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lunes, 15 de noviembre de 2010

Una ecuación del Universo sin Dios

Entre los asombrosos talentos de Stephen Hawking, formidable físico matemático, se cuenta el de convertir en best-sellers libros que no entiende casi nadie.

Tal fue el caso de Historia del tiempo, una obra que se encuentra sólo al alcance de algunos investigadores de punta. Pese a todo, la obra se vendió por millones. Alguna rara conjunción astral, algún recóndito pliegue del universo, se oculta detrás de este fenómeno, ya que Roger Penrose, coautor junto a Hawking, en paridad de fuerzas, de importantes aportaciones a la física, obtuvo hace veinte años un éxito de ventas histórico con un libro titulado "La nueva mente del emperador".

Comprender "La nueva mente" exigía dominar el teorema de incompletitud de Gödel, saber sicología cognitiva, y un montón de mecánica cuántica. Poquísimas personas reúnen estas tres condiciones. Ello no impidió, no obstante, que el libro se disparara en las listas. El último lanzamiento de Hawking, "El gran diseño", escrito con el divulgador de la ciencia Leonard Mlodinow, va camino de superar los récords anteriores. Esta vez la clave del llenazo no es misteriosa. Dios interesa a casi todo el mundo. Mucha gente se pregunta si es necesario invocar la intervención de un agente sobrenatural para explicarse la existencia del hombre. Los autores pretenden que la ciencia proporciona una respuesta a estas cuestiones, y han servido al público un producto de mucho gancho: el equivalente metafísico a "Todo lo que usted quiso saber sobre el sexo & no se atrevió a preguntar", el manual de Reuben que hizo furor en los 60 y que Woody Allen parodió en una película. Una fórmula infalible, arrasadora.

El libro, por desgracia, es un fiasco, y también un lío. "El gran diseño" es un apresurado cóctel filosófico en que, a la interpretación de la mecánica cuántica conocida como «interpretación de Copenhague» -nada realmente nuevo: se formuló a finales de los años 20-, se añaden dosis considerables de idealismo y un aparato científico que a veces se explica con brillantez, otras no tanto, en la que se hace al lector la cortesía de no emplear ecuaciones, y donde se nota demasiado la mano pesada, la tosca técnica literaria, de Mlodinow.

Quién creó a Dios

El principal propósito de los autores es refutar el deísmo, cuya enunciación más célebre nos envía al argumento del reloj y del relojero: nadie que se tropezara con un reloj en el desierto podría dudar de que ha tenido que construirlo un relojero. El relojero, por supuesto, es Dios. El argumento, en su estructura nuclear, es viejísimo (véase Cicerón: Sobre la naturaleza de los dioses, II, 35), y los motivos para no aceptarlo también lo son. D`Holbach, un comecuras terrible que tuvo el acierto escénico de morirse el mismo año en que asaltaban La Bastilla, los resumió diciendo que la pregunta se desplaza, no se resuelve: en efecto, sigue en pie el enigma de quién ha creado a Dios. D’Holbach sugiere, igualmente, que la pregunta sobre el origen de todo carece de respuesta. Hawking es menos prudente.

Algunos físicos contemporáneos han resucitado el argumento del relojero a través de lo que se conoce como el Principio Antrópico. El principio se puede desglosar en dos puntos. Uno: desafía a la estadística que las leyes del universo sean justamente las que se precisan para que estemos aquí para contarlo. Dos: hay que buscar una explicación. Para los creyentes, esa explicación podría ser Dios. No es seguro, dicho sea de paso, que lo que se plantea el Principio Antrópico tenga sentido. Por ejemplo: tiene sentido que me pregunte por qué la mujer a la que adoro me ha elegido entre otros cien pretendientes. No que me pregunte por qué me ha tocado el gordo de Navidad.

Hawking no adopta esta cautela y aporta una impugnación del deísmo remozado invocando la Teoría M. Ahorraré detalles al lector: la teoría establece que el universo es un enorme objeto cuántico, y que, como corresponde a todo objeto cuántico, ocupa muchos estados posibles, de los que el universo que medimos es sólo uno entre un número casi infinito de universos alternativos y por lo común inhabitables para la especie. No hay que apelar, por tanto, a la premeditación inteligente, ni a la existencia de Dios, para entender por qué las leyes de la naturaleza están sintonizadas de tal modo, ¡oh maravilla!, que la vida humana es posible. En efecto, las leyes naturales podrían ser de otra manera. De hecho, lo serán para otros observadores.

Filosofía dudosa a un lado, conviene añadir que, según señaló el propio Penrose en una reseña muy ácida (Financial Times, 4-9-2010) la Teoría M es conjetural, un gadget especulativo que se sabe cuánto durará. «Creo porque es absurdo», afirmó Tertuliano refiriéndose a la resurrección de Cristo. «Creo poder decir con certeza que nadie entiende la mecánica cuántica», escribió Feynman, el gran héroe del libro. Vaya lo comido, por lo servido.

Álvaro Delgado Gal|ABC

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