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martes 21 de febrero de 2012

Movimiento Imperial Ruso


El Profesor José Miguel Gambra, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, recibió el pasado jueves 16 de febrero al periodista Dimitri Sawin, representante del Movimiento Imperial Ruso.

El señor Sawin expuso al profesor Gambra el ideario y actividades de su movimiento, así como su constante lucha contrarrevolucionaria y la persecución que por este motivo padecen sus miembros.

Durante la reunión, que tuvo lugar en un ambiente agradable y una atmósfera de entendimiento mutuo, se discutieron aspectos prácticos e ideológicos de ambas instituciones, así como la situación política en España y Rusia. 

Dimitri Sawin habló sobre los principios ideológicos del Movimiento Imperial Ruso, la posición de los rusos en la Rusia moderna, el papel destructivo de Putin, y su régimen genocida, y el papel de los monárquicos rusos en la resistencia rusa moderna.

Por su parte, el profesor Gambra describió brevemente los principios fundamentales del movimiento carlista, con especial énfasis en las diferencias fundamentales entre la ideología de los tradicionalistas españoles frente a Franco y los nazis. El profesor Gambra, asistido por Eduardo Corchero, explicó al visitante el ideario carlista y la historia y actividades presentes de la Causa, entregándole diversos materiales al respecto. Se habló de la ya vieja colaboración de los monárquicos rusos con el Carlismo, ya desde la Primera Guerra en 1833, pasando por la condición de oficial de la Guardia Imperial Rusa del Rey Don Jaime III (1909-1931) y la participación de rusos blancos en la Cruzada española de 1936, casi todos en las filas del Requeté.

Después de las conversaciones, ambas partes señalaron la similitud de la plataforma ideológica del Movimiento Tradicionalista Imperial de Rusia y los tradicionalistas carlistas. También se acordó, en principio, a la posibilidad de la cooperación de los monárquicos rusos y españoles en los ámbitos político, cultural y educativo. Ambas partes expresaron el deseo de que esa cooperación se convierta en colaboración permanente y activa.

Agencia FARO

jueves 12 de enero de 2012

Trasladando fiestas

Si Zapatero hubiese tenido la ocurrencia de trasladar las fiestas a los lunes, y de cargarse de paso festividades de gran arraigo como la Asunción de la Virgen o el día de Todos los Santos, habríamos escuchado enseguida -con voz tonante y airada- que su propósito no era otro sino descristianizar la sociedad. Pero quien ha tenido la ocurrencia ha sido Rajoy; y, misteriosamente, nadie le ha atribuido semejante propósito. De donde se deduce -risum teneatis- que si las festividades religiosas se las carga un gobierno de izquierdas, hemos de presumir que su propósito es descristianizar la sociedad; en cambio, si quien se las carga es un gobierno de derechas, hemos de presumir que su propósito es «racionalizar el calendario laboral y reactivar la economía». Que la economía vaya a reactivarse por quitar cuatro días de fiesta, o por correrlos al lunes, es una sandez que sólo se le habría ocurrido a aquellos arbitristas demenciales de los que se cachondeaba Quevedo; pero vivimos en una época tan confusa que las sandeces más grotescas pueden pasar fácilmente por ideas geniales. 

El mundo liberal siempre tuvo la obsesión de cepillarse el calendario cristiano. Primero lo intentó con el desquiciado calendario napoleónico; y, fracasado aquel empeño arbitrista, se dedicó, al tiempo que la Iglesia reducía sus fiestas de precepto, a multiplicar las suyas, hasta tupir el calendario con una caterva de fiestas civiles, a cada cual más relamida y rimbombante. Las fiestas verdaderas, que sólo pueden ser religiosas, no tienen más sentido que santificar la vida: se basan en la necesidad que el hombre tiene de encontrarse a sí mismo bajo la luz de una fe comunitaria; y se cumplen en la recepción de un don espiritual. Las fiestas civiles, que son falsificaciones paródicas de las religiosas, nunca cumplieron ninguna de estas dos funciones; pero su proliferación insensata logró enturbiar el sentido originario de las fiestas religiosas, hasta equipararlo con el de las fiestas civiles, como mera ocasión para el ocio consumista. Una vez lograda esta equiparación turbia, se prueba ahora a cambiar de fecha las fiestas religiosas, o a borrarlas del calendario, en la confianza de que su traslado o supresión no ocasionará mayores resistencias que el traslado o supresión de las insustanciales fiestas civiles. Y como quien anuncia esta barrabasada no es Zapatero, sino Rajoy, ni los católicos rechistamos, en lo que se demuestra que la ofuscación ideológica ha logrado desecar el meollo de nuestra fe, convirtiéndola en una sucesión de automatismos vacuos; en esto consiste el fariseísmo.

Existe un axioma biológico infalible: a medida que disminuye lo vivo, aumenta lo automático. Cuando las fiestas religiosas se convierten en un automatismo vacuo importa poco, en efecto, que se cambien de día. Si fuesen fiestas vivas, su traslado por decreto nos resultaría tan desquiciado y abusivo como una orden ministerial que nos exigiese celebrar nuestro cumpleaños en domingo, o parir durante el mes de vacaciones; pues ese traslado obedece a la misma visión mecanicista -automática- del hombre, reducido a un gurruño de carne sin necesidades espirituales, para quien las fiestas se han convertido en meras ocasiones para el ocio consumista. ¡A trabajar y a consumir, españolitos sin fe, que hay que «reactivar» la economía! 

«Al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará», leemos en el Evangelio. Así se recompensa la fe de los tibios. Después de todo, la ocurrencia de Rajoy de quitarnos o trasladarnos las fiestas religiosas puede que sea un instrumento del designio divino.

Juan Manuel de Prada | ABC

jueves 15 de diciembre de 2011

La sordera moral respecto al aborto es hoy en día la ley educativa de Occidente


La desaparición de la piedad es una noticia que supera la crisis del euro y cualquiera otra noticia. Una chica de dieciséis años ha abortado, esto es, se ha liberado, aniquilándola, de una criatura humana concebida en su seno, después y a causa de una campaña orquestada con las mejores intenciones por sus padres en nombre de un valor social sordo a cualquier rémora de tipo ético (de buenas intenciones está empedrado… etcétera). Padre y madre han pedido también una orden judicial para obligarla a abortar, sin obtenerla por el momento, y llegando al mismo objetivo mediante la persuasión y conduciendo de la mano al patíbulo de la vida a una niña recalcitrante. En tiempo litúrgico, como dirían los católicos y como dice la tradición cristiana, de Adviento. La historia la ha explicado Cinzia Sasso, periodista de la Repubblica y first lady de la Milán progresista y acomodada. Es una maldita y simple historia.
El sexo de los adolescentes, protegido o no protegido desde el punto de vista sanitario y conceptivo, es un dato de hecho aceptado y finalmente protegido en un amigable rechazo de las inhibiciones por parte de las familias, de la mayoría de los profesores, de las amigas o amigas mayores y de cualquier otra pálida autoridad superviviente. Si tienes dieciséis años, si eres inquieta y estás enamorada o simplemente eres aventurera y decidida, y los sentimientos o las pulsiones te ordenan seguir sin demasiados problemas las tormentas hormonales de tu edad, entonces la máxima sugerencia cautelar que la escuela, la familia o el estado sanitario te ofrecen es el de garantizarte un preservativo […]. Pero las consecuencias del amor no prevén el laico y fatalista «haz lo que debas hacer y que pase lo que daba pasar», y menos aún el agustiniano «ama (dilige) y haz lo que quieras»; no, la regla ética moderna y despiadada dice que estás autorizado a hacer lo que quieras, porque eres un sujeto libre, siempre que evites el riesgo de las consecuencias de aquello que haces, incluso si entre las consecuencias se encuentra la vida humana inocente de un ser concebido para la libertad de nacer y de existir. Ésta es la atroz lección transmitida a la chiquilla.
La sordera moral respecto al aborto es hoy en día la ley educativa de Occidente […]. Lo es hasta el punto que el tribunal familiar llama en su ayuda al tribunal civil, porque la cultura prevaleciente es la de Obama, que llama “incidente” y “riesgo” al hipotético embarazo de una de sus hijas, es la hoy en día difundida en las consideraciones de los hombres y mujeres comunes: las chicas y los chicos deben ser comprendidos, apoyados y educados según los principios de crítica y deconstrucción de toda posible autoridad o prohibición, pero entre tanto libertarismo surge la idea de que deben ser obligados a defenderse de la agresión de una criatura nueva, del evento patológico del parto, criatura y parto que finalmente, apoyándose en la ley, es totalmente lícito impedir en nombre de una vida que sería golpeada y devastada por una maternidad precoz. Como si la interrupción precoz de la maternidad no fuese una devastación de conciencia y de espíritu infinitamente superior a cualquier síndrome post parto. Como si no contase nada, y no cuenta nada, el respeto hacia el tercero incómodo, hacia el embrión formado, único e irrepetible destinado a sucumbir por el peso de una toma de posición ideológica o sociológica.
Incluso los hombres de iglesia se sienten obligados a sociologizar el problema, a presentarse, como el director del periódico católico [Avvenire] llamado a comentar la historia, «entristecido» por un aborto que no se puede aceptar, pero lleno de comprensión por las ansias de los padres y por la situación en la que se ha encontrada la muchachita. La comprensión para quien puede decidir desde su posición de fortaleza la existencia del débil es sólo la otra cara del trato despiadado infligido a la víctima de una inversión de todos los valores de la vida y del amor. Que no me molesten más estos católicos comprensivos con su querido tema del amor y la solidaridad. Quédense con esas palabras falsamente religiosas y déjenme una laica y sagrada piedad.
Giuliano Ferrara|Il Foglio

martes 15 de noviembre de 2011

La familia ante el desafío de la modernidad

¿Por qué la Modernidad, entendida como el conjunto de principios y valores triunfantes en nuestro tiempo, debería suponer un desafío para la familia cristiana? 

Para responder a eso, hace falta un pequeño análisis de los fundamentos ideológicos de la Modernidad, para que así podamos compararlos mejor con lo que sabemos que la familia cristiana es y representa. 

1) Individualismo 
2) Primacía de las relaciones económicas 
3) Relativismo moral. Confusión entre moral y ley. 
4) Quiebra del principio de autoridad 
5) Materialismo práctico. Búsqueda del éxito fácil, entendido en clave monetaria. 

Este conjunto de rasgos alimentan lo que Josep Miró ha denominado “la gran ruptura de la desvinculación”, que se fundamenta en la ausencia de compromiso y en la afirmación de la realización personal como único hiperbién: “Nuestro sistema social construye hombres y mujeres sin ataduras con el pasado, la tradición, la religión o la comunidad...”. 

Frente a la ruptura de la desvinculación, la familia representa un discurso y un compromiso vital completamente distintos. “Asumir la familia significa asumir que la relación entre el hombre y la mujer se fundamenta en la entrega antes que en la autosatisfacción; que el sexo puede ser el inicio pero que nos lleva por senderos equivocados si no se construye la compañía, porque el matrimonio es la construcción de este acompañamiento; que el don es gratuito; que existe vocación por la descendencia, lo que significa el situar la dinastía en primer término y antes que la inmediatez; en otras palabras, significa dar importancia a aquello que se sitúa a largo plazo por encima del corto plazo” (J. Miró). Pero además de estos rasgos humanos, la familia posee una indudable dimensión religiosa, como expresión del amor de Dios hacia sí y en el seno de la Trinidad que no es el tema de esta charla pero que como cristianos debemos conocer y estimar. 

Por estos motivos, por la inmensa fuerza que esos caracteres le imprimen y por lo que la familia supone en la vida de los hombres, las sociedades con fuerte base familiar no se ven seriamente afectadas por los principios ideológicos de la Modernidad que antes he mencionado. Esto es lo que provoca la hostilidad de los grupos e intereses más comprometidos o beneficiados por la cultura dominante hacia la familia, en especial a la que se fundamenta sobre ideas cristianas. 

Esa hostilidad de la cultura dominante de la Modernidad y de la desvinculación hacia la familia es visible en España desde hace décadas y ha provocado graves daños en el aprecio social de la institución familiar -aunque siga siendo la más valorada por la gente- y en su capacidad para situarse en el centro de la vida de las personas. Es obvio que día a día ganan puntos entre los jóvenes unos modelos familiares acordes con las propuestas de la Modernidad y la desvinculación, modelos que tienen por eje el compromiso limitado, la provisionalidad y que, en muchas ocasiones, no están abiertos a la procreación, gran obstáculo hoy de la autorrealización. 

Estas propuestas alternativas, que van calando hasta diseñar una realidad familiar plural -se habla ya de “familias” y no de familia- aparecen adornadas con el prestigio de la libertad, pero sus efectos sociales son muy cuestionables y a menudo provocan graves daños para los adultos y no digamos para los niños. 

¿Cómo es posible que estas propuestas alternativas a la familia cristiana puedan arraigar cuando son tan inferiores objetivamente en su capacidad para construir la felicidad de sus miembros? En primer lugar, es necesario destacar que la realidad de la familia está siendo profundamente tergiversada por una sistemática campaña de deformación en la que sólo se manifiestan sus defectos, se ocultan sus virtudes y se la presenta como algo anticuado, rancio y condenado a la extinción, mientras que los modelos alternativos aparecen como algo juvenil, de moda y libre (series televisivas, apología de las uniones informales, de las separaciones y divorcios, últimamente la cuestión de la violencia doméstica...). 

Pero todo esto no tendría el menor efecto si la familia no hubiese sido objetivamente debilitada a lo largo del siglo XX por tres grandes fenómenos que han conmovido sus cimientos tradicionales. Estos fenómenos no son necesariamente negativos, los tres tienen indudables aspectos positivos, pero la familia no ha sido capaz todavía de adaptarse a ellos, quizá por su enorme magnitud, quizá porque su incidencia afecta al papel que en su seno correspondía y todavía corresponde a los tres grandes pilares de toda familia: la madre, el padre y los hijos. Me estoy refiriendo a:

1) La incorporación de la mujer al mundo del trabajo en condiciones semejantes a las del varón. 
2) La crisis del principio de autoridad como clave de las relaciones sociales. 
3) La revolución sexual. 

1) La incorporación de la mujer al mundo del trabajo en condiciones semejantes a las reservadas al varón. Este es un fenómeno indudablemente positivo en sus efectos sociales y culturales, pues ha permitido una mayor autonomía de las mujeres y la liberación del hombre de la enorme carga que suponía ser el único responsable de la suerte económica de la familia. Pero ha provocado una auténtica crisis de identidad en la mujer, sobre todo en las madres y amas de casa, que han visto reducida la estima social de su función y se han visto impulsadas en muchos casos a buscar y aceptar trabajos que no les satisfacen ni compensan para disminuir la presión del entorno y sentirse útiles y realizadas. Ha provocado también una necesaria redistribución de las cargas familiares entre los miembros de la pareja, algo que la mayor parte de los hombres no acepta de forma expresa o implícita, creándose tensiones que envenenan la vida conyugal y, lo que es peor, provocándose en muchos casos la desatención de los hijos. Además ha hecho disminuir drástica y bruscamente la natalidad y ha propiciado el aumento de la infidelidad conyugal, de los abandonos y de los divorcios. El acceso de la mujer al mundo del trabajo, una conquista irrenunciable, es un gran ejemplo de cómo algo en principio bueno puede ir acompañado de efectos negativos que todo el mundo percibe pero que es políticamente incorrecto mencionar y contra los que es muy difícil luchar. 

2) La crisis de la autoridad como principio ordenador de las sociedades humanas y, por supuesto, de la familia. Hasta no hace mucho, en todo el mundo la autoridad era el principio clave del mundo del trabajo, de las relaciones humanas y políticas y, por supuesto, de la familia. El padre, y en su ausencia la madre, estaba dotado de un poder casi absoluto en la casa y sobre los asuntos familiares. Incluso los hermanos mayores disponían de un status especial. Pero la autoridad, de la que a menudo se abusaba, ha sido la gran víctima de la Modernidad y ha sufrido un ataque frontal en su legitimidad en las sociedades occidentales desde la revolución de mayo del 68. Hoy se encuentra bajo mínimos y sólo es aceptada con grandes limitaciones y por consenso. En la familia, la autoridad ya no pertenece al padre, en todo caso a los esposos, y en cuanto los hijos tienen edad para opinar y decidir desaparece del todo como principio ordenador de la convivencia.

Lo que esto ha supuesto en el día a día de las familias lo sabemos todos y no merece la pena entretenerse en ello. Me limitaré a señalar que sin autoridad legítima no cabe responsabilidad, y sin responsabilidad el sacrificio no puede exigirse a nadie. La desaparición del principio de autoridad ha erosionado de tal manera el papel del padre en la familia que muchos varones se muestran incapaces de adaptarse a la nueva situación. No es extraño, porque esta situación es inédita en la historia de nuestra civilización y no hay modelos previos a los que recurrir. El hombre ha perdido el sitio y los que se le ofrecen como alternativa -consejero, amigo, cómplice- no cubren el hueco dejado por el padre y además casi siempre son insatisfactorios para él e ineficaces para la marcha de la familia. Muchos se desentienden de situaciones que no pueden resolver ni gobernar y, si estas son graves, acaban cediendo a la tentación del abandono. Todo esto aumenta la carga de las mujeres en los hogares y genera nuevos enfrentamientos que afectan a la estabilidad de la pareja y repercuten sobre toda la estructura familiar. 

Y sin embargo, hay que decir que la autoridad absoluta ejercida por el padre hasta hace no mucho tampoco era buena, y no sólo porque existiera la propensión a abusar de ella. Cuando la autoridad es llevada más allá de cierto límite sólo genera miedo e incomunicación, y de ese modo seca las fuentes en las que debe sustentarse toda familia, que son las del amor y la lealtad. La evaporación de la autoridad no es un fenómeno exclusivo de la familia, sino general, como he señalado, y por tanto irreversible. Es necesario alcanzar un nuevo equilibrio basado en el consenso de los esposos y en el respeto de los hijos y hacia los hijos. Las circunstancias negativas de hoy pueden y deben superarse, porque los rasgos excesivamente patriarcales de la familia tradicional no eran una fortaleza del sistema, sino una debilidad por la que han penetrado buena parte de las críticas fundadas al mismo. Para nosotros, cristianos, podía ser incluso una rémora que impidiera a la familia adquirir las cualidades evangélicas que deberían caracterizarla. 

3) La revolución sexual, que ha puesto de manifiesto la importancia central del sexo en la configuración de lo humano; algo que siempre se había enmascarado por improcedente, subversivo e indecoroso. Ese papel central del sexo había sido reconocido, no obstante, por todas las sociedades tradicionales, que reconocían su fuerza y por ello trataban de encauzarlo a través del matrimonio para que su formidable energía se transmitiera de forma positiva para la sociedad y no de forma perturbadora o disgregadora de los vínculos sociales. 

Hoy la sexualidad conserva su fuerza, pero se niega su papel social, de forma que el conjunto de la sociedad nada tiene que decir sobre cómo la ejerce cada cual. Hoy el sexo, aunque su manifestación sea pública como nunca, pertenece al ámbito de lo privado del individuo y de su capacidad y necesidad de realización. Por eso, al tratarse de un asunto estrictamente individual, ni siquiera la familia está en condiciones reales de intervenir en las opciones o actividades sexuales de sus miembros. Así, los padres se encuentran sin argumentos ni capacidad para intervenir a partir de cierta edad de los hijos, aunque estos vivan bajo el techo familiar, e igualmente los hijos han perdido buena parte de su capacidad de condena si alguno de los padres no guarda fidelidad o abandona el hogar para vivir con otra pareja. 

Convivir con estas nuevas realidades es algo que a muchos se hace intolerable... hasta que se ven en la tesitura de hacerlo. Muchas familias intachables se desenvuelven entre situaciones “sentimentales” impensables hace una generación, si bien es verdad que la tolerancia general hacen menos penosa la aceptación de la realidad. Hay que tener en cuenta que en un pasado remoto estas situaciones eran mucho más frecuentes de lo que imaginamos y que, sin embargo, somos herederos directos de una era, iniciada en el siglo XIX, especialmente puritana en todo lo que se refiere al comportamiento sexual. Se ha señalado con frecuencia que durante mucho tiempo ha podido parecer que la moral propugnada por la Iglesia se reducía a la moral sexual, tal era la insistencia obsesiva en esas cuestiones por parte de los pastores y el control ejercido por el conjunto de la sociedad. 

Hay que asumir, pues, que en esto estamos también ante un profundo cambio de ciclo, ante cambios que están aquí para quedarse durante mucho tiempo y contra los que quizá sólo merezca la pena oponerse cuando den lugar a comportamientos claramente desordenados o puedan arrastrar a las personas hacia la desgracia. Los terrenos son sumamente resbaladizos y están todavía por deslindar a no ser que vivamos en un medio en el que no existan agnósticos o cristianos no practicantes. En otro tiempo, el triunfo del matrimonio canónico sobre otras formas inferiores de unión, muy comunes en ciertos grupos sociales, se hizo posible por el decidido apoyo de las autoridades civiles, que le otorgaron un reconocimiento exclusivo. No hay que decir que las tendencias actuales son muy otras, y que se hace difícil encontrar la fórmula que haga llegar a la gente de manera sencilla y fácilmente comprensible las ventajas personales y sociales del matrimonio cristiano y de los compromisos que conlleva. 

Por último, cabe señalar que, por desgracia, las nuevas costumbres sexuales están siendo acompañados de una explotación sin límites de la mujer como objeto sexual y con un floreciente y repugnante negocio basado en la utilización tosca o perversa de la imprescindible y noble pulsión erótica que alienta en todos los seres humanos. Estos hechos son consecuencia directa también de la revolución sexual en las sociedades occidentales y la hacen aún más indigerible para muchas conciencias rectas. 

Las tres grandes cuestiones señaladas no son buenas o malas de manera absoluta, pero sobre todo sería una pérdida de tiempo dedicarnos a condenarlas o alabarlas. Lo que nos debe interesar es que son irreversibles y han creado un nuevo marco familiar, totalmente distinto del existente hace 50 años. Es posible que, como tantas veces en la Historia, estos cambios de apariencia inasimilable acaben resultando purificadores y descarguen a la familia de aspectos que han podido llegar a convertirla en una vivencia opresiva. Estamos viviendo ahora el impacto sobre la familia de cambios sociales profundos que anuncian renovaciones basadas en la libertad y la coherencia, aunque más vulnerables a la insatisfacción y el individualismo. Es posible que esa renovación deba fundarse en una nueva experiencia de la conyugalidad que redescubra, más allá de las palabras huecas, lo hermoso y arriesgado de una relación incondicional en un mundo donde todo es temporal y condicionado; en una nueva definición de los papeles de los esposos, basados en la igualdad efectiva, sin que la mujer vea en la masculinidad del hombre un elemento sojuzgador ni el hombre en la feminidad de la mujer una inferioridad; una nueva relación entre los sexos, más abierta al goce recíproco, vivido como un don que se acentúa y adquiere pleno sentido en la fidelidad y la exclusividad. Y quizá, ante todo, una revalorización de lo que los hijos suponen en la vida de hombres y mujeres y lo compensatorio de entregarles los mejores años de nuestras vidas. 

Personalmente, estoy seguro de que todo esto llegará, quizá está llegando ya, aunque los árboles de los problemas actuales, el hundimiento de tantas familias, no nos dejen ver el bosque de la gracia y las promesas. Pero, mientras eso llega, ¿qué podemos hacer nosotros? A nivel social, la revalorización de la familia sólo puede venir de cambios culturales y de decisiones políticas que hoy no son previsibles y que quedan fuera de nuestro alcance, aunque no debiéramos dejar de tenerlos en cuenta en nuestras opciones de consumo cultural y en el momento de las elecciones, ya que no todos los partidos son lo mismo en estos aspectos, aunque ninguno de los mayoritarios apueste claramente por la familia. 

Pero sí está al alcance de cualquiera vivir en función de dos valores esenciales: libertad y coherencia. Ser libre es todo lo contrario que dejarse arrastrar por modas que se nos imponen y por las opiniones que promueve la cultura dominante. 

Ser libre es elegir lo mejor para nosotros mismos y los nuestros en función de nuestros intereses y nuestras convicciones. Para que la libertad pueda ejercerse es necesaria la conciencia formada, que es el mayor tesoro que podemos dar a nuestros hijos, y la coherencia que sigue a la elección. Ser libre nunca ha sido fácil y hoy tampoco lo es. La coherencia del hombre libre tiene un precio que la sociedad de los conformistas nos hará pagar, pero sin esa libertad perdemos una parte de nuestra condición de seres humanos y la vida pierde su sabor. 

Tenemos que ser conscientes del tipo de familia en el que queremos vivir y defender con fuerza nuestra opción de las intrusiones del mercado, de la TV, de las ideologías... y hasta de los de los amigos y de las vecinas. Para conseguirlo tenemos que estar seguros de nuestros fundamentos (por eso hay que formarse) y mantener el contacto con los que han hecho nuestra misma elección, ayudarnos unos a otros a superar las dificultades. Hoy existen todo tipo de asociaciones y movimientos cristianos que pueden proporcionarnos la experiencia y la ayuda que necesitamos. Tenemos que tener la inteligencia y la humildad para dejarnos aconsejar y ayudar (cinco minutos de oración antes de tomar cualquier pequeña decisión en el ámbito familiar). 

Mirad que en esto de la familia, de nuestras familias, nos lo jugamos todo. Mirad a vuestro alrededor: hijos rebeldes, ancianos abandonados, padres fracasados y acosados, mujeres deprimidas y maltratadas, rupturas matrimoniales, violencia en las familias, etc... Sin duda, esto no es lo que el Padre ha preparado para sus hijos. Recogemos el fruto de una violenta separación de los principios cristianos que han sido declarados obsoletos por quienes sólo nos ofrecen como alternativa el vacío del individualismo más feroz y un ideal de realización personal que está llamado a chocar continuamente con el de los demás. Nos toca descubrir la belleza y la bondad de la familia cristiana, pero tenemos que hacerlo bajo las condiciones de nuestra época, no al margen.

Rafael Sánchez Saus

martes 4 de octubre de 2011

Los "ideólogos" de la teoría de género al descubierto

¿Quienes han sido los "ideólogos" de la "Teoria de Género"?, ¿cómo ha sido su vida personal?

Exponemos una breve reseña de los más significativos (y animamos a ampliar el tema con otras lecturas):

Simone de Beauvoir: Feminista radical partidaria del amor libre y del aborto, atea militante, escandalosa, alternativamente heterosexual o lesbiana, "comprometida" con el socialismo y con todas las causas "progresistas" y transgresoras. Su vida estuvo subordinada a su amante J.P.Sartre. Su libro "El segundo sexo" (1949) constituye el inicio del pensamiento feminista radical de la igualdad.

Alfred Kinsey: Figura central de la revolución sexual del s.XX. Construyó una utopía sexual dando rienda suelta a todo tipo de perversiones. La homosexualidad se extendió a todo su entorno así como prácticas pedófilas y zoológicas. Utilizó métodos fraudulentos para "demostrar" que la homosexualidad era algo normal en la sociedad, afirmando que al menos el 10% de la población lo era (en España este dato falso se utilizó para justificar la implantación del "matrimonio" homosexual). Fue un masturbador compulsivo con tendencia al bestialismo y un pederasta confeso.

Wilhelm Reich: Desarrolló un particular odio a la familia como proyección de la angustia que sentia por la suya. Su objetivo fué la destrucción de la moralidad, la familia y toda forma de represión. Practicaba el bestialismo con los animales de la granja familiar y era un asiduo de los burdeles. En su clínica psicoanalítica de Berlin se practicaban todas las perversiones sexuales. Murió en un hospital psiquiátrico donde fue diagnosticado de paranoia y esquizofrenia.

Michael Foucault: Filósofo francés y quizá el pensador más influyente en todos los movimientos de la ideología de género, referente intelectual de homo, bi ,transexuales y lesbianas. Sadomasoquista homosexual y drogadicto, intentó suicidarse en varias ocasiones. Murió de sida en 1984.

Margaret Sanger: Fundadora del lobby abortista más importante del mundo: PlannedPerenthood. Se entregó al goce sexual tan obsesivamente que se desentendió de sus hijos. Terminó sus dias en un delirio alcohólico internada en una clínica.

Margaret Mead: Bisexual y partidaria del amor libre. Declaró que la heterosexualidad rígida es una perversión de la naturaleza. Fué una de las pioneras del aborto en EEUU así como del amor libre, de la lucha contra el matrimonio monogámico,del divorcio y de la liberación sexualde los niños. Su frase "Nunca dudes que un grupo pequeño de ciudadanos reflexivos y comprometidos puede cambiar el mundo" es uno de los lemas de Hazte Oir.

Shulamith Firestone: Su objetivo prioritario ha sido suprimir la familia. Partidaria de la emancipación sexual de la infancia. La maternidad representa (según ella) "la opresión radical que sufre la mujer", "la servidumbre reproductiva determinada por la biologia". Su obra más conocida es: "La dialéctica del sexo"(1970) en la que sustituye la lucha de clases por la lucha de sexos. Está recluida en una clínica psiquiátrica por una enfermedad cerebral. 

Kate Millett: Maoista casada con un japonés y posteriormente lesbiana. En su libro "Política sexual" (1969) expone todos los aspectos relacionados con el sexo, transmitiendo el mensaje de que la mujer está universalmente oprimida y explotada por el hombre. Ingresada en una institución psiquiátrica por deterioro mental. 

Germaine Greer: Autora de "La mujer eunuco" (1970) en la que absolitiza el valor del orgasmo, denuncia la conduta sexual insatisfactoria y pasiva de las mujeres. Defensora (inicialmente) de la homosexualidad y el lesbianismo, en su última obra "Sexo y destino" sus convicciones feministas cambian y llega a defender la maternidad, el control del cuerpo e incluso la castidad. 

Philip Pettit: Profesor de la Universidad de Princeton (EEUU) y líder del movimiento (autodenominado) "republicanismo cívico" (que trata de llevar a la humanidad al estado de "no dominación"), es el "ideólogo de cabecera" del nefasto e incompetente político español Rodriguez Zapatero. Es el ideólogo de la paridad y el género (que ha "iluminado" a Zapatero en sus absurdas y sectarias políticas sociales). Según Pettit el ejemplo más claro de las dominaciones que sufrimos es la identidad sexual. Por tanto: nada de sexos, sino géneros definidos a voluntad. La libertad, según este movimiento, es el valor más importante (de ahí la frase de Zapatero a las juventudes de su partido:".....la libertad os hará verdaderos").

Lecturas recomendadas: 
-La ideología de género (libro). J.Trillo-Figueroa. Ed. Libroslibres, 2009 (recomendación preferente) 
-Semanario ALBA (www.albadigital.es): 31-12-2010 y 21-1-2011 (recomendación preferente) 
-Mujer y Varón (libro). P.Martinez Peroni (coordinadora). Ed. Ciudadela, 2008 
-En torno a la ideología de género. En defensa de la familia (libro). B.Blanco. Ed. Espasa, 2010 
-Semanario Alfa y Omega (www.alfayomega.es): 26-11-2009

jueves 22 de septiembre de 2011

O Dios o el Partido

Hace unos días, el Parlamento polaco decidió por una estrecha mayoría de 191 contra 186, no prohibir totalmente el aborto en Polonia. El rechazo fue conseguido gracias a que el Partido el primer ministro, la Plataforma Cívica, impuso la disciplina de voto a sus diputados.
El problema moral que origina la obligación de votar conforme a las instrucciones del Partido cuando se ve afectada la conciencia personal del diputado, es éste: ¿un diputado puede votar, cuando así se lo demanda su Partido, contra su propia conciencia? La respuesta es muy sencilla: No.

El Concilio Vaticano II, nos describe así la conciencia:
"En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad” (GS 16). Esto supone, como nos dice el mismo Concilio al hablar de la libertad religiosa, que  “la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa”, “y esto de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos” (DH 2).
La conciencia es la voz interior del hombre, que le exige hacer el bien y evitar el mal. Es, a la vez, la capacidad de poder diferenciar el uno del otro. Ahora bien, tenemos el deber de formar la propia conciencia para que sea un instrumento, cada vez más sensible, de la actuación justa. La primera escuela de la conciencia es la autocrítica a la luz de la Verdad sinceramente buscada, que nos evite la tentación de la inclinación que todos tenemos de juzgar a favor nuestro. La segunda escuela de la conciencia es la orientación al buen obrar de los otros. La formación correcta de la conciencia conduce al hombre a la libertad de hacer el bien conocido rectamente. Pertenece a la misión de la Iglesia enseñar a las personas y darles también sus directrices.

Los políticos son personas y por tanto tienen responsabilidades morales. Todo lo que se hace contra la conciencia, nos dice Santo Tomás, es pecado. Cuando nos presentemos ante Dios, cada uno tendrá que responder de sus actos, siendo muchos a lo largo de la Historia los que por fidelidad a su conciencia han ido a la cárcel e incluso han sido ejecutados. El aborto para la Iglesia Católica es un crimen, no siendo lícito para un católico favorecerlo con su voto. Es una ley intrínsecamente injusta, que hace que quien la apoya no deba acercarse a la Sagrada Comunión, mientras no se arrepienta y pida perdón también por el escándalo público que ha ocasionado.

Ahora bien, si peca un simple diputado que obedece a las directrices de su Partido, ¿qué decir de los dirigentes que imponen esta disciplina en cuestiones de conciencia  a sus diputados? El Catecismo Joven de la Iglesia Católica, del que estoy siguiendo la doctrina que da en sus números 295-298, nos dice: “Quien pasa por alto la conciencia de un hombre, la ignora y la presiona, atenta contra su dignidad”. “Hacer violencia a la conciencia de una persona es herirla gravemente, dar el golpe más doloroso a su dignidad. En cierto sentido es más grave que matarla (Beato Juan XXIII)”. Además las palabras de Jesús en este tema son tajantes: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32-33).

Reflexionemos sobre lo que nos dice Jesús y oremos para que el Señor abra los ojos a quienes han tomado la decisión equivocada.

P. Pedro Trevijano, sacerdote.

jueves 8 de septiembre de 2011

Guerra sin cuartel


 


Un desaire, una ofensa, el orgullo herido, el honor perjudicado, un duelo a muerte y, por supuesto, una mujer, son los principios motores de esta apasionante novela. Fernando y Luis, ambos oficiales del ejército, verán sus vidas enfrentadas desde el momento en el que este último, nada más llegar a la capital, se ve obligado a defender a su madre de las burlas de un grupo de soldados cristinos. A partir de aquí, con un juramento de por medio y la acción ya trasladada al frente de la guerra, lo que comenzó como una broma pesada ha de continuar en un inevitable cruce de espadas.

Una novela carlista envuelta en la polémica

Suárez Bravo escribió esta novela y la presentó a un certamen convocado por la Real Academia de la Lengua en 1885. La Academia le concedió el premio y fue ferozmente criticada por los periódicos liberales de la época, con Leopoldo Alas Clarín a la cabeza. Las publicaciones carlistas, por su parte, ensalzaron la novela, y el autor salió al paso y defendió su obra -que no compartía el naturalismo de otros libros del momento- explicando: «No busqué los materiales en el lodazal de las pasiones humanas, que tanto beneficia la moderna novela. Mi libro puede entrar en todas partes sin que haya que alejar a los niños y a las doncellas(...). Lo que es moralmente feo nunca llegará a ser artísticamente bello».

Combinando «un cuento que pudo suceder con hechos que sucedieron», Suárez Bravo redactó la obra sobre la primera guerra carlista «con el deseo de divertir miserias nerviosas, habituales en mi mal asentado temperamento, y reposar de áspera y larga campaña de periódico, después de haber pasado mucho tiempo entumecido en una prisión», explica en el prólogo del libro.