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viernes, 4 de mayo de 2012

Manifiesto foralista versus manifiesto abertzale : 1.512


Refutación del historiador Jaime  Ignacio del Burgo al manifiesto del colectivo Nafarroa Bizirik sobre el quinto centenario de 1.512. Integro y en primicia
Jaime Ignacio del Burgo es académico correspondiente de la Real Academia de la Historia, además de la de Ciencias Morales y Políticas y la de Jurisprudencia y Legislación. También es doctor en Historia del Derecho y fue profesor de Derecho Foral Público en la Universidad de Navarra.
Ha publicado veintiocho libros referidos a la historia de Navarra y el régimen foral así como decenas de artículos y trabajos monográficos. Próximamente publicará un nuevo libro titulado “Historia de Navarra. Desde la prehistoria hasta la incorporación a la monarquía española”, en el que rescata, corrige, revisa y amplia un compendio inacabado de la “Historia General de Navarra” escrita por su padre. La mayor parte del libro se centrará en la etapa histórica que comprende desde el Príncipe de Viana hasta 1524.
En relación al manifiesto abertzale publicado por el colectivo Nafarroa Bizirik, Jaime Ignacio del Burgo ha escrito la siguiente refutación que Navarra Confidencial les adelanta hoy íntegra y en primicia:

EL MANIFIESTO ABERTZALE SOBRE 1512
Se analiza a continuación, párrafo por párrafo, el contenido del manifiesto aberzale sobre 1512 que, en forma de moción, se ha presentado en diversas instituciones municipales y forales de Navarra.
Este año se cumple el 500 aniversario de la conquista del reino de Navarra por tropas castellano-aragonesas. Eran tiempos de expansión territorial para España. En aquel julio de 1512, sus tropas invadieron el corazón de Navarra, como siglos atrás hicieron con sus territorios más occidentales.
Lo único cierto es que se cumple el 500 aniversario de los sucesos que condujeron a la inserción de Navarra en la Corona española.
Fernando el Católico protegió a los reyes Catalina de Foix y Juan de Albret desde el inicio de su reinado, frente a las pretensiones de Juan de Foix que, con apoyo de los reyes franceses, pretendían privarles de la herencia de los Foix en Francia, incluido el señorío del Bearne. Incluso, gracias a esa protección, los reyes navarros pudieron coronarse en la catedral de Pamplona.
La expansión territorial de España tenía como escenario la Europa mediterránea y América. En 1512 estalló la guerra entre el papa Julio II, a quien apoyaba el rey Fernando el Católico, Enrique VIII de Inglaterra, el emperador Maximiliano de Alemania, la República de Venecia y los suizos, y el rey francés Luis XII, que apoyaba a un grupo de cardenales cismáticos que pretendía destituir al papa. Los aliados constituyeron la Liga Santa, donde se establecía que quien apoyara a los cismáticos serían declarados herejes. Y en aquella época los reyes excomulgados podían ser privados de sus reinos.
Los reyes navarros pretendieron permanecer neutrales, tal y como se lo pedía el rey Fernando, que se proponía apoyar a los ingleses a recuperar la Guyena (actual Aquitania) que habían perdido hacía sesenta años. La neutralidad navarra era esencial para el éxito de la empresa, pues el ejército anglo-castellano podía ser copado en Francia al ser acometido por la retaguardia en el sitio de Bayona.
Pero Luis XII presionó a los reyes navarros –que eran vasallos suyos por los numerosos territorios de los Foix y Albret en territorio francés- y les amenazó con privarles de sus dominios. Juan y Catalina vacilaron y al final prefirieron mantener sus dominios en Francia (incluido el Bearne), de donde obtenían sus principales rentas, y a riesgo de perder Navarra hicieron un pacto secreto en Blois que los convertía en aliados del monarca francés.
El pacto secreto fue negociado por embajadores bearneses –sin participación de ningún navarro- y no fue aprobado por las cortes navarras, por lo que su formalización fue un gravísimo contrafuero al vulnerar los preceptos del Fuero General.  Este pacto fue una gran traición de los reyes navarros. En primer lugar, porque en el conflicto del rey francés con el papado a Navarra no se le había perdido nada apoyando a los cismáticos. En segundo lugar, porque gracias a Fernando el Católico habían podido mantener durante la últimas décadas la integridad de sus dominios, puesta en entredicho por Juan de Foix y su hijo Gastón, que contaban con el beneplácito de los reyes de Francia. Al morir Gastón, generalísimo de los ejércitos franceses, en la batalla de Rávena (primavera de 1512), Juan y Catalina se sintieron aliviados y abandonando al rey Católico decidieron aliarse con Luis XII a fin de lograr el reconocimiento definitivo de la pacífica posesión de sus dominios en Francia, singularmente del señorío del Bearne (capital Pau).
Cuando Fernando el Católico tuvo conocimiento de la firma del pacto, por el que los reyes navarros se convertían en aliados del rey francés, ordenó que sus tropas entraran en Navarra para garantizar su neutralidad. Conseguido su propósito, Juan de Albret negoció un tratado de amistad que le permitiría recuperar el trono, pero se arrepintió y no sólo no lo firmó sino que encarceló al obispo de Zamora, embajador de Fernando el Católico, y lo entregó a los franceses.
El papa Julio dictó tres bulas: el monitorio Etsi hii qui christiani era una advertencia de carácter general para que nadie ayudara a los herejes y cismáticos del conciliábulo de Pisa; la bula “Pastor ille caelestis”, firmada el 21 de julio de 1512 al igual que el monitorio, declaraba excomulgados, cualquiera que fuera su dignidad, a cuantos a cuantos apoyaran a los cismáticos franceses, ordenando la confiscación de sus bienes. Tanto la bula como el monitorio se publicaron en España los días 22-23 de agosto de 1512 en la catedral de Calahorra y daban plena legitimidad a la actuación de Fernando el Católico. Hubo una última bula, la  “Exigit contumacium”, de 18 de febrero de 1513, por la que Julio II confería el reino de Navarra –que a causa del apoyo de sus reyes al cisma de Pisa ya era cosa de nadie- al rey Fernando que hasta entonces se considerabadepositario del mismo.  Esto permitió a las Cortes de Navarra de 1513 proclamarle rey y señor natural.
En aquélla época, el derecho internacional amparaba la “plenitudo potestatis” (potestad plena) del papa en los asuntos temporales que tuvieran repercusión en el plano eclesiástico. Hoy nos parece algo inaceptable, pero por aquel entonces era un principio comúnmente aceptado, aunque muy pronto entraría en crisis.
Esos acontecimientos aceleraron un proceso que supondría el fin de la soberanía de todo un Pueblo. Navarra era un país independiente; un país pequeño, pero estratégicamente anclado a ambos lados del Pirineo; un país que existía mucho antes de la aparición de la propia Castilla y sus ansias de expansión Ya en el siglo IX  las gentes de estas tierras conocieron el germen de su estatalidad bajo la estructura político-institucional del Reino de Pamplona, más tarde Reino de Navarra.
No tiene sentido hablar de soberanía del pueblo navarro cuando Navarra estaba regida por unos reyes franceses que subordinaron sus intereses propios al interés del reino. Una dinastía que subió al trono en 1479 como consecuencia de un infame crimen protagonizado por Leonor de Navarra, esposa de Gastón de Foix, la menor de las hijas del Juan II de Navarra y de Aragón, que ordenó asesinar a su hermana Blanca, a quien correspondía la corona navarra a la muerte del Príncipe de Viana que ocurrió en 1460.
El reino de Pamplona nace a la historia a finales del siglo VIII y comienzos del IX con una vocación netamente española.   El reino de Pamplona hubiera desaparecido a manos de los moros o de los francos de no haber sido por el apoyo de la monarquía astur-leonesa, con la que los reyes pamploneses comparten la gran tarea de la Reconquista.
Sancho III el Mayor, que llegó a ser considerado como “hispaniarum rex”, ejerció su dominio sobre Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, al igual que sobre todos los reinos cristianos españoles y la “tierra de vascos” en el sur de Francia. A su muerte acrecentó los dominios del reino de Pamplona, pero sus límites no coincidían con los de todas las tierras de habla vasca (“heuskalherrian”), puesto que comprendía la Rioja y buena parte del condado de Castilla sin incluir los territorios vascofranceses de Labourd, Soule y lo que ahora llamamos Baja Navarra.
Por otra parte, en la Edad Media los reinos son propiedad de los reyes y sus límites cambian constantemente en función de ambiciones personales y luchas fratricidas. De ahí que sea un disparate “congelar” la historia en un momento histórico determinado para sacar conclusiones en el siglo XXI.
El ejército español, mandado por el Duque de Alba, entró a sangre y fuego, y en la  Historia de la conquista relatada por Luis Correa se pone en boca del coronel Villalba la barbarie usada por el ejercito invasor: “hubo pueblos incendiados, huida de cientos de navarros, doncellas forzadas, confiscación de bienes, destierros, ejecuciones…”.  Se destruyeron los castillos, se nombraron a los españoles para cargos que correspondían solo a los navarros. Los soldados se excedían en la codicia y los pueblos pagaban los gastos del ejército de ocupación como “gastos de guerra”. La ocupación militar duró cien años, y de hecho ha persistido hasta la actualidad.
El cronista Luis Correa fue testigo de la entrada del ejército castellano-aragonés en Navarra. Y en su relato no hay ninguna frase como la que el manifiesto pone en boca del coronel Villalba. Por el contrario, Correa destaca cómo el rey Fernando no quiso reducir a los navarros por la fuerza sino atraerlos mediante medidas conciliadoras y de buen gobierno, lo cual practicó. La entrada de su ejército se produjo por la Barranca el 19 de julio de 1512 y el 25 de julio, día del Apóstol Santiago, el duque de Alba entraba en Pamplona, siendo vitoreado por sus habitantes que –abandonados por Juan de Albret- decidieron capitular a cambio del reconocimiento de los fueros y privilegios de la ciudad. Ejemplo que siguieron después el resto de los municipios navarros.
Desde 1448, Navarra venía desangrándose en una terrible guerra civil entre dos clanes nobiliarios: beaumonteses y agramonteses. Los primeros habían defendido la legitimidad como rey de Navarra del Príncipe de Viana, hijo de la reina Blanca de Navarra y nieto de Carlos III el Noble. La reina, en su testamento, ordenó a su hijo Carlos que no tomara el título de rey mientras viviera su padre, Juan II de Navarra, que se convertiría poco después en rey de la corona de Aragón. Los agramonteses, a los que luego veremos apoyando a Catalina de Foix y Juan de Albret, fueron firmes defensores de Juan II, que abortó todos los intentos de su hijo de proclamarse rey. Ambos bandos cometieron crímenes horrendos en una lucha fratricida que duró setenta años.
En 1512 las tornas habían cambiado. Los beaumonteses del conde de Lerín y condestable de Navarra apoyaban a Fernando el Católico, porque no querían convertirse en un protectorado francés y pretendían el alineamiento del reino con Castilla y Aragón, mientras los agramonteses del mariscal Pedro de Navarra permanecieron fieles a los Foix-Albret, porque temían que el triunfo de los beaumonteses les arrebatara el control del poder político en el reino que detentaban desde la instauración de la dinastía foxiana. Por tanto, no estamos en presencia de un conflicto por la independencia nacional sino de una lucha por el poder entre dos clanes nobiliarios en el seno de Navarra, que se saldará con un cambio de dinastía.
En su historia, publicada en 1513, Correa tan sólo refiere un acto de violencia extrema que protagoniza el coronel Villalba en el valle de Garro, sito en la tierra de vascos o Merindad de Ultrapuertos (hoy Baja Navarra), cuando trata de reducir al señor de Garro por no rendir vasallaje a Fernando el Católico. Su actuación fue contraria a las instrucciones de Fernando el Católico. La frase que el manifiesto pone en boca del coronel Villalba es manifiestamente falsa, pues no aparece en el libro de Correa ni se desprende de su narración de los hechos.
En cambio, sí refiere cómo en el otoño de 1512, Juan de Albret, con el apoyo de un gran ejército de franceses y mercenarios alemanes, pone sitio a Pamplona, donde se hallaba el duque de Alba, el rey Juan de Albret había prometido a los mercenarios germánicos que podrían saquear la ciudad una vez conquistada. Refiere cómo los pamploneses colaboraron en la defensa de la ciudad y se mostraban “alegres por las calles, mandando que todos los vecinos estuviesen armados toda la noche, prestos a lo que el Duque mandase”, destacando la “fidelidad” de los pamploneses al rey Fernando.
La destrucción de los castillos tanto de agramonteses como de beaumonteses fue una medida que adoptó, una vez muerto el rey Católico, el cardenal Cisneros, regente de Castilla, y su principal finalidad era evitar que la nobleza pudiera utilizarlos en sus luchas fratricidas. Esto mismo había hecho Cisneros con numerosos castillos en tierras de Castilla y León. El pueblo llano veía con satisfacción esta medida, pues desde los castillos se ejercía el poder en ocasiones despótico de los nobles.
Los gastos de los pueblos en el mantenimiento del ejército fueron resarcidos por la Hacienda real.
Es falso que se nombrara a los “españoles” para desempeñar los cargos públicos. Por el contrario se cumplió escrupulosamente el Fuero General que sólo permitía al rey nombrar a cinco funcionarios que no tuvieran naturaleza navarra. Y así se mantuvo hasta el primer tercio del siglo XIX.
No obstante, durante ese largo siglo, hubo conspiraciones en contra de los castellanos, eran navarros, gentes de aquí a quienes los virreyes llamaban “rebeldes contra su propia tierra”. La conquista y el tiempo que le siguió fue duro, inquieto y no pacífico. Esto contradice la versión del “pacto entre iguales”, una “feliz unión”, una malintencionada interpretación histórica, al fin y al cabo, que es la que pretende justificar y legitimar la situación actual de Navarra. Es la actitud de esas instancias oficiales que pretenden celebrar esa fecha como origen de supuestas prosperidades presentes y felicidades futuras.
El párrafo contiene una gran falsedad. Si hubo alguna conspiración, alentada desde el Bearne por la dinastía destronada, careció de importancia. En 1524 el “conflicto político” interno de Navarra finalizó con el perdón general concedido por Carlos IV de Navarra, I de Castilla y Aragón y V de Alemania, a los agramonteses. A partir de ese momento, se inició una paz verdadera que acabó en poco tiempo con la fratricida rivalidad entre las dos facciones. Los dirigentes de ambos clanes nobiliarios acabarán emparentado con la nobleza castellana. Es el caso del hijo del mariscal Pedro de Navarra. Este último había muerto en el castillo de Simancas, después de permanecer preso durante seis al caer prisionero en el segundo intento de recuperación del reino que tuvo lugar en 1516. Su hijo Pedro, que heredó el título de mariscal de Navarra, en 1524 reconoció como rey al emperador y recibió el marquesado de Cortes. Ejemplo que fue seguido también por los hermanos de San Francisco Javier. Todos ellos emparentaron con la nobleza castellana y es la razón por la que el señorío de Javier pertenece a la casa ducal de Villahermosa, que ostenta además el marquesado de Cortes. En cuanto a los Beaumont, el título de conde de Lerín y condestable de Navarra pertenece a la actual duquesa de Alba.
En 1513 las cortes de Navarra reconocieron a Fernando el Católico como rey y señor natural, previo juramento de los fueros del reino. En 1515, el rey comunica a las cortes de Castilla su decisión  de que a su muerte heredase la corona de Navarra su hija Doña Juana (la Loca) y quienes le sucedieran en Castilla y León, con el fin de que la unión de ambas coronas –la castellana y la navarra- fuera indisoluble. El rey ordena respetar los fueros de Navarra. Fallece en 1516, sucediéndole su nieto, el futuro emperador Carlos, que incluye en la fórmula del juramento foral la obligación de mantener a Navarra como “reino de por sí”.
Se produce así un cambio de dinastía, pero tanto el reino como su estatalidad permanecen intactos. Se fortalecen las Cortes de Navarra, surge la Diputación del Reino para velar por el estricto cumplimiento de los fueros, se mantiene el Consejo Real como tribunal supremo, que además asiste al virrey en la tarea de gobernar en nombre del rey. Sigue vigente el Fuero General y las leyes de Castilla no rigen en Navarra. Las ordenanzas que el rey dicta con carácter general para todos sus reinos sólo se aplican en Navarra si no son contrarias a los fueros y leyes navarros. La Cámara de Comptos se ocupa de las finanzas reales y Navarra bate su propia moneda. Las aduanas separan al reino con Castilla y Aragón. Se respeta la numeración propia de los reyes privativos hasta el reinado de Isabel II (1833), que se titula Isabel I de Navarra. Los navarros disfrutan de un importantísimo haz de derechos y libertades que les reconoce el Fuero General bajo la protección y amparo de la Diputación y de las Cortes del reino.
Por otra parte, la paz produce efectos muy beneficiosos. El reino se recupera de la ruina en que estaba a causa de setenta años de guerra civil y se fomenta la agricultura y el comercio. Los navarros participan en las empresas comunes de la monarquía, tanto en la milicia como en la administración, dentro y fuera de la península. Se realizan importantes obras públicas, florecen las bellas artes, se promueve la instrucción de la población y se crea la Universidad de Irache. En 1800 Navarra era el reino español con mayor nivel de renta.
Como proclama la “Novísima Recopilación de las leyes del reino de Navarra desde el año 1512 hasta 1716”, publicada por las Cortes en 1735, “la incorporación del Reino de Navarra a la Corona de Castilla fue por vía de unión aeqüe principal reteniendo cada uno su naturaleza antigua así en leyes como en territorio y gobierno” (Ley 33, tít. 8º, lib. 1º). “De tal modo que verificada la unión, Navarra quedó y permaneció Reino de por sí, rigiéndose por sus fueros, leyes, ordenanzas, usos, costumbres, franquezas, exenciones, libertades y privilegios: es Reino distinto en territorio, jurisdicción, jueces y gobierno de los demás Reinos del Rey de España” (Ley 59, tít. 2º, lib. I).
La resistencia a la ocupación fue continuada; con gestas inolvidables, como la de los defensores de Amaiur. Pese a ello, desde entonces y hasta hoy ha seguido el proceso de degradación del estatus de este Pueblo, incluida su soberanía, hasta pasar a provincia y en estos días a Comunidad Autónoma, desapareciendo casi hasta el mismo nombre de Navarra.
La ocupación del reino se realizó en 1512 sin ninguna resistencia. Los reyes destronados trataron de recuperarlo con el apoyo de los franceses. En los tres intentos posteriores (otoño de 1512, 1516 y 1521) el pueblo navarro no se sublevó a favor de los reyes destronados, salvo un reducido núcleo de nobles agramonteses que, como ya hemos visto, acabaron por reconocer como rey a Carlos IV de Navarra, I de Castilla y Aragón, en 1524.
La llamada “gesta” de Amaiur de 1522 fue un episodio de escasa trascendencia militar. Tras la derrota de los franceses en Noáin (1521), unos doscientos caballeros agramonteses se encerraron en la fortaleza de Maya, hasta que al año siguiente, a petición de los propios baztaneses que estaban hartos de sufrir el saqueo de sus ganados y demás propiedades, el virrey organizó una expedición militar. La nobleza beaumontesa se movilizó y tras un par de días de asedio los agramonteses se rindieron. La gran mayoría de ellos aparecerán después en Fuenterrabía, plaza ocupada por los franceses y asediada por los españoles. Fue el mariscal Pedro de Navarra quien convencería al gobernador francés de la conveniencia de capitular ante las tropas del emperador. Jugó un papel destacado en todo ello, el afamado jurista Martín de Azpilcueta, a quien se conoce como “el Doctor Navarro”. Era de familia agramontesa y tío de San Francisco Javier. Su criterio será también determinante más adelante para el rechazo por parte de Felipe II de las pretensiones de Juana de Albret sobre el reino de Navarra.
El manifiesto oculta además que desde 1512 las milicias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya tuvieron una destacada participación en los ejércitos castellanos. En su intervención en Navarra, acompañaron al duque de Alba 3.000 alaveses, entre 2.500 y 3.000 guipuzcoanos y 2.000 vizcaínos. Un hecho sin duda heroico fue la actuación de los guipuzcoanos que en diciembre de 1512 destrozaron en Velante la retaguardia del ejército francés en retirada al grito de “Santiago y cierra, España”, arrebatándoles los doce cañones que desde entonces y hasta 1979 figuraron en el escudo de Guipúzcoa. En 1521, Iñigo de Loyola se comportó con gran valentía en el sitio del castillo de Pamplona por los franceses en defensa de la permanencia de Navarra en España. Y en la batalla de Noáin también fue decisiva la intervención de las milicias guipuzcoanas, que cuando la infantería del ejército imperial comenzaba a flaquear rodearon el Perdón y acometieron por la retaguardia a los franceses. El propio general francés, Asparrós, fue hecho prisionero por Francés de Beaumont. En la batalla murieron 4.000 soldados, en su mayoría reclutados en Francia. Murieron también algunos nobles agramonteses, pero a la mayoría de ellos los veremos poco después en la fortaleza de Maya. Las Provincias Vascongadas –nombre del que se sentían muy orgullosos sus habitantes- habían estado insertas primero en la monarquía astur-leonesa y más tarde en la castellana. Menos de un siglo estuvieron sujetas Álava y Guipúzcoa al rey de Pamplona, al que abandonaron en tiempos de Sancho el Fuerte en el año 1200, presumiendo desde entonces de su lealtad a la corona castellana a causa de su “voluntaria entrega”. El señorío de Vizcaya desde su fundación estaba estrechamente vinculado a Castilla y nunca reconoció de buen grado la soberanía de los reyes navarros.
El reino de Navarra se mantuvo intacto hasta 1839, en que se produjo su incorporación en el Estado español mediante un nuevo pacto de estatus, que se plasmó en la Ley  Paccionada de 1841. El antiguo reino dejó paso a la inserción de Navarra en el Estado liberal español como una provincia foral, es decir, dotada de un régimen singular de autonomía.
En 1982, un nuevo pacto –fruto de los derechos históricos de Navarra, amparados y respetados por la Constitución de 1978- permitió la reintegración y amejoramiento del régimen foral. Navarra adopta entonces la denominación de Comunidad Foral, lo que es una muestra de la singularidad del antiguo reino en el actual Estado autonómico español. En virtud de lo que se ha dado en llamar “Amejoramiento del Fuero” Navarra recuperó sus viejas Cortes –el Parlamento foral-, democratizó sus instituciones históricas y fortaleció su régimen de autogobierno. Hoy Navarra es una de las comunidades con mayor grado de autonomía en el conjunto europeo.
Decir que casi ha desaparecido el nombre de Navarra demuestra que el manifiesto ha sido escrito con orejeras, fruto del fundamentalismo antihistórico de sus autores. No deja de ser contradictorio que quienes han cambiado el nombre de Navarra por Nafarroa denuncien ahora que el nombre de Navarra casi ha desaparecido. Olvidan que en vascuence Navarra se escribe “Nabarra” (según Sabino Arana y Arturo Campeón) o “Naparra” (según Iparraguirre, el autor del Gernikako arbola).
Hoy, frente a las falsedades que hablan de una libre incorporación de Navarra al proyecto de España, queremos recordar que 2012 es el 500 aniversario del inicio de la Conquista de la actual Alta Navarra por España, y por tanto una fecha clave en la destrucción, por la fuerza, de nuestra estatalidad.
Falso de toda falsedad. La estatalidad navarra se mantiene hasta bien entrado el siglo XIX. En 1839 triunfa definitivamente en España el principio de la soberanía nacional. El reino de Navarra, vinculado al Antiguo Régimen monárquico-absolutista, desaparece por voluntad de la Diputación liberal-progresista de Navarra que pacta con el Gobierno la Ley Paccionada. Puede decirse que en virtud de dicha ley, Navarra se incorpora al “mercado común” español, manteniendo un importante grado de autogobierno, destacando sobre todo el derecho a establecer y mantener su propio régimen tributario. La autonomía de 1841, fundamentalmente administrativa, se convierte en autonomía política en 1982.
Queremos señalar que nuestro recorrido a lo largo de los siglos nos demuestra que no sólo tenemos derecho a recuperar lo que de manera ilegítima nos arrebataron, sino que la pérdida de la soberanía ha sido nefasta para nuestro país.
Con independencia de que hablar de soberanía nacional a comienzos del siglo XVI es algo más que discutible y de que si se hubiera mantenido la dinastía Foix-Albret con toda probabilidad Navarra hubiera quedado incorporada a Francia, como les ocurrió a los bajonavarros (abandonados por el emperador Carlos en 1530 ante las dificultades para su defensa por estar situada al otro lado de los Pirineos). Esto fue así cuando Enrique III de Borbón, señor del Bearne y rey de la Navarra de Ultrapuertos, se convirtió en rey de Francia (1594). Aunque resulte paradójico, resulta que el rey Juan Carlos I de España es sucesor por línea directa de Enrique IV de Borbón.
Por otra parte, a lo largo de estos últimos quinientos años, el pueblo navarro dio muestras de su plena identificación con la monarquía española –que surge cuando el emperador Carlos se ciñe en 1516 las coronas de Castilla, de Aragón y de Navarra. El reino navarro conservó su personalidad política y el pueblo navarro reforzó su identidad colectiva, plenamente compatible con su vocación española. Cuando la Revolución liberal acaba con el Antiguo Régimen y la soberanía del rey es sustituida por la de la nación, la personalidad de Navarra es tan poderosa que consigue que se respete su personalidad mediante el reconocimiento de un estatus autonómico singular al que llamamos “régimen foral”. Régimen sobre el que se asienta el Amejoramiento del Fuero de 1982, que confiere a la Navarra democrática un autogobierno jamás conocido a lo largo de su historia.
Compartir la soberanía con el resto del pueblo español no ha sido nefasto para nuestro país. En nuestros días, los problemas de convivencia han surgido cuando se ha pretendido torcer, por la violencia y la extorsión, la trayectoria histórica del pueblo navarro que desde la instauración de la democracia en 1978 ha demostrado inequívocamente su voluntad mayoritaria de seguir siendo navarro y español.
La historia nos enseña que fuimos independientes, y que dejamos de serlo, no por la voluntad de nuestros antepasados, sino por las conquistas españolas y las ambiciones francesas. La guerra, la colonización y la violencia han frustrado el libre desarrollo de nuestra identidad. Y precisamente porque nuestro interés principal no está en el pasado, sino en el presente y el futuro, afrontamos la recuperación de la memoria histórica como un paso hacia nuestra libertad y en defensa de nuestros derechos.
Es precisamente la historia la que demuestra la sinrazón de las argumentaciones del manifiesto, que esconde además que su pretensión no es luchar por la independencia de Navarra sino por la inserción de nuestro antiguo reino en la pretendida nación euskalherríaca. Se apela a la memoria histórica y se pretende que las actuales generaciones abominemos de lo que ocurrió hace quinientos años pero olvidemos el sufrimiento provocado por quienes han querido imponer a sangre y fuego sus propias convicciones, cometiendo crímenes nefandos que siguen vivos en nuestra memoria colectiva.
Nuestros antepasados tenían un gran amor a la libertad. Y aun con las injusticias inherentes a un sistema donde la representación política estaba vinculada a la clase social (alto clero, nobleza y unos pocos pueblos y ciudades), supieron defenderla primer frente al absolutismo monárquico y después frente al centralismo del Estado. Pretender que durante quinientos años nuestro pueblo ha vivido de rodillas, sometido a la colonización de una potencia extranjera y, lo que es peor, colaborando intensamente con ella, es un insulto a la memoria de nuestros antepasados que jamás permitieron que se apagara en Pamplona la antorcha de la libertad colectiva como pueblo.
Por otra parte, los promotores del manifiesto no pretenden la independencia de Navarra sino su integración en la llamada Euskal Herria que al margen de que pueda considerarse como ámbito geográfico donde se habla vascuence, que no puede incluir la totalidad de Navarra, nunca constituyó una entidad política. Jamás existieron instituciones comunes vasco-navarras. Si algún día llegara a consumarse este proyecto político, ese día habrá desaparecido Navarra y mutilados su Fuero y sus instituciones.
Decir que el reino de Navarra fue la quintaesencia de Euskal Herria es otra manera de corromper y manipular la historia. Precisamente lo que ocurrió en 1512 y en la década posterior es la demostración más clara de la falsedad de la pretensión de incluir a Navarra en la ensoñación euskalherríaca, pues vemos a alaveses, guipuzcoanos y vizcaínos marchar junto al duque de Alba. Vemos también a los soldados de Soule y Labourd combatir bajo las banderas del rey de Francia. Unos y otros ellos se aprovecharán de la lamentable división de los clanes nobiliarios navarros, que fueron los responsables de que Navarra durante setenta años se despedazara internamente a sangre y fuego. Clanes a los que veremos poco después marchar juntos junto al emperador Carlos y rivalizar entre sí a la hora de demostrar quién era más leal a la corona española.
* * * * * * *
Hasta aquí el comentario sobre el fundamento del manifiesto. En virtud de lo expuesto no procede, por tanto, que el Partido Popular apoye la colocación en los Ayuntamientos de la insignia de laIniciativa Popular 1512-2012 Nafarroa Bizirik en un lugar visible. Ni tampoco se adhiera alManifiesto y a la Marcha Nacional Navarra del 16 de Junio. Y lo mismo respecto a que se haga ondear con crespón negro o se ice a media asta la bandera navarra el día 25 de julio de 2012, fecha del 500 aniversario de la entrada –triunfal- de las tropas vasco-castellanas y navarro-beaumontesas bajo el mando del Duque de Alba en la capital navarra.
Procede, por el contrario, dejar constancia de que el Partido Popular defenderá el derecho de Navarra a conservar su plena identidad y, al mismo tiempo, la identificación de su pueblo con la nación española de la que se siente parte integrante.
El reino de Navarra nació a la historia como un reino español. Así lo proclama en su frontispicio el Fuero General (1237) al decir que “estos son los primeros fueros hallados en España” y después de lamentar la “pérdida” de España a manos de los moros. Español se sentía el gran rey Sancho III el Mayor, que estuvo a punto de conseguir que la unidad española se forjara entre 1005 y 1034 en torno a Navarra. Y así se sentía Sancho VII el Fuerte, al aparcar sus diferencias con el rey Alfonso VIII de Castilla, para acudir al salvamento de la cristiandad española en la batalla de las Navas de Tolosa. Los Foix-Albret tenían el corazón francés y rendían vasallaje a los reyes de Francia. Desoyeron la voluntad de las Cortes navarras en numerosas ocasiones (matrimonios y tratados) y prefirieron conservar sus vastos dominios en Francia que su pequeño reino navarro sumándose a Luis XII en su conflicto con el papado.
En 1512, en el marco de un conflicto internacional, se produce el reencuentro definitivo del reino navarro con el resto de los reinos españoles. Es el inicio de un proceso que continúa en 1513 y se consolida en 1515 y 1516. Navarra no fue anexionada  ni incorporada a Castilla. Su inserción en la Monarquía española fue una unión real, de modo que reinaría en Navarra quien reinara en los reinos de Castilla y León.
Es falso que la unión a la Monarquía española supusiera la pérdida de nuestra identidad colectiva y de nuestra personalidad política. Es falso que Navarra fuera objeto de un genocidio cultural, pues el vascuence perduró entre nosotros junto al idioma que hoy llamamos castellano y que cincuenta años antes que Castilla ya se utilizaba como lengua oficial del reino y en el que nuestros reyes juraban los fueros al tiempo de su coronación (idiomate navarre terre). Es falso que desde 1512 los navarros vivieran esclavizados por Castilla que, por el contrario, supo respetar la integridad de Navarra, sus instituciones, su foralidad histórica y su condición de reino de por sí.
Pamplona, marzo de 2012
Jaime Ignacio del Burgo|NavarraConfidencial

jueves, 23 de febrero de 2012

Los abertzales tienen miedo, ahora sabemos por qué odian


Llevábamos unas semanas sorprendidos por la extrema sensibilidad de los batasunos y limítrofes a todo lo que se refiriese al vascuence. No era lo de siempre, el insulto y la agresión contra cualquier idea que no aceptase el dogma nacionalista de una lengua que no es la común de estas provincias convertida en símbolo de una nación que jamás ha existido y en anticipo de un Estado (soviético o no) que nunca nacerá. Había en su actitud, en todos los medios de comunicación, en las campañas de publicidad, en las respuestas a las entrevistas, en la movilización de sus bases y de sus cargos públicos, una extraña sensación de emergencia: estaban más insultantes y agresivos que nunca, tenían prisa y parecían sentirse incómodos.

Sin tener más datos, parecía claro -más claro que nunca, perdón- que los manipuladores y politizadores del euskera estaban llegando al límite de su complejo de inferioridad. No se entendía si no que dos veces en la misma semana Maite Soroa dedicase a este periódico y a este blog su columna en Gara (el 8 y el 10 de febrero: ya saben, el periódico que sucedió al etarra Egin); total, sólo porque nos unimos a la denuncia de cómo la Diputación de Guipúzcoa, en manos batasunas, usa el dinero de los contribuyentes para financiar una ikastola privada en Navarra, que no se sostiene por sus medios.

Qué le vamos a hacer, era y es la verdad, y la confirmación de lo que en marzo de 2009 denuncié y al mismo Gara no le gustó: “en lo que hoy es Navarra, y desde hace muchos siglos, la lengua común que nos permite comunicarnos a todos es el español, con sus precedentes romances y antes de ellos el latín. Para una inmensa mayoría de navarros el español -el castellano- es además la lengua materna; para todos es una lengua propia, que en una minoría convive sin dificultades con el correspondiente dialecto navarro del eusquera, lengua materna en su casa“. ¿Pero por qué les dolía tanto?

Las ikastolas van a menos, y el nacionalismo tiembla por la base

Recordemos cómo empezó la reconstrucción del abertzalismo durante el franquismo: por un lado la ETA aportó violencia y marxismo, por otro el PNV la inestimable colaboración del clero y del capital, y por detrás se realizó una ingente obra de propaganda identificando vascuence y nacionalismo y creando una enseñanza no ya de euskera sino en euskera, que en muchos casos ha significado, como se quería, un giro político junto al cultural. Por eso el modelo educativo es tan importante para ellos, y por eso sus mayores triunfos en la Transición fueron las concesiones y regalos recibidos en ese frente, que siempre buscan consolidar y ampliar (como si fuesen auténticos Evangelios). Y por eso les duele tanto que se señalen sus vergüenzas por ese lado.

Pero nuestra admiradora Maite Soroa, y todo su entorno, parece que sabían ya entonces algo que nosotros sabemos sólo ahora, y que explica su extraordinaria agresividad. Resulta que estos días se ha estado realizando la preinscripción de nuevos alumnos en los centros educativos de Navarra, y como ha informado Navarra Confidencial “las preinscripciones han caído un 6,7% en las ikastolas públicas y un 9,9% en las ikastolas concertadas“, según las propias fuentes de los centros vascófonos. Desde la Transición, existe en Navarra un modelo educativo público (el D) en el que la lengua vehicular es el euskera, y el castellano es estudiado como segundo idioma, como lo son el inglés o el francés. Hay centros públicos, con docentes funcionarios, que ofrecen así una enseñanza enteramente en vascuence en las zonas vascoparlantes o bilingües de Navarra, y también centros privados, concertados con el Gobierno foral. Por ideología, por moda, por presión, por muchas razones no todas ellas inconfesables durante muchos años muchas familias totalmente ajenas al vascuence matriculaban a sus hijos en el modelo D, y los abertzales lo consideraban un triunfo -político también- del que estaban orgullosos.

Creían que era una victoria política (irreversible además), y proclamándola terminaron de politizar el euskera -cuando durante mucho tiempo ni la mayoría de vascoparlantes ha sido nacionalista… ni la mayoría de votantes nacionalistas sabía euskera, ni por supuesto lo usaban como lengua habitual-. Bien. Si aquello fue una victoria, esto será una derrota: “continúan su ascenso imparable son los modelos TIL y “British”, limitados menos por la demanda que por la oferta de profesores“. O sea, que el modelo “euskera prioritario”, el promovido por los abertzales con dinero público, aquél cuyo avance se veía como un triunfo, el que estuvo en la base del nuevo nacionalismo, no retrocede por caída de la natalidad, sino porque las familias prefieren otros modelos educativos, en y con otros idiomas… y aún habría más si hubiese más profesores y maestros titulados para impartirlos.

Curiosamente, ningún centro educativo que enseñe o use el inglés ha necesitado una subvención del Gobierno británico ni del estadounidense. No entendía yo el enfado de Maite, acusándome de un miedo que no siento y de un odio que no puedo sentir. Esta noticia explica qué pasa: son ellos los que odian, son ellos los que tienen miedo, y es que sienten un abrumador complejo de inferioridad. Tienen que reinventar una de sus tradicionales bazas, y de momento se limitan a improvisar y a insultar. Tampoco esperábamos nada mucho más versallesco, viniendo de Gara. Con mis mejores saludos a todos sus lectores, claro.

Pascual Tamburri | El semanal digital

jueves, 29 de diciembre de 2011

"No se puede identificar carlismo con franquismo"


Lo que en principio estaba proyectado como una "tesis sobre periodismo" -en concreto sobre la revista 'Montejurra'- acabó cuajando, por el volumen de información recopilada, en "una tesis de historia", después galardonada con el Premio Luis Hernando de Larramendi.


Pamplona (Fuente: noticiasdenavarra.com, félix monreal - Domingo, 2 de Enero de 2011) - 

Dirigido en el arranque por Javier Tusell (posteriormente fallecido), el periodista e historiador navarro Manuel Martorell (Elizondo, 1953) se embarcó en una tarea que ha desarrollado durante diez años, compaginando la investigación con su trabajo cotidiano en las redacciones de Diario 16, primero, y de El Mundo, después. El material reunido abarcaba desde la Guerra Civil hasta la Transición. Por consejo de Tusell, Martorell acortó el periodo histórico centrándose en los años cuarenta y cincuenta "el periodo más oscuro, más desconocido y del que surgían también muchas incógnitas", explica el autor. "Una de las hipótesis que yo barajaba, por el conocimiento que tenía del carlismo, es que no se podía identificar, como se hacía generalmente, carlismo y franquismo. Esa era la hipótesis principal de este trabajo", expone Martorell, que la pasada semana presentó en Pamplona Retorno a la lealtad. El desafío carlista al franquismo.

Usted hace hincapié en la utilización que hizo Franco del carlismo y en sus maniobras para dividir a los carlistas con la guerra ya en marcha.

Un experto en carlismo decía que en realidad el verdadero triunfo de Franco había sido conseguir que la gente identificara carlismo con franquismo, porque el franquismo había adaptado algunos símbolos como la bandera, el himno Oriamendi, la gorra roja (sin la borla) y la camisa azul. Iniciada la guerra, los carlistas de a pie no aceptaron el Decreto de Unificación (con la Falange en abril de 1937); por lo tanto, no aceptaron el régimen franquista y siguieron defendiendo sus principios, aunque eso no se explicitara públicamente.

Sostiene en el libro que si en un momento dado los requetés llegan a plantarse y abandonar el frente, por las divergencias con Falange, el desenlace de la guerra hubiera sido otro.

Sin la participación del requeté, y eso me lo han dicho varios, España sería ahora una República. Ellos dicen que si el Frente Popular o la República durante el bienio reformista no se meten con la religión, el requeté no hubiera salido; y si el requeté no sale, el golpe no sigue adelante.

En el libro ofrece una imagen diferente de algunos personajes, como Jaime del Burgo Torres, que se contrapone a otras descripciones, más severas y acusadoras, que aparecen en diferentes libros e incluso a las transmitidas por la memoria popular.

Es otro de los objetivos de mi libro: eliminar las simplificaciones que se han realizado al relaccionar al carlismo con el franquismo y la represión. Al final se ha extendido en la memoria colectiva que todo el carlismo participó en la represión. El caso más claro es el de Del Burgo, señalado como el padre de todos los asesinatos. Yo entrevisté a Del Burgo; ya estaba muy mayor y creo que estaba diciendo la verdad cuando ofreció su versión de los hechos. Él dijo que salió de Pamplona el 19 de julio y no volvió hasta que le hirieron en Madrid. Repuesto, regresó al frente; cuando retornó a Pamplona la sangría ya había pasado, porque fue en los primeros meses de guerra. A mí me resultaba muy difícil aceptar que se extendiera la represión a las miles de personas que salieron de aquí y que lo hicieron pensando sólo que iban a Madrid a derribar un Gobierno, poner otro y ya está. Me resulta difícil aceptar que toda esa gente estuviera dispuesta a aniquilar a personas que no pensaran como ellos. No se ha hablado de muchos carlistas que no participaron en la represión y que hicieron lo posible para evitar que se asesinara a personas que pensaban de forma contraria. En zonas donde tenía implantación hegemónica el carlismo, prácticamente no hubo asesinatos: en Estella, Valdorba, en las comarcas alrededor de Pamplona...


¿Es esta la historia de una tradición de Franco al carlismo?

Algunos le llaman engaño, pero desde luego Franco traicionó en todos los sentidos las promesas que había hecho a la Comunión Tradicionalista cuando se negoció la sublevación.

¿Considera que después de la guerra los carlistas llegaron a creer que podían desafiar al régimen e incluso acabar con él?

En el periodo de la II Guerra Mundial hay una coincidencia entre los análisis que realiza la oposición republicana que está en el exilio (la gente entorno al PC y al maquis) con el análisis recogido en varios documentos carlistas que en resumen vienen a decir que el régimen está acabado, que está aislado, que no tiene el apoyo de la población y que el fin de Hitler y de Musolini va a ser también el fin de Franco y de la Falange. Y por eso, aprovechando esta circunstancia, la Comunión Tradicionalista, que era la tendencia del carlismo mayoritaria en ese momento (eran los que seguían a Fal Conde, los llamados falcondistas), se plantea una reconciliación de España con Europa a través de la implantación de una monarquía de tipo tradicional, semejante a la del Reino Unido, basada en las tradiciones, en los antiguos fueros y por supuesto muy católica, muy conservadora pero no fascista.

¿Qué ocurrió?

Hay que comprender en esos años cómo influye la coyuntura internacional. En el año 1946, EEUU e Inglaterra firman en Naciones Unidos un acuerdo que implica la retirada de todos los embajadores, el cierre de las fronteras y una de las cláusulas pide a todos los gobiernos de la ONU que trabajen con la oposición para derribar el régimen. Un año después, cuando la Guerra Fría está en marcha, cuando se tiene que revalidar la resolución de 1946, EEUU e Inglaterra ya no firman ese acuerdo sino que restablecen las relaciones diplomáticas. Después, con el acuerdo de Bases de 1953, España se convierte en la mayor plataforma estratégica de occidente y por tanto la estrategia falcondista de acabar con el régimen desaparece. Y a partir de esos años la estrategia del carlismo también va a cambiar; empieza un periodo de estancamiento en el que no sabía muy bien por donde tirar y después un periodo de colaboración que va a ser el de finales de los cincuenta y primeros de los sesenta.

¿Qué futuro le ve en esta sociedad al ideario carlista (al partido más viejo de Europa)?

El carlismo como partido político, y de acuerdo con sus planteamientos históricos, es obvio que no tiene un lugar en el sistema político español en estos momentos. Pero sus ideas tal vez sí que podrían resolver algunos problemas de difícil solución como el contencioso entre Cataluña y el Estado por el Estatuto. Porque lo que está en el fondo del pensamiento político carlista es que las antiguas libertades, los fueros, las tradiciones de cada región, están por encima de cualquier otra constitución. Estamos hablando de un estado federal que se asemejaría mucho a lo que ellos establecen en las relaciones de los antiguos reinos con el centro del poder.

¿Sosteniendo la figura del rey?

Dentro del pensamiento carlista, la monarquía es la institución que coordina ese sistema federal. Para ellos, los fueros, las antiguas libertades, lo que llamaríamos ahora los derechos históricos, están por encima de la Constitución. 

jueves, 15 de septiembre de 2011

LO QUE NOS SEPARA, MÁS ALLÁ DE LOS RECUERDOS

OPINIÓN

"LO QUE NOS SEPARA DE LOS LIBERAL-CONSERVADORES". 


 
Joaquin Beúnza Redín (1872-1936)
Político y diputado carlista a Cortes.
Asesinado en Fuenterrabía.
 EL TEMA NO ES NUEVO, sino muy antiguo. Es anterior a 1833. Lo contaba Vicente Pou en su libro La España en la presente crisis(Montpelier, 1842). Actual eso de la crisis política, ¿no? Avanzado el siglo XX se titulaba "Lo que nos separa", un artículo escrito por "Arrano Beltza" en "El Pensamiento Navarro" (EPN, 16-III-1980). Tanto ayer como hoy, temas delicados estos para momentos delicados también. 

Hablemos de lo que nos separa de la mal llamada derechaconservadora, que o es originariamente liberal, o cae en el liberalismo haciendo tesis (para todos los casos y circunstancias) de la hipótesis circunstancial, ya por un mal llamado "espíritu práctico", ya por unas tácticas equivocadas, ya por una falta de principios cuando -al comienzo o bien al final del caso que se trate- defiende los principios que no quiere, ni en cualquier caso debe. 

Si hablamos de Joaquín Beúnza y de Víctor Pradera, ambos nacieron en 1872. Ambos fueron navarros, carlistas de pro y no sólo tradicionalistas, e insignes políticos, oradores y diputados. Ambos fueron asesinados por los rojo-separatistas, como entonces se les llamaba. 

El 4 de septiembre de 1936 moría asesinado don Joaquín Beúnza Redín en Fuenterrabía, después de ser torturado según Enrique Esperabe de Arteaga (García-Sanz). No fue asesinado "por incontrolados". También dos días más tarde, el día 6 y en Polloe, San Sebastián, moría asesinado mediante fusilamiento don Víctor Pradera y Larumbe. Tampoco lo fue por incontrolados. A éste le detuvieron los nacionalistasde ELA el 2 de agosto aunque gozaba de inmunidad por su cargo de Vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales, y le invitaron a suicidarse a lo que él se negó. Sus últimas palabras fueron:"Los que vais a matarme, oídme: Jesús crucificado es la cumbre moral; vosotros ardéis en odio, y Jesús es la llama del amor. Muerto, como Cristo, perdonando, os perdono. Yo la única pena que tengo al morir es no ver a mi España salvada. ¡Viva Cristo! ¡Viva España!" Al día siguiente también asesinaron a su hijo mayor, Javier. Entre los requetés que a los pocos días tomaron San Sebastián, iba otro hijo de Pradera. 

Ambos políticos carlistas nacieron el mismo año, y murieron  el mismo año y mes. A la misma edad. Descansen en paz junto con todos los mártires. 

Pradera escribió un prólogo al libro del religioso agustino P. Vélez, titulado "El fracaso de una táctica y el camino de la restauración". Autor y libro desaparecieron. El autor, asesinado en 1936. El libro, destruido hasta en linotipia. Este libro era una implacable crítica a la llamada "táctica" cedista o de la CEDA, al ideario demócrata-cristiano que se decía inspiraba a dicha CEDA. Luego, será necesaria la Cruzada. Ya dijo Gil Robles: "No fue posible la paz". 

Pues bien, Víctor Pradera, figura bien estudiada por el dr. José Luis Orella, decía:

 
Víctor Pradera Larumbe (1872-1936)
Político y diputado carlista a Cortes
Asesinado en San Sebastián
"Elevar a norma las excepciones (que la prudencia circunstancial puede aconsejar) es subvertir los fundamentos de la moral. El mal menor no es apetecido por la voluntad, porque ningún mal puede serlo. El mal menor, como todos los males, se soporta. Sólo por aberración puede ser proclamado como fin de una política, como algo que ha de ser querido y alcanzado. Y el bien posible quedó reducido a aquél que la buena voluntad del enemigo nos permitiera alcanzar. Tal doctrina se redujo a esto: siendo los católicos incapaces de alcanzar el bien por sus esfuerzos, finalidad de ellos ha de ser un mal menos grave, o el bien, en su caso, que el enemigo quiera tolerarles. Una política inspirada en tal subversión de valores -concluía Pradera- no podía dar otros resultados que los que nos punzan en nuestra carne y en nuetro espíritu".

Considero estas palabras clarividentes. Muchísimos autores trataron el tema del mal menor en los s. XIX y XX. Lo que ahora ocurre es que no se les conoce, ni se les estudia. Cuando se recuerda cómo acabaron Beúnza y Pradera, asesinados en 1936, ¿por qué no se recuerda lo que decían y defendían, y la crítica que hacían al mal llamado "mal menor"? Por otra parte, añadamos que hoy no se trata de "males menores", sino de males mayores, cada vez más horrendos. O se reconstruye esto políticamente, con entereza y sin subordinarse a instituciones de supuesta intelligetsia, o nadie sabe hasta donde vamos a llegar. Por ejemplo, ¿somos conscientes que delante de nosotros se quiere construir un matadero de niños y niñas antes de su nacimiento? ¿Seguirá éste si el PP gana las elecciones? Lo que ocurre es que, en muchos casos, nos encontramos que el problema está, por una razón o por otra, en los principios mantenidos.

Por eso los carlistas mantenemos hoy día los principios de derecho natural y el derecho público cristiano (que interpreta aquel con seguridad y reconoce la elevación de lo natural a lo sobrenatural en el ámbito individual, social e incluso político), y ofrecen a la sociedad una línea política de entereza en favor de unas necesidades que no pueden negociarse. El mal no se frena si no se reconstruye la sociedad y la política a la vez,  siendo así que las malas leyes -por acción o por omisión- destruyen siempre y sistemáticamente. Sobre todo en España, el mal en la sociedad muchas veces se produce “desde arriba” de las instituciones políticas; por eso la buena política es muy importante.

Por último, creo que desorienta a la sociedad la cita por extenso de Víctor Pradera Larumbe y de Joaquín Beúnza Redín, ambos diputados carlistas a Cortes, por parte de algún cargo público del Partido Popular. Y no creo que a Pradera ni a Beúnza les agradase cuando a la vez se calla su profunda crítica al liberalismo y al falso “mal menor”.


Desde hace unos años los carlistas trabajan por una coalición electoral y puntual de mínimos (pero sin caer en el "malminorismo" ni en un desenfocado "posibilismo"), conservando cada grupo nacional su propia personalidad, a la que pueden unirse los sectores políticos regionales de suficiente entidad. 

Está más que comprobado que los grandes partidos como UPN, PP etc. perjudican gravemente las grandes cuestiones éticas y morales, políticas, de descentralización y Fueros, y las grandes líneas directrices de la alta política. Nosotros defendemos sin concesiones los grandes principios vertebrales de la vida humana, la familia, la libertad de los padres a la educación de sus hijos, el bien común. No somos ni de derechas ni de izquierdas porque ambas se necesitan mutuamente, por lo mismo que el ojo derecho reclama el izquierdo. Defendemos también un poder civil confesional católico como garantía del reconocimiento explícito a N.S. Jesucristo en España, y única garantía también de la ley y derecho naturales: "Nada sin Dios, todo con Dios", Dios como única garantía del más débil y del que nada puede, "Más sociedad y menos Estado", es decir, comunidad y no estatismo, subsidiariedad y Fueros, para preparar una sociedad merecedora así mismo de un rey. 

José Fermín Garralda Arizcun


 
Nota: además de las investigaciones de García-Sanz sobre Beúnza, Ricart Torrens y José Luis Orella sobre Víctor Pradera (Madrid, BAC, 2000), etc, véase recientemente, GARRALDA ARIZCUN, José Fermín, "páginas de Historia: 1936-1939. Heroísmo en Navarra y España", en la web del "Boletín Carlista de Madrid", Anuario 2009, IIº Cuatrimestre 2009, nº 100, pág. 4-15. Sobre Pradera se escribió un reportaje en "Diario de Navarra" (martes, 26-IV-2005, p. 50-51). 

viernes, 27 de agosto de 2010

XL Aniversario del primer atentado contra El Pensamiento Navarro


El pasado 23 de agosto se cumplieron cuarenta años del primer atentado contra El Pensamiento Navarro. Dicho atentado fue una cruel represalia frente a los la casi unánime decisión de cese de su antiguo director, Javier María Pascual. El Pensamiento Navarro fue el único periódico carlista de toda España (existían más de cien cabeceras netamente carlistas) que no fue robado por las autoridades franquistas en base al llamado "decreto de unificación". 

Se salvó in extremis mediante la constitución de "Editorial Navarra S.A.", una sociedad bajo la que se parapetó la Comunión Tradicionalista, dando participaciones a los dirigentes más destacados del carlismo navarro, que no se consideraban propiamente titulares de las mismas, sino fideicomisarios a las órdenes de lo que dispusiera la Comunión Tradicionalista. Por lo que el verdadero dueño del diario era el pueblo carlista.

Hasta finales de 1968 Carlos Hugo continuó presentándose ante los españoles como "el Príncipe de la Cruzada", y por ello gozó de enormes simpatías populares que el franquismo desoyó con la imposición de la restauración de la monarquía liberal. A partir de la designación de Juan Carlos y aprovechando la nueva pastoral del Concilio Vaticano II Carlos Hugo traiciona todo lo que venía manteniendo con la excusa de atender "a los cambios sociológicos", apostando por un "carlismo" de izquierdas y cercano a los nacionalismos separatistas. Jóvenes izquierdistas sin vinculación alguna anterior con el carlismo empiezan a partir de entonces a infiltrarse en el mismo, en un intento de canalizar la oposición del carlismo a Franco por vías distintas y distantes a las que de acuerdo con la doctrina tradicionalista se venia haciendo. Clérigos nefastos y modernistas, como Arturo Juncosa, embravecidos por los vientos del postconcilio empiezan a sembrar la confusión. En Navarra la nueva estrategia de Carlos Hugo y de los izquierdistas de quien se habia rodeado pasaba obviamente por el control de El Pensamiento Navarro, que durante mucho tiempo fue el diario más leído en el Viejo Reyno y con miles de suscriptores en el resto de España. Fundado en 1897 (como sucesor de La Lealtad Navarra), fue su primer director Eusebio Echave-Sustaeta. Sufrió en su larga historia (fue el más longevo de todos los periódicos y publicaciones carlistas) la persecución y prohibición de los gobiernos liberales, primorriveristas, republicanos y franquistas. El periódico fue todo un símbolo, no sólo del carlismo navarro, sino de toda la Comunión Tradicionalista, siendo un periódico fuertemente navarrista pero con una indudable proyección hispánica. En la preparación de la insurrección contra la II República a El Pensamiento Navarro concederá Fal Conde un papel esencial, y al tiempo que se preparaba el armamento para los requetés y su instrucción militar el propio Fal Conde se encarga de disponer para El Pensamiento Navarro de la última tecnologia procedente de Alemania, haciendo de El Pensamiento Navarro uno de los periódicos mejor editados de España. La inversión de Fal Conde no era en saco roto, pues la firmeza de la línea editorial del director Francisco López Sanz marcó con una lograda prosa --hoy inimaginable en ámbitos periodísticos-- el crecimiento y la moral de victoria del Requeté en Navarra, del que fue su portavoz oficial. Precisamente Francisco López Sanz será sustituido por en 1966 Javier María Pascual, hombre de Carlos Hugo con un perfil en teoría más "profesional" y no tan marcadamente político. Con la excusa de "profesionalizar" el diario para que pudiese competir con los de información generalista se comenzaron a introducir cambios pequeños y paulatinos en la línea editorial, alentados con los nuevos cambios eclesiales. Esta situación se hizo insostenible y el consejo de administración, que representaba al pueblo carlista, decidió casi unánimente (sólo se opuso, ante las presiones de Carlos Hugo, un miembro del consejo: Luis Martínez Erro) el cese de Javier María Pascual.

Los seguidores de Carlos Hugo, incrustados ya de lleno en toda la demagogia marxistizante no tardaron en responder de acuerdo con su ideología: con el terrorismo.

Juan Félix Eriz, industrial de Elorrio ya fallecido, relata en su libro Yo he sido mediador de ETA, la forma en que los huguistas (corriente en la que militaba) prepararon aquel atentado. Eriz afirma que la idea de colocar una bomba en El Pensamiento Navarro surgió en el Colegio Mayor Belagua, donde los miembros del GAC se reunían aprovechando la circunstancia de que uno de ellos era miembro del Opus Dei. (Curioso el empeño de muchos pseudointelectuales de la prelatura por ir contra el tradicionalismo al tiempo que dentro de la misma había marxistas terroristas).

El 23 de agosto, cinco miembros de los llamados "Grupos de Acción Carlista" penetraron en el periódico armados con pistolas, encerraron a los empleados en un cuarto y colocaron la bomba. "El impacto fue tremendo -escribe Juan Félix Eriz-. Afortunadamente y tal como se había previsto, la explosión sólo afectó a la maquinaria y en especial a la rotativa".

Pese a no causar víctimas mortales el impacto psicológico y físico para los trabajadores secuestrados fue enorme. Muchos no volvieron a trabajar nunca más. Los culpables de estos hechos nunca fueron detenidos. Sin embargo pese a los cuantiosos daños materiales que tanto dañaron económicamente al periódico el atentado no sirvió para desmoralizar al consejo de redacción, que mantuvo inalterable su línea sin ceder al chantaje de los criminales. En 1972 sufrió un nuevo atentado con bomba que afectó a la máquina rotativa, retrasando la aparición del diario. Recientemente la banda terrorista de izquierdas y nacionalista ETA se atribuyó en un boletín interno el atentado contra El Pensamiento Navarro de 1970, lo que pone de manifiesto las intimas y estrechas vinculaciones entre el huguismo y el terrorismo etarra, que se empezaba a hacer presente en Montejurra hasta el año 1976.

No será el atentado contra El Pensamiento Navarro la única acción armada de los terroristas mal llamados "Grupos de Acción Carlista", atentando principalmente contra personas y medios carlistas, como Radio Requeté de Pamplona y prestándo ayuda y cobertura a ETA y a otros grupos terroristas, como el "Movimiento Ibérico de Liberación", de tendencia anarquista, comandado por el tristemente célebre criminal Salvador Puig Antich. También se formarán por los huguistas unas llamadas "Fuerzas Armadas Revolucionarias Carlistas" (FARC), cuyo acrónimo coincide expresamente con el de la guerrilla narcoterrorista colombiana.

El Pensamiento Navarro pese al acoso y las presiones seguirá saliendo, con su ejemplar director Juan Indave Nuinal frente. Desde allí se librarán importantísimas batallas doctrinales, sobre todo desde la tercera del diario, en contra de la Constitución atea y antiespañola en curso y en defensa de Navarra frente al intento de hacerla desaparecer en un "Euzkadi" artificial y de inspiración sabiniana. Por ello seguirá en el punto de mira de la mafia terrorista ETA. Destacadas familias carlistas de Navarra, especialmente los Baleztena, sufrirán el calvario del acoso y persecución de la mafia etarra y proetarra, que continúa hasta nuestros días, por su gallarda oposición al despotismo de Carlos Hugo y sus secuaces en el intento de robo de El Pensamiento Navarro y de expolio de todo el patrimonio carlista. El empresario Jiménez Fuentes, uno de los principales anunciantes del periódico sufrió un intento de secuestro, por lo que tuvo que abandonar Navarra con su familia; meses después sus oficinas fueron destruidas por un potente artefacto, que costó la vida a un policía cuando intentaba desactivarlo, en Pamplona. En 1982 ETA asesinaba al carlista pamplonés, suscriptor durante toda la vida de El Pensamiento Navarro Alberto Toca Echeverría. Su hermano, el también carlista Ignacio tuvo que abandonar Navarra por amenazas a finales de los setenta, sufriendo un infarto al poco tiempo de su marcha por la presión a que se vió sometido. También el jefe de las Juventudes Tradicionalistas del Señorío de Vizcaya José María Arrizabalaga Arcocha fue un destacado suscriptor y difusor del periódico; así como otros carlistas de Vascongadas asesinados aquellos años por ETA. También en la trinchera religiosa no se claudicará, pese a los cambios eclesiásticos (los nefastos años del nacionalista vasco Cirarda en la archidiócesis de Pamplona y diócesis de Tudela). En El Pensamiento Navarro escribían las plumas más destacadas de la Tradición Española y otras afines, por lo que se convertía en un periódico de referencia en toda España. Allí estaban las firmas de Francisco López-Sanz (que había sido director de 1933 a 1966), Rafael Gambra, Jesús Evaristo Casariego, Raimundo Aldea Eguilaz, Casilda Elizalde, Ignacio de Orbe Tuero (barón de Montevilla), Juan Sáenz Díez, Nemesio Cortes Izal, José María Codón, el canónigo y ex rector del Seminario de Pamplona don Carmelo Velasco, Miguel Ayuso Torres, Carlos Etayo Elizondo, Manuel Ángel Vieitez Pérez, Francisco Guinea Gauna, Fco. Sánchez de Muniain Gil, Andrés y José Miguel Gambra, Serafín Argaiz Santelices, Alberto Ruiz de Galarreta (con sus diversos pseudónimos), Anselmo Ruiz, el Capitán de Navío Camilo Menéndez Vives, Federico Cantero Núñez, don José Ricart Torrens, Pascual Molins, Guillermo de Padura, Javier Nagore, Eulogio Ramírez, don Luis Madrid Corcuera, Andrés Caso-Sanz, Ramón Salas Larrazábal, Stanley G. Payne, Javier Morte, etc. Sin embargo el formato de diario se vió sobrepasado por el cambio operado en los hábitos periodísticos de los españoles, interesados más en la información generalista y deportiva frente a los periódicos con una línea doctrinal muy marcada. Además el boicot de la publicidad institucional fue prácticamente total, al igual que se hizo contra el periódico de la Confederación de Ex-Combatientes, fundado por los requetés que defendieron el Alcazar de Toledo,El Alcazar. En este contexto fue imposible competir contra los grandes grupos periodísticos, apoyados por capital público y financiero que tanto han empobrecido a la prensa en España desde la llamada transición. El 13 de enero de 1981 aparece el último número de El Pensamiento Navarro. Con la intención de continuar la senda doctrinal marcada por El Pensamiento Navarro en el ámbito religioso nace en 1982 Siempre P´alante, como semanario navarro católico (después pasará a ser quincenal, con el doble de páginas) que se sigue publicando de manera ininterrumpida hasta hoy, siendo uno de los máximos defensores (pese a la distinta factura de algunas de sus colaboraciones) de la Unidad Católica de España.

El 13 de enero de 1981, el número 27.276 de El Pensamiento Navarro seria el último en ver la luz. En un contexto según recogia el periódico aquel día: "demoliberal, con consenso marxistoide y separatista". Con un artículo bajo la rúbrica "Volveré.... con mis principios, si España es salvable (Carlos VII)" el carlista asturiano J. E. Casariego señala ."Denunciar y combatir el error y señalar la verdad es misión nobilísima, clarividente, salvadora, propia de espíritus dignos e íntegros. Tal fue la visión de El Pensamiento Navarro, que llega a esta hora con el orgullo, la satisfacción y la alegría del deber cumplido". El consejo de administración de "Editorial Navarra S.A." escibiría por su parte en un artículo titulado "La tradición, alma de la vida nacional": "No nos duelen prendas. Repetimos aquí que gracias al carlismo tradicionalista (antes era imposible separar tales conceptos), ironizado por muchos, gracias a él fue posible por algunos, odiado por muchos, gracias a él, fue posible que españoles y navarros no cayeran en el marxisno antirreligioso, antipatriótico y antiforal, antimonárquico. Si hoy otros 'gárrulos sofistas' -demócratas totalitarios, neoliberales y marxistas, reunidos- han empobrecido, mermado y desolado a un pueblo al que encaminan a un rápido suicidio, nosotros, los tradicionalistas, no tenemos la culpa".

El espíritu y la lucha de El Pensamiento Navarro, contra el que no pudieron las bombas ni las amenazas marxistas y separatistas, sigue en la Comunión Tradicionalista.