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martes, 23 de abril de 2013

Español, lee y difunde

Un hombre en pie: pensamiento de un carlista de Leiza
(Del blog de “El Brigante”)

El pasado Martes Santo, 26 de marzo de 2013, el ayuntamiento de Leiza acordó por mayoría absoluta (9 concejales –de la izquierda abertzale– sobre 11) retirar el nombramiento de hijo predilecto de Leiza a don Antonio Lizarza, carlista e hijo de la villa. Otro hijo de Leiza, el concejal Silvestre Zubitur, intervino valientemente en el pleno del consistorio en protesta contra esa cobarde decisión:


“Las revanchas son una forma triste de ajustar cuentas con el pasado. Es posible que retirar un reconocimiento honorífico a una persona que pensó de un modo distinto a los que hoy tienen el poder produzca satisfacción en los que mandan, pero eso no es nada en comparación con la decepción y dolorosa sensación de que las ideas callan cuando la fuerza se impone. Y si con actos así las ideas callan, las preguntas resuenan.

Por ejemplo,

¿Cómo pudo ser que un pueblo como Leiza, tan vasco y tan trabajador y popular, fuera durante la mayor parte de la época contemporánea un bastión del carlismo?

¿Cómo pudo ser que, hasta la aparición del nacionalismo, la inmensa mayoría de los leizarras, sencillos trabajadores y pequeños propietarios, fueran carlistas de corazón dispuestos al sacrificio por defender sus convicciones?

¿No habrá tenido nada que ver el carlismo en la preservación de la cultura vasca de Leiza?

¿Aquél viejo carlismo no sería una fuerza de defensa de las libertades populares frente al centralismo liberal invasor?

¿No habrá tenido el carlismo parte en la formación de una conciencia celosa, por los derechos de la gente, y una intolerante, frente a los abusos?

Pero no se detienen ahí las preguntas que durante demasiado tiempo se han querido prohibir a los hijos de Leiza y de muchos pueblos vascos:

¿Cómo podía ser que los carlistas leizarras amaran Euskal-herria como su patria y al mismo tiempo se emocionaran con el ideal de las Españas, sin encontrar contradicción en ello?

Quizás no hay contradicción ninguna entre Euskal-herria y las Españas.

Pero hay más,

¿No enseñaban los viejos carlistas a venerar las libertades populares que llamaban fuero y a defenderlas con la misma vida?

¿No tendremos que preguntarnos qué relación tendrá aquel viejo fuero con el deseo de verdaderas libertades para Euskal-herria?

También aquí se da una contradicción, de que los que hoy hablan de fuero han logrado la abolición de su esencia y quienes buscan otro “marco institucional” para los vascos, ignoran la hermosa raíz que el fuero tiene en esta tierra de Leiza.

Por último y más importante:

¿Cómo podía ser que aquellos vascos carlistas amaran a Dios sobre todas las cosas y se enorgullecieran de llevar una vida humilde y cristiana, desde la mañana hasta la noche, desde la infancia hasta la muerte?

¿Quizá no habrá ninguna incompatibilidad entre ser vasco y la religión?

O más aún, ¿es que no fue el amor a Dios lo principal que custodiaban aquellos vascos, españoles, carlistas y leizarras?

Dejadme decir que la verdad se defiende sola. Podremos ocultarla, podremos privar a las generaciones actuales de su derecho a conocerla, pero no podremos cambiarla. El carlismo en esta tierra no fue nunca planta trasplantada que necesitara aclimatarse: fue sencillamente el decantarse de una historia milenaria que aunaba amor a Dios, al prójimo, a la justicia y a la propia identidad vasca. Por eso mismo fue siempre integrador: Dios y patria, fueros y rey. Integrar, solidarizarse, vivir en permanente auzolan, sin otra exclusión que la mentira, que el odio y que el rencor.

Me podréis decir que deliro, que dibujo un panorama idílico e inexistente. No es verdad. La razón de ello es que no hablo de ninguna ideología (y podría extenderme en las mentiras que se han vertido sobre el carlismo, vinculándolo con enemigos históricos, como el fascismo), sino de un pueblo que tan sólo quiere construir su propia vida y defender las tradiciones que le han dado su identidad. Por supuesto, que entre los carlistas hubo de todo, pero no porque eran carlistas. En tanto que carlistas eran hijos del pueblo y de Dios y sus errores personales no ensombrecen ese glorioso empeño común.

Dejadme deciros una última cosa: vosotros queréis construir una patria con una ideología. Los carlistas nunca tuvimos una ideología, sino una patria que conservar, que merecer, que transmitir. Por eso, vosotros podéis haber visto en los carlistas de ayer y de hoy enemigos que no tienen cabida en vuestra patria soñada. Esa ventaja tenéis sobre nosotros: nosotros, sin embargo, os necesitamos, aunque vosotros creéis que no nos necesitéis, porque para reconstruir la patria, el pueblo, la vida en común no podríamos prescindir de nadie, porque todos estamos llamados a ayudarnos a vivir una vida más digna y más humana. Ésa es nuestra debilidad, pero ésa también es nuestra gloria.

Mi defensa de un hijo del pueblo no es una defensa personal ni partidista, es una llamada de atención, un recordatorio a unas cuantas preguntas que todavía se acallan.”


[Esta intervención fue acompañada de la lectura del siguiente “escrito en contra de la iniciativa del ayuntamiento de Leiza para la retirada del nombramiento de hijo adoptivo de Leiza de D. Antonio Lizarza”].


“En primer lugar diré que por la diferencia de edad no he conocido a D. Antonio aunque si conocí a su hermano D. Nazario, que vivía en Leiza, cuando nosotros éramos pequeños, y también a todos sus sobrinos, hijos de su hermano D. Rufino y los hijos de este y los nietos, pues son de mi edad y por último los biznietos que son de la edad de mis hijos. Lo que si, he tenido la oportunidad de conocer a dos de los hijos de D. Antonio, D. Javier y D. José Antonio con los cuales he mantenido y mantengo una gran amistad por su personalidad y fidelidad en todo momento y como representante de este ayuntamiento por el honor y la dignidad de todos ellos y con todo merecimiento quiero hacer esta defensa.

En segundo lugar diré que siempre me ha gustado escuchar a las personas mayores en sus tertulias y entre ellos hablaban muchísimo de D. Antonio y de lo que les ocurrió aquí y allá, pero tengo que reconocer que entre aquellas vivencias y a menudo estremecedoras, nunca escuche una conversación con el mínimo rencor hacia las personas que habían sido sus adversarios, al contrario la mayoría de aquellos hombres y mujeres supieron rehacer sus vidas pasando todos, toda clase de penurias, se respetaron y convivieron en adelante, dejando ejemplo para la posteridad.

A D. Antonio Lizarza el pueblo de leiza le nombró hijo adoptivo, y ahora el pueblo de Leiza le va a retirar. ¡Pobre Leiza como te han cambiado! Pero yo os diré que a D. Antonio Lizarza, jefe carlista en Navarra, que no era hijo adoptivo de Leiza, sino que natural de Leiza y a mucha honra para él y para muchos Leizarras, eso sí que no le vais a quitar porque cambiareis la historia pero nunca, nunca, nunca la realidad.

Y por todo ello también diré que esta iniciativa que habéis presentado no hace más que demostrarme que yo en algo estaba equivocado, pensaba que aquellas tertulias de nuestros mayores, aplacaban a toda persona que no quería que sus hijos pasaran por lo que ellos tuvieron que pasar, pero veo el rencor y el odio de otras personas siguen buscando el enfrentamiento.”

Silvestre Mª Zubitur




Cantando las verdades del barquero....en Leiza

Corre por la red la reciente intervención de Silvestre Zubitur, concejal del pueblo navarro de Leiza, en una reunión de dicho consistorio. Recuerdo que Leiza está en pleno territorio comanche, y como decía el mismísimo Capitán Palacios (el único y verdadero "embajador en el infierno") no es lo mismo defender ciertas ideas allí que hacerlo en una terraza de la calle Serrano frente a un par de cervezas.

Seas o no seas carlista, simpatices o detestes nuestras convicciones, no puedes dejar de leer el breve discurso. Es imposible extractarlo porque, como digo, no es muy largo y condensa magistralmente en pocas palabras cuatro o cinco grandes verdades. Simplemente destacaría este párrafo:

"Dejadme deciros una última cosa: vosotros queréis construir una patria con una ideología. Los carlistas nunca tuvimos una ideología, sino una patria que conservar, que merecer, que transmitir. Por eso, vosotros podéis haber visto en los carlistas de ayer y de hoy enemigos que no tienen cabida en vuestra patria soñada. Esa ventaja tenéis sobre nosotros: nosotros, sin embargo, os necesitamos, aunque vosotros creéis que no nos necesitéis, porque para reconstruir la patria, el pueblo, la vida en común no podríamos prescindir de nadie, porque todos estamos llamados a ayudarnos a vivir una vida más digna y más humana. Ésa es nuestra debilidad, pero ésa también es nuestra gloria."

viernes, 31 de agosto de 2012

Libro: Solución social (Thibon y Lovinfosse)


En un entorno de crisis de civilización como el actual, las propuestas sensatas, factibles y morales son más que bien recibidas. Es el caso de las medidas económicas que el filósofo francés Gustave Thibon y el empresario belga Henri Lovinfosse pusieron sobre la mesa a mediados del siglo XX en su obra “Solución Social”, que ahora edita la Fundación Fenareta.

Quizás sorprenda del libro su actualidad y vigencia, más de medio siglo después, ya que al leerlo uno piensa que se está hablando al hombre moderno, angustiado por la desesperanza del fracaso de las ideologías imperantes, y trata de darle salida mediante una solución digna de una sociedad libre. Es cierto que la obra viene condicionada por la coyuntura del momento, dominada por la amenaza comunista, pero no es menos cierto que, igualmente, señala las amenazas e inmoralidades de la ideología que trata de usurpar la libertad de mercado endiosando su caricatura. Pero la mayor sorpresa y virtud sea que las propuestas que se plantean, partiendo de un análisis certero de los errores de la economía y la estructura social, están listas para ser aplicadas inmediatamente. Es decir, no son elucubraciones teóricas alejadas de la realidad sino medidas concretas que (lo más importante) nacen de la formulación de principios claros y acordes con una visión integral de la persona como ser familiar y social.

La obra, que consta de dos partes, analiza en la primera mitad, con increíble lucidez, las contrariedades existentes en la sociedad y economía de nuestro tiempo, anunciando los principios sobre los que viran las medidas salariales, fiscales y aduaneras que a continuación ponen sobre la mesa. Frente al maniqueísmo que impregna la dinámica política y económica actuales (y en este pecado se cae tanto por el “lado” izquierdo como por el derecho) Thibon y Lovinfosse propugnan la natural convergencia de intereses en un entorno de libertad y responsabilidad. Las propuestas son concretas, factibles e inmediatamente aplicables: adaptación de los salarios a la productividad, especialmente por incremento de la misma; creación de organismos independientes con tribunales de apelación, que juzguen su aplicación; economía basada en el consumidor (y no en el consumo); redimensionamiento del estado, por un lado reduciendo su estructura y por otro fortaleciendo su papel como árbitro y mediador; la vuelta a un patrón monetario de valor fijo y universal; potenciación de pequeñas y medianas empresas donde se potencia la responsabilidad de empresarios y trabajadores; una política aduanera audaz en apostar por la justicia y el interés del consumidor; una reforma fiscal coherente y estable respecto de la renta nacional (con una presión fiscal mucho menor que la actual); la sustitución de los subsidios del paro por pequeños trabajos públicos y la obligatoriedad del pago de salarios íntegros durante los primeros días de paro en caso de despido, etc.

Por supuesto, estas reformas no se agotan con su enunciación pues, a juicio de los autores no se pretende "construir una ciudad ideal" y "no exige la destrucción de la ciudad actual como condición previa para la edificación futura. No pretendemos alterar bruscamente nada, no pretendemos quemar los puentes después de haber pasado". Pero, añado yo, es una apuesta valiente e inteligente por salvar a la sociedad actual de su destrucción por la vía de la esclavitud materialista.

Es, a mi juicio, una propuesta merecedora de prestar atención, sujeta a matices, reformas o adaptaciones, pero que constituye un interesante paso adelante. Por ello animo a su lectura, a su valoración y a su examen, y concluyo con una arenga y advertencia de sus autores, cuyo contenido comparto sin reservas:

"Nada es más contrario a los espiritual -y a sus exigencias de salvación total- que ese espiritualismo etéreo, tan frecuente sin embargo en los medios intelectuales y religiosos, que rehúye ponerse a prueba en el firme y áspero terreno de las realidades materiales. Es la tara -denunciada por Péguy- de esos idealistas que, prendados de una pureza imposible, no se contaminan las manos, porque no tienen manos."

miércoles, 22 de agosto de 2012

Juan Vázquez de Mella: El Verbo de la tradición

Patria
Sin el sentimiento común en el presente y en el pasado que junte en una unidad corazones y conciencias, no hay Patria. Unidad de creencias y autoridad inmutable que las custodien; sólo eso constituye naciones y enciende patriotismos. 

Patriotismo
Aquella España gloriosísima realizó empresas tales, que ellas solas, bastarían  para hacer la gloria de muchos pueblos...¡Ah! Si nos fijáramos en todos aquellos hombres, reyes, guerreros, descubridores, sabios, artistas..., parece que forman selvas, para abarcarlos es necesario mirarlos desde el cielo.
Ningún pueblo se ha levantado de su postración maldiciendo los días lejanos y grandes de su historia.

Tradición y progreso
El primer invento ha sido el primer progreso y el primer progreso, al trasmitirse a los demás, ha sido la primera tradición que empezaba.
El progreso individual no llega a ser social si la tradición no le recoge en sus brazos. Es la antorcha que se apaga tristemente al lanzar el primer resplandor, si la tradición no la recoge y la levanta para que pase de generación en generación, renovando en nuevos ambientes el resplandor de la llama.

Revolución
La historia del Pontificado no es, políticamente, otra cosa que un porfiado combate contra el cesarismo y una continua cruzada en favor de la libertad.
La Revolución hace astillas los tronos que tratan de salvarse, ofreciéndole, a cambio de su benevolencia, fragmentos de altar.

Cesarismo
Si es estable acaba siempre en feminismo y éste en una laguna de fango, primero, y en una laguna de sangre después.

La batalla
La verdad es que desde el Calvario acá, a pesar de todos los nombres, una sola batalla se riñe en el mundo: la que libran incesantemente el naturalismo pagano, de una parte, y el sobrenaturalismo cristiano de otra.
La tendencia que resume todos los esfuerzos de la ciencia atea de hoy puede formularse así: rebajar el hombre al nivel de la bestia y elevar la bestia al nivel del hombre.

Monarquía liberal
Las Monarquías parlamentarias son un puente para la República, y como sabemos que este género de Gobierno no evita la Revolución fiera; por que ellas comienzan por ser la personificación de la Revolución mansa, lo único que a lo más consiguen es aplazarla.

Partidos liberales
Los partidos doctrinarios y radicales de la Revolución no han tenido más que un programa: demoler, desde los cimientos a las bóvedas, todo el edificio que con sublimes y seculares esfuerzos habían ido levantando generaciones católicas y monárquicas sobre un suelo amasado con su sangre; oponer a cada empresa histórica una catástrofe, a cada gloria una ignominia, a cada derecho una licencia, a cada virtud cívica una corrupción, y, finalmente, a la comunidad de creencias, de sentimientos, de instituciones fundamentales, de tradiciones, de recuerdos y de aspiraciones comunes que constituían el espíritu nacional, un solo principio: el de negar ese espíritu, y una sola libertad: la de romper esas unidades y de disolver la Patria.
Eliminar los partidos parlamentarios no es cercenar el ser de la Patria; es aliviarla de un peso que la oprime, es remediar a un cautivo y levantar del suelo a una reina desfallecida y humillada.

Parlamento
Los Parlamentos no sirven para gobernar. Los Parlamentos no sirven para legislar. Los Parlamentos no sirven para evitar despilfarros. Los Parlamentos son impotentes para evitar las revoluciones. ¿Para que sirven, pues los Parlamentos?. Para nada. Y cuando una institución no presta utilidad alguna, suprimirla es, sencillamente, responder a las preposiciones más rudimentarias del sentido común.

Liberalismo
No esperéis solución positiva de los problemas vitales que aquejan a nuestra sociedad; el liberalismo no las tiene; no tiene más que un programa negativo: el de vejar y perseguir a la Iglesia. Hay una fortaleza: la Iglesia; hay otra que ha nacido  debajo de ella, y a su sombra, la España tradicional. El liberalismo niega a la Iglesia, niega la España tradicional, punto por punto, y ése es  su programa; no tiene ni ha tenido nunca otro.

¿Que hacer?
Cuando no se puede gobernar desde el Estado con el deber, se gobierna desde fuera, desde la sociedad con el derecho. ¿Y cuando no se puede gobernar con el derecho solo porque el Poder no le reconoce? Se apela a la fuerza para mantener el derecho y para imponerlo. ¿Y cuando no existe la fuerza? Nunca falta en las naciones que no han abandonado a Cristo y menos en España; pero si llegara a faltar por la desorganización, ¿qué se hace? ¿Transigir y ceder? No, no. Entonces  se va a recibirla a las Catacumbas y al Circo, pero no se cae de rodillas, porque estén los ídolos en el Capitolio.

Juan Vázquez de Mella. Tomado de  Vázquez de Mella y la educación nacional

lunes, 30 de julio de 2012

Cómo me hice Requeté


Decidme, jóvenes amables,
¿quiénes sois? ¿por qué lleváis
boina roja en la cabeza
y la mochila detrás?
Un joven muy decidido
me contestó al momento:
somos requetés jaimistas,
defensores del Derecho.
Explica, le dije a uno
que mas listo parecía,
por qué sois del Requeté;
quiero saberlo enseguida.
Haz que vengan tus amigos
y explicaré con calma
la verdadera doctrina
que encierra nuestro Programa.
Somos, pues, del Requeté, 
amamos la Religión,
por Rey de España queremos
a Don Jaime de Borbón.
Yo le interrumpí diciendo:
¿y dónde está vuestro Rey?
Haced que venga a España
y haga cumplir la ley.
Me contestó a la pregunta
y me dijo algo apenado:
los Gobiernos liberales
tienen al Rey desterrado.
En Frosdorf llorando está
por su Patria querida
viendo que infames Gobiernos
la tienen casi perdida.
Pero ya llegará el día,
que creo muy cerca está,
que juntos combatiremos
para España libertar.
Pues es noble defensor
de la amada Religión
y por eso amamos tanto
al Rey de la Tradición.
No hables mas, díjele,
que ya me voy convenciendo
de las doctrinas tan sanas
que encierra vuestro credo.
Comprendo que lo mas bueno
está en vuestra Comunión 
y que sois la salvaguardia
de la Santa Religión.
Requeté yo quiero ser
y a vuestro lado estaré;
cuando la Patria peligre
con vosotros lucharé.
Y el juramento que hice
con firmeza cumpliré.
Por Dios, la Patria y el Rey 
sangre y vida yo daré.

José Doménech (1917)

16 de julio


De la España de Recaredo, por las Navas de Tolosa, a las legiones de los Carlos...luchad sin descanso en todas partes en favor de la Iglesia y de la Tradición, para devolver a ambas su pristina grandeza y envidiable esplendor.
Estos versos, dedicados al Requeté, se inspiraron en aquel hecho heróico y decisivo ocurrido setecientos años y pico antes, en las Navas de Tolosa.

¡Viva España! Sono al viento
en las tierras de Castilla
trocando pueblos y villas
en viviente campamento.
¡Viva España! recogieron
todas las demás regiones
y al tremolar sus pendones
con este lema se unieron.


¡Viva España! repitieron
Guerreros y paisanos
y uniendo todos sus manos
a salvar a España fueron;
estos gritos eco hicieron
en los valles y montañas
y una mas en sus hazañas
estos bravos escribieron.


¡Viva España! flote al viento
nuestra enseña sacrosanta,
triunfó la cruzada santa
que inspiró inmortal aliento, 
en la lucha sucumbieron
hijos preclaros de España,
Madre, tu dolor empaña
como mártires murieron.

martes, 5 de junio de 2012

El Acta de Loredán, doctrina carlista (I)

En enero de 1897 D. Carlos había reunido en su palacio de Loredán en Venecia, a los más notables elementos del carlismo presididos por su representante en España, el marqués de Cerralbo, celebrándose varias conferencias con el objeto de actualizar poniéndolo al día el programa del carlismo. Su resultado fue un documento conocido por Acta de Loredán que, aunque va firmado por Cerralbo, debe ser considerado como un documento real, tanto por la directa intervención del mismo en su elaboración, como por el hecho de que la mayor parte de las veces los documentos regios son redactados por otras personas aunque vayan firmados por el Rey.

En el mismo se recoge lo principal de la doctrina carlista, y es de notar la importancia concedida a la cuestión social, adelantándose incluso a la encíclica Rerum Novarum de León XIII que fue incorporada al Acta desde el mismo momento de su publicación.

En el Acta de Loredán se indica la esencia del carlismo condensada en su lema Dios, Patria (en cuya expresión deben comprenderse los Fueros) y Rey. Se trata además de la descentralización como un complemento de los Fueros, que alcanza a provincias y municipios así como a las regiones, de la Justicia, la Hacienda, la Enseñanza, el Ejército y la Marina.

He aquí algunos de sus párrafos:

“Las tradiciones veneradas que constituyen la Patria porque son la expresión de la vida nacional organizada por los siglos, se resumen en estas tres grandiosas afirmaciones: La Unidad Católica, que es la tradición en el orden religioso y social; la Monarquía, tradición fundamental en el orden político, y la libertad fuerista y regional, que es la tradición democrática de nuestro pueblo.-Ésta es la constitución interna de España” (contraria a las constituciones derivadas de la Revolución).

“La Monarquía, personificando la unidad nacional, se legitima por el derecho histórico, se consagra por la pureza de los principios y se sostiene por el amor y la ley. La Monarquía ha de ser tradicional para que con su permanencia se emancipe de todas las ambiciones que unas veces con el grito de las turbas, otras con los sables pretorianos y siempre con la tutela de gobiernos irresponsables por el supremo derecho de gracia con que los asisten sus forjadas mayorías, hacen que el rey constitucional se reduzca a un emblema costoso, a una ficción del poder sin actividades eficaces y siempre sometido a oligarquías inspiradas en el interés mezquino de las parcialidades políticas.- Si el rey es el primer magistrado de la nación, ha de ser también el primer guardador de su ley y el primer soldado de la Patria.- El rey que lo es de veras reina y gobierna; pero sin que su voluntad traspase las leyes, porque el despotismo ni es cristiano ni español, y los hombres nacen para ser libres en la justicia y jamás siervos de ninguna persona.- El rey ha de estar en contacto con el pueblo para desvelarse por su bien, y ha de ejercer su autoridad rigiendo el Estado con las facultades esenciales a la suprema soberanía política.-Pero como la ciencia y la experiencia realzan la autoridad y la auxilian, obedeciendo a esta necesidad apremiante y a una tradición no interrumpida, se afirma la existencia de un Consejo Real, dividido en tantas secciones como ministerios, que asesoren al monarca y compartan con jurisdicción retenida el ejercicio del poder, siendo sus hombres designados entre las clases preeminentes y los hombres más distinguidos de la nación, y asegurando debidamente sus condiciones de justa independencia para que no los remueva el capricho y, con menoscabo de la majestad, se conviertan en aduladores cortesanos los que deben ser incorruptibles consejeros”.

“HISTORIA DEL CARLISMO”
Gabriel Alférez. Editorial Actas, colección ‘Luis Hernando de Larramendi’. Madrid 1995.

domingo, 20 de mayo de 2012

La Monarquía contra la Revolución: Las formas nunca son accidentales en política


La lucha secular entre la Monarquía y la Revolución encarnada como mecanismo político de la Democracia, ha dado como resultado que estos dos sistemas no sólo se diferencien por su estructura, sino por un contenido moral y doctrinal que como realidad histórica han adquirido y representan.

De aquí la ingenuidad de los teóricos accidentalistas de la forma de gobierno. Las formas no son nunca accidentales ni en filosofía, ni en arte y mucho menos en política, que es el arte de realizar en formas históricas, en cada pueblo, y en cada momento (hic et nunc) una doctrina y un contenido teóricos.

En España hay que raer de las mentes estos tópicos comodones. Ni la Monarquía es, teóricamente, la sola presencia del Rey en el trono, si no va acompañada de un sistema político y de un contenido moral del Estado, ni la República es la simple ausencia del monarca. La Revolución requiere la previa ausencia del Rey porque, fundadamente, le impone un obstáculo para la realización de su programa. Cuando en España nos declaramos monárquicos, no decimos únicamente que queremos un Rey a la cabeza del Estado, sino que esto es una consecuencia lógica y fatal de un sistema político, que implica también un determinado contenido moral y una estructura jerárquica social cuyo remate es la Corona con Cruz.

La Democracia, y su expresión política la República, es la forma normal en España de toda la doctrina contraria. Se engañan, y la experiencia nos está dando la razón, los que creen que la República es a modo de un vaso vacio que la voluntad de la mayoría—la democracia—va llenando en cada momento de un contenido diferente. Y no es así. La Monarquía afirma un contenido dogmático permanente que está por encima de las votaciones. El reflejo de esto es lo que llaman los demócratas obstáculos tradicionales. Pero la República también tiene sus dogmas y susobstáculos tradicionales. Cuando la voluntad de la mayoría es contraria a los dogmas permanentes de la República, entonces los republicanos dicen que se les desvirtúa la República, que desaparece la esencia republicana del Estado. En la realidad histórica son dos cosas distintas democracia y República.

La República española ha nacido con la impronta de unos dogmas que por mucho que logremos triunfar, con los mecanismos democráticos. Jamás le lograremos arrebatar.

¿Cuál es, históricamente, el régimen conveniente para cada pueblo en cada momento de su vida? Muy largamente se podría disertar sobre este punto, pero una norma sencilla puede damos la respuesta. Los regímenes son para los pueblos y no los pueblos para los regímenes. Cuando en una nación se han de poner a contribución todos los elementos vitales del país para sostener el régimen, cuando en cada crisis grave del país no se piensa más que en la necesidad de salvar el régimen, cuando la mayor parte de los conflictos públicos son provocados para sostener dogmas del régimen, entonces se puede afirmar que ese sistema es artificioso en aquel país y, desde luego, evidentemente nocivo.

Pedro Sainz Rodríguez, “La tradición nacional y el Estado futuro”. Acción Española, I, pág. 182, t. X.

DEL BLOG AMIGO: NÚCLEO DE LA LEALTAD

jueves, 17 de mayo de 2012

Del montepío al usurero


En la Cristiandad medieval la Iglesia prohibió a los católicos el préstamo a interés (usura), que quedó reservado a los infieles, entre los cuales los judíos fueron especialistas. Los créditos tenían intereses de más del 30% (en ocasiones llegaban hasta el 200%) y los tomadores del préstamo lo garantizaban con bienes inmuebles: su casa, sus tierras o sus talleres, lo que se conoce como “crédito hipotecario”. Esto suponía que cuando no podían devolverlos, quedaban privados con frecuencia de su hogar y su medio de vida, condenados a la pobreza.
  
El antijudaísmo medieval tuvo raíz de celo religioso, pero está demostrado que los periódicos furores homicidas contra las comunidades hebraicas (desde mediados del siglo XIV a principios del XV) coincidían frecuentemente con crisis económicas en las que muchos habitantes perdían sus posesiones dadas en garantías a los judíos por sus préstamos.

Los franciscanos fueron pioneros en la preocupación por el problema social del préstamo hipotecario. Inspirado en los tradicionales pósitos de grano, el primer ensayo de crédito aceptable según los mandatos de la Iglesia tuvo lugar en España, cuando don Pedro de Haro y el rey Juan II de Castilla solicitaron al papa Eugenio IV su permiso para crear el “Arca de Misericordia” o “Arca de limosnas” Era una asociación benéfica que guardaba en un arca el dinero o los granos de cereal donados por benefactores que se prestaban a los necesitados con obligación de devolverlo al cabo de un año. La administración era confiada al rector de la iglesia de los franciscanos. La bula de aprobación papal fue emitida el 22 de septiembre de 1431.

Los franciscanos difundieron esta iniciativa en la Italia renacentista, donde era común que judíos (y también cristianos por medio de infieles interpuestos) prestaran a usura en las grandes ciudades mercantiles. Era costumbre llamar allí Monte a una suma de dinero grande (amontonada) y empleado como sinónimo de caja o depósito. Los franciscanos crearon los Montes de Piedad (Monte di Pietà) recalcando con ese nombre que su función no era el préstamo a beneficio, sino el auxilio de los más necesitados. El más antiguo fue el de Ascoli Piceno, en 1458. El beato Michele Carcano fundó el Monte de Perusa en 1462, y el beato Bernardino de Feltre el de Mantua en 1484. Pronto todas las grandes urbes y muchas ciudades pequeñas de la península tuvieron su Monte de Piedad.

¿Cuál era el principio de actuación del Monte de Piedad o Montepío? La asociación caritativa tenía como finalidad el préstamo sin interés a las personas con menos recursos. En lugar de bienes inmuebles, únicamente aceptaban como garantía bienes muebles; principalmente alhajas y ropa, pero también mobiliario, obras de arte o cualquier objeto valioso que se pudiese transportar. A este tipo de préstamo se le llama “crédito prendario”, por la cualidad de “prenda” que se deja como garantía de devolución. Las garantías muebles eran guardadas en depósito, y si el préstamo no se devolvía en el plazo previsto se subastaban, ganando el montepío la diferencia que se pudiese obtener con respecto a lo prestado, o perdiéndola si el precio que se obtenía era menor. En cualquier caso, el tomador del préstamo no perdía ni su casa ni su medio de vida, sino únicamente un objeto superfluo. Como han descubierto los modernos apóstoles del microcrédito, los franciscanos ya comprobaron hace 5 siglos que los humildes suelen ser mucho mejores pagadores de sus deudas que los ricos.

Para obtener sus recursos, el Monte de Piedad tenía varias fuentes. Funcionaba como caja de caudales, cobrando una pequeña suma por la custodia del depósito de dinero. Asimismo solía recibir donaciones de limosnas, donantes, ayudas de la corona o los municipios y celebraciones religiosas.

Para garantizar su continuidad comenzó al cabo de unas décadas la costumbre de cobrar pequeños intereses, generándose un agrio debate dentro de la Iglesia, por ir en contra de la enseñanza católica y los propios principios de los montepíos. El concilio de Letrán de 1515 aceptó finalmente el cobro de intereses, siempre que fuesen moderados (nunca más del 10%). El concilio de Trento reforzó el carácter benéfico que debían tener los Montes de Piedad. Podemos afirmar que un pequeño interés en realidad no supone usura, pues la inflación o devaluación de la ley de la moneda es más frecuente que la deflación.

El primer Monte de Piedad de la Corona española se fundó en 1536, en Nueva España de las Indias, y en 1550 el primero de la península, en Dueñas. Pronto se generalizaron por todos los reinos y virreinatos hispanos. Estaban patrocinados por la Corona y su naturaleza era semejante a la de las cofradías, fuertemente ligada a un concepto moral y religioso católico, enemigo de la usura.

Precisamente el rechazo calvinista a los principios religiosos del montepío dio lugar al nacimiento de las cajas de ahorro (con Jeremy Bentham y su concepto de autoayuda), a lo largo del siglo XVIII en el norte de Europa, y en el XIX en Francia e Italia. En España fueron introducidas por el liberalismo, a partir de la regulación de 1835, tratando de sustituir la función de las entidades religiosas de ayuda al necesitado que habían quedado privadas de sus medios de sustento con la desamortización de sus bienes aquel mismo año.

El principio rector de la caja de ahorros estaba fundado en el estímulo del ahorro como la forma de mejorar las condiciones de vida de las clases más humildes. Se crearon asociaciones mutualistas en las que sus miembros benefactores aportaban dinero para una caja cooperativa que captaba depósitos de particulares remunerados por medio de un interés (al contrario que los montepíos que cobraban el depósito). El metálico depositado era empleado por la caja para a su vez conceder préstamos, aunque no financieros. Dado que su fin era benéfico y no usurario, los intereses que se cobraban al préstamo eran bajos, muy similares a los de los Montes de Piedad. Si bien el fin ético-religioso de los montepíos se perdía con este nuevo concepto, seguían tratándose de asociaciones sin ánimo de lucro, cooperativas y muy arraigadas al lugar donde nacían, con un objeto social indudable. El abandono del crédito prendatario por el hipotecario suponía que las cajas de ahorro amenazaban como los usureros el hogar y los medios de subsistencia de aquellos a quienes prestaban. La realidad es que en España muchos Montes de Piedad crearon sus propias cajas de ahorro, ejerciendo ambos tipos de crédito en la misma entidad, de forma que sus clientes podían acogerse a la modalidad de préstamo que más les conviniese. No olvidemos todos los servicios que como mutuas cooperativas ofrecían a sus socios y clientes: seguros de vida, vivienda o cosechas, pensiones, atención sanitaria, etc, con lo que ello suponía para la estabilidad y prosperidad social.

Como es obvio, tanto los Montes de Piedad como las cajas de ahorro suponían una competencia muy dura para los prestamistas usurarios, sobre todo en el mercado del crédito a las clases medias y bajas, que prácticamente coparon las nuevas entidades. Es bien sabido que los prestamistas usurarios evolucionaron hacia la creación de empresas de financiación a interés: los bancos.

Con el Real Decreto de 29 de junio de 1853, el gabinete del general Lersundi (en las agonías de la década del gobierno de los liberales moderados) se aseguró de que la iniciativa social que pudiese haber detrás de las cajas de ahorro quedase sujeta a la tutela del estado. Se creó así la “Caja General de Depósitos y Consignaciones”, en la que las cajas debían depositar el capital no invertido (excedentario) que era empleado ilegítimamente por la Hacienda en la financiación de deuda pública (provocando la protesta de las juntas rectoras que desconfiaban de la solvencia del estado). Asimismo, se ordenó que las cajas quedasen bajo la protección del Ministerio de la Gobernación (ministerio del Interior actual) y que los gobernadores civiles crearan una caja de ahorros en cada capital de provincia. Con la injerencia estatal en la iniciativa privada, los liberales trataban de controlar desde el gobierno el dinero depositado en instituciones en las que confiaban los ciudadanos. La bancarrota del tesoro público causada por el déficit a partir de 1865 afectó a las cajas de ahorro, convertidas por la fuerza en financieras de la deuda a través de la Caja General, provocando la quiebra de muchas de ellas. En 1880, una ley del gobierno Cánovas del Castillo atenuó parcialmente la sujeción de la de 1853, anulando la uniformidad en la gestión y la sujeción al régimen institucional. Gracias a esta ley se fundaron muchas cajas nuevas, pero la Caja General persistió.

La historia de las cajas de ahorro a lo largo del siglo XX es la de la progresiva injerencia del Banco de España en la regulación y dirección de su funcionamiento. Pronto absorbieron a los Montes de Piedad de los cuales habían nacido, convirtiéndolos en meros apéndices de las mismas, o incluso haciéndolos desaparecer. También comenzaron a dar prestamos financieros ocupando otra parcela del negocio usurario. Únicamente su naturaleza de mutualidad y la obligación de reinvertir todos sus beneficios en créditos sociales o en obras de beneficencia les diferenciaba ya de los bancos.

La ley de 1978 puso la gestión y control de las cajas de ahorro en manos de las flamantes autonomías españolas. El principal cometido de los gobiernos autonómicos en estos últimos 30 años ha sido unir diversas cajas municipales del territorio en una o dos autonómicas, de forma que perdieran buena parte de su implantación local, y emplear sus fondos para financiar la deuda pública autonómica (como sus antecesores centrales decimonónicos), así como conceder créditos de dudosa devolución a todo tipo de empresarios o especuladores con contactos entre los políticos en el poder.

Todos sabemos lo que lo que ello ha generado: al calor del crédito hipotecario en la vivienda, en plena expansión, las cajas de ahorro han concedido créditos a particulares insolventes, con frecuencia tasando su vivienda por encima del precio real, al igual que ha ocurrido con los proyectos urbanísticos de constructores (y con ello colaborando al fenómeno que se ha venido en llamar la “burbuja inmobiliaria”) y lo que es peor, entrando a financiar la compra de suelo sobrevalorado para futuras urbanizaciones. Todos ellos, y particularmente el último, negocios especulativos muy alejados de la función social de ayuda a los más necesitados con la que nacieron montepíos y cajas de ahorro. Casas, proyectos y suelo que han perdido en poco tiempo al menos la mitad de su valor.

La crisis inmobiliaria y financiera ha sorprendido a las cajas en el peor escenario posible, dada la incuria e imprevisión con la que han sido gestionadas por los gobiernos autonómicos con la complacencia de los mecanismos reguladores. Son las entidades financieras con mayor porcentaje de créditos hipotecarios de imposible devolución (“activos tóxicos” se les llama en el argot). Ante la amenaza de quiebra, han acudido al auxilio del fondo de rescate público del Banco de España. Para acceder a esta ayuda el gobierno de Rodríguez Zapatero (oficialmente del Partido Socialista Obrero, pero sin duda en el mejor espíritu del liberalismo progresista masónico y jacobino de épocas pretéritas) les ha puesto dos condiciones: la fusión en entidades supraautonómicas y su conversión en bancos. Su objeto social continuará en sus estatutos un tiempo, y luego desaparecerá sin que nadie pregunte por él. El golpe de gracia.

En resumen, la continua injerencia de los gobiernos liberales en los Montes de Piedad y Cajas de Ahorro, ha convertido a entidades nacidas como cooperativas de crédito social para los más desfavorecidos en entidades prestamistas usurarias a la vuelta de un par de siglos. Si hubiese un manual de como desproteger a los más pobres, dejándolos a merced de la siempre palpable avaricia de los prestamistas y de la siempre etérea protección del estado, la historia de los montepíos y las cajas en nuestro país debería figurar en la introducción.

No hay forma cabal, sensata, cristiana y tradicionalista para resolver esta corrupción de las entidades de crédito social que eliminar la injerencia estatal en ellas, y revivir el espíritu cooperativo de ayuda al más necesitado que partió hace muchos siglos de aquellos humildes franciscanos, ayudados por muchos cristianos pudientes, para evitar que los más pobres se viesen privados de sus casas, sus campos y sus talleres, por los usureros que se lucraban con su necesidad de dinero. Urge vivificar de nuevo el espíritu de montepíos y cajas de ahorro. Ninguna ingeniería financiera podrá resolver esta situación estructuralmente corrompida por la codicia.

En 1796 Napoleón ocupó Italia, y por derecho de conquista se incautó de todos los depósitos de los Montes di Pietà, arruinándolos; eran entidades religiosas asociadas al Sistema Tradicional que su Revolución estaba afanándose en destruir. Este prototipo de autócrata liberal fue brutal, pero bastante más franco que los liberales españoles, los cuales han empleado métodos mucho más retorcidos para mantener la ficción de la existencia de cooperativas sociales de crédito benéfico, hasta dejarlas exhaustas. Una vez las han exprimido y no les pueden sacar más beneficio, las convierten en otra cueva de prestamistas.

Con ánimo de lucro.

lunes, 18 de julio de 2011

La España que vivir quiere


"¡Jóvenes tradicionalistas! ¡Requetés! La España que vivir quiere, la España que no se resigna a morir, pone ante vosotros, con amor y fe, esta interrogación. De la tumba de nuestros mártires llegan también a nosotros voces que claman: ¿qué hacen nuestros hijos? ¿qué piensan nuestros nietos? Felices vosotros, jóvenes, y feliz la Patria si sabéis contestar la interrogante con la dignidad de patriotas, hijos de héroes y mártires, pues haciéndolo así salvaréis la Patria, tendréis la admiración de los compatriotas y recibiréis el mayor de los galardones, la bendición de los mártires que con la más sublime de las renunciaciones os legaron como gloriosa herencia, enseñanzas y ejemplos para recorrer sin vacilación la ruta del deber, sacrificando todo por el triunfo de la Cruz y la grandeza de la Patria"

(“Boletín de Orientación Tradicionalista”, nº 98, 12-VII-1936, p. 4)

viernes, 1 de julio de 2011

Juan Vallet de Goytisolo - Comprometido con la verdad

Se nos ha ido a los noventa y cuatro años, lúcido hasta el final. Sus inmensas capacidades de memoria, inteligencia y voluntad habían ido declinando lentamente en los últimos años, tras haber cumplido los noventa casi en plenitud. Había tenido, decenios antes, algunos episodios (una úlcera de duodeno sangrante y un infarto masivo) de los que se repuso de modo increíble, volviendo pronto a su ingente actividad: los lunes el pleno de numerarios de la Academia de Jurisprudencia, los martes el de la de Ciencias Morales y Políticas y --a continuación-- la reunión de Verbo, los miércoles el seminario de derecho civil "Federico de Castro", los jueves las conferencias del Colegio Notarial...

Recuerdo el día que lo conocí, en 1978: decidido (incluso enérgico) pero amable, dirigía las reuniones de Verbo apurando los tiempos para obtener los mayores frutos. Pronto empezó a llamarme por teléfono con frecuencia, incluso los sábados por la mañana, a las nueve, en tiempos en que --cosas de la edad, la mía-- no siempre madrugaba, para encargarme pequeños trabajos en lo que me fui fogueando intelectualmente. Llamaba desde su despacho notarial, donde lo mismo extendía con pulcritud las escrituras que atendía la abundante correspondencia, recibía visitas y, ¡en los ratos libres!, estudiaba.

Ha sido el príncipe de los civilistas del último tercio del siglo XX, con estudios que recorren todos sus sectores, aunque en particular el sucesorio, e incursiones en el derecho mercantil. Aunque su energía fue desbordándose, siempre ascendente, hacia la filosofía del derecho y de la comunidad política. En la primera quizá fue el provocador Michel Villey, que Vallet leyó cum mica salis sin quitar un ápice al agradecimiento, quien más le influyó en la elección irrevocable del Aquinate como su maestro. Eugenio Vegas Latapie, para la segunda, constituyó el acicate que le amplió un horizonte que, como jurista de raza, le llevó a enlazar la justicia particular con la legal pautada por el bien común. Como era generoso, en grado sumo, llamó maestros a otros tantos que, en una cosa u otra, le influyeron: el filósofo siciliano Michele Federico Sciacca, el dominico asturiano Victorino Rodríguez, el polígrafo extremeño Francisco Elías de Tejada... Para muchos él fue el maestro.

Quizá le conviniera por eso el calificativo de magnánimo. Porque no se encerró en el ya de por sí amplio radio de sus estudios profesionales y científicos, sino que se entregó al servicio de los demás. En la dedicación a las Reales Academias, donde es más fácil querer ingresar que trabajar, y donde por voluntad suya indoblegable ofició menos --en la de Jurisprudencia-- de presidente (1994-1999) que de secretario general (1977-1992). En la dirección de la revista Verbo, que va a cumplir cincuenta años, empresa de un equipo privado en su totalidad, única en el horizonte patrio, y aun a escalas mayores: sólo quien también lo ha hecho puede darse cuenta de la oblación, casi inmolación, que supone de la propia obra en pro del vehículo colectivo al servicio del bien también común. En la promoción y animación de un conjunto de vocaciones, ligadas a la obra de la Ciudad Católica, administradas no según criterios de poder (como en las extinguidas "escuelas" universitarias) sino de auténtico magisterio: y ese sello de autenticidad ha permitido que, sobreponiéndose al interés de la oposición o la carrera, perseveraran. Incluso, finalmente, en la caridad (fueran las Conferencias de San Vicente de Paúl o diversos monasterios de clausura) ejercida siempre sin que la mano izquierda lo advirtiera.

Como notario fue escrupuloso, como académico cumplidor, como estudioso agudo, como escritor oceánico, como maestro generoso. No resulta posible aquilatar siquiera mínimamente el valor de sus cualidades en tan varios y ricos ámbitos. Cabe, sin embargo, tratar de trazar el cuadro en que todas se conjugan: católico íntegro (que sufrió, disciplinadamente, eso sí, con el Concilio y sus avatares), jurista cultivador del realismo y amante del fuero (contrario, por ello, paradojas aparte, de los mitos actuales y del "derecho autonómico"), el pensamiento tradicional pierde con él a una de sus últimas cimas, quizá la más resguardada (tal era su prestigio) de los ataques enemigos. No me resulta fácil pensar en proseguir la travesía sin su orientación y consejo. Hoy somos muchos los que quedamos algo huérfanos.

Requiescat in pace.

Miguel Ayuso|ABC

viernes, 17 de junio de 2011

Nace la Liga Tradicionalista


La Liga Tradicionalista es una hermandad de entidades diversas unidas por un mismo ideal que se concreta en el lema clásico del tradicionalismo político español: Dios, Patria, Fueros, Rey.

El objetivo de esta Liga es doble: procurar el conocimiento mutuo así como la ayuda fraterna entre todas las entidades adheridas.

Para solicitudes de adhesión, sugerencias, etc. pueden dirigirse a la siguiente dirección de correo electrónico: ligatradicionalista@gmail.com

domingo, 20 de marzo de 2011

Rafael Gambra: La Monarquia Social y Representativa en el pensamiento tradicional

UN LIBRO IMPORTANTE

"En este escrito, que recorre las principales definiciones políticas de Vázquez de Mella, el autor, en síntesis original y superadora, realiza un memorable aporte al pensamiento tradicional"

Índice:

Prólogo para el lector de 1973
Introducción.

I. «Lo social» y sus dos sentidos
II. La idea de soberanía social
III. La soberanía tradicional y el concepto de tradición
IV. Un régimen natural e histórico
V. El espíritu vivificador
VI. La Monarquía y sus determinaciones
Tradicional
Hereditaria
Federal
Representativa
VII. El proceso federativo
VIII. Necesidad y viabilidad del sistema
IX. Continuidad y ortodoxia

Información en la editorial Nueva Hispanidad

La Nación, la voluntad nacional y las tradiciones fundamentales

Es la Nación algo más que lo que significan y creen las escuelas liberales, que reducen prácticamente las naciones á simples agregados de individuos que coexisten en un momento de la historia. No; la nación no la forman tan sólo los individuos que hoy constituyen á España; no la forman sólo los organismos vivientes en estos momentos; entran en ella como elementos fundamentales la historia y la tradición. Más que un todo simultáneo, es una especie de todosucesivo formado por los siglos, por las generaciones unificadas, por un mismo espíritu, producido por una misma y poderosa unidad de creencias.

De este concepto de la nación, que es el verdadero y legítimo concepto, como yo podría demostrar aquí refutando todos esos conceptos parciales geográfico, etnográfico , linguístico, etc, etc, que no significan otra cosa más que las teorías que algunos publicistas han defendido como punto de partida para sostener el famoso principio de las nacionalidades, que tantos beneficios ha reportado á algunos políticos ambiciosos, por medio de prácticas irrisorias y de evidentes mixtificaciones; de ese concepto de Nación, como todo armónico que forman la cadena de generaciones asociadas por un mismo espíritu y por una misma unidad de creencias, brota la verdadera voluntad nacional, que no es la voluntad pasajera y mudable de un día, aun cuando fuese entonces expresión del estado de la opinión verdadera del país, sino que es la voluntad de las generaciones que se han sucedido sobre el suelo de la patria y que se expresa, no por actos pasajeros y mudables, como el que nace de una elección parlamentaria, sino por hechos constantes de la historia, que tienen su expresión exacta en las tradiciones fundamentales de un pueblo; y como esas tradiciones en España se resumen en esa trinidad augusta que corresponde hasta á las palabras mismas que sirven de lema á nuestra bandera, tendríais que reconocer que la unidad católica, que es la tradición fundamental en el orden religioso; la Monarquía cristiana, que es la tradición fundamental en el orden político, y lalibertad fuerista ó regionalista, que es la tradición democrática de nuestro pueblo, erán las tres fundamentales tradiciones donde estaba como vinculada y representada la voluntad nacional, lo que os llevaría á esta inevitable consecuencia: todo partido, todo hombre de Estado que se levante contra esta trilogía augusta en que se compendia y se resume la constitución interna de España, estará en contradicción con la voluntad nacional, renegará de aquello que constituye propiamente la patria, y pondrá su voluntad en contra de la patria misma.

Juan Vázquez de Mella. El programa tradicionalista. Discurso pronunciado en el congreso los días 30 y 31 de mayo de 1893.

VÁZQUEZ DE MELLA. RELIGIÓN – CUESTIÓN SOCIAL – PATRIA

miércoles, 23 de febrero de 2011

Los Principios no negociables: Dios, Patria y Rey

Desde que algunos católicos han ido a engrosar las filas doctrinarias, parte por su culpa y parte por la guerra innoble y la lluvia de denuestros de los que estaban interesados en alejarlos del campo tradicionalista,...la gran fuerza social y política llamada comunión católico-monárquica se ve asediada por los tiros de estas banderías, que con sus continuas algaradas y escaramuzas distraen sus fuerzas para que no las emplee en luchar con la Revolución asoladora, que todo lo avasalla, sirviéndole así de avanzada a fin de que en la hora suprema quede para las huestes liberales el campo de batalla.

Y aunque separados por el procedimiento, y haciéndose la guerra como errores opuestos que son, ponen término a sus querellas, y acallan sus odios cuando se trata del enemigo común, y, como si formasen un solo partido y profesasen una misma doctrina, gritan unánimes que ya es hora de acabar con las batallas chicas y de reñir los grandes combates, por lo cual es necesario prescindir de legitimidades y formas de gobierno, que son cosas accidentales y transitorias, y encerrarse en el terreno puramente religioso, teniendo en cuenta que primero se debe buscar el reino de Dios y su justicia, porque todo lo demás se nos dará por añadidura.

Esta hipócrita celada en que han caído no pocos espíritus sencillos cegados por el misticismo y aparente generosidad en que va envuelta, redúcese, bien examinado el asunto, a despreciar, como enojosa impedimenta para el combate, el derecho y las tradiciones de los pueblos en que se pelea. Porque la legitimidad no es sólo el título de los poderes que se fundan en una ley histórica o en una costumbre, sino el sello augusto que les imprime la conformidad con la ley divina y el derecho nacional; y creer, por lo tanto, que la legitimidad es un mero litigio dinástico que únicamente se refiere al origen del mando o que es cosa tan baladí la rectitud de su ejercicio que acciones no intencionales bastan para borrarla, o que pueda ser retirada y concedida en nombre del criterio particular por conciliábulos de periodistas y aun por multitudes unánimes, es sencillamente relegar con jansenístico respeto la potestad de la Iglesia al lugar de las cosas inútiles, y sustituirla con la razón independiente de toda norma y autoridad que no se apoye en ella misma. En suma: que es profesar el principio racionalista, más la hipocresía, para mejor defender la verdad católica que condena ambas cosas.

Añádese a esto que la forma de Gobierno, cuando es secular, como en España, y ha sido, juntamente con la Iglesia, causa de la unidad nacional, y a la vez elemento, y en parte presión del espíritu y voluntad unánime de la cadena de generaciones en que tomó cuerpo la nación, es principio esencial de la constitución interna y cosa inherente a la patria, de la cual es tradición política fundamental. Querer, pues, que se prescinda de ella para mejor defender a la Iglesia, es pedir en buenos términos que se reniegue de la patria y se rechace su constitución secular, y hasta se reniegue de la historia y de la nación, que sin la Monarquía ni se comprende ni se explica.

Pero nótese que las tradiciones, como los derechos, están unidos por el vínculo común, y que, quien conculca o viola uno, indirectamente los hiere todos. Primero caería el Trono, después el Altar, y sólo quedaría en pie el orgullo racionalista convertido en ariete de la obra de los siglos.

¡El Derecho, la Monarquía y la Tradición nacional, cosas secundarias y accidentales! ¡Y que esto lo digan gentes que presumen de purísima fe religiosa! (...)

A esta extraña aberración ha conducido en algunos el afán de sincerar su conducta desatentada con la única comunión social y política de España sometida incondicionalmente al servicio de la Iglesia. ¡Como si a la Revolución se la combatiese mejor cediéndole parte del campo y oponiendo a sus negaciones rotundas afirmaciones incompletas!

Tal es, en suma, uno de los sofismas fundamentales con que las banderías separadas de la comunión tradicionalista fingen defender a la Iglesia haciendo guerra a aquellos de sus hijos que no creen que, para defender a sus madre, necesiten renunciar a los deberes que ella inculca y a las instituciones nacidas bajo su influencia y amamantadas en su seno (...)

Juan Vázquez de Mella. La persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado Ateo. Obras completas, volumen quinto.