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martes, 20 de mayo de 2008

D. Manuel Fal Conde, 20 de mayo de 1975. In memoriam.

 Se cumple este 20 de mayo el XXXIII aniversario de la muerte del que fuera Jefe Delegado del carlismo desde 1934 a 1955, el inolvidable D. Manuel Fal Conde.
En prueba de nuestro recuerdo a su persona publicamos el texto necrológico que escribió a los pocos días de su fallecimiento otro insigne carlista, D. Raimundo de Miguel.

FAL CONDE 


por Raimundo de Miguel

Hace unos días ha muerto en Sevilla Don Manuel Fal Conde. No ha habido grandes alardes periodísticos para dar la noticia, ni para destacar la influencia decisiva de su intervención personal, en el curso de la política española de estos últimos cuarenta años. Ha muerto, como ha vivido; con la sencilla dignidad cristiana del que cumple en todo momento con su deber y del que sabe que la entrega de su vida es el último servicio que el hombre tiene que rendir a Dios. Pero por su mano había dejado escrito en el Devocionario del Requeté una frase lapidaria que ha sido guía y meta de muchos miles de carlistas: “Ante Dios nunca serás héroe anónimo”.

Y la trayectoria de su vida fue un constante acto de reflexiva heroicidad, que conviene destacar también ante los hombres, para que sirva de ejemplaridad y estímulo. Fal Conde fue designado por Don Alfonso Carlos, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, para reorganizar el carlismo y combatir la revolución agazapada de la república. Con energía de titán, con el vigor que da la convicción de que ese era el deber ante Dios en aquellos momentos, no rehuyó esfuerzos, sacrificios, ni persecuciones para conseguirlo. La Comunión resurgió potente en la vida política española y miles de muchachos se encuadraron en el Requeté, no para la acción callejera, sino para un más elevado y noble propósito de llegar si fuera preciso a una cuarta guerra carlista. En esta coyuntura entronca sus trabajos con los preparativos militares para el Alzamiento y es el representante ante el Ejército de todas las fuerzas civiles que van a participar en aquél. Es historia conocida la generosidad de sus condiciones para la incorporación del Requeté: abolición de la legislación anticatólica de la república, sociedad orgánica y bandera nacional. Y por su tesonero empeño vuelve a establecerse la bandera bicolor como bandera de España.

Setenta mil boinas rojas sobre las armas – derroche de sangre heroica – y la victoria que, hubiese resultado imposible sin la aportación organizada y combativa del Requeté desde el primer día. Pero entonces, cuando todos se apuntaban al triunfo y a acogerse a sus dulzuras (unos pasando la cuenta, otros aún sin méritos para presentarla) es cuando Don Manuel pasa por la gran prueba de fortaleza del poolítico cristiano. No está conforme con muchas cosas y tiene entonces (cuando esa postura no era tan facilona como ahora) el valor de disentir. Ofrecimientos, destierros, amenazas, riesgos ciertos de su vida, ostracismo, pobreza, silencio, nada hace a Fal apartarse del camino que su conciencia le dicta. Su figura se agiganta aún más en esta adversidad, que en la lucha primera.

Y es en este momento cuando se nos ocurre una reflexión. Ahora en que estamos bajo el signo oficial de la apertura, de la disparidad de criterios y de la concurrencia de pareceres, puede comprenderse mucho mejor la visión política de Fal cuando hace casi treinta años se oponía con toda su energía a una concepción uniforme y monolítica de la convivencia política, propugnando la necesidad de basar la vida pública de la nación, no en un partido (que el principio es el mismo para uno que para muchos) sino en un desarrollo espontáneo, no dirigido, de las fuerzas sociales institucionalizadas, que así constituirían la base de una auténtica representación y participación popular en el gobierno y hubieran supuesto la integración de la comunidad nacional con éste. Con ello hubiera constituido la fórmula original y distinta del régimen que salía de la guerra y le hubiera conducido por otros derroteros muy distintos de los que nos encontramos hoy.

Don Manuel fue un ejemplo de lealtad dinástica a la rama Borbón Parma a pesar de la incomprensión e ingratitud, que también por este lado sufrió. Pero quizá convenga destacar en esta visión esquemática de su vida, algo de lo que señalé el principio: la aceptación confiada de los designios de Dios sobre su persona. A estas alturas podemos ver bien claro cómo se le exigió la parte más dura: la puesta en marcha del carlismo, la preparación del Alzamiento, la perduración de la Comunión Tradicionalista. Cumplidos estos tres objetivos, la enfermedad, al privarle de la voz, retiró de la escena pública al político. Ya había realizado su misión y Dios le habrá recompensado por la constante tensión de su esfuerzo, en el que pocas satisfacciones tuvo como no fueran las de su conciencia tranquila, las de la elegancia espiritual de su conducta, la devoción de sus hijos (compensación muy de estimar en los tiempos que corremos) y el afecto de sus amigos, a los que sólo nos detiene para seguir su camino que nos trazara, la magnitud de su desinterés y sacrificio, ante el que desfallecen los ánimos mejor templados.

Fal con su vida política, su forzado y digno retiro y su santa muerte, es una lección vivificadora de político cristiano, cuyas páginas conviene repasar a menudo, para elevar el espíritu y ponerle alas de generosidad y nobleza.


 

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