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domingo, 14 de abril de 2013

DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE LA CORONA DE LAS ESPAÑAS, POR SMC DON JAVIER I DE BORBÓN



Mis leales consejeros:
He visto con gran atención los distintos informes que se han concretado en la ponencia que me acabáis de leer y he oído con verdadera emoción.
Comprendo perfectamente vuestras ansias. Son ya dieciséis años casi, desde que me nombró Regente nuestro llorado Rey Don Alfonso Carlos (q.s.g.h.) y desde que juré ante su cadáver cumplir esta tan gloriosa y difícil misión de mantener enhiesta la Bandera Carlista, nobilísima.
Entonces, en 1936, teníamos derecho a esperar que la victoria nuestra contra la revolución roja diera paso a la Regencia legítima. Los acontecimientos han sido contrarios. Vosotros, mi querido Jefe Delegado puesto por el Rey hace dieciocho años, y vosotros los miembros de la Junta, los Jefes regionales y provinciales, los Consejeros nacionales y todos los que formáis nuestros cuadros sabéis bien de los heroicos sacrificios con que me habéis asistido en este largo y duro período del interregno.
Os profeso el mayor agradecimiento y guardo en mi alma la admiración a vuestra acrisolada lealtad.
Hoy, aquí reunidos en la capital del principado, en este magnífico Congreso Eucarístico, unidos en Comunión con Nuestro Señor Sacramentado, quiero hablaros con todo el sentido de mi responsabilidad.
La autoridad soberana requiere para su ejercicio, cuanto más para su instauración, la concurrencia de la sociedad y la colaboración de sus hombres representativos.
Huérfanos los pueblos de legítima autoridad, acaban por ignorar su propio bien, cuando no lo rechazan a la manera de aquel que pedía cayera sobre sus cabezas la sangre del Justo.
La Comunión Tradicionalista, la genuina representación ideal de España, por lo mismo que cifra la salvación de nuestra sociedad en la restauración de la dinastía titular de la Monarquía legítima, tiene el claro concepto de lo que significa la proclamación del Rey; Rey de derecho. Rey de derecho no es la frívola significación de lo que el vulgo llama Pretendiente. Rey de derecho es una bandera de justicia, un programa de reivindicación, un paladín de causa noble, una promesa de salvación. Pero además es un ejemplo y una vida de hondos sacrificios, totales renunciadores, línea y camino, de padres a hijos, de servicios y trabajos.
Mientras, la victoria inicia rutas de superación de todas esas abnegaciones.
Hasta entonces Yo no paso de ser, pues que así lo pedís y así lo impone mi deber jurado, más que Rey de los Carlistas, Rey de la representación ideal de España, Rey de la Monarquía ideal.
Fijaos bien que al aceptar la Realeza de Derecho de España no hago sino radicar en Mí la suma copiosa de deberes sagrados que a mis mayores unió a esta noble nación.
Las revoluciones han borrado de las conciencias el concepto de la realeza legítima y de las obligaciones del pueblo. Sin oportunas circunstancias y preparación adecuada, una proclamación de derechos al trono puede ser inoperante cuando no contraproducente. Esa es vuestra labor. Como tarea Mía, ultimar trámites que estimo necesarios. Quedan de este modo diferenciados estos dos momentos: Mi resolución a vuestro ruego de asumir el Derecho Real vacante y el de su promulgación oficial y juramento con mi hijo, llamado a heredarme, y que ahora está impedido de concernir.
Para el mismo escribo una carta de la que haga depósito en manos de Mi Jefe Delegado, que es ya el documento auténtico de Mi acuerdo; suficiente, él sólo, para asegurar la sucesión legítima de nuestra Monarquía si durante estos trámites, no obstante que sean breves, Dios Nuestro Señor quisiera cortar mi vida que a Él, en su Divina Realeza, ofrezco en holocausto por esta Su Causa.
Con el corazón repleto de emociones que vuestra lealtad me causa, como Rey vuestro y en camino, tan penoso como sea menester, para serlo de todos los españoles, os invito a laborar sin desaliento hasta la victoria y la salvación.
Barcelona, 31 de mayo de 1952

Francisco Javier de Borbón




DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE LA CORONA DE LAS ESPAÑAS, POR SMC DON JAVIER I DE BORBÓ.

TOMADO DEL PORTAL "AVANT" DE NUESTROS VALIENTES CARLISTAS VALENCIANOS.

miércoles, 4 de abril de 2012

La Cruzada de 1936 a debate

Ventana externa
Muy interesante programa de Lágrimas en la Lluvia analizando la Cruzada Nacional de 1936 con presencia del profesor Miguel Ayuso Torres Presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, frente cultural de la Comunión Tradicionalista.

"Aquel 18 de julio se produjo una legítima sublevación contra un poder tiránico, sectario y antiespañol. Es una asignatura pendiente el saber distinguir entre lo legal y lo moral. Y es moral y acorde con nuestra santa Fe católica el tiranicidio y el alzamiento contra los poderes ilegítimos. La República, nacida paradójicamente de unas elecciones municipales en las que los republicanos no obtuvieron ni siquiera la mayoría, fue consecuencia de la cobardía de una dinastía usurpadora que se desentendió del futuro de España. Las mismas izquierdas que tanto decían defender la legalidad republicana no tuvieron reparo en alzarse sangrientamente contra ella en 1934 ante el resultado adverso de las urnas. Pero hoy día, por culpa de las derechas burguesas, la izquierda ha elevado a dogma democrático que los levantamientos armados de las izquierdas son revoluciones populares y si esos levantamientos son de signo patriótico y religioso son golpes de Estado".

Fragmento: Comunicado de las JTE, Julio de 2003
67 AÑOS DESPUÉS: FIDELIDAD AL 18 DE JULIO

martes, 21 de febrero de 2012

Movimiento Imperial Ruso


El Profesor José Miguel Gambra, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, recibió el pasado jueves 16 de febrero al periodista Dimitri Sawin, representante del Movimiento Imperial Ruso.

El señor Sawin expuso al profesor Gambra el ideario y actividades de su movimiento, así como su constante lucha contrarrevolucionaria y la persecución que por este motivo padecen sus miembros.

Durante la reunión, que tuvo lugar en un ambiente agradable y una atmósfera de entendimiento mutuo, se discutieron aspectos prácticos e ideológicos de ambas instituciones, así como la situación política en España y Rusia. 

Dimitri Sawin habló sobre los principios ideológicos del Movimiento Imperial Ruso, la posición de los rusos en la Rusia moderna, el papel destructivo de Putin, y su régimen genocida, y el papel de los monárquicos rusos en la resistencia rusa moderna.

Por su parte, el profesor Gambra describió brevemente los principios fundamentales del movimiento carlista, con especial énfasis en las diferencias fundamentales entre la ideología de los tradicionalistas españoles frente a Franco y los nazis. El profesor Gambra, asistido por Eduardo Corchero, explicó al visitante el ideario carlista y la historia y actividades presentes de la Causa, entregándole diversos materiales al respecto. Se habló de la ya vieja colaboración de los monárquicos rusos con el Carlismo, ya desde la Primera Guerra en 1833, pasando por la condición de oficial de la Guardia Imperial Rusa del Rey Don Jaime III (1909-1931) y la participación de rusos blancos en la Cruzada española de 1936, casi todos en las filas del Requeté.

Después de las conversaciones, ambas partes señalaron la similitud de la plataforma ideológica del Movimiento Tradicionalista Imperial de Rusia y los tradicionalistas carlistas. También se acordó, en principio, a la posibilidad de la cooperación de los monárquicos rusos y españoles en los ámbitos político, cultural y educativo. Ambas partes expresaron el deseo de que esa cooperación se convierta en colaboración permanente y activa.

Agencia FARO

viernes, 17 de febrero de 2012

Los Círculos Carlistas: vida comunitaria... y conspiración

 
(Peña España, el histórico Círculo Carlista de Vila-Real)

Durante el larguísimo período de la Revolución, fueron los Círculos Carlistas refugio de lo más integro y puro que había en España. Eran, por lo general, locales muy modestos y recatados que contrastaban elocuentemente con los confortables Casinos de la burguesía liberal y con las revueltas y pringosas mal llamadas "casas del pueblo".

Los Círculos Carlistas solían adornarse un poco infantilmente con aire pueblerino, fuera de las exigencias de la moda francesa o inglesa que imperaba. Lo más frecuente era que dominasen los motivos heráldicos, en los que se multiplicaban flores de lis y boinas bermejas. Su iconografía era siempre religiosa y militar. Cuadros de Santos y Caudillos, románticas y descoloridas litografías de guerrilleros y de escenas de batallas y vivacs.

Dentro de ellos se reunía -bien con su Dios y en paz con su conciencia- lo que en frase convertida en tópico llamaba nuestra Prensa "la gran familia carlista". Una perfecta y exacta democracia, una hermandad católica reinaba entre los hombres y las clases. Al lado del noble, del hombre de carrera y de negocios, tomaban café los menestrales, los adolescentes, los curas. Sirvan de ejemplo aquellas reuniones que se celebraban en el Palacio-Museo del Marqués de Cerralbo, de Madrid, a las que asistían por invitación y turno todos los carlistas de la Corte.

La suprema jerarquía en orden al respeto era la del veterano, es decir el anciano glorioso que se había batido en los Reales Ejércitos y contaba a todos cómo había muerto Radica o cómo vió pasar al Rey, jinete en su blanco caballo de romance, con la boina y las endrinas barbas florecidas.

El lenguaje era mesurado y respetuoso. Jamás estallaban las blasfemias, y había dos palabras que se pronunciaban siempre con un respeto que rayaba en unción: el Rey, el señor.

¡El Rey! ¡El señor! Toda su magnífica reciedumbre fonética, esa fortaleza masculina de las erres, sonaba sin recortes de adulación cortesana, porque el Rey, el señor, proscrito, perseguido, no podía conceder a sus leales más mercedes que aquellas sobrias y afectuosas cartas que como el oro más caro de sus recuerdos guardaban nuestros padres y nuestros abuelos. Aquellas cartas de la realeza auténtica a sus vasallos fieles, que terminaban casi siempre con un "un abrazo" o "tu afectísimo" Carlos o Jaime.

Nunca podré olvidar el orgullo con que un humilde fogonero de las minas de Asturias me enseñaba una foto que le había dedicado el Rey Don Jaime, a quien con ocasión de la peregrinación carlista a Lourdes, había ido a ver a pie, desde Ujo, a través del Pirineo nevado, sabiendo que el único premio a su esfuerzo iba a ser besar la mano del Rey. ¡Ejemplo admirable de los hombres de un ideal santificado!.

¡Cuanto bien han hecho a España los Círculos Carlistas con sus estampas desvaídas, sus lises de papel, sus veladas familiares y el espíritu integro, terco y sublimado de recia y sana virilidad de los hombres que en ellos se formaban!.

Frente al Círculo Carlista, combatiéndolo, intrigando contra él, estaba lo frívolo, lo veleidoso, lo extranjerizante, lo corrompido, lo perverso y, en el mejor de los casos, lo acomodaticio o lo engañado.

De los Círculos Carlistas -de Navarra y de fuera de Navarra, que el carlismo fué siempre un ideal nacional que no es posible localizar -salieron los treinta mil voluntarios de los primeros ocho días del Movimiento, base del Ejercito de Mola y primeras masas considerables que corrieron a cubrir -rezando y cantando sus himnos- los frentes de combate de Ochandiano, Guipúzcoa, Somosierra, Guadarrama, Aragón...

De los Círculos Carlistas salieron los discursos de Mella, las afirmaciones de Pradera, los textos de Aparisi, los insuperables documentos de los Reyes para extenderse por todo el país; doctrina completa y sana (...)

Lejos de apetencias inmediatas de Poder por el Poder mismo, aislado en una oposición irreductible contra todas las falsedades existentes, perseguido y odiado, el carlismo era unas veces un poderoso Ejército combatiente que cubría de boinas blancas y coloradas las ásperas topografías de la Patria y otras una Comunidad de luchadores, casi al borde de la ley, que vivía rindiendo culto a sus profundos fervores y fortaleciéndose espiritual y físicamente para reanudar la lucha en la primera ocasión que se presentase.

Dos elementos se perfilaban clarísimamente dentro de la Comunión: el religioso y el militar. Lo político, lo electoral, era secundario . Si se asistía a los Comicios y se hablaba en el Parlamento era -como ordenó el Rey Don Carlos- para aprovechar tan formidable medio de propaganda. El Congreso sólo se consideraba como una magnífica caja de resonancia donde la voz de la Tradición cantaba virilmente sus protestas por bocas tan excelsas como las de Monterola, de Mella, de Pradera.

El carlismo enraizado en las más hondas realidades de lo español, se desarrollaba en las clases menos contaminadas, donde con más pureza se conservaban los auténticos valores de la raza: los hidalgos rurales, las masas aldeanas, los curas...

En las viejas ciudades de provincias, de angostas calles y piedras ennegrecidas, el carlismo, al margen de muchas discordias y apetitos, laboraba incesantemente para mantener vivo el ideal y dispuestos los hombres al sacrificio por él (...)

Jesús Evaristo Casariego. La Verdad del tradicionalismo 

viernes, 25 de noviembre de 2011

Discurso de Manuel de Santa Cruz, Comendador de la Orden de la Legitimidad Proscrita

  (Cruz de la Orden de la Legitimidad Proscrita)

Con la venia de S.A.R.

Queridos amigos:

No puedo empezar a hablaros sin dar antes que nada, nuestras más sinceras gracias a Su Alteza Real el Príncipe Don Sixto de Borbón, por haber venido desde el exilio a la Patria a encabezar esta noche con sus leales esta manifestación de gran entusiasmo por la Causa.

Nos recuerda cuánto nos estimulaban las visitas del Rey Don Javier, que resumíamos relanzando el electrizante grito de Iparraguirre, de ¡Aún vive el Carlismo!

Ahora podemos añadir, gracias a Vos, Señor, una exclamación complementaria, ¡Aún vive el Carlismo, y lo que vivirá!

Conmemoramos esta noche, de una parte, la Fiesta de Cristo Rey, con todo el sentido de confesionalidad de los Estados que le dio su instaurador, el Papa Pío XI, poniéndole nosotros a salvo de adulteraciones posteriores más propias de New Age . Por otra parte presentamos el libro sobre 175 años del Carlismo, debido a la inagotable capacidad de trabajo y a los carismas, verdaderamente providenciales de nuestro amigo Don Miguel Ayuso.

Entre otros méritos, este libro tiene el de mostrar de una manera original e inédita que el Carlismo es una cosmovisión de aceptación e implantación universales, especialmente en las Américas que fueron España y en los restos europeos de la Cristiandad.

Precisamente, esta condición del Carlismo de ser, además de otras muchas cosas, esa cosmovisión universal, es una de las causas de su asombrosa y misteriosa supervivencia.

Esta cosmovisión carlista tiene cuatro pilares principales: la Religión, la Dinastía legítima, el Patriotismo, y el Estilo.

La Dinastía legítima, encarnada en el día de hoy por Su Alteza Real, cuya vida física pedimos a Dios que guarde todavía muchos años más, para que siga custodiando y defendiendo esa cosmovisión en toda su pureza en medio del oleaje de la revolución anticristiana y de la revolución progresista dentro de la propia Iglesia.

En esta misión providencial quisiéramos Señor que os aliviaran la Nobleza propia de la Dinastía legítima, la orden de la Legitimidad Proscrita, y otras asociaciones menores afines, como la Hermandad a los Juramentados de la Unidad Católica, de los monasterios de La Oliva y de las Madres Clarisas en Olite, especie de cuerpos intermedios del organigrama de la Comunión, que quisiéramos ver repoblados. Para lo cual todos nosotros debemos cultivar nuestras cualidades más naturales y nuestros carismas para poder ofrecer a S. A. R. unas colaboraciones eficaces y destacadas y encuadrados.

Toda la cosmovisión carlista que tan bien recoge y expone, aunque fragmentariamente, como es natural, el libro que presentamos, está empapada de religiosidad. Las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, devoción universalmente vinculada internamente a la Contrarrevolución, han estado entronizadas en todos los Círculos Carlistas e impresas en nuestras banderas de guerra. Por cierto, el Papa Benedicto XVI acaba de decir en el encuentro que ha tenido en Asís con representantes de religiones falsas, que se avergüenza de que en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Nosotros no nos avergonzamos de que en los Tercios de Requetés llevaran a su frente Crucifijos en alto. No solamente no nos avergonzamos sino que estamos orgullosos de ello, y además estamos dispuestos a vivir y a morir con las botas puestas, arma al brazo, y en pié de guerra, para defender y propagar nuestra cosmovisión católica y española cuantas veces sea necesario . Para que dentro de otros 175 años más, se pueda presentar un libro como éste.

Otro elemento constitutivo de la cosmovisión carlista que este libro tiene la afortunadísima exclusiva de presentar, es el amor a España, el patriotismo. La monarquía es hoy el principal custodio del concepto de Patria frente a las distintas globalizaciones supranacionales judeomasónicas que lo erosionan, Vos Sois, Señor, el último y genuino representante de la Monarquía española, que resiste desde el exilio al mayor atentado a la soberanía nacional de España que se está produciendo desde tiempos el rey José Bonaparte. Otros organismos que debiendo resistir a la europeización de España no lo hacen, no son más que chapuzas republicanas. El día en que la Unión Europea acabe de desmoronarse se verá mejor la labor callada que hacen con su sola presencia S.A.R. y otros Príncipes europeos a favor del concepto de Patria.

Este libro continúa la recopilación de ideas políticas al servicio de la Religión y de España que se encuentra iniciada en el Acta de Loredan del Rey Don Carlos VII y sigue en las obras de Vázquez de Mella y otros pensadores más recientes como Elías de Tejada, Rafael Gambra y Álvaro d’Ors. Es un hito en la historia del Carlismo.

En la creación de este libro se ha corregido el error tan repetido maliciosamente de mostrar al Carlismo como un movimiento exclusiva o predominantemente guerrero, lo cual es mentira. Los carlistas han estado mucho más tiempo que en los frentes de guerra, exponiendo sus ideas de manera incruenta en el Parlamento, en las tribunas y en los periódicos.

La cosmovisión carlista es tan perfecta y acabada que ha producido en los que la sirven, un estilo de ser y de vivir, que les identifica. Estilo que es, a su vez con sus caracteres propios y mecanismos especiales, una garantía más de la pureza y supervivencia de esa cosmovisión. Por ello debemos mantener ese estilo y fomentarlo como algo realmente importante.

¿Cómo? Tratándonos entre nosotros mismos lo más posible como hermanos en una misma fe. Cultivando además del patriotismo de la Patria, España, el patriotismo de las cosmovisiones, de esta cosmovisión. Y multiplicando reuniones, convivencias, actos como éste que avivan la hoguera de nuestro entusiasmo individual y colectivo.

Discurso de José de Armas Díaz Presidente del Círculo Tradicionalista “Roca y Ponsa” de Gran Canaria

  (Discurso de don José de Armas Díaz, ante S.A.R Don Sixto Enrique de Borbón en la Cena de Cristo Rey)

Hace poco tuve la ocasión de ver por Internet un curioso documental en el que se ofrecía una representación del Universo en comparación con nuestro planeta, de manera que, aplicando un zoom, la Tierra iba minimizándose paulatinamente hasta hacerse casi imperceptible entre infinidad de astros y constelaciones, llegando tal insignificancia a ser verdaderamente sobrecogedora, si el panorama no se considera iluminado por una correcta inteligencia, o sea a la luz de la fe. Por supuesto que allí no se mencionaba para nada el fenómeno de la Creación, pero era deducible simplemente con la razón.

La Historia de la obra de Dios arranca en el Génesis. Todo fue finito, hasta que Él sopló sobre el primer hombre y lo animó con una participación de su divinidad con el fin de inmortalizarnos en su presencia, y además nos hizo libres. Pero casi inmediatamente Adán olvidó su deuda con el Creador del Universo, y desde ese momento la bienaventuranza quedó suspendida en una promesa esperanzada, hasta que el Señor de la Historia quiso enviar a este puntito insignificante del Universo a su Hijo Amado, para que nos percatáramos de su inconmensurable misericordia y fuéramos redimidos.

Todo esto gratuito, pero con condiciones de una lógica aplastante. Es curioso que usando simplemente el diccionario, todavía podamos llegar a una conclusión, atendiendo siempre a las primeras acepciones. Si buscamos Bienaventuranza, resulta que dice “Vista y posesión de Dios en el cielo”. Fíjense ustedes en la coincidencia etimológica de las palabras que expresan los conceptos que se barajan en este divino y trascendental juego: Gracia significa “Don de Dios, ordenado al logro de la bienaventuranza”. Gratitud es “el sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio recibido y a corresponder a él”. Gratuito viene a ser “De balde o de gracia”. Por todo ello, sin sofismas ni circunloquios filosóficos de ninguna clase, podemos afirmar que el misterioso capricho divino de nuestra inmortalidad es gratuito, porque la gracia es un don en pos de la bienaventuranza; y que éste don requiere gratitud.

Esto, Sres., no es un sermón. No debe ni puede serlo. Es la constatación de una realidad, de la única realidad posible, que se nos va haciendo más patente a medida que el progreso de las ciencias corre los velos de misterios que antaño eran más difíciles de imaginar.

Nuestro gran Donoso Cortés dedica su mayor obra (Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo) a demostrar que “en toda gran cuestión política va envuelta siempre una gran cuestión teológica”. No nos cansaremos de recomendar, sobre todo a los jóvenes, su lectura y meditación.

Todos nosotros nos hemos encontrado alguna ocasión en la circunstancia de que por toda respuesta a estos o similares argumentos, se nos diga que el Carlismo adolece de una fanática obsesión religiosa y concretamente católica. Y no es tampoco raro que haya correligionarios que, con su mejor voluntad, quieran persuadirnos de estar anquilosados en el primer punto de nuestro cuatrilema; que avancemos y vayamos a la solución práctica de los otros tres. Es la metástasis del Liberalismo

Cuando el Creador nos infundió el espíritu inmortal, nos dio la posibilidad de recordar de dónde venimos; de entender para qué somos; de querer colaborar con la Creación perpetuándonos en la transmisión de la memoria y el entendimiento. Son las potencias del alma: Memoria, Entendimiento y Voluntad.

¿Y cual es la condición para la bienaventuranza? Lo decimos todos los días, sin casi darnos cuenta de la trascendencia de este deseo: “Santificado sea tu nombre. Vénganos tu Reino y hágase tu voluntad así en la Tierra como en el cielo”. Este deseo expresado en la única oración que dictó al pie de la letra Nuestro Señor Jesucristo hay que recordarlo siempre con la Memoria; hay que asumirlo con el Entendimiento; hay que hacerlo un propósito inexcusable con la Voluntad.

La definitiva Historia de la salvación, comienza en el momento de la Concepción Inmaculada de María y ha llegado hasta S.S. Benedicto XVI.

A los tradicionalistas hispanos, nos será fácil memorizar y entender la correspondencia íntima del primer enunciado de nuestro ideario con los restantes, porque el más pequeño recoveco histórico de Las Españas, está iluminado por las católicas repercusiones de la defensa del Altar en todo el planeta.

Nos dice Melchor Ferrer en el primer tomo de su monumental Historia que “El Tradicionalismo español (…) tiene por lema a Dios, su inspiración, su Decálogo, y a esa idea suprema ajusta a la Patria, como comunidad de hombres que quieren desenvolver su destino, hermanados y obedientes siempre al Padre común, y la idea del gobierno encarnada en una autoridad superior, libre, por su condición y altura, de las pasiones de la cosa pública, para mejor dirigir las diferencias, es decir, la Monarquía.”

Claro que después de Dios está la Patria, que abarca la extensa amplitud de la Hispanidad, que incluye el imperio lusitano, la mayor parte del continente americano (no en vano decía Elías de Tejada que los únicos “hermanos separados” que tenemos los españoles son los portugueses y los hispanoamericanos), además de otros reinos europeos, de los cuales tenemos hoy, aquí, dignísima representación en el correligionario Maurizio Di Giovine; Patria iluminada por la Religión Católica y nacida al amparo autárquico del paradigma de las libertades concretas, los Fueros. Fueros que necesariamente tenemos que ir reconquistando si no queremos ver diluidas nuestras libérrimas idiosincrasias de patrias chicas en la neutralizante cursilada revolucionaria de la “aldea global”, y la Patria grande desaparecer.

Señor: Es un compromiso grande hablar del Rey en vuestra presencia. No obstante creo necesario hacerlo, ayuno de cualquier lisonja, con todo el desenfado que presupone la pleitesía y la lealtad.

Hace tiempo que éste locuaz apasionado siente deseos de deciros algunas cosas, sin encontrar nunca la ocasión propicia, a pesar de haber disfrutado el honor de pasar con el Señor inolvidables jornadas enteras, vividas minuto a minuto. Hoy me decido con la ilusión de hablar en nombre de todos los presentes, amparado en la frase proverbial protocolaria de las Cortes de Aragón: “Nos, que cada uno de nosotros somos igual que Vos y todos juntos más que Vos, …”.

En el tiempo en que mis pasiones monárquicas eran objeto (por tradiciones familiares) de otras ramas dinásticas, leí unas declaraciones del padre de un pretendiente, comentando la manera en que el preceptor a la sazón trataba de establecer al pupilo al menos en la Legitimidad de Ejercicio, y decía: “…Vegas pretende que el Príncipe sea un santo, un héroe y un sabio”. Tales lecciones al efecto, no duraron un año; fueron abortadas por un aluvión de enseñanzas liberales de otros profesores. Y el príncipe, desde entonces devino en monigote, aprendiendo a firmar, jurar y perjurar todo lo que se le pone por delante.

Andando el tiempo y después de haberme leído el libro “Razones de la Monarquía” del melifluo José María Pemán, en 1969 quedaron congelados mis fervores dinásticos, hasta que en 1983, acuciado por Gabriela Pèrcopo, con el contento de Eugenio Vegas y la bendición de Rafael Gambra, los puse a los pies del Señor.

Pero aquel fracasado preceptor, dedicó el resto de su vida (como siempre lo había hecho) al apostolado político y religioso. Fue formando un escogido grupo de jóvenes de buena voluntad y clara inteligencia, con la firme esperanza de que su obra pudiera servir para que algún rey humano comprendiera, deseara y estuviera dispuesto a que Cristo reine “así en la tierra como en el cielo.”

Y todo esto, Señor, no sería más que un bello pero triste cuento, si no se tratara de una realidad conseguida.

Extienda su memoria a las cimas de su árbol genealógico y no será arriesgado concluir que ninguna corona tuvo tantas perlas bajo la cruz, como las que adornan la suya.

Ya sé que el Señor mira a su alrededor y ve como le apoyan los discípulos de Eugenio Vegas, de Rafael Gambra, de Elías de Tejada, de Manuel de Santa Cruz, entre otros..., y oye como le urgen con San Isidoro: ¡“Rex eris si recte facies, si non facias, non eris”!

Queremos por Rey de la tierra a un santo, un héroe, un sabio. Sé, Señor, sabemos que el peso es casi tan abrumador como el de la Cruz de Cristo. Cárguelo, por Dios, no desfallezca. Ya ve que le sobran Cireneos.

¡¡¡Viva Cristo Rey !!!
¡Viva el Rey!

domingo, 16 de octubre de 2011

Ofensiva trascendente del carlismo

  BOINAS ROJAS A JERUSALÉN (2008) 

El libro fue escrito con motivo de los 175 años del Carlismo, para el congreso "Una revisión de la tradición política hispánica" . Está dedicado a Su Alteza Real Don Sixto Enrique de Borbón:

A Su Alteza Real
Don Sixto Enrique de Borbón
Infante de España, Príncipe de Parma, Duque de Aranjuez
Abanderado de la Tradición
y
A la Comunión Tradicionalista
para servir a su grandeza,
a su fuerza y a su destino

OFENSIVA TRASCENDENTE DEL CARLISMO

Porque el carlismo sale de las rocas divinas
como una Jerusalén en un solo relámpago
de pétreas doraciones e imperantes clarines
y las contemplaciones sempiternas inspiran
al ejército espejo de las tropas celestes;

porque los Boinas Rojas son los ecos sedientos
del abra de la ira de la viva memoria
y sus pasos arrastran las eternas miradas
y sus ojos avanzan como lluvia de estrellas
sobre el campo de honor desde el fuego celeste;

porque los Boinas Rojas son las lenguas de fuego
que eternamente esperan su venida pluviosa
para elevar las aguas a reflejos del cielo
y amar las ofensivas que iluminan España
con olas similares a las del mar celeste;

porque el Carlismo viene con la tormenta eterna
del gran legitimismo que une el cielo a la tierra
y sus filas ya llegan como llegan los rayos
antes que los rumores se escuchen de los truenos
y se rocíe España de la lluvia celeste;

porque el carlista ungido es soldado de Cristo
y el rosario rezado lo lleva de la mano
por Tercio intransigente de gigantes arcángeles
y la Hostia cantada lo llena de los cielos
y desde ya lo encuentras en el cuartel celeste;

porque los Boinas Rojas van y vienen del cielo,
atendiendo a los Kyries como a una trinchera
o dando cincuenta fuegos en sus cuentas de plomo,
y la tierra y el cielo, y la muerte y la vida
sólo son campamentos de su guerra celeste;

porque el Carlista bebe del cáliz más sereno
asumiendo en su alma lo más áureo del tiempo
por ello es un castillo de ascendiente esperanza
y un león elanzado, y un fruto generoso,
y tres orantes lirios, y un corazón celeste;

porque el Carlismo mira como águila bicéfala
con dos ojos en guerra sobre la faz terrestre
y dos ojos brillando de adorar a la gloria,
y vuela por España, con su guerra y su cielo,
con la espada de acero, con el globo celeste;

porque el Carlismo encumbra la bandera ardorosa
en que dos rayos rojos entrecruzan sus ramos
desde el cielo a la tierra y de la tierra al cielo
culminando la Historia con el rayo esperado
que llena los milenios de alegría celeste.

Otros textos AQUÍ 
Magnanimidad y pasión: Conversación con el poeta José Pancorvo  

domingo, 21 de agosto de 2011

Colección De Regno: Así pensamos (Un ideario para la Comunión Tradicionalista)

 El número 7 es la reedición de un título bien conocido de los carlistas veteranos: Así pensamos (Un ideario para la Comunión Tradicionalista), que en esta ocasión aparece con el nombre de su autor, Frederick D. Wilhelmsen (1923-1996), con prólogo de José Arturo Márquez de Prado, y una presentación para esta edición de Miguel Ayuso, de la que extractamos: «El libro que reimprimimos fue escrito por el profesor Frederick D. Wilhelmsen, a la sazón en la Universidad de Dallas, a pedido de don José Arturo Márquez de Prado, por entonces Jefe Nacional de Requetés, quien lo editó bajo la autoría de "Un Requeté" en 1977. Estaba dedicado a don Juan Sáenz-Díez, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista a las órdenes de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón».

«La Comunión Tradicionalista, con ciento cincuenta años a sus espaldas, salía de la no por singular menos severa oposición al régimen de Franco, apenas fallecido dos años antes, y se lanzaba a una nueva y no menos difícil vida política. Los destrozos causados por la resaca del II Concilio Vaticano, junto con el desconcierto dinástico (atajado decididamente por Don Sixto bajo el rubro, clarísimo en su ejemplaridad para quien tuviere oídos para entender y ojos para ver, de Abanderado), habían dejado debilitada a la organización tanto como a la comunión a la que sirve. José Arturo Márquez de Prado [...] quería disponer de una breve presentación del ideario de la Comunión Tradicionalista que poder distribuir masivamente. [...] acudió a su íntimo amigo, el profesor estadounidense profundamente hispanizado, para consumarlo». [...] «Tiene el texto el mérito de combinar hondura y simplicidad, reflexión y entusiasmo. Aunque en algunos pasajes se note demasiado la gravitación de la coyuntura, el paso del tiempo no le ha ocasionado excesivos estragos. En algunos juicios se advierte la opinión personal, aunque en general se presenta la doctrina más pura destilada».

Wilhelmsen, Frederick D. Así pensamos. (Un ideario para la Comunión Tradicionalista) . Colección De Regno, 7. Ediciones Scire, S.L., Barcelona 2011. Rústica, 20 x 13 cm. 96 páginas. ISBN 978-84-935085-5-5. Depósito Legal SE-4914-2011

Colección De Regno 

jueves, 14 de julio de 2011

Lealtad sin fisuras



En 1946, Melchor Ferrer proclamaba: «Por si los carlistas jóvenes no me conocen, debo presentarme. Nunca fui integrista, ni fui minimista, ni fui mellista, ni fui de la Unión Patriótica, ni fui cruzadista, ni fui ni soy de FET. Ni alfonsino ni juanista. Carlista soy, carlista desde mí mocedad a las órdenes de Carlos VII el Grande; carlista en el servicio muy cerca del caballeroso Jaime III, carlista bajo el recto Alfonso Carlos, carlista en la disciplina del nobilísimo Príncipe Regente Don Javier de Borbón».

Hoy, 5 de Julio de 2011, Fiesta de San Antonio María Zaccaría , con la precisión que indicaremos en su momento, Núcleo de la Lealtad, vuelve a hacer suyas las palabras que dirigiera el pasado Domingo de Pascua de 2008 :

Proclamamos que nunca fuimos ni seremos de democracias o alianzas nacionales, mucho menos dealternativas o frentes españoles, ni de otras plataformas o movimientos... ni jugaremos a las ligas. No somos ni de derechas ni de izquierdas. Somos íntegramente tradicionalistas: contrarrevolucionarios militantes, católicos a machamartillo, españoles hasta la médula, defensores acérrimos de las libertades populares, monárquicos legitimistas.

Por eso, hoy como ayer, somos los tradicionalistas del siglo XXI frente a los liberales de la “alternativa social cristiana” que «afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado» (condenados ya en 1888 por [León XIII en] la Libertas praestantissimum , 14) y al resto de nuevos europeizadores demócrata cristianos, neoliberales, socialistas, comunistas, tecnócratas, socialdemócratas, y toda laya de cofrades.

El Carlismo  reivindica la gloria de encarnar en el siglo XXI las doctrinas y el estilo humano de los hombres de Las Españas de siempre, pues el Carlismo no es otra cosa que la continuidad pura y simple de nuestras Españas, la pusillus grex, el pequeño rebaño de la Hispanidad, al decir de la Escritura (Lc 12,32).

Los carlistas, ni dícense revolucionarios, ni juegan a llamarse socialistas, ni presumen de demócratas ni de liberales, aunque su sistema político entraña, en verdad, la única transformación social fructífera, la verdadera solución a los desórdenes sociales, el auténtico Gobierno del pueblo y la real garantía de las libertades de cada ciudadano. Los carlistas han llamado siempre y seguirán haciéndolo así a las cosas por su nombre. Y no niegan a Cristo ni a Las Españas, ni siquiera con disfraces de vocabulario demagógico, tan fácil como estéril. Se llaman a sí mismos lo que son: enemigos de las sucesivas fórmulas extranjeras que han sido el absolutismo, el liberalismo, el democratismo, el socialismo y fascismo. Con temple de Caballeros desprecian la demagogia y galantean a la sinceridad política, porque de Caballeros es ir proclamando a todos los vientos la verdad.

Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta, por Dios, por la Hispanidad y el Rey Legítimo, somos carlistas a las órdenes del Infante de España S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón , Duque de Aranjuez, Príncipe de Parma y de Plasencia, Antiguo Caballero Legionario, Regente de la Comunión Tradicionalista , Abanderado de la Tradición

Añadimos hoy, por si hiciera falta, 5 de Julio de 2011, Fiesta de San Antonio María Zaccaría, la siguiente clarificación:

El único modo cabal, eficaz y eficiente, de estar a las órdenes del Señor y de la Causa de Dios y España, consiste en estar encuadrados en aquella Secretaría Política que precisamente dispusiera Su Augusta Persona, la formada por Sus Excelencias Don José Miguel Gambra, Don Luis Infante y Don José Antonio Gallego, –cuyas vidas guarde Dios muchos años–, acatando disciplinadamente sus órdenes, fieles al Espíritu de Disciplina del Credo Legionario: “Cumplirá su deber, ¡obedecerá hasta morir!”.

¡Viva el Rey y Viva Su Secretaría Política!

Fdo. El Director de NdL, NMB

CODA

«In manu Dei potestas terrae,
et utilem rectorem suscitabit in tempus super illam».

«La potestad de la tierra está en manos de Dios,
y Él a su tiempo suscitará quien la gobierne útilmente». Eclesiástico, X, 4.

Señora Inmaculada de las gentes de España *

Señora Inmaculada de las gentes de España.
De victoria en Lepanto, de dolor en Rocroi,
rezada a flor de Espadas desde el mar de Corinto
a la ribera virgen del río Paraná.
¡Señora Inmaculada de los indios ingenuos
y del Hidalgo altivo y de la Inquisición!
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España, de rodillas, te ofrece el corazón.

¡Señora Inmaculada del Pilar Jacobeo!
Consuelo de amarguras en empresas de amar.
El fruto que sembraste para la Fe de Cristo
salido de tus manos, ¿no había de granar?
¡Señora Inmaculada del Apóstol del Trueno,
de la hazaña difícil y la tribulación!
Viniste a Zaragoza para salvar a España,
y España, desde entonces, parece una oración.

¡Señora Inmaculada de los Picos de Europa!
¡Cuántos te parecían pues cuanta era su Fe!
Y vino de los cielos tu auxilio y la victoria
del Dios de las Batallas, del Santo, de Yahvé.
¡Señora Inmaculada de esperanzas de Patria!
Se eleva una plegaria de Asturias a Aragón.
Sus ecos en las rocas, los bosques y los muertos
hablaron en romance y hablaron en canción.

¡Señora Inmaculada de la Santa María,
de los vientos propicios y de la tempestad!
Temblando amor de Madre llegaste al nuevo mundo
y el indio fue el hermano y Cristo la Verdad.
¡Señora Inmaculada del santo Misionero,
de los Conquistadores y del Emperador!
Resuena aun el Caribe las voces de Triana
y rezan todavía los indios al Señor.

¡Señora Inmaculada del indio mexicano!
América es España, y España es para ti.
El inca y el azteca cayeron de rodillas
y fue el Ave María caricia en guaraní.
¡Señora Inmaculada de la Rosa de Lima,
de García Moreno, de la persecución!
Son hijos de españoles, amándote nacieron:
no saben de mentira, ni saben de traición.

¡Señora Inmaculada del Valle de los Muertos,
del niño asesinado y el viejo Requeté!
Ganaron la victoria, la sangre y el martirio
de la España de Cristo por la España sin Fe.
¡Señora Inmaculada del muerto por la vida!
En tus brazos de Madre morir es salvación.
Y la semilla santa rebrota en Patria nueva
con ecos del Prudente y voz de Calderón.

¡Señora Inmaculada de la historia de España!
Tú misma nos la hiciste y huele a santidad.
Derrotas son honores, que las guerras de Cristo,
se ganan en el cielo y allí está la Verdad.
¡Señora Inmaculada! Somos aquellos mismos
que siglos defendieron tu pura Concepción.
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España de rodillas, te ofrece el corazón.

Francisco José Fernández de la Cigoña.
* Nuestro gran amigo don Francisco José Fernández de la Cigoña , en sus años universitarios, escribió con amor y con conciencia estos buenos versos.


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lunes, 28 de febrero de 2011

Confusión entre Partido y Comunión

Por lo acertado de la reflexión y su indudable interés, reproducimos el comentario de ManForAllSeasons realizado en el Foro Santo Tomás Moro el pasado 23 de febrero. Dice así:

Se me ha ocurrido una idea mientras leía el tema “Tengo una pregunta para el secretario general de la CTC” dirigido a don Javier Garisoain. Es bastante peregrina y sin duda en seguida será rebatida; no obstante, ahí va:

Las reticencias de CTC de reconocer a D. Sixto Enrique de Borbón (en calidad de Regente y probable futuro Rey) radican sobre todo en la confusión del brazo político del carlismo (la CTC) con la Comunión en sentido más amplio.

Me explico. Decía el usuario “capitan_valor” en el ya mencionado tema que “históricamente la CTC era una Comunión de ideales” en la que “se encuadraban el requeté, los círculos, las asociaciones estudiantiles como la AET, las margaritas, etc. etc. y también un partido político.”

Don Javier responde confirmándolo: “Nosotros siempre hemos dicho que el carlismo es algo más que un partido. Lo que sucede es que el estado de nuestra organización política allá por los años 80 era tan débil que desde los Congresos de la Unidad se prefirió trabajar preferentemente en el fortalecimiento de la CTC como núcleo político.[...] Por suerte o por desgracia la denominación de CTC está desde 1986 vinculada a la dirección política y electoral que es la CTC como partido.”

Teniendo esto en mente, pasemos a D. Sixto. Dice don Javier que "la inmensa mayoría de los carlistas, especialmente aquellos que le han conocido personalmente, no confían en él". Alguien le pregunta si esta razón no viene a ser una excusa encubierta para elegir al rey a dedillo, sobre todo para alguien que es monárquico. Don Javier contesta:
“Y tiene razón el opinante al decir que para un monárquico esa no es razón suficiente para rechazar o aceptar la legitimidad de nadie. Pero es que además y antes que eso he dicho también que quienes presentan a don Sixto no se sabe muy bien si lo hacen "en calidad de rey, de abanderado o de regente". Don Sixto es un hombre soltero, de edad avanzada, sin descendencia, enfrentado a su familia, y alejado políticamente de la mayoría de los carlistas. Es duro tener que decir esto, pero es la verdad. ¿Qué esperanza puede ofrecer a los españoles?”
A lo que yo opino:

La soltería, la edad avanzada, la falta de descendencia y el enfrentamiento con su familia son razones tan de “a dedillo” como la supuesta falta de confianza. El alejamiento político a la mayoría de los carlistas (sin entrar a valorar si es verdad o no) tampoco es en sí suficiente motivo, a menos que quede excluido por no acatar los principios de la legitimidad española según sintetizados por D. Alfonso Carlos I. En qué calidad se “presenta” a D. Sixto creo yo que no ofrece lugar a muchas dudas: ocupa la regencia de la Comunión (como hizo D. Javier I) mientras se intenta dilucidar (que no elegir) quién es rey; hasta que no se establezca definitivamente la exclusión de quienes le preceden por sangre en la línea de sucesión (los hijos de Carlos Hugo), D. Sixto no será el rey (como ocurrió a D. Javier I).

No obstante, parece ser que estas (un poco caprichosas) objeciones encubren una de mayor peso: “¿Qué esperanza puede ofrecer a los españoles?”. Es decir, no tiene juventud y descendencia que lo hagan atractivo a la opinión pública. Pues bien, la idea de que el rey tenga que ser idóneo para la opinión pública me parece que surge como consecuencia dela confusión entre el brazo político y la Comunión en su amplitud. Cuando el rey (sea quien sea) encabeza la Comunión amplia, nada impide que el brazo político se presente con líderes carismáticos que puedan con cierta autonomía discrepar con algunas opiniones personales del rey, aunque manteniendo la fidelidad. Esto ya ha ocurrido, sin especial detrimento para el carlismo.

Por otro lado, si el brazo político no reconoce al rey o regente, como ocurre con CTC, tendrá que encontrar sustituto a esa figura aglutinante en la “personalidad jurídica” del “partido”. Si ocurre esto, si una de las partes (el partido) se constituye en cabeza del todo (la Comunión), inevitablemente eclipsará a las demás partes de la Comunión en sentido social amplio. Mientras el brazo político siga predominando, la actuación del carlismo se centrará en aquello que tenga más sentido desde una perspectiva estrictamente política: a día de hoy, progresar electoralmente sin meterse en la escabrosa cuestión de “colocar a un pretendiente” -amenaza directa al poder constituido, por otra parte- me parece una buena política para conseguir resultados. Sin embargo, no puede ser la actuación íntegra del carlismo. Tiene que haber algo más.

La Comunión tiene una dimensión auténticamente social que la diferencia de las “asociaciones” y “juventudes” políticas que están subordinadas a los partidos oligárquicos del sistema. La Comunión amplia, por su naturaleza social diversa y difusa, no puede ser aglutinada salvo por la figura de un rey, o un “partido” con fuerte personalidad jurídica. El liderazgo de un rey (figura política por su naturaleza pero a la vez vivo recordatorio de que el carlismo no puede encajar como uno más en el sistema parlamentario) es la única manera perdurable, la única, de coordinar un plan de acción íntegro que equilibre lo político y lo social. Si se opta por el liderazgo de un partido se asegura el predominio del brazo político, que por lógicas razones de oportunidad política no reconocerá a un rey, aunque tenga ideas monárquicas. Cayendo, así, en un círculo vicioso que se retroalimenta y que a la larga acabará en un estancamiento en que el carlismo no tendrá:

A) Ni una Comunión a la que se subordine el brazo político, ni
B) Un Rey.

Es decir, condenación al posibilismo y división perpetua.

Que conste que no acuso a la CTC de posibilista, ni mucho menos: sólo sugiero que en el futuro puede ser una tentación que aceche. No me gustaría ofender a nadie, espero que se tome como lo que es: una crítica constructiva hecha desde el respeto y la profunda amistad, esperando suscitar reflexiones que, ya sean a favor o en contra de lo dicho, ayuden a mejorar la situación del carlismo hoy.

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Más adelante, ManForAllSeasons añade, para aclarar su postura acerca de la realidad jurídica de Don Sixto:

S.A.R. (Alteza por ser hijo de Rey) Don Sixto Enrique de Borbón es Regente. Es decir, desempeña las funciones de Rey mientras éste no pueda hacerlo. Es el hijo varón segundogénito de S.M.C. Don Javier I., y por tanto puede llegar a ser Rey si se determina definitivamente la exclusión (por falta de legitimidad de ejercicio) de la línea anterior: Carlos Hugo y sus hijos varones. Es Abanderado (dicho de quien lleva una bandera, título que no conlleva ningún derecho u obligación legal o institucional) de la Tradición, como también lo fué S.M.C. Don Carlos V cuando dijo: "y si hasta aquel momento habría sido traidor el que lo hubiese intentado, ahora será el que no jure mis banderas".

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Esta reflexión es probablemente la más acertada y completa que se ha realizado sobre la realidad que atraviesa el carlismo desde hace años. Esperamos que se abunde en ella para que de una vez por todas resurja la unidad en torno a la Comunión, la Tradición y la verdadera Monarquía.

viernes, 25 de febrero de 2011

Santa Misa por los Mártires de la Tradición

La Comunión Tradicionalista anima a asistir piadosamente a la Santa Misa en el día de los Mártires de la Tradición (10 de marzo) que se celebrará, D.m., en la céntrica Iglesia madrileña de San Manuel y San Benito (C/. Alcalá 83) a las 20:30 h.

Como sabéis, esa festividad fue establecida por S.M.C. Don Carlos VII en 1895 y, desde entonces, ha sido puntualmente celebrada por los carlistas, año tras año. Nada mejor que las palabras del propio Rey, para entender el sentido de esta celebración:

"¡Cuántos centenares de valerosos soldados he visto caer junto a mí, segados por las balas besando mi mano, como si en ella quisieran dejarme, en su último aliento, su último saludo a la Patria! (…)

Todos morían al grito de ¡Viva la Religión!, ¡viva España!, ¡viva el Rey!

Con la misma sagrada invocación en los labios ¡cuántos otros han entregado el alma a Dios, mártires incruentos en los hospitales, en la miseria; matados, aun más que por el hombre, por las humillaciones, y todo por no faltar a la fe jurada, por ser fieles al honor, por no doblar la rodilla ante la usurpación triunfante!

Nosotros, continuadores de su obra y herederos de las aspiraciones de todos ellos, tenemos el deber ineludible de honrar su memoria.

Con ese objeto propóngome que se instituya una fiesta nacional en honor de los mártires que, desde principio del s. XIX, han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey, en los campos de batalla, en el destierro, en los calabozos y en los hospitales, y designo para celebrarla el día 10 de marzo de cada año, día en que se conmemora el aniversario de la muerte de mi abuelo Carlos V. (…)

En ella debemos procurar sufragios a las almas de los que nos han precedido en esta lucha secular, y honrar su memoria de todas las maneras imaginables".

Esto decía Carlos VII al instituir la fiesta hace 115 años. Con cuánta mayor razón lo diría hoy, tras el inmenso sacrificio que hicieron los requetés durante la Cruzada del 36. Sacrificio que condujo a la victoria y salvó a España del peligro marxista, pero se renovó de manera cruenta con los carlistas muertos a manos del terrorismo.

En esta sociedad desértica de toda virtud, sentimos los carlistas la zozobra de una soledad sin oasis; nuestro espíritu decae y se tambalea en su aislamiento. Nada tan reconfortante como unirnos en la oración por aquéllas masas de requetés y correligionarios que nos han precedido. Así recordaremos que, a pesar del transitorio abandono de quienes nos rodean en el espacio, estamos, a través del tiempo, enlazados con innumerables hombres de ejemplar virtud, cuyo esfuerzo nos ha transmitido la antorcha inmortal del carlismo. Nada más piadoso que rezar por el eterno descanso de sus almas y pedir la intercesión de todos los que estarán en la presencia del Padre, como, de seguro, lo está Antonio Molle Lazo.

Venid, pues, numerosos a orar por nuestros muertos. Porque vosotros, fieles a la fe jurada y dolientes por las humillaciones, serviréis de enlace con futuras generaciones de carlistas que, a su vez, os procurarán sufragios para vuestro eterno descanso.

domingo, 17 de octubre de 2010

Patria y Regiones

Podemos ver que la patria y la región son realidades que no solamente se unen sino que encuentran sus vidas nutridas la una por la otra. Una región es como un órgano de un cuerpo con vida. Cuando el cuerpo entero vive, el órgano vive y cuando el cuerpo como tal cuerpo florece, sus órganos florecen. Al revés, cuando el cuerpo goza de salud, esto indica que sus órganos están sanos. La analogía es pálida porque el órgano de un cuerpo no tiene conocimiento y por lo tanto no tiene libertad, mientras que las regiones hacen que la patria sea patria porque tienen libertad y conocimiento formando núcleos de espiritualidad encarnada en un suelo concreto. Pero la analogía vale por lo menos en tal sentido de que toda la vitalidad de las regiones y todo lo que cae dentro de ellas nutren la patria. Una patria sin regiones y demás infraestructuras sería como un cuerpo sin órganos y dejaría de ser patria a fin de convertirse en una red de burocracias que gobernarían una masa inerte y sin vitalidad alguna. La táctica comunista es evidente: manejar a los separatismos para destrozar la Patria nuestra; luego el régimen comunista acabaría con los mismos separatismos en aras de gobernar un conglomerado sin faz y carente de personalidad propia. Ninguna región, como tal región, que se ha formado históricamente dentro de una patria, es capaz de conservar su identidad fuera de dicha patria tal y como la sangre que corre por las venas del cuerpo no puede aguantar la esclerosis. La separación de las regiones de la patria es la esclerosis política, ya que la sangre de la patria no es nada sin las venas de las regiones, y éstas dejan de “ser” sin la nutrición que se forma de la sangre de la patria.

Si hemos utilizado el lenguaje de la metáfora es porque no hay ninguna manera de demostrar estas proposiciones apriorísticamente. La Patria Hispánica, formada en y por sus regiones sin identificarse con ellas —la Patria no es un conglomerado sino una unidad— no es un artefacto lógico o una máquina prefabricada sino un resultado histórico. Esta historia no ha sido ciega o hecha al azar. Desde que Europa se convirtiera al cristianismo, el pulso del desarrollo político y social de aquel enjambre y polvo de tribus y de “naciones” germánicas y célticas que se habían apoderado de lo que era el Imperio Romano, se dirigía hacia la creación de una comunidad netamente cristiana. La Cristiandad medieval en su esencia consistía en una comunidad internacional, gozando de una variedad de autonomías y de libertades tan vastas y variadas que hasta ahora ha sido imposible archivarlas por la ciencia y técnica moderna de la historiografía. Pero esta red de patrias se convirtió en una unidad gracias a una sola finalidad, a saber, hacer palpar en la tierra la Encarnación del Hijo de Dios Padre. Algo más allá de la comunidad, su sentido espiritual, otorgaba a ella su carácter definitivo. Todo esto se acabó con la Revolución.

El papel de lo que se llamaba en aquel entonces “Las Españas” se identificaba con un acto, prolongado a través de mil quinientos años, para formar una Patria merced a un esfuerzo común de defender la Fe. La Reconquista —aquella batalla que duró ocho siglos— no habría existido si los españoles no se hubieran unido en una tarea guerrillera y religiosa que por fin hizo que España llegase a ser una espada y un escudo en aras de aquella Cristiandad que reposaba en su retaguardia. España encontró su ser como Patria por ser la vanguardia de la civilización católica. Las peculiaridades y libertades de los antiguos Reinos, Condados y Principados ibéricos, se conservaban precisamente porque la unidad nacional, la Patria, no se consiguió a fin de centralizar, masificar, y así destrozar las autonomías de aquéllos. Algo parecido ocurrió al otro lado de los Pirineos, donde Francia encontró su unidad al costo de la pérdida de las libertades locales y regionales. Pero el caso de España fue enormemente diferente. Ningún Reino dentro de las Españas se unió con la Corona de Castilla en aras de autodestrozar sus derechos y constituciones propios, sino por defender mejor lo que era peculiarmente suyo frente a un enemigo primeramente al sur, más tarde al norte, que negaba la religión y por lo tanto el derecho público cristiano de toda la Cristiandad.

Como la Plaza de los Fueros en Pamplona recuerda en palabras esculpidas en piedra:

La incorporación de Navarra a la Corona de Castilla fue por vía la Unión Principal, reteniendo cada Reino su naturaleza antigua, así en leyes como en territorio y gobierno. De la Ley 62 de las Cortes de Olite, año 1645”.

Nuestra Patria no es lo que es por haber aniquilado lo que la precedía en el tiempo, sino por lograr que aquéllo resultara aún con más brillantez. España es Una por ser Múltiple y ha sido capaz de quedarse Múltiple solamente por haber sido Una. Sin la unidad nacional, España hoy día sería un desierto musulmán: una extensión de África en Europa; una tierra abandonada, reducida a cenizas y cubierta con la arena del Sahara: el Islam no sabe construir, sólo destruir. O España sería una dependencia de una Europa protestantizada y dominada por la herejía, puritanizada, y desposeída de personalidad propia. España salvó a Europa del Islam en la batalla de Lepanto con la espada de Don Juan de Austria. Y España paró la marcha de la herejía dentro del Continente gracias a la victoria de Mühlberg, conseguida principalmente por las armas de los Tercios de Castilla, cuyo caudillo era el Rey Emperador Carlos I y V quien desplegó las banderas de España y de Austria, y también la Cruz de Borgoña de la Orden del Toisón de Oro, el símbolo seglar más ilustre de la unidad católica de la Cristiandad. Así, el protestantismo se encontró parado y limitado a las periferias del antiguo Imperio Romano. Con el mismo gesto caballeresco de ser el paladín de Europa, a veces en contra de la voluntad de la propia Europa, España consiguió por fin su unidad nacional y así salvó el carácter peculiar de sus antiguos Reinos y su existencia misma.

Nosotros, los carlistas, amamos la Patria y por lo tanto la colocamos en nuestra jerarquía de bienes en un lugar que no es inferior a nada sino a Dios. Nos atrevemos a decir que la Providencia Divina nos ha dado la Patria como un regalo de oro. Nosotros, los carlistas, fieles a la más sublime tradición hispánica, y siguiendo el ejemplo de Carlos I y de Felipe II, la hemos devuelto a Él. ¡Todo por la Patria y la Patria por Dios!

Aún en los momentos más decadentes de nuestra historia, por ejemplo, durante la guerra de Cuba con los Estados Unidos a finales del siglo pasado, aquel siglo que marcó la época más nefasta en la historia de la nación, los españoles sabían luchar y morir por España. Empujada por una prensa liberal y sensacionalista que pregonaba y preveía una victoria imposible, la flota de España navegaba hacia América sabiendo de antemano que todos o casi todos aquellos hombres morirían: y efectivamente murieron, heroica y quijotescamente por el honor de España. Como años antes dijo el almirante Méndez Núñez en la batalla del Callao: “Vale más honra sin barcos, que barcos sin honra”.

En aquel entonces, nuestro rey carlista en el destierro, Don Carlos VII, ofrecía sus requetés como voluntarios al servicio de España, a pesar de que un usurpador se sentaba en el trono y un régimen liberal, que ya había debilitado las entrañas de la Patria, gobernaba masónicamente desde Madrid.

Al ofrecer tan generosamente sus voluntarios a un gobierno que le había robado sus derechos al trono, Don Carlos demostró que la Corona de España, y con ella el mismo Estado, no estaba ni está por encima de la Patria, sino que estaban o deben estar a su servicio.

Fuente: COMUNIÓN TRADICIONALISTA, Así pensamos (18 de julio de 1977), pp. 42-47