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jueves, 3 de enero de 2013

Los dolores de la Causa: María Berta de Rohan

Los reyes legítimos siempre fueron objetos de críticas e insultos. Desde Carlos V hasta Don Sixto Enrique de Borbón. Emilia Pardo Bazán[1], carlista en su juventud, ya se quejaba de la vulgar visión sobre Carlos VII: la única persona para la cual en España no existía justicia, ni equidad, ni siquiera tolerancia; la única a cuyo nombre se crispan los más transigentes y se olvidan las nociones del derecho público, los preceptos elementales de la razón y hasta las exigencias naturales de la curiosidad humana que necesita datos para juzgar. [...] ¿Quién no conoce al Don Carlos de la leyenda contemporánea? Abrid cualquier periódico satírico y allí le veréis. Rosario en cinto y trabuco al brazo; zancas de cigarrón, boca de rana y cabeza de cretino... Lo moral corresponde a su físico... un fauno en lo bruto, un ogro en lo feo, un sátiro en lo vicioso y una liebre en lo cobarde.

Jaime III no fue menos. Su padre ya había sido criticado por los integristas de liberal, y así volvería a pasar con su hijo. Pero esta vez, espoleados por la madrastra del rey. Y es así como doña Berta tuvo el honor de ser la causa del primer ataque de angina de pecho de Don Jaime[2]. El documento[3] que mostramos aquí, es muestra de estos ataques, lleno de infamias contra el reclamante. Estas calumnias no se diferenciaban en gran manera de las pretéritas. E incluso de las futuras. Fechado el 4 de marzo de 1926, el padre Don José María Paisal contestaba al Barón de Montevilla. Más tarde, esta carta pasaría a formar parte del archivo de Jaime III como copia.

Exmo. Sr. Barón de Montevilla

Si públicamente se dice en Venecia el nombre del edificio donde están custodiados los objetos carlistas, y si son tantas las personas, llegadas de dicha población que coinciden con el nombre, no veo porque V. muestra tanto empeño en que yo se lo diga. Lo que nadie puede afirmar, sin faltar a la verdad, es que sobre esos objetos pese el menor gravamen por supuestas deudas contraídas por la Señora. Ya se lo he dicho a V. hasta con juramento, y el carlista que no cree mi palabra de sacerdote, lo menos que de mí merece es el desdén. Si estuvieran empeñados esos objetos ¿Qué más había de querer la Señora que librarlos de todo gravamen mediante la suscripción que V. proponía?

Están bien seguros esos recuerdos, no lo dude y puede confiar los carlistas que pronto los verán colocados en un punto más cercano que Venecia.
La Señora se limita a cumplir estrictamente el testamento de su marido, y por ello no puede merecer el reproche de ningún caballero. Si ella muerte primero que D. Jaime, éste será el heredero; entretanto no puede tener esos objetos, NI CONVIENE.
¡No conviene!... Bien conocía D. Carlos a su hijo para otorgar testamento en la forma que lo redactó. Quién tan entrampado se encuentra con los judíos y tan poca estimación le merecieron mucho de los objetos del castillo de Frohsdorf no puede merecer la confianza de ningún carlista para ser el custodio del Cuarto de Banderas, de las Banderas de una tradición que él no siente, porque en ella no cree, COMO NO CREE EN ALGUNOS DE LOS DOGMAS DE NUESTRA FE.

Pasé algunas temporadas con ese príncipe, y le conozco por dentro y por fuera, en el alma y en el cuerpo. LA MAS GRANDE PENA QUE ATORMENTA MI CORAZÓN, me decía un día en Niza su Augusto padre –ES QUE JAIME NO TIENE NI FE POLITICA NI RELIGIOSA.

Y por tratarse de un hombre de esas condiciones, es por lo que Dª Mª Berta ha procurado ocultar, en lo posible, dichos objetos, creyendo que así los tendría más seguros. Pero eso solo puede considerarse como medida transitoria pues el más ardiente deseo de la Señora es que sean expuestos a la contemplación de los carlistas, SIN RIESGO QUE NINGUNO DE MUCHOS OBJETOS DESAPAREZCA, y yo sólo pido a mis correligionarios que desechen todo temor y tengan un poco de paciencia.

Respecto a este punto por escrito no puedo ser más extenso. Si tuviera ocasión de hablar con V., algo más  le diría.

Dª Berta entró en Palacio de Oriente para expresar su gratitud a quienes la merecían, pero entró con la bandera de los principios tradicionalistas enarbolada. Así se lo expresó bien claramente a D. Alfonso, y éste también muy claramente le dijo que esos principios son salvadores, y que, en lo que de él dependía, hará que imperen en España. Bien lo ha demostrado en estos últimos tiempos en muchos actos públicos, alabados y bendecidos por el Jefe supremo de la Iglesia.

Las personas pasaron ya a la historia; los principios son inmortales. Éstos son la esencia de nuestra causa, que debemos sostener para bien de la Iglesia y de la Patria. La persona que todavía se dice pretendiente no es la sombra de su padre, ni merece el sacrificio de una perra chica. Solo por fanatismo personal se puede estar con un hombre que gusta de la vida del bohemio y de la francachela, y que no tiene ni fe política ni religiosa.

Es un secreto a voces en Madrid que ese príncipe está en muy buenas relaciones con el régimen imperante, y aún que tiene su lista de algunos miles de duros.
Yo no lo censuro por eso; pero sí por la farsa que representa ante un puñado de ilusos que aun le sigue.
No es el famoso Melgar de esos ilusos, pero sí otro farsante al aparecer adicto a un hombre que TIENE POR POSESO, A QUIEN ES PRECISO HACER LOS EXORCISMOS. Son palabras textuales suyas, que me dijo hace años en París, y se las dijo también a otros carlistas.

No me exprese bien en mi anterior carta, o V. no me entendió; no dije ni podía decir que Doña Berta estaba quejosa de los carlistas; todo lo contrario: los quiere como hijos, y para ellos son sus especiales atenciones. Aquí cuantos la visitaron, aun los más humildes, se sentaron a su mesa para almorzar con ella.

P. José María Paisal
Pontevedra, 4-III-1926

Nacida en Tpeliz el 21 de mayo de 1860, alejada de los ambientes legitimistas tradicionalistas, la nueva Duquesa de Madrid, Doña María Berta de Rohan, se había casado en 1894 con Carlos VII. De alta alcurnia, procedía de la familia de los Rohan, descendientes de los reyes de Bretaña, se habían exiliado en Austria tras la Revolución Francesa y nunca retornaron. Así mismo, era Princesa bohemia con tratamiento de Alteza Serenísima (Durchlauchten) y condesa de Wadstein-Watemberg. Diecisiete años después de la muerte de su marido, Berta de Rohan decidía pasar una temporada en España. Visitó Zaragoza, Vitoria, Burgos, Asturias y Galicia. Entre los acompañantes se encontraban la condesa de Mongeaux, como dama de honor, y el Padre Paisal, capellán del convento de clarisas de Pontevedra, antiguo amigo de Don Carlos. Llegó a visitar al mismo Alfonso (XIII) en el Palacio de Oriente, donde se la rindió honores como Infanta de España, el 1 de febrero de 1926.

La historiografía carlista fue contundente con la figura de doña Berta. El Conde de Rodezno, en su ligera biografía de Carlos VII (Pp. 244-245), decía: la nueva Duquesa de Madrid, mujer elegante, de belleza nada común y arrogante porte, mucho más joven que su marido, se adueñó por completo del espíritu de Carlos VII, que, aun cuando sólo contaba cuarenta y siete años, se hallaba prematuramente envejecido por la intensidad de su vida y preocupaciones. En el orden doméstico, debió hacer feliz a su marido, a juzgar por los fervores que éste le manifestaba: pero doña Berta de Rohan, desconocedora de la historia y significación de la rama carlista española, no convivió jamás espiritualmente con los sentimientos del tradicionalismo español. Su influencia fue enervadora para D. Carlos, que si no perdió el concepto de su representación y el mantenimiento de su actitud –que estas cosas fueron consubstanciales a su naturaleza- , amenguó visiblemente arrestos y entusiasmos. En el orden familiar, su segunda boda fue funesta. Enfriáronse las relaciones de los hijos con el padre. Su heredero, D. Jaime de Borbón se alejó del Palacio de Loredán y vivió espiritualmente divorciado de su padre, dando a su vida de Príncipe sin situación un sesgo aventurero en arriscados viajes y lances guerreros con el ejército ruso, o donde la ocasión se le brindase.


Pero, el más furibundo detractor de la Duquesa de Madrid fue el secretario de Carlos VII, Francisco Martín Melgar, 
Conde de Melgar. En Veinte años con Don Carlos la dedicaba un capítulo entero (Cap. XXIV)[4]despachándose a gusto con la egregia señora. Para Melgar, el matrimonio sería funesto, debido al “fútil sentimiento de vanidad, de carácter dominante. Aquella infeliz señora era un fenómeno patológico y padecía […] de “paranoia acutísima” y consiste en una irresistible tendencia a mentir sin objeto y sin necesidad las más de las veces, sólo por no decir la verdad. Muy hábil y muy astuta no tardó en conocer el flaco de su marido, que consistía en no dejarse dominar por su mujer, y cifró todo su empeño en aparecer como la más sumisa de las esposas. [...]Tuvo la diabólica idea de hacer creer a su marido que don Jaime había querido abusar de ella, permitiéndose atentar contra su pudor.

Y quizá el episodio más conocido es la quema del archivo del palacio de Loredán. En el capítulo sexto del primer libro de El Quijote, el cura y el barbero realizaban el escrutinio de la biblioteca del hidalgo, quemando todos los libros dañinos. Doña Berta de Rohan decidió representar los dos papeles en esta tragedia. Una fuente preciosa para el estudio del Carlismo desapareció de forma tan banal.

Por parte de Francisco de Melgar, la crítica no era menor; hijo del conde de Melgar y secretario de Jaime III, escribía en Don Jaime. El Príncipe caballero[5]había logrado adueñarse por completo del espíritu y de la voluntad de su esposo, imponiéndole a su antojo sus convicciones y sus sentimientos. Desde su llegada al palacio Loredán, doña Berta sintió el odio más cordial hacia los hijos del primer matrimonio, odio que contribuyó a hacer de ella durante quince años el mal genio de la familia de don Carlos. […] no cesó en su funesto afán hasta que consiguió separar por completo al padre y al hijo; don Carlos, en sus últimos años, llego a creer que la única persona que no pretendía abusar de él y engañarle era su segunda esposa, a quien estaba entregado de tal manera que ésta logró persuadirle que iba a quedarse ciego si no renunciaba a pasar tantas horas al día leyendo y escribiendo.[…] De esta manera, no pudo tener conocimiento de los asuntos políticos y familiares, sino por el intermediario de su mujer.

Melgar llegó a afirmar que padre e hijo rompieron todas las relaciones en 1905, por influencia de María Berta, tras la vuelta del Príncipe de Asturias de la guerra de la Manchuria. En el palacio Loredán, Carlos VII habría recibido a su vástago con estas duras palabras: ¿Quién te ha dado permiso para venir? Esta casa no es un mesón, donde se entra pagando; ¿Cuándo piensas marcharte? [...] (El Príncipe) no había de volver a ver a su padre en vida[6]. Sin embargo, esta afirmación no se sostiene, en cuanto Carlos VII mandaba un telegrama[7]en 1907 a Barrio Mier, desde Venecia, que decía: He tenido el consuelo de abrazar a mi hijo.

Las viudas y albaceas han sido los enemigos del patrimonio carlista


La publicación de la correspondencia entre Carlos VII y Barrio Mier amplió las fuentes documentales sobre el último periodo del monarca. Jaime de Carlos, autor deCartas inéditas de Carlos VII, pedía una revisión del papel de Berta de Rohan y de la supuesta dejadez del reclamante en sus últimos años, pues no correspondían con la realidad.

Aún así, el personaje de Doña Berta ha mantenido su mala imagen al evitar el matrimonio de don Jaime con la Princesa Matilde (por envidia de casta según Melgar hijo), desatar las intrigas en el partido y frustrar la inteligencia con el General Weyler, conspiración que habría acabado con Don Carlos en la corte de Madrid. Autores más tardíos como Jaime del Burgo[8]la tildaba de hada perversa del carlismo afecta a la Corte de Madrid, mientras que Juan Balansó[9], juanista, la describe como la típica madrastra de cuento.


[1] Esta defensa de Carlos VII aparece en el epílogo y confesión política de “Mi romería”. El relato periodístico aparece integrado en PARDO BAZAN, Emilia: Viajes por Europa. Madrid: Bercimuel, 2003.
[2] Pág. 244  en MELGAR, Francisco: Don Jaime. El Príncipe caballero. Madrid: Espasa-Calpe, 1932.
[3] La carta se encuentra en el Archivo Nacional Histórico (DIVERSOS-ARCHIVO_CARLISTA,134, EXP.4.)
[4] MELGAR, Francisco: Veinte años con Don Carlos: memorias de su secretario el Conde de Melgar. Madrid: Espasa-Calpe, 1940.
[5] Pp. 103-104 en MELGAR, Francisco: Don Jaime. El Príncipe caballero. Madrid: Espasa-Calpe, 1932.
[6]Pp. 104-105 en Ídem.
[7] Pág. 207 en DE CARLOS, Jaime: Cartas inéditas de Carlos VII. Madrid: Montejurra, 1959.
[8] Pág. 271 en DEL BURGO, Jaime: Conspiración y guerra civil. Barcelona: Alfaguara, 1970.
[9] Pág. 44 en BALANSO, Juan: Los Borbones incómodos. Barcelona: Plaza-Janés, 2000.

domingo, 29 de enero de 2012

Antecedentes al carlismo

La historia señala el inicio del Carlismo con la muerte, el 29 de septiembre de 1833, de Fernando VII y el alzamiento de los seguidores de don Carlos María Isidro de Borbón. Es una manera de simplificar la historia. Existen antecedentes. Los realistas, después de la guerra de la Independencia, mantuvieron los principios que, hasta ese momento, habían regido la vida política, social y religiosa española. Esto es, los realistas mantuvieron los principios del Antiguo Régimen.

Los primeros años del reinado de Fernando VII, después de la guerra de la Independencia, fueron sacudidos por diversas revueltas encaminadas a resucitar la constitución de 1812 derogada, por Real Decreto, el 4 de mayo de 1814. Los intentos liberales no triunfaron hasta marzo de 1820, gracias a la insurrección de Riego en Andalucía y de otras guarniciones militares, que contaron con amplios sectores populares. El 1 de enero de 1820, en Cabezas de San Juan, donde estaban las tropas expedicionarias encargadas de sofocar la sublevación americana, Rafael del Riego proclamó, junto a otros oficiales, la constitución de 1812. Iniciaron una marcha por Andalucía que, pese a su escaso éxito, fue el detonante de los movimientos insurreccionales que obligaron al rey a aceptar otra vez la constitución liberal. Fernando VII la juró hipócritamente, a la vez que pedía ayuda a los soberanos de la Santa Alianza. 

En agosto de 1822 se reunió, en Verona, la Santa Alianza. Asistieron: el emperador de Austria, el zar de Rusia, el rey de Prusia, Wellington en representación de Inglaterra y el vizconde de Chateaubriand en representación de Francia. El motivo era finalizar con el régimen constitucional español. 

El Trienio Liberal acabó con la invasión de los Cien mil hijos de San Luis,  nombre que se dio a las tropas francesas mandadas por el sobrino de Luis XVIII, el duque de Angulema, que entraron en España, 7 de abril de 1823, para acabar con el régimen liberal y restaurar a Fernando VII como monarca absoluto. La intervención atendía a lo acordado en el Congreso de Verona por las potencias pertenecientes a la Santa Alianza. 

Mientras todo esto sucedía, ¿qué hicieron los realistas? Después de la marcha de las tropas francesas, los Voluntarios Realistas no fueron admitidos en el ejército gubernamental. Esto supuso que se convirtieran en un grupo de militares independientes que, de tanto en tanto eran remunerados por los ayuntamientos, al menos en Cataluña. Los Voluntarios Realistas obedecían a la proclama de: Religión, Patria, Rey. Cansados de su estatus social, comenzaron a protestar. Esta protesta hizo que el pueblo los bautizara con el nombre de Malcontents.

Las circunstancias económicas, sociales y políticas españolas hicieron que el rey Fernando VII les diera la espalda, según el pensamiento de los Malcontents. El Rey, según ellos, sólo protegía al ejército regular que, por otra parte, había vendido al gobierno constitucional esperando poder traicionar el absolutismo. Por eso los Malcontents cambiaron de mentalidad y publicaron el Manifiesto de la Federación de Realistas Puros, 1 de noviembre de 1826. Se contabilizó que, en 1826, existían más de doscientos mil Voluntarios Realistas.

Si recapitulamos, los hechos que llevaron a los Malcontents a levantarse contra el sistema político de Fernando VII, pueden subdividirse en tres causas. En primer lugar, el respaldo que tuvieron de la Iglesia, en especial, la de Vic y la de Manresa. En segundo lugar, la desconfianza hacia las instituciones liberales. Y, en tercer lugar, la política favorecedora del Capitán General de Cataluña, marqués del Campo Sagrado, hacia los liberales.

 

Promulgación Fernando VII como ley del Reino 

la Pragmática Sanción (año 1830)

Obra de F. Blanch

En el año 1827, el Obispo de Vic, publicó un manifiesto donde, de manera explicita, quedó expuesto el perfil ideológico de los Malcontents. El Obispo argumentaba que el problema surgía del no restablecimiento del Santo Oficio; la concesión de indultos a los liberales arrepentidos; y, especialmente, que los cargos públicos fueran dados a los masones y a los comuneros, despreciando a los realistas, y que estos se vieran despreciados en sus aspiraciones a entrar en el ejército, mientras eran readmitidos los encarnizados liberales.

El primer problema argumentado por el Obispo de Vic no era del todo cierto. La verdad es que Fernando VII ni abolió ni restableció de una manera clara la Inquisición. Como escribe Arthur Stanley Turbervill: “Fernando juró mantener la constitución de 1812, pero como hombre vil y despreciable, su palabra no ofrecía garantía alguna (…) pronto se convenció de que el restablecimiento de la Inquisición era necesario (…) El 4 de mayo de 1814 anuló toda la actuación de las Cortes de Cádiz, cosa que significaba la invalidación de la constitución de 1812, y de una manera tácita, el reconocimiento de la Inquisición: el 21 de julio, el Rey anunció que los tribunales de aquella iban a reasumir sus funciones”.

El 7 de marzo de 1820, el Rey renovó su juramento constitucional y publicó un decreto donde se abolía la Inquisición. Digamos, pues, que en el año 1814 sólo anunció a los tribunales inquisitoriales que podían volver a asumir sus funciones, no publicó ningún decreto. En abril de 1823, después de un periodo anárquico, las tropas francesas devolvieron el pleno ejercicio del poder real a Fernando VII. Lo primero que hizo, al volver a tener poder, fue publicar una serie de decretos, donde se invalidaba todo lo aprobado desde el 7 de marzo de 1820. Como escribe Henry Kramen: “A pesar de la revocación de todos los decretos aprobados desde el 7 de marzo de 1820, lo que parecía implicar el reestablecimiento de la Inquisición, Fernando VII no dio ningún paso para dar nueva vida al tribunal, quizás porque ahora ya lo consideraba más un estorbo que una ayuda”.

De ahí se desprende que Fernando VII jamás abolió definitivamente la Inquisición, ni nunca publicó ningún decreto volviéndola a restablecer. Con esta incertidumbre algunos tribunales continuaron actuando con el supuesto beneplácito del Rey, pues no había hecho nada en contra. Así pues, sin la fuerza de siglos atrás, la Inquisición española continuó en activo. La última víctima fue un maestro valenciano, Cayetano Ripoll, el cual fue condenado a muerte porque no llevaba a sus alumnos a la iglesia, y sustituyó la frase Ave María por Alabado sea Dios. Además fue acusado de deísmo. La ejecución se produjo el 26 de julio de 1826. La abolición definitiva de la Inquisición se produjo en real decreto, firmado el 15 de julio de 1834.

Por lo que hace a los liberales, la situación iba relacionada con la crisis económica que sufría Cataluña. En pocas palabras, la economía catalana estaba en la bancarrota. Los motivos eran varios: las exportaciones a América se habían reducido en un 10% en el año 1827; la agricultura y la industria vinícola estaban en recesión; la helada de 1825 acabó con la mayor parte de los olivares catalanes; y, finalmente, el aumento de los impuestos, como consecuencia de las necesidades monetarias de Fernando VII, agravó la crisis.

El problema se complicó como consecuencia de la política del Capitán General de Cataluña, el marqués del Campo Sagrado. Desde su nombramiento, en 1824, su política liberal apoyó a todos aquellos que pensaban con él. Los Malcontents culpabilizaron del problema agrícola a los liberales y al propio Fernando VII. Es por esto que, al levantarse en armas, cremaron granjas y comercios de los liberales o de todos aquellos presuntos liberales. Los malcontents, durante el levantamiento, gritaron las siguientes proclamas: “¡Viva el Rey Absolutista! ¡Mueran los franchutes! ¡Viva la Religión! ¡Muera la política! ¡Viva la Inquisición!”.

Como escribe Antonio Manuel Moral: “En 1826 se produjeron una serie de contactos entre la oposición moderada liberal y el propio monarca, a través de intermediarios fernandinos, igualmente moderados, partidarios de implantar en España un régimen de transacción o de monarquía templada. Se llegó a ofrecer al rey un plan para favorecer ese cambio político, al tiempo que se desarticulaba a la oposición ultrarrealista. El carácter dubitativo del monarca le llevó a consultar el asunto con varios políticos fieles y con su hermano don Carlos. Tanto el infante como el duque del Infantado, ministro de Estado, desaconsejaron su apoyo, por lo que la conspiración liberal fracasó. No se sabe con certeza si la opinión de su hermano fue decisiva pero lo cierto es que, por este hecho y por su posicionamiento favorable a las esencias del realismo, a partir de esos momentos todos los partidarios de un cambio político en España vieron necesario el alejamiento del infante de la corte, de su hermano y del trono. Por ello, los liberales divulgaron el famoso Manifiesto de la Federación de Realistas Puros en noviembre de ese mismo año, con el objetivo de asustar al monarca, al favorecer una nueva intentona ultrarrealista, indisponiendo al rey con su hermano y, de esta manera, alejar de la corte al principal y más poderoso valedor del realismo. Los sucesos de Los Agraviados, si bien demostraron la solidez de la autoridad de Fernando VII en Cataluña, no mejoraron los recelos familiares que comenzaron a rodear al monarca”.

Los Malcontents que dirigieron el alzamiento de 1827 fueron: Narciso Abrés, el Carnicero; Agustín Superes, el Caracol; y José Buson, Gep de l’Estany. El levantamiento de los Malcontents se desarrollo, principalmente, en Cataluña. Hubo pequeñas insurrecciones en Valencia, Aragón y el País Vasco pero, sólo fueron breves escaramuzas.

El levantamiento, en Cataluña, se dividió en dos periodos. Entre marzo y abril de 1827 los Malcontents se levantaron Tortosa, Gerona, Manresa y Vic. Éste primer levantamiento no tuvo la influencia deseada. La gente no prestó la suficiente atención a los llamamientos formulados por los Malcontents. A esto hay que añadir las represalias del marques del Campo Sagrado. En abril de 1827 se promulgó un Real Decreto por el cual se concedía amnistía a todos aquellos que se entregaran. El levantamiento parecía controlado pero, no fue así.

El segundo levantamiento de los Malcontents se produjo entre julio a octubre de 1827. Esta vez obtuvo mayor aceptación entre el pueblo catalán. El 25 de agosto de 1827 Agustín Superes dio a conocer la siguiente proclama: “No os recordaré las obligaciones en que todo Realista se halla de contribuir por cuantos medios estén a su alcance y rechazar un enemigo tan infame que después de habernos introducido un guerra civil en nuestro suelo intenta arrebatarnos el precioso don de la Santa Religión, y del Rey Absoluto (…) Una muerte honrosa es preferible mil veces; huyamos pues buenos Realistas de las reconvenciones que puedan hacernos la posteridad por falta de energía, y grandeza del alma, y procuremos llevar adelante la Santa lucha que hemos emprendido poniendo en movimientos cuantos resortes consideremos capaces de afianzar el Triunfo sobre los enemigos interiores y exteriores, haciendo que tiemblen los malvados aún antes de maldecir sus aceros contra los nuestros; en la unión estriba la victoria”.

En el mes de septiembre, los Malcontents tenían en su poder Cervera, Manresa, Vic, Berga, Olot y el Campo de Tarragona. En Manresa se creó la Junta Superior Provisional del Gobierno del Principado. También se empezó a imprimir El Catalán Realista, periódico trimestral malcontent. La Junta apoyó la religión católica y rechazó la masonería. A pesar del grito religioso, del que fueron partidarios los principales sacerdotes de Manresa, los Malcontents se guiaban por otra proclama: “¡Viva el Rey y muera el mal gobierno!”.

El 22 de septiembre de 1827 Narciso Abrés, Pixola, dio a conocer una proclama donde, entre otras cosas decía: “Algunos de estos mismos prelados saben bien que los que ahora llaman cabecillas desnaturalizados, nos hicieron saber palpablemente que el rey se había hecho sectario, y que si no queríamos ver la religión destruida, debía elevarse al trono al infante don Carlos: que en esta empresa estaban comprometidos los confesores de Estado Fray Cirilo Alameda, el duque del Infantado, el Excmo. Señor don Francisco Calomarde, ministro de Gracia y Justicia, el inspector de voluntarios realistas don José María de Carvajal y otros varios personajes de primera jerarquía, contando con cuantos recursos eran precisos, tanto nacionales como extranjeros”.

El 8 de septiembre de 1827, el rey Fernando VII decidió venir a Cataluña, para examinar la situación in situ. El 23 de septiembre llegó a Tarragona, donde impuso el perdón para todos aquellos que reconsideraran su conducta. La mano floja para los arrepentidos se volvió dura para los que decidieron seguir con sus ideas y posiciones revolucionarias. En pocos días la tranquilidad volvió al Campo de Tarragona. El encargado de poner las cosas en su sitio fue Carlos de España, conde de España.

Ya tenemos al conde de España como Capitán General de Cataluña. Antes de conocer el poder ejercido por él debemos preguntarnos: ¿Por qué mandó asesinar a sus compañeros apostólicos? Tanto el conde de España como Calomarde, eran apostólicos o, mejor dicho, realistas. Mucho antes del levantamiento de los Malcontents, habían entablado conversaciones y hasta habían pertenecido a éste movimiento revolucionario. Ahora bien, cuando el rey decidió poner fin al alzamiento militar y venir a Cataluña, las cosas cambiaron. Antes de perder la vida decidieron darles la espalda y mandaron asesinar a los cabecillas. El conde de España fue la cabeza visible de esos asesinatos, pero Calomarde es tan culpable como el Conde, si bien permaneció en la sombra. 

Volvamos a la historia. Ya en Tarragona, Fernando VII dio a conocer un manifiesto donde, entre otras cosas, decía: “Ya veis desmentidos con mí venida los vanos y absurdos pretextos con que hasta ahora han procurado cohonestar su rebelión. No yo estoy oprimido, ni las personas que merecen mi confianza conspiran contra nuestra Santa Religión, ni la Patria peligra, ni el honor de mi Corona se halla comprometido, ni mi Soberana autoridad es coartada por nadie”. Mientras el conde de España iniciaba una atroz represión contra los Malcontents, Fernando VII se dirigió a Valencia, para evitar que los condenados pudieran pedirle clemencia. Los primeros ejecutados en noviembre del 1827 fueron: el coronel graduado de infantería Juan Rafí Vidal; el capitán graduado del teniente coronel Alberto Olives; Narciso Abrés, conocido por Pixola; los tenientes coroneles Rafael Bosch Ballester y Joaquín Laguardia; Miguel Bericart, de Tortosa; y el doctor en Medicina Magín Pallas, de Manresa. 

 
Conato de sublevación carlista en León (1833)
Pintor J. Cuchy

La represión no finalizó aquí. Como expresó el Conde de España, los presuntos criminales, que eran denominados así por su pretendida adhesión a una causa que no se adscribía a la de Fernando VII, serían lanzados a la eternidad, para gloria y salvación de España.

Los primeros fueron lanzados el 19 de noviembre del 1828, a las seis de la mañana. En total trece hombres fueron pasados por las armas en la Ciudadela de Barcelona. Sus nombres: José Ortega, coronel graduado, siendo sargento mayor de Infantería y primer ayudante del regimiento de Infantería del Infante don Carlos; Juan Antonio Cavallero, teniente coronel graduado, capitán del extinguido Regimiento de Infantería de Mallorca; Joaquín Jaques, teniente con grado de capitán; Juan Domínguez Romero, teniente graduado; Ramón Mestre, sargento 1º del Regimiento de Infantería ligera de Gerona; Vicente Llorca, cabo 1º del Regimiento de Caballería del Rey; Antonio Rodríguez, cabo 1º del Regimiento de Caballería del Rey; Manuel Coto, empleado en la Secretaría del Resguardo de Rentas; José Ramonet, cabo 1º de Artillería; Magín Porta, paisano pintor; Domingo Ortega, paisano; Francisco Fidalgo, profesor de lenguas vivas.

El 29 de febrero del 1829, un nuevo grupo de hombres fueron lanzados a al eternidad. Sus nombres: Teniente coronel José Rovira de Vila, comandante de cuerpos francos, agregado al E.M. de Barcelona; Teniente coronel Félix Soler, capitán retirado y agregado al E.M. de Figueras; Joaquín Vilar, natural de Barcelona, pasante de escribano; José Ramón Nadal, natural de Barcelona, corredor de cambios; Jaime Clavell, natural de Barcelona, corredor de cambios; José Medrano, natural de Barcelona, Pedro Pera, de oficio cubero; Sebastián Puig-Oriol, natural de Moyá, presidiario; Agustín Serra, natural de Reus, conductor de correos cesante; José Sans, apodado Pep Morcaire, natural de Reus, comerciante. 

El 30 de julio del 1829 se lanzaron a la eternidad a los últimos presos en la Ciudadela de Barcelona. Sus nombres: Pedro Mir; Domingo Prats; Manuel López; Antonio de Haro; Juan Cirlot; Salvador de Mata; Manuel Sancho; Manuel Latorre y Prado; Antonio Bendrell.

martes, 29 de marzo de 2011

29 DE MARZO DE 1830


Fernando VIIy la Pragmática Sanción


El 29 de marzo de 1830 Fernando VII promulgaba la Pragmática Sanción que dejaba sin validez la antigua Ley Sálica. Desde que comenzó su reinado no hubo más heredero al trono que su hermano don Carlos. De pronto, en unos pocos meses, todas sus opciones se iban al traste. Don Carlos no era un mal candidato, pero era de ideas tradicionalistas, partidario de una monarquía fuerte y de talante más entero que el veleta de su hermano. Por tanto la opción de don Carlos no gustaba nada a los liberales, que estaban llenos de proyectos de futuro.

     En mayo de 1929, la muerte de la reina Josefa Amalia cambió de pronto el panorama. El Rey estaba achacoso pero no tenía más de cuarenta y cinco años. Fernando quería un heredero y, para alegría de los liberales, contrajo matrimonio con María Cristina de Nápoles. La infanta Luisa Carlota, hermana de la prometida, mediaría en la elección. Los liberales cubrieron de loas a la nueva Reina, educada en una de las cortes más reaccionarias de Europa. El interés traza curiosas alianzas. En menos de un año el Rey anunciaba un descendiente, la infanta Isabel, y en marzo de 1830 promulgaba la Pragmática Sanción que derogaba la Ley Sálica.

     La Ley Sálica había sido implantada por Felipe V, rompiendo con el viejo orden sucesorio de Castilla implantado en Las Partidas de Alfonso X el Sabio, que daba prioridad al varón pero dejaba reinar a la mujer en ausencia de descendientes masculinos.

     Con todo, el problema sucesorio no estaba resuelto. Los partidarios de don Carlos, bien organizados después de todo un reinado aguardando su momento, ejercieron una presión considerable, presagiando el peligro de un conflicto civil ante la juventud del sucesor y el largo periodo de regencia que se esperaba. Las presiones dieron resultado y el Rey ordenó derogar la Pragmática Sanción. Buena noticia para los carlistas. Aún quedaba una última jugada, que contó con la connivencia de María Cristina, la cuñada del Rey, y el Partido Liberal. Luisa Carlota consiguió entrar en La Granja y persuadir al Rey para revertir el proceso y derogar la Ley Sálica, y así se hizo el 28 de septiembre de 1832. No habría más movimientos y un año después moría el monarca. La inevitable consecuencia sería la guerra.


Otras efemérides de este día que deberías conocer:
1412  Empiezan a llegar los compromisarios a Caspe.
1540  Se celebra la primera corrida de toros en Lima, Perú.
1541  Se funda la ciudad de Bahía, una de las más antiguas de Brasil.
1788  Nace Carlos María Isidro de Borbón, el aspirante carlista al trono de España.
1936  Amplio apoyo a Hitler (98 por ciento) en el plebiscito alemán a su política internacional.

martes, 25 de enero de 2011

A confesión de parte...

"Con la conciencia en la mano, te digo que a Don Carlos se le usurpó el trono que por derecho divino le correspondía; por consiguiente, deseando morir arrepentida y en la gracia del Señor, te encargo, y has de jurarlo solemnemente, cumplir mi última voluntad, haciendo cuanto esté en tu parte para disuadir a Doña Isabel de la creencia que los masones le han imbuido, de que es la reina legítima de España, y ambos a dos no dejareis un instante de trabajar para que el primogénito de Don Carlos ocupe el trono que yo, miserable de mí, contribuí se usurpara a su señor padre".

(Carta de la Infanta Luisa Carlota  a su hijo D. Francisco de Asís, esposo de Isabel, la llamada segunda. Tomada del libro "La Tercera Guerra Carlista" de César Alcalá).

lunes, 6 de octubre de 2008

Crónica del congreso 175º aniversario del Carlismo

de 











Tomamos la crónica del cuaderno de bitácora provisional del Consejo de Estudios Históricos Felipe II,http://consejofelipesegundo.wordpress.com, donde también puede verse una galería de fotos del congreso y más noticias sobre el mismo.



Como adelantábamos en la crónica de urgencia anterior, el CLXXV aniversario del primer «¡Viva Carlos V!», dado en 1833 por don Manuel María González y los Voluntarios Realistas de Talavera de la Reina, ha sido dignamente conmemorado por el congreso internacional «Una revisión de la tradición política hispánica: A los 175 años del Carlismo», organizado en Madrid por el Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, con la colaboración del Círculo Cultural Antonio Molle Lazo, en continuidad con el que en 1983 organizasen en la propia Talavera los recordados Gabriella Pércopo, viuda de Elías de Tejada, y Joaquín García de la Concha.
Como estaba previsto en el programa, a las 08:30 del sábado 27 de septiembre dio comienzo la recepción e inscripción de participantes, en el Hotel Tirol. La instalación de puestos de libros de la Editorial Actas; la Editorial Episteme, con su colecciónRutas Carlistas; la antigua Fundación Stella; y laFundación Francisco Elías de Tejada, fue muy bien recibida por los asistentes.
Pasadas las 09:30 horas tuvo lugar el acto inaugural, en el cual intervino el profesor Miguel Ayuso, director científico del CEH Felipe II. Hizo las veces de secretario el profesor Juan Cayón. El número y la extensión de las ponencias presentadas obligó a reducir el número de intervinientes. Las ponencias completas aparecerán en el libro de las actas del congreso, que aparecerá (D.m.) en 2009, coincidiendo con el centenario de la muerte de S.M.C. Don Carlos VII.
A las 10:00 se constituyó la primera mesa, El carlismo en la historia, presidida por el profesor Andrés Gambra. Intervino en primer lugar Luis Infante, presidente del Círculo Cultural Juan Vázquez de Mella, quien se ocupó de la evolución doctrinal del Carlismo desde sus orígenes hasta la actualidad. En segundo lugar lo hizo Francisco José Fernández de la Cigoña, sobre las relaciones del Carlismo y la Iglesia. Finalmente habló el profesor Alfonso Bullón de Mendoza, sobre Carlismo y milicia, con especial atención al siglo XIX.
Presidida por Luis Hernando de Larramendi, la segunda mesa, Los carlismos regionales, contó con las intervenciones de José de Armas, sobre el Carlismo en las Islas Canarias; el profesor Javier Barraycoa, sobre el Carlismo en Cataluña;Víctor Ibáñez, sobre el Carlismo en el Reino de Valencia;Ignacio Romero, sobre el Carlismo en el Reino de Granada;Juan Manuel Rodríguez González-Cordero, sobre el Carlismo en el Reino de Sevilla; y José Antonio Ullate, sobre el Carlismo en Navarra.
Tras el almuerzo se constituyó la tercera mesa, Las visiones del Carlismo, presidida por Monseñor Ignacio Barreiro. Presentaron sus ponencias el profesor Miguel Navarro (el Carlismo visto desde la Nueva España), el profesor Jacek Bartyzel (el Carlismo visto desde Polonia), el doctor Juan Matías Santos (en nombre propio y en el del portugués profesorJorge Azevedo Correia, sobre António Sardinha y Juan Vázquez de Mella), el profesor Francesco Maurizio Di Giovine(el Carlismo visto desde la Península Italiana).
Hubo de excusar su asistencia el presidente de la cuarta mesa El carlismo y su representaciónCarmelo López-Arias, por lo cual ocupó su lugar la profesora Dianella Gambini. Expusieron sus ponencias Juan Ramón Cayón Fernández(Carlismo y numismática), Estanislao García Martín-Vicente(Carlismo en el cine), y Rafael Botella y Juan Manuel Rozas(Carlismo y literatura).
Presidió la quinta y última mesa, El carlismo y su doctrina, la profesora Consuelo Martínez-Sicluna. Fueron los intervinientes el profesor Julio Alvear (confesionalidad del Estado y Unidad Católica), Juan Luis Ferrari (el Carlismo en la revista Verbo) y el profesor José Miguel Gambra (sobre las consecuencias del Concilio Vaticano II y su declaración Dignitatis Humanae).
Pasadas las nueve de la noche se clausuró a continuación esta primera sesión del congreso. Durante la tarde había llegado a Madrid S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, en cuyo honor se ofreció una recepción en la noche del sábado.
El domingo 28 de septiembre, por la mañana, el Infante Don Sixto Enrique recibió en audiencia a una delegación de lasJuventudes Tradicionalistas, cuyos integrantes lo escoltaron a continuación a la Iglesia del Tercer Monasterio de la Visitación, donde a las 13:00 presidió la Santa Misa tradicional oficiada por Monseñor Ignacio Barreiro, director de la oficina romana deHuman Life International. En su vibrante sermón, el celebrante, evocando el ejemplo de San Wenceslao, glosó la relación entre realeza, Cristiandad y Tradición, y exhortó a los presentes a perseverar en la defensa de la verdadera Tradición de la Iglesia y de las Españas, papel que ha venido desempeñando el Carlismo desde su aparición. El órgano hizo sonar la Marcha Real durante la elevación del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
A la salida de la iglesia, la multitud recibió con entusiasmo a Don Sixto Enrique, y entonó el Oriamendi y los vivas de rigor.
La comida de clausura del congreso tuvo lugar en el restaurante La Galería, de nuevo en el barrio universitario de Argüelles. Durante la misma, Don Sixto Enrique de Borbón fue saludando personalmente a los asistentes. A los postres, intervino en nombre del CEH Felipe II el profesor Ayuso, quien hizo balance del congreso y expuso los planes del Consejo para el futuro. S.A.R. el Duque de Aranjuez habló a continuación, explicando el sentido de su título de Abanderado de la Tradición, destacó la singularidad del Carlismo y animó a no aceptar «convenios de Vergara» políticos o eclesiásticos. Los comensales recibieron el obsequio del pintor Augusto Ferrer-Dalmau, una lámina, serie numerada de ciento cincuenta, con la leyenda «Homenaje de A. Ferrer-Dalmau a los Herederos del Carlismo en su 175 Aniversario. Madrid, 27-28 de Septiembre de 2008». Nuevamente el canto del Oriamendi y los vivas a Cristo Rey, a España, al Carlismo y al Rey legítimo pusieron el cierre a este congreso internacional «Una revisión de la tradición política hispánica: A los 175 años del Carlismo».
Entre los participantes, podemos mencionar a los requetés veteranos de la Cruzada Fernando Samaniego Conde, del Tercio de Nuestra Señora de las Nieves, y José Álvarez Limia, del Tercio de Oriamendi; al capellán castrense don Eduardo Montes; Manuel de Santa Cruz; el académico José María Castán; el profesor Francisco Sevilla; el profesor Fernando Claro, de la Confederación Española de Juristas Católicos; Cruz Baleztena; Lucio Liaño; Santiago Barco; Javier Martínez-Aedo; Francisco Requena con su familia; el valenciano Jesús Ferrando, con su hija Carmela; los catalanes José Ramón Brustenga e Ignasi Mora; los vizcaínos Pilar Badiola, Rogelio Ossa, y las hermanas Ruiz de Gopegui; Luisa Zamanillo; el abogado Antonio Castán y su mujer Liliana Fuchs (biznieta del Coronel Sánchez del Pozo, del Tercio Ortiz de Zárate); el editor Luis Valiente; el abogado Miguel Toledano; Carlos Rodríguez Camacho; el albaceteño Luis Camacho; los asturianos Manuel Ordóñez, Antonio Capellán (delegado nacional de las Juventudes Tradicionalistas), Enrique Valcarce y su mujer Susana Iglesias; el granadino Raúl Bolívar; el salmantino Guillermo Pérez Galicia, presidente de la AET; Javier López Ureña; Jaime Vives; Víctor Iribarren; Nicolás Martín Bayliss; Carlos Ayuso; Francisco Benito y su mujer Pepa Fernández de la Cigoña; Coro Hernando de Larramendi; el fotógrafo Tomás de la Cal; Juan López de Arce; Juan Ignacio González; Rafael Fernández de Clerck Elizalde; Noelia Morón. Merece especial agradecimiento de la organización Dolores Sánchez, secretaria técnica de la Fundación Francisco Elías de Tejada.
La web Audio Cristiandad está subiendo las grabaciones en audio de las ponencias de este congreso, en formato MP3.

sábado, 4 de octubre de 2008

175 Aniversario del Carlismo: Eco en la prensa de Talavera




- Aunque desde luego los escritos del periódico carecen de información veraz, podríamos aplicar aquello de " ladran, luego cabalgamos ".

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Nuestra Señora de los Dolores, Generalísima de los Reales Ejércitos

15 de septiembre, Festividad de los Siete Dolores de la Santísima Virgen
Las Españas, septiembre 2008. Este lunes 15 se celebra la festividad de los Siete Dolores de la Santísima Virgen. De Nuestra Señora de los Dolores era gran devoto S.M.C. Don Carlos V, Carlos María Isidro de Borbón; devoción que siguió en su familia, como muestra el nombre de su nieto Carlos VII, Carlos María de los Dolores de Borbón. Fue la fiesta más importante del primer Carlismo, pues el 1 de julio de 1835 el Rey proclamó solemnemente a Nuestra Señora Generalísima de sus Reales Ejércitos:

«Declarada por mí, Generalísima de mis tropas, la Santísima Virgen de los Dolores, no he podido menos, movido de mi devoción y religiosa piedad, de distinguir con el título de Generalísimo al Real Estandarte que lleva por lema aquella divina imagen, y, por lo tanto, he venido a resolver, como resuelvo y mando, que esta augusta y real imagen no se rinda a persona alguna, ni aun a la mía, ni haga más honores ni saludo que al Santísimo Sacramento».

(S.M.C. Carlos V, Real Decreto sobre el Estandarte de la Generalísima. Estella, 2 de agosto de 1835).

Real Decreto sobre la Bendición de la Bandera Generalísima
“Queriendo dar a mi valiente ejército un nuevo testimonio que inmortalice su valor, acrisolada lealtad e inimitable decisión a favor de mis indisputables derechos al trono de mis augustos progenitores, y siendo el más noble, de más poderoso y suficiente influjo un Estandarte que, tremolado en los campos de sus victorias, señale éstas doquiera que se encuentre, transmitiéndolas a la posteridad más remota, he resuelto que en el día de mañana y a la hora de las ocho de ella, se celebre la bendición de él en la iglesia parroquial de San Juan, llevando por lema la divina imagen de la Virgen de los Dolores, generalísima de tantos fieles defensores de su fe, entregándose para su custodia al bravo regimiento de Lanceros de Navarra, que, rivalizando en intrepidez y férvido entusiasmo con los demás cuerpos de mi ejército, se ha hecho acreedor a esta distinción.
Dado en el Real Palacio de Estella, a primero de Agosto de 1835.- Rubricado de la Real mano.- a Don Luis de Villemur.”

Real Decreto sobre la Bandera de la Generalísima
“Declarada por mí Generalísima de mis tropas la Santísima Virgen de los Dolores, no he podido menos, movido de mi veneración y religiosa piedad, de distinguir con el título de generalísimo al Real Estandarte que lleva por lema aquella divina imagen, y por lo tanto, he venido en resolver, como resuelvo y mando, que esta augusta y real insignia no se rinda a persona alguna, ni aun a la mía, ni haga más honores ni saludo que al Santísimo Sacramento.
Tendréislo entendido y dispondréis lo conveniente a su cumplimiento.
Real de Estella, 2 de agosto de 1835.- Yo, el Rey.- Al Conde de Villemur.”