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martes, 7 de mayo de 2013

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE S.M.C. DON FRANCISCO JAVIER DE BORBÓN Y BRAGANZA, REY LEGÍTIMO DE LAS ESPAÑAS, ABANDERADO DE LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA, DUQUE DE PARMA




Nada humano puede llamarse Causa sin ideales nobles y virtudes propias; el Carlismo es Causa Santa por sus ideas y porque tiene una virtud característica: la lealtad. Sin ella los ideales perecen y nuestra Causa quedaría degradada.

Por eso yo debo preveniros del peligro para los ideales y para la lealtad, cual es el desaliento.

Ese es el que tienta al abandono de la brecha, persuade al conformismo y engendra las disensiones. Contra el desaliento yo os recuerdo que la vocación de carlistas es vocación de luchas y contradicciones, vocación de espíritus fuertes. Si así no fuera, habrían invadido nuestro campo, atraídos por el brillo de nuestras glorias, todos los adoradores del dios éxito. Nuestro Dios murió en la soledad del calvario; nuestros reyes en las tristezas del destierro. Sin esas grandes amarguras, que llenan nuestra historia política, no tendríamos derecho a la clara esperanza en la pronta resurrección de España acabadas las actuales dolorosas tribulaciones.

De corazón os saluda, vuestro

Francisco Javier de Borbón

Pp. Reg.

Roma 8-V-1950. 

domingo, 14 de abril de 2013

DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE LA CORONA DE LAS ESPAÑAS, POR SMC DON JAVIER I DE BORBÓN



Mis leales consejeros:
He visto con gran atención los distintos informes que se han concretado en la ponencia que me acabáis de leer y he oído con verdadera emoción.
Comprendo perfectamente vuestras ansias. Son ya dieciséis años casi, desde que me nombró Regente nuestro llorado Rey Don Alfonso Carlos (q.s.g.h.) y desde que juré ante su cadáver cumplir esta tan gloriosa y difícil misión de mantener enhiesta la Bandera Carlista, nobilísima.
Entonces, en 1936, teníamos derecho a esperar que la victoria nuestra contra la revolución roja diera paso a la Regencia legítima. Los acontecimientos han sido contrarios. Vosotros, mi querido Jefe Delegado puesto por el Rey hace dieciocho años, y vosotros los miembros de la Junta, los Jefes regionales y provinciales, los Consejeros nacionales y todos los que formáis nuestros cuadros sabéis bien de los heroicos sacrificios con que me habéis asistido en este largo y duro período del interregno.
Os profeso el mayor agradecimiento y guardo en mi alma la admiración a vuestra acrisolada lealtad.
Hoy, aquí reunidos en la capital del principado, en este magnífico Congreso Eucarístico, unidos en Comunión con Nuestro Señor Sacramentado, quiero hablaros con todo el sentido de mi responsabilidad.
La autoridad soberana requiere para su ejercicio, cuanto más para su instauración, la concurrencia de la sociedad y la colaboración de sus hombres representativos.
Huérfanos los pueblos de legítima autoridad, acaban por ignorar su propio bien, cuando no lo rechazan a la manera de aquel que pedía cayera sobre sus cabezas la sangre del Justo.
La Comunión Tradicionalista, la genuina representación ideal de España, por lo mismo que cifra la salvación de nuestra sociedad en la restauración de la dinastía titular de la Monarquía legítima, tiene el claro concepto de lo que significa la proclamación del Rey; Rey de derecho. Rey de derecho no es la frívola significación de lo que el vulgo llama Pretendiente. Rey de derecho es una bandera de justicia, un programa de reivindicación, un paladín de causa noble, una promesa de salvación. Pero además es un ejemplo y una vida de hondos sacrificios, totales renunciadores, línea y camino, de padres a hijos, de servicios y trabajos.
Mientras, la victoria inicia rutas de superación de todas esas abnegaciones.
Hasta entonces Yo no paso de ser, pues que así lo pedís y así lo impone mi deber jurado, más que Rey de los Carlistas, Rey de la representación ideal de España, Rey de la Monarquía ideal.
Fijaos bien que al aceptar la Realeza de Derecho de España no hago sino radicar en Mí la suma copiosa de deberes sagrados que a mis mayores unió a esta noble nación.
Las revoluciones han borrado de las conciencias el concepto de la realeza legítima y de las obligaciones del pueblo. Sin oportunas circunstancias y preparación adecuada, una proclamación de derechos al trono puede ser inoperante cuando no contraproducente. Esa es vuestra labor. Como tarea Mía, ultimar trámites que estimo necesarios. Quedan de este modo diferenciados estos dos momentos: Mi resolución a vuestro ruego de asumir el Derecho Real vacante y el de su promulgación oficial y juramento con mi hijo, llamado a heredarme, y que ahora está impedido de concernir.
Para el mismo escribo una carta de la que haga depósito en manos de Mi Jefe Delegado, que es ya el documento auténtico de Mi acuerdo; suficiente, él sólo, para asegurar la sucesión legítima de nuestra Monarquía si durante estos trámites, no obstante que sean breves, Dios Nuestro Señor quisiera cortar mi vida que a Él, en su Divina Realeza, ofrezco en holocausto por esta Su Causa.
Con el corazón repleto de emociones que vuestra lealtad me causa, como Rey vuestro y en camino, tan penoso como sea menester, para serlo de todos los españoles, os invito a laborar sin desaliento hasta la victoria y la salvación.
Barcelona, 31 de mayo de 1952

Francisco Javier de Borbón




DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE LA CORONA DE LAS ESPAÑAS, POR SMC DON JAVIER I DE BORBÓ.

TOMADO DEL PORTAL "AVANT" DE NUESTROS VALIENTES CARLISTAS VALENCIANOS.

lunes, 29 de octubre de 2012

Pequeña historia del legitismo escocés




Madrid, 21 de Octubre de 2012
Con ocasión de la firma en Edimburgo el 15 de octubre de 2012 por parte del primer ministro británico, David Cameron, y el presidente escocés, Alex Salmond, del acuerdo político por el que los poderes del Estado delegan en el parlamento regional la capacidad de convocar y organizar un referendo de independencia antes del final de 2014, se ha puesto de moda comparar por parte de algunos nacionalistas catalanes y vascos su situación política con la situación escocesa. 

Es evidente que la historia de España nada tiene que ver con la historia de Gran Bretaña, y que la situación de las provincias vascas o del Principado de Cataluña nada tiene que ver con la historia de Escocia.

Una primera reflexión realizada desde la historia nos permite afirmar que si bien Escocia puede ser tratada como una unidad a efectos históricos (a pesar de las diferencias existentes entre las Tierras Altas y las Bajas, diferencias lingüísticas, religiosas y de clanes), no así ni las provincias vascas ni el principado de Cataluña. Efectivamente para el análisis de la vinculación entre las provincias vascas y la corona de Castilla sería necesaria realizar un estudio por separado de los tres territorios forales (Vizcaya, Guipúzcoa y Vitoria). A su vez con respecto a la vinculación del Principado de Cataluña con la idea nacional de España tendríamos que considerar la realidad histórica de la corona de Aragón y prescindir de la existencia de un supuesto e imaginario reino catalán.


Jacobo II, gobernó a pesar de su catolicismo, 
pero fue expulsado. Sólo gobernaron de facto
sus hijas anglicanas.

No es nuestra intención hacer un estudio pormenorizado de la idea del nacionalismo escocés, ni siquiera realizar un estudio de la existencia del nacionalismo catalán y vasco, sino que con ocasión del revuelo de la consulta escocesa queremos tratar sucintamente del nacimiento del legitimismo escocés, legitimismo que supone por si un vivo contrates con el movimiento legitimista profundamente arraigado en las provincias vacas y el principado catalán, pues precisamente en España el legitimismo ha sido un legitimismo nacional hispano y plurirregional, no un legitimismo regional, pues ni las provincias vascas, ni Cataluña, han luchado nunca en su historia por una independencia con respecto al concepto más amplio de España, sino que precisamente han tomado las armas cuando España dejaba de ser fiel a sí misma (ejemplos sobrados tenemos en la guerra de Sucesión Española, en la guerra contra la ocupación francesa, o las guerras carlistas donde ambas regiones se caracterizaron por defender una monarquía absoluta e hispana).

Escocia es uno de los reinos históricos europeos que como todo reino mantuvo numerosas guerras y alianzas con sus vecinos, y muy especialmente con los ingleses. Así durante la Edad Media son numerosos los conflictos entre ambos reinos, enfrentamientos caracterizados por una marcada conflictividad territorial debido a las difusas fronteras entre ambos reinos. Así las cosas, y remontándonos a los tiempos inmediatos al nacimiento del legitimismo escocés, en 1603 Jacobo VI de Escocia se convirtió en Jacobo I de Inglaterra tras la muerte de Isabel I sin descendientes, uniendo las coronas pero manteniendo los parlamentos separados, por lo que Escocia mantuvo su gobierno, un gobierno no exento de enfrentamientos políticos entre los escoceses y los ingleses.

A este primer rey Estuardo de Inglaterra, Escocia e Irlanda le sucede su hijo Carlos I defensor del absolutismo frente a un Parlamento Inglés que no estaba dispuesto a dejar la política en manos únicamente del monarca. Este enfrentamiento le valió a Carlos I su condena a muerte, y el triunfo desde 1642 hasta 1689 de la llamada Revolución Inglesa en la que se viven tres guerra civiles, un fase republicana, una dictadura militar, y la definitiva instauración de los Estuardo en 1660 bajo el reinado de Carlos II Stuart que sabe mantener unidos sus reinos en un estado de aparente tranquilidad.

Carlos II muere sin descendencia en 1685 por lo que las coronas de Inglaterra y Escocia pasan a su hermano Jacobo (James VII de Escocia y II de Inglaterra), quien antes de acceder al trono se había convertido al catolicismo. Es esta conversión al catolicismo la que provocará continuos enfrentamientos entre Jacobo y el Parlamento, enfrentamientos que aparentemente terminan con el compromiso asumido por Jacobo (entonces Duque de York) de educar a sus hijas Mary y Ann en la fe anglicana. Este compromiso pareció convencer a la nobleza inglesa pues tras su coronación como rey esa misma nobleza apoyó a Jacobo frente a las pretensiones del Duque de Monmouth (hijo natural de su hermano Carlos II) quien alegando el catolicismo de Jacobo pretendió infructuosamente hacerse con el trono.

Jacobo VII una vez eliminado el Duque de Monmouth, y creyendo asumida plenamente su condición de católico por parte de la nobleza inglesa, decide revocar el Acta de Prueba (Test Act) consistente en una serie de leyes penales que instauraban la revocación de diversos derechos cívicos, civiles o de familia para los católicos romanos y otros disidentes religiosos no anglicanos, estableciendo varios principios discriminatorios destacados, como la exclusividad del acceso a los cargos públicos para los anglicanos. Con esta revocación Jacobo abandonaba la política apaciguadora de su hermano Carlos II aumentando las tensiones no tanto entre escoceses e ingleses sino más bien entre anglicanos y católicos.

No contento Jacobo con la revocación de Acta de Prueba decidió imponer autoridades católicas en el ejército y en la Universidad de Oxford, al igual que decidió la publicación de una Declaración de Indulgencia en la que se propugnaba la igualdad de católicos, anglicanos y puritanos.

Todas estas tensiones, que habían sido soportadas por la nobleza sabedores que las herederas al trono estaban formadas en la fe anglicana, llegan a su máxima expresión en 1688 cuando la segunda esposa de Jacobo, la católica María de Módena, dio a luz a un niño inmediatamente bautizado en el seno de la Iglesia Católica, y que llevaría por nombre Jacobo Francisco Eduardo Estuardo (James Francis Edward). Este joven heredero garantizaba la sucesión católica al trono inglés, por lo que los líderes protestantes ingleses que dominaban el Parlamento, lanzaron una revolución en defensa de la monarquía parlamentaria y de la preeminencia de su religión. 

Jacobo III de Inglaterra,
también conocido como el Old Pretender.
Fue reconocido como rey por numerosos
estados entre ellos Francio y los Estados Pontificios


Para la defensa de los intereses anglicanos el Parlamente decidió recabar la ayuda de Guillermo de Orange, esposo de Mary, la primogénita del propio Jacobo, quien desembarcó en Inglaterra el 15 de noviembre de 1688 con su ejército procedente de Holanda. Jacobo VII decidió no presentar resistencia ante dicha ocupación y huyó a Francia con su mujer y su hijo. En este momento podemos entender que nace el legitimismo escocés (e inglés) pues Jacobo VII de Escocia (II de Inglaterra) fue despojado de su reino, y su descendencia habida con María de Módena fue eliminada del orden de sucesión. 

Sin duda alguna el legitimismo escocés ha sido el legitimismo más breve de todos los que conocemos (nada que ver ni con el longevo carlismo, ni con el influyente legitimismo francés), pero en su haber también cuenta con ser el legitimismo más curioso de todos ellos. Efectivamente, resulta curioso que la Convención de Pares y representantes de los Comunes convocados por Guillermo de Orange despoje de todos los derechos al trono a Jacobo VII de Escocia y II de Inglaterra, y sin embargo otorgue los derechos sucesores a su propia hija María (II de Inglaterra), es decir, Jacobo VII es el mismo el origen de la dinastía legítima y no reinante de los Estuardo, y a la vez es origen de la dinastía ilegítima y reinante de los Orange, a través del matrimonio de Guillermo con su hija María. 

Desde Francia Jacobo VII reclutó el ejército que desembarcó en Dublín, dado que los católicos irlandeses habían manifestado su rechazo al nuevo orden sucesorio fijado por Guillermo de Orange. El 1 de junio de 1690 ambos ejércitos se enfrenta junto a las riberas del Boyne, en donde Richard Talbot, I conde de Tyrconnell, Lord Teniente de Irlanda, y comandante de los ejércitos jacobitas no pudo evitar la derrota; Jacobo volvía a huir a Francia abandonando a su suerte a los irlandeses que siguieron luchando hasta el Tratado de Limerick en 1691.

Desde este año 1691 los legitimistas no presentaron mayores problemas a la corona de Guillermo de Orange quien continuó reinando tras la muerte de María II el 28 de diciembre de 1694. 

En 1701 muere Jacobo II heredando los derechos sucesorios legitimistas Jacobo VIII de Escocia y III de Inglaterra (James Francis Edward). Al año siguiente (1702) muere sin descendencia Guillermo de Orange sucediéndole en la corona de Inglaterra y Escocia la segundo hija de Jacobo II, Ana, que con el correr del tiempo sería Ana de Gran Bretaña y la causante del nuevo resurgir del legitimismo inglés y escocés. 

Efectivamente, tras la muerte de María II y la constatación de la ausencia de descendencia por parte del matrimonio de María y Guillermo, el Parlamento Inglés aprobó en 1701 el Acta de Establecimiento que garantiza la sucesión a la Corona de Inglaterra a los miembros de la familia protestante de la Casa de Hannover. No obstante el Parlamento Inglés había cometido la negligencia de no consultar al Parlamento de Escocia que, por otra parte, intentó preservar la dinastía Estuardo. Así en 1704 fue aprobada en Escocia el Acta de Seguridad en la que se estipulaba que si la reina moría sin descendencia, se concedía a los Estados el poder de elegir al siguiente monarca escocés de entre los descendientes protestantes de la casa real de Escocia. La persona elegida por los Estados no tenía que ser necesariamente la misma que subiera al trono inglés, a menos que varias condiciones religiosas, económicas y políticas fueran aceptadas por el elegido. Aunque no era lo políticamente más conveniente, el Acta obtuvo el asentimiento real cuando el Parlamento Escocés amenazó con retirar las tropas escocesas del duque de Marlborough en Europa (a la sazón se estaba desarrollando la guerra de Sucesión Española) y negarse a pagar los impuestos.  l Parlamento Inglés respondido con el Acta de Alienación (1705), que impuso grandes sanciones económicas y por la cual los súbditos escoceses serían declarados extranjeros (quedando con el grave peligro de perder las propiedades que tuvieran en Inglaterra), a menos que Escocia aprobara el Acta de Seguridad o aceptara la unión con Inglaterra. Los Estados eligieron la segunda opción, y se designaron comisionados para negociar los términos de la unión. Los Artículos de la Unión fueron aprobados por los comisionados el 22 de julio de 1706, y fueron aceptados por el Parlamento Escocés (pese a una oposición abrumadora de la mayoría de escoceses) el 16 de enero de 1707. De acuerdo al Acta, Inglaterra y Escocia se convirtieron en un solo reino llamado Gran Bretaña el 1 de mayo de 1707. 

Precisamente ese decreto de Unión de 1707 permite a Jacobo III de Inglaterra y VIII de Escocia (reconocido como tal por Francia, España, los Estados Pontificios y Módena) intervenir en la política inglesa tratando de invadir infructuosamente Escocia en 1708. El rey legítimo volvería a intentar el levantamiento de Escocia por lo que participó en una rebelión restauradora en Escocia en 1715 siendo derrotado nuevamente. Tras su nuevo fracaso se instaló con su familia en los Estados Pontificios por cuanto Francia se abstuvo de seguir apoyando sus esfuerzos de restauración, pues Luis XV no deseaba un enfrentamiento con Gran Bretaña por este motivo. Jacobo III siguió defendiendo la causa católica pero con poco éxito. 

Nieto de Jacobo II, protagonizó
el intento militar más serio
para la reivindación del trono por
parte de los jacobitas


Jacobo III se casó con la Princesa Clémentina Sobieska (1702–1735), nieta del Rey Juan III de Polonia. De este matrimonio nacieron dos hijos. El primero Charles Edward (1720- 1788), llamado más tarde el Joven Pretendiente (Young Pretender o Young Chevalier) y Henry (1725- 1807) futuro Cardenal York. No obstante seguir ejerciendo los derechos sucesores en 1743 Jacobo III decidió ceder la jefatura de la familia Estuardo a su hijo mayor Carlos, aunque sin renunciar a sus derechos dinásticos. 

Aunque lo cierto es que esta cesión en la jefatura de la familia Estuardo no sentó nada bien ni a Francia, ni a los estados Pontificios, sin embargo esta circunstancia no impidió que Charles Edward planificara el levantamiento más organizado de todos los planeados en la historia legitimista inglesa. Así en 1745 se inició nuevamente un levantamiento jacobita formándose un ejército integrado principalmente por highlanders escoceses. De una forma rápida los legitimistas fueron capaces de hacerse con el dominio de las Tierras Bajas pasando a controlar todas las zonas rurales y conquistando Edimburgo. No obstante su excesiva confianza en el apoyo popular y en los refuerzos navales prometidos por Luis XV provocaron que el ejército jacobita se tuviera que replegar tras haber avanzado considerablemente sus posiciones con las toma de Carlisle y Mánchester, y logrando acercarse peligrosamente a la misma Londres. Finalmente las tropas reales enviadas por el monarca Jorge II lograron controlar las tierras escocesas y vencer definitivamente en la Batalla de Culloden en abril de 1746 a los leales jacobitas. 

Carlos, tal y como hiciera su abuelo, tuvo que abandonar Escocia, aunque en esta ocasión el joven pretendiente permaneció escondido durante meses antes de poder huir a Francia. A pesar de todos los esfuerzos realizados en 1766, tras la muerte de su padre, no logró ser reconocido como rey (Carlos III) por los Estados Pontificios; sin duda alguna su disoluta vida (aficionado en exceso a los encantos femeninos y al alcohol) y su proverbial irresolución fueron los motivos principales de dicha falta de reconocimiento.

Con todo hay que reconocer que el Young Chevalier suscitó en un principio grandes esperanzas, pues había gozado de gran simpatía personal, incluso entre sus opositores, siendo recordado como un líder carismático que podía atraer la buena voluntad de la gente común. Es más, su imagen había suscitado el entusiasmo de los escoceses, y muy especialmente de las mujeres, que veían en el joven Carlos un monarca apuesto y dispuesto. Este aprecio inicial de su pueblo, la difusión de su imagen, y su mismo nombre Carlos, hacen que su figure nos recuerde en algunas facetas a la de nuestro rey Carlos VIII, que también demostró tener afición al bello género.

Muerto el rey Charles en 1788 sin descendencia heredó los derechos de la casa de Estuardo al trono británico su hermano Enrique (Enrique IX de Inglaterra y I de Escocia). Ordenado sacerdote en 1747 decidió dedicarse a su carrera eclesiástica llegando a cardenal, sin participar en actividades destinadas a la restauración de los Estuardo. Debido a la Revolución Francesa perdió gran parte de sus riquezas, constituida por propiedades heredadas en Francia, por lo que murió pobre en Roma en 1807, legando sus derechos al trono a Carlo Emmanuele IV de Saboya, rey de Cerdeña.

Desde la muerte de Enrique, aunque a través de Carlos Emmanuele se han sucedido los diferentes reyes legítimos, se puede decir que el legitimismo de origen católico escocés e inglés había concluido para la historia de Gran Bretaña.

viernes, 12 de octubre de 2012

El legitimismo en la esencia del carlismo: Aviso a navegantes


Bajo el título de tradicionalismo hay mucho turbio y equívoco, hasta el extremo de cobijar los que, si en su día fueron secuaces de la buena Causa, hoy andan perdidos por laberintos de liberalismo.

Sobre todo por haber olvidado que la legitimidad es la garantía del contenido ideal, algo así como el tapón precintado del vino de marca. Ya se sabe: salta el tapón y no hay quien responda del vino. Lo más natural  es que se corrompa. Carlismo, pues, de pura legitimidad, pues sin ella las ideas se corrompen. Por algo el posibilismo, que cierra los ojos a las exigencias de la legitimidad, suele ser el peor enemigo de la Causa

(Álvaro d' Ors. Revista Montejurra nº22)

“La monarquía, como una esperanza remota, porque antes hará falta un gobierno fuerte, provisional, que reconstruya el país y que establezca una constitución para que pueda venir el rey”. Es decir, que la monarquía no es salvación, sino náufrago al que se ha de salvar. Los salvadores son ellos, un gobierno cualquiera, los más acreditados del demos, una república, el mando de muchos para restablecer la vida pública. Luego, esperanza remota…, cuando ya todo está construido, se pone como remate el adorno de un rey. ¡No sirve para otra cosa! Ese es el rey del régimen democrático constitucional y los que así piensan son revolucionarios hasta la médula aunque no lo sepan

(Luis Hernando de Larramendi  ‘Cristiandad, Tradición, Realeza’)

El carlismo tuvo arraigo popular gracias a su legitimismo dinástico, de tal modo que sin este hecho difícilmente hubiera aparecido en la historia española un movimiento político semejante, aunque su principal y más profunda motivación fuera religiosa. Podríamos encontrar semejanzas con otros movimientos antirrevolucionarios como la Vendée, los tiroleses de Austria o los cristeros de México. Pero estos casos, después de haber fracasado su levantamiento militar desaparecen como movimientos políticos. El carlismo, por el contrario, reaparece en la vida política española tras varias derrotas militares y largos períodos de paz en que se afirma que ha perdido toda su virtualidad. Se explica esta diferencia por el hecho de que la defensa de los principios político y religioso está íntimamente unida con la causa dinástica. Por ello Cuadrado puede afirmar que si ésta desapareciera su presencia se refugiaría “en las regiones inofensivas del pensamiento”.
Si se tratara de encontrar el medio para que desapareciera definitivamente el carlismo de la escena política española, habría que seguir aquella política que se propone desde El Conciliador.Hacer que desaparezcan las motivaciones dinásticas y de este modo se habrá conseguido que el carlismo no represente un permanente peligro de desestabilización política”.

(José Mª Alsina Roca. El Tradicionalismo Filosófico en España)

martes, 5 de junio de 2012

El Acta de Loredán, doctrina carlista (I)

En enero de 1897 D. Carlos había reunido en su palacio de Loredán en Venecia, a los más notables elementos del carlismo presididos por su representante en España, el marqués de Cerralbo, celebrándose varias conferencias con el objeto de actualizar poniéndolo al día el programa del carlismo. Su resultado fue un documento conocido por Acta de Loredán que, aunque va firmado por Cerralbo, debe ser considerado como un documento real, tanto por la directa intervención del mismo en su elaboración, como por el hecho de que la mayor parte de las veces los documentos regios son redactados por otras personas aunque vayan firmados por el Rey.

En el mismo se recoge lo principal de la doctrina carlista, y es de notar la importancia concedida a la cuestión social, adelantándose incluso a la encíclica Rerum Novarum de León XIII que fue incorporada al Acta desde el mismo momento de su publicación.

En el Acta de Loredán se indica la esencia del carlismo condensada en su lema Dios, Patria (en cuya expresión deben comprenderse los Fueros) y Rey. Se trata además de la descentralización como un complemento de los Fueros, que alcanza a provincias y municipios así como a las regiones, de la Justicia, la Hacienda, la Enseñanza, el Ejército y la Marina.

He aquí algunos de sus párrafos:

Las tradiciones veneradas que constituyen la Patria porque son la expresión de la vida nacional organizada por los siglos, se resumen en estas tres grandiosas afirmaciones: La Unidad Católica, que es la tradición en el orden religioso y social; la Monarquía, tradición fundamental en el orden político, y la libertad fuerista y regional, que es la tradición democrática de nuestro pueblo.-Ésta es la constitución interna de España” (contraria a las constituciones derivadas de la Revolución).

La Monarquía, personificando la unidad nacional, se legitima por el derecho histórico, se consagra por la pureza de los principios y se sostiene por el amor y la ley. La Monarquía ha de ser tradicional para que con su permanencia se emancipe de todas las ambiciones que unas veces con el grito de las turbas, otras con los sables pretorianos y siempre con la tutela de gobiernos irresponsables por el supremo derecho de gracia con que los asisten sus forjadas mayorías, hacen que el rey constitucional se reduzca a un emblema costoso, a una ficción del poder sin actividades eficaces y siempre sometido a oligarquías inspiradas en el interés mezquino de las parcialidades políticas.- Si el rey es el primer magistrado de la nación, ha de ser también el primer guardador de su ley y el primer soldado de la Patria.- El rey que lo es de veras reina y gobierna; pero sin que su voluntad traspase las leyes, porque el despotismo ni es cristiano ni español, y los hombres nacen para ser libres en la justicia y jamás siervos de ninguna persona.- El rey ha de estar en contacto con el pueblo para desvelarse por su bien, y ha de ejercer su autoridad rigiendo el Estado con las facultades esenciales a la suprema soberanía política.-Pero como la ciencia y la experiencia realzan la autoridad y la auxilian, obedeciendo a esta necesidad apremiante y a una tradición no interrumpida, se afirma la existencia de un Consejo Real, dividido en tantas secciones como ministerios, que asesoren al monarca y compartan con jurisdicción retenida el ejercicio del poder, siendo sus hombres designados entre las clases preeminentes y los hombres más distinguidos de la nación, y asegurando debidamente sus condiciones de justa independencia para que no los remueva el capricho y, con menoscabo de la majestad, se conviertan en aduladores cortesanos los que deben ser incorruptibles consejeros”.

“HISTORIA DEL CARLISMO”
Gabriel Alférez. Editorial Actas, colección ‘Luis Hernando de Larramendi’. Madrid 1995.

domingo, 20 de mayo de 2012

La Monarquía contra la Revolución: Las formas nunca son accidentales en política


La lucha secular entre la Monarquía y la Revolución encarnada como mecanismo político de la Democracia, ha dado como resultado que estos dos sistemas no sólo se diferencien por su estructura, sino por un contenido moral y doctrinal que como realidad histórica han adquirido y representan.

De aquí la ingenuidad de los teóricos accidentalistas de la forma de gobierno. Las formas no son nunca accidentales ni en filosofía, ni en arte y mucho menos en política, que es el arte de realizar en formas históricas, en cada pueblo, y en cada momento (hic et nunc) una doctrina y un contenido teóricos.

En España hay que raer de las mentes estos tópicos comodones. Ni la Monarquía es, teóricamente, la sola presencia del Rey en el trono, si no va acompañada de un sistema político y de un contenido moral del Estado, ni la República es la simple ausencia del monarca. La Revolución requiere la previa ausencia del Rey porque, fundadamente, le impone un obstáculo para la realización de su programa. Cuando en España nos declaramos monárquicos, no decimos únicamente que queremos un Rey a la cabeza del Estado, sino que esto es una consecuencia lógica y fatal de un sistema político, que implica también un determinado contenido moral y una estructura jerárquica social cuyo remate es la Corona con Cruz.

La Democracia, y su expresión política la República, es la forma normal en España de toda la doctrina contraria. Se engañan, y la experiencia nos está dando la razón, los que creen que la República es a modo de un vaso vacio que la voluntad de la mayoría—la democracia—va llenando en cada momento de un contenido diferente. Y no es así. La Monarquía afirma un contenido dogmático permanente que está por encima de las votaciones. El reflejo de esto es lo que llaman los demócratas obstáculos tradicionales. Pero la República también tiene sus dogmas y susobstáculos tradicionales. Cuando la voluntad de la mayoría es contraria a los dogmas permanentes de la República, entonces los republicanos dicen que se les desvirtúa la República, que desaparece la esencia republicana del Estado. En la realidad histórica son dos cosas distintas democracia y República.

La República española ha nacido con la impronta de unos dogmas que por mucho que logremos triunfar, con los mecanismos democráticos. Jamás le lograremos arrebatar.

¿Cuál es, históricamente, el régimen conveniente para cada pueblo en cada momento de su vida? Muy largamente se podría disertar sobre este punto, pero una norma sencilla puede damos la respuesta. Los regímenes son para los pueblos y no los pueblos para los regímenes. Cuando en una nación se han de poner a contribución todos los elementos vitales del país para sostener el régimen, cuando en cada crisis grave del país no se piensa más que en la necesidad de salvar el régimen, cuando la mayor parte de los conflictos públicos son provocados para sostener dogmas del régimen, entonces se puede afirmar que ese sistema es artificioso en aquel país y, desde luego, evidentemente nocivo.

Pedro Sainz Rodríguez, “La tradición nacional y el Estado futuro”. Acción Española, I, pág. 182, t. X.

DEL BLOG AMIGO: NÚCLEO DE LA LEALTAD

jueves, 5 de abril de 2012

¿Dónde han ido mis leales aduladores?


La Monarquía tradicional ―nacida al amparo de la Iglesia y arraigada en la historia―, es magistratura tan magnífica y se presenta de tal manera rodeada de majestad y grandeza a la mente del filósofo y al corazón del poeta, que ninguno que se llame monárquico, aunque sea de las monarquías falsificadas que ahora se estilan, si posee alguna ilustración y entendimiento, puede dejar de rendirse ante ella y cantar sus glorias y ponderar sus maravillas, si, forzado por las circunstancias, tiene que luchar contra los secuaces de la forma republicana. Porque defender el parlamentarismo monárquico contra el parlamentarismo republicano sin apelar para nada a la Monarquía representativa tradicional es tarea imposible, como lo demuestran evidentemente los doctores constitucionales cuando, por medio de un vulgar sofisma, procuran hacer de la Monarquía histórica y la revolucionaria una misma institución, con el propósito de atribuir a la segunda las glorias y prestigios de la primera."

Juan Vázquez de Mella
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"¿Qué significa la monarquía en una nación tan desmembrada como la nuestra, tan ridículamente desunida? En estos momentos, quizá la única garantía de unión la tiene la Corona. La Corona representa al señorío de Vizcaya, el Reino de Aragón, el Condado de Barcelona y el Principado de Gerona."

Alfonso Ussía, en Lágrimas en la Lluvia.

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Franco, gentilhombre de cámara,
condecorado por el que
fue padrino de su boda.
"Desapareció una monarquía que no tenía una base social firme: vinieron unos coches y se los llevaron a todo correr, y no hubo nadie que dijera «señor, aquí estoy yo a jugarme el tipo por usted». Ni militares, ni políticos, ni liberales movieron un dedo por Alfonso XIII. Muy diferente a como había ido Carlos VII al destierro, acompañado de miles de leales que lloraban menos mi abuelo, que hacía chistes y rompían los fusiles al cruzar la frontera con Francia."

Luis Martínez ErroeRequetés: de las trincheras al olvido. 
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Conversación entre Don Jaime III y el recién destronado Alfonso "XIII", en 1931:

Don Alfonso: "Tú entonces, como ahora, podías contar con la entera abnegación de tus leales. Yo, en cambio, no puedo fiarme de casi nadie. No puedes saber lo que es un Rey caído. Me sentiría más inclinado a confiar en los tuyos que en los míos en estos momentos...

Don Jaime no puede evitar una sonrisa maliciosa.

No sé, no sé le dice. Sin ir más lejos, este hombre que te ha abierto la puerta te hubiese matado si yo se lo hubiese mandado; de modo que tampoco conviene que te fíes demasiado de los míos."
F. Melgar  
Don Jaime, Duque de Madrid

domingo, 1 de abril de 2012

Monarquía tradicional Vs. monarquía liberal


El liberalismo, el enemigo capital de la bandera española que ostenta el trilema Dios, Patria y Rey, ¿Quién imaginaría que se esforzase en reclamar para sus nefandos y oscuros pendones, el emblema de la antigua España católica? Así como el protestantismo, negando toda autoridad divina y humana, se miente a sí mismo, el liberalismo español, su digna prole, hace lo propio. Et mentita est iniquitas sibi. Si Tertuliano llamó al diablo mona de Dios porque fingía imitar sus obras, si hoy viviera, llamaría "mona del protestantismo", al liberalismo.

No hay perfección absoluta en ninguna de las formas de gobierno conocidas y ensayadas hasta hoy; pero el derecho público fundado en la experiencia de los siglos, ha proclamado que la mejor y única forma de gobierno posible, es la que concentra los poderes del Estado en un solo monarca, enlazando la universalidad con la unidad, como el gobierno de la Iglesia, fundado por el Hijo de Dios; y el de Saul, primer monarca nombrado por el mismo Rey de los reyes, o por su orden; que es la única fuente del derecho divino, al decir de los libros santos: per me Reges regnant. Derecho que toma, si cabe, mas fuerza y aumento de los desprecios y negaciones insolentes del ignaro liberalismo, cuyas sectas o partidos, mas o menos fanáticos se rechazan, destrozan y condenan mutuamente, sobre quién ha de comerse la pera mas gorda, en la gráfica expresión del cautivo de Santa Elena.

De manera que el liberalismo forma una especie de mosaico de varios pedazos y diversos colores, como el protestantismo, según el inmortal Perrone. Y visto en todas sus fases, es el bufo de la civilización moderna; rama que, desgarrada del árbol monárquico, no puede tener las condiciones, propiedades y distintivos gloriosos de la monarquía tradicional; porque no es, como ésta, un delegado del monarca universal, fundador y supremo legislador de la sociedad, y no puede aspirar a su posesión sin pasar por las horcas caudinas de las contradicciones que los jurisconsultos llaman de hecho, derecho, origen y desarrollo, de organización, lugar, tiempo, nombre y doctrina.

En efecto, la monarquía liberal es una contradicción de derecho, porque su título solo comprende el menor número de individuos en las poblaciones; cuando la tradicional, que es la única monarquía verdadera, comprende a todos los individuos y todos los pueblos que le han dado su nombre, y aquélla jamás abrazó a todo un pueblo.

La monarquía católica y la liberal, son dos cosas contrarias y antitéticas; la monarquía pura, moderada por la ley fundamental, como en España, desde tiempo inmemorial; siempre combatida, como su Madre la Iglesia, pero jamás vencida sino momentaneamente, siempre igual a sí misma en magnificiencia y solidez.

Sin embargo, ese aborto satánico del abismo, sin pruebas ni documentos de ningún género, pretende usurpar un emblema indivisible y único, en favor de unos partidos liberalescos que reciprocamente se aborrecen y cuyo lema protestante es la división que los devora y consuma su ruina. Para el liberal, eso de monarquía tradicional es un trasto viejo, tan sobajado como la señora del Toboso: cuando la monarquía liberal, con su Rey de bastos, es una cosa tan nueva como la niña gaditana de 1812, hoy, para colmo de dichas y honras españolas, abuela de la golosa topetina. Lo peor está en que, según fama, el árbol que regaron con sangre española, parece ser que en los primeros siglos no prometerá fruto alguno. No puede ser otra cosa el sonambulismo liberalesco, que si un día se dice monárquico-católico, como se llaman rabones a los mulos sin cola, lo desmienten con sus hechos al día siguiente, conjurándose de mancomún contra la monarquía, y derribando la misma que ellos levantaron, lo cual no quita que sigan gritando ¡Viva la monarquía democrática!.

Dios confió la soberanía, y del cual la recibieron todos los que ejercen la dominación suprema de las naciones. Porque aquello de soberanía popular, es una quimera en que no creen ni los mismos que la inventaron; pero les tenía cuenta, porque a río revuelto nada pierden los pescadores de uñas luengas.

D. Hevia (1871)

jueves, 14 de julio de 2011

Lealtad sin fisuras



En 1946, Melchor Ferrer proclamaba: «Por si los carlistas jóvenes no me conocen, debo presentarme. Nunca fui integrista, ni fui minimista, ni fui mellista, ni fui de la Unión Patriótica, ni fui cruzadista, ni fui ni soy de FET. Ni alfonsino ni juanista. Carlista soy, carlista desde mí mocedad a las órdenes de Carlos VII el Grande; carlista en el servicio muy cerca del caballeroso Jaime III, carlista bajo el recto Alfonso Carlos, carlista en la disciplina del nobilísimo Príncipe Regente Don Javier de Borbón».

Hoy, 5 de Julio de 2011, Fiesta de San Antonio María Zaccaría , con la precisión que indicaremos en su momento, Núcleo de la Lealtad, vuelve a hacer suyas las palabras que dirigiera el pasado Domingo de Pascua de 2008 :

Proclamamos que nunca fuimos ni seremos de democracias o alianzas nacionales, mucho menos dealternativas o frentes españoles, ni de otras plataformas o movimientos... ni jugaremos a las ligas. No somos ni de derechas ni de izquierdas. Somos íntegramente tradicionalistas: contrarrevolucionarios militantes, católicos a machamartillo, españoles hasta la médula, defensores acérrimos de las libertades populares, monárquicos legitimistas.

Por eso, hoy como ayer, somos los tradicionalistas del siglo XXI frente a los liberales de la “alternativa social cristiana” que «afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado» (condenados ya en 1888 por [León XIII en] la Libertas praestantissimum , 14) y al resto de nuevos europeizadores demócrata cristianos, neoliberales, socialistas, comunistas, tecnócratas, socialdemócratas, y toda laya de cofrades.

El Carlismo  reivindica la gloria de encarnar en el siglo XXI las doctrinas y el estilo humano de los hombres de Las Españas de siempre, pues el Carlismo no es otra cosa que la continuidad pura y simple de nuestras Españas, la pusillus grex, el pequeño rebaño de la Hispanidad, al decir de la Escritura (Lc 12,32).

Los carlistas, ni dícense revolucionarios, ni juegan a llamarse socialistas, ni presumen de demócratas ni de liberales, aunque su sistema político entraña, en verdad, la única transformación social fructífera, la verdadera solución a los desórdenes sociales, el auténtico Gobierno del pueblo y la real garantía de las libertades de cada ciudadano. Los carlistas han llamado siempre y seguirán haciéndolo así a las cosas por su nombre. Y no niegan a Cristo ni a Las Españas, ni siquiera con disfraces de vocabulario demagógico, tan fácil como estéril. Se llaman a sí mismos lo que son: enemigos de las sucesivas fórmulas extranjeras que han sido el absolutismo, el liberalismo, el democratismo, el socialismo y fascismo. Con temple de Caballeros desprecian la demagogia y galantean a la sinceridad política, porque de Caballeros es ir proclamando a todos los vientos la verdad.

Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta, por Dios, por la Hispanidad y el Rey Legítimo, somos carlistas a las órdenes del Infante de España S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón , Duque de Aranjuez, Príncipe de Parma y de Plasencia, Antiguo Caballero Legionario, Regente de la Comunión Tradicionalista , Abanderado de la Tradición

Añadimos hoy, por si hiciera falta, 5 de Julio de 2011, Fiesta de San Antonio María Zaccaría, la siguiente clarificación:

El único modo cabal, eficaz y eficiente, de estar a las órdenes del Señor y de la Causa de Dios y España, consiste en estar encuadrados en aquella Secretaría Política que precisamente dispusiera Su Augusta Persona, la formada por Sus Excelencias Don José Miguel Gambra, Don Luis Infante y Don José Antonio Gallego, –cuyas vidas guarde Dios muchos años–, acatando disciplinadamente sus órdenes, fieles al Espíritu de Disciplina del Credo Legionario: “Cumplirá su deber, ¡obedecerá hasta morir!”.

¡Viva el Rey y Viva Su Secretaría Política!

Fdo. El Director de NdL, NMB

CODA

«In manu Dei potestas terrae,
et utilem rectorem suscitabit in tempus super illam».

«La potestad de la tierra está en manos de Dios,
y Él a su tiempo suscitará quien la gobierne útilmente». Eclesiástico, X, 4.

Señora Inmaculada de las gentes de España *

Señora Inmaculada de las gentes de España.
De victoria en Lepanto, de dolor en Rocroi,
rezada a flor de Espadas desde el mar de Corinto
a la ribera virgen del río Paraná.
¡Señora Inmaculada de los indios ingenuos
y del Hidalgo altivo y de la Inquisición!
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España, de rodillas, te ofrece el corazón.

¡Señora Inmaculada del Pilar Jacobeo!
Consuelo de amarguras en empresas de amar.
El fruto que sembraste para la Fe de Cristo
salido de tus manos, ¿no había de granar?
¡Señora Inmaculada del Apóstol del Trueno,
de la hazaña difícil y la tribulación!
Viniste a Zaragoza para salvar a España,
y España, desde entonces, parece una oración.

¡Señora Inmaculada de los Picos de Europa!
¡Cuántos te parecían pues cuanta era su Fe!
Y vino de los cielos tu auxilio y la victoria
del Dios de las Batallas, del Santo, de Yahvé.
¡Señora Inmaculada de esperanzas de Patria!
Se eleva una plegaria de Asturias a Aragón.
Sus ecos en las rocas, los bosques y los muertos
hablaron en romance y hablaron en canción.

¡Señora Inmaculada de la Santa María,
de los vientos propicios y de la tempestad!
Temblando amor de Madre llegaste al nuevo mundo
y el indio fue el hermano y Cristo la Verdad.
¡Señora Inmaculada del santo Misionero,
de los Conquistadores y del Emperador!
Resuena aun el Caribe las voces de Triana
y rezan todavía los indios al Señor.

¡Señora Inmaculada del indio mexicano!
América es España, y España es para ti.
El inca y el azteca cayeron de rodillas
y fue el Ave María caricia en guaraní.
¡Señora Inmaculada de la Rosa de Lima,
de García Moreno, de la persecución!
Son hijos de españoles, amándote nacieron:
no saben de mentira, ni saben de traición.

¡Señora Inmaculada del Valle de los Muertos,
del niño asesinado y el viejo Requeté!
Ganaron la victoria, la sangre y el martirio
de la España de Cristo por la España sin Fe.
¡Señora Inmaculada del muerto por la vida!
En tus brazos de Madre morir es salvación.
Y la semilla santa rebrota en Patria nueva
con ecos del Prudente y voz de Calderón.

¡Señora Inmaculada de la historia de España!
Tú misma nos la hiciste y huele a santidad.
Derrotas son honores, que las guerras de Cristo,
se ganan en el cielo y allí está la Verdad.
¡Señora Inmaculada! Somos aquellos mismos
que siglos defendieron tu pura Concepción.
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España de rodillas, te ofrece el corazón.

Francisco José Fernández de la Cigoña.
* Nuestro gran amigo don Francisco José Fernández de la Cigoña , en sus años universitarios, escribió con amor y con conciencia estos buenos versos.


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viernes, 17 de junio de 2011

Prólogo de D. Carlos Hugo de Borbón Parma al libro “Don Javier, una vida al servicio de la libertad” (1997)

   

En 1936 España se divide en dos campos irreconciliables. La formación del Frente Popular supone un bloque tan poderoso que se hace imposible el diálogo parlamentario entre esta izquierda monolítica y las derechas divididas. La República muere, mientras los dos campos esperan o preparan el golpe de Estado.

JULIO 1936
“La Comunión Tradicionalista se suma con todas sus fuerzas en toda España al Movimiento Militar para la salvación de la Patria, supuesto que el Excmo. Sr. General Director acepte como programa de gobierno el que en líneas generales se contiene a la carta dirigida al mismo por el Excmo. Sr. General Sanjurjo, de fecha nueve último. Lo que firmamos con la representación que nos compete. Javier de Borbón Parma Manuel Fal Conde.”
Es la orden de sublevación del Carlismo militar. En menos de un mes los requetés navarros llegaran hasta Vizcaya, Zaragoza y el Alto de los Leones. Al mismo tiempo, el requeté andaluz toma Sevilla y gran parte de Andalucía, y llega hasta Toledo. Fracasa el alzamiento donde fracasa el Carlismo. Estos son los hechos. Pero ¿cuáles son las causas por las que el Carlismo pudo movilizar cincuenta tercios de requetés y motivar estos voluntarios para lanzarse a la guerra? La contestación es simple: la guerra civil no fue un accidente, fue una conclusión.

La guerra civil no fue un accidente. Fue la crisis violenta del sistema capitalista burgués enfrentado, a la gran revolución del Frente Popular. La guerra civil la perdimos todos, tuvo un solo vencedor: Franco. Pero de las cenizas de los combates va a nacer una España diferente, una Iglesia diferente, un ejército diferente, una mentalidad diferente, una democracia nueva. España habrá sufrido una gran mutación histórica. En esta guerra y en esta crisis, como en toda mutación histórica, el Carlismo ha tenido mucha responsabilidad: para empezar, la de enfrentarse con el caos del año 1936.

La crisis política inmediata
La dictadura del Primo de Rivera se había derrumbado y la monarquía liberal con ella. La República está rota. No hay más esperanza de solución. Ya no hay posibilidad de gobierno o, mejor dicho, no hay gobierno. Gobierna la calle. Y en la calle no hay diálogo, todos esperan o preparan el golpe.
Al analizar la situación política se percata uno de la inviabilidad del Frente Popular. El Partido Socialista, el PSOE, está acusado por comunistas y anarquistas de haber sido durante los años de la dictadura del General Primo de Rivera un partido al servicio del dictador y que su sindicato, la UGT, ayudó a reprimir tanto, a unos como a otros militantes de los partidos de izquierda. Le acusan más o menos de haber estado al servicio de la monarquía liberal, del ejército y de la dictadura de Primo de Rivera.
Los anarquistas, probablemente el más grande de los movimientos sociales de izquierda, además de recelar de los socialistas, tenían una profunda antipatía por los comunistas y su teoría de dictadura del proletariado. Los libertarios, los amantes de la libertad, difícilmente pueden sentirse atraídos por una dictadura. Además saben lo que ocurrió a los revolucionarios anarquistas a manos de la dictadura comunista soviética.
Los comunistas, el partido más pequeño pero mejor organizado y disciplinado, teniendo el apoyo incondicional de Moscú podían libremente despreciar a los que les despreciaban y no dejaban de hacerlo sentir a sus aliados del Frente Popular, tanto socialistas como anarquistas.
El análisis de este enfrentamiento entre las izquierdas imponía dos conclusiones: la primera era la imposibilidad de una solución dialogada. El acuerdo era imposible con una izquierda tripartita. La segunda, la imposibilidad, en el caso de un golpe de Estado del Frente Popular, de un gobierno coherente del mismo sin un segundo golpe que estableciera la primacía de una de las partes sobre las otras dos. La dictadura del proletariado estaba evidentemente en las antípodas de la desaparición del Estado propuesto por los anarquistas o del Estado parlamentario, proyectó de los socialistas. Por eso, sea cual fuere la simpatía que podían tener muchos españoles por uno de estos partidos, eran conscientes de que de las sucesivas revoluciones necesarias llevarían a un desencadenamiento de violencias y de cataclismos en serie.
En resumen, había poca esperanza democrática de diálogo y tolerancia en el caso de una victoria del Frente Popular. El doctor Negrín, un gran amigo y colega del profesor Corral, que era carlista, le confesó “incluso si ganamos nosotros, estamos perdidos”.
Si añadimos a esta división interna de las izquierdas su actitud anticlerical, imposible de deslindar de la actitud antirreligiosa de los tres partidos, esto hace más problemática aún su aceptación por parte de aquella sociedad española profundamente vinculada al cristianismo.
En este momento el término de derecha no tipifica la realidad del otro campo. Es un conglomerado de los que rechazan y se sienten rechazados por el Frente Popular. Allí se agrupan desde las JONS, totalitarios, fascistas de Falange, liberales, demócratas cristianos, la Iglesia, parte del ejército, monárquicos y caciques. En el campo nacional cada sector intentaba alcanzar sus metas. Para unos era su libertad religiosa, para otros sus privilegios económicos; o simplemente el orden público. Otros se fijaban, como metas la democracia parlamentaria, el restablecimiento de la monarquía o incluso la instauración del fascismo al estilo de Mussolini. En el sector de los militares, la unidad de la patria. Pero, ¿Qué querían los carlistas?

El Carlismo y los Carlistas en 1936
Hay que distinguir claramente dos estamentos para comprender el Carlismo de entonces. El Popular, por una parte; una minoría dirigente integrista, por otra. A nivel popular, el Carlismo esperaba que, caída la monarquía alfonsina, sostenida por la dictadura militar y caída la República, que había incurrido en el caos, podrían volver a proponer sus ideales de una monarquía legítima, una monarquía arbitral, restablecer las libertades forales o lo que correspondería a un concepto de Estado federal. Esperaba también que se garantizara la libertad religiosa, aunque tenía cierto reparo al clericalismo anticarlista de la Iglesia durante la monarquía liberal. En fin, deseaban la edificación de un sistema que garantizara una defensa de los trabajadores y una justicia social. Muchos carlistas habían luchado en los sindicatos libres cristianos y veían en un sindicalismo pluralista el instrumento de defensa de los trabajadores, como clase, o el instrumento de participación en las empresas, como individuos.
Por otra parte, al nivel de dirigentes del partido, se habrían reintegrado los antiguos integristas expulsados del Carlismo por Carlos VII, pero que luego volverían en la época de don Alfonso Carlos.
Don Alfonso Carlos aceptó el retorno al Carlismo de este sector, que tenía entre sus filas a miembros de cierto prestigio social, coincidiendo con un sentimiento general en el Carlismo y con amplios sectores de la sociedad española, persuadida de que la peor de las catástrofes sería una victoria de aquellas izquierdas que transformarían España en un satélite de Moscú.
La imagen de la Unión Soviética, una sociedad totalitaria de izquierda militarizada, policíaca, antirreligiosa, sin ninguna libertad de prensa, ni de expresión, ni de asociación, totalmente burocratizada y centralizada, no era atractiva ni para el viejo rey carlista Alfonso Carlos, ni para el pueblo carlista, ni para muchos demócratas, que se encontraban en el llamado campo nacional.
Este análisis del peligro de sovietización del país y de persecución religiosa coincidió con el de la derecha más egoísta y también con la posición de la Iglesia jerárquica, con una parte del ejército. Y con determinados sectores integristas. Entre ellos había desde cristianos sinceros, pero en la línea clerical de los obispos, hasta los que descaradamente utilizaban el sentimiento religioso para defender sus intereses de clase o simplemente sus intereses económicos. Perseguían evidentemente, sus propias metas políticas y necesitaban la carne de cañón de los carlistas para alcanzarla. En cuanto al Carlismo, tenía una sola meta salvar España, sin poner más condiciones que la que una consulta nacional “una vez establecido un poder militar provisional”, con un orden público de unas libertades democráticas poco definidas. El concepto de servicio a España por encima de todo, incluso de ideales propios, fue quizás el factor más negativo de la postura carlista, como veremos más adelante.
Con todo, el espejismo de una posible reconstrucción democrática del país era muy atractiva para una sociedad desesperada por el caótico presente y a la vez consciente de su capacidad histórica de crear un futuro distinto.
Uno de los muy pocos que discrepaban de este análisis fue nuestro padre; Para él había otro peligro que obligaba a una acción inmediata: una amenaza entonces no percibida claramente en España era, en sus ojos, el nazismo. Su temor era que la lucha contra el peligro comunista llevara al nazismo. Para evitar una España satelizada por Hitler, por una parte (y apoyada por esto por todas “las derechas”), enfrentada a una España satelizada por Stalin por otra, tenía que actuar el Carlismo precisamente. No olvidemos que entonces en el campo nacional se veía como una esperanza, el apoyo del fascismo italiano o del hitlerismo alemán. Aparecían como una esperanza, sin medir sus consecuencias.
En 1936 mi padre creía necesaria una acción inmediata, a fin de evitar en esta doble catástrofe, provocada por la doble polarización internacional del conflicto. El neutralismo era inaceptable. En efecto, el Carlismo era el único movimiento capaz de movilización militar propia. Ni la Falange, ni la CEDA, ni Renovación Española, es decir los monárquicos, tenía fuerzas para la movilización militar. El Carlismo tenía esta capacidad y podía así decidir el día y la hora de su sublevación. La no intervención equivaldría a suicidarse políticamente y dañar gravemente a España, privándola de una fuerza política importantísima para un futuro democrático, sin por ello evitar una confrontación violenta.
Podemos hoy lamentar que no fuera capaz de condicionar más claramente su levantamiento al cumplimiento de sus metas históricas, ya que todos los demás participantes, incluso los que no tenían la más mínima capacidad de movilización, lo hicieron. Pero el sentimiento del deber hacia la patria hizo que el Carlismo prescindiera de toda su doctrina política e inclusive de su meta monárquica. Fundamentalmente se lanzó a salvar una situación desesperada al precio que fuere. Esto puede ser criticable o admirable, dependiendo del punto de vista en que se sitúe uno. Es fácil a posteriori criticar lo que hicieron los que nos precedieron pero, al menos, en vez de eludir el problema tomaron sus responsabilidades.
La doble guerra civil
Que el ejército no fuese capaz de sublevarse en todo el territorio español a pesar de sus promesas; que el general Sanjurjo, único general que tenía un prestigio y una influencia tanto sobre Mola como sobre Franco mismo, muriese de accidente pocos días antes alzamiento; que el general Mola, luego, después de aceptar el golpe de Estado franquista muriese en otro oportuno accidente; Que el general Franco lograse transformar su poder militar en poder político y llegar a ser así Jefe de Estado, era difícil de imaginar. Pero aún más difícil era prever (y pocos historiadores lo han subrayado) la doble guerra civil.
Así, en el campo republicano hubo una guerra civil latente o incluso abierta a lo largo del conflicto. En el campo nacional el general Franco, por un golpe de Estado interior, suprimirá todos los movimientos políticos e incluso intentará suprimir el Carlismo para asentar su hegemonía. Habiendo creado, con el apoyo de Mussolini y Hitler, un Estado totalitario, logró eliminar el Carlismo no sólo políticamente sino lanzando a los famosos Tercios de Requetés a los combates más sangrientos. Hacía imposible el crecimiento del Carlismo como movimiento político, mientras potenciaba los movimientos de Falange, mucho más fáciles de manipular.

El trasfondo histórico
La historia no se puede comprender a partir de su desorden cotidiano. Porque los fenómenos históricos por caóticos que parezcan al observador que los vive desde dentro, responden a un orden perceptible sólo desde una perspectiva histórica. Obedecen a unas relaciones de causa-efecto invisibles en lo inmediato. Ejemplo de ello es la guerra civil española, que no se puede comprender desde lo inmediato.
Para comprender la guerra civil española de 1936 conviene mirarla desde su perspectiva histórica, la de una revolución burguesa inicialmente exitosa, seguida de su propio derrumbamiento frente al intento de la revolución proletaria. El gran conflicto del mundo moderno, desde la Revolución Francesa hasta la sociedad democrática actual los resume y asume enteramente la guerra civil española. Esta doble crisis revolucionaria empieza en el primer tercio del siglo XIX y acaba un siglo más tarde en España.
El fenómeno español inicialmente dista mucho de ser único. Con la restauración después de la Revolución Francesa y de Napoleón, en toda Europa llegan al poder dinastías que serán instrumentadas por la burguesía. La prueba de la naturaleza instrumental de estas dinastías es que desaparecen en cuanto dejan de ser útiles. El cambio aparentemente caótico del siglo XIX, que hace pasar a la sociedad occidental de un mundo tradicional de organización estamental en lo social, federativa en lo estatal y monárquica en lo formal, a una sociedad moderna igualitaria en lo social, centralista en lo estatal y republicana en lo formal, pasa por la revolución burguesa. La revolución burguesa pone orden en el aparente caos, y permite comprender cómo la Revolución Francesa pudo siglo y medio más tarde, después de muchos traumas, desembocar en una sociedad que logra hacer avanzar los valores de libertad, la igualdad, y en algo, la fraternidad universal. No se puede negar que las estructuras creadas por la burguesía han sido el cauce de la historia del siglo XIX.
A la burguesía del siglo XIX podemos dividirla en dos tendencias: una es constitutiva de una elite intelectual. Lo que le atrae es el éxito en las artes, las letras, la filosofía, la ciencia. La otra tendencia es la de la elite económica. Ambas burguesías constituyen el llamado Tercer Estado. El desarrollo de la cultura, de la medicina, de la ciencia y de la economía a lo largo del siglo XVIII va a romper el antiguo equilibrio entre la Nobleza, el Clero y el Tercer Estado. La burguesía, es decir el Tercer Estado, va a crecer más rápidamente que la nobleza y la Iglesia, haciendo intolerables los privilegios políticos de la primera y los monopolios ideológicos de la segunda. En el siglo XIX el crecimiento económico dará a la burguesía la palanca que le permitirá a desbordar a la nobleza y al clero y dominar el mundo de las ideas y de la práctica política. Pero este desarrollo económico favorece en particular a la ” burguesía económica “, que acabará dominando la sociedad entera, imponiendo al mundo el capitalismo. Asistimos así en todos los órdenes a la explosión del capitalismo económico, con su interpretación filosófica del mundo y su falta de sentido social. El capitalismo llamado salvaje destruirá rápidamente y sin remedio el viejo sistema social y político, pero precisamente por su egoísmo creará sus anticuerpos, las fuerzas populares, en primer lugar en España la carlista. Y luego todos los movimientos políticos revolucionarios. Entrarán unos y otros en conflicto con el sistema burgués, un conflicto que durará todo el siglo XIX para provocar al final la guerra civil.

La burguesía en España
La nobleza y el clero, las dos estructuras sociales básicas del Antiguo Régimen estarán, tarde o temprano absorbidos o domesticados por los nuevos políticos de origen burgués. Así, el alto clero sometido en la monarquía tradicional que de hecho proponía y nombraba a los obispos, los escogía de entre la nobleza y la burguesía intelectual, gozando por ello de un indudable prestigio social. Con la dominación burguesa nuevamente estrenada fueron no solamente los nuevos monarcas si no a menudo los ministros o los políticos influyentes quienes proporcionaban a sus protegidos para elevarles en los rangos eclesiásticos. A partir de entonces tienen tendencia a aceptar sin demasiado reparo los valores burgueses, donde menos se hubieran debido aceptar: en materia de propiedad y de subordinación del trabajador al capital. En otras palabras, los altos dignatarios de la Iglesia aparecen vinculados al capital y al poder, utilizando los valores morales de la Iglesia en contra de la justicia, de la verdad evangélica y de las libertades humanas. El clero local, mayoritariamente de origen campesino, a menudo discrepa de sus pastores por encontrarse cerca del pueblo. Pero esta discrepancia no tiene efectos sobre la Iglesia jerárquica.
El anticlericalismo de los movimientos revolucionarios o la actitud antirreligiosa será el resultado a nivel popular. Es explicable aunque no necesariamente aceptable. La historia de España y América, escrita y dirigida por Vicens Vives, en el volumen V, página 121, dice:” Desde los albores del siglo VI, la Iglesia había vivido íntimamente vinculada al pueblo. Se consideraba su representante ante el Estado. La Reconquista y la Contrareforma habían acabado de remachar tales vínculos, de modo que en toda actuación popular conformista o inconformista hallamos teóricos y activistas eclesiásticos. En 1.834 y 35 este idilio puede considerarse terminado.”
La nobleza, por su parte, en no pocos casos depauperada y arrinconada en el proceso del desarrollo económico, al tener sus propiedades vinculadas, es decir, privadas de derecho de enajenación, verá con simpatía muchas de las reformas que hace la burguesía, en particular las leyes de desamortización que les permite vender sus tierras y entrar en el juego económico. Además, ve con agrado a sus vástagos casarse con hijos de los burgueses adinerados que aportan lo que más le falta a la nobleza: recursos económicos.
Pero al final, la nobleza pierde no solamente sus privilegios sino también su prestigio propio, ajeno al sistema capitalista, por aparecer ante la sociedad con una imagen difícil de distinguir de la del burgués. La opinión pública los asimila al grupo dominante, represor y egoísta.

La desamortización y la metodología
política de la burguesía
La Desamortización fue en realidad un proceso cuya fase inicial se sitúa alrededor de 1834. Tuvo varias metas: La primera era la de financiar el déficit público debido en gran parte a la primera guerra carlista. La segunda a atraer esa nobleza rompiendo o suprimiendo la vinculación de los mayorazgos, y así permitirle vender sus bienes para integrarse en la vida económica del país. La tercera, controlar el clero, sustituyendo los bienes en manos muertas, vinculados a servicios educacionales hospitalarios o sociales, por una renta estatal dependiente por tanto del poder político. Y la cuarta, desarmar los municipios y las colectividades locales, cuyos bienes comunes eran el único recurso de los más pobres, con el mismo procedimiento.
Así, con la Desamortización, las viejas estructuras locales estaban definitivamente desbaratadas por estar apartadas del reparto del botín. Se enriqueció más la burguesía, ya rica, y se vinculó a la nueva dinastía isabelina, viendo en una posible contrarevolución carlista una amenaza seria para la seguridad económica de sus recién adquiridos privilegios económicos. En la carta que acompaña al proyecto de ley de desamortización en 1.836, en plena guerra carlista, Mendizábal escribe a la reina Isabel en los términos siguientes: “se funda en la alta idea de crear una copiosa familia de propietarios, cuya existencia se apoye principalmente en el triunfo completo de nuestras actuales instituciones.” En resumen, la desamortización permitió al gobierno isabelino financiar la lucha contra los carlistas en la primera guerra, absorber a la nobleza y potenciar la nueva burguesía.
Con la llegada al poder del sector más adinerado de la sociedad burguesa se agudizan las luchas sociales -campesinas y obreras-, consideradas por los vencedores como acciones criminales. Pero obnubilada por sus éxitos económicos, la clase dirigente no se percató de que se estaban fraguando los instrumentos de su propia destrucción. La lista de los conflictos, sublevaciones campesinas u obreras es larguísima, y se forma un nuevo instrumento totalmente ajeno a la ideología y visión del mundo burgués. Los sindicatos de clase y los partidos de masas.

La Revolución Proletaria, los Sindicatos
y los Partidos de Masas
Ambos son instrumentos profundamente revolucionarios, aunque pueden ser pacíficos según el nivel de libertad concedida en el diálogo por la clase dirigente, o arrancado a partir de la presión ejercida por la clase trabajadora. Ambos se desarrollarán como antídoto al capitalismo salvaje y al parlamentarismo hueco que sirve de pretexto a la burguesía decimonónica. No nacieron ni se desarrollaron en contra del Antiguo Régimen como el movimiento burgués; se desarrollarán tanto en contra de éste mismo, como en contra de la explotación capitalista y por la conquista de las grandes libertades humanas.
Pero de todos sus adversarios, el más evidente no fue la nobleza, ni siquiera la burguesía; fue la misma Iglesia.
Si bien es verdad que hubo también muchos movimientos obreros inspiración cristiana, el papel de la Iglesia como cuerpo social, sobre todo el de su jerarquía, aparecía tan íntimamente vinculado al sistema opresor que se transformó en el blanco predilecto de las izquierdas populares. Claro está que las ideologías de izquierda, especialmente las marxistas, eran materialistas, pero el odio contra el clero y la religión, por injusto que haya sido, no era debido a la ideología solamente sino a su imagen, de traidora a sus principios e instrumento de represión al lado del poder burgués.
A partir del fracaso de la tercera derrota carlista, en 1.876 va a desarrollarse una nueva forma de partidos políticos, revolucionarios unos, reformistas otros, pero que al igual que el vencido Partido Carlista van a tener una organización profundamente popular.
Los partidos políticos de masas serán organizaciones militantes radicalmente diferentes de los partidos políticos burgueses. Aquellos eran partidos de minorías selectas, de clubes, sin otra estructura que una vaga organización electoral. Su terreno era el sistema de voto censitario. Pero más o menos se necesitaba en un sistema que limitaba el país político, inicialmente por lo menos, a unos 30.000 ciudadanos suficientemente adinerados para poder ser electores y aún más adinerados para poder ser elegidos.
Los partidos de masas crecieron así en contra del mismo sistema burgués desde dentro del sistema parlamentario y para la conquista del poder. Sus afiliados no eran electores solamente; eran militantes. Las bases sociales eran corrientes comprometidas con una ideología y un proyecto de sociedad.
Los sindicatos, por su parte serán revolucionarios unos; otros, partidarios del sistema parlamentario. Los hay, por fin, que enfocan sus luchas laborales simplemente en el sentido reivindicativo. Los pocos sindicatos cristianos que aparecen son llamados ” amarillos “. Se les acusa por su prudencia de pactistas, asustados por la Iglesia, por la revolución, por el marxismo y por el anarquismo. Los Sindicatos Libres fueron fundados inicialmente por los carlistas y fueron de los pocos que se enfrentaron con la realidad desde la vertiente cristiana, sin miedo, antes de ser luego eliminados y manipulados por la acción conjunta de la Iglesia, de las izquierdas y, sobre todo, del poder. Todas estas fuerzas estaban temerosas de su posible éxito. Para la Iglesia de entonces no se podía ser cristiano y revolucionario. Para las izquierdas no se podía cristiano y luchador obrero. Y para el poder establecido no se podía ser carlista.

El ejército
Junto a las transformaciones sociales del siglo XIX aparece una nueva fuerza, cuyo papel político era totalmente impensable en el siglo XVIII: El ejército.
El ejército español es original en su evolución. Las sucesivas guerras carlistas, las expediciones de África, los repetidos fracasos gubernamentales, la represión de las sublevaciones populares implican continuamente al ejército en una función política. Es a la vez criticado por su excesivo costo, por sus represiones contra el Carlismo y los movimientos obreros y por su golpismo. Marginado, acaba el ejercito en una reacción de autodefensa, por considerarse como un cuerpo aparte de la sociedad, como “la iglesia de la patria”, principal defensor de la unidad nacional y de la convivencia en el país.
Por necesidad o ambición de cuerpo, cuando no personal, el ejército se constituye en un Estado dentro del Estado. Con su visión mesiánica de salvación de la patria y desprecio de los movimientos políticos ve en cada nuevo golpe su salvación y la de España. Así, la salvación de España pasa por el ejército como ” único intérprete de la voluntad popular “.

La monarquía: pretexto o instrumental
No siempre con justicia se ha acusado a los monarcas liberales de los defectos de su época. En realidad fueron no pocas veces tanto víctimas como causantes de los desórdenes de los pronunciamientos, de los conflictos sociales, de las guerras civiles y de las guerras carlistas mismas. En efecto, la monarquía isabelina y luego alfonsina era en gran parte una monarquía pretexto, una monarquía instrumental. El verdadero monarca de la sociedad era la nueva clase burguesa adinerada. Su verdadero sistema político hubiera tenido que ser desde el principio la República. El monarca y la Monarquía en sí misma sobraban, pero en aquel entonces pocos países concebían la República como un sistema viable. La Monarquía era, en sí, una necesidad psicológica para los pueblos y para quienes los dominaban, en este caso la burguesía.
Las viejas monarquías, por su tradición arbitral, tenían un profundo arraigo popular. Sus relaciones con el pueblo eran a menudo tormentosas, pero de una u otra forma la Monarquía era la institución que ” templaba las gaitas” entre los diversos poderes sociales. Convenía a la burguesía que las nuevas monarquías fuesen parecidas a las antiguas, salvo en esta función arbitral; tenía que estar en exclusiva al servicio de una sola clase, la burguesa. Debía parecerse a la antigua para satisfacer a la nobleza. Debía de ser confesional para recibir el respaldo de la Iglesia institucional y conseguir su apoyo; debía de desarrollar la cultura para el progreso de las ideas y satisfacer así a la burguesía culta, pero convenía que no tuviera arraigo popular. Así, el prestigio histórico y humano de las viejas monarquías o dinastías serviría de tutor, de protección, de biombo incluso detrás del cual se movería el nuevo soberano social. Las nuevas dinastías serían instrumentales. Convenía que tuviesen todo el brillo de las antiguas, incluso la popularidad, pero no el arraigo popular, cosa muy distinta. La mejor ilustración de este arraigo popular es la capacidad de la dinastía carlista, que sí lo tenía, de movilizar por cuatro veces al Carlismo para unas guerras, fuera de toda legalidad, sin ningún dinero y en contra del apoyo estatal. En la tercera contienda se evidencia aún más la diferencia entre la popularidad que tuvo la monarquía alfonsina con Alfonso XIII al frente y el arraigo popular que no tuvo. ¿Dónde estuvieron los defensores de la monarquía liberal solamente 10 años después de caer la monarquía? ¿Cuál fue su participación en la guerra? En frase de Abraham Lincoln,” es posible engañar a parte del pueblo todo el tiempo, o a todo el pueblo parte del tiempo, pero es imposible engañar a todo el pueblo todo el tiempo “. La caída de la monarquía burguesa marca así el final del intento por parte de la burguesía económica de engañar a todo el pueblo todo el tiempo, pero fue un final dramático.
La guerra civil, que culmina el proceso, es el conflicto final entre la burguesía y su expresión de clase y el pueblo con su entrega a un ideal y su violencia propia. Era evidente en 1936 que esta revolución tenía que ser violenta y no pacífica. Las fuerzas contrarrevolucionarias se estaban organizando. El fascismo en Italia había resuelto el problema del orden público y del desarrollo económico, en base a la represión, y se les ha antojaba a muchos que también en España podía oponerse al empuje revolucionario de los movimientos de izquierda. El hitlerismo lo había conseguido en Alemania de la misma manera. En Francia había amañado el empuje revolucionario y se buscaban en el mundo político parlamentario unas soluciones pactadas. Portugal, por su parte, había logrado con Salazar más o menos una solución de orden también aparentemente pacífica.
Las izquierdas en España debían optar entre volver al sistema anterior odiado, o hacer frente al autoritarismo naciente.
El Frente Popular no tenía en realidad otra meta que ser la alternativa revolucionaria y la apertura de las compuertas para aquellas fuerzas capaces de arrasar el pasado y engendrar un mundo nuevo. Les parecía que retrasar este momento era condenarse a sufrir la violencia del otro bando. Para ello era evidentemente indispensable la previa unión de las izquierdas y esto era lo que pretendía el Frente Popular. Pero era no menos evidente que el golpe de fuerza, la dictadura de la izquierda era probablemente indispensable, ya que la II República había fracasado en el intento pacífico por culpa de las derechas. Por otra parte, como hemos visto ya, el hecho mismo de la unión de las izquierdas en un frente común hacía inviable una república, y por lo tanto una solución parlamentaria. En todo esto ¿qué paso con el Carlismo?

El Carlismo
Perdidas las tres guerras carlistas, la de 1833 a 1836, la de los Matiners en 1846-1849, y luego la de 1872 a 1876, el Carlismo ya había sido dado por muerto tres veces. Pero el Carlismo había sobrevivido en el corazón de muchos hombres en las principales provincias españolas. Por dos motivos: el primero era su adhesión dinástica que, de generación en generación, permitía una continuidad histórica, mientras permanecía una autoridad moral que jamás había desaparecido. El segundo, que está vinculación histórica era profundamente popular. No era una vaga simpatía o una popularidad electoral momentánea en torno a un líder político. Era una vinculación a una dinastía que representaba una concepción de la sociedad, amparo de la dignidad humana individual, y de la dignidad colectiva de los pueblos, atenta al valor de los estamentos intermedios entre el hombre y el Estado. Era una doctrina o una filosofía política marcada por el cristianismo, profundamente ligada al concepto comunitario de una sociedad.
Por ello no se pudo entender nunca con la burguesía del Estado nuevo, profundamente individualista, socialmente egoísta y sostenedora de cualquier poder establecido, con tal que no fuera anticlerical para no enfrentarse a la Iglesia, cuyo apoyo necesitaba, ni anticapitalista, por supuesto, pues del mismo capitalismo exacerbado obtenía sus privilegios.
Pero los conceptos de libertades forales o sindicales o de partidos políticos populares, sobre todo cuando eran capaces de movilización popular militar, eran peligrosos. Rompían la “unidad nacional” por reconocer que entre el Estado y el ciudadano podía haber organizaciones intermedias territoriales (forales), o sociales (sindicales), o ideológicas (partidos de masas), o revolucionarias (capaces de sublevación en armas).
El Carlismo tenía todas estas potencialidades; por ello fue el principal blanco del poder burgués por una parte y hubo siempre una vinculación popular profunda entre dinastía y el pueblo carlista por otra. Las luchas carlistas no eran solamente luchas dinásticas, aunque se presentaran como tales. Eran, además, ideológicas. Buscaban una concepción del poder totalmente diferente de la que tenían los movimientos liberales. No era un problema de programa de gobierno ni tampoco de legitimidad histórica, era un problema de proyecto de sociedad. De la misma manera que la monarquía liberal era el instrumento de la revolución burguesa y de la concepción individualista de la sociedad, la monarquía carlista era una concepción societaria de la sociedad.
Tan clara era en la opinión pública la diferencia entre la concepción carlista del poder y la liberal que cuando se hablaba de los partidarios de una u otra opción se llamaban por su hombre a los ” carlistas “, mientras que se llamaban a los partidarios de la dinastía liberal los “monárquicos”. En otras palabras, para el carlista la monarquía no era simplemente una forma de gobierno. Se podría incluso decir que siendo dinásticos, al límite no eran monárquicos, o dicho de otra manera, el lazo entre el carlista y su dinastía no tenía como meta una “forma de gobierno” sino un concepto de sociedad y este vínculo, que no se había roto en todo un siglo, era aún vigente en 1936.

El Carlismo en 1936, la sucesión dinástica
y el integrismo
Una de las grandes dificultades que encontró el Carlismo en el primer tercio del siglo XX fue el problema de la sucesión. Don Alfonso Carlos, hermano de Carlos VII y antiguo comandante de los ejércitos carlistas en Cataluña, busca angustiosamente a un miembro de la dinastía que pueda asumir la responsabilidad de Carlismo. Su angustia crece sobre todo con la conciencia que tenía de la posible dramática evolución de la situación en España. A la muerte de Don Jaime pide a nuestro padre que acepte la regencia del Carlismo, sin que esto le privara de sus derechos a la sucesión. Nuestro padre aceptó con una sola condición: que en el futuro se realizara por un procedimiento democrático la confirmación de la sucesión. Empezó la preparación del Carlismo junto a don Alfonso Carlos por lo que, ya preveía, iba a ser una guerra civil. El esfuerzo organizativo lo hace en este sentido, convencido de que había que prepararse para lo peor y que el Carlismo tenía que actuar e intentar mediar, en lo posible, en el conflicto. Sería necesario el uso de la fuerza; por ello todo se centró en la preparación de una organización militar y en el armamento de aquella fuerza.
Pero quien ostentó hasta el mismo comienzo de la guerra la responsabilidad del Carlismo fue don Alfonso Carlos. En la tormenta que se avecinaba, D. Alfonso Carlos temía más la impotencia militar del Carlismo para participar en una contienda inevitable que su poca preparación política. Esto explica su debilidad. Su percepción de la inevitabilidad del conflicto llega al máximo con las actividades antirreligiosas y anticlericales de la República. Se incrementó aún más con el Frente Popular, al ver que entonces los dos campos se hacen irreconciliables, y se le aparece una victoria de las izquierdas como el preludio a una sovietización de España. Era un hombre profundamente religioso y amante de las libertades individuales y sociales y todas le parecían estar en peligro con una victoria de las izquierdas. Ve “un todo o nada”; o se ganaba la futura contienda y habría esperanza, o se perdía y se caía en la dictadura soviética. Esta visión, que era además la de amplios sectores españoles, hizo que aceptara la vuelta al Carlismo de los sectores integristas expulsados del mismo al final del siglo XIX por su hermano Carlos VII; expulsión que luego fue confirmada por Don Jaime. Pero fue un error de don Alfonso Carlos.

El Integrismo
Mi tío don Alfonso Carlos discrepaba en esto de mi padre e incluso de su esposa Doña María de las Nieves, que verán con sospecha entrar en los mandos del Partido Carlista a hombres cuyas metas políticas eran distintas, cuando no opuestas, a las del Carlismo. Don Alfonso Carlos tenía flexibilidad en la táctica pero no tenía ductilidad en el análisis de las situaciones. La meta era preparar una guerra. Para una guerra todo hombre vale. Todos los voluntarios son aceptados. Fue un error, porque la guerra es un acto político. La meta de toda guerra es política, y los integristas lo verán así. La guerra que se acercaba era para ellos la ocasión de una revancha de sus ideales sobre los del Carlismo. Y veremos cómo no dudarán algunos de sus representantes en traicionar al Carlismo desde el principio del alzamiento. Pero los textos de los autores de este libro son suficientemente ilustrativos para que no sea necesario extenderse ahora sobre este aspecto.
Tengo que hacer aquí una salvedad para un hombre extraordinario por su valentía y honestidad, que provenía del integrismo, pero fue en todo momento lo que se podía esperar de un organizador, un líder político y un gran cristiano. Su nombre era Manuel Fal Conde que, en contra de muchos de sus amigos de antes, sirvió al Carlismo con toda honestidad y generosidad. Y se puede decir que el error de don Alfonso Carlos fue en parte compensado en el campo de la acción por su acierto en nombrar a Fal Conde jefe delegado suyo en España. Su incansable labor hizo de él el más eficaz colaborador, primero de don Alfonso Carlos y luego de nuestro padre. Quiero testimoniar que para él nunca tuvo mi padre más que palabras de admiración y aprecio. En el campo político, el error de Don Alfonso Carlos será compensado por la visión futurista de mi padre, que fija para el Carlismo un ” después de la guerra”.

La marginación del Carlismo
Si el Carlismo fue la pieza clave del alzamiento, ¿Cómo es que a los tres meses de empezar la guerra y ya con éxitos militares espectaculares pudo ser marginado? A decir verdad, todos los factores políticos jugaron en su contra. Ni la democracia cristiana, que era republicana, ni los sectores alfonsinos que por supuesto eran monárquicos y querían restablecer la Monarquía de Alfonso XIII, ni Falange Española, que era fascista, tenían interés en el Carlismo o, mejor dicho, tenían un gran interés en que el Carlismo desapareciera. Franco en persona mantenía íntimamente una fidelidad a la Monarquía de Alfonso XIII, y también Inglaterra, que deseaba la restauración en la Monarquía en la persona de Alfonso XIII por su vinculación familiar con la familia real inglesa, le apoyaba. Pero Franco habían logrado establecer contactos con el régimen de Mussolini y, a través de éste, con Hitler. Ambos estaban interesados en una victoria del campo nacional en España, que les daba una indudable patente de solución política europea, ya que el hitlerismo aparecía entonces como una copia de su sistema fascista. Hitler tenía los mismos motivos políticos que Mussolini. Además España representaba un campo de experimentación para su nueva fuerza aérea y su arma blindada. Pero Hitler y Mussolini tenían también un evidente interés en que se eliminará el Carlismo, dirigido por un príncipe que había luchado contra Alemania en la Primera Guerra Mundial y no había ocultado su actitud totalmente opuesta al nazismo, que consideraba junto al comunismo como el mayor peligro del mundo occidental.
Franco se dio cuenta de que si lograba unificar todos los grupos políticos del campo nacional podía construir un poder único totalitario. Por ello, promulgo el Decreto de Unificación, y suprimió todo los partidos políticos y organizaciones del campo nacional. Este mismo decreto serviría además para someter el Carlismo o para eliminarlo.
Así, el Carlismo aislado políticamente desde el planteamiento internacional de Inglaterra, de Alemania y de Italia, podía ser tranquilamente destruido. Tenía que pasar por el aro de aceptar el Decreto de Unificación y por ende el sistema fascista. Todos los partidos políticos del campo nacional lo aceptaban, salvo uno, precisamente el Partido Carlista. Fue una sorpresa para Franco y su reacción inmediata fue intentar suprimir el Carlismo. El aplastamiento del Partido Carlista se hizo desde el planteamiento político con el destierro, empezando por mi padre, o la cárcel, de jefes influyentes y fieles a nuestro padre, y en lo militar con el nombramiento, siempre que fuera posible, al frente de los Tercios de Requetés, de oficiales del ejército nacional que no tuviesen origen carlista.
La posibilidad de que el Carlismo se retirase de la guerra era evidentemente excluida. El Carlismo no había ido a la guerra para conseguir sus metas históricas sino para realizar un servicio a España. El que se retirase el Partido Carlista y los cincuenta Tercios que en luchaban en el frente de la contienda a los tres meses de iniciarse el conflicto hubiese significado el derrumbamiento del frente nacional. El Carlismo prefirió el sacrificio gratuito y salvarse como fuerza beligerante para el futuro. Su permanencia en la guerra seguramente fue la clave para la victoria del campo nacional. Sin él la victoria hubiera sido imposible y Franco lo reconocía así, pero también quedó muy claro que los requetés no morían por este sistema que odiaban y creían pasajero.
Es interesante constatar a posteriori que con la aceptación del Decreto de Unificación se suicidaron todos los partidos o movimientos del campo nacional. ¿Qué quedó de ellos cuarenta años más tarde? Ni siquiera la Democracia Cristiana, el más grande de todos los partidos de la preguerra logró levantar cabeza.
El rebelde al franquismo, el machacado por el Régimen, se salvo con su personalidad y sus ideales, y logró en parte sus fines cuarenta años más tarde, en particular por el proceso autonómico y las libertades políticas, gracias a mi padre y a los que lucharon entonces junto a él, y luego junto a mí y a nuestros militantes. Así llega el Carlismo al final de la guerra como un gran vencido en el campo del vencedor, pero el vencido que no se rindió a Franco fue aplastado por él, y por eso pudo sobrevivir al régimen. Tal fue la saña contra el Carlismo que, incluso con la llegada de la Monarquía a la muerte del dictador, el único partido que no se legalizó, y sólo lo fue pasadas las primeras elecciones, fue el Carlista.
Juntos, pudimos preparar y llevar a cabo la lenta gestación de la transición democrática. Pero no se acaba aquí el papel del Carlismo. Permanece latente con sus propuestas políticas y sociales, con su capacidad de animación a nivel social, porque en su tiempo, y gracias a mi padre, no renunció al futuro.

El Carlismo y el futuro
Había encima de la mesa tres fotos de Burgos, y se podía ver que estaban tomadas desde el mismo lugar, con la catedral al fondo y la avenida que conducía hasta ella, en tres épocas distintas:1900, con carros de caballo y señoras tocadas con grandes sombreros y vestidos largos; 1930, ya aparecen algunos automóviles de aquella época y las señoras visten más corto; 1970, con automóviles más modernos y con vestidos aún más cortos. Las fotos parecen algo pasadas de moda. ¿Qué es lo más moderno?, me preguntó el hombre que había puesto las fotos sobre la mesa. Equivocado por el término y confundiendo la palabra moderno con el sentido cronológico del tiempo, pensé que era la última foto, porque era la más próxima al momento actual. “Las tres fotos son igualmente modernas “, dijo este hombre. Lo que es viejo y pasado de moda son los vestidos y los coches. Pero en las tres fotos hay algo moderno, la catedral. No había pasado ni pasaría de moda. Así, hay en la vida de los pueblos valores que no pasan de moda porque son siempre actuales. Pero antes de ver cómo el Carlismo representa estos valores, echaremos una mirada al presente y el futuro del mundo.

El futuro
El mundo va hacia la unidad a marcha forzada por una urgente necesidad. No podemos permitirnos el lujo de una guerra nuclear ni bacteriológica. El peligro radical que pesa sobre la humanidad y los conflictos que se dejan entrever imponen un mecanismo político arbitral y un monopolio de la fuerza por un poder político. Un poder promotor, además, de la justicia intercomunitaría y del desarrollo armónico como condición de paz general. No existe paz sin justicia, por imperfecta que sea. Sin justicia o progreso hacia ella puede haber orden público pero no paz. Lo que busca el hombre es otro orden, el que le dé los dos bienes que todos ansían: la justicia y la libertad. La problemática, por ello, no es Monarquía o República como formas de poder, sino como la ha planteado el Carlismo en más de siglo y medio: el contenido de poder que debería tener en este Estado mundial cuya constitución vemos como necesaria.
La necesidad evidente de resolución de conflictos, del desarrollo económico coherente, de transferencia de riquezas, de justicia internacional, nos lleva a la fuerza a considerar unas necesidades subyacentes, ¿Qué contenido de gobierno tendrá el nuevo “gobierno mundial” cuando exista? No hay en realidad planteamiento macropolítico sin consideración de una base micropolítica. Por ello conviene empezar por está o por las realidades nacionales actuales, antes de considerar el planteamiento macropolítico que abarque la visión del futuro a nivel mundial.
La dinámica occidental muestra en el seno de los Estados nacionales desarrollados una lenta pero profunda evolución hacia la desaparición de la tensión dialéctica entre derecha e izquierda. La sociedad sin clases pierde parte de su capacidad revolucionaria que había heredado de la revolución burguesa. Simultáneamente los sindicatos pierden también su garra revolucionaria dialéctica, por haber desaparecido su base sociológica. Hoy en día no hay en el mundo occidental un sindicato revolucionario, todos son sindicatos de colaboración de clase que en el siglo pasado o al principio de éste se hubieran tachado de amarillos. El resultado es que se desdibujan los antiguos partidos de masas populares. Es casi imposible distinguirlos hoy de los partidos de cuadros conservadores. Los dos tienen un aparato de partido de masas pero su filosofía es de partido conservador cada vez marcado no por la lucha de ideas sino por la simple lucha electoral. El resultado es que los programas políticos de ambos se pueden incluso considerar intercambiables. Cada partido intenta ganarse el centro donde los electores indecisos del otro campo se pueden conquistar.
La característica de estos sistemas es que la sociedad vive entregada a una constante crítica y al desprecio de “los políticos” por sus promesas incumplidas, por sus programas incomprensibles y por la manipulación de la opinión pública. La opinión pública se ve a sí misma víctima, o se cree tal, de un fraude general que no logra a analizar. Además, la llamada partitocracia, es decir, la invasión por parte de los partidos de todos los aspectos de la vida ciudadana, agrava esta percepción. El municipio, la comarca, las autonomías, los sindicatos, la administración pública, todos parecen regirse por la organización de estos partidos, que aparecen como simples máquinas electorales al servicio de las ambiciones políticas de unos pocos. Así, el partido político, el aparato moderno más poderoso de la democracia, el que ha permitido los avances sociales más espectaculares hacía la justicia y políticos hacia la libertad, está ya en crisis.
Ha logrado superar la revolución burguesa y la revolución proletaria, ahorrando al mundo occidental muchos traumas y permitiendo que se abra en todos los países, incluso en los más lejanos o atrasados, una esperanza de progreso hacia el respeto de las personas, el progreso de las libertades y el desarrollo económico pacífico.
Pero hoy los partidos políticos criticados en su propia cuna occidental, y despreciados, no parecen ser portadores de esta esperanza. Sobreviven porque no existe otra alternativa para organizar un debate político o una decisión política. A nivel mundial, es muy posible que el sistema de partidos que conocemos no sea tampoco válido. En otras palabras, las diferencias culturales, económicas, históricas hacen un sistema de partido político a nivel mundial inadecuado para representar un conglomerado de más de 125 países. Es probable, además que lo que vale en unos sistemas de cultura occidental no sea válido en otros. El gran resurgir en algunos países del sentimiento nacional beligerante puede invalidar el sistema occidental a la hora de representar al conjunto de las naciones. Las Naciones Unidas son un primer intento de crear una República Mundial, una República que curiosamente tendrá probablemente algo del contenido de las viejas monarquías, al necesitar un poder arbitral que equilibre un gobierno nacional universal. La evolución de la unidad mundial pasará probablemente por un sistema federal. La imposibilidad de reducir a una representación de pocos partido unas realidades humanas tan diversas hace problemática al nivel macropolítico la constitución de un Estado-Nación mundial.
Sí volvemos al nivel de los Estados nacionales, vemos también renacer, a la sombra de la crítica de los partidos políticos actuales, la necesidad de reconstruir ó simplemente respetar unas realidades históricas para dar respuesta a lo que tanto anhela el hombre moderno: el pertenecer a una comunidad. El ser de un pueblo, de una ciudad, de una región o de una nación no es actualmente más que un atributo geográfico que se añade al carné de identidad. Lo que anhela el hombre moderno masificado y bien organizado por la sociedad impersonal, burocrática y paternalista es ser parte de una comunidad, tener algo que decir en ella. Pero este pertenecer no es sólo una pertenencia administrativa; es de algún modo exactamente lo opuesto. Es el hacer que estos pueblos, ciudades, Estados, sean propios y tengan propiedad de estos bienes comunes, por ser responsables de ellos. Lo mismo podemos decir de las organizaciones políticas o partidos; si son tan criticados, se debe en gran parte a que no son “de” los ciudadanos sino “para” los ciudadanos. Así, el hombre moderno está cada vez más deseoso de ser algo más que un buen administrado; la evolución de empresas, de los sistemas educacionales o culturales, incluso de los ejércitos y de los organismos religiosos, va exactamente en este sentido: buscar cómo hacer participar a sus miembros en sus comunidades respectivas. Cómo ser activo y creativo en el organismo social.
El hombre moderno busca cómo compaginar una libertad creadora con una sociedad protectora, sabe que tiene que escoger entre la pasividad de la decadencia o la actividad del crecimiento, sobre todo en un mundo marcado, a nivel continental, por tremendas injusticias.
No es casual que, incluso en las empresas modernas, el cargo de jefe de personal se considere el más importante de todos. La empresa capitalista ha comprendido, antes quizás que otras instituciones, que sin la participación, comprensión, adhesión y colaboración de sus empleados no puede haber éxito duradero.
Frente a la sociedad del bienestar pasiva nacen por todas partes las corrientes del bienestar humano activo, responsable, creador, consciente de su responsabilidad mundial, y por ello mismo seguramente la nueva sociedad sin clase, llega a lo que el Carlismo ha defendido desde hace más de siglo y medio: un pueblo que con una dinastía comprometida al frente ha intentado servir a la sociedad en la que crear un nuevo mundo de comunidad de comunidades.

CONCLUSIÓN
¿Qué forma de gobierno?
La problemática política en cuanto al futuro se refiere tanto a la monarquía o la república como forma de gobierno como al contenido de gobiernos que tendrán dimensiones y responsabilidades mundiales.
El sentido de nuestra lucha secular es así referido mucho más al contenido de un gobierno que a su forma. Y lo que ha motivado este largo empeño histórico, rubricado por guerras civiles no era sólo el reclamo de una legitimidad dinástica sino la razón última de la legitimidad de un poder soberano en el ejercicio de su función.
A nivel mundial, tanto la urgencia de resolver los conflictos en curso, de organizar un desarrollo económico coherente y la transferencia de riquezas, como la justicia internacional, nos lleva a analizar los requerimientos necesarios para el funcionamiento de un gobierno de esta índole. Y no podemos hablar de las categorías de lo macropolítico si no nos acercamos antes a la organización que rige el Estado moderno a nivel micropolítico.

Evolución del Estado Moderno
La dinámica que conduce al Estado-Nación del mundo altamente desarrollado pone en evidencia la progresiva pero ineludible desaparición de muchas de las características que presidieron su desarrollo. En efecto, el Estado-Nación era fundamentalmente a su vez el resultado de la inevitable desaparición de las estructuras de poder que caracterizan la Edad Media. La Revolución Francesa inventa el concepto de nación. Desbarata así estructuras que, andando el tiempo, se habían transformado en privilegios inútiles.
Al tiempo, divide el espacio político entre el Estado por una parte, y el ciudadano por otra. Desaparecen así los cuerpos intermedios. He aquí la lógica que presidió al nacimiento del Estado Moderno.
La consecuencia fue el lento e inevitable crecimiento de un poder cuyo basamento era el dinero, y su resultado las luchas de clases, las guerras civiles y las guerras mundiales. Al tiempo nacen estructuras políticas nuevas: son los partidos políticos, los sindicatos y hasta cierto punto los entes de gobierno regional para poder responder a la problemática de la gestión a nivel local por una parte, y de la lucha de clases por otra. De hecho, han permitido, al menos, su progresivo desdibujamiento.
Hoy la sociedad está estructurada según un esquema que no muestra clara diferenciación de clases, y de esta manera ha ido perdiendo su pulso revolucionario, al perder gran parte de su base proletaria. Los sindicatos han corrido la misma suerte y por las mismas razones. Los antaño partidos de masas apenas se pueden diferenciar actualmente de los partidos conservadores. Ambos apuntan a un mundo alejado de la perspectiva de la lucha de clases o de la consecución de un ideal, y su realidad cotidiana se cifra en el proceso electoral propiamente dicho. Finalmente, sus programas políticos son casi susceptibles de ser intercambiados.
La crisis arranca también del resurgimiento de la voluntad autonómica, tanto a nivel municipal como regional, y el reclamó se proyectará mañana a nivel continental. En efecto, el Estado-Nación ya no puede recabar la adhesión de los ciudadanos desde el momento en que su propia dimensión le hace perder el contacto con su base, que es la condición de su marchamo democrático. Es lo que hace al Estado-Nación capaz de tener una proyección continental o mundial.
A las razones referidas más arriba hay que añadir el que las culturas estén diferenciadas e impidan que se puedan identificar con el sistema regido por la cultura occidental. El Estado-Nación es una realidad del pasado. Y es así porque de la propia dinámica democrática deslegitima su monopolio del poder como única expresión legítima de la voluntad popular.

El Carlismo en su perspectiva del universalismo
La acción de nuestro padre al iniciar en 1964 la evolución del partido no obedecía sólo a motivaciones estrictamente españolas; también contemplaba una perspectiva más universal. Tenía puesta su fe en el Carlismo no sólo por su fidelidad dinástica sino también por su fidelidad a una trayectoria política donde el poder rector de la sociedad estaba basado en, y estrechamente conectado, con las comunidades históricas. En el caso del Carlismo, la referencia y poder moderador lo ostentaba el rey. Pero el rey no era para el Carlismo un mero símbolo, tampoco encabezaba una dictadura institucionalizada. El poder político se concebía como referencia que actuaba como garantía de la relación pacífica entre las comunidades por una parte, y por otra del funcionamiento democrático de éstas.
Para él era factible en España un régimen así, de corte federal, opuesto tanto a la dictadura como al centralismo. Sería una manera de promover la democratización de la sociedad toda, desarrollándose a partir de una gestión de base a manos de los sindicatos, los partidos y la Administración regional. El poder político arbitral haría del Estado federal una comunidad de comunidades. Sería la manera de resolver muchos de los problemas pendientes de nuestra sociedad y serviría de paradigma en la perspectiva futura de una sociedad mundial.
Mi padre había experimentado en su propia carne dos largas guerras mundiales y la más dramática y cruel contienda civil de la historia contemporánea europea. Pensaba que el Estado-Nación, burocrático y centralizado, era incapaz de resolver eficaz y democráticamente las tensiones y los conflictos internacionales. Creía que la propia globalización de los problemas imponía formas políticas capaces de enfrentarse a ellos de manera eficaz administrativamente, y satisfactoria humanamente, desde la exigencia participativa.
En su opinión, el valor formal de las estructuras democráticas no era suficiente. Aún era necesario que los mecanismos de la participación funcionaran, que permitieran llenar una democracia formal de contenido real y de vida, hacerla humana.
Naturalmente, la comunidad de naciones dependía en su configuración de las estructuras infrasoberanas de las naciones partícipes. Su visión comunitaria de Naciones Unidas estaba lejos de enmarcarse en la utopía de un gobierno mundial al frente de un Estado-Nación, amén de una gigantesca burocracia centralizada y de una democracia formal nada participativa.
En realidad su propuesta estaba inspirada en lo que el Carlismo anhelaba en su propio marco nacional. Un poder arbitral mundial (poco importa si monárquico o republicano) que garantizara la libertad de cada una de las naciones partícipes, capaz de eludir las guerras mediante un sistema de resolución de los conflictos.
Esta utopía pacifista y participativa de una sociedad de naciones organizada según un modelo federativo, respetuosa de las culturas, religiones y tradiciones históricas de cada una de ellas, en su afán de construir juntas la historia futura, descansa en una opción filosófica: ¿Cuál es la reivindicación fundamental del ser humano? La justicia como garante de la paz. Pero quiere también desplegar una libertad creativa en el marco de una sociedad que le ampare. Debe ser libre para optar y decidirse entre la pasividad que conduce a la decadencia o la capacidad creativa de inventar su destino.
El liderazgo de mi padre y la activa participación de los militantes de nuestro partido permitió que intentáramos para nuestra sociedad este progreso y avance desde su realidad histórica hacía una ideología de futuro, interesante para España. Interesante también de cara a la integración mundial venidera.
En conclusión, el Carlismo, la fuerza política con mayor capacidad de movilización popular que participó de una manera tan decisiva en la contienda civil, fue reprimido en el campo vencedor. Y del movimiento militar nació una dictadura fascista en todos los aspectos, no solamente opuesta a las libertades sino directamente anticarlista.
Si las metas del Carlismo histórico no pudieron llevarse a cabo, salvo en parte en lo referente al proceso autonómico, hay valores suyos que son hoy más que nunca modernos, como la búsqueda de una sociedad humanizada. Al hombre robotizado y encasillado en una burocracia, defraudado por partidos que son máquinas electorales, le propone una sociedad societaria donde pueda gozar de unos valores democráticos comunitarios. Hay valores que, como la catedral de Burgos, son siempre modernos porque son universales.
No eran otras las libertades forales, sindicales o empresariales. Una sociedad cristiana pero no clerical, una sociedad española pero no nacionalista, unas libertades políticas pero no simplemente partidistas, y por encima de ésta la construcción de abajo arriba de un poder arbitral y no arbitrario. En un mundo en fase de rápida unión podemos ver cómo el concepto societario, federativo y religioso del hombre cobra su entera y esperanzadora dimensión.
El gran drama histórico que vivió España con la guerra civil fue preludio al que viviría muy poco después el mundo con la Segunda Guerra Mundial. Desde niño he vivido y presenciado, fascinado, el papel de mi padre, inmerso en este drama, haciendo frente a su responsabilidad histórica. A lo largo de dos años, y en las más diversas circunstancias, no he dejado nunca de hablar de todo con él, volviendo una y otra vez sobre este tema difícil, doloroso y apasionante por todo lo que significaba. En más de una ocasión Josep Carles Clemente nos acompañaba en nuestras tertulias, tanto en París como en Arbonne, cerca de la frontera española, donde manteníamos el contacto con los militantes del Carlismo, después de nuestra expulsión por Franco en el 68 murmuraba al final de estas tertulias: “Un día tendré que escribir esta historia.”
Y lo ha hecho. Ha arrojado luz, junto a mi hermana María Teresa y Joaquín Cubero, sobre un fenómeno histórico apenas conocido, el papel del Carlismo en la preguerra y en la época posterior, ha arrojado luz sobre el hombre que mayor responsabilidad tuvo, aunque fuera una responsabilidad muy condicionada, en este proceso: mi padre. Lo hacen con una claridad y una objetividad que no impiden la pasión por la causa y el respeto por el que los Carlistas llaman su Viejo Rey.
Pienso, además, que era una obra necesaria para la memoria colectiva española y europea, y expreso aquí mi hondo agradecimiento a Josep Carles Clemente, este gran historiador del Carlismo y entrañable amigo, y a los demás autores. Les dejo, a él, a María Teresa y a Joaquín Cubero contar, con el apoyo de los textos de la época, lo que fue nuestra guerra civil y la trayectoria vital de mi padre.
Carlos Hugo de Borbón Parma