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viernes, 17 de febrero de 2012

Los Círculos Carlistas: vida comunitaria... y conspiración

 
(Peña España, el histórico Círculo Carlista de Vila-Real)

Durante el larguísimo período de la Revolución, fueron los Círculos Carlistas refugio de lo más integro y puro que había en España. Eran, por lo general, locales muy modestos y recatados que contrastaban elocuentemente con los confortables Casinos de la burguesía liberal y con las revueltas y pringosas mal llamadas "casas del pueblo".

Los Círculos Carlistas solían adornarse un poco infantilmente con aire pueblerino, fuera de las exigencias de la moda francesa o inglesa que imperaba. Lo más frecuente era que dominasen los motivos heráldicos, en los que se multiplicaban flores de lis y boinas bermejas. Su iconografía era siempre religiosa y militar. Cuadros de Santos y Caudillos, románticas y descoloridas litografías de guerrilleros y de escenas de batallas y vivacs.

Dentro de ellos se reunía -bien con su Dios y en paz con su conciencia- lo que en frase convertida en tópico llamaba nuestra Prensa "la gran familia carlista". Una perfecta y exacta democracia, una hermandad católica reinaba entre los hombres y las clases. Al lado del noble, del hombre de carrera y de negocios, tomaban café los menestrales, los adolescentes, los curas. Sirvan de ejemplo aquellas reuniones que se celebraban en el Palacio-Museo del Marqués de Cerralbo, de Madrid, a las que asistían por invitación y turno todos los carlistas de la Corte.

La suprema jerarquía en orden al respeto era la del veterano, es decir el anciano glorioso que se había batido en los Reales Ejércitos y contaba a todos cómo había muerto Radica o cómo vió pasar al Rey, jinete en su blanco caballo de romance, con la boina y las endrinas barbas florecidas.

El lenguaje era mesurado y respetuoso. Jamás estallaban las blasfemias, y había dos palabras que se pronunciaban siempre con un respeto que rayaba en unción: el Rey, el señor.

¡El Rey! ¡El señor! Toda su magnífica reciedumbre fonética, esa fortaleza masculina de las erres, sonaba sin recortes de adulación cortesana, porque el Rey, el señor, proscrito, perseguido, no podía conceder a sus leales más mercedes que aquellas sobrias y afectuosas cartas que como el oro más caro de sus recuerdos guardaban nuestros padres y nuestros abuelos. Aquellas cartas de la realeza auténtica a sus vasallos fieles, que terminaban casi siempre con un "un abrazo" o "tu afectísimo" Carlos o Jaime.

Nunca podré olvidar el orgullo con que un humilde fogonero de las minas de Asturias me enseñaba una foto que le había dedicado el Rey Don Jaime, a quien con ocasión de la peregrinación carlista a Lourdes, había ido a ver a pie, desde Ujo, a través del Pirineo nevado, sabiendo que el único premio a su esfuerzo iba a ser besar la mano del Rey. ¡Ejemplo admirable de los hombres de un ideal santificado!.

¡Cuanto bien han hecho a España los Círculos Carlistas con sus estampas desvaídas, sus lises de papel, sus veladas familiares y el espíritu integro, terco y sublimado de recia y sana virilidad de los hombres que en ellos se formaban!.

Frente al Círculo Carlista, combatiéndolo, intrigando contra él, estaba lo frívolo, lo veleidoso, lo extranjerizante, lo corrompido, lo perverso y, en el mejor de los casos, lo acomodaticio o lo engañado.

De los Círculos Carlistas -de Navarra y de fuera de Navarra, que el carlismo fué siempre un ideal nacional que no es posible localizar -salieron los treinta mil voluntarios de los primeros ocho días del Movimiento, base del Ejercito de Mola y primeras masas considerables que corrieron a cubrir -rezando y cantando sus himnos- los frentes de combate de Ochandiano, Guipúzcoa, Somosierra, Guadarrama, Aragón...

De los Círculos Carlistas salieron los discursos de Mella, las afirmaciones de Pradera, los textos de Aparisi, los insuperables documentos de los Reyes para extenderse por todo el país; doctrina completa y sana (...)

Lejos de apetencias inmediatas de Poder por el Poder mismo, aislado en una oposición irreductible contra todas las falsedades existentes, perseguido y odiado, el carlismo era unas veces un poderoso Ejército combatiente que cubría de boinas blancas y coloradas las ásperas topografías de la Patria y otras una Comunidad de luchadores, casi al borde de la ley, que vivía rindiendo culto a sus profundos fervores y fortaleciéndose espiritual y físicamente para reanudar la lucha en la primera ocasión que se presentase.

Dos elementos se perfilaban clarísimamente dentro de la Comunión: el religioso y el militar. Lo político, lo electoral, era secundario . Si se asistía a los Comicios y se hablaba en el Parlamento era -como ordenó el Rey Don Carlos- para aprovechar tan formidable medio de propaganda. El Congreso sólo se consideraba como una magnífica caja de resonancia donde la voz de la Tradición cantaba virilmente sus protestas por bocas tan excelsas como las de Monterola, de Mella, de Pradera.

El carlismo enraizado en las más hondas realidades de lo español, se desarrollaba en las clases menos contaminadas, donde con más pureza se conservaban los auténticos valores de la raza: los hidalgos rurales, las masas aldeanas, los curas...

En las viejas ciudades de provincias, de angostas calles y piedras ennegrecidas, el carlismo, al margen de muchas discordias y apetitos, laboraba incesantemente para mantener vivo el ideal y dispuestos los hombres al sacrificio por él (...)

Jesús Evaristo Casariego. La Verdad del tradicionalismo 

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