Loading...

viernes, 27 de diciembre de 2013

La Familia en la expansión del Cristianismo

Es evidente que entre el Imperio romano y la época actual hay muchas diferencias en el modo de concebir la familia. Pero también hay curiosas similitudes en cuanto al contexto en el que se movían las familias cristianas. Entonces como ahora –al menos en Europa–, los cristianos eran una minoría. Y aunque frecuentaban los mismos ambientes que los paganos, los cristianos actuaban conforme a otros criterios en el ámbito familiar.

La familia en Roma
Desde el punto de vista demográfico, el Imperio romano tenía una natalidad insuficiente, que no aseguraba el reemplazo de la población, como ocurre en la Europa actual. Para contrarrestar una alta mortalidad y los efectos de las epidemias, hacía falta una natalidad elevada, que no se consiguió. De modo que, a fin de que el Imperio no perdiera población, fue necesario abrir las puertas a un importante flujo de colonos bárbaros (los inmigrantes de entonces).
El aborto, y también el infanticidio, eran algo normal y aceptado, como medio de control de natalidad. Había una baja estima del matrimonio. Muchos de la clase alta huían del compromiso y preferían seguir solteros, hasta el punto de que el emperador Augusto (63 a.C.-14 d.C) castigó con multas a las parejas sin hijos y a los hombres de más de veinticinco años que permanecían solteros.
En la época de Cicerón, el divorcio de mutuo acuerdo o por decisión de uno de los dos cónyuges era algo absolutamente común. Jerôme Carcopino, en La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, compara la situación del matrimonio y de la mujer de clase alta en los heroicos tiempos de la República con lo que ocurría en el apogeo del Imperio en el siglo I: “Entonces la mujer estaba sometida a la estricta autoridad de su amo y señor; ahora es su igual, compite con él o lo domina. En aquel tiempo vivía bajo un régimen legal de bienes comunes; ahora vive casi exclusivamente bajo el régimen de una completa separación de bienes. Antes se enorgullecía de su fecundidad; ahora la rechaza. Era fiel; ahora es voluble y depravada. Los divorcios eran muy escasos; ahora se suceden con tanta frecuencia, que, según Marcial, se habían convertido en el mejor modo de practicar el adulterio legal” (p. 137).

Cristianos con costumbres propias
En este ambiente generalizado, hubiera sido fácil que las parejas cristianas se amoldaran a estas costumbres o que, en los matrimonios con paganos, la parte cristiana fuera arrastrada a conductas incompatibles con la fe. Pero ocurrió todo lo contrario. Entre los cristianos la familia adquirió un valor de “iglesia doméstica”, que revalorizaba el estatus matrimonial y la procreación.
San Pablo expresa las costumbres de la época al afirmar la primacía del varón en el hogar: “Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la iglesia, y salvador de su cuerpo”. Pero dedica buena parte de sus enseñanzas a exhortar a los varones a que amen a sus mujeres y a que ambos cumplan los deberes mutuos, sin exigir menos a él que a ella. “Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella…Los maridos deben amar a las mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer a sí mismo se ama” (Efesios, 5, 22).
Los cristianos exigían la fidelidad matrimonial tanto a los hombres como a las mujeres y hacían hincapié en las obligaciones del esposo respecto a la esposa tanto como a la inversa.

Una fe que atrajo a las mujeres
La simetría de la relación entre marido y mujer enseñada por San Pablo constituía una novedad absoluta respecto a la cultura pagana. El cristianismo reconocía la misma dignidad a la mujer y al hombre, como hijos de Dios con el mismo destino sobrenatural. Además, la moral cristiana, al rechazar la infidelidad matrimonial, la poligamia, el divorcio, el aborto y el infanticidio… contribuyó a elevar el estatus de la mujer y hasta a preservar su salud.
Esto era tan novedoso como atractivo. “Tanto a las mujeres desenfadadas como a las de nobles exigencias, el Evangelio les trae un aire más puro, un ideal”, escribe el historiador Adalbert Hamman en La vida cotidiana de los primeros cristianos. “Patricias y plebeyas, esclavas y matronas ricas, muchachas jóvenes y pelanduscas arrepentidas, en Oriente como en Roma o en Lyon, acuden a las filas de las comunidades. Las mujeres que tienen fortuna mantienen a las comunidades con sus riquezas”.
También Rodney Stark, profesor de sociología y religión comparada en la Universidad de Washington, en su libro La expansión del cristianismo (1), muestra que “el cristianismo resultaba extraordinariamente atractivo para las mujeres paganas, porque en la subcultura cristiana la mujer disfrutaba de un estatus muy superior al que le otorgaba el mundo grecorromano en general”.

Matrimonios con paganos
Las fuentes antiguas y los historiadores modernos coinciden en que las conversiones al cristianismo prevalecieron en gran medida entre las mujeres antes que entre los varones. Stark, como sociólogo que es, distingue entre conversos primarios, que se adhieren a la Iglesia de forma activa tras adquirir una valoración positiva de la fe, y los conversos secundarios, que abrazan la fe a partir de sus lazos personales con un converso primario.
Así, el historiador británico Henry Chadwick señala en The Early Church que “en primera instancia, [el cristianismo] penetraba a menudo en las clases superiores de la sociedad a través de las esposas”, mientras que sus maridos fueron a menudo conversos secundarios. Aunque también ocurría, como se ve en los Hechos de los Apóstoles, que cuando el padre de familia se hacía cristiano, todos los miembros de lafamilia, incluidos los sirvientes, se convertían también.
En las comunidades cristianas había un exceso de mujeres núbiles, mientras que entre los paganos había una escasez relativa de mujeres, como consecuencia del aborto e infanticidio de niñas. De ahí que el matrimonio mixto, sobre todo de mujer cristiana con marido pagano, fuera una situación frecuente a lo largo de los primeros siglos en todas las clases sociales. Tanto Pedro como Pablo lo admitieron, y vieron ahí un modo de que los maridos “sean ganados sin palabras por el comportamiento de sus mujeres” (1 Pedro 3, 12).

La presencia de la mujer
La situación de la mujer entre los primeros cristianos también tiene algo que decir sobre la función de la mujer en la Iglesia actual. Tanto entonces como ahora en las comunidades cristianas había más mujeres que hombres, y muchas veces las mujeres precedieron a sus maridos en la incorporación a la Iglesia. Los autores discuten sobre los puestos de dirección que ocupó la mujer en las comunidades cristianas, pero está claro que no recibieron el sacerdocio ni formaron parte de la Jerarquía. Sin embargo, su aportación fue decisiva para difundir la fe.
Hoy día todo el mundo está de acuerdo –empezando por el papa Francisco– en que la Iglesia necesita contar más con la participación de las mujeres. Pero con frecuencia esto se focaliza en cuestiones como el sacerdocio femenino o la incorporación a tareas de organismos eclesiásticos. Es verdad que la presencia de mujeres en estructuras de la Iglesia enriquece las perspectivas y aporta nuevas energías. Pero tampoco es lo más decisivo para la nueva evangelización. Basta ver esas confesiones protestantes llenas de pastoras y con templos vacíos.
El campo de juego de la nueva evangelización es la sociedad. Y es ahí, en el mundo del trabajo, en la comunicación, en la moda, en la política, en la enseñanza, en la familia… donde la aportación de las mujeres cristianas es insustituible. Hoy la influencia social de la mujer puede llegar más lejos que en el mundo romano, precisamente porque está presente en todos los ámbitos igual que el hombre.
Pero, a diferencia de la situación de los primeros siglos, los matrimonios cristianos de hoy necesitan reinventar un modelo de hogar en el que el marido y la mujer puedan compatibilizar trabajo y familia, buscando en cada caso cuál es la fórmula más adecuada para atender las responsabilidades profesionales y domésticas. De cómo lo consigan, dependerá también en buena parte su fecundidad.

Familias fecundas
En el mundo grecorromano, las familias cristianas tuvieron una tasa de fertilidad superior a la de los paganos, tanto por el rechazo del aborto y del infanticidio como por su misma concepción del matrimonio. La expansión del cristianismo depende también hoy de la fecundidad de las familias cristianas. Y si la sustitución de las generaciones exige una tasa de fertilidad de al menos 2,1 hijos por mujer –mientras que la media europea está en 1,6–, el crecimiento del cristianismo requerirá algo más que el relevo generacional.
Hoy, del total de católicos, 350 millones viven en Europa y Norteamérica, mientras que 750 millones están en Latinoamérica, África y Asia. Y el crecimiento demográfico es la principal causa del aumento de católicos. No es casualidad que la Iglesia crezca pujante en África y Asia, donde el aumento de los católicos sobrepasa el crecimiento demográfico. En cambio, en Latinoamérica la proporción de católicos respecto a la población total ha bajado, en EE.UU. ha aumentado, en buena parte por la inmigración, y en Europa el declive religioso ha ido de la mano del demográfico.
En estas condiciones, la actitud más contraproducente para la expansión del catolicismo sería dar por buena la mentalidad anticonceptiva que predomina en la sociedad y que alcanza también a los matrimonios católicos. En la época en que se publicó la Humanae Vitae la Iglesia católica fue acusada de ignorar el problema de la superpoblación. Pero hoy el “invierno demográfico” que se ha instaurado en las regiones donde la contracepción y el aborto se han extendido más –con sus secuelas de envejecimiento de la población, amenaza para las pensiones, escasez de trabajadores–, revelan que la doctrina católica favorece también el dinamismo demográfico que se echa en falta.
Este vuelco demográfico del catolicismo del norte al sur implica también un cambio de perspectivas y de prioridades. Los cristianos del sur –tanto católicos como protestantes– son mucho más tradicionales en temas como la familia, la homosexualidad o el aborto, y pueden aducir a su favor que les está yendo bien. Así que –al margen del problema de la verdad– no tendría sentido práctico adecuar la doctrina y la pastoral a fragilidades familiares del norte, que es donde más falta hace un revulsivo.
Se dirá que en el mundo occidental las mujeres católicas no se distinguen mucho de las demás en cuanto al uso de anticonceptivos. Pero, aparte de que entre las católicas practicantes sí hay diferencias, la nueva evangelización exigiría que la Iglesia explicara mejor su doctrina y diera a conocer esos métodos tan desconocidos de regulación natural de la natalidad, alternativa a una contracepción química que sigue teniendo efectos adversos para la salud de las mujeres (cfr. Aceprensa 26-09-2012, “Las católicas practicantes y el uso de anticonceptivos”).

Redes abiertas
La necesidad de reafirmar la identidad católica para una nueva evangelización, no significa que las familias cristinas tengan que moverse en círculos cerrados con una mentalidad defensiva para no desvirtuarse. Al contrario. Si algo enseña la experiencia de los primeros cristianos es que supieron mantener redes abiertas en la vida social, y que esto fue la clave de su expansión.
Como escribe Stark: “La base para los movimientos triunfantes de conversión es el crecimiento a traves de redes sociales, por medio de una estructura de lazos interpersonales directos e íntimos. La mayoría de los nuevos movimientos religiosos fracasan porque muy pronto se transforman en redes cerradas o semicerradas. Es decir, no siguen creando y sosteniendo vínculos interpersonales con los extraños a su fe, por lo que pierden su capacidad de crecer”. En cambio, lo que sabemos de los primeros cristianos es que se mantuvieron como redes abiertas, incorporando a nuevos conversos a través de matrimonios mixtos y participando en la vida social codo con codo con los demás ciudadanos, en todo lo que no era incompatible con su fe.
Pero, para atraer a otros, primero hay que estar convencido de que uno tiene lo mejor. Por eso la nueva evangelización empieza por reafirmar la identidad de los católicos para que sean levadura en la masa, y no un trozo de masa más.

Medicina preventiva
La experiencia del cristianismo de los primeros siglos puede sugerir algunas pautas para la nueva evangelización a partir de las familias cristianas en la actualidad. En primer lugar, está claro que lo que contribuyó a la expansión del cristianismo no fue el acomodamiento de su concepción del matrimonio y de la familia a lo que era habitual entonces, sino el ir a contracorriente.
También hoy día la fe será más atractiva si se ve encarnada en hombres y mujeres que viven el matrimonio con la idea de que es su camino para alcanzar la plenitud de la vida cristiana, tal como propuso el Vaticano II. Un ideal alto y exigente, pero también atractivo para los que desean que el matrimonio no se reduzca a un experimento de “a ver si esto funciona”, con la salida fácil del divorcio-exprés.
Los primeros cristianos sabían que ni él ni ella podían romper el vínculo matrimonial: “A los casados les mando, no yo sino el Señor– decía San Pablo–, que la mujer no se separe del marido, y en caso de que se separe, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con su marido; y que el marido no despida a su mujer” (1 Corintios, 7, 10-11). Ciertamente, esto exigirá una preparación al matrimonio mucho más sólida que la actual, precisamente porque el contexto cultural de hoy no ayuda a comprender rasgos básicos del matrimonio cristiano como la indisolubilidad, la fidelidad y la apertura a la vida. Como también será conveniente que las familias jóvenes cristianas encuentren un apoyo en comunidades parroquiales e instituciones varias que les ayuden a superar momentos de crisis. Es decir, medicina preventiva.
De lo contrario se corre el riesgo de centrar la atención pastoral en situaciones donde ya se ha producido algún descalabro: parejas que conviven sin casarse, divorciados vueltos a casar, posibles matrimonios nulos… No cabe duda de que también estos necesitan una atención pastoral, pero incluso ellos han de poder mirarse en familias donde el ideal cristiano del matrimonio sea una realidad vivida. Lo que tiene poco sentido es que se consideren progresistas propuestas de cambio que llevarían a una especie de “divorcio para católicos”, cuando el auténtico avance exige fortalecer a las parejas para que vivan con autenticidad su compromiso.
Si el caso de los divorciados vueltos a casar es hoy un problema, el modo más eficaz de abordarlo es procurar evitar que los casados se divorcien. Y si ahora parece tan importante que los divorciados puedan participar en la penitencia y en la eucaristía, razón de más para hacer hincapié en la vida sacramental de los casados, lo que contribuirá a reforzar su compromiso.

Ignacio Aréchaga | Aceprensa
_______________________

Notas
(1) Rodney Stark, La expansión del cristianismo. Trotta. Madrid (2009) 219 págs. (Cfr. Aceprensa 28-05-1997).

sábado, 25 de mayo de 2013

«Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia», NGD

Nicolás Gómez Dávila

Ayer 100 años del nacimiento de Nicolás Gómez Dávila –Colacho–, el filósofo y escritor colombiano. De haber escrito en francés o alemán sería mundialmente famoso, de hecho, el reconocimiento a su obra vino después de que se tradujese al alemán. Reconozco que la contundencia de sus escolios me atrae aún más que la fuerte prosa de Nietzsche, Schopenhauer o del agermanizado Ortega y Gasset, por la forma y porque aquí hay Verdad. Sólo Leon Bloy me produce el mismo efecto, ni siquiera Castellani, quizá porque su estilo es otro. G.K. Chesterton juega a otro «deporte».

¿Referencias en la prensa? Ninguna. En español menos. El primer pronto ha sido el mosqueo. Luego he caído en la cuenta que era el mejor homenaje al escritor, que habría abominado de la vulgarización. Dejo para el año que viene, vigésimo aniversario de su muerte, contaros más de él, o quizá, mejor, pedirle a José Miguel SerranoEnrique García-Máiquez o Guillermo Urbizu que nos lo regalen. Asumo mis limitaciones.

Sin lugar a dudas uno de los pensadores actuales –si le llamo «moderno» resucita y me apalea– más provocador y que concita más admiración. Da igual que sean ateos y progres (él era profundamente católico) o liberales (él era profundamente «reaccionario»). Sólo deja indiferente al vulgar y al bobo.
Leer más... »

lunes, 13 de mayo de 2013

Crónica de la 50ª Reunión de Amigos de Ciudad Católica

El pasado 20 de abril se celebraba la L Reunión de Amigos de Ciudad Católica. Lejos queda aquel 1961, en el que, por estas mismas fechas, 22-23 del mismo mes, un grupo de amigos, que habían decidido impulsar y editar la revista Verbo, se dieron cita en el Monasterio de Santa María del Paular. El evento contó con la inestimable presencia de Jean Ousset, el director de La Cité Catholique; quien explicó como la organización por él  fundada se proponía suscitar, aclarar y animar todo aquello que pudiera servir a promover un renacimiento católico en el orden temporal; aclarando que no pretendía ser un partido político. Tampoco ser la “voz” de la Iglesia, sino su “eco”. Ahora, la labor continúa. Han sido 50 años al servicio de la formación cívica y cultural según el Derecho Natural y Cristiano.

En esta ocasión  el tema de la convocatoria giró en torno a la Tecnocracia y Democracias. El profesor John Rao (Universidad San Juan, Nueva York) debía a ser el primero en hablar, pero debió excusar su inasistencia. Su ponencia (La democracia representativa génesis y desarrollo) fue leída por Juan Cayón, que también fue el encargado de realizar la apertura del seminario. La misma se centraba en la figura de  Luigi Prospero Taparelli d’Azeglio y su obra Ensayo teórico del Derecho Natural apoyado en los hechos (1840). Para éste no había contraposición entre “democracia” y “monarquía hereditaria”, al menos en su espíritu y en la práctica, dado que la obligación del monarca es  descubrir y atender los deseos populares auténticos. Lo que él contraponía a la monarquía era un gobierno que basase su derecho especifico de mandar sobre la voluntad de algunos o todos los gobernados.

El segundo en tomar la palabra fue Felipe Widow (Universidad Católica de Santiago de Chile), quien fue presentado por José Miguel Gambra. En su exposición (La democracia deliberativa: de las instituciones al consenso) defendió la tesis de que en la llamada democracia deliberativa se reúnen una serie de teorías de la democracia con grandes diferencias entre sí, dado que todas ellas encuentran, al menos tres notas características: la crítica de la democracia liberal; la refundación de la estructuras políticas; y la constitución de la deliberación pública como el eje sobre el que debe realizarse aquella refundación.

La última exposición de la mañana corrió a cargo de Dalmacio Negro, quien a su vez fue presentado por Andrés Gambra. Su exposición (La democracia partitocratica: problemas ideológicos  e institucionales), y sin desmerecer las otras exposiciones, constituyó una autentica clase magistral,  en la que partiendo de la diferencia entre formas de gobierno y de régimen político, y tras hablar de la legitimidad como fuente de la autoridad, desembocó en el tema en cuestión. Las democracias contemporáneas necesitan para legitimarse de la participación, pero esta es tan solo uno de los mitos que favorece a la oligarquía partidista, reduciéndola a la mera emisión del voto.

Tras un breve receso, en el que los expositores y el público asistente pudieron intercambiar ideas y opiniones de forma más relajada y amigable,  comenzaron las conferencias de la tarde. El primero en tomar la palabra fue Danilo Castellano  (Universidad de Udine). Su ponencia (La democracia “corporativa”) podría llamar a la confusión al pensar que el autor pretendía abordar el “Estado Nuevo” del fascismo mussoliniano o salazarista.  Pero su objetivo era abordar las transformaciones de la democracia en la postmodernidad, centrándose en tres aspectos: 1º) La democracia “corporativa” de la doctrina politológica, que ha ido modelando los Estados de la democracia occidental; 2º) El “Corporativismo” nominalista on-line, como el nuevo agora virtual, imbuido de un cierto nihilismo político; y 3º) La doctrina politológica del Estado ha marcado el paso del bien moral al bien común, entendiendo este como riqueza material.

El siguiente en tomar la palabra fue el profesor Miguel Ayuso, que lo hizo con una sugerente y provocadora ponencia sobre la Tecnocracia como forma de gobierno. Para ello tomo como punto de partida un viejo libro de Vallet de Goytisolo: Ideología, praxis y mito de la tecnocracia  (1971). Se suele presentar la tecnocracia como la ausencia de ideologías, no obstante uno de sus  máximos  exponentes en España, Gonzalo Fernández de la Mora, profetizó también el Crepúsculo de las mismas.  Pese a ello el profesor Ayuso centro sus esfuerzos en demostrar, que pese a todo, la tecnocracia no es sino una manifestación ideológica más del siglo XX, vigente bajo otras denominaciones en los primeros años del presente.
El último en tomar la palabra fue Bernard Dumont, el director de la prestigiosa revista Catholica. Su exposición (La Iglesia y las democracias) giro entorno a visión crítica de la democracia liberal  en los documentos pontificios, mención especial la realizada a León XIII,  y las transformaciones a partir del Concilio Vaticano II.

Tras algunas breves intervenciones y preguntas del público asistente, la reunión se levantó con unas breves palabras de Miguel Ayuso. Los organizadores ya están trabajando y definiendo los temas a tratar en la  próxima convocatoria.    

José Díaz Nieva | Siempre P´alante

martes, 7 de mayo de 2013

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE S.M.C. DON FRANCISCO JAVIER DE BORBÓN Y BRAGANZA, REY LEGÍTIMO DE LAS ESPAÑAS, ABANDERADO DE LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA, DUQUE DE PARMA




Nada humano puede llamarse Causa sin ideales nobles y virtudes propias; el Carlismo es Causa Santa por sus ideas y porque tiene una virtud característica: la lealtad. Sin ella los ideales perecen y nuestra Causa quedaría degradada.

Por eso yo debo preveniros del peligro para los ideales y para la lealtad, cual es el desaliento.

Ese es el que tienta al abandono de la brecha, persuade al conformismo y engendra las disensiones. Contra el desaliento yo os recuerdo que la vocación de carlistas es vocación de luchas y contradicciones, vocación de espíritus fuertes. Si así no fuera, habrían invadido nuestro campo, atraídos por el brillo de nuestras glorias, todos los adoradores del dios éxito. Nuestro Dios murió en la soledad del calvario; nuestros reyes en las tristezas del destierro. Sin esas grandes amarguras, que llenan nuestra historia política, no tendríamos derecho a la clara esperanza en la pronta resurrección de España acabadas las actuales dolorosas tribulaciones.

De corazón os saluda, vuestro

Francisco Javier de Borbón

Pp. Reg.

Roma 8-V-1950. 

martes, 23 de abril de 2013

Español, lee y difunde

Un hombre en pie: pensamiento de un carlista de Leiza
(Del blog de “El Brigante”)

El pasado Martes Santo, 26 de marzo de 2013, el ayuntamiento de Leiza acordó por mayoría absoluta (9 concejales –de la izquierda abertzale– sobre 11) retirar el nombramiento de hijo predilecto de Leiza a don Antonio Lizarza, carlista e hijo de la villa. Otro hijo de Leiza, el concejal Silvestre Zubitur, intervino valientemente en el pleno del consistorio en protesta contra esa cobarde decisión:


“Las revanchas son una forma triste de ajustar cuentas con el pasado. Es posible que retirar un reconocimiento honorífico a una persona que pensó de un modo distinto a los que hoy tienen el poder produzca satisfacción en los que mandan, pero eso no es nada en comparación con la decepción y dolorosa sensación de que las ideas callan cuando la fuerza se impone. Y si con actos así las ideas callan, las preguntas resuenan.

Por ejemplo,

¿Cómo pudo ser que un pueblo como Leiza, tan vasco y tan trabajador y popular, fuera durante la mayor parte de la época contemporánea un bastión del carlismo?

¿Cómo pudo ser que, hasta la aparición del nacionalismo, la inmensa mayoría de los leizarras, sencillos trabajadores y pequeños propietarios, fueran carlistas de corazón dispuestos al sacrificio por defender sus convicciones?

¿No habrá tenido nada que ver el carlismo en la preservación de la cultura vasca de Leiza?

¿Aquél viejo carlismo no sería una fuerza de defensa de las libertades populares frente al centralismo liberal invasor?

¿No habrá tenido el carlismo parte en la formación de una conciencia celosa, por los derechos de la gente, y una intolerante, frente a los abusos?

Pero no se detienen ahí las preguntas que durante demasiado tiempo se han querido prohibir a los hijos de Leiza y de muchos pueblos vascos:

¿Cómo podía ser que los carlistas leizarras amaran Euskal-herria como su patria y al mismo tiempo se emocionaran con el ideal de las Españas, sin encontrar contradicción en ello?

Quizás no hay contradicción ninguna entre Euskal-herria y las Españas.

Pero hay más,

¿No enseñaban los viejos carlistas a venerar las libertades populares que llamaban fuero y a defenderlas con la misma vida?

¿No tendremos que preguntarnos qué relación tendrá aquel viejo fuero con el deseo de verdaderas libertades para Euskal-herria?

También aquí se da una contradicción, de que los que hoy hablan de fuero han logrado la abolición de su esencia y quienes buscan otro “marco institucional” para los vascos, ignoran la hermosa raíz que el fuero tiene en esta tierra de Leiza.

Por último y más importante:

¿Cómo podía ser que aquellos vascos carlistas amaran a Dios sobre todas las cosas y se enorgullecieran de llevar una vida humilde y cristiana, desde la mañana hasta la noche, desde la infancia hasta la muerte?

¿Quizá no habrá ninguna incompatibilidad entre ser vasco y la religión?

O más aún, ¿es que no fue el amor a Dios lo principal que custodiaban aquellos vascos, españoles, carlistas y leizarras?

Dejadme decir que la verdad se defiende sola. Podremos ocultarla, podremos privar a las generaciones actuales de su derecho a conocerla, pero no podremos cambiarla. El carlismo en esta tierra no fue nunca planta trasplantada que necesitara aclimatarse: fue sencillamente el decantarse de una historia milenaria que aunaba amor a Dios, al prójimo, a la justicia y a la propia identidad vasca. Por eso mismo fue siempre integrador: Dios y patria, fueros y rey. Integrar, solidarizarse, vivir en permanente auzolan, sin otra exclusión que la mentira, que el odio y que el rencor.

Me podréis decir que deliro, que dibujo un panorama idílico e inexistente. No es verdad. La razón de ello es que no hablo de ninguna ideología (y podría extenderme en las mentiras que se han vertido sobre el carlismo, vinculándolo con enemigos históricos, como el fascismo), sino de un pueblo que tan sólo quiere construir su propia vida y defender las tradiciones que le han dado su identidad. Por supuesto, que entre los carlistas hubo de todo, pero no porque eran carlistas. En tanto que carlistas eran hijos del pueblo y de Dios y sus errores personales no ensombrecen ese glorioso empeño común.

Dejadme deciros una última cosa: vosotros queréis construir una patria con una ideologíaLos carlistas nunca tuvimos una ideología, sino una patria que conservar, que merecer, que transmitir. Por eso, vosotros podéis haber visto en los carlistas de ayer y de hoy enemigos que no tienen cabida en vuestra patria soñada. Esa ventaja tenéis sobre nosotros: nosotros, sin embargo, os necesitamos, aunque vosotros creéis que no nos necesitéis, porque para reconstruir la patria, el pueblo, la vida en común no podríamos prescindir de nadie, porque todos estamos llamados a ayudarnos a vivir una vida más digna y más humana. Ésa es nuestra debilidad, pero ésa también es nuestra gloria.

Mi defensa de un hijo del pueblo no es una defensa personal ni partidista, es una llamada de atención, un recordatorio a unas cuantas preguntas que todavía se acallan.”


[Esta intervención fue acompañada de la lectura del siguiente “escrito en contra de la iniciativa del ayuntamiento de Leiza para la retirada del nombramiento de hijo adoptivo de Leiza de D. Antonio Lizarza”].


En primer lugar diré que por la diferencia de edad no he conocido a D. Antonio aunque si conocí a su hermano D. Nazario, que vivía en Leiza, cuando nosotros éramos pequeños, y también a todos sus sobrinos, hijos de su hermano D. Rufino y los hijos de este y los nietos, pues son de mi edad y por último los biznietos que son de la edad de mis hijos. Lo que si, he tenido la oportunidad de conocer a dos de los hijos de D. Antonio, D. Javier y D. José Antonio con los cuales he mantenido y mantengo una gran amistad por su personalidad y fidelidad en todo momento y como representante de este ayuntamiento por el honor y la dignidad de todos ellos y con todo merecimiento quiero hacer esta defensa.

En segundo lugar diré que siempre me ha gustado escuchar a las personas mayores en sus tertulias y entre ellos hablaban muchísimo de D. Antonio y de lo que les ocurrió aquí y allá, pero tengo que reconocer que entre aquellas vivencias y a menudo estremecedoras, nunca escuche una conversación con el mínimo rencor hacia las personas que habían sido sus adversarios, al contrario la mayoría de aquellos hombres y mujeres supieron rehacer sus vidas pasando todos, toda clase de penurias, se respetaron y convivieron en adelante, dejando ejemplo para la posteridad.

A D. Antonio Lizarza el pueblo de leiza le nombró hijo adoptivo, y ahora el pueblo de Leiza le va a retirar. ¡Pobre Leiza como te han cambiado! Pero yo os diré que a D. Antonio Lizarza, jefe carlista en Navarra, que no era hijo adoptivo de Leiza, sino que natural de Leiza y a mucha honra para él y para muchos Leizarras, eso sí que no le vais a quitar porque cambiareis la historia pero nunca, nunca, nunca la realidad.

Y por todo ello también diré que esta iniciativa que habéis presentado no hace más que demostrarme que yo en algo estaba equivocado, pensaba que aquellas tertulias de nuestros mayores, aplacaban a toda persona que no quería que sus hijos pasaran por lo que ellos tuvieron que pasar, pero veo el rencor y el odio de otras personas siguen buscando el enfrentamiento.”

Silvestre Mª Zubitur




Cantando las verdades del barquero....en Leiza

Corre por la red la reciente intervención de Silvestre Zubitur, concejal del pueblo navarro de Leiza, en una reunión de dicho consistorio. Recuerdo que Leiza está en pleno territorio comanche, y como decía el mismísimo Capitán Palacios (el único y verdadero "embajador en el infierno") no es lo mismo defender ciertas ideas allí que hacerlo en una terraza de la calle Serrano frente a un par de cervezas.

Seas o no seas carlista, simpatices o detestes nuestras convicciones, no puedes dejar de leer el breve discurso. Es imposible extractarlo porque, como digo, no es muy largo y condensa magistralmente en pocas palabras cuatro o cinco grandes verdades. Simplemente destacaría este párrafo:

"Dejadme deciros una última cosa: vosotros queréis construir una patria con una ideología. Los carlistas nunca tuvimos una ideología, sino una patria que conservar, que merecer, que transmitir. Por eso, vosotros podéis haber visto en los carlistas de ayer y de hoy enemigos que no tienen cabida en vuestra patria soñada. Esa ventaja tenéis sobre nosotros: nosotros, sin embargo, os necesitamos, aunque vosotros creéis que no nos necesitéis, porque para reconstruir la patria, el pueblo, la vida en común no podríamos prescindir de nadie, porque todos estamos llamados a ayudarnos a vivir una vida más digna y más humana. Ésa es nuestra debilidad, pero ésa también es nuestra gloria."

Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo de las Españas

Estos diseños son para que los uséis a vuestro mejor criterio, la única condición que os pongo es: Que sirvan  única y exclusivamente para fomentar nuestro cuatrilema de Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo de las Españas.



























domingo, 14 de abril de 2013

DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE LA CORONA DE LAS ESPAÑAS, POR SMC DON JAVIER I DE BORBÓN



Mis leales consejeros:
He visto con gran atención los distintos informes que se han concretado en la ponencia que me acabáis de leer y he oído con verdadera emoción.
Comprendo perfectamente vuestras ansias. Son ya dieciséis años casi, desde que me nombró Regente nuestro llorado Rey Don Alfonso Carlos (q.s.g.h.) y desde que juré ante su cadáver cumplir esta tan gloriosa y difícil misión de mantener enhiesta la Bandera Carlista, nobilísima.
Entonces, en 1936, teníamos derecho a esperar que la victoria nuestra contra la revolución roja diera paso a la Regencia legítima. Los acontecimientos han sido contrarios. Vosotros, mi querido Jefe Delegado puesto por el Rey hace dieciocho años, y vosotros los miembros de la Junta, los Jefes regionales y provinciales, los Consejeros nacionales y todos los que formáis nuestros cuadros sabéis bien de los heroicos sacrificios con que me habéis asistido en este largo y duro período del interregno.
Os profeso el mayor agradecimiento y guardo en mi alma la admiración a vuestra acrisolada lealtad.
Hoy, aquí reunidos en la capital del principado, en este magnífico Congreso Eucarístico, unidos en Comunión con Nuestro Señor Sacramentado, quiero hablaros con todo el sentido de mi responsabilidad.
La autoridad soberana requiere para su ejercicio, cuanto más para su instauración, la concurrencia de la sociedad y la colaboración de sus hombres representativos.
Huérfanos los pueblos de legítima autoridad, acaban por ignorar su propio bien, cuando no lo rechazan a la manera de aquel que pedía cayera sobre sus cabezas la sangre del Justo.
La Comunión Tradicionalista, la genuina representación ideal de España, por lo mismo que cifra la salvación de nuestra sociedad en la restauración de la dinastía titular de la Monarquía legítima, tiene el claro concepto de lo que significa la proclamación del Rey; Rey de derecho. Rey de derecho no es la frívola significación de lo que el vulgo llama Pretendiente. Rey de derecho es una bandera de justicia, un programa de reivindicación, un paladín de causa noble, una promesa de salvación. Pero además es un ejemplo y una vida de hondos sacrificios, totales renunciadores, línea y camino, de padres a hijos, de servicios y trabajos.
Mientras, la victoria inicia rutas de superación de todas esas abnegaciones.
Hasta entonces Yo no paso de ser, pues que así lo pedís y así lo impone mi deber jurado, más que Rey de los Carlistas, Rey de la representación ideal de España, Rey de la Monarquía ideal.
Fijaos bien que al aceptar la Realeza de Derecho de España no hago sino radicar en Mí la suma copiosa de deberes sagrados que a mis mayores unió a esta noble nación.
Las revoluciones han borrado de las conciencias el concepto de la realeza legítima y de las obligaciones del pueblo. Sin oportunas circunstancias y preparación adecuada, una proclamación de derechos al trono puede ser inoperante cuando no contraproducente. Esa es vuestra labor. Como tarea Mía, ultimar trámites que estimo necesarios. Quedan de este modo diferenciados estos dos momentos: Mi resolución a vuestro ruego de asumir el Derecho Real vacante y el de su promulgación oficial y juramento con mi hijo, llamado a heredarme, y que ahora está impedido de concernir.
Para el mismo escribo una carta de la que haga depósito en manos de Mi Jefe Delegado, que es ya el documento auténtico de Mi acuerdo; suficiente, él sólo, para asegurar la sucesión legítima de nuestra Monarquía si durante estos trámites, no obstante que sean breves, Dios Nuestro Señor quisiera cortar mi vida que a Él, en su Divina Realeza, ofrezco en holocausto por esta Su Causa.
Con el corazón repleto de emociones que vuestra lealtad me causa, como Rey vuestro y en camino, tan penoso como sea menester, para serlo de todos los españoles, os invito a laborar sin desaliento hasta la victoria y la salvación.
Barcelona, 31 de mayo de 1952

Francisco Javier de Borbón




DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE LA CORONA DE LAS ESPAÑAS, POR SMC DON JAVIER I DE BORBÓ.

TOMADO DEL PORTAL "AVANT" DE NUESTROS VALIENTES CARLISTAS VALENCIANOS.

jueves, 11 de abril de 2013

Aborto de derechas


Decía Balmes que los partidos "de instinto moderado y sistema conservador" se convertían a la postre en conservadores "de los intereses creados de una revolución consumada y reconocida"; y que, a la postre, resultaban más útiles a la Revolución que los propios partidos revolucionarios. Así ocurre en la cuestión del aborto, donde vemos cómo el partido conservador se convierte, mientras gobierna, en conservador de los "avances" del partido socialista, para que luego el partido socialista pueda seguir "avanzando" tan ricamente, en la seguridad de que el partido conservador conservará las cosas en el exacto punto en el que él las dejó. Ocurrió durante los dos mandatos de Aznar, en los que se "conservó" fielmente la legislación despenalizadora del aborto impulsada por González, para que luego Zapatero pudiera seguir "avanzando"; y vuelve a ocurrir ahora, pese a todos los jeribeques y pamemas que el nuevo gobierno conservador ha probado ante la galería. Año y medio después de que accediera al poder con mayoría absoluta, la legislación sobre el aborto sigue siendo la que Zapatero dejó.

De este modo, tal como señalaba Balmes, los partidos conservadores vuelven a mostrarse a la Revolución más útiles que los propios partidos revolucionarios. Las legislaciones abortistas siempre las impulsa el partido socialista; pero, ¿quién ha permitido que la mentalidad abortista arraigue y se consolide cada vez más entre la sociedad española? Sin duda, el partido conservador, dejando que tales legislaciones se asienten. Y aun me atrevería a señalar un aspecto más trágico: mientras gobiernan los socialistas, sus legislaciones abortistas se tropiezan con una resistencia contumaz por parte de sectores de la sociedad española que son naturalmente antiabortistas; pero que, cuando gobiernan los conservadores, se relajan en su celo y abandonan las posiciones de resistencia que habían mantenido antes. De esta actitud dimisionaria ha tomado buena nota el partido conservador, que así puede actuar de modo perfectamente hipócrita: combatiendo, mientras se halla en la oposición, leyes que ni siquiera se planteó derogar mientas gobernó, a sabiendas de que cuando vuelva a gobernar tampoco las derogará; pero sirviéndose, entretanto, de la gente bienintencionada que piensa --o quiere pensar: wishful thinking-- que las derogará.

La ofuscación ideológica interviene luego; y el defensor de la vida puede, incluso, llegar a la conclusión racionalmente absurda de que, en la cuestión del aborto, el partido conservador representa "el mal menor"; y que, por lo tanto, entre el "aborto de izquierdas" y el "aborto de derechas" debe optarse por el segundo. Pero el principio de que es lícito elegir un mal menor vale en determinados casos; no así en caso de error moral, donde no es posible elegir el "menor error". El error mezclado con medias verdades, o con morigeraciones hipócritas, es infinitamente más perverso que el error craso, pues el segundo provoca en la conciencia un repudio inmediato, mientras que el primero la ayuda a "contemporizar". Dos y dos son cuatro, no cinco ni veintisiete; si quien sabe que son cuatro se pone de parte de quienes afirman que son cinco, por no dar la razón a quienes afirman que son veintisiete, hace mucho más daño, pues el "error menor" puede llegar a ser asimilado mucho más fácilmente por las conciencias que el error craso; y la aceptación del "error menor" es condición indispensable para que, a la larga, el error craso se imponga y triunfe. Por eso el "aborto de derechas" es más útil al abortismo que el propio "aborto de izquierdas". La caracterización balmesiana vuelve a demostrarse infalible.

Juan Manuel de Prada | ABC

sábado, 9 de febrero de 2013

La espiritualidad en el Devocionario del Requeté

Compartimos con nuestros lectores el contenido íntegro de la charla que el pasado viernes 1 de febrero de 2013 impartió en el Círculo Carlista Virgen de los Reyes el Rvdo. P. D. Manuel Orta, dentro del Ciclo de Conferencias que viene organizando la Junta Regional carlista en Andalucía. El contenido de la conferencia versó sobre "La espiritualidad en el Devocionario del Requeté", y recomendamos su escucha a todos nuestros amigos y visitantes. Para oír la conferencia, pinche en el reproductor a continuación.  

[audio http://andaluciacarlista.com/espirituarequete.mp3]

martes, 5 de febrero de 2013

Revista VERBO número 509-510: El bien común

Portada Verbo 509-510Madrid, 10 enero 2013, en la octava de Epifanía; San Guillermo de Bourges, obispo y confesor. [FARO]. Se ha distribuido ya el número 509-510 (noviembre-diciembre 2012) de VERBO, revista bimestral de formación cívica y de acción cultural según el derecho natural y cristiano. Un monográfico titulado «El bien común. Cuestiones político-jurídicas e implicaciones actuales», tema de la XLIX Reunión de Amigos de la Ciudad Católica que se celebró, como recordarán los seguidores de FARO, los días 27 y 28 de abril del pasado año, en Madrid, coordinada con las IV Jornadas Hispánicas de Derecho Natural. A ello se refiere la Presentación del presente número de Verbo:
Las Jornadas Hispánicas de Derecho Natural fueron una iniciativa del profesor Francisco Elías de Tejada. En 1972 convocó las primeras, cuyas actas se publicaron al año siguiente, bajo el signo —según era su costumbre— de la claridad, contundencia y pugnacidad intelectuales. Su principal conclusión fue la de afirmar «la permanente vigencia del derecho natural tal como lo entendieron los juristas clásicos de las Españas», así como propugnar «la aplicación de sus criterios a las realidades de nuestro tiempo con la rotunda precisión con la que nuestros mayores mantuvieron las verdades católicas definidas en Trento contra las formulaciones del pensamiento protestante». Sentaron también el reconocimiento del derecho natural como «único medio válido para la implantación de las libertades concretas en la sociedad», al tiempo que hacían suya, «hasta sus más extremadas consecuencias, la doctrina reiterada por la totalidad de los clásicos juristas españoles, de que autoridad que se aparta de la ley no merece consideración de autoridad, puesto que decae, de poder político, en opresora tiranía». Solicitaron igualmente «la necesaria implantación de la disciplina del derecho natural en los planes de enseñanza de todas las disciplinas humanísticas», fundando —para terminar— una asociación internacional de iusnaturalistas hispánicos, bajo el patronato del Rey Felipe II, que hoy es elConsejo de Estudios Hispánicos Felipe II.

[...] Tras la desaparición del polígrafo extremeño, y no muchos años después de su viuda, se puso en marcha, no sin dificultades, una Fundación bajo su nombre. El esfuerzo y el mérito correspondió a su albacea testamentario, el eximio jurista Juan Vallet de Goytisolo, autor de una obra científica también inmensa y animador de la empresa cultural y apostólica, convergente con la de Elías de Tejada, de la Ciudad Católica y su revista Verbo. Fue acompañado para ello de la melior et sanior pars delCarlismo, del que el fundador era fiero defensor: los profesores Rafael y José Miguel Gambra, el polifacético Alberto Ruiz de Galarreta y el hoy director de Verbo, Miguel Ayuso. Por eso, sólo en 1998, pudieron convocarse en Córdoba las II Jornadas Hispánicas de Derecho Natural, editadas en 2001, que sirvieron —como las primeras— para la multiplicación de la iniciativa.

[...] Como quiera que sea, el espíritu de la organización central no sólo se ha conservado sino que incluso se ha reforzado. Así en 2008 se celebraron en la Guadalajara novohispana las III Jornadas Hispánicas de Derecho Natural (con actas dadas a las prensas en 2009) y en 2012 las cuartas, de nuevo en Madrid, a los cuarenta años de las primeras. Y que han dado de nuevo frutos, en esta ocasión en el viejo Reino de Nápoles, con unas jornadas en el mismo 2012 y con la programación de otras para 2013, merced al entusiasmo del profesor Giovanni Turco.

Presentamos aquí parte de las actas de las IV Jornadas Hispánicas de Derecho Natural, que supusieran igualmente la XLIX Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, sin más excepción que las notas (suprimidas) de las contribuciones de los profesores Danilo Castellano y Ricardo Marques Dip; las ponencias de los profesores Ayuso y Segovia, que se dan abreviadas; y el texto del profesor Turco, que se omite. En breve, si Dios quiere, aparecerán completas en un volumen.

Las ponencias que se publican son obras de los profesores Castellano (Universidad de Údine), Martínez-Sicluna (Universidad Complutense de Madrid), Widow (Universidad Ibáñez de Viña del Mar), Ordóñez (Universidad Santo Tomás de Bogotá), Segovia (CONICET de Mendoza), Dumont (revista francesa Catholica), Marques Dip (Tribunal Supremo de São Paulo), Barreiro (Vida Humana Internacional de Roma), Alvear (Universidad del Desarrollo de Santiago de Chile), Ullate (Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II de Madrid) y Ayuso (Universidad Pontificia Comillas de Madrid).
Verbo. Serie L, núm. 509-510, noviembre-diciembre 2012
ISSN 0210-4784. D.L. M-12.688-1960
Suscripciones y pedidos: Fundación Speiro. C/. José Abascal (ant. General Sanjurjo), 38. 28003 Madrid, España. Teléfono +34 914473231. Correo electrónico
«… no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; … no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo».
San Pío X, carta sobre los errores de «Le Sillon» Notre charge apostolique.

sábado, 2 de febrero de 2013

La Hispanidad, en Lágrimas en la Lluvia

Ventana externa

Interesante programa de Lágrimas en la Lluvia analizando el concepto de la HISPANIDAD.
Con presencia del profesor Miguel Ayuso Torres Presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, frente cultural de la Comunión Tradicionalista.

viernes, 1 de febrero de 2013

La Señal de la Cruz

Por su inestimable actualidad, valor, y acierto en el fondo y forma, reproduzco íntegramente la entrada de El Brigante. Espero que lo disfruten y practiquen.


En mi infancia, selva de luz intensa, para mí la religión era la señal de la cruz. Y el ángel de la guarda omnipresente. Y mi mamá del cielo. Y las restallantes jaculatorias de mi abuela materna, engarzadas de bárbaros juramentos barrocos que me deslumbraban. Recuerdo aquellos rosarios de antaño en Moncayo, rudos, sin atildamiento ni melindre, casi sin pronunciación: sagrado barullo, avemarías en metralla. El beneficiado don José Luis, menudo, pardusco y arrugado como una pasa de Corinto, ensotanado pugnaba por abreviar, solapándolos, los Diostesalves de las mujeres que le daban réplica con sus ininteligibles roncos latigazos: Samaíamaedio, ¡Santa María, madre de Dios...! Yo, acompañando a mi madre, entre el banco y el reclinatorio jugando, niñamente meditabundo, ante un ritual asombroso que daba calor celestial al tiempo. Dios y la cruz eran tan obvios como el pan de la merienda. Uno se subía al autobús de línea o al tren o al auto y veía cómo, al arrancar el vehículo, la gente se signaba naturalmente y musitaba una plegaria. Al salir de casa, la señal de la cruz, y también, todavía entonces, muchos al pasar ante una iglesia que escondía el tabernáculo.

En la infancia no había impostación y tampoco en la señal de la cruz, que acompañaba las gradas del día, como los cordones a mis zapatos. En cualquier peldaño podía pegar signarse. El mundo andaba bien descompuesto, desgoznado y a la deriva, pero yo no tenía ni remota idea de eso, porque en mi alma todo estaba en su sitio. Mis padres, mi hermana, el universo todo venía transparente de las manos de Dios y mi universo no era ni piadoso ni meapilas: tenía un orden natural, claro e indiscutido.

Hoy, de vuelta a casa tras largo viaje, con intermedias etapas en variados medios de transporte y reposo en hosterías de diverso pelaje, traigo fresca una vez más la melancólica comprobación del exterminio del signo de la cruz entre mis contemporáneos. La lejana infancia me viene a la memoria.

Hace ya años que comía yo, mano a mano, con un declarado católico en un restaurante madrileño. Mi comensal me abroncó con rigor por signarme indisimuladamente mientras bendecía la mesa por lo bajini. Me comunicó que –magister dixit– un sacerdote de una ortodoxísima institución le había ilustrado que en público no se debía ni bendecir la mesa ni hacer la señal de la cruz. Vamos, que era una provocación y una ordinariez. Cada cual, interiormente, debía hacer como creyera oportuno, sin molestar ni incomodar al vecino. ¡Profiláctica religión!

En los cuatro vuelos y dos trenes que he debido tomar en estos días, sólo he visto a una persona –aparte de mí mismo– trazar sobre sí la señal de la cruz en el trance de arrancar. Hace mucho tiempo que no veo las líneas de la cruz sobre los viandantes ante las iglesias, los cementerios, al salir de sus casas, ni tampoco entre los comensales en lugares públicos. Ocasiones, todas ellas, en las que ni quiero ni pienso dejar de hacer ese gesto sagrado (y elemental, como las cebollas de mi huerto). Y ante un peligro inminente y al comenzar la oración y en tantas otras ocasiones. Decisión que es en mí flor, fruto y ramaje de una semilla plantada con la fe infantil y no espíritu de contradicción frente al mundo, ni exhibicionismo ni decisión ascética. Como he aprendido a hacer, ni me exhibo ni me oculto.

El caso de la señal de la cruz, de su abolición pública y su reclusión al templo y a la intimidad, es revelador de una transformación de la menguada fe dentro de nuestra sociedad actual. Desde el arranque del cristianismo los secuaces de Cristo han dibujado con sus dedos los dos maderos de la cruz, sobre su frente y luego hasta su pecho. Más como el hierro objetivo y distintivo que marca al propio ganado que como devoción subjetiva. La teología de la señal de la cruz es opulenta de significado, pero me basta con recordar algunos detalles que atestiguan su importancia. 

El valor espiritual –sacramental máximo, poderoso exorcismo siempre a la mano– y moral del gesto de formar una cruz sobre nosotros sigue inalterado. Pero hay también un valor que podríamos llamar “teológico” o hasta “kerigmático” de la señal de la cruz, por el que se proclaman sin enunciarlas las verdades trinitarias y de la Encarnación y la Redención, sintetizadas en dos líneas recorriendo nuestro cuerpo. La verdad inmarcesible sellando el cuerpo, vil o purificado, liberándolo de deformaciones obsesivas, abriendo una escotilla que nos evite medir nuestro progreso espiritual en función de nosotros, nosotros, nosotros. La verdad (la señal de la cruz es como un Credo gestual, comprimido, rescatador) precede y desborda nuestra insularidad subjetiva. Un gesto pobre y gozoso, que rompe divagaciones y timbra siempre un inicio de esperanza, a cada paso de nuestra vida. 

La señal de la cruz es distintivo del cristianismo real, no del cristianismo personal de cada quien; va dulcemente moldeando el alma, en silencioso concierto con los demás humildes utensilios objetivos de la santidad cristiana, por el álveo de una senda que no hacemos nosotros al andar, sino que se nos muestra anticipada, más nuestra que nuestros pecados y nuestros cálculos. La señal de la cruz es catequista paciente, gutta cavat lapidem, de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Su humildad no es carencia, sino opulencia callada. Lleva en sí las procesiones de las tres divinas personas, su amor mutuo que se escenifica sobre nuestra piel, y si tuviéramos ojos angélicos podríamos ver la luz con que refulge cada vez que –rutinaria, deliberada, alegre o indiferentemente– la formamos sobre nuestra carne. La cruz signada sobre el cristiano es faro de simplicidad segura para nuestras complicadas especulaciones sobre la fe.

La señal de la cruz me conserva en la infancia en que mi madre sostenía mi torpe mano y trazaba conmigo y sobre mí la heroica divisa de Jesús. Yo hago lo mismo con mis pequeños, cada día, y ellos no saben que, cuando hago la señal de la cruz, soy tan pequeño como ellos: soy más su hermano que su padre. Además está el valor –de la cruz, no nuestro– del testimonio, de la edificación de los restos de la ciudad cristiana. Hacer la señal de la cruz en público es una caridad para con nuestros semejantes, también. Es parte de su resplandor, de su energía y de su bálsamo, mostrándonos hermanos en la encrucijada. Y no olvidemos la semántica: testimonio, martirio.

En fin, ahora que tanto se cavila sobre evangelización nueva, me viene a las mientes la vieja señal de la cruz, querida compañera fiel. Cuando me llegue la suprema hora, no sé si tendré la dicha de gozarme en el recuerdo de la rectitud de mis obras. De lo que estoy seguro es de que las marcas de la cruz, que el tiempo ha labrado en mi pecho, me darán consuelo.