Mostrando entradas con la etiqueta Legitimidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Legitimidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de abril de 2013

DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE LA CORONA DE LAS ESPAÑAS, POR SMC DON JAVIER I DE BORBÓN



Mis leales consejeros:
He visto con gran atención los distintos informes que se han concretado en la ponencia que me acabáis de leer y he oído con verdadera emoción.
Comprendo perfectamente vuestras ansias. Son ya dieciséis años casi, desde que me nombró Regente nuestro llorado Rey Don Alfonso Carlos (q.s.g.h.) y desde que juré ante su cadáver cumplir esta tan gloriosa y difícil misión de mantener enhiesta la Bandera Carlista, nobilísima.
Entonces, en 1936, teníamos derecho a esperar que la victoria nuestra contra la revolución roja diera paso a la Regencia legítima. Los acontecimientos han sido contrarios. Vosotros, mi querido Jefe Delegado puesto por el Rey hace dieciocho años, y vosotros los miembros de la Junta, los Jefes regionales y provinciales, los Consejeros nacionales y todos los que formáis nuestros cuadros sabéis bien de los heroicos sacrificios con que me habéis asistido en este largo y duro período del interregno.
Os profeso el mayor agradecimiento y guardo en mi alma la admiración a vuestra acrisolada lealtad.
Hoy, aquí reunidos en la capital del principado, en este magnífico Congreso Eucarístico, unidos en Comunión con Nuestro Señor Sacramentado, quiero hablaros con todo el sentido de mi responsabilidad.
La autoridad soberana requiere para su ejercicio, cuanto más para su instauración, la concurrencia de la sociedad y la colaboración de sus hombres representativos.
Huérfanos los pueblos de legítima autoridad, acaban por ignorar su propio bien, cuando no lo rechazan a la manera de aquel que pedía cayera sobre sus cabezas la sangre del Justo.
La Comunión Tradicionalista, la genuina representación ideal de España, por lo mismo que cifra la salvación de nuestra sociedad en la restauración de la dinastía titular de la Monarquía legítima, tiene el claro concepto de lo que significa la proclamación del Rey; Rey de derecho. Rey de derecho no es la frívola significación de lo que el vulgo llama Pretendiente. Rey de derecho es una bandera de justicia, un programa de reivindicación, un paladín de causa noble, una promesa de salvación. Pero además es un ejemplo y una vida de hondos sacrificios, totales renunciadores, línea y camino, de padres a hijos, de servicios y trabajos.
Mientras, la victoria inicia rutas de superación de todas esas abnegaciones.
Hasta entonces Yo no paso de ser, pues que así lo pedís y así lo impone mi deber jurado, más que Rey de los Carlistas, Rey de la representación ideal de España, Rey de la Monarquía ideal.
Fijaos bien que al aceptar la Realeza de Derecho de España no hago sino radicar en Mí la suma copiosa de deberes sagrados que a mis mayores unió a esta noble nación.
Las revoluciones han borrado de las conciencias el concepto de la realeza legítima y de las obligaciones del pueblo. Sin oportunas circunstancias y preparación adecuada, una proclamación de derechos al trono puede ser inoperante cuando no contraproducente. Esa es vuestra labor. Como tarea Mía, ultimar trámites que estimo necesarios. Quedan de este modo diferenciados estos dos momentos: Mi resolución a vuestro ruego de asumir el Derecho Real vacante y el de su promulgación oficial y juramento con mi hijo, llamado a heredarme, y que ahora está impedido de concernir.
Para el mismo escribo una carta de la que haga depósito en manos de Mi Jefe Delegado, que es ya el documento auténtico de Mi acuerdo; suficiente, él sólo, para asegurar la sucesión legítima de nuestra Monarquía si durante estos trámites, no obstante que sean breves, Dios Nuestro Señor quisiera cortar mi vida que a Él, en su Divina Realeza, ofrezco en holocausto por esta Su Causa.
Con el corazón repleto de emociones que vuestra lealtad me causa, como Rey vuestro y en camino, tan penoso como sea menester, para serlo de todos los españoles, os invito a laborar sin desaliento hasta la victoria y la salvación.
Barcelona, 31 de mayo de 1952

Francisco Javier de Borbón




DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE LA CORONA DE LAS ESPAÑAS, POR SMC DON JAVIER I DE BORBÓ.

TOMADO DEL PORTAL "AVANT" DE NUESTROS VALIENTES CARLISTAS VALENCIANOS.

lunes, 29 de octubre de 2012

Pequeña historia del legitismo escocés




Madrid, 21 de Octubre de 2012
Con ocasión de la firma en Edimburgo el 15 de octubre de 2012 por parte del primer ministro británico, David Cameron, y el presidente escocés, Alex Salmond, del acuerdo político por el que los poderes del Estado delegan en el parlamento regional la capacidad de convocar y organizar un referendo de independencia antes del final de 2014, se ha puesto de moda comparar por parte de algunos nacionalistas catalanes y vascos su situación política con la situación escocesa. 

Es evidente que la historia de España nada tiene que ver con la historia de Gran Bretaña, y que la situación de las provincias vascas o del Principado de Cataluña nada tiene que ver con la historia de Escocia.

Una primera reflexión realizada desde la historia nos permite afirmar que si bien Escocia puede ser tratada como una unidad a efectos históricos (a pesar de las diferencias existentes entre las Tierras Altas y las Bajas, diferencias lingüísticas, religiosas y de clanes), no así ni las provincias vascas ni el principado de Cataluña. Efectivamente para el análisis de la vinculación entre las provincias vascas y la corona de Castilla sería necesaria realizar un estudio por separado de los tres territorios forales (Vizcaya, Guipúzcoa y Vitoria). A su vez con respecto a la vinculación del Principado de Cataluña con la idea nacional de España tendríamos que considerar la realidad histórica de la corona de Aragón y prescindir de la existencia de un supuesto e imaginario reino catalán.


Jacobo II, gobernó a pesar de su catolicismo, 
pero fue expulsado. Sólo gobernaron de facto
sus hijas anglicanas.

No es nuestra intención hacer un estudio pormenorizado de la idea del nacionalismo escocés, ni siquiera realizar un estudio de la existencia del nacionalismo catalán y vasco, sino que con ocasión del revuelo de la consulta escocesa queremos tratar sucintamente del nacimiento del legitimismo escocés, legitimismo que supone por si un vivo contrates con el movimiento legitimista profundamente arraigado en las provincias vacas y el principado catalán, pues precisamente en España el legitimismo ha sido un legitimismo nacional hispano y plurirregional, no un legitimismo regional, pues ni las provincias vascas, ni Cataluña, han luchado nunca en su historia por una independencia con respecto al concepto más amplio de España, sino que precisamente han tomado las armas cuando España dejaba de ser fiel a sí misma (ejemplos sobrados tenemos en la guerra de Sucesión Española, en la guerra contra la ocupación francesa, o las guerras carlistas donde ambas regiones se caracterizaron por defender una monarquía absoluta e hispana).

Escocia es uno de los reinos históricos europeos que como todo reino mantuvo numerosas guerras y alianzas con sus vecinos, y muy especialmente con los ingleses. Así durante la Edad Media son numerosos los conflictos entre ambos reinos, enfrentamientos caracterizados por una marcada conflictividad territorial debido a las difusas fronteras entre ambos reinos. Así las cosas, y remontándonos a los tiempos inmediatos al nacimiento del legitimismo escocés, en 1603 Jacobo VI de Escocia se convirtió en Jacobo I de Inglaterra tras la muerte de Isabel I sin descendientes, uniendo las coronas pero manteniendo los parlamentos separados, por lo que Escocia mantuvo su gobierno, un gobierno no exento de enfrentamientos políticos entre los escoceses y los ingleses.

A este primer rey Estuardo de Inglaterra, Escocia e Irlanda le sucede su hijo Carlos I defensor del absolutismo frente a un Parlamento Inglés que no estaba dispuesto a dejar la política en manos únicamente del monarca. Este enfrentamiento le valió a Carlos I su condena a muerte, y el triunfo desde 1642 hasta 1689 de la llamada Revolución Inglesa en la que se viven tres guerra civiles, un fase republicana, una dictadura militar, y la definitiva instauración de los Estuardo en 1660 bajo el reinado de Carlos II Stuart que sabe mantener unidos sus reinos en un estado de aparente tranquilidad.

Carlos II muere sin descendencia en 1685 por lo que las coronas de Inglaterra y Escocia pasan a su hermano Jacobo (James VII de Escocia y II de Inglaterra), quien antes de acceder al trono se había convertido al catolicismo. Es esta conversión al catolicismo la que provocará continuos enfrentamientos entre Jacobo y el Parlamento, enfrentamientos que aparentemente terminan con el compromiso asumido por Jacobo (entonces Duque de York) de educar a sus hijas Mary y Ann en la fe anglicana. Este compromiso pareció convencer a la nobleza inglesa pues tras su coronación como rey esa misma nobleza apoyó a Jacobo frente a las pretensiones del Duque de Monmouth (hijo natural de su hermano Carlos II) quien alegando el catolicismo de Jacobo pretendió infructuosamente hacerse con el trono.

Jacobo VII una vez eliminado el Duque de Monmouth, y creyendo asumida plenamente su condición de católico por parte de la nobleza inglesa, decide revocar el Acta de Prueba (Test Act) consistente en una serie de leyes penales que instauraban la revocación de diversos derechos cívicos, civiles o de familia para los católicos romanos y otros disidentes religiosos no anglicanos, estableciendo varios principios discriminatorios destacados, como la exclusividad del acceso a los cargos públicos para los anglicanos. Con esta revocación Jacobo abandonaba la política apaciguadora de su hermano Carlos II aumentando las tensiones no tanto entre escoceses e ingleses sino más bien entre anglicanos y católicos.

No contento Jacobo con la revocación de Acta de Prueba decidió imponer autoridades católicas en el ejército y en la Universidad de Oxford, al igual que decidió la publicación de una Declaración de Indulgencia en la que se propugnaba la igualdad de católicos, anglicanos y puritanos.

Todas estas tensiones, que habían sido soportadas por la nobleza sabedores que las herederas al trono estaban formadas en la fe anglicana, llegan a su máxima expresión en 1688 cuando la segunda esposa de Jacobo, la católica María de Módena, dio a luz a un niño inmediatamente bautizado en el seno de la Iglesia Católica, y que llevaría por nombre Jacobo Francisco Eduardo Estuardo (James Francis Edward). Este joven heredero garantizaba la sucesión católica al trono inglés, por lo que los líderes protestantes ingleses que dominaban el Parlamento, lanzaron una revolución en defensa de la monarquía parlamentaria y de la preeminencia de su religión. 

Jacobo III de Inglaterra,
también conocido como el Old Pretender.
Fue reconocido como rey por numerosos
estados entre ellos Francio y los Estados Pontificios


Para la defensa de los intereses anglicanos el Parlamente decidió recabar la ayuda de Guillermo de Orange, esposo de Mary, la primogénita del propio Jacobo, quien desembarcó en Inglaterra el 15 de noviembre de 1688 con su ejército procedente de Holanda. Jacobo VII decidió no presentar resistencia ante dicha ocupación y huyó a Francia con su mujer y su hijo. En este momento podemos entender que nace el legitimismo escocés (e inglés) pues Jacobo VII de Escocia (II de Inglaterra) fue despojado de su reino, y su descendencia habida con María de Módena fue eliminada del orden de sucesión. 

Sin duda alguna el legitimismo escocés ha sido el legitimismo más breve de todos los que conocemos (nada que ver ni con el longevo carlismo, ni con el influyente legitimismo francés), pero en su haber también cuenta con ser el legitimismo más curioso de todos ellos. Efectivamente, resulta curioso que la Convención de Pares y representantes de los Comunes convocados por Guillermo de Orange despoje de todos los derechos al trono a Jacobo VII de Escocia y II de Inglaterra, y sin embargo otorgue los derechos sucesores a su propia hija María (II de Inglaterra), es decir, Jacobo VII es el mismo el origen de la dinastía legítima y no reinante de los Estuardo, y a la vez es origen de la dinastía ilegítima y reinante de los Orange, a través del matrimonio de Guillermo con su hija María. 

Desde Francia Jacobo VII reclutó el ejército que desembarcó en Dublín, dado que los católicos irlandeses habían manifestado su rechazo al nuevo orden sucesorio fijado por Guillermo de Orange. El 1 de junio de 1690 ambos ejércitos se enfrenta junto a las riberas del Boyne, en donde Richard Talbot, I conde de Tyrconnell, Lord Teniente de Irlanda, y comandante de los ejércitos jacobitas no pudo evitar la derrota; Jacobo volvía a huir a Francia abandonando a su suerte a los irlandeses que siguieron luchando hasta el Tratado de Limerick en 1691.

Desde este año 1691 los legitimistas no presentaron mayores problemas a la corona de Guillermo de Orange quien continuó reinando tras la muerte de María II el 28 de diciembre de 1694. 

En 1701 muere Jacobo II heredando los derechos sucesorios legitimistas Jacobo VIII de Escocia y III de Inglaterra (James Francis Edward). Al año siguiente (1702) muere sin descendencia Guillermo de Orange sucediéndole en la corona de Inglaterra y Escocia la segundo hija de Jacobo II, Ana, que con el correr del tiempo sería Ana de Gran Bretaña y la causante del nuevo resurgir del legitimismo inglés y escocés. 

Efectivamente, tras la muerte de María II y la constatación de la ausencia de descendencia por parte del matrimonio de María y Guillermo, el Parlamento Inglés aprobó en 1701 el Acta de Establecimiento que garantiza la sucesión a la Corona de Inglaterra a los miembros de la familia protestante de la Casa de Hannover. No obstante el Parlamento Inglés había cometido la negligencia de no consultar al Parlamento de Escocia que, por otra parte, intentó preservar la dinastía Estuardo. Así en 1704 fue aprobada en Escocia el Acta de Seguridad en la que se estipulaba que si la reina moría sin descendencia, se concedía a los Estados el poder de elegir al siguiente monarca escocés de entre los descendientes protestantes de la casa real de Escocia. La persona elegida por los Estados no tenía que ser necesariamente la misma que subiera al trono inglés, a menos que varias condiciones religiosas, económicas y políticas fueran aceptadas por el elegido. Aunque no era lo políticamente más conveniente, el Acta obtuvo el asentimiento real cuando el Parlamento Escocés amenazó con retirar las tropas escocesas del duque de Marlborough en Europa (a la sazón se estaba desarrollando la guerra de Sucesión Española) y negarse a pagar los impuestos.  l Parlamento Inglés respondido con el Acta de Alienación (1705), que impuso grandes sanciones económicas y por la cual los súbditos escoceses serían declarados extranjeros (quedando con el grave peligro de perder las propiedades que tuvieran en Inglaterra), a menos que Escocia aprobara el Acta de Seguridad o aceptara la unión con Inglaterra. Los Estados eligieron la segunda opción, y se designaron comisionados para negociar los términos de la unión. Los Artículos de la Unión fueron aprobados por los comisionados el 22 de julio de 1706, y fueron aceptados por el Parlamento Escocés (pese a una oposición abrumadora de la mayoría de escoceses) el 16 de enero de 1707. De acuerdo al Acta, Inglaterra y Escocia se convirtieron en un solo reino llamado Gran Bretaña el 1 de mayo de 1707. 

Precisamente ese decreto de Unión de 1707 permite a Jacobo III de Inglaterra y VIII de Escocia (reconocido como tal por Francia, España, los Estados Pontificios y Módena) intervenir en la política inglesa tratando de invadir infructuosamente Escocia en 1708. El rey legítimo volvería a intentar el levantamiento de Escocia por lo que participó en una rebelión restauradora en Escocia en 1715 siendo derrotado nuevamente. Tras su nuevo fracaso se instaló con su familia en los Estados Pontificios por cuanto Francia se abstuvo de seguir apoyando sus esfuerzos de restauración, pues Luis XV no deseaba un enfrentamiento con Gran Bretaña por este motivo. Jacobo III siguió defendiendo la causa católica pero con poco éxito. 

Nieto de Jacobo II, protagonizó
el intento militar más serio
para la reivindación del trono por
parte de los jacobitas


Jacobo III se casó con la Princesa Clémentina Sobieska (1702–1735), nieta del Rey Juan III de Polonia. De este matrimonio nacieron dos hijos. El primero Charles Edward (1720- 1788), llamado más tarde el Joven Pretendiente (Young Pretender o Young Chevalier) y Henry (1725- 1807) futuro Cardenal York. No obstante seguir ejerciendo los derechos sucesores en 1743 Jacobo III decidió ceder la jefatura de la familia Estuardo a su hijo mayor Carlos, aunque sin renunciar a sus derechos dinásticos. 

Aunque lo cierto es que esta cesión en la jefatura de la familia Estuardo no sentó nada bien ni a Francia, ni a los estados Pontificios, sin embargo esta circunstancia no impidió que Charles Edward planificara el levantamiento más organizado de todos los planeados en la historia legitimista inglesa. Así en 1745 se inició nuevamente un levantamiento jacobita formándose un ejército integrado principalmente por highlanders escoceses. De una forma rápida los legitimistas fueron capaces de hacerse con el dominio de las Tierras Bajas pasando a controlar todas las zonas rurales y conquistando Edimburgo. No obstante su excesiva confianza en el apoyo popular y en los refuerzos navales prometidos por Luis XV provocaron que el ejército jacobita se tuviera que replegar tras haber avanzado considerablemente sus posiciones con las toma de Carlisle y Mánchester, y logrando acercarse peligrosamente a la misma Londres. Finalmente las tropas reales enviadas por el monarca Jorge II lograron controlar las tierras escocesas y vencer definitivamente en la Batalla de Culloden en abril de 1746 a los leales jacobitas. 

Carlos, tal y como hiciera su abuelo, tuvo que abandonar Escocia, aunque en esta ocasión el joven pretendiente permaneció escondido durante meses antes de poder huir a Francia. A pesar de todos los esfuerzos realizados en 1766, tras la muerte de su padre, no logró ser reconocido como rey (Carlos III) por los Estados Pontificios; sin duda alguna su disoluta vida (aficionado en exceso a los encantos femeninos y al alcohol) y su proverbial irresolución fueron los motivos principales de dicha falta de reconocimiento.

Con todo hay que reconocer que el Young Chevalier suscitó en un principio grandes esperanzas, pues había gozado de gran simpatía personal, incluso entre sus opositores, siendo recordado como un líder carismático que podía atraer la buena voluntad de la gente común. Es más, su imagen había suscitado el entusiasmo de los escoceses, y muy especialmente de las mujeres, que veían en el joven Carlos un monarca apuesto y dispuesto. Este aprecio inicial de su pueblo, la difusión de su imagen, y su mismo nombre Carlos, hacen que su figure nos recuerde en algunas facetas a la de nuestro rey Carlos VIII, que también demostró tener afición al bello género.

Muerto el rey Charles en 1788 sin descendencia heredó los derechos de la casa de Estuardo al trono británico su hermano Enrique (Enrique IX de Inglaterra y I de Escocia). Ordenado sacerdote en 1747 decidió dedicarse a su carrera eclesiástica llegando a cardenal, sin participar en actividades destinadas a la restauración de los Estuardo. Debido a la Revolución Francesa perdió gran parte de sus riquezas, constituida por propiedades heredadas en Francia, por lo que murió pobre en Roma en 1807, legando sus derechos al trono a Carlo Emmanuele IV de Saboya, rey de Cerdeña.

Desde la muerte de Enrique, aunque a través de Carlos Emmanuele se han sucedido los diferentes reyes legítimos, se puede decir que el legitimismo de origen católico escocés e inglés había concluido para la historia de Gran Bretaña.

viernes, 12 de octubre de 2012

El legitimismo en la esencia del carlismo: Aviso a navegantes


Bajo el título de tradicionalismo hay mucho turbio y equívoco, hasta el extremo de cobijar los que, si en su día fueron secuaces de la buena Causa, hoy andan perdidos por laberintos de liberalismo.

Sobre todo por haber olvidado que la legitimidad es la garantía del contenido ideal, algo así como el tapón precintado del vino de marca. Ya se sabe: salta el tapón y no hay quien responda del vino. Lo más natural  es que se corrompa. Carlismo, pues, de pura legitimidad, pues sin ella las ideas se corrompen. Por algo el posibilismo, que cierra los ojos a las exigencias de la legitimidad, suele ser el peor enemigo de la Causa

(Álvaro d' Ors. Revista Montejurra nº22)

“La monarquía, como una esperanza remota, porque antes hará falta un gobierno fuerte, provisional, que reconstruya el país y que establezca una constitución para que pueda venir el rey”. Es decir, que la monarquía no es salvación, sino náufrago al que se ha de salvar. Los salvadores son ellos, un gobierno cualquiera, los más acreditados del demos, una república, el mando de muchos para restablecer la vida pública. Luego, esperanza remota…, cuando ya todo está construido, se pone como remate el adorno de un rey. ¡No sirve para otra cosa! Ese es el rey del régimen democrático constitucional y los que así piensan son revolucionarios hasta la médula aunque no lo sepan

(Luis Hernando de Larramendi  ‘Cristiandad, Tradición, Realeza’)

El carlismo tuvo arraigo popular gracias a su legitimismo dinástico, de tal modo que sin este hecho difícilmente hubiera aparecido en la historia española un movimiento político semejante, aunque su principal y más profunda motivación fuera religiosa. Podríamos encontrar semejanzas con otros movimientos antirrevolucionarios como la Vendée, los tiroleses de Austria o los cristeros de México. Pero estos casos, después de haber fracasado su levantamiento militar desaparecen como movimientos políticos. El carlismo, por el contrario, reaparece en la vida política española tras varias derrotas militares y largos períodos de paz en que se afirma que ha perdido toda su virtualidad. Se explica esta diferencia por el hecho de que la defensa de los principios político y religioso está íntimamente unida con la causa dinástica. Por ello Cuadrado puede afirmar que si ésta desapareciera su presencia se refugiaría “en las regiones inofensivas del pensamiento”.
Si se tratara de encontrar el medio para que desapareciera definitivamente el carlismo de la escena política española, habría que seguir aquella política que se propone desde El Conciliador.Hacer que desaparezcan las motivaciones dinásticas y de este modo se habrá conseguido que el carlismo no represente un permanente peligro de desestabilización política”.

(José Mª Alsina Roca. El Tradicionalismo Filosófico en España)

domingo, 20 de mayo de 2012

La Monarquía contra la Revolución: Las formas nunca son accidentales en política


La lucha secular entre la Monarquía y la Revolución encarnada como mecanismo político de la Democracia, ha dado como resultado que estos dos sistemas no sólo se diferencien por su estructura, sino por un contenido moral y doctrinal que como realidad histórica han adquirido y representan.

De aquí la ingenuidad de los teóricos accidentalistas de la forma de gobierno. Las formas no son nunca accidentales ni en filosofía, ni en arte y mucho menos en política, que es el arte de realizar en formas históricas, en cada pueblo, y en cada momento (hic et nunc) una doctrina y un contenido teóricos.

En España hay que raer de las mentes estos tópicos comodones. Ni la Monarquía es, teóricamente, la sola presencia del Rey en el trono, si no va acompañada de un sistema político y de un contenido moral del Estado, ni la República es la simple ausencia del monarca. La Revolución requiere la previa ausencia del Rey porque, fundadamente, le impone un obstáculo para la realización de su programa. Cuando en España nos declaramos monárquicos, no decimos únicamente que queremos un Rey a la cabeza del Estado, sino que esto es una consecuencia lógica y fatal de un sistema político, que implica también un determinado contenido moral y una estructura jerárquica social cuyo remate es la Corona con Cruz.

La Democracia, y su expresión política la República, es la forma normal en España de toda la doctrina contraria. Se engañan, y la experiencia nos está dando la razón, los que creen que la República es a modo de un vaso vacio que la voluntad de la mayoría—la democracia—va llenando en cada momento de un contenido diferente. Y no es así. La Monarquía afirma un contenido dogmático permanente que está por encima de las votaciones. El reflejo de esto es lo que llaman los demócratas obstáculos tradicionales. Pero la República también tiene sus dogmas y susobstáculos tradicionales. Cuando la voluntad de la mayoría es contraria a los dogmas permanentes de la República, entonces los republicanos dicen que se les desvirtúa la República, que desaparece la esencia republicana del Estado. En la realidad histórica son dos cosas distintas democracia y República.

La República española ha nacido con la impronta de unos dogmas que por mucho que logremos triunfar, con los mecanismos democráticos. Jamás le lograremos arrebatar.

¿Cuál es, históricamente, el régimen conveniente para cada pueblo en cada momento de su vida? Muy largamente se podría disertar sobre este punto, pero una norma sencilla puede damos la respuesta. Los regímenes son para los pueblos y no los pueblos para los regímenes. Cuando en una nación se han de poner a contribución todos los elementos vitales del país para sostener el régimen, cuando en cada crisis grave del país no se piensa más que en la necesidad de salvar el régimen, cuando la mayor parte de los conflictos públicos son provocados para sostener dogmas del régimen, entonces se puede afirmar que ese sistema es artificioso en aquel país y, desde luego, evidentemente nocivo.

Pedro Sainz Rodríguez, “La tradición nacional y el Estado futuro”. Acción Española, I, pág. 182, t. X.

DEL BLOG AMIGO: NÚCLEO DE LA LEALTAD

jueves, 5 de abril de 2012

¿Dónde han ido mis leales aduladores?


La Monarquía tradicional ―nacida al amparo de la Iglesia y arraigada en la historia―, es magistratura tan magnífica y se presenta de tal manera rodeada de majestad y grandeza a la mente del filósofo y al corazón del poeta, que ninguno que se llame monárquico, aunque sea de las monarquías falsificadas que ahora se estilan, si posee alguna ilustración y entendimiento, puede dejar de rendirse ante ella y cantar sus glorias y ponderar sus maravillas, si, forzado por las circunstancias, tiene que luchar contra los secuaces de la forma republicana. Porque defender el parlamentarismo monárquico contra el parlamentarismo republicano sin apelar para nada a la Monarquía representativa tradicional es tarea imposible, como lo demuestran evidentemente los doctores constitucionales cuando, por medio de un vulgar sofisma, procuran hacer de la Monarquía histórica y la revolucionaria una misma institución, con el propósito de atribuir a la segunda las glorias y prestigios de la primera."

Juan Vázquez de Mella
-------------------------------

"¿Qué significa la monarquía en una nación tan desmembrada como la nuestra, tan ridículamente desunida? En estos momentos, quizá la única garantía de unión la tiene la Corona. La Corona representa al señorío de Vizcaya, el Reino de Aragón, el Condado de Barcelona y el Principado de Gerona."

Alfonso Ussía, en Lágrimas en la Lluvia.

 -------------------------------

Franco, gentilhombre de cámara,
condecorado por el que
fue padrino de su boda.
"Desapareció una monarquía que no tenía una base social firme: vinieron unos coches y se los llevaron a todo correr, y no hubo nadie que dijera «señor, aquí estoy yo a jugarme el tipo por usted». Ni militares, ni políticos, ni liberales movieron un dedo por Alfonso XIII. Muy diferente a como había ido Carlos VII al destierro, acompañado de miles de leales que lloraban menos mi abuelo, que hacía chistes y rompían los fusiles al cruzar la frontera con Francia."

Luis Martínez ErroeRequetés: de las trincheras al olvido. 
  -------------------------------

Conversación entre Don Jaime III y el recién destronado Alfonso "XIII", en 1931:

Don Alfonso: "Tú entonces, como ahora, podías contar con la entera abnegación de tus leales. Yo, en cambio, no puedo fiarme de casi nadie. No puedes saber lo que es un Rey caído. Me sentiría más inclinado a confiar en los tuyos que en los míos en estos momentos...

Don Jaime no puede evitar una sonrisa maliciosa.

No sé, no sé le dice. Sin ir más lejos, este hombre que te ha abierto la puerta te hubiese matado si yo se lo hubiese mandado; de modo que tampoco conviene que te fíes demasiado de los míos."
F. Melgar  
Don Jaime, Duque de Madrid

domingo, 1 de abril de 2012

Monarquía tradicional Vs. monarquía liberal


El liberalismo, el enemigo capital de la bandera española que ostenta el trilema Dios, Patria y Rey, ¿Quién imaginaría que se esforzase en reclamar para sus nefandos y oscuros pendones, el emblema de la antigua España católica? Así como el protestantismo, negando toda autoridad divina y humana, se miente a sí mismo, el liberalismo español, su digna prole, hace lo propio. Et mentita est iniquitas sibi. Si Tertuliano llamó al diablo mona de Dios porque fingía imitar sus obras, si hoy viviera, llamaría "mona del protestantismo", al liberalismo.

No hay perfección absoluta en ninguna de las formas de gobierno conocidas y ensayadas hasta hoy; pero el derecho público fundado en la experiencia de los siglos, ha proclamado que la mejor y única forma de gobierno posible, es la que concentra los poderes del Estado en un solo monarca, enlazando la universalidad con la unidad, como el gobierno de la Iglesia, fundado por el Hijo de Dios; y el de Saul, primer monarca nombrado por el mismo Rey de los reyes, o por su orden; que es la única fuente del derecho divino, al decir de los libros santos: per me Reges regnant. Derecho que toma, si cabe, mas fuerza y aumento de los desprecios y negaciones insolentes del ignaro liberalismo, cuyas sectas o partidos, mas o menos fanáticos se rechazan, destrozan y condenan mutuamente, sobre quién ha de comerse la pera mas gorda, en la gráfica expresión del cautivo de Santa Elena.

De manera que el liberalismo forma una especie de mosaico de varios pedazos y diversos colores, como el protestantismo, según el inmortal Perrone. Y visto en todas sus fases, es el bufo de la civilización moderna; rama que, desgarrada del árbol monárquico, no puede tener las condiciones, propiedades y distintivos gloriosos de la monarquía tradicional; porque no es, como ésta, un delegado del monarca universal, fundador y supremo legislador de la sociedad, y no puede aspirar a su posesión sin pasar por las horcas caudinas de las contradicciones que los jurisconsultos llaman de hecho, derecho, origen y desarrollo, de organización, lugar, tiempo, nombre y doctrina.

En efecto, la monarquía liberal es una contradicción de derecho, porque su título solo comprende el menor número de individuos en las poblaciones; cuando la tradicional, que es la única monarquía verdadera, comprende a todos los individuos y todos los pueblos que le han dado su nombre, y aquélla jamás abrazó a todo un pueblo.

La monarquía católica y la liberal, son dos cosas contrarias y antitéticas; la monarquía pura, moderada por la ley fundamental, como en España, desde tiempo inmemorial; siempre combatida, como su Madre la Iglesia, pero jamás vencida sino momentaneamente, siempre igual a sí misma en magnificiencia y solidez.

Sin embargo, ese aborto satánico del abismo, sin pruebas ni documentos de ningún género, pretende usurpar un emblema indivisible y único, en favor de unos partidos liberalescos que reciprocamente se aborrecen y cuyo lema protestante es la división que los devora y consuma su ruina. Para el liberal, eso de monarquía tradicional es un trasto viejo, tan sobajado como la señora del Toboso: cuando la monarquía liberal, con su Rey de bastos, es una cosa tan nueva como la niña gaditana de 1812, hoy, para colmo de dichas y honras españolas, abuela de la golosa topetina. Lo peor está en que, según fama, el árbol que regaron con sangre española, parece ser que en los primeros siglos no prometerá fruto alguno. No puede ser otra cosa el sonambulismo liberalesco, que si un día se dice monárquico-católico, como se llaman rabones a los mulos sin cola, lo desmienten con sus hechos al día siguiente, conjurándose de mancomún contra la monarquía, y derribando la misma que ellos levantaron, lo cual no quita que sigan gritando ¡Viva la monarquía democrática!.

Dios confió la soberanía, y del cual la recibieron todos los que ejercen la dominación suprema de las naciones. Porque aquello de soberanía popular, es una quimera en que no creen ni los mismos que la inventaron; pero les tenía cuenta, porque a río revuelto nada pierden los pescadores de uñas luengas.

D. Hevia (1871)

viernes, 9 de marzo de 2012

La Tradición que no muere


En cien años de protesta 
contra la Revolución,
no ha logrado doblegarnos
frente a frente ni a tración.

Aunque ha urdido mil engaños,
uno a uno han muerto ya,
y los vence. Viva siempre
nuestra Legitimidad.

Somos los cristianos viejos
de española Tradición.
No entendemos de partidos
en la Santa Religión.

Damos la vida a la Patria
por su intangible unidad
y la sangre por los fueros
de la vieja libertad.


Luis Hernando de Larramendi (1882-1957)

jueves, 29 de diciembre de 2011

"No se puede identificar carlismo con franquismo"


Lo que en principio estaba proyectado como una "tesis sobre periodismo" -en concreto sobre la revista 'Montejurra'- acabó cuajando, por el volumen de información recopilada, en "una tesis de historia", después galardonada con el Premio Luis Hernando de Larramendi.


Pamplona (Fuente: noticiasdenavarra.com, félix monreal - Domingo, 2 de Enero de 2011) - 

Dirigido en el arranque por Javier Tusell (posteriormente fallecido), el periodista e historiador navarro Manuel Martorell (Elizondo, 1953) se embarcó en una tarea que ha desarrollado durante diez años, compaginando la investigación con su trabajo cotidiano en las redacciones de Diario 16, primero, y de El Mundo, después. El material reunido abarcaba desde la Guerra Civil hasta la Transición. Por consejo de Tusell, Martorell acortó el periodo histórico centrándose en los años cuarenta y cincuenta "el periodo más oscuro, más desconocido y del que surgían también muchas incógnitas", explica el autor. "Una de las hipótesis que yo barajaba, por el conocimiento que tenía del carlismo, es que no se podía identificar, como se hacía generalmente, carlismo y franquismo. Esa era la hipótesis principal de este trabajo", expone Martorell, que la pasada semana presentó en Pamplona Retorno a la lealtad. El desafío carlista al franquismo.

Usted hace hincapié en la utilización que hizo Franco del carlismo y en sus maniobras para dividir a los carlistas con la guerra ya en marcha.

Un experto en carlismo decía que en realidad el verdadero triunfo de Franco había sido conseguir que la gente identificara carlismo con franquismo, porque el franquismo había adaptado algunos símbolos como la bandera, el himno Oriamendi, la gorra roja (sin la borla) y la camisa azul. Iniciada la guerra, los carlistas de a pie no aceptaron el Decreto de Unificación (con la Falange en abril de 1937); por lo tanto, no aceptaron el régimen franquista y siguieron defendiendo sus principios, aunque eso no se explicitara públicamente.

Sostiene en el libro que si en un momento dado los requetés llegan a plantarse y abandonar el frente, por las divergencias con Falange, el desenlace de la guerra hubiera sido otro.

Sin la participación del requeté, y eso me lo han dicho varios, España sería ahora una República. Ellos dicen que si el Frente Popular o la República durante el bienio reformista no se meten con la religión, el requeté no hubiera salido; y si el requeté no sale, el golpe no sigue adelante.

En el libro ofrece una imagen diferente de algunos personajes, como Jaime del Burgo Torres, que se contrapone a otras descripciones, más severas y acusadoras, que aparecen en diferentes libros e incluso a las transmitidas por la memoria popular.

Es otro de los objetivos de mi libro: eliminar las simplificaciones que se han realizado al relaccionar al carlismo con el franquismo y la represión. Al final se ha extendido en la memoria colectiva que todo el carlismo participó en la represión. El caso más claro es el de Del Burgo, señalado como el padre de todos los asesinatos. Yo entrevisté a Del Burgo; ya estaba muy mayor y creo que estaba diciendo la verdad cuando ofreció su versión de los hechos. Él dijo que salió de Pamplona el 19 de julio y no volvió hasta que le hirieron en Madrid. Repuesto, regresó al frente; cuando retornó a Pamplona la sangría ya había pasado, porque fue en los primeros meses de guerra. A mí me resultaba muy difícil aceptar que se extendiera la represión a las miles de personas que salieron de aquí y que lo hicieron pensando sólo que iban a Madrid a derribar un Gobierno, poner otro y ya está. Me resulta difícil aceptar que toda esa gente estuviera dispuesta a aniquilar a personas que no pensaran como ellos. No se ha hablado de muchos carlistas que no participaron en la represión y que hicieron lo posible para evitar que se asesinara a personas que pensaban de forma contraria. En zonas donde tenía implantación hegemónica el carlismo, prácticamente no hubo asesinatos: en Estella, Valdorba, en las comarcas alrededor de Pamplona...


¿Es esta la historia de una tradición de Franco al carlismo?

Algunos le llaman engaño, pero desde luego Franco traicionó en todos los sentidos las promesas que había hecho a la Comunión Tradicionalista cuando se negoció la sublevación.

¿Considera que después de la guerra los carlistas llegaron a creer que podían desafiar al régimen e incluso acabar con él?

En el periodo de la II Guerra Mundial hay una coincidencia entre los análisis que realiza la oposición republicana que está en el exilio (la gente entorno al PC y al maquis) con el análisis recogido en varios documentos carlistas que en resumen vienen a decir que el régimen está acabado, que está aislado, que no tiene el apoyo de la población y que el fin de Hitler y de Musolini va a ser también el fin de Franco y de la Falange. Y por eso, aprovechando esta circunstancia, la Comunión Tradicionalista, que era la tendencia del carlismo mayoritaria en ese momento (eran los que seguían a Fal Conde, los llamados falcondistas), se plantea una reconciliación de España con Europa a través de la implantación de una monarquía de tipo tradicional, semejante a la del Reino Unido, basada en las tradiciones, en los antiguos fueros y por supuesto muy católica, muy conservadora pero no fascista.

¿Qué ocurrió?

Hay que comprender en esos años cómo influye la coyuntura internacional. En el año 1946, EEUU e Inglaterra firman en Naciones Unidos un acuerdo que implica la retirada de todos los embajadores, el cierre de las fronteras y una de las cláusulas pide a todos los gobiernos de la ONU que trabajen con la oposición para derribar el régimen. Un año después, cuando la Guerra Fría está en marcha, cuando se tiene que revalidar la resolución de 1946, EEUU e Inglaterra ya no firman ese acuerdo sino que restablecen las relaciones diplomáticas. Después, con el acuerdo de Bases de 1953, España se convierte en la mayor plataforma estratégica de occidente y por tanto la estrategia falcondista de acabar con el régimen desaparece. Y a partir de esos años la estrategia del carlismo también va a cambiar; empieza un periodo de estancamiento en el que no sabía muy bien por donde tirar y después un periodo de colaboración que va a ser el de finales de los cincuenta y primeros de los sesenta.

¿Qué futuro le ve en esta sociedad al ideario carlista (al partido más viejo de Europa)?

El carlismo como partido político, y de acuerdo con sus planteamientos históricos, es obvio que no tiene un lugar en el sistema político español en estos momentos. Pero sus ideas tal vez sí que podrían resolver algunos problemas de difícil solución como el contencioso entre Cataluña y el Estado por el Estatuto. Porque lo que está en el fondo del pensamiento político carlista es que las antiguas libertades, los fueros, las tradiciones de cada región, están por encima de cualquier otra constitución. Estamos hablando de un estado federal que se asemejaría mucho a lo que ellos establecen en las relaciones de los antiguos reinos con el centro del poder.

¿Sosteniendo la figura del rey?

Dentro del pensamiento carlista, la monarquía es la institución que coordina ese sistema federal. Para ellos, los fueros, las antiguas libertades, lo que llamaríamos ahora los derechos históricos, están por encima de la Constitución. 

jueves, 14 de julio de 2011

Lealtad sin fisuras



En 1946, Melchor Ferrer proclamaba: «Por si los carlistas jóvenes no me conocen, debo presentarme. Nunca fui integrista, ni fui minimista, ni fui mellista, ni fui de la Unión Patriótica, ni fui cruzadista, ni fui ni soy de FET. Ni alfonsino ni juanista. Carlista soy, carlista desde mí mocedad a las órdenes de Carlos VII el Grande; carlista en el servicio muy cerca del caballeroso Jaime III, carlista bajo el recto Alfonso Carlos, carlista en la disciplina del nobilísimo Príncipe Regente Don Javier de Borbón».

Hoy, 5 de Julio de 2011, Fiesta de San Antonio María Zaccaría , con la precisión que indicaremos en su momento, Núcleo de la Lealtad, vuelve a hacer suyas las palabras que dirigiera el pasado Domingo de Pascua de 2008 :

Proclamamos que nunca fuimos ni seremos de democracias o alianzas nacionales, mucho menos dealternativas o frentes españoles, ni de otras plataformas o movimientos... ni jugaremos a las ligas. No somos ni de derechas ni de izquierdas. Somos íntegramente tradicionalistas: contrarrevolucionarios militantes, católicos a machamartillo, españoles hasta la médula, defensores acérrimos de las libertades populares, monárquicos legitimistas.

Por eso, hoy como ayer, somos los tradicionalistas del siglo XXI frente a los liberales de la “alternativa social cristiana” que «afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado» (condenados ya en 1888 por [León XIII en] la Libertas praestantissimum , 14) y al resto de nuevos europeizadores demócrata cristianos, neoliberales, socialistas, comunistas, tecnócratas, socialdemócratas, y toda laya de cofrades.

El Carlismo  reivindica la gloria de encarnar en el siglo XXI las doctrinas y el estilo humano de los hombres de Las Españas de siempre, pues el Carlismo no es otra cosa que la continuidad pura y simple de nuestras Españas, la pusillus grex, el pequeño rebaño de la Hispanidad, al decir de la Escritura (Lc 12,32).

Los carlistas, ni dícense revolucionarios, ni juegan a llamarse socialistas, ni presumen de demócratas ni de liberales, aunque su sistema político entraña, en verdad, la única transformación social fructífera, la verdadera solución a los desórdenes sociales, el auténtico Gobierno del pueblo y la real garantía de las libertades de cada ciudadano. Los carlistas han llamado siempre y seguirán haciéndolo así a las cosas por su nombre. Y no niegan a Cristo ni a Las Españas, ni siquiera con disfraces de vocabulario demagógico, tan fácil como estéril. Se llaman a sí mismos lo que son: enemigos de las sucesivas fórmulas extranjeras que han sido el absolutismo, el liberalismo, el democratismo, el socialismo y fascismo. Con temple de Caballeros desprecian la demagogia y galantean a la sinceridad política, porque de Caballeros es ir proclamando a todos los vientos la verdad.

Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta, por Dios, por la Hispanidad y el Rey Legítimo, somos carlistas a las órdenes del Infante de España S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón , Duque de Aranjuez, Príncipe de Parma y de Plasencia, Antiguo Caballero Legionario, Regente de la Comunión Tradicionalista , Abanderado de la Tradición

Añadimos hoy, por si hiciera falta, 5 de Julio de 2011, Fiesta de San Antonio María Zaccaría, la siguiente clarificación:

El único modo cabal, eficaz y eficiente, de estar a las órdenes del Señor y de la Causa de Dios y España, consiste en estar encuadrados en aquella Secretaría Política que precisamente dispusiera Su Augusta Persona, la formada por Sus Excelencias Don José Miguel Gambra, Don Luis Infante y Don José Antonio Gallego, –cuyas vidas guarde Dios muchos años–, acatando disciplinadamente sus órdenes, fieles al Espíritu de Disciplina del Credo Legionario: “Cumplirá su deber, ¡obedecerá hasta morir!”.

¡Viva el Rey y Viva Su Secretaría Política!

Fdo. El Director de NdL, NMB

CODA

«In manu Dei potestas terrae,
et utilem rectorem suscitabit in tempus super illam».

«La potestad de la tierra está en manos de Dios,
y Él a su tiempo suscitará quien la gobierne útilmente». Eclesiástico, X, 4.

Señora Inmaculada de las gentes de España *

Señora Inmaculada de las gentes de España.
De victoria en Lepanto, de dolor en Rocroi,
rezada a flor de Espadas desde el mar de Corinto
a la ribera virgen del río Paraná.
¡Señora Inmaculada de los indios ingenuos
y del Hidalgo altivo y de la Inquisición!
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España, de rodillas, te ofrece el corazón.

¡Señora Inmaculada del Pilar Jacobeo!
Consuelo de amarguras en empresas de amar.
El fruto que sembraste para la Fe de Cristo
salido de tus manos, ¿no había de granar?
¡Señora Inmaculada del Apóstol del Trueno,
de la hazaña difícil y la tribulación!
Viniste a Zaragoza para salvar a España,
y España, desde entonces, parece una oración.

¡Señora Inmaculada de los Picos de Europa!
¡Cuántos te parecían pues cuanta era su Fe!
Y vino de los cielos tu auxilio y la victoria
del Dios de las Batallas, del Santo, de Yahvé.
¡Señora Inmaculada de esperanzas de Patria!
Se eleva una plegaria de Asturias a Aragón.
Sus ecos en las rocas, los bosques y los muertos
hablaron en romance y hablaron en canción.

¡Señora Inmaculada de la Santa María,
de los vientos propicios y de la tempestad!
Temblando amor de Madre llegaste al nuevo mundo
y el indio fue el hermano y Cristo la Verdad.
¡Señora Inmaculada del santo Misionero,
de los Conquistadores y del Emperador!
Resuena aun el Caribe las voces de Triana
y rezan todavía los indios al Señor.

¡Señora Inmaculada del indio mexicano!
América es España, y España es para ti.
El inca y el azteca cayeron de rodillas
y fue el Ave María caricia en guaraní.
¡Señora Inmaculada de la Rosa de Lima,
de García Moreno, de la persecución!
Son hijos de españoles, amándote nacieron:
no saben de mentira, ni saben de traición.

¡Señora Inmaculada del Valle de los Muertos,
del niño asesinado y el viejo Requeté!
Ganaron la victoria, la sangre y el martirio
de la España de Cristo por la España sin Fe.
¡Señora Inmaculada del muerto por la vida!
En tus brazos de Madre morir es salvación.
Y la semilla santa rebrota en Patria nueva
con ecos del Prudente y voz de Calderón.

¡Señora Inmaculada de la historia de España!
Tú misma nos la hiciste y huele a santidad.
Derrotas son honores, que las guerras de Cristo,
se ganan en el cielo y allí está la Verdad.
¡Señora Inmaculada! Somos aquellos mismos
que siglos defendieron tu pura Concepción.
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España de rodillas, te ofrece el corazón.

Francisco José Fernández de la Cigoña.
* Nuestro gran amigo don Francisco José Fernández de la Cigoña , en sus años universitarios, escribió con amor y con conciencia estos buenos versos.


+++

martes, 25 de enero de 2011

A confesión de parte...

"Con la conciencia en la mano, te digo que a Don Carlos se le usurpó el trono que por derecho divino le correspondía; por consiguiente, deseando morir arrepentida y en la gracia del Señor, te encargo, y has de jurarlo solemnemente, cumplir mi última voluntad, haciendo cuanto esté en tu parte para disuadir a Doña Isabel de la creencia que los masones le han imbuido, de que es la reina legítima de España, y ambos a dos no dejareis un instante de trabajar para que el primogénito de Don Carlos ocupe el trono que yo, miserable de mí, contribuí se usurpara a su señor padre".

(Carta de la Infanta Luisa Carlota  a su hijo D. Francisco de Asís, esposo de Isabel, la llamada segunda. Tomada del libro "La Tercera Guerra Carlista" de César Alcalá).

viernes, 22 de octubre de 2010

Quien no puede suceder en la Monarquía Española


En la fotografía, miembros de la Familia Irreal y del Gobierno de Ocupación de España posan junto al cuadro de Antonio Gisbert, que ilustra el fusilamiento de José María de Torrijos y Uriarte y compañeros masones, el día de San Dámaso Papa, año de 1831.

Un documento que no tiene precio y de un simbolismo masónico fuera de toda duda; esta fotografía (de)muestra de quiénes se sienten “herederos” tanto el antirrey Juan Carlos, como el antipríncipe de Asturias Felipe: de la masonería liberal y conspirativa del siglo XIX, la misma que sirvió a los intereses extranjeros anglosajones-protestantes mientras traía toda la porquería liberal a nuestra Patria.
Quien no puede suceder en la Monarquía Española
No puede ser rey legítimo ni tampoco príncipe real legítimo por virtud de la Ley Semisálica, quien ha desobedecido esta ley, así como su padre, abuelo y bisabuelos; el que, como estos antecesores, mantuvo y mantiene una actitud de rebeldía contra la Legitimidad y los Reyes; aquel cuya exclusión, así como la de su rama, han declarado reiteradamente Don Carlos V, Don Carlos VI, Don Carlos VII, Don Jaime III y Don Alfonso Carlos I y preceptúan las viejas leyes de España; no puede suceder quien no ha reconocido a su Rey y quien recoge plenamente la herencia liberal de ineficacia política, antiespañolismo y anticatolicismo, multiplicando y potenciando las innumerables causas de exclusión que en él concurren.

No puede suceder en esta Monarquía el continuador político de los antirreyes liberales que se han erigido durante un siglo en jefes y protectores de todo lo que ha luchado contra los campeones de Dios y de la Patria, del Altar y del Trono. En defensa de los principios de la España eterna, cinco veces ha reproducido el verdadero pueblo español la gesta de 1808, desde 1833 hasta 1936: el Alzamiento sagrado, la santa intransigencia contra todo lo que nos es extraño y hostil; no puede hacerse un cínico escarnio, una iniquidad máxima con los torrentes infinitos de sangre generosa derramada: el sufragio universal de los muertos lo impedirá, no menos que el de los siglos.

No puede, no, ser tradicionalista ni sucesor en esta Monarquía quien desconoce totalmente los principios políticocristianos por su formación intelectual, social y política, que más cabría llamar deformación; quien por el medio en que se mueve, donde se hace un ídolo del sistema más contradictorio, más ineficaz, más estúpido y más antipolítico que han visto las edades; por sus precedentes familiares está detestablemente predispuesto para que se pueda esperar de él no ya un buen gobierno, ni un gobierno discreto, sino un gobierno que no caiga dentro de los lindes de lo catastrófico.

No puede, en suma, ser Rey, y esto ya en el orden de una profilaxis patriótica, el que instauraría –ha instaurado– un sistema cuyos efectos hemos padecido bien los españoles; efectos que forzosamente habrían de reproducirse al repetirse las causas. En los días fernandinos debidos a los maravillosos principios liberales la secesión de la Hispanidad; hecho bastante para desacreditar por siempre una dirección ideológica que tales frutos cosecha. Pero no es esto sólo.

¿Quién fue el autor de la Cuádruple Alianza y de la intervención de tropas extranjeras, antecedentes de las brigadas internacionales rojas, contra los reyes genuinos y el auténtico pueblo español...?

¿Quién el responsable de nuestra abdicación como potencia de primer orden, de nuestro descrédito frente al extranjero, de nuestra pasividad contemporánea del auge que hasta pueblos no europeos lograban...?

¿Quién del inmenso latrocinio de la desamortización, que no llegó a ser ni siquiera un sacrílego remedio de nuestra postración económica...?

¿Quién de nuestro atraso material, que nos colocaba muy por debajo de pequeños países europeos cuando todavía en 1840 España tenía la misma población que Inglaterra...?

¿Quién de nuestra pésima organización ultramarina y nacional, del centralismo tiránico y absorbente, de la muerte de todas nuestras libertades gremiales, municipales, regionales y hasta individuales, a pesar de los fementidos –engañosos– lemas liberales...?

¿Quién de la España sórdida y miserable de fines de siglo, de los Concordatos con la Iglesia en condiciones vergonzosas no ya para un país católico, sino para un país simplemente religioso, de la ley del Candado, de la deshonrosa humillación del 98, de la depresión máxima de nuestra Patria en dos milenios de historia...?

¿Quién del auge de las sociedades secretas antiespañolas, de la eternización de la guerra con unas cuantas cabilas rifeñas, del fracaso de todo intento de regeneración que se esbozaba, de la República, con sus incendios y violaciones; quién de la misma desesperación de las masas acogidas al marxismo y al anarquismo al no recibir más que miserias de aquella falsa Monarquía; quién, en definitiva, de la guerra civil, con sus crímenes y destrucción incalculables...?

Está, pues, excluida toda la rama de Don Francisco de Paula...

***
La exclusión a la sucesión de la Monarquía Española, afecta pues, a toda la rama de Don Francisco de Paula (excluido ya él mismo del Trono por las Cortes de Cádiz por considerarle hijo de Godoy), es decir, la rama liberal, también llamada rama cristina, rama alfonsina o rama juancarlista; en fin, lo hemos dicho ya, queda excluida enteramente la rama de Don Francisco de Paula, conocido como tercer hijo varón de Carlos IV y padre de Francisco de Asís, la de él y la de todos sus sucesores:

a) el antirrey consorte Francisco de Asís María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, marido de la Infanta usurpadora, la antirreina María Isabel Luisa [llamada “Isabel II” por sus secuaces]:

b) el antirrey Alfonso Francisco de Borbón y Borbón [llamado “Alfonso XII” por sus secuaces];

c) el antirrey Alfonso León de Borbón y Habsburgo-Lorena [llamado “Alfonso XIII” por sus secuaces];

d) el pretendiente Juan Carlos de Borbón y Battenberg [llamado “Juan III” por sus secuaces];

e) el antirrey Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias [llamado “Juan Carlos I” por sus secuaces];

f) el antipríncipe de Asturias Felipe Juan de Borbón y Grecia.

FUENTE:
Cuerpo de artículo
: F. Polo, ¿Quién es el Rey? La actual sucesión dinástica en la Monarquía Española. Editorial Católica Española S.A. Sevilla (1968), cap. IX: La Rama de don Francisco de Paula, pp. 88-90.

Fotografía y pie de fotografía: M. Fernández, N. Fernández de Oviedo.