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sábado, 18 de febrero de 2012

Breves notas sobre el proceso al General Zaratiegui

 Autor: Carlos Mª Pérez- Roldán y Suanzes
 
Sin duda alguna, Zaratiegui es uno de los generales carlistas de la Primera Guerra más conocidos. A sus glorias militares unió su contribución a la difusión de los acontecimientos por los que pasó España en la primera carlistada, pues a su pluma se debe la esencial obra “Vida y hechos de don Tomás de Zumalacárregui (Madrid-París, 1845)”, no en vano fue secretario y ayudante del más glorioso de los generales de don Carlos V de Borbón.

El General Zaratiegui

Juan Antonio de Zaratiegui y Celigüeta, navarro de origen (Oliete 1804- Utrera 1872), como todo buen carlista de la primera guerra, mostró su clara filiación realista al ingresar a las órdenes del general Quesada en una partida realista con la que hace la campaña de 1820 a 1823 contra el golpista gobierno constitucional. Tras la victoria realista, permanece en el ejército y hasta 1832  sirve como capitán en Madrid y Zaragoza, en el regimiento del que era coronel Tomás de Zumalacárregui y como secretario del general Santos Ladrón de Cegama.

A la muerte de Fernando VII, fiel a sus antecedentes realistas, sin dudarlo se incorpora a la partida carlista de Huralde en Los Arcos (Navarra) y es destinado poco después como ayudante general de Zumalacárregui.  Del brillante general aprende las dotes militares que le convertirán en uno de los más prestigiosos generales carlista.

Tras la muerte del Zumalacárregui debida a la herida de bala recibida en el sitio de Bilbao en 1835, toma parte en las acciones de Puente la Reina y Mendigorría y es ascendido a brigadier, confiándosele la Segunda Comandancia de Navarra. La guerra continua y su brillante actuación en varias acciones le valen honores y condecoraciones, es nombrado mariscal de campo por la victoria de Larraga. Fue comandante general interino de Navarra sustituyendo al general Francisco García. En julio de 1837, el Capitán General de Vascongadas, Uranga, confía a Zaratiegui el mando de una expedición auxiliar a Castilla para intentar coger a Espartero, entonces en Aragón, entre dos fuegos. Parte el 20 de julio de Galbarín con seis batallones (2 navarros, 2 guipuzcoanos, un valenciano y un castellano) y con dos escuadrones de caballería. Tras vencer a la Legión portuguesa en Zambrana entrando en Castilla por La Rioja y Burgos, uniéndose allí a la expedición procedente de Vizcaya al mando del brigadier Goiri. A pesar del hostigamiento liberal al comenzar agosto, triunfante en Roa y Peñafiel, entra en Segovia asaltando la ciudad y consiguiendo la rendición del alcázar, que se había hecho fuerte. Allí emite moneda con la efigie de D. Carlos y organiza el batallón de Cazadores de Segovia. Entra posteriormente en La Granja y se paseó triunfalmente por Burgos, Aranda, Salas de los Infantes, Lerma, entrando en Valladolid, Tordesillas, Dueñas, llegando a Medina del Campo.

Es en ese año de 1837 cuando Zaratiegui realiza su contribución más decisiva a los ejércitos de don Carlos V, que son capaces de cercar Madrid, anunciando lo que parecía la inminente caída de la capital española. El general cristino Espartero, nos describe así la intensa actividad desarrollada desde julio de ese año:


“Los carlistas, con otra expedición al mando del general Zaratiegui, se habían desparramado por la llanura castellana, y en los primeros días de agosto tomaron Segovia, donde se rearmaron y avituallaron, aunque hubieron de abandonar la ciudad por la aproximación de nuestras columnas.

Pero los facciosos parecían empeñados, y desde La Granja continuaron avanzando hasta el pueblo de Torrelodones, desde el que se contempla la capital a tres leguas de distancia.

Hubo refriega, pero en esos días llegué a Madrid y se cortó la progresión de Zaratiegui en Las Rozas, donde nuestra fuerza, al mando del general Méndez Vigo, estaba atrincherada.

-Ni un paso atrás -le dije al general.

Vigo efectuó un avance que expulsó de Torrelodones a los carlistas y cuidó de que se vigilaran por la noche los montes de El Pardo, por si los facciosos, en marcha oculta, se infiltraban en Madrid o se dirigían a la provincia de Guadalajara a incorporarse a la Expedición del Pretendiente.

La posición de los carlistas, que no pudieron superar Las Rozas, era crítica, y aunque atacamos, pudieron retirarse con orden, a pesar del intenso fuego, en formaciones cerradas, y continuaron el camino hacia Segovia contentos de haber salvado el peligro.

Los carlistas concentrados en esa ciudad eran más de cinco mil, y aunque sus deseos de defensa eran vehementes, convinieron en abandonarla por falta de recursos y subsistencias.

A esa decisión llegaron tras mucha discusión entre ellos, pero enterados de que una columna liberal se acercaba desde el puerto de Navacerrada y La Granja con gran tren de artillería, Zaratiegui se resolvió a dejar la ciudad con celeridad, sin que nuestra caballería pudiera causar daños de consideración a su retaguardia por haberse retardado demasiado.

La Primera Guerra Carlista


Por esta razón, los carlistas pudieron rebasar el Duero sin sufrir bajas, y se acantonaron en Peñaranda.

Pero Zaratiegui pronto se dio cuenta de que las tropas liberales no pasaban de Aranda, y, aprovechando esa inacción, se decidió a imponer el pendón de su rey en aquellas partes de Castilla la Vieja que nos veíamos obligados a abandonar por defender Madrid.

Eso dio a los carlistas más voluntarios y nuevos prosélitos captados en los pueblos de la Ribera del Duero, que se unían a Zaratiegui en una ola imprevista de entusiasmo por la misma causa que, hasta entonces, habían combatido.

Pero España y los españoles somos así, y no voy a descubrirlo ahora: hoy blanco, mañana negro y pasado mañana gris, porque nuestros amores alternan con los odios y las indiferencias, como las mareas.

La audacia de Zaratiegui le llevó a caer sobre Valladolid y entrar en esa ciudad, donde el ayuntamiento y el obispo se pusieron a sus órdenes, aunque la guarnición del fuerte de San Benito resistió dignamente y se negó a rendirse.

Estando allí, Zaratiegui recibió orden del rey carlista -que aún no sabía que su general había tomado Valladolid- de doblar la cordillera por Almazán y Sigüenza para unirse a la Expedición facciosa que se hallaba en las inmediaciones de Guadalajara y se acercaba a Madrid.

La polémica acción de Nebreda.

Eso debió de ser a mediados de agosto, que fue cuando yo entré en Guadalajara con la caballería y la vanguardia, poco antes de que, a medianoche, lo hiciera el grueso de la fuerza, que llevaba ese día en los pies más de once leguas de marcha con el estómago casi vacío.

Al poco de llegar, recibí instrucciones del subsecretario de la guerra, Pedro Chacón, para que, por orden de María Cristina, acudiese con rapidez a la corte, dadas las críticas circunstancias que se vivían.

Así lo hice, y cuando entré en Madrid acudí al instante a palacio, donde encontré muy abatida y asustada a la regente, a la que tuve que animar hasta que recuperó la esperanza.

Para infundirle más ánimo, hice desfilar a la brigada de la Guardia delante del Alcázar, y ella presenció el desfile desde un balcón acompañada de las infantas.

Esa misma tropa fue en la que poco después, estando acantonada en Aravaca y Pozuelo, se sublevaron los oficiales, lo que casi hunde toda resistencia.

Por ventura, a última hora el gobierno cayó y -mostrando la prudencia que el momento exigía- pude acabar el motín a tiempo de impedir el zarpazo decisivo de la infame facción.

El dilema que se me presentó no era fácil, pues, por una parte, no se podía dejar sin castigo, pero por otra, estando el enemigo en puertas, un exceso de represión podía dejar a muchas unidades de primera línea sin mandos, lo que hubiera sido funesto para la defensa de Madrid.

Por no comprometer mi autoridad en ese dilema, dejé el asunto en manos de María Cristina, que era hábil en ese tipo de manejos y estaba influida por Van- Halen, que era general de mi confianza.

La regente instó al gobierno para que, en previsión de evitar males mayores, fuese indulgente con los que faltaron al orden y la disciplina, dada la urgencia del momento.

Eliminado ese problema, proseguí con las operaciones, y avisado de que los carlistas estaban en Almazán, salí de Torrelaguna hacia Cogolludo, donde a finales de agosto emití una proclama a la tropa.

En ella, sin morderme la lengua, acusé a los partidos, que con diferentes formas aspiran al poder, de querer desunir al ejército para colmar su ambición, aunque eso supusiera convertirse en agentes del cabecilla rebelde. Terminé pidiéndoles lealtad a la divisa que habíamos jurado defender.

Después de dar un respiro a las unidades, agotadas por el calor y la escasa ración, proseguí hasta Daroca, donde me reuní con Oráa.

Allí supe que el rey carlista se hallaba en Calamocha con diecisiete batallones, más de mil caballos y artillería.

Inmediatamente, precedido de las tropas de Oráa, decidí lanzarme sobre el cuartel general rebelde, aunque carecíamos absolutamente de recursos para impulsar las operaciones, y las tropas estaban descalzas, en estado deplorable de desnudez, pues la última remesa de zapatos era de calidad detestable y pequeños para los soldados de la división de la Guardia.

Pero no era momento para titubeos ni quejas. Había que marchar contra el enemigo, y lo hicimos. De los generales carlistas, sólo Cabrera, ese tigre sarnoso, me preocupaba, porque le creía capaz de todo.

¡Cómo me hubiera gustado apresarle para hacerle pagar de una vez sus crímenes!

Es cierto que, miserablemente, Mina y Nogueras autorizaron el fusilamiento de su madre, pero luego él ha rebasado con creces cualquier medida de humana venganza con los prisioneros, e incluso con mujeres y niños que han tenido la desgracia de caer en sus manos.

Es un fanático rencoroso, retrógrado y miserable, aunque reconozco su sagacidad táctica y su conocimiento del terreno, lo que hace muy difícil batirle.

Pero nunca le consideré un militar, y no puedo tratarle como tal. Si le cogiera vivo, lo encerraría en una jaula, igual que hicieron los absolutistas con el pobre Empecinado, para exhibirle como la fiera que es por toda España antes de ahorcarle.”

Pero con todo, Madrid no pudo ser tomada a pesar de la cercanía de las tropas carlitas. Zaratiegui detuvo su avance en las Rozas, el rey don Carlos residió en Arganda, y el General Cabrera llegó hasta los muros del retiro, con el gobierno isabelino en franca descomposición la victoria parecía segura pero, ¿qué pasó?. Todo lleva a pensar que los desarreglos internos de las tropas carlistas impidieron la victoria. El hecho cierto es que las tropas carlistas inician su retirada hacía los bastiones del norte.

La retirada de Madrid supuso un duro golpe para los voluntarios carlistas, que veían escapada la oportunidad de entrar victoriosos en Madrid.

Zaratiegui por su parte, trata de cubrir la retirada de las tropas carlistas, no obstante, a principios de octubre sufre la derrota de Retuerta, al ocupar los liberales Lorenzo y Crandolet las alturas que avanzan entre Retuerta y Quintanilla.

Para conocer más.

- Un episodio de la Guerra Civil en el Ejercito de Carlos V, por D. Clemente Madrazo Escalera, París, 1840. Se puede consultar la edición digital pulsando aquí.
- Fondo del General Zaratiegui. El fondo fue cedido desinteresadamente a la Diputación Foral en 1966 por don Pedro Armero, Conde de Bustillo, quien lo poseía tras el fallecimiento de su prima doña Beatriz Manjón Zaratiegui, Marquesa de Méritos, última descendiente del General. Para consultar pulse aquí.
- Manifiesto de Arciniega, pulseaquí.
El 26 de octubre, Carlos V llegó a tierras vascongadas con el firme propósito de realizar profundos cambios en el gobierno carlista. En Arciniega, el 29 de Octubre de 1837, emite el famoso manifiesto de Arciniega, que en decir de Don Clemente Madrazo fue “el origen de todos nuestros males y verdadera caja de Pandora abierta por el inexperto y atolondrado Arias Teijeiro.”

Efectivamente, la proclama de Arciniega tendrá una vital importancia para Zaratiegui, dado que tras la misma es detenido en Urkiola y encarcelado varios meses. La proclama resumía con gran optimismo los éxitos alcanzados durante la Expedición Real, prometiendo con aún mayor euforia el futuro que esperaba a sus soldados que se verían coronados de laureles. Sin embargo, contenía  unas oscuras palabras que pocos entendieron y que decían: «Causas que nos son extrañas, causas conocidas que van a desaparecer para siempre, han dilatado por poco tiempo más los males de la patria. Pero el ensayo está hecho; se ha visto a cuanto puede aspirarse y las medidas que voy a adoptar llenarán vuestros deseos.» Quería decir que pocos días después comenzaría a destituir a los militares más eminentes con los que contaba su ejército, llegando incluso a encarcelar a algunos de ellos, entre ellos a Zaratiegui y Elio. No obstante, esas causas conocidas no fueron compartidas por todos, así el Príncipe Lichnowsky llegó a decir: "Una negligencia imperdonable, una inercia increíble que presidió todas las operaciones de aquel tiempo, he aquí la causa de nuestras pérdidas y no Zaratiegui y Elío, indignamente calumniados y encarcelados injustamente cuando volvimos a las provincias vascongadas".

Así, en 1838 Juan Antonio Zaratiegui es juzgado por un tribunal militar, correspondiendo su defensa al brigadier Don Clemente Madrazo Escalera. Los cargos que se hacen a Zaratiegui son numerosos, pero sin duda destacan la supuesta violencia ejercida en la población tras la ocupación de Segovia, la supuesta negligencia en la conquista del fuerte de San Benito en la ciudad de Valladolid, su supuesta desobediencia a los ordenes reales en el bloqueo de Madrid, y por último su escasa destreza militar en la acción de Retuerta.

En su alegato de defensa, el brigadier Madrazo manifestó lo que todo el campo carlistas sabía: el procesamiento de Zaratiegui no se debía a un verdadero ánimo justiciero, si no que era más bien una manifestación más de las rencillas entre los líderes carlistas. De hecho,  su abogado defensor no dudo en responsabilizar de todo el proceso a Arias Teijeiro,  que a la sazón ocupaba el ministerio de la guerra y la cartera de Estado. La venganza y la justificación llegó a tanto, que el propio abogado defensor no dudo en manifestar los numerosos errores procesales en la causa de Zaratiegui.

El General en sus últimos años.

Efectivamente, actuó como secretario del Consejo de Guerra don José María Álvarez Arias, que no siendo oficial no podía haber desempeñado dicho cargo, y que además no realizó el juramente de obrar con fidelidad en lo actuado. Con todo, el mayor inconveniente del abogado defensor fue el no poder hablar con su defendido, pues preso en Arciniega, nunca pudo conferenciar con él, dándosele además escaso días para preparar la defensa, e impidiéndole el acceso a toda la documentación necesaria.

Así que la defensa se tuvo que preparar con la simple lectura de los autos, sin que ni siquiera se aceptaran las testificales propuestas por la defensa. De los cargos, todos resultaban banales e infundados, pues nada tuvo que ver Zaratiegui en el comportamiento de sus soldados, ni se acreditó falta de pericia en sus maniobras militares, ni incumplió en ningún momento las órdenes emitidas por don Carlos.

Como explica el príncipe Lichnowsky, Zaratiegui y Elio fueron indignamente calumniados e injustamente encarcelados porque:“si Zaratiegui y Elio hubieran tenido noticia de la proximidad de las fuerzas del Rey, hubieran defendido a toda costa sus posiciones en Madrid”.

Si injuriosos fueron los cargos contra el general, injurioso fue todo el proceso lleno de trabas, trampas y testigos falso y contradictorios. No obstante, su defensa aunque no logró evitar la condena, si logró la exculpación de los cargos más importantes. De cualquier forma, tras su condena Zaratiegui fue liberado en 1839 y nombrado ayudante de campo de don Carlos con el que, tras el Convenio de Vergara, marchó al exilio francés.

Firma del general

Vuelto en 1849  a España, le son reconocidos los grados obtenidos en el campo carlista. En 1868 es ascendido a Teniente General y nombrado Director General de la Guardia Civil. Tras la revolución "Gloriosa" de septiembre de 1868, ya anciano, ofrece sus servicios a Carlos VII quien le encarga del levantamiento de Andalucía como Capitán General de Sevilla y Granada, muriendo antes de conseguirlo.

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