Marcos|El Mundo

viernes, 4 de diciembre de 2009

Por qué abortar es progresista

Muchos impugnan la nueva ley del aborto española diciendo que abortar no es progresista. Sin embargo, el aborto parece inseparable de la Modernidad y de su ideología nuclear, el progresismo.

¿Qué es la Modernidad? Una reducción y una renuncia. La reducción del ámbito racional a la actividad de la materia, hasta llegar a absolutizarla. La renuncia a descubrir la naturaleza humana, hasta llegar a inventarla. En eso dio el “atrévete a saber” de Kant, la emancipación del entendimiento que había de traer el imperio de la ciencia, el progreso indefinido y la paz perpetua.

Pero las profecías ilustradas no se cumplieron. Como dijo Donoso, cuando se esparció la fe en el paraíso terreno la sangre brotó hasta de las rocas duras. Al febricitante incremento de la técnica le acompañó un inaudito menosprecio del hombre. Llegaron la“santa guillotina”, la devastación napoleónica, el nacionalismo, las sociedades eugenésicas y las guerras mundiales. Avergonzada, la Modernidad huyó hacia delante y se rebautizó en Postmodernidad, intensificando la reducción y la renuncia modernas hasta el imperio del relativismo. La razón se deshizo en el “deconstructivismo”, donde todo pierde su valor; el entendimiento renunció a la verdad, en nombre de una tolerancia donde todo vale. Hoy no hay Auschwitz, no hay Gulag. Pero hay 40 millones de abortos cada año.

¿Cómo es posible que la sociedad moderna, presentada como heraldo de la ciencia, del progreso y de la paz, admita tal masacre de seres humanos inocentes? ¿Es el aborto un accidente de la Modernidad o una consecuencia esencial de la misma?. La respuesta debe tener en cuenta lo difícil que le resulta al pensamiento moderno sustentar y vivificar al hombre, la familia y la sociedad, los tres elementos básicos de la comunidad política. Mejor dicho, parece que el progresismo infunde una inercia necrótica a estos tres pilares, como si tendiera intrínsecamente a destruir el orden de la vida en común. Veámoslo.

¿Qué es el hombre para la doctrina moderna? Materia evolucionada, de la misma naturaleza que el resto de la biosfera, cuyo estatuto está sujeto a la opinión mayoritaria del momento y puede reformularse a gusto de cualquier ideólogo. Esto tiene dos consecuencias. En primer lugar, el concepto de ser humano se licua. No es extraño que el parlamento español debata extender los derechos humanos a los simios, que la ministra Bibiana Aído diga que el nasciturus no es humano, o que Paul Ehrlich y otros biólogos presenten al hombre como un gorgojo para el planeta. En segundo lugar, se olvida desde y hasta cuándo el hombre es sujeto de derechos. Por eso catedráticos de ética como Peter Singer recomiendan el aborto, la eutanasia y el infanticidio; o el Colegio de Ginecólogos británico solicita matar a los bebés minusválidos. La idea moderna del hombre, que desconoce la dignidad de la persona humana, mina los cimientos de los derechos humanos y justifica la muerte como deber humanitario.

La razón jibarizada de la Modernidad tampoco es capaz de reconocer la naturaleza de la familia. La familia -dice el moderno- es un lugar triplemente peligroso: celebra la maternidad que origina la opresión de la mujer, ceba la “bomba demográfica”, y estorba el adoctrinamiento ideológico del Estado. Por consiguiente, es lógico que la España de Zapatero trate de reducir el matrimonio a una unión de Progenitor A con Progenitor B, de cualquier sexo, inmediatamente cancelable por repudio. O que la ONU y la Unión Europea hayan proscrito el término “maternidad” de su jerga burocrática, y a cambio cohonesten el aborto como “salud reproductiva”. De ahí que en Europa, cuna de la Modernidad, no haya niños en 2 de cada 3 hogares, y el 20% de los embarazos sea abortado. La esterilidad y la muerte parecen requisitos progresistas para que la familia, escudo del hombre y arbotante de la sociedad, quede inerme ante el Estado.

Sí, el progresismo es letal para el hombre y la familia. Pero también lo es para la sociedad. El clásico ponía en el bien común -el bien de todos sin excepción- el fin de la sociedad; el desencantado postmoderno, que ya no se atreve a proponer bienes, sólo aspira al consenso mayoritario. A la mayoría le corresponde, en la Modernidad, definir lo que es ley y sostener la balanza de la justicia, sin obligación de subordinarse a principios superiores que permitan juzgar las normas. El consenso, que es la expresión política del relativismo, se absolutiza y se antepone al hombre. Así se cumple el sueño de Rousseau y Spinoza: quien está fuera del consenso, de lo políticamente correcto, no merece vivir en la sociedad moderna.

El Estado es el responsable de crear y administrar el consenso, destruyendo para ello las ligaduras de la vida social y manipulándolas con la teta presupuestaria. La certidumbre de la ciencia y la técnica funciona aquí como bálsamo metafísico, como religión. Ahora bien, bajo la apariencia de concordia hay una sociedad desarmada que ha roto el equilibrio con el individuo, que no puede distinguir el bien del mal y que encierra la libertad en lo políticamente correcto. Una sociedad inane, nihilista, yerma. Su divisa ya no dice “no matarás”, sino “relativizarás”. Su fruto es la cultura de la muerte. Sus abortorios producen cada año tantas víctimas como la Segunda Guerra Mundial. Y -dice la ley de Zapatero- no cabe objeción de conciencia.

Esto es la Modernidad. La reducción de la razón y la renuncia del entendimiento. La disolución del hombre, la familia y la sociedad. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la razón levantaba sumas y catedrales, y el entendimiento se aventuraba más allá de lo sensible. Hubo un tiempo en que Boecio le dijo a Tomás de Aquino que el hombre era persona, dotado de suprema dignidad; en que Francisco de Vitoriaconversaba con Cicerón sobre el asiento de la ley en la razón, y no en la voluntad. La Modernidad olvidó estos logros y menospreció mil años de desarrollo. Las consecuencias, hemos visto, son cada vez más sangrientas.

¿Puede el progresismo generar un cultura amable con la vida? No es probable. La Modernidad no traerá una civilización pacífica y justa. Si hay que esperar un verdadero desarrollo humano es necesario recobrar la entereza de la razón. Sustituir el “Sapere aude” del filósofo de Königsberg por el “Duc in altum” del carpintero de Nazaret es el primer paso para conseguirlo.

¿Qué es la Modernidad? Una reducción y una renuncia. La reducción del ámbito racional a la actividad de la materia, hasta llegar a absolutizarla. La renuncia a descubrir la naturaleza humana, hasta llegar a inventarla. En eso dio el “atrévete a saber” de Kant, la emancipación del entendimiento que había de traer el imperio de la ciencia, el progreso indefinido y la paz perpetua.Pero las profecías ilustradas no se cumplieron. Como dijo Donoso, cuando se esparció la fe en el paraíso terreno la sangre brotó hasta de las rocas duras. Al febricitante incremento de la técnica le acompañó un inaudito menosprecio del hombre. Llegaron la “santa guillotina”, la devastación napoleónica, el nacionalismo, las sociedades eugenésicas y las guerras mundiales. Avergonzada, la Modernidad huyó hacia delante y se rebautizó en Postmodernidad, intensificando la reducción y la renuncia modernas hasta el imperio del relativismo. La razón se deshizo en el “deconstructivismo”, donde todo pierde su valor; el entendimiento renunció a la verdad, en nombre de una tolerancia donde todo vale. Hoy no hay Auschwitz, no hay Gulag. Pero hay 40 millones de abortos cada año.

¿Cómo es posible que la sociedad moderna, presentada como heraldo de la ciencia, del progreso y de la paz, admita tal masacre de seres humanos inocentes? ¿Es el aborto un accidente de la Modernidad o una consecuencia esencial de la misma?. La respuesta debe tener en cuenta lo difícil que le resulta al pensamiento moderno sustentar y vivificar al hombre, la familia y la sociedad, los tres elementos básicos de la comunidad política. Mejor dicho, parece que el progresismo infunde una inercia necrótica a estos tres pilares, como si tendiera intrínsecamente a destruir el orden de la vida en común. Veámoslo.

¿Qué es el hombre para la doctrina moderna? Materia evolucionada, de la misma naturaleza que el resto de la biosfera, cuyo estatuto está sujeto a la opinión mayoritaria del momento y puede reformularse a gusto de cualquier ideólogo. Esto tiene dos consecuencias. En primer lugar, el concepto de ser humano se licua. No es extraño que el parlamento español debata extender los derechos humanos a los simios, que la ministra Bibiana Aído diga que el nasciturus no es humano, o que Paul Ehrlich y otros biólogos presenten al hombre como un gorgojo para el planeta. En segundo lugar, se olvida desde y hasta cuándo el hombre es sujeto de derechos. Por eso catedráticos de ética como Peter Singer recomiendan el aborto, la eutanasia y el infanticidio; o el Colegio de Ginecólogos británico solicita matar a los bebés minusválidos. La idea moderna del hombre, que desconoce la dignidad de la persona humana, mina los cimientos de los derechos humanos y justifica la muerte como deber humanitario.

La razón jibarizada de la Modernidad tampoco es capaz de reconocer la naturaleza de la familia. La familia -dice el moderno- es un lugar triplemente peligroso: celebra la maternidad que origina la opresión de la mujer, ceba la “bomba demográfica”, y estorba el adoctrinamiento ideológico del Estado. Por consiguiente, es lógico que la España de Zapatero trate de reducir el matrimonio a una unión de Progenitor A con Progenitor B, de cualquier sexo, inmediatamente cancelable por repudio. O que la ONU y la Unión Europea hayan proscrito el término “maternidad” de su jerga burocrática, y a cambio cohonesten el aborto como “salud reproductiva”. De ahí que en Europa, cuna de la Modernidad, no haya niños en 2 de cada 3 hogares, y el 20% de los embarazos sea abortado. La esterilidad y la muerte parecen requisitos progresistas para que la familia, escudo del hombre y arbotante de la sociedad, quede inerme ante el Estado.

Sí, el progresismo es letal para el hombre y la familia. Pero también lo es para la sociedad. El clásico ponía en el bien común -el bien de todos sin excepción- el fin de la sociedad; el desencantado postmoderno, que ya no se atreve a proponer bienes, sólo aspira al consenso mayoritario. A la mayoría le corresponde, en la Modernidad, definir lo que es ley y sostener la balanza de la justicia, sin obligación de subordinarse a principios superiores que permitan juzgar las normas. El consenso, que es la expresión política del relativismo, se absolutiza y se antepone al hombre. Así se cumple el sueño de Rousseau y Spinoza: quien está fuera del consenso, de lo políticamente correcto, no merece vivir en la sociedad moderna.

El Estado es el responsable de crear y administrar el consenso, destruyendo para ello las ligaduras de la vida social y manipulándolas con la teta presupuestaria. La certidumbre de la ciencia y la técnica funciona aquí como bálsamo metafísico, como religión. Ahora bien, bajo la apariencia de concordia hay una sociedad desarmada que ha roto el equilibrio con el individuo, que no puede distinguir el bien del mal y que encierra la libertad en lo políticamente correcto. Una sociedad inane, nihilista, yerma. Su divisa ya no dice “no matarás”, sino “relativizarás”. Su fruto es la cultura de la muerte. Sus abortorios producen cada año tantas víctimas como la Segunda Guerra Mundial. Y -dice la ley de Zapatero- no cabe objeción de conciencia.

Esto es la Modernidad. La reducción de la razón y la renuncia del entendimiento. La disolución del hombre, la familia y la sociedad. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la razón levantaba sumas y catedrales, y el entendimiento se aventuraba más allá de lo sensible. Hubo un tiempo en que Boecio le dijo a Tomás de Aquino que el hombre era persona, dotado de suprema dignidad; en que Francisco de Vitoriaconversaba con Cicerón sobre el asiento de la ley en la razón, y no en la voluntad. La Modernidad olvidó estos logros y menospreció mil años de desarrollo. Las consecuencias, hemos visto, son cada vez más sangrientas.

¿Puede el progresismo generar un cultura amable con la vida? No es probable. La Modernidad no traerá una civilización pacífica y justa. Si hay que esperar un verdadero desarrollo humano es necesario recobrar la entereza de la razón. Sustituir el “Sapere aude” del filósofo de Königsberg por el “Duc in altum” del carpintero de Nazaret es el primer paso para conseguirlo.


Guillermo Elizalde Monroset

jueves, 12 de noviembre de 2009

Dios hace matanzas donde no llega la cruz

Una de las ideas que más se repiten en los escritos de los primeros cristianos es el deseo de reafirmar frecuentemente un concepto: nosotros cristianos somos diferentes a los paganos, también porque no asesinamos a nuestros hijos, ni en el vientre de nuestras mujeres, ni fuera de él.

El libro de Harry Wu “Matanza de inocentes. La política del hijo único en China” demuestra cómo hoy, en el siglo XXI, en dicho país miles y miles de niños son asesinados en el vientre materno, en cualquier momento de la gestación, o son ahogados, estrangulados, dejados morir de frío, una vez nacidos. Cosas semejantes ocurren también en India.

Pues bien, quien ama la historia sabe que lo que sucede hoy en estos dos enormes países, que juntos constituyen casi un tercio de la población mundial, ha ocurrido siempre, en el pasado, incluso en la vieja Europa o en el Nuevo Mundo. Hasta la llegada del cristianismo.

De hecho una de las ideas que más se repiten en los escritos de los primeros cristianos es el deseo de reafirmar frecuentemente un concepto: nosotros cristianos somos diferentes a los paganos, también porque no asesinamos a nuestros hijos, ni en el vientre de nuestras mujeres, ni fuera de él.

Minucio Felice, un apologeta del siglo II, en su “Octavio”, en el capítulo XXX, párrafo 2, comparando la enseñanza de Cristo con lo que enseñaban los paganos, escribe: “Vosotros abandonáis vuestros hijos apenas nacidos a las fieras y a los pájaros, o estrangulándolos los eliminan con una muerte mísera; hay algunas que tragando unos medicamentos sofocan aún en las propias entrañas el germen destinado a hacerse creatura humana y cometen un infanticidio antes de haber parido. Y esto lo aprendéis de vuestros dioses, de hecho Saturno no abandonó a sus propios hijos, sino que los devoró”.

A su vez, el gran Tertuliano, en su “Apologético”, cap. IX, afirma: “A nosotros cristianos el homicidio está expresamente prohibido, y por lo tanto no nos está permitido ni siquiera suprimir el feto en el útero materno. Impedir el nacimiento es un homicidio anticipado. No importa nada que se suprima una vida ya nacida o que se le trunque al nacer: ya es ser humano el que está por nacer. Cada fruto ya existe en su semilla”.

Otro documento muy importante del cristianismo del siglo II, proveniente de Asia Menor, la Carta a Diogneto, reafirma los mismos ideales en este modo muy sintético: “los cristianos se casan como todos y generan hijos, pero no abandonan a los neonatos”.
Precisamente sobre este tema del infanticidio el historiador A. Baudrillart escribió: “Quizá no hay materia en la que la oposición sea más acentuada entre la sociedad antigua y pagana y la sociedad cristiana y moderna, que en sus respectivos modos de considerar al niño”.

En efecto, si miramos al mundo antiguo, notamos que el aborto y el infanticidio están muy difundidos. “Séneca - recuerda el sociólogo americano Rodney Stark, en ‘Ascensión y afirmación del cristianismo’ - consideraba el ahogamiento de niños al nacer un hecho ordinario y razonable. Tácito acusaba a los judíos a los cuales ‘está prohibido eliminar uno de los hijos después del primogénito’, lo que consideraba otra de sus usanzas ’siniestras y repugnantes’. Era común abandonar un hijo no deseado en un lugar en el cual, en principio, quien quería criarlo podría haberlo recogido, si bien frecuentemente era dejado a merced de la intemperie y de animales y pájaros”.

Los niños, en Roma como en Grecia, son pues tranquilamente asesinados, o vendidos, o abandonados o dejados morir de hambre y de frío, cuando no hay alguno que los salve, con frecuencia para hacerlos esclavos. Sabemos por hallazgos, en los desagües romanos, de amasijos de huesos pertenecientes a neonatos, abandonados y luego arrojados como residuos e inmundicias.
Las niñas son más frecuentemente víctimas de infanticidio, como en la China y en la India de hoy, y no es raro que el aborto comporte, además de la muerte del feto, también el deceso o la esterilidad de la madre.

El rechazo de los primeros cristianos al recurso al aborto y al infanticidio, ligado pues a una alta fecundidad en ellos, no es solamente una gran conquista de la humanidad, sino también uno de los elementos que permiten a los primeros cristianos, junto con las conversiones, crecer hasta superar en número a los paganos.

Pero el infanticidio no es practicado solamente en Roma, como lo testimonia también la leyenda de Rómulo y Remo, o en Grecia, sino en todo el mundo antiguo.
El célebre especialista en bioética y animalista Peter Singer, sostiene con fuerza la idea de que esa costumbre antigua se debe redescubrir también hoy, junto al aborto legal. De hecho, si es que es verdad que sólo los cristianos la rechazaron con fuerza - argumenta Singer -, ¿por qué debemos creer que ellos hayan sido los únicos que tienen razón, mientras todos los otros pueblos y religiones del pasado, estarían equivocados?

“El asesinato de los neonatos no deseados - escribe Singer en su libro ‘Repensar la vida’ - ha sido la praxis normal en muchísimas sociedades, en todo el curso de la prehistoria y de la historia. La encontramos por ejemplo en la antigua Grecia, donde los niños discapacitados eran abandonados en las pendientes de las montañas. La encontramos en tribus nómadas, como la de Kung del desierto de Kalahari, donde las mujeres asesinan a niños nacidos cuando hay un hijo mayor que todavía no está en grado de caminar. El infanticidio era praxis corriente también en las islas de la polinesia como Tikopia, donde el equilibrio entre recursos alimenticios y población era mantenido asfixiando después del nacimiento a los niños no deseados. En Japón, antes de la occidentalización, el ‘mabiki’ - palabra nacida de la práctica de arrancar algunos ramos a las plantitas de arroz para permitir florecer a todas los ramos restantes, pero que terminó por indicar también el infanticidio - era ampliamente practicado no sólo por los campesinos, que contaban con modestos pedazos de terreno, sino también por los que gozaban de buena situación”.

Con la difusión del cristianismo en buena parte del mundo, aborto e infanticidio se convierten en fenómenos mucho más raros y circunscritos, mientras las legislaciones, a partir de Constantino, intervienen en la tutela de los infantes y se desarrollan obras de caridad y de asistencia para los niños abandonados y para las familias en dificultad. Hasta el regreso del aborto en las legislaciones comunistas y nazistas, en el siglo XX, y del infanticidio, con la nueva ley sobre la eutanasia de niños hasta los doce años en Holanda.

***

Si regresamos ahora con la mente a los dos grandes países en los que el aborto, también forzado, y el infanticidio son fenómenos de masa, es fácil, después de este breve excursus, entender el por qué de todo ello: China e India están entre los países en los cuales el Evangelio de Cristo ha penetrado menos, y con ello también la cultura occidental, portadora, conscientemente o no, de este mensaje o al menos de una parte del mismo.

Cuando los primeros misioneros jesuitas llegaron a China, se quedaron más bien admirados de esta gran civilización. Pero lo que impactó negativamente al gran Matteo Ricci, cuando en 1583 pisó el Celeste Imperio, fue la prostitución campante, la gran corrupción, el frenesí por el dinero, y sobre todo, la difusión de la práctica del infanticidio. El régimen comunista, capaz de planificar millones de abortos forzados, esterilizaciones masivas, asesinatos en serie de neonatos, tiene un largo camino que recorrer, pero el respeto de los niños en aquel país - que en otros aspectos es admirable - está del todo ausente.

Como escribirá J. J. Matignon a inicios del siglo XX en “Superstition, crime e misère en Chine”, los chinos frecuentemente ven a sus hijas como prostitutas, o las asesinan, por la pobreza, pero también a causa de sus supersticiones mágicas, de su obsesivo culto de los antepasados: “Como siempre en China la superstición juega un rol clave: de hecho los ojos, la nariz, la lengua, la boca, el cerebro de los niños son considerados materia orgánica dotada de una gran virtud terapéutica. Sucede que después del parto, la puérpera cae enferma, y entonces, para congraciarse a los espíritus, las niñas o en ciertos casos los niños son eliminados. Existen unas mujeres que tienen la tarea específica de causar la muerte a los neonatos… Los neonatos son eliminados o tirándolos en una esquina de la habitación o en una caja de desechos; donde el polvo y las inmundicias no tardarán en obstruirles las vías respiratorias”. Otras veces los niños son ahogados o asfixiados con unos almohadones, si bien la influencia de los europeos, concluye Matignon, parece tener algún efecto limitante en relación a estas costumbres.

Casi en los mismos años de Matignon, dos misioneros cuentan sobre China las mismas cosas. El primero es un jesuita, san Alberto Crescitelli, luego decapitado y eviscerado, a los 37 años, el 21 de julio de 1900, durante la revolución de los Boxer. El segundo es un misionero verbita de la Val Badia, en el Trentino Alto Adige, san Giovanni Freinademetz. Llegado al país que amará por toda su vida, hasta morir allí de tifus, escribe a sus seres queridos, en varias ocasiones, que los chinos tienen la “costumbre de abandonar el propio hijo o simplemente intercambiarlo o venderlo… Uno de nuestros mejores cristianos, antes de su conversión, había matado a su hija arrojándola contra piedras simplemente porque lloraba demasiado” (Sepp Hollweck, “Il cinese dal Tirolo”, “El chino del Tirol”, Athesia, 2003).

En otra carta escrita desde Hong Kong el 28 de abril de 1879, Freinademetz cuenta cómo las monjas católicas construyeron dos orfanatos, en los que recogían más de mil niños al año. Los chinos “los regalan por nada o por algunos céntimos, y no les importa nada más”.
Los misioneros - escribe desde Puoli el 2 de julio de 1882 - dan vueltas por las calles para recogerlos, encuentran miles de ellos agonizantes y se limitan a bautizarlos, mientras que a los que pueden salvarlos los salvan: “Muchas almas fueron ya bautizadas y salvadas después de que llegamos aquí, muchos niños de paganos bautizados que luego murieron y ayer hemos hecho una sepultura solemne con una niñita de más de un año que se murió. Su propia madre quería estrangularla para poder dar de mamar al bebé de otro y así ganar dinero, luego escuchó que nosotros aceptamos todo tipo de niños y que los criamos bien; entonces nos la trajo con más de dos meses, se enfermó y murió después de haber sido confirmada por nosotros media hora antes de morir. Queríamos sepultarla con toda pompa para demostrar a los paganos cómo honramos a sus propias criaturas que ellos mismos abandonan. Los paganos aquí no usan ataúdes para estos niñitos, sino que apenas mueren hacen un hueco y lo tiran dentro. Nosotros le hicimos a esa niñita un hermoso cofre pintado de rojo, la vestimos con un bello vestido azul, la llevamos a la iglesia todos los misioneros, acompañados de los cristianos, que no habían visto nunca algo así. Muchos paganos vinieron a verlo…” (G. Freinademetz, “Lettere di un santo”, “Cartas de un santo”, Imprexa).

***

Como en China, donde el infanticidio es incluso un asunto del Estado, en la India ocurre algo análogo. También en el gran país dominado por la religión hinduista el asesinato, sobre todo de niñas, está ampliamente difundido, no sólo por motivos económicos. La Agencia misionera “Asia News” informaba recientemente de esta noticia: en muchas poblaciones tribales las niñas son consideradas sólo un peso y la mentalidad social admite tanto el feticidio como el infanticidio de ellas. En el 2006 en una pequeña aldea del distrito de Ranga Reddy, a 80 kilómetros de Hyderabad, once bebés recién nacidas fueron dejadas morir de hambre por los padres. Muchos tribales suelen envolver a la niña no deseada dentro de trapos y dejarla morir. Según la prensa local, Jarpula Peerya Nayak, padre de 27 años, ha dicho que ‘mi esposa por tercera vez ha tenido una niña. Una hija es un peso y hemos decidido no darle de comer. Así murió. Es demasiado difícil criar una niña y encontrarle esposo’. El 25 de febrero también su primo J. Ravi y su esposa dejaron morir de hambre a su hija recién nacida. ‘Mi hija - cuenta Ravi - murió dos días después del nacimiento, porque no la alimentamos. Tenemos dos hijas, no podemos permitirnos tener otra’. Un tribal explica que como dote de la hija deberá dar ‘un scooter, hasta 70 gramos de oro y 50 mil rupias, para tener un buen marido’. Después de la muerte, los tribales cavan una fosa y entierran a la recién nacida con una piedra encima. Los perros excavaron la fosa y se comieron parte del cuerpo de la hija de Ravi, así que la enterraron de nuevo. La mayor parte de las cuarenta familias de la aldea han participado de episodios similares o los han cometido, después de que han tenido dos o más hijas. Jarpula Lokya Nayak mató de hambre a dos hijas”.
También en India el compromiso de los misioneros y de la minoría cristiana está dedicado, aparte de tratar de abatir el muro de las castas y de las desigualdades sociales, a la defensa de la vida naciente y de la infancia, en nombre de Dios que se hizo niño. Baste un solo ejemplo: el de la Madre Teresa de Calcuta.

Todos saben que la misión de esta mujer ha sido la de ayudar a los pobres de la India, los marginados, los débiles, los últimos. Ente ellos la Madre Teresa nunca olvidó citar a los niños en el seno materno, definidos por ella como “los más pobres entre los pobres”. En el libro “Dénmelos a mí. La Madre Teresa y el compromiso por la vida”, Pier Giorgio Levirani expone el pensamiento de la santa, expresado en mil circunstancias, con una gran fuerza, como en esta frase: “El aborto es lo que destruye la paz hoy. Porque si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué cosa me impide a mí matarlos a ustedes o que ustedes me maten a mí? Nada. Es lo que yo pregunto en India, lo que interrogo en todas partes: ¿qué hemos hecho por los niños? Nosotros combatimos el aborto con la adopción. Así salvamos miles de vidas. Hemos difundido la voz en todas las clínicas, en los hospitales, en las estaciones de policía: les rogamos no matar a los niños, nosotros nos haremos cargo de ellos”.

La lucha a favor de los niños contra el aborto y el infanticidio fue conducida por la Madre Teresa y por sus religiosas, a veces hasta el martirio, con gran fuerza, enfrentándose con una cultura ignorante de la sacralidad de la vida desde su origen. Para los hinduistas por ejemplo, los niños abandonados o rechazados por los padres, si sobreviven, son y quedan como parias, los infra-casta, que pagan culpas anteriores. Las mujeres, en general, y más las niñas, son costosas, debido a la dote, y son consideradas inferiores al varón, “hasta el punto, no poco común, de envenenarlas al pecho, untándolo de veneno, mientras toman la leche materna”.

Así sucede que a veces haya un número de nacimientos muy alto, por la búsqueda del varón a toda costa y por el consecuente número alto de infanticidios femeninos: se aborta selectivamente, hasta que no se tiene el hijo deseado, de sexo masculino. La Madre Teresa y las religiosas fundaron numerosas casas de la caridad, escuelas y orfanatos, ganándose un gran aprecio, pero también oposición del primer ministro Morarij Desai, que en 1979 la acuso de ayudar a niños con las escuelas y los orfanatos únicamente con el fin de bautizarlos y convertirlos. La Madre Teresa le respondió: “Me parece que usted no se da cuenta del mal que el aborto está provocando a su pueblo. La inmoralidad está en aumento, se están disgregando muchas familias, están en alarmante aumento los casos de locura en las madres que han asesinado a sus propios hijos inocentes. Señor Desai: quizá, dentro de poco usted se encontrará cara a cara con Dios. No sé qué explicación podrá darle por haber destruido las vidas de tantos niños no nacidos, pero - sin duda - inocentes, cuando se encuentre frente al tribunal de Dios, que lo juzgará por el bien hecho y por el mal provocado desde lo alto de su cargo de gobierno”. El grito de los niños no nacidos, de los infantes asesinados, decía la Madre Teresa, repitiendo de otra manera los conceptos expresados siglo tras siglo desde Minucio Felice, Tertuliano y tantos otros, “hiere los oídos de Dios”.

Francesco Agnoli | Il Foglio

lunes, 28 de septiembre de 2009

Cuando se inicia la vida empieza el derecho: las evidencias científicas del Siglo XXI

El principio “Pro Homini” (Pro Hombre – Humanidad) rige lo que ha marcado durante miles de años el desarrollo de códices, códigos, leyes, constituciones, tratados y declaraciones universales: en términos jurídicos la calificación de “lo humano”, recoge y responde a la preeminencia y precedencia de la verdad científica, conforme la misma en cada época fue identificando lo que era humano más allá de cualquier duda, incluyendo el señalar un determinado momento de inicio de la vida humana como tal.

No cabe duda que adentrándonos en el siglo XXI esto ha quedado totalmente dilucidado a partir de un hecho científico de singular importancia, que confirmó lo que la ciencia médica (en especial la genética, la embriología y la gineco-obstetricia) venia sosteniendo durante todo el siglo XX cada vez con mayor validez: la vida humana empieza con la concepción / fertilización / fecundación (tres eventos concurrentes y simultáneos en un solo momento de la vida animal).

En el año 2003 se anunció al mundo desde los Estados Unidos e Inglaterra (el Presidente Bill Clinton y el Primer Ministro Tony Blair respectivamente) que finalmente se había develado por completo el Genoma Humano, en el marco de un proyecto de 15 años iniciado en 1990 y con una inversión de miles de millones de dólares (Proyecto Genoma Humano).

El Genoma Humano es el genoma (del griego ge-o: que genera, y -ma: acción) de la especia humana, es decir, la secuencia exacta del ADN contenido en 23 pares de cromosomas en el núcleo de cada célula humana de cada ser humano.

La secuencia de ADN que conforma el genoma humano contiene codificada la información necesaria para la expresión altamente coordinada y adaptable al ambiente del proteoma humano, es decir, del conjunto de las proteínas del ser humano.

Las proteínas, y no el ADN, son las principales biomoléculas que poseen funciones estructurales, enzimáticas, metabólicas, reguladoras, señalizadoras y que se organizan en enormes y complejas redes funcionales que interactúan entre si. Es decir, el proteoma humano es el que da la particular morfología y funcionalidad de cada célula de un ser humano. De igual manera, la organización estructural y funcional de las distintas células conforma cada tejido y cada órgano, y, finalmente, al organismo de cada ser humano en su conjunto. Así, el genoma humano contiene la información básica necesaria para el desarrollo físico de cada ser humano completo de principio a fin.

En definitiva:

  • El Genoma humano una vez constituido nunca cambiará; será el mismo desde el momento en que la vida humana se inicia hasta que termina.
  • El Genoma del ser humano se conforma en el momento de la concepción –fecundación - fertilización (unión óvulo – espermatozoide o estadio de cigoto); NO SE TERMINA DE FORMAR, NI SE MODIFICA DESPUÉS. Dicho en otros términos, se confirma que lo humano es humano desde el momento inicial, y que ese momento inicial para la vida humana como tal, es el momento de la concepción – fecundación - fertilización (unión óvulo espermatozoide o estadio de cigoto; véase gráfico adjunto).
  • Lo que cambia a lo largo de las horas, días, semanas, meses o años posteriores a ese momento de nuestra existencia como seres humanos únicos e irrepetibles, son nuestras células, tejidos y órganos que en conjunto nos conforman: crecerán, se especializarán, se multiplicarán, envejecerán y morirán (y nosotros con ellas).
  • Los seres humanos son tales desde la concepción (estadío de cigoto), evento que ocurre 7 a 10 días antes de la implantación (en estadío de blastocisto). Por eso es que para las ciencias médicas el estudio del ser humano se inicia con el estudio del embrión unicelular o cigoto, 7 días antes de ser implantado.

La ciencia se preocupa mucho del proceso de la implantación, por que es la causa más importante de aborto espontáneo. La implantación resulta ser una de las partes o momentos posteriores al inicio, y no el inicio de la vida de un ser humano.

Adicionalmente hoy (siglo XXI) ya se hacen estudios genéticos antes de la implantación de los embriones, para evaluar potenciales problemas genéticos.

Teniendo en cuenta la evidencia científica anteriormente señalada, es que diversos autores de tratados de embriología han reafirmado la siguiente verdad científica, mediante algunas premisas importantes:

  1. “El embarazo humano comienza con la fusión de un óvulo y un espermatozoide”. “El óvulo fertilizado, ahora apropiadamente llamado un embrión…” (Bruce M. Carlson, MD, PhD, Profesor y Jefe del Departamento de Anatomía y Biología Celular de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, Ann Arbor; en su obra Human Embryology and Developmental Biology).
  2. Cigoto (Gr. zygotos): esta célula resulta de la unión de un óvulo con un espermatozoide. Un cigoto es el comienzo de un nuevo ser humano (i.e . un embrión)”. (Keith L. Moore, PhD, Profesor Emérito de Anatomía y Biología Celular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Toronto, Ontario, Canadá, y T.V.N. Persaud, MD, PhD, Profesor y ex Jefe del Departamento de Anatomía y Ciencia Celular, Profesor de Pediatría y Salud Infantil, Profesor de Obstetricia, Ginecología y Ciencias Reproductivas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Manitoba, Canadá, en su obra The Developing Human: Clinically Oriented Embryology).
  3. Aborto (L. aboriri, abortar). Este término significa un prematuro detenimiento del desarrollo y se refiere a la expulsión prematura de un conceptus del útero o expulsión de un embrión o feto antes que sea viable–capaz de vivir fuera del útero”. (Keith L. Moore y T.V.N. Persaud, en la obra citada previamente en el numeral ).
  4. El período embrionario propiamente, durante el cual la gran mayoría de las llamadas estructuras del cuerpo aparecen, ocupa las primeras ocho semanas post ovulatorias.” (Ronan O´Rahilly, MD, y Fabiola Müller, de los Laboratorios Carnegie de Embriología de la Universidad de California en Davis, California, EE.UU., en su obra Human Embryology & Teratology).
  5. El momento de la formación del cigoto puede ser considerado como el inicio o punto tiempo cero” del desarrollo del embrión.” (Ronan O´Rahilly, MD, y Fabiola Müller, en la obra citada previamente en el numeral ).

Una aplicación cotidiana de estas afirmaciones es el hecho que todos los tratados de ginecología y obstetricia, todas las escalas y manuales estandarizados para determinar el tiempo de gestación o embarazo de una mujer (incluyendo los emitidos por la OMS y la FIGO), toman como referencia el día (Fecha) de la última regla; una fecha inclusive previa al momento de la concepción.

El Genoma Humano en el momento de la concepción / fertilización / fecundación (momentos y fenómenos biológicos concurrentes), da inicio e identidad al ser humano (entidad biológica – evidencia científica) y a la persona humana (sujeto de derecho, principio jurídico).

La verdad es el sustento de la justicia.

Dr. Fernando Carbone Campoverde

jueves, 9 de abril de 2009

Aborto: razones para un no

de 
Se presentó esta semana en Madrid el Manifiesto de los 1.000 contra la reforma de la ley del aborto. Más de mil científicos, universitarios y profesionales de la salud (empezaron siendo trescientos, como los de Leónidas, pero la cifra se ha triplicado en dos días) se pronuncian contra una iniciativa legislativa que este Gobierno ha querido convertir en bandera ideológica. Lo hacen con razones estrictamente científicas e intelectuales. Un Gobierno con decencia se lo pensaría dos veces antes de seguir adelante con su proyecto. Porque, se mire como se mire, los firmantes de ese Manifiesto tienen razón.
Una precisión importante: lo que está en discusión no es el aborto tal y como lo contempla hasta ahora la legislación española. Éste es un asunto sin duda susceptible de debates, pero no es el caso aquí y ahora. El caso aquí y ahora es una ley que pretende convertir un mal objetivo en un derecho subjetivo, y que lo hace por razones ciegamente ideológicas negando la evidencia científica más elemental. Contra eso se dirige el manifiesto de los mil.
Uno puede entender que hace medio siglo, cuando lo ignorábamos todo sobre el ADN, alguien negara al embrión la condición de vida humana, como si eso que crece ahí dentro fuera un mero agregado celular y, por tanto, pudiera ser considerado una excrecencia de la anatomía de la madre. Pero hoy sabemos perfectamente que “eso que crece ahí dentro” no es un tumor ni un grano, sino un ser con personalidad propia. El código genético se dibuja en el cigoto desde el momento de la fecundación –más precisamente: en un momento inmediato a la fecundación. Y si hay un código genético singular y distinto al del padre y al de la madre, ahí hay ya una vida diferente. No hay más vueltas que darle.
Si ahí hay una vida diferente, otorgar a la madre el derecho a aniquilarla es una decisión cargada de implicaciones tanto jurídicas como morales. Básicamente, estamos concediendo a una persona el derecho a eliminar la vida de otra. Si el modelo se aplicara a la relación entre la policía y el delincuente, entre el juez y el reo, entre el amo y el siervo o entre el siervo y el amo, nadie dudaría en levantar la voz: sería una intolerable manifestación de barbarie. ¿Hay alguna diferencia entre cualquiera de esos casos y el de conceder a la madre el derecho a aniquilar a un hijo? No faltará quien diga que sí. Bien: ¿cuál? Porque no termina de verse.
Como este asunto es evidente incluso para los abortistas, el Gobierno ha inventado un subterfugio que es el de la “vida viable”: el aborto será libre mientras el feto no sea viable, circunstancia que la ministra de Igualdad fija arbitrariamente en la semana veintidós. El argumento parece sensato, pero sólo superficialmente. En realidad es monstruoso. ¿Por qué? Porque subordina el derecho a vivir a la “viabilidad” de esa vida. ¿Y qué quiere decir “viabilidad”? ¿Autosuficiencia? Según eso, sería legítimo exterminar a cualesquiera ciudadanos, ancianos o enfermos, que no puedan valerse por sí mismos. Se olvida deliberadamente, por otro lado, que en condiciones normales el feto es siempre viable: su viabilidad consiste precisamente en permanecer ahí dentro hasta que le llegue el momento de salir. Un feto no es una pre-vida: es una vida cuya circunstancia específica se desenvuelve en el interior de la madre.
En el aborto hay un conflicto de intereses entre la madre y el niño no nacido, dice la ministra Aído. ¿”Intereses”? Aceptémoslo, pero ¿hay en nuestra sociedad algún otro caso de “conflicto de intereses” que se resuelva suprimiendo la vida de una de las partes? No. En consecuencia, si se reconoce tal conflicto, lo más sensato sería solucionarlo por la vía menos cruenta. Un buen camino podría consistir en prestar asistencia psicológica a esa madre para que resuelva su “conflicto”. ¿Acaso no se hace lo mismo, y con cargo al erario público, cuando un adolescente tiene conflictos con sus padres, o cuando un trabajador tiene conflictos con su jefe? Otro buen camino podría consistir en ayudar a la mujer a terminar ese embarazo y después dar el niño en adopción; en España hay miles de familias que tienen que marcharse a China o a Etiopía para adoptar a un niño. ¿Por qué no ponérselo más fácil?
Intelectualmente hablando, todo esto no hay por dónde cogerlo. La reforma de la ley del aborto que se propone este Gobierno es puro nihilismo. Niega la evidencia científica –la existencia de una vida singular en el embrión–, destruye un principio elemental del derecho –no puedes acabar libremente con la vida del prójimo–, convierte un mal objetivo en un derecho subjetivo, lleva la voracidad del Estado hasta el mismo vientre de las madres y crea un vacío moral. De paso, descarga el peso del fardo sobre unas mujeres que, hoy más que nunca, tienen sobradas razones para pensar que los demagogos las manipulan por puro interés político.
Ese Manifiesto de los Mil es el testimonio de una sociedad que no ha perdido el juicio, y es también la voz de la inteligencia contra la arbitrariedad sectaria de los dogmáticos. Los dogmáticos tienen hoy la fuerza, pero la razón está en la otra parte.

miércoles, 1 de abril de 2009

No se lo digas a mamá

Me gustaría saber la identidad de los nueve expertos en los que la ministra Bibiana Aído se escuda para defender que una niña de dieciséis años puede abortar sin consultar con sus padres. Me gustaría saber de qué son expertos y si son padres y madres. Me gustaría saber en qué se fundamentan para decir que dejar tan dramática decisión en manos de una adolescente aterrada es lo mejor para ella. Me gustaría saber si se han parado a pensar que esa criatura, tras mantener una relación sexual precipitada, va a empezar a sufrir lo que la literatura científica ya ha diagnosticado ante un aborto.

El síndrome de aborto reúne quince síntomas psicológicos que van desde la angustia al sentimiento de culpabilidad, la ansiedad, los terrores nocturnos, la depresión, los trastornos de alimentación o de la vida sexual. Síntomas que pueden llegar a aparecer, dicen los psicólogos de la Asociación de Víctimas del Aborto, incluso años después de haber abortado. Me gustaría saber con qué valor lanza la joven ministra Aído, con una sonrisa, como quien anuncia un anticonceptivo novedoso, que una niña de dieciséis años está tan capacitada para abortar como para casarse.

Una niña de dieciséis años no está capacitada para abortar ni para casarse, por mucho que se esté normalizando lo que son parches en la vida. Una cosa es que lo haga y otra bien distinta la sacudida que la vida le da a una adolescente casada, quien sale adelante gracias a los apoyos de la familia. Me gustaría saber quién le va a informar a una adolescente de dieciséis años de que si se queda preñada puede abortar sin decírselo a los padres y también en quién se va a apoyar ante semejante circunstancia. ¿En la mamá-administración, o en su mejor amiga, con la que intercambia los vaqueros e inventa en su habitación coreografías de Beyoncé? Me gustaría saber si esos expertos conocen lo que es ser padres y las complicaciones a las que nos enfrentamos para conquistar la confianza de nuestros hijos en la difícil adolescencia. Me gustaría saber el protocolo de actuación que se llevará a cabo cuando una niña de dieciséis años acuda al centro para abortar y cómo será tratada. Me gustaría saber qué pretenden con esta propuesta de ley, que autoriza a que se rompa la confianza entre hijos y padres. Y me gustaría saber qué se pretende de los padres el día que nuestra hija decidiera abortar en soledad. ¿La recibimos con un aplauso? ¿Le damos sopa caliente? ¿Le preguntamos si llegó a ponerle nombre? ¿O quién habría sido el padre? ¿Debemos obviar el tema, o celebrarlo con una barbacoa? ¿Trae esas instrucciones la nueva reforma de la ley del aborto? Una cuestión más: ¿meterán en la cárcel a una madre que le discuta esa decisión a su hija adolescente? O es la ley del "no se lo digas a mamá porque no la necesitas". Señorita Aído, me gustaría saber si mi hija ha abortado sola. Porque soy su madre

Mariló Montero|Diario de Sevilla

viernes, 27 de marzo de 2009

La libertad del aborto

Desde que no se enseña en los colegios el buen uso de las palabras y a entender los conceptos, la Libertad sirve lo mismo para irse de excursión que para abortar a los 16 años, tras cinco meses de embarazo y sin permiso de los padres. Una joven en edad de ser madre es tratada como una niña en todo, excepto en su libertad de abortar: no vota, no puede ser candidata a alcaldesa, ni comprar tabaco ni bebidas alcohólicas, no puede casarse ni desaparecer de su casa sin permiso de los padres, no tiene entidad jurídica plena hasta la mayoría de edad y es, por tanto, irresponsable, y no puede delinquir aunque sea una delincuente. Para llevar adelante este cúmulo resumido de contradicciones se ha creado un ministerio que nadie echaba de menos, de un ramo de imposible fin: Igualdad, y su titular es una mujer joven de la que depende, en su elaboración, la nueva ley del aborto como una conquista del progreso.

La izquierda agoniza maltratando a la Libertad, lo sabíamos, pero no contábamos con que su agonía fuera tan larga. La izquierda no nos presenta ya modelos de sociedad, ni discute sobre las relaciones de poder entre los grupos de distintas tendencias y agentes sociales: capital, trabajadores, sindicatos, patronal, Iglesia, nacionalismo, terrorismo, guerra y paz, conciencia y libertad individual y tantos otros asuntos necesitados de debate en una sociedad que está lejos de ser homogénea. Las cortinas de humo para ocultar una negada crisis económica de final imprevisible se lanzan a diario. La izquierda no tiene nada que ofrecer que no sean fantasmagorías de dudoso progresismo. Creímos en ella cuando tratábamos de salir de una dictadura para entrar en un régimen democrático normalizado, pero ya no podemos porque no nos creemos que el aborto permisivo y la eutanasia sean progresos, que la Alianza de Civilizaciones sea algo más que una fantasía o que los matrimonio de homosexuales sean una modernidad.

Todas estas extravagancias son números de un espectáculo de variedades para distraer a los nostálgicos de la progresía, encerrados en su búnker a la espera de la segunda venida de Franco que les dé argumentos. ¿Es legal abortar a los 16 años sin permiso de los padres? ¿Es constitucional, si la joven madre frustrada no tiene capacidad jurídica para decidir? Desde que cayó el Muro de Berlín y los cascotes cayeron en las honorables cabezas de los izquierdistas del mundo, no saben por dónde tirar. ¿Por qué no se aclaran? El presidente de Venezuela se ha aclarado. El de Bolivia va camino. Serían más respetable si dijeran: "Ciudadanos: Nosotros no somos de izquierda ni podemos serlo en Europa Occidental, pero casando a los homosexuales y dándoles permiso para abortar a las jóvenes de 16 años, por encima de los derechos paternos, mereceríamos gobernar en Corea del Norte. Vótennos y todo se andará."

Francisco Bejarano|Diario de Jerez

jueves, 26 de marzo de 2009

Aborto: razones para un no

Se presentó esta semana en Madrid el Manifiesto de los 1.000 contra la reforma de la ley del aborto. Más de mil científicos, universitarios y profesionales de la salud (empezaron siendo trescientos, como los de Leónidas, pero la cifra se ha triplicado en dos días) se pronuncian contra una iniciativa legislativa que este Gobierno ha querido convertir en bandera ideológica.

Lo hacen con razones estrictamente científicas e intelectuales. Un Gobierno con decencia se lo pensaría dos veces antes de seguir adelante con su proyecto. Porque, se mire como se mire, los firmantes de ese Manifiesto tienen razón.Una precisión importante: lo que está en discusión no es el aborto tal y como lo contempla hasta ahora la legislación española. Éste es un asunto sin duda susceptible de debates, pero no es el caso aquí y ahora. El caso aquí y ahora es una ley que pretende convertir un mal objetivo en un derecho subjetivo, y que lo hace por razones ciegamente ideológicas negando la evidencia científica más elemental. Contra eso se dirige el manifiesto de los mil.

Uno puede entender que hace medio siglo, cuando lo ignorábamos todo sobre el ADN, alguien negara al embrión la condición de vida humana, como si eso que crece ahí dentro fuera un mero agregado celular y, por tanto, pudiera ser considerado una excrecencia de la anatomía de la madre. Pero hoy sabemos perfectamente que “eso que crece ahí dentro” no es un tumor ni un grano, sino un ser con personalidad propia. El código genético se dibuja en el cigoto desde el momento de la fecundación -más precisamente: en un momento inmediato a la fecundación. Y si hay un código genético singular y distinto al del padre y al de la madre, ahí hay ya una vida diferente. No hay más vueltas que darle.

Si ahí hay una vida diferente, otorgar a la madre el derecho a aniquilarla es una decisión cargada de implicaciones tanto jurídicas como morales. Básicamente, estamos concediendo a una persona el derecho a eliminar la vida de otra. Si el modelo se aplicara a la relación entre la policía y el delincuente, entre el juez y el reo, entre el amo y el siervo o entre el siervo y el amo, nadie dudaría en levantar la voz: sería una intolerable manifestación de barbarie. ¿Hay alguna diferencia entre cualquiera de esos casos y el de conceder a la madre el derecho a aniquilar a un hijo? No faltará quien diga que sí. Bien: ¿cuál? Porque no termina de verse.

Como este asunto es evidente incluso para los abortistas, el Gobierno ha inventado un subterfugio que es el de la “vida viable”: el aborto será libre mientras el feto no sea viable, circunstancia que la ministra de Igualdad fija arbitrariamente en la semana veintidós. El argumento parece sensato, pero sólo superficialmente. En realidad es monstruoso. ¿Por qué? Porque subordina el derecho a vivir a la “viabilidad” de esa vida. ¿Y qué quiere decir “viabilidad”? ¿Autosuficiencia? Según eso, sería legítimo exterminar a cualesquiera ciudadanos, ancianos o enfermos, que no puedan valerse por sí mismos. Se olvida deliberadamente, por otro lado, que en condiciones normales el feto es siempre viable: su viabilidad consiste precisamente en permanecer ahí dentro hasta que le llegue el momento de salir. Un feto no es una pre-vida: es una vida cuya circunstancia específica se desenvuelve en el interior de la madre.

En el aborto hay un conflicto de intereses entre la madre y el niño no nacido, dice la ministra Aído. ¿”Intereses”? Aceptémoslo, pero ¿hay en nuestra sociedad algún otro caso de “conflicto de intereses” que se resuelva suprimiendo la vida de una de las partes? No. En consecuencia, si se reconoce tal conflicto, lo más sensato sería solucionarlo por la vía menos cruenta. Un buen camino podría consistir en prestar asistencia psicológica a esa madre para que resuelva su “conflicto”. ¿Acaso no se hace lo mismo, y con cargo al erario público, cuando un adolescente tiene conflictos con sus padres, o cuando un trabajador tiene conflictos con su jefe? Otro buen camino podría consistir en ayudar a la mujer a terminar ese embarazo y después dar el niño en adopción; en España hay miles de familias que tienen que marcharse a China o a Etiopía para adoptar a un niño. ¿Por qué no ponérselo más fácil?

Intelectualmente hablando, todo esto no hay por dónde cogerlo. La reforma de la ley del aborto que se propone este Gobierno es puro nihilismo. Niega la evidencia científica -la existencia de una vida singular en el embrión-, destruye un principio elemental del derecho -no puedes acabar libremente con la vida del prójimo-, convierte un mal objetivo en un derecho subjetivo, lleva la voracidad del Estado hasta el mismo vientre de las madres y crea un vacío moral. De paso, descarga el peso del fardo sobre unas mujeres que, hoy más que nunca, tienen sobradas razones para pensar que los demagogos las manipulan por puro interés político.

Ese Manifiesto de los Mil es el testimonio de una sociedad que no ha perdido el juicio, y es también la voz de la inteligencia contra la arbitrariedad sectaria de los dogmáticos. Los dogmáticos tienen hoy la fuerza, pero la razón está en la otra parte.

José Javier Esparza|El Manifiesto