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martes, 22 de enero de 2013

Autonomía regional y local

Traemos a nuestro blog la interesantísima conferencia que pronunció, el pasado mes de septiembre en Toledo, en el marco del Foro Alfonso Carlos I organizado por la CTC, el profesor D. Javier Barraycoa. En su conferencia, bajo el título de "Autonomía Regional y local", el Prof. Barraycoa hace un repaso por cuestiones tan importantes en el Carlismo y de rabiosa actualidad política como son el principio de subsidiariedad, y su falsa aplicación en la Constitución de la UE, el federalismo y la autonomía política, municipalismo y regionalismo,  así como su aplicación en el tradicional caso de los cantones suizos. Recomendamos vivamente a nuestros visitantes la lectura de este texto, que pueden descargarse, en formato PDF, en el siguiente enlace:
  andaluciacarlista.com/autonomiaregionalylocalBARRAYCOA.pdf

viernes, 12 de octubre de 2012

ORDEN SOCIAL, CULTURA Y AMOR EN GUSTAVE THIBON


Contra la absurda pretensión reduccionista que tanta gente sostiene, presumiento que todo está en internet hay que decir que todavía quedan muchos libros y artículos en papel, en negro sobre blanco, que no están en internet y que merecen ser leídos. Ayer queríamos saber más de Gustave Thibon y nos acordamos de un artículo -escrito por Fernando García-Mercadal, un artículo sobre Thibon- que leímos con anterioridad a leer al mismo Thibon; es más, este artículo nos incitó a buscar libros de Thibon, hace ahora muchísimo tiempo. Por eso mismo hemos pensado que, aunque no lo transcribamos íntegramente, bueno sería transcribir unos densos y sendos pasajes que nos parecen de lo más interesante a quien quiera introducirse en la lectura del filósofo francés Gustave Thibon. Decir también que, gracias a este artículo, supimos que Gustave Thibon pronunció una conferencia en el Colegio Mayor Belagua de Pamplona, durante el curso académico de 1974-1975, bajo el título de "Instrucción y Cultura"; conferencia que reprodujo, en su día, la revista NUESTRO TIEMPO (NÚMEROS 255-256).



EL ORDEN SOCIAL

Nuestro autor mantiene una visión organicista de la sociedad. Se trata, nos dice, "de redimir lo social coronándolo con lo espiritual; la familia, las comunidades agrícolas y artesanales, las sociedades de tipo feudal o monárquico, y por encima de todo la Iglesia, realizan este ideal, en la medida en que no degeneran en conformismo o tiranías".

La ciudad moderna representa la antítesis de su modelo político, porque en ella se confabulan el dinero desconocido, el estado abstracto y "el parloteo de los medios de comunicación". Deplora, también, la agonía del civismo y la paulatina desaparición de las agrupaciones naturales y diversificadas en donde primaba el respeto a la ley de la sangre y una cotidiana relación de vecindad que permitía desenmascarar fácilmente al parásito que hurta el rendimiento de los demás sin aportar nada a cambio. Y considera paradójicas: "Las conciencias planetarias, dispuestas a asimilar sin dificultad a cualquier habitante de las antípodas, o incluso a un marciano si lo hubiera, pero que, en cambio, rechazan, en bloque, la herencia moral de sus propios ancestros".

El positivismo, marxista y capitalista, quedan en definitiva, neutralizados por el espíritu conservador que puede adoptar dos vías: la fidelidad viva, consistente en prolongar lo mejor del pasado, y el amor contemplativo que proyecta el presente hacia la eternidad.

Thibon practica, por consiguiente, una especie de meritocracia o neoplatonismo político: que gobiernen los mejores, los más capacitados, tras un pacto popular sacralizado por el juramento, la lealtad y el espíritu caballeresco, que son la mejor garantía, junto a Dios -origen de la libertad humana-, contra cualquier totalitarismo.

INSTRUCCIÓN NO ES CULTURA

En esta ceremonia de la confusión que padecemos todo tiende a diluirse, y la palabra cultura, como tantas otras, se emplea sin rigor alguno para describir realidades que muchas veces le son totalmente ajenas.

La cultura es algo interior y se refiere al ser; son los valores de cotización permanente. Para el hombre genuinamente culto "existe no sólo lo desconocido, sino también lo incognoscible". Su acceso al conocimiento implica necesariamente su participación vital, una capacidad de reflexión, de crítica y no una mera acumulación de datos. La instrucción, en cambio, es superficial y referida al tener. Así el dogmatismo utilitarista y laico se ufana de haber agotado la introspección de las cosas con la simple medición de sus aspectos cuantitativos y concibe lo misterioso como una "ignorancia provisional" que terminará por iluminarse a medida que la ciencia avance. Thibon hace suya una afortunada frase de Víctor Hugo: "el espíritu científico toma lo exacto por lo verdadero".

LA DIALÉCTICA DEL AMOR

Thibon no se limita como tantos otros teóricos a realizar un diagnóstico de las dolencias de nuestra época, sino que también propone los correspondientes remedios. Precisamente por eso el amor, el verdadero amor, el que nada tiene que ver con los comercios fundados en la búsqueda del placer o del provecho, ocupa un destacadísimo lugar en sus intenciones. Un amor repleto de exigencias superiores, que es pudor, ofrenda, fuente secreta, refugio, sinceridad, ternura, fusión y distancia, todo a la vez. Un sentimiento hermoso e incomparable que adquiere su máxima plenitud en la espontaneidad del abrazo conyugal y que exige siempre un profundo respeto hacia los demás: "Amar es tener hambre juntos, no devorarse el uno al otro".

Resumiento. Afligido ante un universo amoral que ha quebrado los modelos tradicionales ideados por nuestros mayores para representar la ley inmutable y divina, Thibon nos propone el amor como el instrumento de esperanza capaz de purificar las miserias de este mundo.

"Gustave Thibon: la sabiduría de un campesino", artículo de Fernando García-Mercadal, publicado en la revista PUNTO Y COMA, Invierno 1988-1989

viernes, 31 de agosto de 2012

Libro: Solución social (Thibon y Lovinfosse)


En un entorno de crisis de civilización como el actual, las propuestas sensatas, factibles y morales son más que bien recibidas. Es el caso de las medidas económicas que el filósofo francés Gustave Thibon y el empresario belga Henri Lovinfosse pusieron sobre la mesa a mediados del siglo XX en su obra “Solución Social”, que ahora edita la Fundación Fenareta.

Quizás sorprenda del libro su actualidad y vigencia, más de medio siglo después, ya que al leerlo uno piensa que se está hablando al hombre moderno, angustiado por la desesperanza del fracaso de las ideologías imperantes, y trata de darle salida mediante una solución digna de una sociedad libre. Es cierto que la obra viene condicionada por la coyuntura del momento, dominada por la amenaza comunista, pero no es menos cierto que, igualmente, señala las amenazas e inmoralidades de la ideología que trata de usurpar la libertad de mercado endiosando su caricatura. Pero la mayor sorpresa y virtud sea que las propuestas que se plantean, partiendo de un análisis certero de los errores de la economía y la estructura social, están listas para ser aplicadas inmediatamente. Es decir, no son elucubraciones teóricas alejadas de la realidad sino medidas concretas que (lo más importante) nacen de la formulación de principios claros y acordes con una visión integral de la persona como ser familiar y social.

La obra, que consta de dos partes, analiza en la primera mitad, con increíble lucidez, las contrariedades existentes en la sociedad y economía de nuestro tiempo, anunciando los principios sobre los que viran las medidas salariales, fiscales y aduaneras que a continuación ponen sobre la mesa. Frente al maniqueísmo que impregna la dinámica política y económica actuales (y en este pecado se cae tanto por el “lado” izquierdo como por el derecho) Thibon y Lovinfosse propugnan la natural convergencia de intereses en un entorno de libertad y responsabilidad. Las propuestas son concretas, factibles e inmediatamente aplicables: adaptación de los salarios a la productividad, especialmente por incremento de la misma; creación de organismos independientes con tribunales de apelación, que juzguen su aplicación; economía basada en el consumidor (y no en el consumo); redimensionamiento del estado, por un lado reduciendo su estructura y por otro fortaleciendo su papel como árbitro y mediador; la vuelta a un patrón monetario de valor fijo y universal; potenciación de pequeñas y medianas empresas donde se potencia la responsabilidad de empresarios y trabajadores; una política aduanera audaz en apostar por la justicia y el interés del consumidor; una reforma fiscal coherente y estable respecto de la renta nacional (con una presión fiscal mucho menor que la actual); la sustitución de los subsidios del paro por pequeños trabajos públicos y la obligatoriedad del pago de salarios íntegros durante los primeros días de paro en caso de despido, etc.

Por supuesto, estas reformas no se agotan con su enunciación pues, a juicio de los autores no se pretende "construir una ciudad ideal" y "no exige la destrucción de la ciudad actual como condición previa para la edificación futura. No pretendemos alterar bruscamente nada, no pretendemos quemar los puentes después de haber pasado". Pero, añado yo, es una apuesta valiente e inteligente por salvar a la sociedad actual de su destrucción por la vía de la esclavitud materialista.

Es, a mi juicio, una propuesta merecedora de prestar atención, sujeta a matices, reformas o adaptaciones, pero que constituye un interesante paso adelante. Por ello animo a su lectura, a su valoración y a su examen, y concluyo con una arenga y advertencia de sus autores, cuyo contenido comparto sin reservas:

"Nada es más contrario a los espiritual -y a sus exigencias de salvación total- que ese espiritualismo etéreo, tan frecuente sin embargo en los medios intelectuales y religiosos, que rehúye ponerse a prueba en el firme y áspero terreno de las realidades materiales. Es la tara -denunciada por Péguy- de esos idealistas que, prendados de una pureza imposible, no se contaminan las manos, porque no tienen manos."

miércoles, 22 de agosto de 2012

Juan Vázquez de Mella: El Verbo de la tradición

Patria
Sin el sentimiento común en el presente y en el pasado que junte en una unidad corazones y conciencias, no hay Patria. Unidad de creencias y autoridad inmutable que las custodien; sólo eso constituye naciones y enciende patriotismos. 

Patriotismo
Aquella España gloriosísima realizó empresas tales, que ellas solas, bastarían  para hacer la gloria de muchos pueblos...¡Ah! Si nos fijáramos en todos aquellos hombres, reyes, guerreros, descubridores, sabios, artistas..., parece que forman selvas, para abarcarlos es necesario mirarlos desde el cielo.
Ningún pueblo se ha levantado de su postración maldiciendo los días lejanos y grandes de su historia.

Tradición y progreso
El primer invento ha sido el primer progreso y el primer progreso, al trasmitirse a los demás, ha sido la primera tradición que empezaba.
El progreso individual no llega a ser social si la tradición no le recoge en sus brazos. Es la antorcha que se apaga tristemente al lanzar el primer resplandor, si la tradición no la recoge y la levanta para que pase de generación en generación, renovando en nuevos ambientes el resplandor de la llama.

Revolución
La historia del Pontificado no es, políticamente, otra cosa que un porfiado combate contra el cesarismo y una continua cruzada en favor de la libertad.
La Revolución hace astillas los tronos que tratan de salvarse, ofreciéndole, a cambio de su benevolencia, fragmentos de altar.

Cesarismo
Si es estable acaba siempre en feminismo y éste en una laguna de fango, primero, y en una laguna de sangre después.

La batalla
La verdad es que desde el Calvario acá, a pesar de todos los nombres, una sola batalla se riñe en el mundo: la que libran incesantemente el naturalismo pagano, de una parte, y el sobrenaturalismo cristiano de otra.
La tendencia que resume todos los esfuerzos de la ciencia atea de hoy puede formularse así: rebajar el hombre al nivel de la bestia y elevar la bestia al nivel del hombre.

Monarquía liberal
Las Monarquías parlamentarias son un puente para la República, y como sabemos que este género de Gobierno no evita la Revolución fiera; por que ellas comienzan por ser la personificación de la Revolución mansa, lo único que a lo más consiguen es aplazarla.

Partidos liberales
Los partidos doctrinarios y radicales de la Revolución no han tenido más que un programa: demoler, desde los cimientos a las bóvedas, todo el edificio que con sublimes y seculares esfuerzos habían ido levantando generaciones católicas y monárquicas sobre un suelo amasado con su sangre; oponer a cada empresa histórica una catástrofe, a cada gloria una ignominia, a cada derecho una licencia, a cada virtud cívica una corrupción, y, finalmente, a la comunidad de creencias, de sentimientos, de instituciones fundamentales, de tradiciones, de recuerdos y de aspiraciones comunes que constituían el espíritu nacional, un solo principio: el de negar ese espíritu, y una sola libertad: la de romper esas unidades y de disolver la Patria.
Eliminar los partidos parlamentarios no es cercenar el ser de la Patria; es aliviarla de un peso que la oprime, es remediar a un cautivo y levantar del suelo a una reina desfallecida y humillada.

Parlamento
Los Parlamentos no sirven para gobernar. Los Parlamentos no sirven para legislar. Los Parlamentos no sirven para evitar despilfarros. Los Parlamentos son impotentes para evitar las revoluciones. ¿Para que sirven, pues los Parlamentos?. Para nada. Y cuando una institución no presta utilidad alguna, suprimirla es, sencillamente, responder a las preposiciones más rudimentarias del sentido común.

Liberalismo
No esperéis solución positiva de los problemas vitales que aquejan a nuestra sociedad; el liberalismo no las tiene; no tiene más que un programa negativo: el de vejar y perseguir a la Iglesia. Hay una fortaleza: la Iglesia; hay otra que ha nacido  debajo de ella, y a su sombra, la España tradicional. El liberalismo niega a la Iglesia, niega la España tradicional, punto por punto, y ése es  su programa; no tiene ni ha tenido nunca otro.

¿Que hacer?
Cuando no se puede gobernar desde el Estado con el deber, se gobierna desde fuera, desde la sociedad con el derecho. ¿Y cuando no se puede gobernar con el derecho solo porque el Poder no le reconoce? Se apela a la fuerza para mantener el derecho y para imponerlo. ¿Y cuando no existe la fuerza? Nunca falta en las naciones que no han abandonado a Cristo y menos en España; pero si llegara a faltar por la desorganización, ¿qué se hace? ¿Transigir y ceder? No, no. Entonces  se va a recibirla a las Catacumbas y al Circo, pero no se cae de rodillas, porque estén los ídolos en el Capitolio.

Juan Vázquez de Mella. Tomado de  Vázquez de Mella y la educación nacional

martes, 5 de junio de 2012

Tecnocracia, totalitarismo y masificación


1-Nuestro análisis de la tecnocracia, efectuado en la comunicación anterior, nos permite resumir que la tecnocracia, ceñida  a su propia función, se caracteriza porque parte de una concepción ideológica del mundo que admite la mecanización dirigida centralmente por unos cerebros capaces de impulsarla de un modo eficaz, que propugnan y tratan de operar la racionalización cuantitativa de todas las actividades, si bien dando primacía a las económicas y, en general, a las utilitarias.

Presupone la más tajante efectividad de la escisión cartesiana entre la res cogitans, o sea el mundo del pensamiento, y la res extensa, es decir, el mundo inerte de las cosas materiales, entre las que es situado el mismo hombre y las sociedades humanas en cuanto se las hace objeto de experimentación y racionalización. Una tal concepción tiende a centralizar toda la res cogitans en unas pocas mentes de expertos, los tecnócratas, que han de asumir las palancas de mando del mecanismo construido para racionalizar la res extensa, incluyendo en ésta la inmensa masa de los hombres, para cuyo bienestar han de proveer.

La idea y el concepto de sistema expresan esa perspectiva tecnocrática que sustituye al concepto medieval de ordo y al burgués de equilibrio (económico, de poderes, internacional, etc.), tal como explica García Pelayo. Este autor observa el pensamiento tecnocrático en correlación histórica con el factum de los grandes sistemas tecnocráticos organizativos, y deduce que el sistema —dentro del cual caben subsistemas— abarca, en el plano del pensamiento, todo lo existente, sea natural, artificial, material o intelectual; pero, y esto es lo que le caracteriza, «no significa tanto algo dado por la realidad, cuanto un instrumento mental (sistema abstracto) "definido por la inteligencia", para captar y, supuesta la captación, controlar la realidad». Es decir, que resulta un instrumento operativo de dominación.

El mismo autor reconoce, explícitamente, que el General  System Tbeory (G. S. T.) y, «en general, el modo de pensar sistemático son expresión, en el campo del pensamiento: de la configuración de la realidad histórico-social en un conjunto de sistemas, de la posibilidad de construir y manipular sistemas y de la presencia de la legalidad de las cosas, que, al articularse ella misma en sistema, se transforma en Systemawang, en la coerción del sistema».

El predominio de esa concepción tecnológica ha tenido inevitables consecuencias sobre el orden político. García Pelayo  advierte que la profecía de Saint Simón de que, con el desarrollo de la industria, el poder sobre las personas sería sustituido por la administración de las cosas, ha sido rectificado «en el sentido de que la disposición sobre las cosas amplía e intensifica la dominación sobre las personas». Tanto más, por cuanto los mismos que impulsan el cambio tecnológico, incluso políticamente, a la vez insisten, como el mismo autor observa, en «la necesidad, en que se encuentra el marco político institucional, de adaptar su estructura a las estructuras de la sociedad de la época tecnológica, y dado que estas estructuras son constantemente cambiantes, el proceso de adaptación ha de ser permanente, con independencia de que éste se lleve a cabo formal o informalmente, lo único que se exige es que tales adaptaciones sean funcionales, importando muy poco su modalidad.

Digamos que esta alegada necesidad de permanente adaptación a las cambiantes estructuras de la sociedad tecnológica está en íntima relación con el fenómeno denominado de la aceleración de la historia , originada por el carácter artificial, forzado, rígido y monolítico de las estructuras de la sociedad tecnológica que quiere construir modelos pensados e imaginados. Estas estructuras son difíciles de mantener, provocan desequilibrios que requieren nuevas medidas también artificiales, ya sea para sostenerlas o bien para contrarrestar o colmar los desequilibrios producidos por ellas en el entorno. Un cambio fuerza nuevos cambios. No es posible detenerse. Quienes creen cabalgar en la máquina del cambio, no pueden detener su carrera, pues, en ella, huyen hacia adelante, en la única dirección en la cual aún esquivan y difieren la caída catastrófica, ya que el equilibrio resulta cada vez más difícil, con amenaza progresivamente creciente, tanto en proximidad como en extensión e intensidad). El hombre, que ignora las leyes del universo y de su creador, ha desencadenado las fuerzas de aquél, al que no domina, y al no tener una clara conciencia de su designio, resulta que, aquellas fuerzas le arrastran, cabalgando en su «megamáquina». Así, montados en ésta, algunos tenemos, como Yves Lenoir , la impresión de que, sometiéndonos a sus reglas, «evitamos una catástrofe actual preparando otra mucho más terrible para mañana».

2. Estamos en el triángulo tecnocracia-totalitarismo-masificación, ante el que tantas vueltas hemos dado. Existe una recíproca interacción e interdependencia entre los tres fenómenos.

Puede, en un futuro, llegarse a un super-Estado mundial totalitario; pero, hoy, estamos todavía en la fase del totalitarismo estatal. Por ello nos referimos a éste específicamente cuando hablamos de totalitarismo.

Partiendo de ella, recordamos la inquietante afirmación de Bernanos : «El Estado totalitario es menos una causa que un síntoma. No es él quien destruye la libertad, se organiza sobre sus ruinas». Pero esas ruinas tampoco las produce, por sí sola, la inhibición de la sociedad sino que recibe la activa colaboración del Estado intervencionista, que suplanta y desalienta las iniciativas individuales y sociales. Se forma un círculo vicioso, y la tecnocracia se encarga de hacerlo girar. Para que llegue el Estado totalitario —que no es una forma de gobierno sino la omniestatalidad—, y para que se imponga, es necesario que concurran determinadas circunstancias.

Ante todo, una concepción inmanentista, en la que el Estado ocupa el lugar de Dios, al no hacer derivar la sociedad política de la naturaleza social del hombre sino estimarla creación artificial humana —-he ahí la diferencia fundamental entre el contrato social moderno y el pactismo medieval —. Ya nada trasciende al Estado ni le limita desde lo alto: su poder se convierte en absoluto.

— Seguidamente, dada la pretensión de liberar al hombre de sus viejas ataduras, para conseguirlo y a medida que lo produce, el Estado absorbe todas las instituciones, arrebatando el poder a las formas de vida preestatales, imponiendo una concepción social estimativa de «que todos los miembros de la ordenación de la estructura fluyen desde arriba hacia abajo partiendo del centro estatal». Es decir, surge allí «donde desaparezca la construcción desde abajo hacia arriba», como ha expresado Emil Brunner ; con lo cual desaparecen para el Estado las limitaciones que, desde abajo, conforme al orden de la naturaleza, le suponían la autonomía de estos cuerpos sociales con sus libertades y franquicias jurídico-políticas.

— La alienation totale del individuo —que se siente liberado de las «viejas ataduras»— en el Estado —que, apoyado en la volonté genérale— puede modificarlo y configurarle todos los derechos.

Y, finalmente, los nuevos medios técnicos permiten mecanizar el trabajo del mando inferior, lo que facilita la manipulación de las masas, así como el dominio central de la economía, la efectividad de la presión fiscal etc (...)

Juan Vallet de Goytisolo. Revista Verbo.

Resto del artículo pulsa Aquí

El Estado imbécil del liberalismo


El concepto de la libertad ilimitada y arbitraria, y el concepto agnóstico del mundo inasequible al entendimiento humano, donde se relegan las verdades religiosas, han producido como aplicación política un monstruo singular que se llama Estado neutro. ¡La neutralidad del Estado en materia religiosa! En una sociedad dividida en creencias, ya se refieran al orden natural o al sobrenatural, el Estado no puede tener más que tres posiciones y adoptar tres actitudes: puede representar la mayoría de creencias de esa sociedad, puede representar un fragmento, aun cuando sea la minoría de ellas, o puede intentar la representación de aquello en que coincidan todos.

En el primer caso, hará de lo común regla, que tratará de extenderse y convertirse en única. En el segundo, elevará la excepción a regla común, no expresando la opinión de los más, sino imponiendo la de los menos, aunque, por supuesto, invocando la democracia y la voluntad colectiva. En el tercer caso, la representación de lo que es común por encima de lo que es diferente, es la que suele invocarse para disfrazar el segundo, que es el que se practica. ¿Puede existir ese Estado neutral?

Cuando la división entre las creencias es tan honda que del orden sobrenatural trasciende a las primeras verdades del orden natural; cuando los hombres no están conformes ni acerca de su origen, ni de su naturaleza, ni de su destino, ni, por consiguiente, acerca de sus relaciones, ni de las normas de su conducta, entonces la oposición es tan grande, que el Estado que cruce los brazos en presencia de esas diferencias se encontrará colocado en una situación muy extraña: él se declarará indiferente ante las diferencias, y no será raro que los creyentes y los no creyentes le vuelvan la espalda y se declaren también indiferentes, con una indiferencia que haga causa común con el desprecio, hacia una entidad que no toma parte en aquellas cosas que más interesan a los hombres.

¡Estado neutral! Estado que no sabe nada ni afirma nada acerca de las creencias en un mundo sobrenatural y de las relaciones con él, que no sabe nada acerca del origen del hombre, que ignora cuál es la naturaleza humana, cuál es su destino y cuáles son las normas de su vida individual y social, es un Estado tan extraño, que, al no afirmar nada de lo que a los hombres más importa, al elevar a dogma la ignorancia, que por ser de cosas supremas es la suprema ignorancia, viene a declararse inútil e imbécil.

Imbécil, sí, porque el Estado idiota, como le llamaba gráficamente Campoamor, es aquel que no sabe nada de los problemas que el sepulcro plantea y de los problemas que el sepulcro resuelve. Se declara incapaz de gobernar a nadie quien dice, refiriéndose al orden religioso y al orden moral y al fundamentalmente jurídico: ”Yo no puedo afirmar nada de esas cosas, porque no sé nada”. ¿Y cuál es la consecuencia inmediata de ese concepto de Estado neutro? La de no intervenir en esos problemas que él mismo declara que ignora, la de declararse incompetente y dejarlos a los que los conocen, puesto que él se expide a sí mismo patente de incompetencia y hasta de imbecilidad.

Y, sin embargo, hace todo lo contrario. Es el Estado que más interviene. ¿Y por qué interviene? Porque su neutralidad en relación con todas las creencias que luchan y que combaten en la sociedad, no es más que el resultado de un juicio en que las declara dudosas, reduciéndolas a meras opiniones; y al trasladar su parecer a los actos y a las leyes, impone ese juicio, afirmando la negación o la duda, es decir, imponiendo la impiedad, o imponiendo el escepticismo como dogmas negativos de un Estado que, después de ser idiota, viene a declararse Pontífice al revés.

Ese Estado interviene en la enseñanza; y ¡cosa singular, señores! El Estado, que no es agricultor; el Estado, que no es industrial; el Estado, que no es comerciante, aunque tenga la obligación de cooperar y de favorecer al comercio, a la agricultura y a la industria, el Estado se declara a sí mismo, no cooperador ni fomentador de la enseñanza, sino pedagogo supremo y hasta maestro único. ¡Y qué contradicción tan singular! No sabe nada de los problemas más transcendentales, de los que han sido siempre los primeros en todos los momentos de la Historia, y al mismo tiempo no tolera competencias y quiere ser ¡el maestro único! De las generaciones presentes y venideras. Se concibe que un Estado que afirme un orden natural y sobrenatural, que un Estado creyente como el de las edades cristianas, y hasta un Estado budista, o un Estado musulmán, trate, sirviendo como de instrumento a la creencia que profesa, de llevarla a la práctica y de infundirla; pero que un Estado que se declara a sí mismo interconfesional, que declara que no sabe nada de lo que no debe ignorar nadie, ni por obligación, ni por cultura, se declare a sí mismo incompetente, primero, y el más competente, después, para intervenir en la enseñanza, eso es el absurdo. Y, sin embargo, ved cómo interviene. La gradación es la siguiente: primero se declara potestativa en la enseñanza la enseñanza religiosa; después se declara neutra la escuela, y más tarde se suprime la religión hasta en las escuelas privadas, centralizando la enseñanza en las públicas, y dispersando a los maestros religiosos para que detrás de la ignorancia religiosa venga el odio de la escuela francamente atea.

Juan Vázquez de Mella. Examen del nuevo derecho a la ignorancia religiosa

El Acta de Loredán, doctrina carlista (y IV)

Sobre la cuestión social se dice que es “grave problema que hoy agita al mundo y mantiene en inquietud los ánimos y en desorden los pueblos. Antigua y siempre pavorosa, el mundo pagano la resolvió con la esclavitud de la fuerza, y el cristianismo con la esclavitud del amor. La fuerza impuso el trabajo como el amor la caridad, y la Revolución, volviendo a la tiranía por la libertad sin fronteras, proscribiendo la caridad y la fe, ha engendrado el pauperismo que es la esclavitud del alma y del cuerpo. El trabajo se ha convertido en tiranía y el hombre en máquina.- Queremos protestar y redimirlo llevando a la legislación las enseñanzas de la más admirable encíclica de León XIII; aspiramos a que el patrono y el obrero se unan íntimamente por relaciones morales y jurídicas anteriores y superiores a la dura ley de la oferta y la demanda, única regla con que la fija la materialista economía liberal, y pretendemos por tanto emancipar por el cristianismo, al obrero de toda tiranía.- Para ello ha de fomentarse la vida corporativa restaurando los gremios con las reformas necesarias; se necesita acrecentar lassociedades cooperativas de producción y consumo, y conseguir que el Poder restablezca el Patronato cristiano reglamentando el trabajo.- Así cumplirá el Estado el primero de sus deberes, amparando el derecho de todos y principalmente el de los pobres y el de los débiles, a fin de que la vida, la salud, la conciencia y la familia del obrero no estén sujetas a la explotación sin entrañas de un capital egoísta, por cuyo medio, un monarca cristiano se enorgullecerá, mereciendo el título de rey de los obreros”.

En relación con el desarrollo y progreso material, estrechamente vinculado a la anterior cuestión, se manifiesta que “Los tributos abrumadores y el caciquismo tiránico hacen imposible la vida en los pueblos y determinan una doble corriente de emigración entre nuestros sufridos y vejados agricultores, quienes en demanda de pan y trabajo afluyen a las ciudades o abandonan la Patria como víctimas de una política cruel, atropellados por todo, para buscar en América o en África el sustento de sus desamparadas familias.- Preciso es atajar por completo y cortar de raíz esta emigración de la desgracia, reformando algunas leyes onerosas y rebajando las insoportables contribuciones que arruinan la agricultura, la industria y la ganadería. Necesario es también completar la restauración general con la de la tierra misma, repoblando sus montes, roturando sus yermos y haciendo que las aguas de los ríos no corran infecundas o exterminadoras. Renovados los Pósitos, han de fomentarse las Ligas y Cámaras agrarias, los Bancos y las Cajas agrícolas, y así, vencedores de su actual abatimiento, al amparo de municipios libres de caciques, regresarán a sus hogares los desterrados por el fisco, y con la mayor oferta de trabajo en las ciudades y la rebaja de las subsistencias que produzca el aumento de la producción agrícola, subirán doblemente los jornales y aumentará en proporción el bienestar de las clases labradoras. Podrá extenderse a toda España la beneficiosa institución del Vínculo Navarro, con el que, dentro de la competencia se logra abaratar el precio de las más necesarias mercancías y librar de inicua explotación a los pobres, y reglamentando el trabajo defendido por la Corporación y amparado por el Patronato, tornarán el agricultor y el obrero a ser redimidos por la Monarquía de la doble servidumbre moral y material en que la Revolución los tiene con el falso nombre de Libertad”.

“HISTORIA DEL CARLISMO”
Gabriel Alférez. Editorial Actas, colección ‘Luis Hernando de Larramendi’. Madrid 1995.

La Nación y el Estado


Ahora se comprenden fácilmente las diferencias entre Nación y Estado, y se pueden señalar las más visibles. El Estado se caracteriza siempre por una Soberanía política independiente; donde no existe esa independencia no existe verdadero Estado; pero, aun sojuzgada por un poder extraño, puede existir la Nación.

Un Estado puede improvisarse por una revolución, que emancipa una colonia o desgaja una provincia. Una Nación no se improvisa nunca, es siempre obra  de los siglos. Y es que a un Estado le basta la colaboración de las armas y de la fortuna para constituirse, y una Nación necesita la del tiempo para nacer.

Las manifestaciones de la vida de la Nación, la manera especial de ver y expresar la Religión, la ciencia, la literatura y el arte, no dependen de la actividad del Estado, se producen aparte, y muchas veces le son contrarias y accionan sobre él, o son oprimidas por su fuerza.

Por eso una Nación subsiste dividida en varios Estados, y teniendo uno solo que pierde la independencia sojuzgado por otro, subsiste. Por eso pasa de la pluralidad de Estados a la unidad política impuesta por la fuerza o formada por pactos, o por la fuerza y los pactos juntamente, y de un Estado federativo a un Estado centralizador, o al contrario, sin que, en esas mudanzas de soberanía, en esos cambios y trasmutaciones de Estados, deje de persistir el todo moral y la unidad histórica que la forma. Y es esa la causa de que una muchedumbre de náufragos  de diferente creencias, razas, clases y lenguas, arrojados por la tempestad en una isla desierta, pueden, por exigencias de orden y de defensa contra la agresión de los habitantes de las islas cercanas, constituir un poder común, un Estado, pero no formarán una Nación, hasta que una poderosa unidad moral, sobreponiéndose a todas las diferencias y deslizada en la corriente de los siglos, atraviese varias generaciones, y las ate con una tradición común, y las marque con su sello.

Siendo la Nación y el Estado cosas tan diferentes, es fácil deducir cuál es la relación fundamental: El Estado depende de la Nación, no la Nación del Estado.

Los que invocan todavía la soberanía nacional como un residuo de la teoría russoniana de la soberanía colectiva (que no ha cambiado el liberalismo orgánico a pesar de alterar los nombres), no han sabido nunca ni lo que es la soberanía, ni lo que es la Nación. La soberanía nacional considerando a la Nación expresada en un cuerpo electoral que la posee por modo inmanente, aunque lo haga transitiva por representación, es imposible, porque jamás la multitud tendrá capacidad para ejercerla, ni para vigilar ni dirigir a los que la ejercen, que siempre serán los menos. La soberanía es, no la nacional de la muchedumbre de un día que se congrega en las urnas, cuando no la congregan...soberanía efímera, mudable, contradictoria, sino la soberanía permanente de la Nación sobre el Estado, del espíritu nacional sobre las leyes, expresado en la tradición que, como yo he dicho alguna vez, no es el sufragio de una hora, porque es el sufragio universal de los siglos, contra el cual no puede prevalecer el voto inconsciente de una multitud, ni siquiera el de una generación amotinada contra la historia.

El Estado debe subordinarse a la Nación, y no la Nación al Estado. El espíritu nacional debe imperar sobre la voluntad del poder, y no la del poder sobre el espíritu nacional. El Estado no puede cambiar y modelar conforme a planos ideales el carácter de la Nación, es el carácter de la Nación el que tiene derecho a que el Estado lo refleje.

La unidad política del Estado actual, sea en la forma federativa o unitaria, ha pasado por la variedad de Estados de caudillaje militar, y de Estados locales y regionales, y es posterior a la unidad nacional,que precisamente  ha invocado como fundamento para poder constituirse. De aquí el absurdo de que, siendo efecto, quiera subordinar a él su causa, y, alterando hasta el orden cronológico de los hechos, quiera hacer lo posterior, y lo anterior posterior.

Por eso el Estado no es arquitecto que construye y reconstruye la Nación. Es la Nación la que tiene el derecho de modelar a su imagen y semejanza al Estado, que existe para servirla, y no para ser servida por ella.

En suma: el Estado es un rebelde que niega uno de los títulos principales de su soberanía si falta al deber esencial de dependencia que le liga a la Nación y no la expresa y lo cumple en la ley. Y como la Patria, en su mayor amplitud, se identifica objetivamente con la Nación, pues no es más que la Nación en nosotros, en cuanto nos sentimos ligados a ella conociendo su unidad moral e histórica y amándola como algo que es parte de nuestro ser, el Estado tiene el deber imperioso, no sólo de conocer y amar esa unidad, sino de servirla con efecto filial y de mantenerla con la fuerza.

Juan Vázquez de Mella. Obras completas.


viernes, 17 de febrero de 2012

Los distributistas y la realidad del capitalismo

 
"El Capitalismo constituye una calamidad no porque defienda el derecho legal a la propiedad sino porque representa, por su propia naturaleza, el empleo de ese derecho legal para beneficio de unos pocos privilegiados contra un número mucho mayor de hombres que, aunque libres y ciudadanos en igualdad de condiciones, carecen de toda base económica propia.

Por lo tanto, la calamidad básica que de una manera drástica llamamos capitalismo, debiera, con más precisión llamarse «Proletarianismo», dado que las características del mal estado de la sociedad que hoy llamamos «Capitalismo» no consisten en el hecho de que unos pocos tengan propiedades sino en el hecho de que la mayoría, aún cuando desde el punto de vista político sean iguales a sus amos y libres para ejercer todas las funciones inherentes a un ciudadano, no pueden disfrutar la libertad económica completa. [...] La presencia de un proletariado tan amplio es la que imparte el tono a todo el conjunto de la sociedad y lo que hace que ella sea una Sociedad Capitalista”.

Hilaire Belloc La crisis de nuestra civilización 

"Digo pues, que hicieron su aparición contra la Iglesia los integrantes de un grupo de ricos inmorales que esperaban sacar ventaja de una ruptura general en la organización popular de la sociedad…Una clase poco numerosa, extremadamente rica, contaminada del ateísmo que se oculta siempre en la segura riqueza disfrutada durante largo tiempo, comenzaba a apropiarse en demasía de la tierra inglesa…es verdad que el monopolio absoluto del suelo y la opresión del pueblo por parte de los terratenientes es un procedimiento puramente protestante. Nada análogo sucedió ni podía haberse concebido en la Inglaterra de la pre-reforma…(esta oligarquía) comenzaba a inmiscuirse en la administración judicial, a reemplazar al pueblo en la legislación local y a suplantar apreciablemente al rey en la legislación central….rebelarse contra la Fe, que siempre ha mirado con reservas y ha restringido y reformado la tiranía de la riqueza”.

Hilaire Belloc. Europa y la Fe 

“La única diferencia entre una turba de ingleses libres –capitalistas- que dependen de no faltar a sus puestos de trabajo para subsistir y un rebaño de rusos serviles –comunistas-, es que los primeros están explotados en beneficio privado y los segundos por el Estado de manera comunal. El objeto de las clases dirigentes rusas es el establecer una burocracia cómoda para sí mismos y sus intereses fundamentada sobre la labor y el esfuerzo del proletariado. El objeto de la clase dirigente inglesa es incrementar sus fortunas privadas sobre las espaldas de la clase obrera explotada. Nosotros necesitamos algo distinto a cualquiera de los dos"


"Decir que debemos tener socialismo o capitalismo es como decir que debemos optar porque todos los hombres entren en los conventos y unos pocos tengan harenes… porque el gran ‘trust’ no tiene más derecho de absorber en un monopolio todas las fortunas privadas y afirmar que así defiende la institución de la propiedad, que el que tiene el Gran Turco de raptar a todas las mujeres y encerrarlas en un serrallo, afirmando que así defiende la santidad del matrimonio”.

G.K Chesterton

viernes, 25 de noviembre de 2011

Apuntes para una economía tradicionalista en un Orden social, foral y católico

 SocializaciónEn la ordenación de los bienes materiales, el Carlismo niega, de una parte el capitalismo liberal, que traslada a la economía las pugnas de los egoísmos infrahumanos y que termina en la esclavitud de los asalariados por parte de los propietarios de los medios de producción. Y, de otra parte, niega el Carlismo también la estatificación de esos medios de producción que agrava el mal al entregar a los asalariados indefensos en manos de un propietario único, monopolista absoluto, el Estado totalitario, señor de poderes plenos, irresistibles y exclusivos. Esto significa que el Carlismo defiende la propiedad privada frente al socialismo y la propiedad colectiva frente al individualismo. Y por eso el foralismo significa la simultánea defensa de la propiedad individual y de la propiedad estatal, dentro de un sistema de propiedad social. Así es como el Carlismo se suma a las corrientes socializadoras de la época; postulando que la propiedad no sea exclusiva de los individuos o del Estado, sino de los individuos como tales, de los cuerpos sociales como tales y del Estado como tal, en las proporciones variables que cada momento aconsejen.

Propiedad socialAl requerir como de máxima urgencia la constitución de economías sociales, el Carlismo rehuye tanto el individualismo burgués como el estatismo marxista. Porque es cierto que el individuo necesita la propiedad de algunas cosas para su normal desenvolvimiento, y que el Estado necesita también de propiedad para cumplir sus objetivos debidamente. Pero la forma normal de la propiedad es la de la libre participación de los individuos en los bienes de los organismos sociales, desde la familia al municipio o al gremio, forma que asegura la libertad individual, al par que garantiza a cada hombre un puesto activo dentro de la vida colectiva.
Disminuyendo al máximo la propiedad individual y la estatal, el Carlismo conoce primordialmente las formas de propiedad social, cuyos sujetos sean la familia, el municipio, las agrupaciones profesionales y las sociedades básicas restantes. Y de acuerdo con ello, el Carlismo condena expresamente la desamortización de los bienes de las comunidades en el expolio con que la dinastía usurpadora fraguó artificialmente una clase burguesa de enriquecidos por méritos de favor político, a fin de sostenerse en el trono usurpado, exigiendo la reconstrucción inmediata de los patrimonios sociales, especialmente de los municipales, previa indemnización a los poseedores de buena fe.

Reforma agrariaEl Carlismo sostiene que el proletariado campesino surgió en España a resultas de la desamortización. Por eso postula la realización de una reforma agraria, que reconstruya la propiedad social de las comunidades territoriales. Para llevar a cabo esta reforma agraria de un modo inmediato postula la autorización del pago de indemnizaciones a poseedores de buena fe con títulos de deuda local, en el marco de un régimen financiero especial y transitorio. Por aquí habrá de buscarse también la creación de patrimonios familiares indivisible en arriendos de noventa y nueve años, haciendo realidad la reforma agraria inaplazable. El resto de las propiedades agrarias será sujeto al cauce de propiedades empresariales, estableciéndose la participación proporcionada de los ahora asalariados en los beneficios de tales empresas.

Reforma de la empresaLa economía industrial o mercantil adoptará la forma patrimonial de las propiedades familiares o empresariales, con proporcionada participación en los beneficios de cuantos intervienen en el proceso de la producción o en el ciclo comercial. Una legislación especial canalizar el ahorro con miras a dar al accionariado popular influjo decisivo en la vida de las grandes sociedades anónimas. Pero, en lugar de ellas, que llevan el estigma de la explotación capitalista, el Carlismo sostiene con la doctrina social católica la conveniencia de fomentar por todos los medios las cooperativas de producción y de consumo.

BancaEl Carlismo considera a la banca como servicio público, regulado por ley adecuada que ordene sus actividades al servicio de la comunidad nacional, tanto en la canalización del ahorro privado, como en el uso del numerario. En todo caso, fomentar la actividad bancaria de los organismos sociales capacitados para ella, sustituyendo el ordenamiento bancario estatal o individualista, por instituciones bancarias profesionales o gremiales, municipales y regionales.

IntervencionismoEl Carlismo preconiza la intervención del poder público - regional o estatal Según los casos fijados por la ley - en la economía a fin de garantizar el bien común y que el desarrollo económico sea también un desarrollo social. Por lo tanto sostiene el deber en que está el mismo de lograr algunos fines como los siguientes:
a) Encauzar las economías privadas al servicio del bien común en función de los planes generales de desarrollo económico.
b) Fiscalizar la rentabilidad de las empresas y censurar su administración en los aspectos técnico-jurídicos.
c) Garantizar la libertad de asociación profesional y encauzarla a la defensa de los intereses económicos de quienes legalmente puedan asociarse para tales fines.
d) Impedir el "lock-out" siempre, y la huelga cuando se trate de huelgas "subversivas" o "salvajes".
e) Garantizar un salario mínimo vital personal y familiar, complementado siempre por la parte de los beneficios empresariales, en las cuantías fijadas por el Consejo Social Regional respectivo, dentro de los límites fijados anualmente por el Consejo Social Real.

Política social carlistaBaste con los anteriores ejemplos para el fin que se perseguía. El Carlismo es consciente de que una sociedad auténticamente cristiana exige que todo hombre sea propietario de bienes bastantes para atender sus necesidades, Según el tipo de vida medio del ambiente en que viva. Por eso, la meta de la política social carlista es acabar con las injustas desigualdades en la posesión de las riquezas, propiciar una justa redistribución de los medios económicos y proporcionar sin excepción a todos los españoles una parte conveniente en forma de propiedad familiar o por participación en las propiedades sociales. No puede sentir la grandeza de la patria, ni se puede sentir llamado a cumplir la misión de las Españas, quien no esté integrado plenamente en ellas por no pertenecer a las instituciones políticas y económicas que las constituyen. Esto es justamente lo que pasa cuando la propiedad es individualista - concentrándose en una sola -. Y esto es justamente lo que pasa, asimismo, cuando la representación es inorgánica o cuando no hay representación política ninguna, como ocurre respectivamente en el liberalismo y en el socialismo. Por eso propugna el Carlismo una propiedad social y una representación corporativa, que considera los precisos instrumentos forales capaces de eliminar para siempre al mero asalariado, vendedor de trabajo propio y de votos electorales prestados, sin arraigo social efectivo, y vergüenza de una comunidad que quiera merecer el calificativo de cristiana.

¿QUE ES EL CARLISMO? 1971 (Edición cuidada por Francisco Elías de Tejada y Spínola, Rafael Gambra Ciudad y Francisco Puy Muñoz. Capitulo 10 Fueros (puntos 154 a 160)

A propósito del 20-N (I): malmenoritis reloaded

 
A pesar de que cada vez me convenzo más de que la democracia -la participación del pueblo en la cosa pública- tiene poco que ver con las elecciones sufragistas, no quisiera dejar de comentar algo sobre las próximas del 20 de noviembre. Y para ello, rescato y actualizo esta pequeña reflexión sobre la licitud del mal menor, a la luz de las enseñanzas magisteriales pontificias y episcopales:

¿Cuántos que hablan de mal menor saben que Juan Pablo II condenó el "error proporcionalista" de creer legítima la elección de cualquier mal sólo por tener enfrente a otro mayor? Cuando un partido defiende el aborto, cuando un partido aprueba la píldora del aborto libre, cuando un partido se carga a los objetores de conciencia frente a Educación para la Ciudadanía, y un largo etc (no hablo del PSOE), uno le podrá votar, sí, pero no podrá decir que lo hace "en conciencia".

En este sentido, me gustaría recordar  la Nota que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe emitió el pasado día 21 de diciembre de 2010, a propósito de algunas lecturas de "Luz del mundo". Pues bien, la Nota, además de recordar precisamente el peligro "proporcionalista" en la interpretación de la teoría del mal menor, recuerda por un lado que "no es lícito querer una acción que es mala por su objeto, aunque se trate de un mal menor". Cita en su apoyo la Encíclica Veritatis Splendor, que a su vez cita a Pablo VI en la Humanae Vitae. Y algunos alertarán de las barbaridades en ingeniería social del PSOE, obviando las subvenciones al aborto en comunidades como Madrid o Valencia. Pues bien, dice el Magisterio perenne de la Iglesia:
"En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, hacer el mal para conseguir el bien no es lícito,  (cf. Rm 3, 8)"
Nótese que dice "alguna vez tolerar", y no que "siempre" sea lícito tolerar, ni mucho menos dice que siempre sea lícito el mal menor. Al contrario, desde decir que "sería lícito en algún caso tolerar un mal menor" hasta "hay que querer el mal menor" hay una gran diferencia.

Y en todo caso, tenemos lo que dijo en el año 2002 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en su Nota sobre el compromiso y la conducta de los católicos en la vida política:
"La conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral"
Para mayor aclaración todavía, el Papa Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis definió y concretó cuáles eran los principios que él denominó "no negociables":
"El respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas."
Y por terminar, que todavía he oído alguna objeción más a todo esto (si es que es posible), de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe:
El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad
 Además, 
"Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona."
 Y más recientemente, en su habitual y calculadamente críptico lenguaje, la Conferencia Episcopal de España señalaba el pasado mes de octubre que:
3. No se podría hablar de decisiones políticas morales o inmorales, justas o injustas, si el criterio exclusivo o determinante para su calificación fuera el del éxito electoral o el del beneficio material. Esto supondría la subordinación del derecho al poder. Las decisiones políticas deben ser morales y justas, no sólo consensuadas o eficaces; por tanto, deben fundamentarse en la razón acorde con la naturaleza del ser humano. No es cierto que las disposiciones legales sean siempre morales y justas por el mero hecho de que emanen de organismos políticamente legítimos.
En definitiva, el mal menor, que alguna vez puede ser tolerado, no vale siempre, y en todo caso, subordinado a la Ley Natural.

Quien tenga oídos para oír, que oiga, porque está muy claro ¿no?

viernes, 23 de septiembre de 2011

Hacia un Orden Social Cristiano: el marqués de La Tour du Pin

 Las tres escuelas de economía, según el clásico de la contra-revolución, marqués de La Tour du Pin:

1) el que considera al hombre como una cosa - el liberalismo
2) el que considera al hombre como una bestia - el socialismo
3) el que considera al hombre como a un hermano - el corporativismo
La Tour du Pin, René . 
"Hacia un Orden Social Cristiano"
Después de haber reconocido en el régimen corporativo el único sistema capaz de vencer la decadencia económica y moral, es preciso considerarlo también como eficaz remedio al objeto de sobrepujar la decadencia política entre la que se debate el mundo, pues ofrece una base novísima de reorganización social cuyo vértice es la posesión de estado obligatoria para todos los elementos de la producción, fundamento básico de una cabal representación de los intereses.

Es postulado elemental que para hacer conservador al pueblo precisa darle algo a conservar. Ahora bien, es exactamente lo contrario de lo que hizo el liberalismo al suprimir las organizaciones sociales donde cada uno tenía algún derecho propio y un porvenir asegurado. Desde ese tiempo, el descontento es permanente y las revoluciones crónicas, pues no cabe sustentar un Estado político durable sobre un Estado social inestable, tanto más cuanto el primero no es sino la cúpula del edificio formado por la sociedad dentro de los límites de la nación. En otro lugar de estas notas hemos insistido sobre la diferencia fundamental entre Estado y sociedad; ahora es preciso considerar la conexión existente entre dichos dos organismos. El Estado existe únicamente para garantizar la conservación de la sociedad, pero si esta sociedad se halla perturbada, si sus miembros, lejos de tender a perpetuarla, trafican para destruirla, la misión del Estado se hace de imposible cumplimiento, y el pueblo que tiene su vista puesta en él, por ser como la forma externa de la sociedad, le toma odio, y confundiéndole con este no tiene otro afán sino su destrucción total.

Este es el resultado obtenido por la práctica del liberalismo desde que hace un siglo empezó a gobernar los antiguos Estados de la cristiandad. El descontento popular crece en sentido inverso a las promesas y en directa relación de los progresos anunciados. Todas las bellas frases y ditirámbicos conceptos no pueden impedir la constatación de este hecho histórico, ni retardar la evolución social, que pasar del mundo de la anarquía liberal al despotismo socialista, porque estos son dos períodos de una misma enfermedad que avanza entre crisis alternativas y oleadas intermitentes. El liberalismo ha engendrado al socialismo como consecuencia ineludible de sus doctrinas y reacción obligada de sus prácticas. La evolución se halla en período mucho allá adelantado de lo que se cree y no se trata ya de detenerla en su primera fase, sino en un período álgido de la segunda.

El régimen corporativo tornado como base de la reorganización social, no ocupa, ni mucho menos, una posición intermedia entre ambas doctrinas, como se ha dicho con notoria ligereza, porque nada tiene del uno o del otro, ni en los principios ni en sus formas. Tampoco representa un socialismo cristiano, porque el ensamblaje de estas dos palabras es un contrasentido manifiesto, sino un cristianismo social y, dicho sin pleonasmo, el verdadero cristianismo. Por encarnar, en lugar de los principios de la revolución, los del cristianismo, contiene en germen la salvación social, pudiendo decir que, únicamente, por deducción de las doctrinas de la Iglesia, hemos llegado a reconocer las excelencias del sistema. Mas para que este germen adquiera su pleno desenvolvimiento, es preciso que su aplicación sea lo más completa posible, haciéndole fructificar, no sólo en los variados campos del trabajo manual sino en todos los ámbitos de la actividad económica, porque contiene el único elemento verdaderamente conservador de un orden popular en su base, y aristocrático en la cumbre: es decir, el orden natural.

martes, 6 de septiembre de 2011

El humanismo moderno anclado en el relativismo

 El humanismo moderno se originó en los tiempos del Renacimiento, cuando, al descubrirse los manuscritos griegos, encontraron los eruditos en las Vidas paralelas de Plutarco, unos tipos de hombres que les parecieron más dignos de servir de modelo a los demás que los santos del año cristiano. Como así se humanizaba el ideal, el humanismo significó esencialmente la resurrección del criterio de Protágoras, según el cual el hombre es la medida de todas las cosas. Humanismo y relativismo son palabras sinónimas.

(Ramiro de Maeztu en Defensa de la Hispanidad)

Sólo la persona puede ser sujeto de derechos y deberes, no la naturaleza. Por tanto, no puede hablarse de derechos humanos universales, sino de derechos concretos de cada persona. El derecho natural lo que hace es crear un orden relativo a la naturaleza humana que se impone como un conjunto de deberes a las personas; por eso, los Mandamientos de la Ley de Dios se formulan como deberes y no como derechos: deberes de la persona respecto a la naturaleza. Lo que la Declaración de los Derechos Humanos pretende hacer es atribuir derechos a la naturaleza como reflejo de aquellos deberes, confundiendo la naturaleza individual con la persona, y fundando aquellos pretendidos derechos en una inexistente dignidad natural.

(Álvaro D´ors)

jueves, 14 de julio de 2011

La Comunidad orgánica frente al "hormiguero" individualista liberal

 No ha de admitirse que sea el individuo suelto, disgregado, el punto de arranque de la sociedad, porque el individuo es ser sociable, pero no social, hasta que no se asocie, constituyendo la familia. No es el individuo, sino la familia la primera célula social. Es la familia la que contrae las primeras obligaciones, los primeros deberes; por eso le corresponden derechos. El individuo solo no es nada, y de la nada, nada sale. No es concebible el hombre aislado, y en cuanto, por inclinación o por necesidad, abandona su aislamiento, ya es ser social, porque de algún modo se ha asociado, al relacionarse, y toda relación es referencia, trato, enlace, concordancia. La sociedad, por tanto, la Nación ha de fundamentarse sobre núcleos vivos y efectivos, que son los núcleos sociales, los que, con acción social, deben y pueden influir y actuar en su propia atmósfera, en la sociedad nacional.

El voto aislado, el voto suelto, el voto universal inorgánico es contrario a la naturaleza del hombre pensante, porque se deja en cierto modo a la casualidad, a lo que salga; el voto corporativo, por gremios, por profesiones, por clases, por organismos, que tienen, cada uno, su ser y su razón de ser, su interés, su aspiración, es un voto lógico y consciente, además de ser natural, porque resulta conforme con la naturaleza de la sociedad, que es un conjunto de grupos sociales, con causas y efectos propios.

Tomado de: Melchor Ferrer. Historia del tradicionalismo español. Tomo 1