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sábado, 18 de febrero de 2012


A los 85 años estaba en visperas

Yo sabía que en Lequeitio existían los carlistas más viejos de España. Los tenía anotados hace tiempo en mi carnet para hacerles una información. Cada año que pasaba me los iba dejando más en sazón, más viejecitos.
Y ahora, cuando los rojos estaban en Lequeitio, me acordaba yo con angustia de mis viejos carlistas. ¿Me los habrán matado esos bárbaros?.
No, no me los han matado. Al llegar a Lequeitio he buscado a Víctor Arroita y le he encontrado en Vísperas, ¡Tiene ochenta y cinco años y estaba en Vísperas¡. ¿En Vísperas de qué?. Otras personas, a los ochenta y cinco años solo están en Vísperas de morirse. Es lo contrario de lo que le ocurre a este viejo carlista de Lequeitio. Toda la vida de Víctor Arroita no ha sido más que la víspera de estos días de plenitud, que está viviendo ahora. Porque Dios le ha dejado llegar a ellos y ver esta primavera de boinas rojas, estaba hoy alabándole con los salmos de las Vísperas.
- ¿Estuvo usted siempre seguro de que llegaría este triunfo?
- Cada día estaba más convencido, sobre todo desde que he visto a los otros de cerca. Esa gente no puede ir a ninguna parte. España dejaría de ser España, para que ellos fueran los amos.
- ¿Qué guerra le parece a usted más dura, ¿ésta o la que ustedes hacían?
- Los medios de combate que hay ahora son terribles. El estar una hora tendido en el suelo aguantando la metralla de los aeroplanos, tiene que ser peor que estar en el infierno. ¡Y esa vida de las trincheras inmóviles los soldados días enteros, con el agua, hasta las rodillas ¡. Eso es terrible. A mí la guerra así no me gusta. La nuestra era más bonita.
- ¿En qué combates intervino usted?
- ¡En tantos intervine! Yo estuve en el sitio de Bilbao, el año mil ochocientas setenta y tres.

Cuando la guerra termine seremos siempre amigos

En la parroquia han terminado las vísperas.
- Mire Usted -me dice Arroita- aquel señor que sale de la Iglesia con los dos curas estuvo también en la guerra carlista. Si quiere usted le llamo.
- Con mucho gusto le saludaré.
Arroita me ha presentado a don José Félix Eguileor. Este viejecillo pulcro, enfundado en un gabán negro, tiene ochenta y seis años y fue en la guerra carlista del 73 al 76, abanderado del batallón Marquina, el tercero de los de Vizcaya. También estuvo en el sitio de Bilbao, pero tiene ya las fechas y los sucesos un poco revueltos en la cabeza.
Tratando de ponerlos un poco en orden de estado mientras Arroita ha ido hasta casa para traer las cruces y medallas,.. que conserva orgullosamente ganadas en otras tantas acciones de guerra. Cuando regresa, hacemos a los dos viejos luchadores unas fotografías entre los pequeños flechas y requetés que les oyes embobados, contar sus hazañas.
Los dos conservan muy bien la vista y la agilidad de las piernas, especialmente Arroita, a pesar de que es cojo y tiene que andar apoyándose en un bastón.
-¿Esa cojera es de una herida de la campaña, don Víctor?
- De la campaña precisamente no; pero algo tiene que ver con ella- y Arroita nos cuenta un episodio que por la fruición con que la recuerda, bien se ve que ha sido culminante en su vida.
- Yo -dice- fui uno de los que tomaron la casa Delmás en el campo Volantín. Fui yo mismo el que la puse fuego. Este episodio del sitio de Bilbao ya casi nadie lo recuerda, pero tuvo entonces mucha resonancia.
- En Churdínaga, cuando ya se había levantado el sitio, tomé con mis hombres otra casa. Yo era sargento. Dentro de la casa hicimos prisioneros a veinticinco soldados del regimiento de Valencia, con un alférez graduado de teniente. Para cogerlos tuvimos que hacer un agujero en la pared, y por allí, los fuimos sacando uno a uno. Entre ellos había dos voluntarios vascos. Cuando estábamos sacando a los que faltaban, los dos voluntarios, en un descuido nuestro, hicieron fuego sobre nosotros y por poco nos matan. Mis soldados querían fusilarlos a todos allí mismo. No hubiéramos tenido ninguna responsabilidad, puesto que nos habían agredido, pero yo me opuse, porque no todos tenían la culpa. Entonces el alférez se adelantó y me estrechó la mano.
- Eres un caballero -me dijo-. Quisiera poder agradecerte algún día con un gran favor este rasgo generoso. Me llamo Francisco Amayas Díaz, y pertenezco a una familia muy bien relacionada en Madrid. No te olvides de mi nombre y búscame si alguna vez me necesitas.
- Don Francisco -continua Arroita- era un muchacho de mi misma edad. El tenía 18 años y yo, 19. Se veía luego que era de mucha nobleza aunque no tuviera una complexión tan fuerte como la mía.
- Aunque ahora estamos en campos distintos -acabó diciéndome- yo quisiera que cuando termine la guerra fuéramos siempre amigos.

¡Corta cuarenta palos bien recios!

Arroita continúa su historia:
- Llevamos a los prisioneros a Galdácano, donde tenía su cuartel el marqués de Valdespina. A los dos voluntarios les condenaron a morir en la plaza de Amorebieta. Yo mismo fui el encargado de llevarlos; Cuando llegamos al pueblo, el capitán Villachica me dijo bien alto, para que lo oyeran las prisioneros.
- Arroita, corta cuarenta palos bien recios y avisa el alcalde que mañana se ejecutará a los reos.
- ¿Los van a matar a palos? -pregunté.
- Esa es la sentencia.
Yo no dije nada, pero me pareció algo fuerte. A la mañana siguiente estaba ya todo el pueblo en la plaza para presenciar la ejecución, cuando llegó un ordenanza del general, con un pliego mandando suspenderla. Todo había sido una simulación y los reos quedaron indultados. A los otros prisioneros supe que los habían llevado a Peñaplata, en los confines de Guipúzcoa y Navarra. Los tuvieron allí un año y sirvieron luego para el primer canje de prisioneros que hubo en la guerra. Tuvo lugar en el alto de Banderas, cerca de Bilbao. Entre los canjeados estaba el alférez don Francisco Amayas.

No quería morirme sin volverte a dar un abrazo

- Cuando terminó la guerra -dice Arroita- yo me casé y me fui a vivir a Abadiano. Pasaron muchos años sin saber nada del alférez. Un día me dijeron que había entrado en la Guardia Civil y que era Capitán en Bilbao. También supe luego que varias veces había preguntado por mí a viejos conocidos. Como ninguno pudo darle noticias mías, pensaba que habría muerto en la guerra.Pasó después mucho tiempo. Treinta y siete años habían transcurrido desde el día aquel cuando cogí prisionero en Churdínaga al alférez Amayas. El había hecho buena carrera. Era ya en Madrid jefe de la Guardia Civil de toda España.
- ¿Director general?
- Eso debía de ser.
- Yo seguía siendo carlista, como siempre, sin perder las esperanzas. Se hablaba por aquellos días de otro levantamiento y yo fui a engrasar mis fusiles. Tenía varios centenares de ellos escondidos en una grieta muy profunda del monte, adonde nadie bajaría por capricho. Yo bajaba y subía ya fácilmente. Pero aquel día lo hice con tan mala suerte, que rodé hasta el fondo. Allí me hubiera quedado por toda la eternidad, si uno de los amigos del mismo pueblo, que conmigo estaba en secreto, no se hubiese alarmado al ver que tardaba tanto en volver. Fue allá y me trajo a casa medio muerto. Varios días estuve entre la muerte y la vida. Hicimos correr la voz de que me había caído de un árbol trabajando en la huerta; pero fueron pocos los que lo creyeron. No faltó alguien que viera cómo mi amigo me bajaba del monte. Se encontraron las armas. Me iban a fusilar, seguramente ...
Pero pasaron días y más días y nadie me molestaba. Salí ya curado a la calle, cojeando un poco, y pude ver que ya apenas se hablaba del suceso. Noté también en los periódicos atrasados que pude leer, que en lo que de él se había hablado ni siquiera una vez se había escrito mi nombre. No podía yo explicarme aquel misterio. Estaba ya tan lejano de aquello de Churdínaga, que me costó mucho caer en la cuenta de que el director general de la Guardia Civil era ahora aquel joven alférez ...
Poco tiempo después vino don Francisco Amayas a Lequeitio, en un viaje oficial, con toda su plana mayor. Se hospedó en la fonda de Beitia, que estaba en aquel bar que hay allí enfrente, cerca del puerto. En cuanto supe que había llegado fui a saludarle y a darle las gracias. Había salido y en la calle me lo encontré luego, ahí junto a la iglesia. Me adelanté hacia él con la boina en la mano.
- Supongo que eres Víctor Arroita aunque no te he vuelto a ver desde aquel día – me dijo al verme llegar-.
- Si, señor; soy Arroita y vengo a darle las gracias;
- No me trates de usted ni me des las gracias de nada. Somos viejos amigos y no hubiera querido morir sin volver a darte un abrazo.
Y el público que presenciaba la escena se quedó haciendo cruces al ver cómo el director general de la Guardia Civil abrazaba cordialísimamente a aquel peligroso carlista al que pocos días antes iban a fusilar.

Texto publicado en la revista Fotos nº 12 (15-05-1937)

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