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miércoles, 4 de abril de 2012

La Cruzada de 1936 a debate

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Muy interesante programa de Lágrimas en la Lluvia analizando la Cruzada Nacional de 1936 con presencia del profesor Miguel Ayuso Torres Presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, frente cultural de la Comunión Tradicionalista.

"Aquel 18 de julio se produjo una legítima sublevación contra un poder tiránico, sectario y antiespañol. Es una asignatura pendiente el saber distinguir entre lo legal y lo moral. Y es moral y acorde con nuestra santa Fe católica el tiranicidio y el alzamiento contra los poderes ilegítimos. La República, nacida paradójicamente de unas elecciones municipales en las que los republicanos no obtuvieron ni siquiera la mayoría, fue consecuencia de la cobardía de una dinastía usurpadora que se desentendió del futuro de España. Las mismas izquierdas que tanto decían defender la legalidad republicana no tuvieron reparo en alzarse sangrientamente contra ella en 1934 ante el resultado adverso de las urnas. Pero hoy día, por culpa de las derechas burguesas, la izquierda ha elevado a dogma democrático que los levantamientos armados de las izquierdas son revoluciones populares y si esos levantamientos son de signo patriótico y religioso son golpes de Estado".

Fragmento: Comunicado de las JTE, Julio de 2003
67 AÑOS DESPUÉS: FIDELIDAD AL 18 DE JULIO

sábado, 18 de febrero de 2012


A los 85 años estaba en visperas

Yo sabía que en Lequeitio existían los carlistas más viejos de España. Los tenía anotados hace tiempo en mi carnet para hacerles una información. Cada año que pasaba me los iba dejando más en sazón, más viejecitos.
Y ahora, cuando los rojos estaban en Lequeitio, me acordaba yo con angustia de mis viejos carlistas. ¿Me los habrán matado esos bárbaros?.
No, no me los han matado. Al llegar a Lequeitio he buscado a Víctor Arroita y le he encontrado en Vísperas, ¡Tiene ochenta y cinco años y estaba en Vísperas¡. ¿En Vísperas de qué?. Otras personas, a los ochenta y cinco años solo están en Vísperas de morirse. Es lo contrario de lo que le ocurre a este viejo carlista de Lequeitio. Toda la vida de Víctor Arroita no ha sido más que la víspera de estos días de plenitud, que está viviendo ahora. Porque Dios le ha dejado llegar a ellos y ver esta primavera de boinas rojas, estaba hoy alabándole con los salmos de las Vísperas.
- ¿Estuvo usted siempre seguro de que llegaría este triunfo?
- Cada día estaba más convencido, sobre todo desde que he visto a los otros de cerca. Esa gente no puede ir a ninguna parte. España dejaría de ser España, para que ellos fueran los amos.
- ¿Qué guerra le parece a usted más dura, ¿ésta o la que ustedes hacían?
- Los medios de combate que hay ahora son terribles. El estar una hora tendido en el suelo aguantando la metralla de los aeroplanos, tiene que ser peor que estar en el infierno. ¡Y esa vida de las trincheras inmóviles los soldados días enteros, con el agua, hasta las rodillas ¡. Eso es terrible. A mí la guerra así no me gusta. La nuestra era más bonita.
- ¿En qué combates intervino usted?
- ¡En tantos intervine! Yo estuve en el sitio de Bilbao, el año mil ochocientas setenta y tres.

Cuando la guerra termine seremos siempre amigos

En la parroquia han terminado las vísperas.
- Mire Usted -me dice Arroita- aquel señor que sale de la Iglesia con los dos curas estuvo también en la guerra carlista. Si quiere usted le llamo.
- Con mucho gusto le saludaré.
Arroita me ha presentado a don José Félix Eguileor. Este viejecillo pulcro, enfundado en un gabán negro, tiene ochenta y seis años y fue en la guerra carlista del 73 al 76, abanderado del batallón Marquina, el tercero de los de Vizcaya. También estuvo en el sitio de Bilbao, pero tiene ya las fechas y los sucesos un poco revueltos en la cabeza.
Tratando de ponerlos un poco en orden de estado mientras Arroita ha ido hasta casa para traer las cruces y medallas,.. que conserva orgullosamente ganadas en otras tantas acciones de guerra. Cuando regresa, hacemos a los dos viejos luchadores unas fotografías entre los pequeños flechas y requetés que les oyes embobados, contar sus hazañas.
Los dos conservan muy bien la vista y la agilidad de las piernas, especialmente Arroita, a pesar de que es cojo y tiene que andar apoyándose en un bastón.
-¿Esa cojera es de una herida de la campaña, don Víctor?
- De la campaña precisamente no; pero algo tiene que ver con ella- y Arroita nos cuenta un episodio que por la fruición con que la recuerda, bien se ve que ha sido culminante en su vida.
- Yo -dice- fui uno de los que tomaron la casa Delmás en el campo Volantín. Fui yo mismo el que la puse fuego. Este episodio del sitio de Bilbao ya casi nadie lo recuerda, pero tuvo entonces mucha resonancia.
- En Churdínaga, cuando ya se había levantado el sitio, tomé con mis hombres otra casa. Yo era sargento. Dentro de la casa hicimos prisioneros a veinticinco soldados del regimiento de Valencia, con un alférez graduado de teniente. Para cogerlos tuvimos que hacer un agujero en la pared, y por allí, los fuimos sacando uno a uno. Entre ellos había dos voluntarios vascos. Cuando estábamos sacando a los que faltaban, los dos voluntarios, en un descuido nuestro, hicieron fuego sobre nosotros y por poco nos matan. Mis soldados querían fusilarlos a todos allí mismo. No hubiéramos tenido ninguna responsabilidad, puesto que nos habían agredido, pero yo me opuse, porque no todos tenían la culpa. Entonces el alférez se adelantó y me estrechó la mano.
- Eres un caballero -me dijo-. Quisiera poder agradecerte algún día con un gran favor este rasgo generoso. Me llamo Francisco Amayas Díaz, y pertenezco a una familia muy bien relacionada en Madrid. No te olvides de mi nombre y búscame si alguna vez me necesitas.
- Don Francisco -continua Arroita- era un muchacho de mi misma edad. El tenía 18 años y yo, 19. Se veía luego que era de mucha nobleza aunque no tuviera una complexión tan fuerte como la mía.
- Aunque ahora estamos en campos distintos -acabó diciéndome- yo quisiera que cuando termine la guerra fuéramos siempre amigos.

¡Corta cuarenta palos bien recios!

Arroita continúa su historia:
- Llevamos a los prisioneros a Galdácano, donde tenía su cuartel el marqués de Valdespina. A los dos voluntarios les condenaron a morir en la plaza de Amorebieta. Yo mismo fui el encargado de llevarlos; Cuando llegamos al pueblo, el capitán Villachica me dijo bien alto, para que lo oyeran las prisioneros.
- Arroita, corta cuarenta palos bien recios y avisa el alcalde que mañana se ejecutará a los reos.
- ¿Los van a matar a palos? -pregunté.
- Esa es la sentencia.
Yo no dije nada, pero me pareció algo fuerte. A la mañana siguiente estaba ya todo el pueblo en la plaza para presenciar la ejecución, cuando llegó un ordenanza del general, con un pliego mandando suspenderla. Todo había sido una simulación y los reos quedaron indultados. A los otros prisioneros supe que los habían llevado a Peñaplata, en los confines de Guipúzcoa y Navarra. Los tuvieron allí un año y sirvieron luego para el primer canje de prisioneros que hubo en la guerra. Tuvo lugar en el alto de Banderas, cerca de Bilbao. Entre los canjeados estaba el alférez don Francisco Amayas.

No quería morirme sin volverte a dar un abrazo

- Cuando terminó la guerra -dice Arroita- yo me casé y me fui a vivir a Abadiano. Pasaron muchos años sin saber nada del alférez. Un día me dijeron que había entrado en la Guardia Civil y que era Capitán en Bilbao. También supe luego que varias veces había preguntado por mí a viejos conocidos. Como ninguno pudo darle noticias mías, pensaba que habría muerto en la guerra.Pasó después mucho tiempo. Treinta y siete años habían transcurrido desde el día aquel cuando cogí prisionero en Churdínaga al alférez Amayas. El había hecho buena carrera. Era ya en Madrid jefe de la Guardia Civil de toda España.
- ¿Director general?
- Eso debía de ser.
- Yo seguía siendo carlista, como siempre, sin perder las esperanzas. Se hablaba por aquellos días de otro levantamiento y yo fui a engrasar mis fusiles. Tenía varios centenares de ellos escondidos en una grieta muy profunda del monte, adonde nadie bajaría por capricho. Yo bajaba y subía ya fácilmente. Pero aquel día lo hice con tan mala suerte, que rodé hasta el fondo. Allí me hubiera quedado por toda la eternidad, si uno de los amigos del mismo pueblo, que conmigo estaba en secreto, no se hubiese alarmado al ver que tardaba tanto en volver. Fue allá y me trajo a casa medio muerto. Varios días estuve entre la muerte y la vida. Hicimos correr la voz de que me había caído de un árbol trabajando en la huerta; pero fueron pocos los que lo creyeron. No faltó alguien que viera cómo mi amigo me bajaba del monte. Se encontraron las armas. Me iban a fusilar, seguramente ...
Pero pasaron días y más días y nadie me molestaba. Salí ya curado a la calle, cojeando un poco, y pude ver que ya apenas se hablaba del suceso. Noté también en los periódicos atrasados que pude leer, que en lo que de él se había hablado ni siquiera una vez se había escrito mi nombre. No podía yo explicarme aquel misterio. Estaba ya tan lejano de aquello de Churdínaga, que me costó mucho caer en la cuenta de que el director general de la Guardia Civil era ahora aquel joven alférez ...
Poco tiempo después vino don Francisco Amayas a Lequeitio, en un viaje oficial, con toda su plana mayor. Se hospedó en la fonda de Beitia, que estaba en aquel bar que hay allí enfrente, cerca del puerto. En cuanto supe que había llegado fui a saludarle y a darle las gracias. Había salido y en la calle me lo encontré luego, ahí junto a la iglesia. Me adelanté hacia él con la boina en la mano.
- Supongo que eres Víctor Arroita aunque no te he vuelto a ver desde aquel día – me dijo al verme llegar-.
- Si, señor; soy Arroita y vengo a darle las gracias;
- No me trates de usted ni me des las gracias de nada. Somos viejos amigos y no hubiera querido morir sin volver a darte un abrazo.
Y el público que presenciaba la escena se quedó haciendo cruces al ver cómo el director general de la Guardia Civil abrazaba cordialísimamente a aquel peligroso carlista al que pocos días antes iban a fusilar.

Texto publicado en la revista Fotos nº 12 (15-05-1937)

Antonio Molle Lazo: a los 75 años de su martirio (10-VIII-1936)




El 10 de agosto de 1936 moría en Peñaflor (Sevilla) el joven Antonio Molle Lazo, de 21 años de edad, a manos de una turba de milicianos frentepopulistas.


Era un muchacho afiliado al tradicionalismo y encuadrado en una unidad de requetés de Jerez de la Frontera que aún se encontraba en período de formación y que con el tiempo gestaría el Tercio de Nuestra Señora de la Merced. Fue capturado en combate, pero cayó asesinado siendo ya prisionero. ¿El motivo de su muerte? No consentir en renegar de su fe en Cristo y de su amor a la España católica.
 

Breves trazos de su vida


Antonio Molle había nacido en Arcos de la Frontera (Cádiz) un 2 de abril de 1915, que aquel año era Viernes Santo, y al poco pasó por delante de la casa la procesión de Nuestro Padre Jesús Nazareno: todo parecía presagiar desde el principio el final martirial de nuestro personaje. Hijo de Carlos Molle Gutiérrez y de María Josefa Lazo, fervientes católicos y de firmes convicciones patrias, aprendió de ellos la firmeza en los principios, la devoción religiosa y el valor de la vida familiar.

A los cinco meses marcharon por motivos laborales del padre a Jerez de la Frontera, donde se asentarían definitivamente. No se puede decir, desde luego, que la familia conociera en ningún momento una situación económica boyante, sino que siempre vivieron de forma más bien modesta: en ocasiones incluso el padre y los hijos quedaron en el paro laboral.

Los carlistas lucharon y murieron por Cristo Rey

En Jerez, Antonio se formó en la escuela y creció en su primera etapa de niño y adolescente en el Colegio del Buen Pastor de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle). No destacó nunca en los estudios, que le costaban bastante, pero sí lo suplió, en cambio, por el notable esfuerzo puesto en ellos. 

Asimismo, resaltó por su calidad humana en el trato con los demás, la reciedumbre de carácter que poco a poco se iba forjando y la piedad religiosa que mostró desde pronto como miembro de las congregaciones devocionales que los Hermanos de La Salle tenían en el colegio. También se inició de forma temprana en el amor a Jesucristo Rey, conforme a la instauración de su fiesta por el papa Pío XI en 1925, año en el que precisamente recibió la primera Comunión. Por otro lado, recibió de niño el escapulario del Carmen, quedando vinculado al convento de los carmelitas calzados de Jerez como terciario seglar. Resaltó ciertamente por su devoción mariana y por el rezo del Santo Rosario.


Uno de sus compañeros ofrecería este testimonio: “Antonio fue un congregante y un colegial modelo. Cumplió siempre con exacta fidelidad todas sus obligaciones, y ya entonces podíamos admirar en él que era joven que no consentía jamás el mal en su presencia, y augurábamos todos que había de ser un defensor formidable de la religión en estos calamitosos tiempos”. Otro amigo afirmaría: “Antonio no podía tolerar que en su presencia se faltase lo más mínimo a Dios, a la religión y a la caridad con sus compañeros”.

A los 15 años, en 1930, terminó sus estudios en el colegio, si bien permaneció unido a él mediante la asociación de antiguos alumnos y en las prácticas de piedad y los entretenimientos de éstos, y emprendió la vida laboral. En un primer momento, fue admitido como meritorio en la estación de ferrocarril de Jerez de la Frontera: un empleo en el que no ganaba un salario, sino que había de hacer méritos para poder pasar a ocupar una plaza ya remunerada. Jamás escondió su fe religiosa en un ambiente más bien hostil, dominado por los marxistas, sobre todo socialistas, quienes finalmente consiguieron a nivel nacional que los empleos ferroviarios quedaran restringidos a hijos de trabajadores del ramo. 

De este modo, Antonio Molle se vio en la calle y hubo de buscar trabajo. Lo encontraría como escribiente en unas bodegas y más tarde como taquillero en un teatro, conociendo la realidad del paro obrero en algunos momentos breves, dada la crítica situación económica de la España republicana. Junto con su padre, participó en algunas asociaciones profesionales, pero experimentaron cómo eran crecientemente manipuladas y desviadas por los elementos marxistas hacia sus objetivos políticos.

En todo este tiempo, Antonio fue forjando una personalidad firme en sus convicciones, hasta el punto de animar a otros amigos a ir a las iglesias de los barrios más conflictivos para asistir a la Santa Misa, a pesar de las amenazas de los socialistas a los católicos que vivían allí o que iban a esos templos. También procuraba evitar que sus amigos se dejasen llevar por conversaciones y actitudes que pudieran conducirles hacia la pérdida de la virtud e inclinarse a una vida de vicio. Fue muy aficionado al deporte para evadir los peligros morales que pueden acechar en los años jóvenes y además mediaba en las frecuentes peleas en los juegos.

Con 16 años, en 1931, Antonio Molle se afilió a la Juventud Tradicionalista, que contaba con una sección de cierto relieve en la céntrica y conocida calle de Francos, de Jerez de la Frontera. La simpatía hacia el carlismo le venía por línea familiar, pero fue ante todo la defensa de la fe, de la España católica y de los derechos de la Iglesia lo que le decidió a dar el paso. Le gustaba mucho asistir a las reuniones y tertulias del Círculo Tradicionalista y de la Sección de Juventud, tratar con sus amigos acerca de los problemas presentes, entretenerse allí mismo en distracciones y juegos, comprometerse en las actividades, etc.

Se ofrecía voluntario para acudir disfrazado a los mítines en los que se alentaba a las masas contra la religión, con el fin de conocer los planes de los revolucionarios y poder tomar las precauciones necesarias para evitar el asalto a iglesias y conventos y saber las líneas directrices que se marcaban en otros aspectos con que se pretendía extirpar de España la fe católica. Con valentía se entregaba a colaborar en las campañas electorales y en la distribución de la propaganda y pegadas de carteles, pese a la violencia desencadenada por las formaciones marxistas.


Camino hacia el martirio: el tiempo de prisión



Breve biografía 

Me mataréis,
pero Cristo triunfará


Nació este glorioso joven en Arcos de la Frontera, en la madrugada del Viernes Santo, 2 de abril de 1915. 

Educado en las Escuelas de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, cofrade del Carmen, llevó siempre sobre su pecho el Santo Escapulario. Requeté del Tercio de Nuestra Señora de la Merced, de Jerez de la Frontera, donde vivió desde muy pequeño con sus padres, halló santa y gloriosa muerte en Peñaflor (Sevilla) el 10 de agosto de 1936, después de sufrir en su cuerpo grandes tormentos y mutilaciones, mientras en oposición a las blasfemias e improperios de los rojos, respondía gritando ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España! 

Se atribuyen muchos favores a la mediación de este carlista mártir. Su cuerpo descansa en la capilla de Cristo Rey, en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen de Jerez de la Frontera.
En febrero de 1936, el Frente Popular llegó al poder y se acentuó la persecución religiosa. El 2 de abril, día de su cumpleaños, habían de pasar por la estación de ferrocarril unos batallones del Ejército y Antonio fue con un montón de hojas debajo del brazo para repartirlas entre los soldados al grito de: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Rey!”.

Poco después fue detenido y conducido a la cárcel de Jerez. Allí, como los antiguos mártires, se mostró pleno de alegría y entonaba los numerosos cánticos religiosos que conocía, como el Cantemos al Amor de los amores, el Corazón Santo, Tú reinarás y la Salve, Regina. Frente a las prohibiciones de los carceleros para cantar, se dedicó a escribir en las paredes la letra, con lo cual hubieron de dejarlo por imposible.
 
Recibía la visita de sus amigos y sólo lamentaba no poder oír la Santa Misa ni comulgar, ya que estaba prohibido. Así que se entregó de lleno al rezo del Santo Rosario, solo o con otros católicos que fueron llegando también allí por la persecución religiosa y política que se estaba desatando en España. Pidió a los amigos que le llevaran libros religiosos y sobre todo se dedicó a leer con gran interés las historias de los mártires, encontrando gran consuelo en lo que ellos habían padecido, a la vez que pensaba que lo que él sufría no era digno de parangonarse con sus gestas.

En poco tiempo, el alma de Antonio se estaba transformando hacia una entrega absoluta, heroica y martirial. Su modelo eran los mártires y su corazón se encendía cada vez más en ansias de martirio por amor de Cristo, al que se pisoteaba en España. Otro devoto tradicionalista, encerrado con él en la cárcel de Jerez por aquellos días y con quien hablaba largos ratos, ha transmitido muchas de estas noticias y ha referido que le dijo un día: “Sufriré los más grandes tormentos antes que apostatar de mi Dios”. A la cárcel fue a parar asimismo su hermano Carlos, detenido por defender con otros jóvenes el convento de Santo Domingo de Jerez, de los dominicos, frente al asalto de las turbas marxistas. Por fin, el 16 de mayo, fue puesto en libertad.
 

El martirio


Traslado a Jerez de los restos de Molle Lazo.

El 18 de julio de 1936, el Alzamiento iniciado en Melilla el día antes se extendió por otras partes de España y triunfó pronto en Jerez, Cádiz y Sevilla. Antonio Molle se reunió entonces con los otros “requetés”, los combatientes carlistas, para formar una unidad a disposición de las autoridades militares y que sería el origen del Tercio de Nuestra Señora de la Merced. Los requetés profesaban una sincera fe religiosa y una honda devoción, especialmente hacia Cristo Rey y la Virgen María, teniéndose a sí mismos como auténticos cruzados y confiando en la restauración de la España católica.

Después de afianzar el éxito del Alzamiento en Jerez, los requetés de esta ciudad marcharon a Sevilla para apoyar las operaciones del general Queipo de Llano y allí restablecieron la tradicional enseña española, roja y gualda. Desde Sevilla fueron enviados unos días después a la localidad de Peñaflor el 8 de agosto: el 6, fiesta de la Transfiguración y primer viernes, había comulgado con devoción.

El día 10, fiesta de San Lorenzo, se celebró Misa en el convento de las Hermanas de la Cruz (fundadas por Santa Ángela de la Cruz), pues la iglesia de Peñaflor había sido profanada por los marxistas, y Antonio asistió y comulgó. Algunos han dicho que tal vez se ofreciera en ese momento como víctima de inmolación al Señor, según supusieron por el aspecto tan recogido que presentaba y porque cayó mártir a las pocas horas, pero no existe ningún otro dato que pueda corroborar esa victimación. Lo que sí es muy probable es que realizase una aceptación de la muerte, habitual entre los requetés.


Ese mismo día 10 se produjo un fuerte ataque de los milicianos frentepopulistas a Peñaflor, que cogió de sorpresa a los defensores; el pueblo finalmente no sería perdido por éstos al llegar refuerzos, pero entretanto se produjo el martirio de Antonio Molle.

Los cristeros mejicanos también supieron defender la realeza social de Cristo Rey.

Habiendo permanecido para defender a las Hermanas de la Cruz y a otras mujeres, en un acto de caballerosidad, fue apresado por los milicianos, que le sometieron a una tremenda paliza y a vejaciones, burlándose de él e intentando hacerle blasfemar y renegar de su fe. Gracias a algunos testigos, el relato de lo acontecido es bien conocido. Intentaron varias veces que gritara: “¡Muera la religión!” y “¡Viva Rusia!”; a lo cual sólo respondía: “¡Viva Cristo Rey!” y “¡Viva España!” También, cuando le amenazaban con ir a matarle y a beber su sangre, dijo: “Me mataréis, pero Cristo triunfará”. De los labios de Antonio, sin embargo, no se escuchó ningún insulto. Ante su negativa a blasfemar y a renegar de la fe, le mutilaron las orejas y le sacaron los ojos y parte de la nariz, pero únicamente decía: “¡Ay, Dios mío!” y seguía profesando: “¡Viva Cristo Rey!” Recibía golpes en todo el cuerpo, pero fundamentalmente en la cabeza. Sobre su pecho seguía llevando, también ensangrentado, el “Detente” con el Corazón de Jesús sobre el fondo de la bandera española. Y, comprendiendo que llegaba ya su final, pues uno de los asesinos dijo que iba a dispararle, extendió cuanto pudo sus brazos en forma de cruz, colocó sus piernas asemejándose a las del Crucificado y, con todas cuantas fuerzas pudo sacar aún de su interior, gritó con voz potentísima: “¡Viva Cristo Rey!”
 

Entonces le fusilaron así, en posición de cruz. Cayó al suelo de la carretera, con los brazos abiertos y cruzada su pierna derecha sobre la izquierda. Algunas gotas de sangre habían coloreado sus alpargatas blancas. Eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Conservaba todavía cierto movimiento y algunos quisieron rematarle, pero otro les gritó: “¡No arrematarlo, dejadlo que sufra!” Sin embargo, muchos no se contentaron con esto y le volvieron a propinar golpes y cuchilladas. Finalmente, dejó de respirar y su corazón se detuvo. Murió en la carretera y quedó allí solo.
 

Fama de santidad


Tumba donde reposa Antonio Molle Lazo.Basílica de N.S. del Carmen (Jerez de la Frontera)

Las fuerzas nacionales consiguieron finalmente mantener Peñaflor y entonces se recogió el cadáver de Antonio. De inmediato, los testigos contaron el relato de lo sucedido y se le dio fama de muerte martirial. En la iglesia, restaurado el culto tras las destrucciones y la profanación, se celebró una Misa por su alma y por otros caídos en la localidad. Los restos de su sangre fueron también enseguida besados por la gente. El cadáver, con honores militares, fue trasladado a Jerez de la Frontera, donde recibió sepultura, y tiempo después se llevó desde el cementerio a la iglesia del Carmen ante el creciente número de visitas de devotos a su sepultura.

Por suscripción popular se construyó un monumento conmemorativo en Peñaflor y pronto se difundió la fama de su muerte martirial por toda España. Durante la guerra, corrieron estampas y oraciones entre los combatientes y entre la población civil por miles y miles, e incluso llegaron a varios países de Europa y de América. 

También empezaron a llegar noticias de curaciones atribuidas a él por intercesión milagrosa y se escribieron algunas biografías. Todo ello fomentó la idea de abrir el proceso de beatificación y canonización y se constituyó canónicamente ya en 1940 en el convento de Nuestra Señora del Carmen, de los Padres Carmelitas Calzados de Jerez de la Frontera, la “Junta de Cristo Rey”, actualmente Asociación de Fieles “Servidores de Cristo Rey”, desde la cual se trabaja en este fin, con gran empeño sobre todo por parte de quien fue amigo de Antonio Molle, D. Sixto de la Calle Jiménez.

sábado, 4 de febrero de 2012

Russell Palmer: Defenders of the Faith (1938)


En 1936, l'editor e decumentalista norteamericano Russell Palmer emprencipó un viage per Espanya ta dar testimónio d'a Cruçata que o pueblo espanyol feva cuentra os enemigos d'a Fe e a civilizacion. Entre atras grabacions, rodó altalle o decumental Defenders of the Faith (Esfensors d'a fe) en l'anyo 1938, que estió emitito, sosprendentement, per TVE en o programa «El Laberinto Español», que dirigiva l'historiador Jorge Martínez Reverte. Grácias a ixa emision, podemos hue veyer-ne una cópia en youtube.

A pelicla ye, seguntes se conta en o prelogo d'a mesma, o primer decumental en color sobre una guerra, e tiene una valura historica inqüestionable. Imagens d'a retaguardia, de frents de guerra, d'accions aérias, de profanacions, u d'a eixemplariedat d'as mullers espanyolas fan que esta pelicla seiga una chiqueta alfaya, una cinta imprescindible ta revindicar a história e a memória, reals, d'un tiempo e un país.
 
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jueves, 29 de diciembre de 2011

"No se puede identificar carlismo con franquismo"


Lo que en principio estaba proyectado como una "tesis sobre periodismo" -en concreto sobre la revista 'Montejurra'- acabó cuajando, por el volumen de información recopilada, en "una tesis de historia", después galardonada con el Premio Luis Hernando de Larramendi.


Pamplona (Fuente: noticiasdenavarra.com, félix monreal - Domingo, 2 de Enero de 2011) - 

Dirigido en el arranque por Javier Tusell (posteriormente fallecido), el periodista e historiador navarro Manuel Martorell (Elizondo, 1953) se embarcó en una tarea que ha desarrollado durante diez años, compaginando la investigación con su trabajo cotidiano en las redacciones de Diario 16, primero, y de El Mundo, después. El material reunido abarcaba desde la Guerra Civil hasta la Transición. Por consejo de Tusell, Martorell acortó el periodo histórico centrándose en los años cuarenta y cincuenta "el periodo más oscuro, más desconocido y del que surgían también muchas incógnitas", explica el autor. "Una de las hipótesis que yo barajaba, por el conocimiento que tenía del carlismo, es que no se podía identificar, como se hacía generalmente, carlismo y franquismo. Esa era la hipótesis principal de este trabajo", expone Martorell, que la pasada semana presentó en Pamplona Retorno a la lealtad. El desafío carlista al franquismo.

Usted hace hincapié en la utilización que hizo Franco del carlismo y en sus maniobras para dividir a los carlistas con la guerra ya en marcha.

Un experto en carlismo decía que en realidad el verdadero triunfo de Franco había sido conseguir que la gente identificara carlismo con franquismo, porque el franquismo había adaptado algunos símbolos como la bandera, el himno Oriamendi, la gorra roja (sin la borla) y la camisa azul. Iniciada la guerra, los carlistas de a pie no aceptaron el Decreto de Unificación (con la Falange en abril de 1937); por lo tanto, no aceptaron el régimen franquista y siguieron defendiendo sus principios, aunque eso no se explicitara públicamente.

Sostiene en el libro que si en un momento dado los requetés llegan a plantarse y abandonar el frente, por las divergencias con Falange, el desenlace de la guerra hubiera sido otro.

Sin la participación del requeté, y eso me lo han dicho varios, España sería ahora una República. Ellos dicen que si el Frente Popular o la República durante el bienio reformista no se meten con la religión, el requeté no hubiera salido; y si el requeté no sale, el golpe no sigue adelante.

En el libro ofrece una imagen diferente de algunos personajes, como Jaime del Burgo Torres, que se contrapone a otras descripciones, más severas y acusadoras, que aparecen en diferentes libros e incluso a las transmitidas por la memoria popular.

Es otro de los objetivos de mi libro: eliminar las simplificaciones que se han realizado al relaccionar al carlismo con el franquismo y la represión. Al final se ha extendido en la memoria colectiva que todo el carlismo participó en la represión. El caso más claro es el de Del Burgo, señalado como el padre de todos los asesinatos. Yo entrevisté a Del Burgo; ya estaba muy mayor y creo que estaba diciendo la verdad cuando ofreció su versión de los hechos. Él dijo que salió de Pamplona el 19 de julio y no volvió hasta que le hirieron en Madrid. Repuesto, regresó al frente; cuando retornó a Pamplona la sangría ya había pasado, porque fue en los primeros meses de guerra. A mí me resultaba muy difícil aceptar que se extendiera la represión a las miles de personas que salieron de aquí y que lo hicieron pensando sólo que iban a Madrid a derribar un Gobierno, poner otro y ya está. Me resulta difícil aceptar que toda esa gente estuviera dispuesta a aniquilar a personas que no pensaran como ellos. No se ha hablado de muchos carlistas que no participaron en la represión y que hicieron lo posible para evitar que se asesinara a personas que pensaban de forma contraria. En zonas donde tenía implantación hegemónica el carlismo, prácticamente no hubo asesinatos: en Estella, Valdorba, en las comarcas alrededor de Pamplona...


¿Es esta la historia de una tradición de Franco al carlismo?

Algunos le llaman engaño, pero desde luego Franco traicionó en todos los sentidos las promesas que había hecho a la Comunión Tradicionalista cuando se negoció la sublevación.

¿Considera que después de la guerra los carlistas llegaron a creer que podían desafiar al régimen e incluso acabar con él?

En el periodo de la II Guerra Mundial hay una coincidencia entre los análisis que realiza la oposición republicana que está en el exilio (la gente entorno al PC y al maquis) con el análisis recogido en varios documentos carlistas que en resumen vienen a decir que el régimen está acabado, que está aislado, que no tiene el apoyo de la población y que el fin de Hitler y de Musolini va a ser también el fin de Franco y de la Falange. Y por eso, aprovechando esta circunstancia, la Comunión Tradicionalista, que era la tendencia del carlismo mayoritaria en ese momento (eran los que seguían a Fal Conde, los llamados falcondistas), se plantea una reconciliación de España con Europa a través de la implantación de una monarquía de tipo tradicional, semejante a la del Reino Unido, basada en las tradiciones, en los antiguos fueros y por supuesto muy católica, muy conservadora pero no fascista.

¿Qué ocurrió?

Hay que comprender en esos años cómo influye la coyuntura internacional. En el año 1946, EEUU e Inglaterra firman en Naciones Unidos un acuerdo que implica la retirada de todos los embajadores, el cierre de las fronteras y una de las cláusulas pide a todos los gobiernos de la ONU que trabajen con la oposición para derribar el régimen. Un año después, cuando la Guerra Fría está en marcha, cuando se tiene que revalidar la resolución de 1946, EEUU e Inglaterra ya no firman ese acuerdo sino que restablecen las relaciones diplomáticas. Después, con el acuerdo de Bases de 1953, España se convierte en la mayor plataforma estratégica de occidente y por tanto la estrategia falcondista de acabar con el régimen desaparece. Y a partir de esos años la estrategia del carlismo también va a cambiar; empieza un periodo de estancamiento en el que no sabía muy bien por donde tirar y después un periodo de colaboración que va a ser el de finales de los cincuenta y primeros de los sesenta.

¿Qué futuro le ve en esta sociedad al ideario carlista (al partido más viejo de Europa)?

El carlismo como partido político, y de acuerdo con sus planteamientos históricos, es obvio que no tiene un lugar en el sistema político español en estos momentos. Pero sus ideas tal vez sí que podrían resolver algunos problemas de difícil solución como el contencioso entre Cataluña y el Estado por el Estatuto. Porque lo que está en el fondo del pensamiento político carlista es que las antiguas libertades, los fueros, las tradiciones de cada región, están por encima de cualquier otra constitución. Estamos hablando de un estado federal que se asemejaría mucho a lo que ellos establecen en las relaciones de los antiguos reinos con el centro del poder.

¿Sosteniendo la figura del rey?

Dentro del pensamiento carlista, la monarquía es la institución que coordina ese sistema federal. Para ellos, los fueros, las antiguas libertades, lo que llamaríamos ahora los derechos históricos, están por encima de la Constitución. 

viernes, 17 de junio de 2011

Prólogo de D. Carlos Hugo de Borbón Parma al libro “Don Javier, una vida al servicio de la libertad” (1997)

   

En 1936 España se divide en dos campos irreconciliables. La formación del Frente Popular supone un bloque tan poderoso que se hace imposible el diálogo parlamentario entre esta izquierda monolítica y las derechas divididas. La República muere, mientras los dos campos esperan o preparan el golpe de Estado.

JULIO 1936
“La Comunión Tradicionalista se suma con todas sus fuerzas en toda España al Movimiento Militar para la salvación de la Patria, supuesto que el Excmo. Sr. General Director acepte como programa de gobierno el que en líneas generales se contiene a la carta dirigida al mismo por el Excmo. Sr. General Sanjurjo, de fecha nueve último. Lo que firmamos con la representación que nos compete. Javier de Borbón Parma Manuel Fal Conde.”
Es la orden de sublevación del Carlismo militar. En menos de un mes los requetés navarros llegaran hasta Vizcaya, Zaragoza y el Alto de los Leones. Al mismo tiempo, el requeté andaluz toma Sevilla y gran parte de Andalucía, y llega hasta Toledo. Fracasa el alzamiento donde fracasa el Carlismo. Estos son los hechos. Pero ¿cuáles son las causas por las que el Carlismo pudo movilizar cincuenta tercios de requetés y motivar estos voluntarios para lanzarse a la guerra? La contestación es simple: la guerra civil no fue un accidente, fue una conclusión.

La guerra civil no fue un accidente. Fue la crisis violenta del sistema capitalista burgués enfrentado, a la gran revolución del Frente Popular. La guerra civil la perdimos todos, tuvo un solo vencedor: Franco. Pero de las cenizas de los combates va a nacer una España diferente, una Iglesia diferente, un ejército diferente, una mentalidad diferente, una democracia nueva. España habrá sufrido una gran mutación histórica. En esta guerra y en esta crisis, como en toda mutación histórica, el Carlismo ha tenido mucha responsabilidad: para empezar, la de enfrentarse con el caos del año 1936.

La crisis política inmediata
La dictadura del Primo de Rivera se había derrumbado y la monarquía liberal con ella. La República está rota. No hay más esperanza de solución. Ya no hay posibilidad de gobierno o, mejor dicho, no hay gobierno. Gobierna la calle. Y en la calle no hay diálogo, todos esperan o preparan el golpe.
Al analizar la situación política se percata uno de la inviabilidad del Frente Popular. El Partido Socialista, el PSOE, está acusado por comunistas y anarquistas de haber sido durante los años de la dictadura del General Primo de Rivera un partido al servicio del dictador y que su sindicato, la UGT, ayudó a reprimir tanto, a unos como a otros militantes de los partidos de izquierda. Le acusan más o menos de haber estado al servicio de la monarquía liberal, del ejército y de la dictadura de Primo de Rivera.
Los anarquistas, probablemente el más grande de los movimientos sociales de izquierda, además de recelar de los socialistas, tenían una profunda antipatía por los comunistas y su teoría de dictadura del proletariado. Los libertarios, los amantes de la libertad, difícilmente pueden sentirse atraídos por una dictadura. Además saben lo que ocurrió a los revolucionarios anarquistas a manos de la dictadura comunista soviética.
Los comunistas, el partido más pequeño pero mejor organizado y disciplinado, teniendo el apoyo incondicional de Moscú podían libremente despreciar a los que les despreciaban y no dejaban de hacerlo sentir a sus aliados del Frente Popular, tanto socialistas como anarquistas.
El análisis de este enfrentamiento entre las izquierdas imponía dos conclusiones: la primera era la imposibilidad de una solución dialogada. El acuerdo era imposible con una izquierda tripartita. La segunda, la imposibilidad, en el caso de un golpe de Estado del Frente Popular, de un gobierno coherente del mismo sin un segundo golpe que estableciera la primacía de una de las partes sobre las otras dos. La dictadura del proletariado estaba evidentemente en las antípodas de la desaparición del Estado propuesto por los anarquistas o del Estado parlamentario, proyectó de los socialistas. Por eso, sea cual fuere la simpatía que podían tener muchos españoles por uno de estos partidos, eran conscientes de que de las sucesivas revoluciones necesarias llevarían a un desencadenamiento de violencias y de cataclismos en serie.
En resumen, había poca esperanza democrática de diálogo y tolerancia en el caso de una victoria del Frente Popular. El doctor Negrín, un gran amigo y colega del profesor Corral, que era carlista, le confesó “incluso si ganamos nosotros, estamos perdidos”.
Si añadimos a esta división interna de las izquierdas su actitud anticlerical, imposible de deslindar de la actitud antirreligiosa de los tres partidos, esto hace más problemática aún su aceptación por parte de aquella sociedad española profundamente vinculada al cristianismo.
En este momento el término de derecha no tipifica la realidad del otro campo. Es un conglomerado de los que rechazan y se sienten rechazados por el Frente Popular. Allí se agrupan desde las JONS, totalitarios, fascistas de Falange, liberales, demócratas cristianos, la Iglesia, parte del ejército, monárquicos y caciques. En el campo nacional cada sector intentaba alcanzar sus metas. Para unos era su libertad religiosa, para otros sus privilegios económicos; o simplemente el orden público. Otros se fijaban, como metas la democracia parlamentaria, el restablecimiento de la monarquía o incluso la instauración del fascismo al estilo de Mussolini. En el sector de los militares, la unidad de la patria. Pero, ¿Qué querían los carlistas?

El Carlismo y los Carlistas en 1936
Hay que distinguir claramente dos estamentos para comprender el Carlismo de entonces. El Popular, por una parte; una minoría dirigente integrista, por otra. A nivel popular, el Carlismo esperaba que, caída la monarquía alfonsina, sostenida por la dictadura militar y caída la República, que había incurrido en el caos, podrían volver a proponer sus ideales de una monarquía legítima, una monarquía arbitral, restablecer las libertades forales o lo que correspondería a un concepto de Estado federal. Esperaba también que se garantizara la libertad religiosa, aunque tenía cierto reparo al clericalismo anticarlista de la Iglesia durante la monarquía liberal. En fin, deseaban la edificación de un sistema que garantizara una defensa de los trabajadores y una justicia social. Muchos carlistas habían luchado en los sindicatos libres cristianos y veían en un sindicalismo pluralista el instrumento de defensa de los trabajadores, como clase, o el instrumento de participación en las empresas, como individuos.
Por otra parte, al nivel de dirigentes del partido, se habrían reintegrado los antiguos integristas expulsados del Carlismo por Carlos VII, pero que luego volverían en la época de don Alfonso Carlos.
Don Alfonso Carlos aceptó el retorno al Carlismo de este sector, que tenía entre sus filas a miembros de cierto prestigio social, coincidiendo con un sentimiento general en el Carlismo y con amplios sectores de la sociedad española, persuadida de que la peor de las catástrofes sería una victoria de aquellas izquierdas que transformarían España en un satélite de Moscú.
La imagen de la Unión Soviética, una sociedad totalitaria de izquierda militarizada, policíaca, antirreligiosa, sin ninguna libertad de prensa, ni de expresión, ni de asociación, totalmente burocratizada y centralizada, no era atractiva ni para el viejo rey carlista Alfonso Carlos, ni para el pueblo carlista, ni para muchos demócratas, que se encontraban en el llamado campo nacional.
Este análisis del peligro de sovietización del país y de persecución religiosa coincidió con el de la derecha más egoísta y también con la posición de la Iglesia jerárquica, con una parte del ejército. Y con determinados sectores integristas. Entre ellos había desde cristianos sinceros, pero en la línea clerical de los obispos, hasta los que descaradamente utilizaban el sentimiento religioso para defender sus intereses de clase o simplemente sus intereses económicos. Perseguían evidentemente, sus propias metas políticas y necesitaban la carne de cañón de los carlistas para alcanzarla. En cuanto al Carlismo, tenía una sola meta salvar España, sin poner más condiciones que la que una consulta nacional “una vez establecido un poder militar provisional”, con un orden público de unas libertades democráticas poco definidas. El concepto de servicio a España por encima de todo, incluso de ideales propios, fue quizás el factor más negativo de la postura carlista, como veremos más adelante.
Con todo, el espejismo de una posible reconstrucción democrática del país era muy atractiva para una sociedad desesperada por el caótico presente y a la vez consciente de su capacidad histórica de crear un futuro distinto.
Uno de los muy pocos que discrepaban de este análisis fue nuestro padre; Para él había otro peligro que obligaba a una acción inmediata: una amenaza entonces no percibida claramente en España era, en sus ojos, el nazismo. Su temor era que la lucha contra el peligro comunista llevara al nazismo. Para evitar una España satelizada por Hitler, por una parte (y apoyada por esto por todas “las derechas”), enfrentada a una España satelizada por Stalin por otra, tenía que actuar el Carlismo precisamente. No olvidemos que entonces en el campo nacional se veía como una esperanza, el apoyo del fascismo italiano o del hitlerismo alemán. Aparecían como una esperanza, sin medir sus consecuencias.
En 1936 mi padre creía necesaria una acción inmediata, a fin de evitar en esta doble catástrofe, provocada por la doble polarización internacional del conflicto. El neutralismo era inaceptable. En efecto, el Carlismo era el único movimiento capaz de movilización militar propia. Ni la Falange, ni la CEDA, ni Renovación Española, es decir los monárquicos, tenía fuerzas para la movilización militar. El Carlismo tenía esta capacidad y podía así decidir el día y la hora de su sublevación. La no intervención equivaldría a suicidarse políticamente y dañar gravemente a España, privándola de una fuerza política importantísima para un futuro democrático, sin por ello evitar una confrontación violenta.
Podemos hoy lamentar que no fuera capaz de condicionar más claramente su levantamiento al cumplimiento de sus metas históricas, ya que todos los demás participantes, incluso los que no tenían la más mínima capacidad de movilización, lo hicieron. Pero el sentimiento del deber hacia la patria hizo que el Carlismo prescindiera de toda su doctrina política e inclusive de su meta monárquica. Fundamentalmente se lanzó a salvar una situación desesperada al precio que fuere. Esto puede ser criticable o admirable, dependiendo del punto de vista en que se sitúe uno. Es fácil a posteriori criticar lo que hicieron los que nos precedieron pero, al menos, en vez de eludir el problema tomaron sus responsabilidades.
La doble guerra civil
Que el ejército no fuese capaz de sublevarse en todo el territorio español a pesar de sus promesas; que el general Sanjurjo, único general que tenía un prestigio y una influencia tanto sobre Mola como sobre Franco mismo, muriese de accidente pocos días antes alzamiento; que el general Mola, luego, después de aceptar el golpe de Estado franquista muriese en otro oportuno accidente; Que el general Franco lograse transformar su poder militar en poder político y llegar a ser así Jefe de Estado, era difícil de imaginar. Pero aún más difícil era prever (y pocos historiadores lo han subrayado) la doble guerra civil.
Así, en el campo republicano hubo una guerra civil latente o incluso abierta a lo largo del conflicto. En el campo nacional el general Franco, por un golpe de Estado interior, suprimirá todos los movimientos políticos e incluso intentará suprimir el Carlismo para asentar su hegemonía. Habiendo creado, con el apoyo de Mussolini y Hitler, un Estado totalitario, logró eliminar el Carlismo no sólo políticamente sino lanzando a los famosos Tercios de Requetés a los combates más sangrientos. Hacía imposible el crecimiento del Carlismo como movimiento político, mientras potenciaba los movimientos de Falange, mucho más fáciles de manipular.

El trasfondo histórico
La historia no se puede comprender a partir de su desorden cotidiano. Porque los fenómenos históricos por caóticos que parezcan al observador que los vive desde dentro, responden a un orden perceptible sólo desde una perspectiva histórica. Obedecen a unas relaciones de causa-efecto invisibles en lo inmediato. Ejemplo de ello es la guerra civil española, que no se puede comprender desde lo inmediato.
Para comprender la guerra civil española de 1936 conviene mirarla desde su perspectiva histórica, la de una revolución burguesa inicialmente exitosa, seguida de su propio derrumbamiento frente al intento de la revolución proletaria. El gran conflicto del mundo moderno, desde la Revolución Francesa hasta la sociedad democrática actual los resume y asume enteramente la guerra civil española. Esta doble crisis revolucionaria empieza en el primer tercio del siglo XIX y acaba un siglo más tarde en España.
El fenómeno español inicialmente dista mucho de ser único. Con la restauración después de la Revolución Francesa y de Napoleón, en toda Europa llegan al poder dinastías que serán instrumentadas por la burguesía. La prueba de la naturaleza instrumental de estas dinastías es que desaparecen en cuanto dejan de ser útiles. El cambio aparentemente caótico del siglo XIX, que hace pasar a la sociedad occidental de un mundo tradicional de organización estamental en lo social, federativa en lo estatal y monárquica en lo formal, a una sociedad moderna igualitaria en lo social, centralista en lo estatal y republicana en lo formal, pasa por la revolución burguesa. La revolución burguesa pone orden en el aparente caos, y permite comprender cómo la Revolución Francesa pudo siglo y medio más tarde, después de muchos traumas, desembocar en una sociedad que logra hacer avanzar los valores de libertad, la igualdad, y en algo, la fraternidad universal. No se puede negar que las estructuras creadas por la burguesía han sido el cauce de la historia del siglo XIX.
A la burguesía del siglo XIX podemos dividirla en dos tendencias: una es constitutiva de una elite intelectual. Lo que le atrae es el éxito en las artes, las letras, la filosofía, la ciencia. La otra tendencia es la de la elite económica. Ambas burguesías constituyen el llamado Tercer Estado. El desarrollo de la cultura, de la medicina, de la ciencia y de la economía a lo largo del siglo XVIII va a romper el antiguo equilibrio entre la Nobleza, el Clero y el Tercer Estado. La burguesía, es decir el Tercer Estado, va a crecer más rápidamente que la nobleza y la Iglesia, haciendo intolerables los privilegios políticos de la primera y los monopolios ideológicos de la segunda. En el siglo XIX el crecimiento económico dará a la burguesía la palanca que le permitirá a desbordar a la nobleza y al clero y dominar el mundo de las ideas y de la práctica política. Pero este desarrollo económico favorece en particular a la ” burguesía económica “, que acabará dominando la sociedad entera, imponiendo al mundo el capitalismo. Asistimos así en todos los órdenes a la explosión del capitalismo económico, con su interpretación filosófica del mundo y su falta de sentido social. El capitalismo llamado salvaje destruirá rápidamente y sin remedio el viejo sistema social y político, pero precisamente por su egoísmo creará sus anticuerpos, las fuerzas populares, en primer lugar en España la carlista. Y luego todos los movimientos políticos revolucionarios. Entrarán unos y otros en conflicto con el sistema burgués, un conflicto que durará todo el siglo XIX para provocar al final la guerra civil.

La burguesía en España
La nobleza y el clero, las dos estructuras sociales básicas del Antiguo Régimen estarán, tarde o temprano absorbidos o domesticados por los nuevos políticos de origen burgués. Así, el alto clero sometido en la monarquía tradicional que de hecho proponía y nombraba a los obispos, los escogía de entre la nobleza y la burguesía intelectual, gozando por ello de un indudable prestigio social. Con la dominación burguesa nuevamente estrenada fueron no solamente los nuevos monarcas si no a menudo los ministros o los políticos influyentes quienes proporcionaban a sus protegidos para elevarles en los rangos eclesiásticos. A partir de entonces tienen tendencia a aceptar sin demasiado reparo los valores burgueses, donde menos se hubieran debido aceptar: en materia de propiedad y de subordinación del trabajador al capital. En otras palabras, los altos dignatarios de la Iglesia aparecen vinculados al capital y al poder, utilizando los valores morales de la Iglesia en contra de la justicia, de la verdad evangélica y de las libertades humanas. El clero local, mayoritariamente de origen campesino, a menudo discrepa de sus pastores por encontrarse cerca del pueblo. Pero esta discrepancia no tiene efectos sobre la Iglesia jerárquica.
El anticlericalismo de los movimientos revolucionarios o la actitud antirreligiosa será el resultado a nivel popular. Es explicable aunque no necesariamente aceptable. La historia de España y América, escrita y dirigida por Vicens Vives, en el volumen V, página 121, dice:” Desde los albores del siglo VI, la Iglesia había vivido íntimamente vinculada al pueblo. Se consideraba su representante ante el Estado. La Reconquista y la Contrareforma habían acabado de remachar tales vínculos, de modo que en toda actuación popular conformista o inconformista hallamos teóricos y activistas eclesiásticos. En 1.834 y 35 este idilio puede considerarse terminado.”
La nobleza, por su parte, en no pocos casos depauperada y arrinconada en el proceso del desarrollo económico, al tener sus propiedades vinculadas, es decir, privadas de derecho de enajenación, verá con simpatía muchas de las reformas que hace la burguesía, en particular las leyes de desamortización que les permite vender sus tierras y entrar en el juego económico. Además, ve con agrado a sus vástagos casarse con hijos de los burgueses adinerados que aportan lo que más le falta a la nobleza: recursos económicos.
Pero al final, la nobleza pierde no solamente sus privilegios sino también su prestigio propio, ajeno al sistema capitalista, por aparecer ante la sociedad con una imagen difícil de distinguir de la del burgués. La opinión pública los asimila al grupo dominante, represor y egoísta.

La desamortización y la metodología
política de la burguesía
La Desamortización fue en realidad un proceso cuya fase inicial se sitúa alrededor de 1834. Tuvo varias metas: La primera era la de financiar el déficit público debido en gran parte a la primera guerra carlista. La segunda a atraer esa nobleza rompiendo o suprimiendo la vinculación de los mayorazgos, y así permitirle vender sus bienes para integrarse en la vida económica del país. La tercera, controlar el clero, sustituyendo los bienes en manos muertas, vinculados a servicios educacionales hospitalarios o sociales, por una renta estatal dependiente por tanto del poder político. Y la cuarta, desarmar los municipios y las colectividades locales, cuyos bienes comunes eran el único recurso de los más pobres, con el mismo procedimiento.
Así, con la Desamortización, las viejas estructuras locales estaban definitivamente desbaratadas por estar apartadas del reparto del botín. Se enriqueció más la burguesía, ya rica, y se vinculó a la nueva dinastía isabelina, viendo en una posible contrarevolución carlista una amenaza seria para la seguridad económica de sus recién adquiridos privilegios económicos. En la carta que acompaña al proyecto de ley de desamortización en 1.836, en plena guerra carlista, Mendizábal escribe a la reina Isabel en los términos siguientes: “se funda en la alta idea de crear una copiosa familia de propietarios, cuya existencia se apoye principalmente en el triunfo completo de nuestras actuales instituciones.” En resumen, la desamortización permitió al gobierno isabelino financiar la lucha contra los carlistas en la primera guerra, absorber a la nobleza y potenciar la nueva burguesía.
Con la llegada al poder del sector más adinerado de la sociedad burguesa se agudizan las luchas sociales -campesinas y obreras-, consideradas por los vencedores como acciones criminales. Pero obnubilada por sus éxitos económicos, la clase dirigente no se percató de que se estaban fraguando los instrumentos de su propia destrucción. La lista de los conflictos, sublevaciones campesinas u obreras es larguísima, y se forma un nuevo instrumento totalmente ajeno a la ideología y visión del mundo burgués. Los sindicatos de clase y los partidos de masas.

La Revolución Proletaria, los Sindicatos
y los Partidos de Masas
Ambos son instrumentos profundamente revolucionarios, aunque pueden ser pacíficos según el nivel de libertad concedida en el diálogo por la clase dirigente, o arrancado a partir de la presión ejercida por la clase trabajadora. Ambos se desarrollarán como antídoto al capitalismo salvaje y al parlamentarismo hueco que sirve de pretexto a la burguesía decimonónica. No nacieron ni se desarrollaron en contra del Antiguo Régimen como el movimiento burgués; se desarrollarán tanto en contra de éste mismo, como en contra de la explotación capitalista y por la conquista de las grandes libertades humanas.
Pero de todos sus adversarios, el más evidente no fue la nobleza, ni siquiera la burguesía; fue la misma Iglesia.
Si bien es verdad que hubo también muchos movimientos obreros inspiración cristiana, el papel de la Iglesia como cuerpo social, sobre todo el de su jerarquía, aparecía tan íntimamente vinculado al sistema opresor que se transformó en el blanco predilecto de las izquierdas populares. Claro está que las ideologías de izquierda, especialmente las marxistas, eran materialistas, pero el odio contra el clero y la religión, por injusto que haya sido, no era debido a la ideología solamente sino a su imagen, de traidora a sus principios e instrumento de represión al lado del poder burgués.
A partir del fracaso de la tercera derrota carlista, en 1.876 va a desarrollarse una nueva forma de partidos políticos, revolucionarios unos, reformistas otros, pero que al igual que el vencido Partido Carlista van a tener una organización profundamente popular.
Los partidos políticos de masas serán organizaciones militantes radicalmente diferentes de los partidos políticos burgueses. Aquellos eran partidos de minorías selectas, de clubes, sin otra estructura que una vaga organización electoral. Su terreno era el sistema de voto censitario. Pero más o menos se necesitaba en un sistema que limitaba el país político, inicialmente por lo menos, a unos 30.000 ciudadanos suficientemente adinerados para poder ser electores y aún más adinerados para poder ser elegidos.
Los partidos de masas crecieron así en contra del mismo sistema burgués desde dentro del sistema parlamentario y para la conquista del poder. Sus afiliados no eran electores solamente; eran militantes. Las bases sociales eran corrientes comprometidas con una ideología y un proyecto de sociedad.
Los sindicatos, por su parte serán revolucionarios unos; otros, partidarios del sistema parlamentario. Los hay, por fin, que enfocan sus luchas laborales simplemente en el sentido reivindicativo. Los pocos sindicatos cristianos que aparecen son llamados ” amarillos “. Se les acusa por su prudencia de pactistas, asustados por la Iglesia, por la revolución, por el marxismo y por el anarquismo. Los Sindicatos Libres fueron fundados inicialmente por los carlistas y fueron de los pocos que se enfrentaron con la realidad desde la vertiente cristiana, sin miedo, antes de ser luego eliminados y manipulados por la acción conjunta de la Iglesia, de las izquierdas y, sobre todo, del poder. Todas estas fuerzas estaban temerosas de su posible éxito. Para la Iglesia de entonces no se podía ser cristiano y revolucionario. Para las izquierdas no se podía cristiano y luchador obrero. Y para el poder establecido no se podía ser carlista.

El ejército
Junto a las transformaciones sociales del siglo XIX aparece una nueva fuerza, cuyo papel político era totalmente impensable en el siglo XVIII: El ejército.
El ejército español es original en su evolución. Las sucesivas guerras carlistas, las expediciones de África, los repetidos fracasos gubernamentales, la represión de las sublevaciones populares implican continuamente al ejército en una función política. Es a la vez criticado por su excesivo costo, por sus represiones contra el Carlismo y los movimientos obreros y por su golpismo. Marginado, acaba el ejercito en una reacción de autodefensa, por considerarse como un cuerpo aparte de la sociedad, como “la iglesia de la patria”, principal defensor de la unidad nacional y de la convivencia en el país.
Por necesidad o ambición de cuerpo, cuando no personal, el ejército se constituye en un Estado dentro del Estado. Con su visión mesiánica de salvación de la patria y desprecio de los movimientos políticos ve en cada nuevo golpe su salvación y la de España. Así, la salvación de España pasa por el ejército como ” único intérprete de la voluntad popular “.

La monarquía: pretexto o instrumental
No siempre con justicia se ha acusado a los monarcas liberales de los defectos de su época. En realidad fueron no pocas veces tanto víctimas como causantes de los desórdenes de los pronunciamientos, de los conflictos sociales, de las guerras civiles y de las guerras carlistas mismas. En efecto, la monarquía isabelina y luego alfonsina era en gran parte una monarquía pretexto, una monarquía instrumental. El verdadero monarca de la sociedad era la nueva clase burguesa adinerada. Su verdadero sistema político hubiera tenido que ser desde el principio la República. El monarca y la Monarquía en sí misma sobraban, pero en aquel entonces pocos países concebían la República como un sistema viable. La Monarquía era, en sí, una necesidad psicológica para los pueblos y para quienes los dominaban, en este caso la burguesía.
Las viejas monarquías, por su tradición arbitral, tenían un profundo arraigo popular. Sus relaciones con el pueblo eran a menudo tormentosas, pero de una u otra forma la Monarquía era la institución que ” templaba las gaitas” entre los diversos poderes sociales. Convenía a la burguesía que las nuevas monarquías fuesen parecidas a las antiguas, salvo en esta función arbitral; tenía que estar en exclusiva al servicio de una sola clase, la burguesa. Debía parecerse a la antigua para satisfacer a la nobleza. Debía de ser confesional para recibir el respaldo de la Iglesia institucional y conseguir su apoyo; debía de desarrollar la cultura para el progreso de las ideas y satisfacer así a la burguesía culta, pero convenía que no tuviera arraigo popular. Así, el prestigio histórico y humano de las viejas monarquías o dinastías serviría de tutor, de protección, de biombo incluso detrás del cual se movería el nuevo soberano social. Las nuevas dinastías serían instrumentales. Convenía que tuviesen todo el brillo de las antiguas, incluso la popularidad, pero no el arraigo popular, cosa muy distinta. La mejor ilustración de este arraigo popular es la capacidad de la dinastía carlista, que sí lo tenía, de movilizar por cuatro veces al Carlismo para unas guerras, fuera de toda legalidad, sin ningún dinero y en contra del apoyo estatal. En la tercera contienda se evidencia aún más la diferencia entre la popularidad que tuvo la monarquía alfonsina con Alfonso XIII al frente y el arraigo popular que no tuvo. ¿Dónde estuvieron los defensores de la monarquía liberal solamente 10 años después de caer la monarquía? ¿Cuál fue su participación en la guerra? En frase de Abraham Lincoln,” es posible engañar a parte del pueblo todo el tiempo, o a todo el pueblo parte del tiempo, pero es imposible engañar a todo el pueblo todo el tiempo “. La caída de la monarquía burguesa marca así el final del intento por parte de la burguesía económica de engañar a todo el pueblo todo el tiempo, pero fue un final dramático.
La guerra civil, que culmina el proceso, es el conflicto final entre la burguesía y su expresión de clase y el pueblo con su entrega a un ideal y su violencia propia. Era evidente en 1936 que esta revolución tenía que ser violenta y no pacífica. Las fuerzas contrarrevolucionarias se estaban organizando. El fascismo en Italia había resuelto el problema del orden público y del desarrollo económico, en base a la represión, y se les ha antojaba a muchos que también en España podía oponerse al empuje revolucionario de los movimientos de izquierda. El hitlerismo lo había conseguido en Alemania de la misma manera. En Francia había amañado el empuje revolucionario y se buscaban en el mundo político parlamentario unas soluciones pactadas. Portugal, por su parte, había logrado con Salazar más o menos una solución de orden también aparentemente pacífica.
Las izquierdas en España debían optar entre volver al sistema anterior odiado, o hacer frente al autoritarismo naciente.
El Frente Popular no tenía en realidad otra meta que ser la alternativa revolucionaria y la apertura de las compuertas para aquellas fuerzas capaces de arrasar el pasado y engendrar un mundo nuevo. Les parecía que retrasar este momento era condenarse a sufrir la violencia del otro bando. Para ello era evidentemente indispensable la previa unión de las izquierdas y esto era lo que pretendía el Frente Popular. Pero era no menos evidente que el golpe de fuerza, la dictadura de la izquierda era probablemente indispensable, ya que la II República había fracasado en el intento pacífico por culpa de las derechas. Por otra parte, como hemos visto ya, el hecho mismo de la unión de las izquierdas en un frente común hacía inviable una república, y por lo tanto una solución parlamentaria. En todo esto ¿qué paso con el Carlismo?

El Carlismo
Perdidas las tres guerras carlistas, la de 1833 a 1836, la de los Matiners en 1846-1849, y luego la de 1872 a 1876, el Carlismo ya había sido dado por muerto tres veces. Pero el Carlismo había sobrevivido en el corazón de muchos hombres en las principales provincias españolas. Por dos motivos: el primero era su adhesión dinástica que, de generación en generación, permitía una continuidad histórica, mientras permanecía una autoridad moral que jamás había desaparecido. El segundo, que está vinculación histórica era profundamente popular. No era una vaga simpatía o una popularidad electoral momentánea en torno a un líder político. Era una vinculación a una dinastía que representaba una concepción de la sociedad, amparo de la dignidad humana individual, y de la dignidad colectiva de los pueblos, atenta al valor de los estamentos intermedios entre el hombre y el Estado. Era una doctrina o una filosofía política marcada por el cristianismo, profundamente ligada al concepto comunitario de una sociedad.
Por ello no se pudo entender nunca con la burguesía del Estado nuevo, profundamente individualista, socialmente egoísta y sostenedora de cualquier poder establecido, con tal que no fuera anticlerical para no enfrentarse a la Iglesia, cuyo apoyo necesitaba, ni anticapitalista, por supuesto, pues del mismo capitalismo exacerbado obtenía sus privilegios.
Pero los conceptos de libertades forales o sindicales o de partidos políticos populares, sobre todo cuando eran capaces de movilización popular militar, eran peligrosos. Rompían la “unidad nacional” por reconocer que entre el Estado y el ciudadano podía haber organizaciones intermedias territoriales (forales), o sociales (sindicales), o ideológicas (partidos de masas), o revolucionarias (capaces de sublevación en armas).
El Carlismo tenía todas estas potencialidades; por ello fue el principal blanco del poder burgués por una parte y hubo siempre una vinculación popular profunda entre dinastía y el pueblo carlista por otra. Las luchas carlistas no eran solamente luchas dinásticas, aunque se presentaran como tales. Eran, además, ideológicas. Buscaban una concepción del poder totalmente diferente de la que tenían los movimientos liberales. No era un problema de programa de gobierno ni tampoco de legitimidad histórica, era un problema de proyecto de sociedad. De la misma manera que la monarquía liberal era el instrumento de la revolución burguesa y de la concepción individualista de la sociedad, la monarquía carlista era una concepción societaria de la sociedad.
Tan clara era en la opinión pública la diferencia entre la concepción carlista del poder y la liberal que cuando se hablaba de los partidarios de una u otra opción se llamaban por su hombre a los ” carlistas “, mientras que se llamaban a los partidarios de la dinastía liberal los “monárquicos”. En otras palabras, para el carlista la monarquía no era simplemente una forma de gobierno. Se podría incluso decir que siendo dinásticos, al límite no eran monárquicos, o dicho de otra manera, el lazo entre el carlista y su dinastía no tenía como meta una “forma de gobierno” sino un concepto de sociedad y este vínculo, que no se había roto en todo un siglo, era aún vigente en 1936.

El Carlismo en 1936, la sucesión dinástica
y el integrismo
Una de las grandes dificultades que encontró el Carlismo en el primer tercio del siglo XX fue el problema de la sucesión. Don Alfonso Carlos, hermano de Carlos VII y antiguo comandante de los ejércitos carlistas en Cataluña, busca angustiosamente a un miembro de la dinastía que pueda asumir la responsabilidad de Carlismo. Su angustia crece sobre todo con la conciencia que tenía de la posible dramática evolución de la situación en España. A la muerte de Don Jaime pide a nuestro padre que acepte la regencia del Carlismo, sin que esto le privara de sus derechos a la sucesión. Nuestro padre aceptó con una sola condición: que en el futuro se realizara por un procedimiento democrático la confirmación de la sucesión. Empezó la preparación del Carlismo junto a don Alfonso Carlos por lo que, ya preveía, iba a ser una guerra civil. El esfuerzo organizativo lo hace en este sentido, convencido de que había que prepararse para lo peor y que el Carlismo tenía que actuar e intentar mediar, en lo posible, en el conflicto. Sería necesario el uso de la fuerza; por ello todo se centró en la preparación de una organización militar y en el armamento de aquella fuerza.
Pero quien ostentó hasta el mismo comienzo de la guerra la responsabilidad del Carlismo fue don Alfonso Carlos. En la tormenta que se avecinaba, D. Alfonso Carlos temía más la impotencia militar del Carlismo para participar en una contienda inevitable que su poca preparación política. Esto explica su debilidad. Su percepción de la inevitabilidad del conflicto llega al máximo con las actividades antirreligiosas y anticlericales de la República. Se incrementó aún más con el Frente Popular, al ver que entonces los dos campos se hacen irreconciliables, y se le aparece una victoria de las izquierdas como el preludio a una sovietización de España. Era un hombre profundamente religioso y amante de las libertades individuales y sociales y todas le parecían estar en peligro con una victoria de las izquierdas. Ve “un todo o nada”; o se ganaba la futura contienda y habría esperanza, o se perdía y se caía en la dictadura soviética. Esta visión, que era además la de amplios sectores españoles, hizo que aceptara la vuelta al Carlismo de los sectores integristas expulsados del mismo al final del siglo XIX por su hermano Carlos VII; expulsión que luego fue confirmada por Don Jaime. Pero fue un error de don Alfonso Carlos.

El Integrismo
Mi tío don Alfonso Carlos discrepaba en esto de mi padre e incluso de su esposa Doña María de las Nieves, que verán con sospecha entrar en los mandos del Partido Carlista a hombres cuyas metas políticas eran distintas, cuando no opuestas, a las del Carlismo. Don Alfonso Carlos tenía flexibilidad en la táctica pero no tenía ductilidad en el análisis de las situaciones. La meta era preparar una guerra. Para una guerra todo hombre vale. Todos los voluntarios son aceptados. Fue un error, porque la guerra es un acto político. La meta de toda guerra es política, y los integristas lo verán así. La guerra que se acercaba era para ellos la ocasión de una revancha de sus ideales sobre los del Carlismo. Y veremos cómo no dudarán algunos de sus representantes en traicionar al Carlismo desde el principio del alzamiento. Pero los textos de los autores de este libro son suficientemente ilustrativos para que no sea necesario extenderse ahora sobre este aspecto.
Tengo que hacer aquí una salvedad para un hombre extraordinario por su valentía y honestidad, que provenía del integrismo, pero fue en todo momento lo que se podía esperar de un organizador, un líder político y un gran cristiano. Su nombre era Manuel Fal Conde que, en contra de muchos de sus amigos de antes, sirvió al Carlismo con toda honestidad y generosidad. Y se puede decir que el error de don Alfonso Carlos fue en parte compensado en el campo de la acción por su acierto en nombrar a Fal Conde jefe delegado suyo en España. Su incansable labor hizo de él el más eficaz colaborador, primero de don Alfonso Carlos y luego de nuestro padre. Quiero testimoniar que para él nunca tuvo mi padre más que palabras de admiración y aprecio. En el campo político, el error de Don Alfonso Carlos será compensado por la visión futurista de mi padre, que fija para el Carlismo un ” después de la guerra”.

La marginación del Carlismo
Si el Carlismo fue la pieza clave del alzamiento, ¿Cómo es que a los tres meses de empezar la guerra y ya con éxitos militares espectaculares pudo ser marginado? A decir verdad, todos los factores políticos jugaron en su contra. Ni la democracia cristiana, que era republicana, ni los sectores alfonsinos que por supuesto eran monárquicos y querían restablecer la Monarquía de Alfonso XIII, ni Falange Española, que era fascista, tenían interés en el Carlismo o, mejor dicho, tenían un gran interés en que el Carlismo desapareciera. Franco en persona mantenía íntimamente una fidelidad a la Monarquía de Alfonso XIII, y también Inglaterra, que deseaba la restauración en la Monarquía en la persona de Alfonso XIII por su vinculación familiar con la familia real inglesa, le apoyaba. Pero Franco habían logrado establecer contactos con el régimen de Mussolini y, a través de éste, con Hitler. Ambos estaban interesados en una victoria del campo nacional en España, que les daba una indudable patente de solución política europea, ya que el hitlerismo aparecía entonces como una copia de su sistema fascista. Hitler tenía los mismos motivos políticos que Mussolini. Además España representaba un campo de experimentación para su nueva fuerza aérea y su arma blindada. Pero Hitler y Mussolini tenían también un evidente interés en que se eliminará el Carlismo, dirigido por un príncipe que había luchado contra Alemania en la Primera Guerra Mundial y no había ocultado su actitud totalmente opuesta al nazismo, que consideraba junto al comunismo como el mayor peligro del mundo occidental.
Franco se dio cuenta de que si lograba unificar todos los grupos políticos del campo nacional podía construir un poder único totalitario. Por ello, promulgo el Decreto de Unificación, y suprimió todo los partidos políticos y organizaciones del campo nacional. Este mismo decreto serviría además para someter el Carlismo o para eliminarlo.
Así, el Carlismo aislado políticamente desde el planteamiento internacional de Inglaterra, de Alemania y de Italia, podía ser tranquilamente destruido. Tenía que pasar por el aro de aceptar el Decreto de Unificación y por ende el sistema fascista. Todos los partidos políticos del campo nacional lo aceptaban, salvo uno, precisamente el Partido Carlista. Fue una sorpresa para Franco y su reacción inmediata fue intentar suprimir el Carlismo. El aplastamiento del Partido Carlista se hizo desde el planteamiento político con el destierro, empezando por mi padre, o la cárcel, de jefes influyentes y fieles a nuestro padre, y en lo militar con el nombramiento, siempre que fuera posible, al frente de los Tercios de Requetés, de oficiales del ejército nacional que no tuviesen origen carlista.
La posibilidad de que el Carlismo se retirase de la guerra era evidentemente excluida. El Carlismo no había ido a la guerra para conseguir sus metas históricas sino para realizar un servicio a España. El que se retirase el Partido Carlista y los cincuenta Tercios que en luchaban en el frente de la contienda a los tres meses de iniciarse el conflicto hubiese significado el derrumbamiento del frente nacional. El Carlismo prefirió el sacrificio gratuito y salvarse como fuerza beligerante para el futuro. Su permanencia en la guerra seguramente fue la clave para la victoria del campo nacional. Sin él la victoria hubiera sido imposible y Franco lo reconocía así, pero también quedó muy claro que los requetés no morían por este sistema que odiaban y creían pasajero.
Es interesante constatar a posteriori que con la aceptación del Decreto de Unificación se suicidaron todos los partidos o movimientos del campo nacional. ¿Qué quedó de ellos cuarenta años más tarde? Ni siquiera la Democracia Cristiana, el más grande de todos los partidos de la preguerra logró levantar cabeza.
El rebelde al franquismo, el machacado por el Régimen, se salvo con su personalidad y sus ideales, y logró en parte sus fines cuarenta años más tarde, en particular por el proceso autonómico y las libertades políticas, gracias a mi padre y a los que lucharon entonces junto a él, y luego junto a mí y a nuestros militantes. Así llega el Carlismo al final de la guerra como un gran vencido en el campo del vencedor, pero el vencido que no se rindió a Franco fue aplastado por él, y por eso pudo sobrevivir al régimen. Tal fue la saña contra el Carlismo que, incluso con la llegada de la Monarquía a la muerte del dictador, el único partido que no se legalizó, y sólo lo fue pasadas las primeras elecciones, fue el Carlista.
Juntos, pudimos preparar y llevar a cabo la lenta gestación de la transición democrática. Pero no se acaba aquí el papel del Carlismo. Permanece latente con sus propuestas políticas y sociales, con su capacidad de animación a nivel social, porque en su tiempo, y gracias a mi padre, no renunció al futuro.

El Carlismo y el futuro
Había encima de la mesa tres fotos de Burgos, y se podía ver que estaban tomadas desde el mismo lugar, con la catedral al fondo y la avenida que conducía hasta ella, en tres épocas distintas:1900, con carros de caballo y señoras tocadas con grandes sombreros y vestidos largos; 1930, ya aparecen algunos automóviles de aquella época y las señoras visten más corto; 1970, con automóviles más modernos y con vestidos aún más cortos. Las fotos parecen algo pasadas de moda. ¿Qué es lo más moderno?, me preguntó el hombre que había puesto las fotos sobre la mesa. Equivocado por el término y confundiendo la palabra moderno con el sentido cronológico del tiempo, pensé que era la última foto, porque era la más próxima al momento actual. “Las tres fotos son igualmente modernas “, dijo este hombre. Lo que es viejo y pasado de moda son los vestidos y los coches. Pero en las tres fotos hay algo moderno, la catedral. No había pasado ni pasaría de moda. Así, hay en la vida de los pueblos valores que no pasan de moda porque son siempre actuales. Pero antes de ver cómo el Carlismo representa estos valores, echaremos una mirada al presente y el futuro del mundo.

El futuro
El mundo va hacia la unidad a marcha forzada por una urgente necesidad. No podemos permitirnos el lujo de una guerra nuclear ni bacteriológica. El peligro radical que pesa sobre la humanidad y los conflictos que se dejan entrever imponen un mecanismo político arbitral y un monopolio de la fuerza por un poder político. Un poder promotor, además, de la justicia intercomunitaría y del desarrollo armónico como condición de paz general. No existe paz sin justicia, por imperfecta que sea. Sin justicia o progreso hacia ella puede haber orden público pero no paz. Lo que busca el hombre es otro orden, el que le dé los dos bienes que todos ansían: la justicia y la libertad. La problemática, por ello, no es Monarquía o República como formas de poder, sino como la ha planteado el Carlismo en más de siglo y medio: el contenido de poder que debería tener en este Estado mundial cuya constitución vemos como necesaria.
La necesidad evidente de resolución de conflictos, del desarrollo económico coherente, de transferencia de riquezas, de justicia internacional, nos lleva a la fuerza a considerar unas necesidades subyacentes, ¿Qué contenido de gobierno tendrá el nuevo “gobierno mundial” cuando exista? No hay en realidad planteamiento macropolítico sin consideración de una base micropolítica. Por ello conviene empezar por está o por las realidades nacionales actuales, antes de considerar el planteamiento macropolítico que abarque la visión del futuro a nivel mundial.
La dinámica occidental muestra en el seno de los Estados nacionales desarrollados una lenta pero profunda evolución hacia la desaparición de la tensión dialéctica entre derecha e izquierda. La sociedad sin clases pierde parte de su capacidad revolucionaria que había heredado de la revolución burguesa. Simultáneamente los sindicatos pierden también su garra revolucionaria dialéctica, por haber desaparecido su base sociológica. Hoy en día no hay en el mundo occidental un sindicato revolucionario, todos son sindicatos de colaboración de clase que en el siglo pasado o al principio de éste se hubieran tachado de amarillos. El resultado es que se desdibujan los antiguos partidos de masas populares. Es casi imposible distinguirlos hoy de los partidos de cuadros conservadores. Los dos tienen un aparato de partido de masas pero su filosofía es de partido conservador cada vez marcado no por la lucha de ideas sino por la simple lucha electoral. El resultado es que los programas políticos de ambos se pueden incluso considerar intercambiables. Cada partido intenta ganarse el centro donde los electores indecisos del otro campo se pueden conquistar.
La característica de estos sistemas es que la sociedad vive entregada a una constante crítica y al desprecio de “los políticos” por sus promesas incumplidas, por sus programas incomprensibles y por la manipulación de la opinión pública. La opinión pública se ve a sí misma víctima, o se cree tal, de un fraude general que no logra a analizar. Además, la llamada partitocracia, es decir, la invasión por parte de los partidos de todos los aspectos de la vida ciudadana, agrava esta percepción. El municipio, la comarca, las autonomías, los sindicatos, la administración pública, todos parecen regirse por la organización de estos partidos, que aparecen como simples máquinas electorales al servicio de las ambiciones políticas de unos pocos. Así, el partido político, el aparato moderno más poderoso de la democracia, el que ha permitido los avances sociales más espectaculares hacía la justicia y políticos hacia la libertad, está ya en crisis.
Ha logrado superar la revolución burguesa y la revolución proletaria, ahorrando al mundo occidental muchos traumas y permitiendo que se abra en todos los países, incluso en los más lejanos o atrasados, una esperanza de progreso hacia el respeto de las personas, el progreso de las libertades y el desarrollo económico pacífico.
Pero hoy los partidos políticos criticados en su propia cuna occidental, y despreciados, no parecen ser portadores de esta esperanza. Sobreviven porque no existe otra alternativa para organizar un debate político o una decisión política. A nivel mundial, es muy posible que el sistema de partidos que conocemos no sea tampoco válido. En otras palabras, las diferencias culturales, económicas, históricas hacen un sistema de partido político a nivel mundial inadecuado para representar un conglomerado de más de 125 países. Es probable, además que lo que vale en unos sistemas de cultura occidental no sea válido en otros. El gran resurgir en algunos países del sentimiento nacional beligerante puede invalidar el sistema occidental a la hora de representar al conjunto de las naciones. Las Naciones Unidas son un primer intento de crear una República Mundial, una República que curiosamente tendrá probablemente algo del contenido de las viejas monarquías, al necesitar un poder arbitral que equilibre un gobierno nacional universal. La evolución de la unidad mundial pasará probablemente por un sistema federal. La imposibilidad de reducir a una representación de pocos partido unas realidades humanas tan diversas hace problemática al nivel macropolítico la constitución de un Estado-Nación mundial.
Sí volvemos al nivel de los Estados nacionales, vemos también renacer, a la sombra de la crítica de los partidos políticos actuales, la necesidad de reconstruir ó simplemente respetar unas realidades históricas para dar respuesta a lo que tanto anhela el hombre moderno: el pertenecer a una comunidad. El ser de un pueblo, de una ciudad, de una región o de una nación no es actualmente más que un atributo geográfico que se añade al carné de identidad. Lo que anhela el hombre moderno masificado y bien organizado por la sociedad impersonal, burocrática y paternalista es ser parte de una comunidad, tener algo que decir en ella. Pero este pertenecer no es sólo una pertenencia administrativa; es de algún modo exactamente lo opuesto. Es el hacer que estos pueblos, ciudades, Estados, sean propios y tengan propiedad de estos bienes comunes, por ser responsables de ellos. Lo mismo podemos decir de las organizaciones políticas o partidos; si son tan criticados, se debe en gran parte a que no son “de” los ciudadanos sino “para” los ciudadanos. Así, el hombre moderno está cada vez más deseoso de ser algo más que un buen administrado; la evolución de empresas, de los sistemas educacionales o culturales, incluso de los ejércitos y de los organismos religiosos, va exactamente en este sentido: buscar cómo hacer participar a sus miembros en sus comunidades respectivas. Cómo ser activo y creativo en el organismo social.
El hombre moderno busca cómo compaginar una libertad creadora con una sociedad protectora, sabe que tiene que escoger entre la pasividad de la decadencia o la actividad del crecimiento, sobre todo en un mundo marcado, a nivel continental, por tremendas injusticias.
No es casual que, incluso en las empresas modernas, el cargo de jefe de personal se considere el más importante de todos. La empresa capitalista ha comprendido, antes quizás que otras instituciones, que sin la participación, comprensión, adhesión y colaboración de sus empleados no puede haber éxito duradero.
Frente a la sociedad del bienestar pasiva nacen por todas partes las corrientes del bienestar humano activo, responsable, creador, consciente de su responsabilidad mundial, y por ello mismo seguramente la nueva sociedad sin clase, llega a lo que el Carlismo ha defendido desde hace más de siglo y medio: un pueblo que con una dinastía comprometida al frente ha intentado servir a la sociedad en la que crear un nuevo mundo de comunidad de comunidades.

CONCLUSIÓN
¿Qué forma de gobierno?
La problemática política en cuanto al futuro se refiere tanto a la monarquía o la república como forma de gobierno como al contenido de gobiernos que tendrán dimensiones y responsabilidades mundiales.
El sentido de nuestra lucha secular es así referido mucho más al contenido de un gobierno que a su forma. Y lo que ha motivado este largo empeño histórico, rubricado por guerras civiles no era sólo el reclamo de una legitimidad dinástica sino la razón última de la legitimidad de un poder soberano en el ejercicio de su función.
A nivel mundial, tanto la urgencia de resolver los conflictos en curso, de organizar un desarrollo económico coherente y la transferencia de riquezas, como la justicia internacional, nos lleva a analizar los requerimientos necesarios para el funcionamiento de un gobierno de esta índole. Y no podemos hablar de las categorías de lo macropolítico si no nos acercamos antes a la organización que rige el Estado moderno a nivel micropolítico.

Evolución del Estado Moderno
La dinámica que conduce al Estado-Nación del mundo altamente desarrollado pone en evidencia la progresiva pero ineludible desaparición de muchas de las características que presidieron su desarrollo. En efecto, el Estado-Nación era fundamentalmente a su vez el resultado de la inevitable desaparición de las estructuras de poder que caracterizan la Edad Media. La Revolución Francesa inventa el concepto de nación. Desbarata así estructuras que, andando el tiempo, se habían transformado en privilegios inútiles.
Al tiempo, divide el espacio político entre el Estado por una parte, y el ciudadano por otra. Desaparecen así los cuerpos intermedios. He aquí la lógica que presidió al nacimiento del Estado Moderno.
La consecuencia fue el lento e inevitable crecimiento de un poder cuyo basamento era el dinero, y su resultado las luchas de clases, las guerras civiles y las guerras mundiales. Al tiempo nacen estructuras políticas nuevas: son los partidos políticos, los sindicatos y hasta cierto punto los entes de gobierno regional para poder responder a la problemática de la gestión a nivel local por una parte, y de la lucha de clases por otra. De hecho, han permitido, al menos, su progresivo desdibujamiento.
Hoy la sociedad está estructurada según un esquema que no muestra clara diferenciación de clases, y de esta manera ha ido perdiendo su pulso revolucionario, al perder gran parte de su base proletaria. Los sindicatos han corrido la misma suerte y por las mismas razones. Los antaño partidos de masas apenas se pueden diferenciar actualmente de los partidos conservadores. Ambos apuntan a un mundo alejado de la perspectiva de la lucha de clases o de la consecución de un ideal, y su realidad cotidiana se cifra en el proceso electoral propiamente dicho. Finalmente, sus programas políticos son casi susceptibles de ser intercambiados.
La crisis arranca también del resurgimiento de la voluntad autonómica, tanto a nivel municipal como regional, y el reclamó se proyectará mañana a nivel continental. En efecto, el Estado-Nación ya no puede recabar la adhesión de los ciudadanos desde el momento en que su propia dimensión le hace perder el contacto con su base, que es la condición de su marchamo democrático. Es lo que hace al Estado-Nación capaz de tener una proyección continental o mundial.
A las razones referidas más arriba hay que añadir el que las culturas estén diferenciadas e impidan que se puedan identificar con el sistema regido por la cultura occidental. El Estado-Nación es una realidad del pasado. Y es así porque de la propia dinámica democrática deslegitima su monopolio del poder como única expresión legítima de la voluntad popular.

El Carlismo en su perspectiva del universalismo
La acción de nuestro padre al iniciar en 1964 la evolución del partido no obedecía sólo a motivaciones estrictamente españolas; también contemplaba una perspectiva más universal. Tenía puesta su fe en el Carlismo no sólo por su fidelidad dinástica sino también por su fidelidad a una trayectoria política donde el poder rector de la sociedad estaba basado en, y estrechamente conectado, con las comunidades históricas. En el caso del Carlismo, la referencia y poder moderador lo ostentaba el rey. Pero el rey no era para el Carlismo un mero símbolo, tampoco encabezaba una dictadura institucionalizada. El poder político se concebía como referencia que actuaba como garantía de la relación pacífica entre las comunidades por una parte, y por otra del funcionamiento democrático de éstas.
Para él era factible en España un régimen así, de corte federal, opuesto tanto a la dictadura como al centralismo. Sería una manera de promover la democratización de la sociedad toda, desarrollándose a partir de una gestión de base a manos de los sindicatos, los partidos y la Administración regional. El poder político arbitral haría del Estado federal una comunidad de comunidades. Sería la manera de resolver muchos de los problemas pendientes de nuestra sociedad y serviría de paradigma en la perspectiva futura de una sociedad mundial.
Mi padre había experimentado en su propia carne dos largas guerras mundiales y la más dramática y cruel contienda civil de la historia contemporánea europea. Pensaba que el Estado-Nación, burocrático y centralizado, era incapaz de resolver eficaz y democráticamente las tensiones y los conflictos internacionales. Creía que la propia globalización de los problemas imponía formas políticas capaces de enfrentarse a ellos de manera eficaz administrativamente, y satisfactoria humanamente, desde la exigencia participativa.
En su opinión, el valor formal de las estructuras democráticas no era suficiente. Aún era necesario que los mecanismos de la participación funcionaran, que permitieran llenar una democracia formal de contenido real y de vida, hacerla humana.
Naturalmente, la comunidad de naciones dependía en su configuración de las estructuras infrasoberanas de las naciones partícipes. Su visión comunitaria de Naciones Unidas estaba lejos de enmarcarse en la utopía de un gobierno mundial al frente de un Estado-Nación, amén de una gigantesca burocracia centralizada y de una democracia formal nada participativa.
En realidad su propuesta estaba inspirada en lo que el Carlismo anhelaba en su propio marco nacional. Un poder arbitral mundial (poco importa si monárquico o republicano) que garantizara la libertad de cada una de las naciones partícipes, capaz de eludir las guerras mediante un sistema de resolución de los conflictos.
Esta utopía pacifista y participativa de una sociedad de naciones organizada según un modelo federativo, respetuosa de las culturas, religiones y tradiciones históricas de cada una de ellas, en su afán de construir juntas la historia futura, descansa en una opción filosófica: ¿Cuál es la reivindicación fundamental del ser humano? La justicia como garante de la paz. Pero quiere también desplegar una libertad creativa en el marco de una sociedad que le ampare. Debe ser libre para optar y decidirse entre la pasividad que conduce a la decadencia o la capacidad creativa de inventar su destino.
El liderazgo de mi padre y la activa participación de los militantes de nuestro partido permitió que intentáramos para nuestra sociedad este progreso y avance desde su realidad histórica hacía una ideología de futuro, interesante para España. Interesante también de cara a la integración mundial venidera.
En conclusión, el Carlismo, la fuerza política con mayor capacidad de movilización popular que participó de una manera tan decisiva en la contienda civil, fue reprimido en el campo vencedor. Y del movimiento militar nació una dictadura fascista en todos los aspectos, no solamente opuesta a las libertades sino directamente anticarlista.
Si las metas del Carlismo histórico no pudieron llevarse a cabo, salvo en parte en lo referente al proceso autonómico, hay valores suyos que son hoy más que nunca modernos, como la búsqueda de una sociedad humanizada. Al hombre robotizado y encasillado en una burocracia, defraudado por partidos que son máquinas electorales, le propone una sociedad societaria donde pueda gozar de unos valores democráticos comunitarios. Hay valores que, como la catedral de Burgos, son siempre modernos porque son universales.
No eran otras las libertades forales, sindicales o empresariales. Una sociedad cristiana pero no clerical, una sociedad española pero no nacionalista, unas libertades políticas pero no simplemente partidistas, y por encima de ésta la construcción de abajo arriba de un poder arbitral y no arbitrario. En un mundo en fase de rápida unión podemos ver cómo el concepto societario, federativo y religioso del hombre cobra su entera y esperanzadora dimensión.
El gran drama histórico que vivió España con la guerra civil fue preludio al que viviría muy poco después el mundo con la Segunda Guerra Mundial. Desde niño he vivido y presenciado, fascinado, el papel de mi padre, inmerso en este drama, haciendo frente a su responsabilidad histórica. A lo largo de dos años, y en las más diversas circunstancias, no he dejado nunca de hablar de todo con él, volviendo una y otra vez sobre este tema difícil, doloroso y apasionante por todo lo que significaba. En más de una ocasión Josep Carles Clemente nos acompañaba en nuestras tertulias, tanto en París como en Arbonne, cerca de la frontera española, donde manteníamos el contacto con los militantes del Carlismo, después de nuestra expulsión por Franco en el 68 murmuraba al final de estas tertulias: “Un día tendré que escribir esta historia.”
Y lo ha hecho. Ha arrojado luz, junto a mi hermana María Teresa y Joaquín Cubero, sobre un fenómeno histórico apenas conocido, el papel del Carlismo en la preguerra y en la época posterior, ha arrojado luz sobre el hombre que mayor responsabilidad tuvo, aunque fuera una responsabilidad muy condicionada, en este proceso: mi padre. Lo hacen con una claridad y una objetividad que no impiden la pasión por la causa y el respeto por el que los Carlistas llaman su Viejo Rey.
Pienso, además, que era una obra necesaria para la memoria colectiva española y europea, y expreso aquí mi hondo agradecimiento a Josep Carles Clemente, este gran historiador del Carlismo y entrañable amigo, y a los demás autores. Les dejo, a él, a María Teresa y a Joaquín Cubero contar, con el apoyo de los textos de la época, lo que fue nuestra guerra civil y la trayectoria vital de mi padre.
Carlos Hugo de Borbón Parma