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martes, 14 de octubre de 2008

"LA SÖNDERBUND: LAS RESISTENCIAS SUIZAS A LAS REVOLUCIONES LIBERALES", POR J.M. QUINTANA



- Rescatamos este interesantísimo artículo de la revista " Arbil ", que incluiremos en nuestros enlaces. Os dejamos un mapa extraído de la wikipedia inglesa y os recordamos la admiración que A. I. Solzhenitsyn sentía por las tradiciones sociopolíticas helvéticas.



http://www.arbil.org/(80)sond.htm



Arbil cede expresamente el permiso de reproducción bajo premisas de buena fe y buen fin
Revista Arbil nº 80
La Sonderbund: las resistencias suizas a las revoluciones liberales.
por J.M. Quintana
La Revolución Francesa va a abrir un proceso revolucionario que habrá de conmover a toda Europa: El estallido de los ciclos revolucionarios de 1820, 1830 y 1848 nos pueden dar una idea de los cambios y transformaciones que se están operando en el Viejo Continente, si bien, es importante analizar cada uno de los casos, puesto que si atendemos, por ejemplo, al caso griego o al belga, veremos que, aún dándose un componente liberal, tales movimientos responden a motivaciones diversas; así, en la revolución belga de 1830 es el deseo de independencia respecto de Holanda lo que empuja al movimiento revolucionario, un movimiento en el que el concurso y las aportaciones de los católicos son tan fundamentales. Ahora bien, en otros casos, las motivaciones, concepciones y proyectos están claramente imbuidos de las ideas liberales y radicales: tal es el caso de Suiza.
Una aproximación.
Inspirado en las concepciones de Brissot y su “Guerra de propaganda” revolucionaria, y en un contexto de bancarrota económica pero de exultante situación militar, el Directorio, reparando en los recursos suizos y en su magnífica posición geo-estratégica, se lanzó sobre el país alpino en 1797, respondiendo a las llamadas de los revolucionarios de Vaud, cantón dominado en ese momento por el de Berna. Mulhause y Ginebra ya habían sido anexionadas con anterioridad y ahora, el resto de los cantones quedaban sujetos, de grado o por fuerza, a la dominación francesa.
El 12 de abril de 1798, se proclamaba la Constitución de la República Helvética, en la que se aplicaban todos los principios revolucionarios. Sin embargo, la invasión y la aplicación de dichos principios revolucionarios fueron contundentemente contestadas por numerosos y repetidos levantamientos y sublevaciones que respondían, bien a protestas contra las medidas liberalizadoras o la subida de impuestos, bien a la defensa del catolicismo y de las tradiciones cantonales, bien, en fin, a todos estos motivos a la vez. Desbordado por la resistencia de los suizos, - especialmente intensa en los cantones católicos de Schwyz, Uri, etc. -, el mismo Napoleón tuvo que ceder y anular la República Helvética inaugurada en 1798, proclamando la llamada Acta de Mediación, el 19 de febrero de 1803, por la que se restauraba, con adaptaciones, la antigua Confederación. Pero no por devolver la soberanía a los cantones, los suizos dejaron de rebelarse, lo que nos indica que dichas rebeliones no sólo respondían a un sentimiento federalista, sino profundamente antiliberal.
Waterloo supone el definitivo fin de la era napoleónica abriendo el período de la Restauración. Ésta se materializa en Suiza, desde un punto de vista jurídico-constitucional2 con el nombre de Pacto Federal de 1815, cuyo fin es “mantener la paz y el orden en el interior” y garantizar el respeto a la soberanía cantonal y el espíritu de la Confederación tradicional.
Existía un poder central encarnado en una Dieta en la que cada cantón tiene un voto. Si antes de 1798 las decisiones habían de tomarse por unanimidad y sólo vinculaban a los cantones que las habían votado, “pues eran ellos, y no la confederación, los que ostentaban la soberanía y determinaban el contenido y la aplicación de las decisiones de la Dieta conforme a sus intereses individuales”3, ahora sí son vinculantes. No obstante, la Dieta sólo tenía competencia en algunos aspectos de la política exterior y la militar, que compartía con algunos cantones.
El Vorort era el gobierno ejecutivo federal asumido cada dos años por turno, por Zurich, Berna y Lucerna.
Existía en cada uno de los cantones un Consejo cantonal y, en algunos, especialmente los más antiguos, las llamadas Landsgemeinde , asambleas o juntas populares, formadas por hombres libres que se reunían todos los años para discutir y votar sobre los asuntos públicos.
Por su parte, podemos clasificar a los cantones en tres clases:
a) Comarcas confederadas de pleno derecho: Zurich, Berna, Lucerna, Uri, Schwytz, Unterwalden, Zug, Glaris, Basilea, Friburgo, Solenza, Schaffhausen y Appenzell.
b) Bailías o territorios de encomienda administrados de mancomún: Argovia, Turgovia, el país de Sargans y el sur del Gotardo.
c) Territorios aliados o territorios sometidos, generalmente en un plano de desigualdad respecto a los de pleno derecho, si bien, algunos de los aliados participaban regularmente en la Dieta.
Por su parte, en algunos casos, como Basilea, se había producido una división entre ciudad y comarca o campo, basadas en relaciones de desigualdad (por ejemplo, Basilea-campo tenía sólo medio voto).
Es importante señalar que las tensiones entre cantones liberales y cantones conservadores no puede translucirse una lucha entre cantones privilegiados y dominantes y cantones oprimidos y dominados que buscan su liberación: Argovia, el cantón más radical estaba sometido a Berna desde 1415, cuando se separó de Austria, pero es precisamente Berna, cantón de pleno derecho, el que se puso a la cabeza del movimiento liberal radical, al que acompañarían otros cantones de pleno derecho como Zurich, Schaffhausen o Appenzell
Por su parte, aunque la inquina protestante llevó a sus ejecutivos a mostrarse hostiles a las medidas de Lucerna respecto a los jesuitas, cuestión en la que profundizaremos, no debe olvidarse que los protestantes también fueron hostigados por los radicales y que incluso cantones mayoritariamente protestantes como Neuchâtel estuvieron generalmente predispuestos positivamente hacia Lucerna y luego se mostraron neutrales en la Guerra del Sonderbund (e incluso en 1832 habían formado parte de la conservadora Liga de Sarnen, opuesta a los proyectos de revisión constitucional llevados a cabo por los liberales).
Por su parte, tampoco podemos hablar de un enfrentamiento campo/conservadores-ciudad/liberales, puesto que Lucerna y Friburgo constituían centros urbanos con un patriciado similar al que pudiera haber en Berna o Zurich, mientras que entre los cantones liberales tenemos algunos marcadamente rurales.
En definitiva, como señala Patricia Rodríguez-Patrón, en la Suiza del S. XIX “el conservadurismo no se basa en la gran propiedad de bienes raíces o en la oligarquía militar; más bien designa la defensa de las hegemonías locales y de la autonomía cultural contra el poder central de los liberales-radicales” y, por su parte, “no todos los conservadores eran católicos, ni todos los católicos eran conservadores”.
Por tanto, no cabe interpretar, al menos a primera vista, las tensiones suizas de la primera mitad del S. XIX, como una dialéctica entre explotadores y explotados, o un enfrentamiento entre ignorantes y mediatizados campesinos y cultos y comprometidos liberales: existe sencillamente un proyecto liberal auspiciado, como en otros tantos casos, por Inglaterra, y sostenido por aquellos cantones en expansión económica (de hecho, los cantones más radicales eran también los más ricos y poblados) que ven en una Suiza sin aranceles internos, con libertad de mercado y con un poder centralizado, la forma de continuar su expansión y hacerla efectiva. Pero también hay unas profundas motivaciones ideológicas. No hay que interpretar la arbitraria confiscación de bienes hecha a la Iglesia sólo como una medida dirigida a nutrir las arcas de los cantones radicales, sino como una forma de debilitar a uno de los bastiones más sólidos de resistencia a los proyectos revolucionarios. Veremos cómo el punto de fricción fundamental girará en torno a una cuestión religiosa y cómo se pretende el control y neutralización de la Iglesia. De hecho, veremos que los radicales suizos van a recoger en la Constitución de 1874 la idea del control del Estado sobre la Iglesia, e incluso que en la de 1947 se prohíbe en Suiza el establecimiento de la Orden jesuita y sus filiales, la intervención de sus miembros en la Iglesia y en la enseñanza, pudiendo extenderse la prohibición a otras Órdenes. No deja de acertar la Dieta cuando el 16 de agosto de 1874 afirma que “las diferencias que dividen hoy a Suiza no son entre federalistas y unitarios..., sino entre amigos y adversarios de los conventos, partidarios y enemigos de los jesuitas”, entre, al fin, católicos y anticatólicos.

Hacia la Sonderbundkrieg (Guerra de la Liga separada).

Tal y como hemos ya apuntado, cada cantón poseía la soberanía y podía regirse como quisiera, por lo que no debe extrañarnos encontrar cantones con diversos modelos de organización y con distintas formas y concepciones constitucionales: así, coexistirán cantones con régimen liberal con cantones con una organización tradicional. Sin embargo, los cantones liberales, al calor de los acontecimientos parisinos de 1830, iniciaron un movimiento conocido como Regeneración, cuyo fin era revisar las constituciones de cada cantón y el Pacto Federal en orden a introducir reformas liberales. Para forzar tal proyecto revisionista, los cantones liberales crearon una alianza, el Concordato de los Siete (marzo de 1832), que sería respondida por los conservadores con la Liga de Sarnen (noviembre de 1832). Las agitaciones y enfrentamientos entre liberales y conservadores comenzaron a sucederse en Zurich, Valais, Tesino, el Jura bernés o Argovia, enfrentamientos que a veces culminaron con la instauración de gobiernos conservadores (como en Zurich) o liberales (como en Valais).
Los radicales comienzan a organizarse febrilmente y a llevar a cabo diversas iniciativas como la reunión de Baden (Argau) en 1832, en la que se propuso establecer el control de los cantones sobre la Iglesia, pretensión abandonada por la presión franco-austriaca. No obstante, las ofensivas liberales continuaron y, desde 1836, « en plena fiebre exclaustradora española », como señala Mercedes Martínez Mercader, se suceden las secularizaciones y expropiaciones de conventos y abadías: en Turgovia se secularizó el convento de mujeres de «Paradis» y en Lucerna o San Gall las autoridades radicales harían lo propio con conventos franciscanos y abadías.
El siguiente paso fue intentar controlar la educación, como ya se había apuntado en la reunión de Baden, pero los cantones católicos no se dejaron avasallar y en respuesta, abrieron escuelas que habrían de estar regentadas por la Compañía de Jesús (Schwyz en 1836, Friburgo en 1837 y Lucerna en 1844), lo cual encrespó aún más a los radicales.
En Argovia, por su parte, “cantón mixto confesionalmente, se modificó la constitución cantonal en un sentido que disgustó a los católicos”4, produciéndose una sublevación que fue duramente sofocada. El gobierno, radical, acusó a la Iglesia de haber instigado la revuelta y decretó el cierre de ocho monasterios. Los católicos de Suiza, encabezados por Lucerna, pidieron ante la Dieta la restitución de los conventos señalando que se había violado el artículo 12 del Pacto Federal que garantizaba su existencia. Los liberales de Argovia, por su parte, detuvieron a un maestro (Schleuniger) “por haber redactado y publicado una exposición que las parroquias católicas se proponían dirigir al Gran Consejo alegando su derecho sobre los bienes de los conventos suprimidos”. Era éste un derecho, el de petición, tradicional, profundamente arraigado y asumido en Suiza, y ahora, violado por los liberales.
Los liberales de Argovia incurrieron en otra contradicción cuando, a la vez que alegaban su derecho a suprimir los conventos en nombre de la soberanía cantonal, encargaban a sus representantes en el Consejo que solicitaran la supresión y expulsión de Suiza (de los, al fin y al cabo, soberanos cantones católicos que los habían admitido) de la Compañía de Jesús. De hecho, la Guerra de la Sonderbund vendría propiciada por la insistente y avasalladora actitud de los cantones radicales respecto a una decisión tomada por unos cantones soberanos cuyas medidas afectaban a éstos y sólo a éstos.
Por su parte, Lucerna, que encabezaba a los cantones católicos, sólo reivindicaba el respeto al Pacto Federal y que, en caso de no cumplirse, tal y como estaba pasando, que se salvaguardaran las libertades y autonomía de los cantones. El líder del partido católico de Lucerna y portavoz más destacado de los cantones tradicionalistas, Kostantin Siegwart-Müller, no se mostraba como un jefe intransigente o ultramontano. De hecho, el párrafo 63 de la Constitución cantonal, decía que “la dirección e inspección de la enseñanza pública están confiadas a este consejo bajo la superior vigilancia del Consejo de Estado”, es decir, que no ponía en manos de los jesuitas ni de la Iglesia el control de la educación. Además, los religiosos declararon su disposición a cumplir con lo establecido en la Constitución de Lucerna, de manera que “El 24 de octubre de 1844 el Gran Consejo de Lucerna aprobó el convenio ajustado con la Compañía de Jesús”5.
Aún así, Argovia insistía en la expulsión, lo que no era sino un ataque a la libertad de enseñanza, de los católicos y de los cantones. Aunque Argovia no consiguió más votos a su propuesta que el suyo propio y el medio de Basilea-campo, tampoco los conservadores, con sus siete votos y medio, lograron declarar como atentatoria a los derechos de los católicos la propuesta de Argovia, (dado que la hostilidad de los conservadores protestantes a los jesuitas les llevó a votar en contra).
Lucerna y los cantones católicos comenzaron a comprender que el Pacto Federal podía ser infringido en cualquier momento y que sus libertades y derechos estaban, pues, amenazados. Pero si los cantones recelaban de la Dieta, tampoco la Berna protestante estaba dispuesta a cumplir con las decisiones de ésta que pudieran afectar sus intereses, por lo que no podemos afirmar que exista entre los cantones católicos signo de rebeldía o, al menos, no más que en otros cantones. Lo que es cierto es que, “a estas alturas a nadie le extrañaría que los católicos acabaran coaligándose para exigir una completa libertad religiosa, a la que creían tener derecho” 5 .
Los “liberales” sin embargo, no cejaban en sus propósitos. Los radicales lucerneses esperaban que en las elecciones de mayo de 1844 el apoyo popular les diera el poder... Pero no fue así, y como en otras ocasiones, al no conseguirlo, recurrieron a las armas: a finales de año, se inició un movimiento en la pequeña ciudad de Willisan que pretendía extender la revuelta hasta la misma Lucerna para derribar al gobierno de Siegwart-Müller. Se pretendía hacer pasar la rebelión como un movimiento popular interno, pero lo cierto es que al cantón afluyeron revolucionarios de Berna, Argovia y Basilea, encuadrados en los llamados cuerpos francos, los cuales llegaron a tomar posiciones en el vital puente de Emme. Sin embargo, huyeron al paso de una columna de reclutas lucerneses. Por su parte, el gobierno de Lucerna pidió ayuda a las milicias de Uri, Schwyz y Unterwalden, y al protestante de Zurich, a la par que confiaban a los coroneles Maillardoz de Friburgo y Elger de Lucerna, - del ejército federal -, el mando de las milicias lucernesas que se estaban alistando por todo el territorio. Pronto, las bandas de insurgentes radicales huyeron del cantón de Lucerna, incluso antes de que muchas de las unidades aliadas y las propias de Lucerna estuvieran organizadas y en disposición de entrar en combate. Para el embajador español, López de la Torre, “lo que salvó al ejecutivo lucernés fue la lealtad y docilidad del pueblo de Lucerna”.
De nuevo, la esencial fuente de información que constituye la obra de Martínez Mercader, señala que “al tenerse conocimiento de estos hechos, el 5 de diciembre se reunió el Consejo de estado de Berna para tratar sobre el particular. Ordenó que se dirigieran a la frontera con Lucerna tres batallones de infantería, tres compañías de carabineros, dos de artillería y una de caballería. Tan precipitado alarde militar ponía a las claras que todo estaba preparado, es decir, que existía un acuerdo con la oposición antijesuitica de Lucerna” [...] “daba la impresión de que el gobierno de Berna pretendía exaltar a la población en vez de contenerla”6. El 10 de diciembre. Lucerna pidió a Berna que retirara sus tropas de la frontera.
Por su parte, el ejecutivo de Lucerna no estableció tribunales excepcionales y se inclinó a la clemencia y a la moderación con los revolucionarios propios y de otros cantones, si bien, después, se mostró contundente en los castigos con los liberales de Lucerna, acusados de ser los autores intelectuales de la revuelta, y con los jefes de las bandas (cuerpos libres) de otros cantones que penetraran en territorio lucernés. Quizás este cambio se explique por la actitud de los dirigentes radicales de Berna y Argovia que mantenían sus pretensiones revolucionarias y por la actitud abiertamente hostil del gobierno de Argovia, que mantenía en alerta a sus tropas esperando la llamada de un gobierno provisional revolucionario lucernés o cuyo Gran Consejo aprobó explícitamente la conducta del consejero Waller, uno de los jefes de las bandas extranjeras que se enfrentaran a los reclutas lucerneses en el puente de Emme.
Zurich, por su parte, que aunque protestante, se había mostrado dialogante y moderada, vio peligrar su ascendiente sobre la Suiza reformada en favor de la radicalizada Berna, de manera que solicitó a Lucerna la anulación del decreto sobre la introducción de los jesuitas: Lucerna se negó, en nombre de su independencia política, religiosa y cantonal. En previsión de una nueva embestida revolucionaria propuso a los confederados que la Dieta promulgara un decreto prohibiendo la creación de cuerpos francos y sus incursiones sobre cantones vecinos. En caso de que dicha propuesta fuera rechazada y, por tanto, la Dieta permitiera la repetición de hechos tan graves como los anteriormente vistos, el gobierno lucernés, a través de las juntas populares y de emisarios, movilizaría a todas sus milicias y a toda la población de Lucerna, en lo que se conoce como Landsturm, movilización y levantamiento masivo de la población tal y como ocurriera a partir de 1798.
La tensión era cada vez mayor y algunos cantones se organizaban para el que parecía inminente estallido de guerra civil. Berna envió a dos representantes a Zurich para asegurarse su apoyo en caso de que fuera necesario recurrir de nuevo a las armas para conseguir la expulsión de los jesuitas. Zurich, sin embargo, rechazaba el uso de la violencia e intentó llegar al mismo fin, pero mediante la convocatoria de una Dieta extraordinaria. “Ante este estado de cosas a nadie extrañó que el partido radical movilizase a todos sus efectivos para derribar al gobierno de Zurich”. Los consejeros conservadores de Berna acusaron al gobierno de estar más preocupado de subvertir el orden que de gobernar. Los liberales, coherentes con sus verdaderas ideas y actitudes, suspendieron a alguno de los oradores en el uso de la palabra.
En la Dieta extraordinaria que abrió sus sesiones el 24 de febrero de 1845, se puso de nuevo de manifiesto que “las determinaciones sobre la admisión o expulsión de órdenes religiosas reconocidas por la Iglesia católica caían en la jurisdicción de la soberanía cantonal”7. La Ley federal, por su parte, garantizaba a todos los Estados el libre ejercicio de la soberanía cantonal, invocada por Argovia cuando suprimió los conventos, derecho que ahora negaban a los cantones católicos.
Puesto que incluso cantones protestantes como Neufchâtel y el medio cantón de Basilea-ciudad, comenzaban a alinearse con las posiciones defendidas por los católicos, los radicales redoblaron su presión y virulencia, llegando a amenazar (concretamente, el representante del gobierno revolucionario de Vaud) al gobierno de Ginebra con una revolución que acabara con su ejecutivo. “Corrían rumores de entrevistas entre varios coroneles federales pertenecientes al partido radical para determinar el plan de campaña” 8. Como señalara el embajador español, en el campo radical no parecía faltar el dinero, proveniente, entre otras fuentes, de las expropiaciones hechas en Argovia a los conventos. Por su parte, diplomáticos rusos y austriacos alertaron de los preparativos militares hechos por Argovia cerca de las fronteras de Lucerna, en lo que parecía la preparación de una nueva invasión del cantón católico: efectivamente, el 24 de marzo de 1845 se inició la nueva ofensiva.
Aunque Berna prohibió a sus ciudadanos la formación de cuerpos francos, algunos compuestos por argovianos y rebeldes lucerneses penetraron en Lucerna desde su territorio... Pero de nuevo el pueblo de Lucerna y el de Unterwalden, salvaron la situación combatiendo y cercando a las numerosas bandas radicales y haciendo centenares de prisioneros, incluyendo al coronel argoviano, del ejército federal, Rothpletz. El Directorio federal había adoptado, cuando ya no era preciso, una serie de medidas para la defensa de Lucerna, cuyo ejecutivo, por su parte, desconfiaba de los emisarios enviados, - hostiles al gobierno de Lucerna y a la causa que defendía y lideraba -. De nuevo, Lucerna, a pesar de su clamorosa victoria, decidió inclinarse por la clemencia, advirtiendo a la vez de que no toleraría un nuevo ataque a sus libertades y derechos. A pesar de la derrota de los radicales y de la predisposición de los tradicionalistas a la clemencia, a pesar de la violación de leyes federales y de derechos y libertades cantonales hecha por los radicales argovianos, a pesar de todo, los representantes de Argovia pidieron de nuevo a la Asamblea la expulsión de los jesuitas. Por su parte, aunque la Asamblea reprobaba la formación de cuerpos francos, mantenía al frente del ejército federal a los mismos oficiales que los capitanearan... Y además, en la última reunión, celebrada el 22 de abril, el Directorio federal ampliaba sus poderes.
Entre tanto, muchos cantones eran testigos de una virulenta campaña y persecución religiosa, especialmente sufrida por los clérigos católicos, que eran insultados y hostigados, pero también algunos ciudadanos protestantes muy religiosos y rigurosos con la observancia del culto. Los periódicos radicales de Berna se oponían a toda influencia de la Curia romana y de la Nunciatura, lo que demuestra el carácter anticatólico y antirreligioso de la campaña, y no sólo antijesuita. A pesar de todo, el 5 de enero de 1845 entró en vigor en Lucerna el decreto de admisión de éstos en el cantón. Los ataques, entonces, se redoblaron y no sólo entre los militantes radicales, - creación de un Comité Central de la Asociación Suiza contra los jesuitas -, sino desde el mismo ejecutivo de Berna, el cual resolvió declarar inhabilitados para ejercer cualquier función retribuida en el cantón a todos aquellos individuos que cursaran sus estudios en centros educativos regentados por jesuitas, proyecto que hubo de ser retirado ante las protestas de los católicos del Jura bernés muchos de cuyos jóvenes cursaban sus estudios en el colegio que los ignacianos tenían en Friburgo.
Como algunos importantes cantones no se decidieran a tomar resoluciones excesivamente bruscas respecto a la decisión del ejecutivo lucernés, los radicales resolvieron entonces lanzarse a la insurrección armada para derribar a los, para ellos, tibios gobiernos cantonales que así actuaban: El 5 de octubre de 1845 estallaba en Ginebra una revolución que llevaba al radical James Fazy al poder, ayudado por agentes revolucionarios de Berna y Lausana y por bandas radicales del Bajo Valais, Vevey y Nion. También en Vaud el Gran Consejo decidió no atentar contra la soberanía de Lucerna en relación a su decisión de permitir la apertura de centros educativos regentados por jesuitas, ante lo cual, los líderes radicales Druey y Briatte “determinaron derribar al gobierno”9. Cuando el ejecutivo comprobó que las milicias no acudían en su ayuda se disolvió, estableciéndose un gobierno provisional revolucionario. Una de las primeras medidas tomadas por el nuevo Gran Consejo dominado por los revolucionarios fue disponer la suspensión en sus funciones a aquellos sacerdotes y pastores que se mostraran hostiles y no colaboraran con el nuevo gobierno. Estas revoluciones hicieron temer a otros cantones por su estabilidad; las agitaciones se extendieron a Berna y el 6 de enero de 1847, los revolucionarios de Friburgo se sublevaron contra el gobierno cantonal. Sin embargo, las milicias cantonales se pusieron del lado gubernamental: “se podría decir que el espíritu revolucionario radical había sido derrotado por los instintos religiosos del pueblo” 10
Por su parte, en Valais, dividido en un alto-Valais, tradicionalista, y un bajo-Valais, liberal, éstos últimos habían conseguido imponer una Constitución en 1840 inspirada en los principios liberales. Las reivindicaciones católicas dirigidas a recuperar mayor libertad para la Iglesia y el control sobre la educación, provocaron una virulenta respuesta en los liberales, estallando un duro enfrentamiento que culminó con la victoria de los conservadores y la promulgación de una nueva Constitución, el 14 de septiembre de 1844, que recogía algunas de las reivindicaciones hechas por el clero. En Zurich, los radicales asumían el poder, así como en Soleure, mientras que en San Gall el apoyo a una y otra tendencia estaba equilibrada.
La atmósfera era tensa y en cualquier momento se esperaban nuevos movimientos revolucionarios cuyo objetivo principal, como ya había ocurrido, sería Lucerna. Los cantones católicos, temiendo que el siguiente ataque no partiera de bandas revolucionarias sino del mismo ejército federal y de los gobiernos revolucionarios de los cantones radicales, formalizaron una Liga de defensa mutua, “hecha conforme a las antiguas alianzas”: el 11 de diciembre de 1845 nacía, así, la Sonderbund, si bien, su reconocimiento no se hizo público hasta junio de 1846. La Sonderbund estaba formada por los cantones de Lucerna, Uri, Schwyz, Unterwald, Zoug, Friburgo y Valais.
“Basilea y Neufchâtel no consideraban a la Liga como contraria al derecho”, pero la Dieta en la sesión del 9 de agosto de 1847 decretó su disolución. La prensa radical aguijoneaba al gobierno federal exigiendo una actuación drástica, pero “la indiferencia del pueblo en los cantones liberales” retenía a muchos de actuar con mayor dureza, dado que “los jefes radicales sabían que sin el apoyo de la población resultaba imprudente atacar a los cantones coaligados” y que las juntas populares por distritos iban a resistirse al inicio de hostilidades. Por eso los radicales y los liberales, paradójicamente, no fueron partidarios de someter las decisiones a las asambleas generales del pueblo.
A pesar de todo, el 4 de noviembre de 1847 la Dieta ordenó proceder contra la Sonderbund, movilizando al ejército federal, - que sumaba 100.000 hombres -, frente a las milicias católicas del Sonderbund formadas por 30.000. Si tenemos en cuenta que “los radicales tenían en sus filas a los cantones más poblados, ricos y mejor provistos de material bélico”, no debe extrañarnos que para el 30 de noviembre de 1847 la Sonderbund hubiera sido ya vencida.
Con su victoria, los radicales mostraban dramática, pero claramente, su verdadera cara: “A medida que el ejército federal ocupaba un cantón, expulsaba a los jesuitas” y lo que es más significativo, también a los restantes religiosos. Se impusieron a las poblaciones vencidas gobiernos provisionales de corte liberal cuyas primeras medidas consistieron en suprimir órdenes religiosas e instituciones benéficas secularizándolas, siendo habituales los saqueos de sus bienes. Después decidieron que era más adecuado exigirles fuertes sumas de dinero para sufragar los gastos de guerra y mantener las unidades militares que ocupaban los cantones que formaran la Sonderbund. Ante las protestas de Roma, la actitud de la Dieta fue simplemente ignorarlas y sólo las recomendaciones británicas, - cuyo gobierno había sido el principal promotor de la causa liberal, entre otras cosas por cuanto suponía la creación de un marco librecambista -, moderaron un poco a los revolucionarios. Sin embargo, si tras la invasión de Lucerna por bandas revolucionarias, su ejecutivo se mostró más bien clemente, ahora los radicales “trataban sin gran miramiento a los vencidos” y se negaban a conceder la amnistía que el gobierno inglés recomendaba.
“La obra de la revolución se hallaba ya casi concluida”. Las reformas políticas fueron aceptadas sin apenas resistencia, si bien, las reformas religiosas fueron fuertemente contestadas hasta el punto de sumir en la inestabilidad a los ejecutivos revolucionarios. El 12 de septiembre de 1848 se promulgaba una Constitución federal y se establecía la capital, significativamente, en Berna.
Como solía ocurrir, el resultado del triunfo de la revolución fue la centralización, la implantación del liberalismo económico y del sistema de representación liberal... Pero también, un virulento anticatolicismo: Cuando el Concilio Vaticano I proclama el dogma de la infabilidad del Papa, se desencadenan nuevas agitaciones radicales que culminan con la expulsión del nuncio y la ruptura de relaciones con Roma. Con la Constitución de 1874, que se adopta dentro de la atmósfera de la Kulturkampf11 -, esa tendencia se acentúa al articularse medidas contra el Syllabus, prohibirse la fundación de nuevos conventos y amenazar a las órdenes religiosas con ser prohibidas en caso de que fueran declaradas un peligro para el Estado, sin olvidar que la creación de nuevos obispados dependía de la aprobación por las Cámaras.
Sin embargo, los cantones que formaran la Sonderbund “permanecieron fieles a sus tradiciones católicas” 12defendiendo la libertad de la Iglesia.
Conclusión
Tenemos, pues, como ya adelantamos anteriormente, que la Sonderbund es la respuesta, defensiva, a los ataques políticos y militares de los liberales radicales.
Los cantones católicos actúan siempre con arreglo a la ley, defendiendo lo que consideran sus derechos y libertades tradicionales.
No debemos olvidar que, en el caso de las rebeliones de los católicos, el fin no es sino corregir los excesos u ofensas que consideraban habían cometido los ejecutivos liberales, mientras que el fin de las revueltas radicales es derribar gobiernos y establecer ejecutivos revolucionarios cuyos representantes en la Dieta habrían de forzar, a su vez, la intervención contra los cantones conservadores. Dicha intervención violenta se dio en diversas ocasiones constituyendo la Sonderbundkrieg el clímax del intervencionismo federal en los asuntos de los cantones.
Ya vimos que no es una guerra entre ricos y pobres, explotadores y explotados, campesinos ignorantes y cultos ciudadanos, entre separatistas y centralistas: es sencillamente la lucha entre los que quieren conservar sus tradiciones y defender la religión y los que, con la centralización, sólo buscan imponer a todos los suizos los modelos liberales y las concepciones progresistas.
En definitiva, la Sonderbund respondió a motivaciones puramente defensivas de unos católicos y unos cantones que veían peligrar sus libertades a manos de un voraz y virulento liberalismo. Quizás, junto a vandeanos y chouanes, carlistas y cristeros, la Sonderbund, con las necesarias matizaciones, - no olvidemos que el presente artículo no constituye sino una aproximación al tema -, constituye uno de los movimientos populares más importantes en la defensa del catolicismo y la Tradición.
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J.M. Quintana

Notas

[1] Feliciano Páez Camino Bélgica, hoy Cuadernos del mundo actual nº 25 Historia 16
[2] M. García-Pelayo, Pág. 529
[3] García Pelayo, M. y Rodríguez-Patrón, P.
[4] Suiza en la Europa de... Pág. 88
[5] Ibíd. Pág. 105.
[6] Ibíd. Pág. 109.
[7] Ibíd. Pág. 121
[8] Ibíd. Pág. 126
[9] Ibíd. Pág. 144
[10] Ibíd. Pág. 147
[11] El Senado suizo Pág. 6
[12] Suiza en la Europa de...Pág. 191

Bibliografia

García-Pelayo, Manuel Derecho constitucional comparado Alianza Universidad
Gil Pecharromán, Julio La Europa de 1848 Cuadernos de Historia 16, ni 95
Martínez Mercader, Mercedes Suiza en la Europa de los nacionalismos (1840 – 1874) Interlibro
Rodríguez-Patrón, Patricia El Senado suizo en Cuestiones constitucionales núm. 4 enero-junio 2001 (este trabajo forma parte del proyecto de investigación “La reforma del Senado” dirigido por el profesor Juan José Solozábal Echavarría) En Internet

Advertencia:

Toda frase o párrafo entrecomillado está tomado literalmente de la obra de Mercedes Martínez Mercader Suiza en la Europa de los nacionalismos (1840 – 1874)

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