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lunes, 2 de noviembre de 2009

Derecho divino y Legitimidad del poder


El hombre no ha sido criado para vivir solo, que su existencia supone una familia, y que sus inclinaciones tienden a formar otra nueva, sin lo cual no podría perpetuarse el linaje humano.

Las familias están unidas entre sí con relaciones íntimas indestructibles; tienen necesidades comunes, las unas no pueden ser felices, ni aun conservarse, sin el auxilio de las otras, luego han decidido reunirse en sociedad.

Ésta no podría subsistir sin un orden, ni el orden sin justicia, y tanto la justicia como el orden necesitan de una guarda, de un intérprete, de un ejecutor: éste es el poder civil. Dios, que ha criado al hombre, que ha querido la conservación del humano linaje, ha querido por consiguiente la existencia de la sociedad y del poder que ésta necesitaba: luego la existencia del poder civil, es conforme a la voluntad de Dios, como la existencia de la patria potestad; si la familia necesita de ésta, la sociedad no necesita menos de aquél; luego también el poder civil emana de Dios, no solo por ser éste fuente de todo dominio, sino también por haber dispuesto su existencia en sus supremos designios.

Pero no se entienda que todo príncipe es constituido por Dios. Los teólogos no hablan de ningún príncipe en particular, sino de la misma cosa, es decir, de la potestad misma. Éste es el derecho divino que la sociedad recibe inmediatamente de Dios, y que de ella se traspasa por medio legítimos a la persona o personas que lo ejercen. Para que el poder civil pueda exigir la obediencia, es necesario que sea legítimo, que la persona o personas que lo poseen lo hayan adquirido legitimamente.

La legitimidad la determinan y declaran las leyes de cada país, y por lo mismo el órgano del derecho divino es la ley. Decía Santo Tomas, que las leyes injustas pueden serlo de dos maneras: o por contrarias al bien común, o por su autor o forma, y que en ningún caso deben ser acatadas.

Resistir al poder cuando éste es ilegítimo, era doctrina universalmente reconocida, pero según los doctores de la Iglesia, necesitábase para que la insurreción fuese legítima y prudente que aquéllos que la intentasen estuviesen seguros de la ilegitimidad del poder, se propusiesen sustituirle un poder legítimo, y contasen además con probabilidad de buen éxito.

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