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miércoles, 12 de mayo de 2010

Desde la tolerancia hasta el exterminio


LOS PELDAÑOS DE LA REVOLUCIÓN LIBERAL

Tuve la gracia de conocer a un viejo cura, de esos de la antigua escuela: sabedor de latín y griego. De los de sotana y boina, lector de "El Alcázar" -pues el "ABC" le parecía liberal. Vivía en la collación de San Ildefonso de la ciudad de Jaén, guarda y defendimento de los Reynos de Castilla. Cuando se celebró el Concilio Vaticano II aquel clérigo no podía -declaró públicamente entre los cabales- imaginarse él que se darían tantos cambios -"revolucionarios"; y dicha palabra la pronunciaba apagando la voz, como si Moscú tuviera orejas en aquel cuarto que tomábamos como lugar de nuestra tertulia. Y es que, a veces, en la trastienda de un comerciante de ultramarinos el cura venía a la tertulia. Hasta allí se llegaba el médico, y se departía en buena compaña.

El médico era un hombre ilustrado, que no se conformaba con honrar el juramento hipocrático, sino que honraba a las Musas, pues presumía de ser amigo y lector de D. Pedro Laín Entralgo; era, pues, de los de ese gremio de Galeno que no dejaba reposar libros de Historia, de Filosofía y, alguna que otra vez, otra novela que otra. Con esa anchura de miras que creía tener, el médico -sin ser ateo- solía picar al sacerdote, reprochándole la estrechez mental de que hacía gala el tonsurado.

-Franco ha muerto (nos lo dijo Arias Navarro), ¿es que usted no se quiere enterar? ¿Por qué se empeña usted, Don Santiago, en ser tan intolerante? Hay que abrirse al mundo, hay que reconocer que España ganaría mucho admitiendo otras confesiones, otros partidos políticos, otras formas de entender la vida y el mundo. Hágame caso, Don Santiago, hay que celebrar todo lo que estamos adelantando en convivencia y tolerancia.

¿Qué le contestaba el sacerdote? Dicen los asiduos de aquella tertulia que, invariablemente, tarde tras tarde, el cura había repetido la misma respuesta a esa censura del médico. Ahora -a estas alturas- saben todos los que lo escuchaban que, aunque el metal de su voz solía ser dulce para sus feligreses, no en vano adoptaba una voz tronante para decir:

"El principio liberal empieza por pedir un puesto modesto, el de la tolerancia, para lo que no invoca más que la benevolencia. Está triunfante la unidad religiosa, por ejemplo, en un pueblo latino; esa unidad religiosa ha contribuído a formar la unidad nacional, ha sido el factor esencial de ella; el principio disidente, el principio opuesto a esa unidad, empieza por pedir nada más que un puesto subalterno, el puesto de la TOLERANCIA; invoca la benevolencia, y dice a la unidad: Si tú eres la verdad, ¿por qué temes la contradicción? Déjame un lugar modesto, tolérame, como se tolera un mal. Este es el primer peldaño. Después, cuando ya se ha otorgado la tolerancia, cuando la benevolencia ha llegado hasta ese punto, pasa algún tiempo, y el principio que no pedía más que la tolerancia, dice: Eso de la tolerancia es reconocerme como un mal; yo he prosperado todo lo que tú has disminuído; invoca la IGUALDAD; ¿por qué no me reconoces una igualdad semejante a la tuya? Y como poner el error al nivel de la verdad es poner la verdad al nivel del error, es natural que, después de haberlos puesto en un pie de igualdad, venga el error a pedir como consecuencia la neutralidad del Estado entre las fuerzas que luchan.

"Pero ya el error no se detiene en ese grado: Tú has descendido todo lo que yo he ascendido; a mí me ha robustecido la ascensión y te ha debilitado a ti; yo simbolizo el progreso, y tú, que has bajado, representas la reacción; nada de igualdad entre los dos, venga el privilegio en favor mío. Y así, el error, que empezó pidiendo la tolerancia y siguió demandando la igualdad, pide después el PRIVILEGIO. Y, como todavía eso no basta, cuando se ha llegado a otorgar el privilegio, las exigencias del error no terminan; por eso se encara con la verdad y le dice: Tú has seguido descendiendo, has seguido bajando por todos esos peldaños, el de la tolerancia y el de la igualdad; venga para mí el último, el peldaño del MONOPOLIO. Y en seguida el monopolio político tratará de convertirse en monopolio social; y después de haber medido las resistencias orgánicas que la verdad puede presentar, dirá: Basta ya de monopolio; ha llegado la hora del exterminio. Y proclama desde las alturas del poder la era de la persecución, que es la última progresión ascendente de todo aquello que había empezado por cosa tan pequeña, al parecer, como pedir un puesto subalterno al lado de la verdad."

Aquel sacerdote había aprendido de memoria este pasaje de uno de los discursos de Juan Vázquez de Mella. Este es el itinerario del liberalismo, en cualquier etapa de nuestra Historia o de la Historia de cualquier otro país.

Recordad su modus operandi, sus peldaños:

TOLERANCIA... IGUALDAD... PRIVILEGIO... MONOPOLIO (POLÍTICO Y SOCIAL)... Y, última estación: EXTERMINIO.

Si leyéramos y releyésemos a Juan Vázquez de Mella, honrándolo como él quisiera ser honrado, esto es: teniéndolo presente como cumbre del pensamiento de la Tradición, no nos sorprenderían tantas cosas.

Vázquez de Mella tendría que ser lectura obligatoria en todos los grupos contra-revolucionarios.

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