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lunes, 19 de mayo de 2008

"LA GUERRA DE 1808: SU ESPÍRITU Y HECHOS"





CONFERENCIA EN LA SEDE DE LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA CARLISTA (10 DE MAYO DE 2008)


Por Diego Mirallas Jiménez


Estimados amigos, queridos correligionarios, buenas tardes:

Vaya por delante que, quien os habla, es un humilde medievalista y Profesor de Historia que, para mitigar sus deudas y en ratos libres, también hace de abogado, ágrafo sobre los asuntos que va a tratar aquí y que, por tanto, os pide sincero perdón por atreverse a perorar sobre un tema que no es de su especialidad (la Historia Medieval) y que sólo a petición de la causa que profesa –el tradicionalismo carlista- y, sobre todo, por invitación de su buen amigo y no muy antiguo Profesor de Filosofía del Derecho en la Complutense, Don Evaristo Palomar, ha accedido a decir unas palabras sobre un tema de necesaria efemérides, palabras que pomposamente, como intuyendo al intruso que quiere impresionar al auditorio, alguien más sensato que él ha querido que versen sobre La Guerra de 1808: su espíritu y sus hechos. //


Pero no debéis asustaros: la tarde es agradable; los asientos, escuetos pero pasables; el tono se promete sosegado… ¿Qué mejor excusa para que algunos echéis una cabezadita, como uno mismo ha hecho en algunas de sus más de mil horas de asistencia a simposios, conferencias o mesas redondas sobre muy variopintos temas históricos?

Y, pese a todo, el tema es en verdad oportuno, como todos sabéis, o igual no, porque estamos en un país de muy poca memoria histórica. ¿El tema? ¿Qué tema? ¿De qué va éste? ¡Sí, hombre, lo de los héroes de mayo! ¡Aquello de Esperanza Aguirre! ¿O era Aguirre, Gallardón y la Maja del Montón? ¡Ah, ya! ¡Vaya, hombre, otro que nos viene con el tostón de la Nación Española, liberal y apoteósica…!


¡Pues no! ¡Resulta que no! Tranquilos otra vez. Esto va a ir de otra cosa, sí, pero no esperéis encontrar aquí un pormenorizado análisis del mayo del año ocho, ni de mí grandes erudiciones, sino una reflexión muy personal y, por ende, muy discutible sobre el engaño (uno más, pero uno muy importante) que el liberalismo ha perpetrado en nuestras tierras de España, y tan personal es… que muy bien puede y debe discutirse, de manera que desde ahora se somete a cuantas preguntas o comentarios queráis hacer después de que os dé la tarde con otro tostón de Historia, como, siempre que me ven venir, dicen mis alumnos desde hace, con este curso que termina, veinte años.


El problema central aquí es, una vez más, la reinvención de la Historia por los enemigos del género humano. Hay un antes y un después de que irrumpiera en el mundo la pezuña de los valedores del liberalismo o el marxismo: un antes y un después de la reinvención de la Historia. Torciendo la recta vía de Aristóteles y Santo Tomás, la misma que guió la concepción de las sociedades cristianas hasta la aparición de esa caterva, unos cuantos (Hobbes, Spinoza, Rousseau, Hegel o Marx entre otros) pusieron los pilares de una tristemente consolidada concepción social del Estado, excluyendo a sabiendas la verdad de que éste no puede ser otra cosa que la suma de voluntades particulares temerosas, o eternamente deudoras, de principios naturales inalterables.


Y –diréis-, ¿a qué viene ese `speech´ filosófico? ¿Le está haciendo éste ahora, otra vez, la pelota al Profesor Palomar? No, sino que, partiendo de una muy exigua minoría de iluminados o, más bien, barnizados por el liberalismo en su condición de admiradores de esa sangría que fue la pretendida revolución francesa, cuando entre 1808 y 1814 la casi totalidad del pueblo español libraba una guerra contra la dominación napoleónica y contra su demoledora batería de infamias que querían pulverizar nuestras tradiciones, desde ese mismo momento se puso en marcha un inventado concepto de nación de ciudadanos firmemente creyentes en la soberanía popular y demás zarandajas, en todo caso foráneas o absolutamente ajenas a la Constitución Histórica de España, fundada (al menos hasta esos fatídicos años) en las más recias libertades personales y territoriales, como en la lealtad de los Reinos a su Rey, a sus Cortes y a sus usos y costumbres secularmente pactados con la Corona.


Por eso mismo quiero empezar diciendo, con o sin el permiso de mis sesudos colegas de Historia Contemporánea, que la Guerra de 1808 es, entre otras cosas pero quizá por encima de todas, una traición liberal gestada desde dentro y desde fuera de España, una urdimbre de la masonería, una maraña de siniestras pero claras tramas, si uno se quita la venda que hoy nos quiere imponer el pretendido pensamiento único.

Porque creo que el verdadero tradicionalismo no nace en 1832, ni quizá en 1808, sino en la respuesta católica a la insensata masonería del siglo XVIII, conviene recordar que la España del último tercio del siglo XVIII fue (nos duele decirlo) un país cuyas autoridades entregaron cobardemente a una Francia primero masónica y después revolucionaria, y creo que así fue desde las funestas políticas de Carlos III. Con su hijo y sucesor, Carlos IV, el mismo Gobierno se entregó a un aventurero, el Oficial de la Guardia de Corps Manuel Godoy, galán de garrida apariencia cuya carrera y ascenso político se hicieron a costa de la Reina o más bien, bajo las faldas de la Reina. Si hasta entonces había sido evidente, con este personaje la entrega de nuestras Españas a Napoleón, desde que el corso dio su golpe de 1799 como Cónsul y desde 1804 como emperador de la revolución, fue absoluta. // Si antes nuestro país tuvo que soportar (de la mano de Francia) las costosas guerras de los Siete Años, o las dinásticas de Polonia o Austria, con Godoy lo tuvo que hacer en la de las Naranjas contra Portugal, en 1801, o en el fatídico y estúpido Desastre de Trafalgar de 1805.


No necesitaba el corso más evidencias o ardides para invadir un país que él reputaba servil, gobernado por una Corona servil y por un Godoy servil. // Serviles y siniestros fueron también los oscuros personajes que aconsejaron al Príncipe de Asturias (el futuro Fernando VII) su usurpación de la Corona en aquello que fue la Conspiración de El Escorial, de octubre de 1807, y más aún en lo que se llamó el Motín de Aranjuez en marzo de 1808. Serviles, sí, vergonzosamente serviles, fueron los subsiguientes episodios de Bayona, en los que, a requerimiento del astuto Bonaparte, nuestra Familia Real en pleno acudió para rendir a los pies del corso la Corona de las Españas, el honor de sus Reinos y hasta sus hijos. // Nada de tales traiciones supo el honrado pueblo español. Nada, el humilde pueblo de esta Corte de Madrid que, con el ejército francés tutelando España desde la surrealista invasión de sus puntos fuertes en el invierno de 1807 a 1808 (con la pueril excusa de invadir Portugal) quiso impedir que se llevaran a uno de sus Infantes y fue tiroteado por el maldito Murat el 2 de mayo de 1808.


Iletrado sería el pueblo, pero no tonto, pues ni lo de Portugal ni lo de la invitación a Bayona se lo tragaba. Mal está que otros traicionen a tu patria y se holle la dignidad de tus soberanos, pero lo que pocos españoles toleran es que los tomen por tontos, ni, incluso siéndolo, los de ahora.


Los de ahora, sí, porque a mí me da que tantas vergüenzas juntas tienen algo que ver con que, en ese acto de hace ocho días en la Puerta del Sol, aunque fuera uno de tantos que manipula el liberalismo del Partido Popular, no estuvieran destacados gobernantes actuales de esta desgraciada España que nos toca vivir, empezando por uno que se apellida Borbón, escondidos luego en Móstoles. ¿Y los socialistas? Peor, siempre peor: con el libro de Los afrancesados de Artola bajo el brazo y con un descaro a favor de la traición verdaderamente inaudito en gobierno español alguno, la Vicepresidenta De la Vega reivindicaba el otro día el gobierno de José Bonaparte y a quienes colaboraron con él. No precisamente risa, sino vergüenza y asco hemos de sentir ante estos sujetos que dicen representarnos.


¿Que dónde están los hechos? Intentaré hacer un resumen apretado de lo más tostón del tostón. Los franceses (ya los vimos en el invierno de los años 7 al 8) van entrando en España y ocupando plazas estratégicas. El mismo Murat (el petulante, odioso y cruel Murat) ha llegado a Madrid a finales de marzo de 1808, un día antes de que haga su entrada en la capital Fernando VII quien, pese a su éxito en el montaje de Aranjuez, no se siente seguro. Tanto Fernando como sus instigadores buscan el apoyo de Napoleón para que valide su usurpación del trono, y el astuto corso, conocedor de la debilidad de la Familia Real Española, la atrae a Bayona junto con Godoy. Allí tienen lugar las intrigas de abril entre tanto traidor, y allí se reciben las noticias del 2 de mayo en Madrid, que finalmente desencadenan las bajezas de nuestros Reyes del 5 de mayo en Bayona: Fernando VII renuncia primero a la Corona; Carlos IV abdica después a favor de Napoleón, y éste finalmente lo hace en su hermano mayor, el triste José. ¡Cuatro veces en el mismo día pasa la Corona de España por cuatro manos! En este extremo escriben hasta bien los historiadores liberales, como el Profesor Seco Serrano, que dice: “la falta de dignidad de los Reyes darán a Napoleón la idea errónea de que tiene todos los hilos del problema español entre sus manos”. Pero el hecho tiene, a la vez, otra dimensión que ha señalado el profesor Miguel Artola: “Los Monarcas han renunciado de manera injustificable, cualquiera que sea la teoría política a cuya luz se consideren estos acontecimientos, las prerrogativas de su condición real. En la crisis más trascendental de nuestra historia moderna, los Monarcas, al despojarse de sus atributos, abandonan simultáneamente la soberanía”. // Este es, amigos míos, el doble y profundo significado de las abdicaciones de Bayona. Que Dios los perdone, si puede.


Pero, ¿qué ha pasado realmente el 2 de mayo en Madrid? Un hecho quizá anecdótico para quien no sea monárquico, pero trascendental para nosotros, es ver al Infante Francisco de Paula en ropas de viaje, preparado para ser el último en ser enviado a Bayona. La cobarde Junta de Regencia quería que esta salida se hiciera de noche, pero el bravucón Murat la organizó para las 9 de la mañana. El pueblo entero se lanzó a la calle para impedir la marcha de su Infante. Y la violencia asesina, canalla (y no nos cansamos de repetir que maldita) de Murat, perpetró la cruel matanza de aquel día, primera de otras repetidas en toda España. Mesonero Romanos nos ha dejado sus impresiones, algo infantiles, de aquél día, pero fue el Conde de Toreno quien hizo la descripción más ajustada (y ya clásica) de los acontecimientos. En definitiva, el 2 de mayo fue un estallido popular por Dios, por la Patria y el Rey. Gentes de toda condición y clases lucharon en distintos puntos de Madrid, aunque fue el Parque de Artillería de Monteleón el foco más importante. Junto a los repetidos nombres de los oficiales Daoíz, Velarde y Ruiz, hay que unir los de la valiente quinceañera Manuela Malasaña, el esquilador Antonio Romero, el zapatero José Dotor…, y tantos otros de la más diversa escala social. La tremenda represión francesa inmortalizada por Goya, quien por otra parte dejó mucho que desear como patriota en los meses y años siguientes, pinta una admirable masa de hombres entregados a las bayonetas polaco-francesas o a los alfanjes mamelucos. Sin entrar en el medianamente digno oportunismo del escritor Arturo Pérez Reverte, hace dos semanas nos hemos enterado por la prensa que alguno de estos eficaces ratones de biblioteca (cuyo nombre no logro recordar y que nunca faltan en estos obituarios históricos), ha esclarecido los nombres de varios protagonistas de ese gran lienzo goyesco de Los fusilamientos, incluyendo al buen clérigo que, por simbolizar una lucha tan religiosa como política cual fue la Guerra del Año 8, debe recordarnos nuestro primer deber: la defensa de la Fe.


Aunque en abril hubiera algunas revueltas, fue en mayo cuando se extendió aceleradamente el levantamiento por toda España, desembocando en una guerra larga y cruenta que duró exactamente cinco años y once meses, de mayo de 1808 hasta el lejano abril de 1814, fecha ésta en que, al conocerse la entrada de los ejércitos coaligados en París y la abdicación de Napoleón, los mariscales Soult y Souchet pactaron separadamente con Wellington la evacuación de las últimas plazas que los franceses aún tenían en la Península. Casi toda la historiografía establece cuatro etapas de la guerra:

PRIMERA, de la rápida ocupación al episodio de Bailén, en la primavera y parte del verano de 1808, en que el plan francés de ocupar rápidamente el país chocó con el monumental tropiezo gabacho a los pies de Sierra Morena, a saber, la derrota de Dupont ante Castaños en los campos del Santo Reino. Tan dura debió ser la tenida de Bailén para los invencibles ejércitos de la Grandeur que los franceses, temerosos de que los pobres restos del ejército regular español pudieran seguir hasta Madrid, hicieron que José Bonaparte abandonara la capital. Después diremos algo sobre ese héroe de pacotilla.

SEGUNDA, la campaña personal de Napoleón de 1808 a 1809, en que los franceses han de reconquistar Madrid, y vuelven a hacerse fuertes en las dos submesetas.

TERCERA: ocupación y guerra de desgaste, de 1809 a 1811, en que el enemigo somete los Reinos de la Corona de Aragón, con el segundo sitio de Zaragoza, y conquista Andalucía y Extremadura, no sin sufrir grandes bajas por culpa de una guerrilla que se va mostrando como el mejor y eficacísimo medio de lucha en la Historia contemporánea de Europa, hasta el punto de convertirse en un fenómeno de masas capaz de admirar a historiadores franceses de la talla de Aymés. El mismo Napoleón lo comentó en sus epílogos memorandos de Santa Elena repitiendo a cada instante eso de “aquella desgraciada Guerra española me perdió”. Obviamente se refería a la guerrilla, a la que la propia historiografía francesa atribuye la muerte de no menos de 300.000 compatriotas de la Grand Armée. // Georges Roux, por ejemplo, tras declararse ferviente defensor de la causa napoleónica, recoge el mejor recuento de víctimas francesas desde diversos testimonios, arrojando una cifra que va de trescientas mil a 470.000 bajas, ¡y sólo entre franceses! No fue, pues, cosa de poco aquella guerra. No hay tiempo aquí (¡qué pena!) de hablar de los muchos jefes guerrilleros buenos, pues también los hubo malos, señalándose entre los primeros los catalanes Franch y el Barón de Eroles, Mina y Porlier en el Norte cantábrico, los castellanos Merino (éste Clérigo), o Sánchez, o el Empecinado, o el valenciano Romeu, y un largo etcétera.

LA CUARTA Y ÚLTIMA FASE es la que bien podemos denominar ofensiva hispano-inglesa de 1812 a 1814 e incluye los señalados triunfos de Arapiles, Vitoria y San Marcial. Es cierto que los preparativos de la campaña de Rusia se llevaron de España a los mejores efectivos franceses, y que sin duda ello también fue aprovechado por los no muy valientes liberales de Cádiz. // Por otra parte, mucho se ha hablado de la participación inglesa (Blake, Moore, Wellington) en nuestra guerra. // No hay que mitificarla. // Hacer daño al enemigo que quería destruirlos les servía de excelente excusa para pretender y conseguir concesiones mineras y comerciales en España y el Nuevo Mundo. ¡Cuidado con los ingleses, siempre envidiosos de nuestras grandezas, lobos de nuestra economía y tan o más culpables que los franceses en la difusión y protección de la hedionda doctrina liberal!


¿Y qué decir de José Bonaparte, el pobre José, el falso rey rodeado de falsos cortesanos, que sólo reina en un falso reino, que se asienta en una falsa y onírica constitución de Bayona, siendo el suyo, a la postre, un falso reinado que, reinando sobre falsedades, sobre nadie reinó? // Encumbrado por la historiografía liberal, que habla de un hombre de excepcionales dotes intelectuales y las mejores intenciones reformistas, sus valedores no tienen más remedio que reconocer, sin embargo, que su principal defecto consistía en “no tener una gran firmeza”. Pobre hombre… Yo, en cambio, sin dejar de reconocer su evidente conocimiento de la infamia revolucionaria, de la que era hijo como su hermano, creo que ha sido un peón que no tiene importancia alguna para la Historia, un patético y risible dato para alumnos de la ESO, al que se le ha dado una enjundia que no tiene en absoluto. Risum teneatis.


Veamos ahora qué espíritu encuentra en nuestra guerra del año 8 la sagrada (y universalmente aceptada) interpretación que de ella hace la inmensa jauría liberal y marxista. // Como gallinas hinchadas, no dejan de cloquear “guerra nacional”, y así lo repite el incansable e inefable Pierre Vidal. // “Es la nación luchando contra los franceses” –dice, impertérrito, su correligionario comunista Manuel Tuñón de Lara-. // “La revolución que, jurídicamente al menos, viene a significar la ruptura con el Antiguo Régimen, y del contexto de la guerra brotará la revolución”, alumbra la gris eminencia de José Urbano Martínez Carreras en la Complutense, períclito historiador del que yo desconocía su añadida autoridad como jurista. // Otra perla, ahora de Miguel Artola: “significó la quiebra de las viejas instituciones, y es en tales momentos cuando se acaba el Antiguo Régimen”; - y sigue:- “hubo un sentimiento de reasunción de la soberanía por el pueblo, lo que claramente implicaba una situación revolucionaria…” –para concluir, feliz y triunfante:- “…al sustituirse la legitimidad monárquica por la popular, lo que venía a significar la ruptura con el pasado”. // En fin… // Fijáos, queridos carlistas, que “hasta la guerrilla” –dice Artola- “es la primera aparición histórica de lo que hoy se denomina guerra revolucionaria”. No sabemos si con ello Artola se refiere al Che Guevara o a los terroristas vascos. // Y no hablamos de ese lince del análisis histórico que responde al nombre de Juan Pablo Fusi: a tales alturas se mueven sus juicios… que no debemos ofenderlo ni aun despertar su inteligentísima persona con estas pequeñas citas.


Pero, vamos a ver, decrépitas e hinchadas gallinas a cuyos huevos (es decir, vuestros libros y conferencias) jamás les faltan compradores y dineros: ¿Participó el pueblo español en una tergiversación tan mezquina de la Historia (¡de nuestra Historia, tan nuestra como vuestra!) como ésta en que seguís empeñados liberales, socialdemócratas y marxistas? No, si miramos los datos históricos de los pocos que pudieron fraguar la infamia liberal, concentrados en una exclusiva ciudad (Cádiz) asediada en tiempos de guerra. No, si atendemos a los gritos y proclamas del pueblo cuando se enfrentaba al invasor, que nada tenían de liberalismo y sí mucho de adhesión perpetua a su Monarquía y tradiciones. No, si acudimos a la propia historiografía más o menos profesional, aunque sea retorcida. // Cuando uno quiere contar la verdad, frecuentemente hay que acudir a enemigos cualificados y, así, Pabón, historiador tan poco sospechoso de tradicionalismo como ardiente devoto del liberalismo, dice literalmente: “La obra de Napoleón en España es una síntesis de errores, un triple error. Por un lado, error monárquico, al no entender la vinculación del pueblo español a sus Reyes; tarde ya, así lo reconocería el Emperador. Por otro lado, error nacional, al no comprender los sentimientos del pueblo español, arrebatado por una doble ira: cólera por la Patria invadida e indignación por la nación traicionada. Por último, error religioso, al no advertir la religiosidad del pueblo español y el peso moral, ante éste, del clero, de todo lo cual nacía una clara hostilidad contra el espíritu irreligioso de la Francia revolucionaria”. // Queridos amigos, en estas palabras y por mucho que vuelva a utilizar la palabra “nación”, el Profesor Pabón resume bastante bien, aun sin quererlo, que el pueblo español de hace doscientos años estaba aferrado a sus largas y santas tradiciones, y que de ningún modo luchaba por la “nación liberal”, como quiere hacernos creer Doña Esperanza Aguirre y sus adláteres, quienes con toda seguridad o no han investigado en las fuentes históricas o, lo que es peor, las han visto y quieren falsearlas, y seguirán falseándolas para sus torcidos fines, que de esto no os quepa la menor duda.


Dice luego la inmensa pléyade de historiadores liberales y marxistas que la llama de la numantina resistencia al invasor francés la pusieron las Juntas Territoriales que se formaron precipitadamente frente a él, y que eran “Juntas de clara inspiración liberal”. Pues bien, véase lo que dice la que luego refundió a todas, la “muy liberal” Junta Suprema de Sevilla el 6 de junio de 1808, poco antes de que el descalabro francés en Bailén aplazara la entrada del enemigo en Andalucía (dice): “La Francia, o más bien su Emperador Napoleón I (…) ha declarado últimamente que va a trastornar la Monarquía y sus leyes fundamentales, y amenaza la ruina de nuestra religión católica. (…) No dejaremos las armas de la mano hasta que (…) restituya a España a su Rey y Señor (…) y respete los derechos sagrados de la nación que ha violado, y su libertad, integridad e independencia”. // Pues bien, casi doscientos años después debemos preguntarnos: ¿Es que las palabras “nación” (un término ciertamente nuevo en la España de 1808 incluso para un pueblo que no se imaginaba lo que después encerraría) y “libertad” (concepto poliédrico donde los haya, del que se ha hecho desde el uso más vil a la mejor defensa) bastan para hacer de aquellos españoles unos fervientes liberales? // ¡No! // ¿Y por qué sostenían las armas, entonces? ¡Porque el levantamiento, la guerra y por todo cuanto luchaban aquellos españoles no era otra cosa que las tradiciones que amparaba la Constitución Histórica de los Reinos de España! ¡La misma que, dos siglos después, sigue iluminando a los carlistas que hoy están aquí!


En fin, mienten quienes dicen que el pueblo español se levantó en 1808 enarbolando la bandera de la revolución liberal. Mienten, quienes dicen que lo de Cádiz fue una constitución, pues se hizo sin contar con el pueblo y de espaldas al pueblo, por unos cuantos que (copiando el fiasco francés de 1791) apenas se representaban a sí mismos. // Mienten, y mienten todos, quienes insultan a unos españoles (la inmensa mayoría de los que vivieron entonces) que, sin saber gran cosa y pudiendo todavía pocos leer y escribir, sabían infinitamente más que los adoctrinados y aborregados de ahora, pues al menos sabían qué defendían y por qué lo defendían, a saber, una España asentada en el pilar cristiano y dispensadora de un conjunto de libertades personales y territoriales mucho más grande y seguro que el puerto del caos a donde nos llevan nuestros actuales e irresponsables gobernantes, herederos directos (y sólo en esto no se equivocan) de aquellos liberales de 1812.


¿Qué consecuencias nos toca destacar de la Guerra de 1808? Veamos: el hecho de que después del conflicto Fernando VII el Deseado (el Rey ansiado y devotamente querido por su pueblo –sin ninguna excepción-, al que empero traicionó como a la propia Corona que debiera honrar más que a depósito alguno de la Historia) el hecho, digo, de que después impusiese a los Reinos un atroz absolutismo (igualmente foráneo y ajeno a toda tradición española) no hizo sino alentar el crecimiento de ese liberalismo que, hasta entonces, fue cosa de muy pocos. Pintiparado viene aquí el universal axioma de que la represión de cualesquiera ideas genera mártires, y de éstos crecen aquéllas, por malas que sean. // ¡Qué razón tenía la pena traidora…! -dice la copla-, ¡y cuánta razón llevaba el manifiesto leído ante el Monumento de los Héroes del 2 de mayo, en la ofrenda que hicimos el pasado 26 de abril, hablando de las pocas veces que en Reino alguno de la historia hubo príncipe o soberano más unánimemente aclamado, más íntimamente esperado! ¡Qué terrible fiasco ante tanta oportunidad perdida, estimados amigos! ¡Y qué bien lo sabían nuestros padres carlistas de 1832!


Pese a todo, y aunque ningún analista honrado pueda decir que el liberalismo fuera mayoritario en la España del siglo XIX o aún del XX (¡ni mucho menos!), la misma exigua minoría de iluminados y barnizados por aquello siguió imponiéndola, más por fuerza que por grado, a las almas de un país muy pronto aniquiladas por la nefasta desamortización de bienes raíces y eclesiásticos, por la terrible política educativa que coadyuvó el cierre de numerosos centros de enseñanza, particularmente sañuda en épocas progresistas y republicanas, pero igualmente dañina con los conservadores, por la imposición de un modelo excluyente de Nación uniforme o, en fin, por la prohibición (cada poco tiempo más tenaz) de la auténtica libertad ideológica, fuera cual fuese el color o concreto barniz del gobierno de turno.

En este punto no podemos menos que recordar la absoluta exclusión de la vida pública de quienes, contra viento y marea, siguieron luchando por la Constitución Histórica y por el conjunto de libertades y tradiciones seculares de los pueblos de España, a quienes el Estado liberal negó siempre el pan y la sal.


De las desgracias que perpetró la última república, especialmente siniestra con los valores religiosos que tan profundamente arraigados estaban en el pueblo español (como poco desde mil ochocientos años atrás) no toca hablar hoy aquí. Tiempos y analistas mejores todavía tienen mucho que aclarar sobre este tema. // Todo esto, que no siendo poca cosa apenas insinúa la punta del iceberg de nuestras hodiernas desgracias, es cuanto puedo y debo deciros esta primaveral tarde que tampoco está para muchos tostones, pero que debe hacernos reflexionar sobre lo mucho que nos cumple hacer desde 1808. // ¡No debemos, no podemos defraudar a cuantos lucharon por nosotros en 1808, en 1832, en 1860, en 1872 o en 1936! Y porque creo que el tradicionalismo es hoy tan necesario como entonces, porque se enfrenta a enemigos poderosos y malvados, porque –como dije antes- posiblemente no arranque de las respuestas a las traiciones de 1832 o de 1808, sino contra las que yo llamo “luces de la sinrazón”…, por todo ello, si por Dios, por la Patria y el Rey lucharon nuestros padres, por Dios, por la Patria y el Rey lucharemos nosotros también. Muchas gracias por vuestra atención. 

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