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viernes, 25 de noviembre de 2011

A propósito del 20-N (I): malmenoritis reloaded

 
A pesar de que cada vez me convenzo más de que la democracia -la participación del pueblo en la cosa pública- tiene poco que ver con las elecciones sufragistas, no quisiera dejar de comentar algo sobre las próximas del 20 de noviembre. Y para ello, rescato y actualizo esta pequeña reflexión sobre la licitud del mal menor, a la luz de las enseñanzas magisteriales pontificias y episcopales:

¿Cuántos que hablan de mal menor saben que Juan Pablo II condenó el "error proporcionalista" de creer legítima la elección de cualquier mal sólo por tener enfrente a otro mayor? Cuando un partido defiende el aborto, cuando un partido aprueba la píldora del aborto libre, cuando un partido se carga a los objetores de conciencia frente a Educación para la Ciudadanía, y un largo etc (no hablo del PSOE), uno le podrá votar, sí, pero no podrá decir que lo hace "en conciencia".

En este sentido, me gustaría recordar  la Nota que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe emitió el pasado día 21 de diciembre de 2010, a propósito de algunas lecturas de "Luz del mundo". Pues bien, la Nota, además de recordar precisamente el peligro "proporcionalista" en la interpretación de la teoría del mal menor, recuerda por un lado que "no es lícito querer una acción que es mala por su objeto, aunque se trate de un mal menor". Cita en su apoyo la Encíclica Veritatis Splendor, que a su vez cita a Pablo VI en la Humanae Vitae. Y algunos alertarán de las barbaridades en ingeniería social del PSOE, obviando las subvenciones al aborto en comunidades como Madrid o Valencia. Pues bien, dice el Magisterio perenne de la Iglesia:
"En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, hacer el mal para conseguir el bien no es lícito,  (cf. Rm 3, 8)"
Nótese que dice "alguna vez tolerar", y no que "siempre" sea lícito tolerar, ni mucho menos dice que siempre sea lícito el mal menor. Al contrario, desde decir que "sería lícito en algún caso tolerar un mal menor" hasta "hay que querer el mal menor" hay una gran diferencia.

Y en todo caso, tenemos lo que dijo en el año 2002 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en su Nota sobre el compromiso y la conducta de los católicos en la vida política:
"La conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral"
Para mayor aclaración todavía, el Papa Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis definió y concretó cuáles eran los principios que él denominó "no negociables":
"El respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas."
Y por terminar, que todavía he oído alguna objeción más a todo esto (si es que es posible), de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe:
El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad
 Además, 
"Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona."
 Y más recientemente, en su habitual y calculadamente críptico lenguaje, la Conferencia Episcopal de España señalaba el pasado mes de octubre que:
3. No se podría hablar de decisiones políticas morales o inmorales, justas o injustas, si el criterio exclusivo o determinante para su calificación fuera el del éxito electoral o el del beneficio material. Esto supondría la subordinación del derecho al poder. Las decisiones políticas deben ser morales y justas, no sólo consensuadas o eficaces; por tanto, deben fundamentarse en la razón acorde con la naturaleza del ser humano. No es cierto que las disposiciones legales sean siempre morales y justas por el mero hecho de que emanen de organismos políticamente legítimos.
En definitiva, el mal menor, que alguna vez puede ser tolerado, no vale siempre, y en todo caso, subordinado a la Ley Natural.

Quien tenga oídos para oír, que oiga, porque está muy claro ¿no?

jueves, 23 de septiembre de 2010

La Iglesia en la política, hoy

de 

Este artículo apareció en The Christian Century, (13 de diciembre 2005, pp.28-32.). Se trata de una entrevista a W. Cavanaugh en la que se tocan temas muy diversos en torno al papel político de la Iglesia.


.- Usted ha sugerido que los cristianos deberían recurrir a sus prácticas litúrgicas propias al considerar sus compromisos en el terreno de la política. ¿Qué tiene en mente?


Hace poco me pidieron que diera una charla sobre "el significado social de la Eucaristía", y lo primero que dije fue: "Deben prometerme que si les digo lo que es el significado social de la Eucaristía, no dejarán de ir a Misa”. En otras palabras, la liturgia no puede reducirse a un significado. Si se pudiera, ¿por qué seguir yendo a la iglesia una vez que has entendido el significado? ¿Cuántos recordatorios necesitamos? Sólo aquellos que son realmente torpes tendrían que ir todos los domingos.
Este es a menudo nuestro enfoque de la liturgia y la vida social: tratamos de "leer" la liturgia buscando símbolos y significados que podemos entresacar y aplicar en el “mundo real" - la ofrenda significa que debemos dar de nuestra riqueza, el beso de la la paz significa que debemos buscar la paz en las relaciones internacionales, y así sucesivamente. Esto está bien, pero no va en la dirección de tomar la liturgia como una acción que forma un cuerpo, el Cuerpo de Cristo.
Henri de Lubac, dice, "La Eucaristía hace la Iglesia", y la Iglesia es más que un simple club para cristianos. La iglesia es un espacio social por derecho propio, una representación de la política de Jesús. Esto no quiere decir que la iglesia debería ser un partido político o interponer políticas partidistas en la liturgia. Esto significa que la iglesia debe ayudar a crear - en colaboración con los no cristianos también - espacios de paz, caridad, e intercambio económico justo.
Creo que Voces en el desierto o las comunidades económicas del Movimiento de los Focolares son buenos ejemplos de la política de Jesús. Lejos de constituir una huida sectaria o quietista del mundo, estos movimientos son efectivos produciendo el cambio - más que los movimientos que piden al estado paz y justicia.

.- Una de las asunciones de la política secular moderna es que el Estado debe ser “laico” y la religión algo “privado”, para que no volvamos a las guerras de religión que devastaron Europa en el s.XVI, ¿hay algo erróneo en ese supuesto?.


Yo no creo que haya ninguna razón para querer restablecer el poder político de las iglesias, si por éste se entiende el poder coercitivo. Hay, sin embargo, una buena razón para cuestionar el mito del Estado laico como pacificador. Las llamadas guerras de religión no opusieron una religión contra otra, como católicos contra protestantes. Se pueden describir con más exactitud como guerras entre diferentes órdenes “teopolíticos”. Esto explica por qué, por ejemplo, católicos murieron a manos de católicos. En la segunda mitad de la Guerra de los Treinta Años, participaron los Habsburgo en lucha contra los Borbones - dos dinastías Católicas luchando entre sí.
Obviamente, la iglesia no era inocente por el derramamiento de sangre, enredada como estuvo por el poder coercitivo. Pero tampoco fue el Estado moderno un espectador inocente. Todo el aparato del Estado se puso en pié para posibilitar a los príncipes hacer la guerra con mayor eficacia. Como Charles Tilly ha escrito, "la guerra hizo al Estado, y el Estado hizo la guerra". El Estado-nación moderno se basa en la violencia. Si la Iglesia va a resistir a la violencia, tiene que salir de su privatización y tener una voz política, que no busca recuperar el poder del Estado, sino a hablar con la verdad al respecto. Los cristianos pueden expiar su complicidad con la violencia en el pasado negándose a ser cómplices de la violencia estatal ahora.


.- Las personas que temen una alineación de la religión y el estado a menudo apuntan a los regímenes musulmanes de estilo talibán como un ejemplo del peligro. ¿Es una preocupación legítima?


Obviamente, yo no soy un fan de los talibanes. Deberíamos estar preocupados por cualquier régimen que abuse de las personas. Me inquieta, sin embargo, la forma en que el gran mito de la violencia religiosa sirve para justificar ciertos tipos de violencia: "Aquellas personas son locos fanáticos religiosos; su violencia es irracional, absolutista y disolvente. Vivimos en un estado democrático, laico; nuestra violencia es racional, modesta y concentradora. No han aprendido la lección que nosotros si hemos aprendido: la religión debe mantenerse fuera de la esfera pública. Así que tenemos que ayudarles por medio del bombardeo, dentro de una más elevada racionalidad". Esta forma de pensar es, creo, uno de los sobrentendidos  de la guerra de Irak y de gran parte del discurso público sobre el terrorismo. Tanto los republicanos como los demócratas lo asumen.
Este mito nos ayuda a pensar que somos la nación más amante de la paz en la tierra, al mismo tiempo que nuestro presupuesto militar es superior al de todas las demás naciones juntas. Nuestra violencia no cuenta como tal violencia, porque estamos tratando de difundir la democracia, la racionalidad y la paz. Las guerras llevadas a cabo por fuerzas de los EE.UU. o satélites – que han dado como resultado la muerta de 50.000 civiles iraquíes, 2 millones de vietnamitas, o 200.000 campesinos guatemaltecos - no hacen mella en nuestra propia imagen, siempre y cuando hagamos de la "violencia religiosa" el coco. Creo que debemos denunciar todo tipo de violencia, ya sean religiosos ya sean seculares.


.- Usted ha estudiado las respuestas de la Iglesia al régimen político represivo del General Pinochet en Chile. ¿Tiene alguna idea sobre si las iglesias deberían afrontar activamente el poder político o trabajar tras el escenario, como los obispos católicos de Chile en gran parte decidieron hacer?


Sería presuntuoso por mi parte decir lo que deberían haber hecho. En mi libro sobre Chile, yo estaba tratando de mostrar ejemplos de lo que se hacía en realidad, tanto por los obispos como por la iglesia de base, para romper el control del estado sobre la imaginación de la gente. La gente en la iglesia se dió cuenta - algunos más rápido que otros – de que instar al Estado a hacer justicia es a veces un ejercicio inútil. La iglesia no puede basarse en el estado para hacer justicia. La iglesia debe tomarse a si misma en serio como un tipo de cuerpo (organismo) público, el cuerpo de Cristo, que crea espacios de justicia y paz en el mundo. Con frecuencia debe hacerlo resistiendo a la nación-estado. En Chile, algunos obispos excomulgaron a los responsables de las torturas, y la iglesia de base ayudó a las víctimas del régimen y llevaron a cabo actos de desobediencia civil. El cambio no llegó tranquilamente,como generalmente ocurre.


.- La tortura fue practicada por el gobierno en Chile bajo Pinochet. Ahora la tortura es algo que el gobierno de los EE.UU. parece perdonar. ¿Las iglesias en Estados Unidos tienen algo que aprender de la experiencia de Chile de la utilización de la tortura?


El Presidente Bush está amenazando con vetar un proyecto de ley por primera vez en sus cinco años en el cargo, y su objetivo es la enmienda del senador John McCain para prohibir la tortura por agentes de EE.UU.. Una de las cosas que podemos aprender de Chile es no sorprenderse demasiado por esto. Se suponía que Chile iba a ser excepcional: tenía la tradición más larga de democracia en América Latina, y todo el mundo pensaba que el golpe militar sería breve y relativamente benigno. América también se supone que debe ser excepcional, un faro de libertad para el mundo.
La excepcionalidad funciona en ambos sentidos: porque a Estados Unidos se le considera excepcional, es también considerado por muchos como por encima de la ley y en condiciones de aplicar medidas excepcionales. Cuando una nación se convierte en un fin en sí mismo - Estados Unidos es la "nación indispensable", dijo Madeleine Albright - se recurrirá a los mecanismos que resulten necesarios para proteger sus intereses vitales, que se supone que son los intereses de todos.
La otra cosa que podemos aprender de Chile es que la iglesia debe hacer algo más que depender del Estado para hacer justicia. Las iglesias deben dejar claro que los cristianos deben negarse a participar en el tratamiento injusto de los detenidos. Por otra parte, las iglesias no deben someterse a la decisión del presidente sobre lo que constituye una guerra justa y lo que no. Si la iglesia decide que una guerra es injusta, los cristianos deberían negarse a luchar en ella. Creo que esta es la cuestión más crucial que enfrenta la iglesia en América hoy. Si la teoría de la guerra justa significa algo, la Iglesia no debe abdicar de sus decisiones sobre la justicia de la guerra frente al estado.


.- Usted ha escrito sobre el compromiso cristiano con la industria del entretenimiento, específicamente con la organización Disney. Normalmente las dos opciones de los cristianos en esta área son buscar signos del Evangelio en el entretenimiento popular o huir a causa de su inmoralidad. ¿Cuál es su enfoque?


Yo no creo que tengamos que elegir entre la aprobación y rechazar el entretenimiento popular en su conjunto. Creo que podemos discernir lo bueno y lo malo en él.
Mi crítica de Disney no es tanto relativa al contenido de sus películas y otros medios de comunicación, aunque el contenido es ciertamente criticable. Mi interés en Disney se refiere a su poder absoluto. Disney es un ejemplo de la forma en que unas pocas corporaciones enormes tienen el poder de influir en los patrones de consumo y homogeneizar la cultura, a pesar de que el mercado es libre. Millones de padres están atrapados comprando todo lo que Disney saca, ya que cualquier otro niño en la escuela tiene productos del Rey León o cualquier otro tipo de productos similares.
¿Cómo termina por sentirse coaccionada la gente en un mercado libre? Teóricamente, en un mercado libre cada individuo es libre de elegir lo que él o ella considera como bueno. Pero en una cultura sin un sentido de lo que es objetivamente bueno, todo lo que queda es el poder. La voluntad no se mueve por la atracción hacia el bien, sino por el puro poder de marketing para mover la voluntad. El creciente poder de grandes corporaciones transnacionales produce una especie de libertad truncada.


.- Otra preocupación suya es la identidad de los colegios relacionados con la iglesia. ¿Cree usted que estas instituciones pueden mantener un firme compromiso con su fundamento teológico y también tener éxito en el competitivo mercado de la educación superior?


La gran ironía de la educación superior norteamericana es que en la búsqueda de la diversidad, escuelas y universidades han llegado a parecer más o menos lo mismo. Estoy muy a favor de buscar la diversidad racial, de género y de clase dentro de las universidades. Buscar la diversidad de la misión, sin embargo, produce colegios que no creen en nada en particular. La diversidad real significaría diversidad, no sólo dentro de los colegios, sino entre ellos. Si hay una universidad bautista, o metodista, o católica, no deben considerar la identidad como un pasivo. Todos nos enriquecemos en los lugares que son distintivamente Bautista, o católico, o metodista. Las escuelas relacionadas con la Iglesia prosperarán si son distintivas, si dan a los estudiantes una razón para elegir sobre las escuelas genéricas sin identidad particular.
Esto no quiere decir que deban ser aplicadas rígidas normas de ortodoxia dentro de las escuelas religiosas a todos. Pero debe haber suficiente acuerdo entre una parte significativa de los administradores, profesores y estudiantes de forma que pueda desarrollarse un diálogo coherente. Muchos estudiantes universitarios no toman en serio su educación porque los formamos en la ironía. Les ofrecemos un buffet de ensaladas de diferentes métodos intelectuales, las posiciones y visiones del mundo y les decimos que simplemente elijan lo que quieren - que en realidad no importa. Muchas universidades modernas son tan incoherentes intelectualmente que tienden a engendrar cinismo, y no vitalidad intelectual.

.- ¿Cómo empezaría usted para señalar esta incoherencia?


Creo que la contratación es la preocupación más acuciante. Muchas de las escuelas relacionadas con las iglesias han terminado con una gran proporción de profesores y administradores que actúan con indiferencia o sospecha frente a  la afiliación eclesial de su escuela. Todas las escuelas necesitan algunas personas “ajenas”; si yo estuviera enseñando en una universidad católica en la década de los ‘50, me gustaría disponer de unos pocos buenos marxistas para espolear un poco las cosas en la facultad. Pero el péndulo ha oscilado hacia otro lado. Ahora sería feliz con sólo unos pocos profesores en cada departamento, capaces de articular algún tipo de punto de vista católico sobre la psicología, por ejemplo, o la economía.
Este es un gran problema para los estudiantes. Sienten instintivamente que su educación debe integrarse a través de disciplinas. A los estudiantes no les gusta cuando se plantean interrogantes acerca del Génesis en su clase de biología y el profesor les trata como si fueran una ráfaga apenas audible. No quiero decir que las escuelas relacionadas con las iglesias deban contratar sólo a creacionistas, quiero decir que deberían contratar a personas empáticas e informadas sobre las diferentes maneras en que los cristianos integran la fe en Dios con los hallazgos de la ciencia.


.- En una cultura pluralista como la nuestra, los cristianos deben reflexionar frecuentemente sobre Juan 14:6 "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí." ¿Cómo lo interpretamos?


Hay mucho que se puede decir acerca de este versículo. Lo primero que pienso es una cita de Santa Catalina de Siena: "Todo el camino al cielo es el cielo, porque Él dijo: Yo soy el camino". Catalina habla acerca de Cristo como el puente entre el cielo y la tierra, la divinidad y la humanidad . El puente entre el cielo y la tierra ya es el cielo, porque es Cristo.
Me encanta esta cita porque rompe la dicotomía entre medios y fines. La vida cristiana no es un medio para el cielo. La guerra no es un medio para la paz, la libertad no es un requisito previo para el seguimiento de Cristo. La vida cristiana va de practicar el cielo ahora, en la tierra, incluso si ello hace que te maten. No se trata de hacer nuestro camino hacia Cristo por un lejano eschaton; Cristo es el camino.


.- Si le pidieran que predicase sobre cualquier tema en las próximas semanas, ¿ qué texto elegiría y como lo exploraría?


Como el Adviento se acerca, creo que elegiría una de las grandes lecturas de Isaías que se encuentran en el Leccionario para el tiempo litúrgico. Estas son algunas de mis lecturas favoritas de todo el año. Plantean una hermosa visión de la nostalgia y la expectativa de una realidad transformada. Tal vez elegiría Isaías 11:1-9.
Woody Allen dice: "El león se acostará con el cordero, pero el cordero no dormirá mucho" Después de señalar que, de hecho, el cordero se junta con el lobo en Isaías, me gustaría explorar el comentario de Allen como un ejemplo de lo que se llama realismo. El realismo dice: "No sea ingenuo. En el mundo real, el cordero no tiene ninguna oportunidad frente al lobo. Cuando Dios cambia realmente la historia, entonces podemos relajarnos. Mientras tanto, tenemos que llevar un buen garrote".
En la lectura cristiana de Isaías, sin embargo, Dios ha actuado ya para redimir a la historia. La vara del tronco de Jesé ya ha brotado. El anhelo de Adviento se cumple en Navidad. La gente a veces malinterpreta el “todavía no" del Reino de Dios en el sentido de que Dios nos lo oculta. Pero Dios no ha ocultado nada. Dios nos ha dado al Hijo, el Camino. El "todavía no" se debe a que nosotros lo estamos retrasando. Continuamos como si nada hubiera sucedido, esperando que Dios haga realidad la visión de Isaías. Pero la buena noticia es que Dios ya ha actuado. Dios nos ha dado al Cristo, en quien la visión de Isaías de una realidad transformada se cumple.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Oportet Illum Regnare

de 

D. J.M. Iraburu viene dedicando los últimos posts de su blog en Infocatólica (Reforma o apostasía) al tema de el papel de los católicos en la vida política y la doctrina de la Iglesia al respecto. Toda la serie de posts es altamente recomendable, pero el de hoy se sale. No se lo pierdan:


Entresaco un párrafo de lo más significativo:

La realeza de Cristo es a un tiempo espiritual y temporal. El reino de Cristo es principalmente un reino espiritual de verdad y de amor, de justicia y salvación, de gracia y de paz. Cuando algunos judíos, entusiasmados por sus milagros, quisieron hacerle rey, no lo aceptó y se retiró al monte Él solo (Jn 6,15). Y a Pilatos le declara abiertamente: «mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Ni Jesús, ni su reino, son de este mundo. Son «de arriba», son del cielo (15,19; 17,16).
Pero eso no significa que Cristo no tenga poder temporal, pues la voluntad de Dios ha de hacerse en la tierra como en el cielo. Ejercerá Cristo Rey su autoridad a través de los poderes políticos que se abran a su influjo, pues a Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Él es «el Rey de los reyes», y todos los hombres, también los gobernantes, le deben obediencia. Por eso la misión principal de la Iglesia es difundir el Reino de Dios entre los hombres y las naciones; y no sólo en la intimidad de sus conciencias o de su vida familiar, sino también en todas sus instituciones sociales y políticas, económicas y culturales.
Cristo Rey y su Esposa iluminan, fortalecen y ayudan los poderes políticos seculares, y en modo alguno disminuyen su actividad. Benedicto XVI, para superar los recelos y suspicacias de los laicistas, así lo advierte con toda claridad:
«El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones… Pero ¿qué es la justicia?… La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y puesto también después en la práctica. La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales… La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política… El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos» (2005, enc. Deus caritas est, extractos 28-29).
Así las cosas, ante Cristo Rey sólo caben dos opciones, pues no es posible una neutralidad ambigua. O se le reconoce como Rey y Señor, o se rechaza su autoridad sobre los hombres. No hay más opciones. Los que no están con Él, están contra Él (Lc 15,23).

lunes, 6 de septiembre de 2010

El nuevo marco social

Tenemos que enfrentarnos a una nueva realidad social a la que nos han arrastrado los políticos del Sistema. Una nueva realidad hacia la que sin duda, nos han empujado todos los políticos, aunque quizás solo algunos lo hayan hecho de forma consciente, mientras que otros, solo por cobardía o por ignorancia. En todo caso, lo cierto es que el avance hacia esa nueva realidad social se ha mantenido de forma más o menos constante en todas las legislaturas y desde los albores del Sistema democrático liberal. 



La secularización, así como el desmantelamiento de los cuerpos intermedios de la sociedad, la ideología de género, la denominada cultura de la muerte, el relativismo y el “progresismo” en general, han producido los cambios éticos y sociales necesarios como para permitir que en la actualidad sea ya viable el advenimiento de la dictadura del Nuevo Orden Mundial, que se va abriendo camino en una sociedad que avanza claramente hacia la “Nueva Era”, por ellos deseada.


Ese Nuevo Orden desea una población mundial más reducida y controlable, para lo cual necesita reestructurar o erradicar, los principios morales y éticos que emanan directamente del Orden Natural y de nuestras raíces cristianas, para así erradicar resistencias y poder invertir definitivamente una larga serie de principios relacionados con el respeto a la vida, a la familia y a la libertad individual y social. 


Frente a ese cada vez más evidente Nuevo Orden Mundial y su intento de deshumanización de la realidad natural del hombre y de la familia, se encuentra como principal baluarte y casi único, la Iglesia Católica y quienes conscientemente formamos parte de ella.


En consecuencia y dada la imposibilidad de que la Iglesia se acomode a los deseos del NOM, inevitablemente vamos a asistir en las próximas décadas (o en sólo unos años) a una cada vez más contundente persecución de la Iglesia en todo el mundo, que será seguramente de índole económica, jurídica y hasta “ética” en Occidente (recuerden las recientes y desproporcionadas acusaciones de pederastia) y más directamente genocida en el resto del mundo. 


Por el contrario, actualmente los laicos que forman la Iglesia no suelen actuar en lo público reconociendo su propia identidad (de Iglesia), o cuanto menos, eso no es lo más habitual, por muy intensa que vivan su fe en lo privado, lo cual impide que la ciudadanía en general, perciba el hecho de que solamente la Iglesia se está oponiendo, de forma contundente, al avance de esa “Nueva Era” deshumanizadora. 


Ejemplos evidentes de lo expuesto en España, son nuestras principales plataformas sociales, el Foro Español de la Familia y HAZTEOIR, en las cuales y a pesar de definirse estrictamente como aconfesionales, prácticamente el 100% de sus dirigentes, de sus activistas, afiliados e incluso de sus simpatizantes, son católicos practicantes.


Esa negación de la confesionalidad en lo público, es consecuencia de equivocas estrategias emanadas de la herencia liberal demócrata. Se convenció desde el poder de que el hecho religioso era una opción personal, algo exclusivo de la esfera privada de las personas. Que la bondad de las personas no tenía nada que ver con sus creencias religiosas y que por tanto, era inmoral imponer el ideario cristiano a quienes no compartían nuestra fe, concluyendo incluso desde posiciones “católicas”,que el discurso político-social en una democracia debía de ser ajeno al hecho religioso, por aquello de “Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios, lo que es de Dios” (o sea, al pueblo lo que es del pueblo y a Dios, lo que es de Dios).


Para la propagación de dicho error y para tranquilizar conciencias, los líderes cristiano demócratas del entonces incipiente Sistema, aseguraban que la sociedad estaba claramente edificada sobre los principios morales cristianos y que ello hacía prácticamente innecesaria y hasta contraproducente, la exteriorización pública de la fe, así como la defensa, desde la fe, de las necesidades ético-morales de la política, de la sociedad y de las leyes. Pero el Orden Natural que quizás se proponían ofrecer los políticos “católicos” del Sistema, obviando no ya a Cristo, si no incluso el mismo concepto de Dios creador, se ha demostrado cuanto menos anárquico y por ende, imposible:


Si no hay un Principio externo ante el que ordenar los valores sobre los que nos hemos de regir, sólo el bien del hombre y a la postre el propio, puede ser referente ante el que ordenar los conceptos morales personales.


Inicialmente, cuando una sociedad cristiana restringe a Dios a lo privado, puede perfectamente subsistir por su propia inercia, pero en la medida que la población vive durante décadas en una realidad políticamente cada vez más ajena a Dios, los mismos individuos que la forman van, en general, a olvidarse de actuar y de pensar como cristianos, demostrando la validez de aquel sabio refrán: “Vive como piensas, o terminarás pensando como vives”.


Una vez que la sociedad se ha habituado a ignorar a Dios, cada individuo tiende a suplantar esa ausencia con su propio yo y así llegamos al individualismo actual y a la disgregación social que padecemos, pues tarde o temprano ese individualismo desemboca en posiciones morales cada vez más nihilistas, que pervierten los principios morales hasta que el propio interés pasa a ser el motor de todos nuestros actos, supeditando el bien común y la justicia, a nuestra individual conveniencia. 


Un monstruoso ejemplo de lo expuesto lo tenemos en la sorprendentemente y extensa aceptación social del aborto y de la eutanasia, donde egoístamente y en contra de su condición natural, la madre, la familia y en general la sociedad entera, son capaces de asesinar al débil, para así aliviar la supuesta “carga” física, económica o simplemente psicológica del más fuerte.


Por ello hemos de prepararnos ante lo que inevitablemente van a intentar implantar: El “Nuevo Orden Mundial” y sus satánicas políticas de exterminios masivos, pues en sus mentes delirantes han concebido un mundo “sostenible”, al que van a imponer, “por bien de la humanidad y del futuro del planeta”, un cupo máximo de seres humanos, que reduciría la población mundial a una cuarta parte de su número actual.


¿Y quien sobrará? Evidentemente, no los defensores de este “Nuevo Orden”. Sobrarán los más débiles y quienes se opongan a sus proyectos genocidas y al nacimiento de esa “Nueva Era”.


Lo más sorprendente de todo es, que la gran masa social ya está preparada y dispuesta (también en España) a aceptar esta culminación deshumanizadora y genocida, fruto de 3 siglos de pensamiento liberal, revolucionario y anticristiano.


Citando a Donoso Cortés: "sólo en la eternidad, patria de los justos, puedes encontrar descanso; porque sólo allí no hay combate: no presumas, empero, que se abran para ti las puertas de la eternidad, si no muestras entonces las cicatrices que llevas; aquellas puertas no se abren sino para los que combatieron aquí los combates del Señor gloriosamente y para los que van, como el Señor, crucificados".


Efrén de Pablos


Hace 3 días: En su discurso en lengua italiana, el Pontífice habla del martirio: 
www.zenit.org/article-36248?l=spanish

Nueva Era, la Conspiración de Acuario: http://www.arbil.org/89nera.htm

El Padre Michel Schooyans, sobre el Nuevo Orden Mundial: http://www.vidahumana.org/vidafam/controldem/orden.html 

Iglesia y Nueva Era: http://es.catholic.net/comunicadorescatolicos/580/2024/articulo.php?id=29507 

René Guénon y Julius Evola: masonería, "new age" y neofascismo: http://www.arbil.org/(45)rene.htm 

La ONU, la Carta de la Tierra y la Nueva Era: http://www.arbil.org/(24)nage.htm 

New Age y los jóvenes: http://www.arbil.org/(70)nage.htm 


Web con profusa y muy seria documentación varia sobre la ONU y el Nuevo Orden Mundial: 

www.noticiasglobales.org/comunicaciones.asp

El NOM avanza desde la ONU, su agenda anti-familia: 

www.hispanidad.com/noticia.aspx?ID=137952

Juez Ferrín: Un católico español, perseguido por su fe: 

www.hispanidad.com/noticia.aspx?ID=137692

domingo, 15 de agosto de 2010

Moral y derecho. Legalidad y legitimidad


Moral y derecho – Contenido
(I Parte)

El deber de cristianizar la sociedad
La ley natural, base de todo derecho
La realidad creada no es independiente de Dios
Sin Dios no hay moral ni derecho
Cristianizar la sociedad
Una fe consecuente

(II Parte)
El deber de cristianizar la sociedad
El mito del «santo ateo»
La deificación del Estado
¿Coartar o facilitar la libertad?
¿Legalizar lo clandestino?
Defender la fe: una obligación de todo cristiano

☩☩☩

Moral y derecho – Desarrollo

(I Parte)

El deber de cristianizar la sociedad
¿Puede un cristiano imponer a los demás sus opiniones acerca de la ley natural? ¿Puede exigir, por ejemplo, que se prohíba el divorcio a quienes no creen que el matrimonio sea indisoluble? Estas preguntas –en forma de sofisma–, aplicadas también al aborto, la eutanasia, las drogas o la homosexualidad, han llegado con frecuencia a confundir a muchos católicos. Así, se comprueba actualmente que en países –incluso de larga tradición cristiana– se han admitido como legítimas, leyes contrarias al bien común y al derecho natural.

La ley natural, base de todo derecho
Ante tales circunstancias, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha recordado que «la función de la ley no es la de registrar lo que se hace, sino la de ayudar a hacerlo mejor. En todo caso, es misión del Estado preservar los derechos de cada uno, proteger a los más débiles. Será necesario para esto enderezar muchos entuertos. La ley no está obligada a sancionar todo, pero no puede ir contra otra ley más profunda y más augusta que toda ley humana, la ley natural inscrita en el hombre por el Creador como una norma que la razón descifra y se esfuerza por formular, que es menester tratar de comprender mejor, pero que siempre es malo contradecir. La ley humana puede renunciar al castigo, pero no puede declarar honesto lo que sea contrario al derecho natural, pues una tal oposición basta para que una ley no sea ya ley» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre el aborto provocado [18-XI-1974], n. 21). Por otra parte, ya León XIII en 1890 afirmaba que cuando la ley humana contraría la ley divina –y la ley natural lo es– «la resistencia es un deber; la obediencia, un pecado» (León XIII,Sapientiae Christianae [inglés], 10-I-1890).

Como es sabido, el Estado regula –en su función legislativa– el ejercicio de los derechos y deberes de los ciudadanos. Con frecuencia, algunas de sus leyes se dirigen hacia lo que es bueno o malo por naturaleza, añadiéndose entonces al precepto de practicar el bien y evitar el mal la sanción correspondiente. Esos casos son muy numerosos, y tienen una importancia primaria en el ordenamiento jurídico de los pueblos, como la legislación sobre el matrimonio, la vida, la propiedad o la enseñanza: «las legislaciones constituyen, en amplia medida, el “ethos” de un pueblo» (Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y “uniones de hecho” [21-XI-2000], n. 47).

Pero «el origen de estas leyes no es en modo alguno el Estado; porque así como la sociedad no es origen de la naturaleza humana, de la misma manera la sociedad no es fuente tampoco de la concordancia del bien y de la discordancia del mal con la naturaleza. Todo lo contrario. Estas leyes son anteriores a la misma sociedad, y su origen hay que buscarlo en la ley natural y, por tanto, en la ley eterna» (León XIII, Libertas Praestantissimum [20-VI-1888], n. 7).

Por tanto, para que esas leyes humanas sean legítimas, no basta que sean emanadas por la autoridad constituida y tengan unos determinados requisitos formales: es necesario que sean justas, y el criterio de justicia no puede provenir más que de una autoridad superior. La autoridad humana, en efecto, «no puede considerarse exenta de sometimiento a otra superior. Más aún, la autoridad consiste en la facultad de mandar según la recta razón. Por ello, se sigue evidentemente que su fuerza obligatoria procede del orden moral, que tiene a Dios como primer principio y último fin» (Juan XXIII, Pacem in terris [11-IV-1963], n. 47). «En una palabra, la ley natural es la sólida base común de todo derecho y de todo deber» (Pío XII, Discurso [italiano], 13-X-1955).

«Conviene recordar que todo ordenamiento jurídico, tanto a nivel interno como a nivel internacional, encuentra su legitimidad, en último término, en su arraigo en la ley natural, en el mensaje ético inscrito en el mismo ser humano. La ley natural es, en definitiva, el único baluarte válido contra la arbitrariedad del poder o los engaños de la manipulación ideológica» (Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Congreso Internacional sobre la Ley Moral Natural organizado por la Pontificia Universidad Lateranense, 12-II-2007).

La realidad creada no es independiente de Dios
Ciertamente, existe un ámbito de autonomía de lo temporal, también en relación con materias jurídicas. Sin embargo, ante el difundido «positivismo jurídico, que atribuye una engañosa majestad a la promulgación de leyes puramente humanas y abre el camino hacia una funesta separación entre la ley y la moralidad» (Pío XII,Radiomensaje de Navidad [24-XII-1942], n. 17), es necesario saber y enseñar claramente que esa autonomía no significa en absoluto «que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes [7-XII-1965], n. 36). Concretamente, «la legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna. En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una forma de violencia» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 93, a. 3 ad 2).

«La ley natural es la misma ley eterna, que, grabada en los seres racionales, inclina a éstos a las obras y al fin que les son propios; ley eterna que es, a su vez, la razón eterna de Dios, Creador y Gobernador de todo el universo» (León XIII, Libertas Praestantissimum [20-VI-1888], n. 6). Esta ley natural, que es «norma universal de rectitud moral» (Pío XII, Summi Pontificatus [20-X-1939], n. 20), válida por tanto siempre y en todas partes, está impresa «por el dedo mismo del Creador en las tablas del corazón humano (cf. Rom. II, 14-15), y que la sana razón humana no obscurecida por pecados y pasiones es capaz de descubrir» (Pío XI, Mit Brennender Sorge [14-III-1937], n. 35). Y, por esto, no pueden ignorarse o incumplirse sin culpa moral sus preceptos fundamentales: así lo ha querido revelar Dios por San Pablo: «cuando los gentiles, que no tienen ley escrita, hacen por razón natural lo que manda la ley... hacen ver que lo que la ley ordena está escrito en sus corazones, como lo atestigua su propia conciencia y las diferentes reflexiones que en su interior los acusan o los defienden, lo cual se descubrirá en el día en que Dios juzgará los secretos de los hombres» (Rom. II, 14-16). Con otras palabras, la ley natural enseña a todo hombre «lo que es bueno y lo que es malo, lo lícito y lo ilícito, y les hace sentir que darán cuenta alguna vez de sus propias acciones buenas y malas ante un Juez supremo» (Pío XII, Summi Pontificatus [20-X-1939], n. 21).

La ley natural proviene de Dios, ya que «su vigor no le viene de la ley escrita sino de la naturaleza» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 60, a. 5 c), y ésta ha sido creada por Dios. Por tanto su vigencia no depende de que esté o no recogida en los ordenamientos jurídicos humanos. Es más «a la luz de las normas de este derecho natural puede ser valorado todo derecho positivo, cualquiera que sea el legislador, en su contenido ético y, consiguientemente, en la legitimidad del mandato y en la obligación que implica de cumplirlo» (Pío XI, Mit Brennender Sorge [14-III-1937], n. 35).

En consecuencia, «las leyes humanas, que están en oposición insoluble con el derecho natural, adolecen de un vicio original, que no puede subsanarse ni con las opresiones ni con el aparato de la fuerza externa» (Pío XI, Mit Brennender Sorge [14-III-1937], n. 35), ni tampoco con el voto de la mayoría del pueblo que, a veces, no es más que «la fuerza elemental de la masa, hábilmente manejada y usada» (Pío XII, Radiomensaje “Benignitas et humanitas” en la víspera de Navidad [24-XII-1944], n. I).

«En la encíclica Caritas in veritate observé que “la crisis actual nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso” (n. 21). Ciertamente, volver a planificar el camino supone también buscar criterios generales y objetivos según los cuales juzgar las estructuras, las instituciones y las decisiones concretas que orientan y dirigen la vida económica. La Iglesia, basándose en su fe en Dios Creador, afirma la existencia de una ley natural universal que es la fuente última de estos criterios (cf. ib., 59). Sin embargo, también está convencida de que los principios de este orden ético, inscrito en la creación misma, son accesibles a la razón humana y, como tal, deben ser adoptados como base para las decisiones prácticas. Como parte de la gran herencia de la sabiduría humana, la ley moral natural, que la Iglesia ha asumido, purificado y desarrollado a la luz de la Revelación cristiana, es un faro que orienta los esfuerzos de individuos y comunidades a buscar el bien y evitar el mal, a la vez que dirige su compromiso de construir una sociedad auténticamente justa y humana» (Benedicto XVI,Discurso a los participantes en la XVI Sesión plenaria de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, 30-IV-2010).

«La promoción de la verdad moral en la vida pública requiere un esfuerzo constante para fundamentar la ley positiva sobre los principios éticos de la ley natural. Esta exigencia, en el pasado, fue considerada como algo evidente, sin embargo, la corriente positivista en las teorías legales contemporáneas está pidiendo la recuperación de este axioma fundamental. Individuos, comunidades y estados, sin la guía de verdades morales objetivas, se volverían egoístas y sin escrúpulos, y el mundo sería un lugar más peligroso para vivir» (Benedicto XVI, Encuentro con las autoridades civiles y con el Cuerpo Diplomático en el jardín del Palacio Presidencial de Nicosia, 5-VI-2010).

Sin Dios no hay moral ni derecho
Que el fundamento y origen de la ley natural, y de su universal y perenne vigencia, sea Dios no significa que el ateo no pueda o no esté obligado a reconocer y vivir los preceptos de la ley natural: precisamente, el reconocimiento y correspondiente culto a Dios es el primer deber de la ley natural: deber naturalmente posible de cumplir por todos y que ha sido facilitado por la revelación sobrenatural de Dios mismo. Por tanto, «desdeñar este culto [a Dios, exigido por la ley natural] o pervertirlo en la idolatría es gravemente culpable, para todos y en todos los tiempos» (Pío XII,“Soyez les bienvenues”, discurso al Congreso de la Federación Mundial de las Juventudes Femeninas Católicas[18-IV-1952], n. 5).

En el cumplimiento de este primer deber natural –reconocer a Dios, como Señor y Supremo Juez al que, por la inmortalidad del alma, hemos de dar cuenta de todas nuestras acciones, mereciendo por ellas un premio o castigo eterno–, se fundamenta el reconocimiento de toda la ley natural y, en consecuencia, de la moral objetiva. De ahí que «quitado este cimiento [la fe en Dios, el temor de Dios], se derrumba toda la ley moral y no hay remedio que pueda impedir la gradual pero inevitable ruina de los pueblos, de la familia, del Estado y de la misma civilización humana» (Pío XI, Divini Redemptoris [19-III-1937], n. 80).

En resumen: sin Dios, no hay moral; sin moral, no hay derecho, sino arbitrio, violencia, libertinaje: «Cuando se arranca del corazón de los hombres la idea misma de Dios, los hombres se ven impulsados necesariamente a la moral feroz de una salvaje barbarie» (Pío XI, Divini Redemptoris [19-III-1937], n. 21).

Cristianizar la sociedad
«Aconfesionalismo. Neutralidad. –Viejos mitos que intentan siempre remozarse. ¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?» (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 353). Todos los cristianos están obligados no sólo a procurar su santidad personal y la de los demás, sino también a procurar, con los medios a su alcance, que la sociedad misma sea cristiana: pues «no solamente están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes [7-XII-1965], n. 43).

La fe cristiana y la santidad que trae la Iglesia, no es una cuestión simplemente privada: por lo mismo que se refiere al bien de cada alma, se refiere al bien de la sociedad y de sus instituciones, que tienen por principal finalidad facilitar que los hombres alcancen su verdadero fin último, que no es otro que la gloria eterna, sin que –para quien tiene uso de razón– haya otra alternativa más que la condenación eterna: «La misión que se nos ha confiado, como maestros de la fe, consiste en recordar, como escribía el mismo Apóstol de los gentiles, que nuestro Salvador “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm. II, 4-6). Esta, y no otra, es la finalidad de la Iglesia: la salvación de las almas, una a una» (Benedicto XVI, Encuentro y celebración de las Vísperas con los obispos de Brasil en la Catedral da Sé, en São Paulo, 11-V-2007).

«No debemos olvidar que queda un campo inmenso abierto a los hombres; en el que pueden éstos extender su industria y ejercitar libremente su ingenio; todo ese conjunto de materias que no tienen conexión necesaria con la fe y con la moral cristianas, o que la Iglesia, sin hacer uso de su autoridad, deja enteramente libre al juicio de los sabios» (León XIII, Libertas Praestantissimum [20-VI-1888], n. 20).

Que esas cosas no tengan una determinada conexión necesaria con la fe y la moral cristianas, no significa que no tengan ninguna conexión: porque el cristiano debe hacer de todas las realidades temporales medio de santidad personal y de apostolado.

La fe católica da al cristiano una completa seguridad de poseer la verdad –y no una simple opinión reforzada por razonamientos–, no sólo por lo que se refiere a lo estrictamente sobrenatural, sino también respecto a las principales verdades de orden natural, que afectan directamente a la organización de la sociedad humana (existencia de Dios; inmortalidad del alma; inmutabilidad, universalidad y cognoscibilidad de la ley natural; etc.). El católico recibe de Dios esa seguridad, a través de la Iglesia que es la única intérprete auténtica e infalible, también del contenido de la ley moral natural: «Jesucristo, al comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos, los constituía en custodios y en intérpretes auténticos de toda ley moral, es decir, no sólo de la ley evangélica, sino también de la natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento fiel es igualmente necesario para salvarse» (Pablo VI, Humanae Vitae [25-VII-1968], n. 4).

Y como la ley natural afecta a puntos capitales de la vida pública de la sociedad, «tampoco es lícito al católico cumplir sus deberes de una manera en la esfera privada y de otra forma en la esfera pública, acatando la autoridad de la Iglesia en la vida particular y rechazándola en la vida pública» (León XIII, Immortale Dei [1-XI-1885], n. 23).

Una fe consecuente
El cristiano, por respeto a la Verdad de Dios, y también por honradez hacia los demás, no puede presentar la verdad, que la fe garantiza, como si fuese una opinión que haya de ser confrontada con las opiniones contrarias en una votación o en una discusión: la verdad es la verdad, y no se decide por mayoría. Quizá, en ocasiones, los cristianos no serán escuchados, pero Dios exige esa coherencia y esa fortaleza en la fe a los suyos, que han de ser siempretestimonios de la verdad.

En primer lugar, los cristianos tienen obligación grave de procurar que la sociedad, y el Estado, reconozcan la Suprema autoridad de Dios, pues «es necesario que el Estado, por el mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio» (León XIII, Libertas Praestantissimum [20-VI-1888], n. 16). Y así podrán defender la ley natural, de modo que los demás –reconociendo a Dios, y la inmortalidad de sus almas– comprendan sus exigencias intangibles. Es necesario hablar de Dios y de la inmortalidad y destino eterno del alma, aunque haya quienes no lo quieran reconocer. Y, ante la oposición del ambiente a someter a Dios todo lo humano, los cristianos no pueden pensar que entonces ya no deben seguir en su empeño por cristianizar la sociedad y sus instituciones: «Sólo la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre» (Catecismo de la Iglesia Católica [15-VIII-1997], n. 2244). Al menos, deberán evitar por todos los medios lícitos que el Estado emane falsas leyes que, en lugar de facilitar el camino de los hombres hacia el bien y hacia Dios, faciliten el mal y la condenación de las almas.

El mismo Dios advierte por Ezequiel: «Cuando el centinela ve llegar la espada y no suena la trompeta y el pueblo no es prevenido, si la espada alcanza alguna persona, ha sido por culpa del centinela, y de sus manos exigiré la sangre... Si yo dijese al impío: Morirás sin remedio, y tú no hablases al impío, amonestándole que se aparte de su perverso camino, él, como impío, morirá por su culpa, mas he de reclamar su sangre de tu mano. Pero si tú previnieses al impío acerca de su camino, él morirá por su culpa, pero tú has salvado tu alma» (Ezeq. XXXIII, 6-9).

«Vosotros sois la sal del mundo, y si la sal se desvirtúa, ¿con qué se le devolverá el sabor?» (Mt. V, 13). Si los cristianos dejan de ser sal, el mundo se pudre: «Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho –el debilitamiento de la inspiración cristiana en las instituciones públicas– [...]. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y de la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad». (Juan XXIII, Pacem in terris [11-IV-1963], n. 152)

La corrupción social «institucionalizada» –divorcio, aborto, laicismo en sus diversas formas– es una triste realidad en muchos países, incluso de larga tradición cristiana. No es cuestión de opinión o de conveniencia política; es simplemente eso: corrupción del Estado, que facilita la mayor corrupción de los individuos, que son quienes se salvan o se condenan. «Cuando la necesidad apremia, la defensa de la fe no es obligación exclusiva de los que mandan, sino que, como dice Santo Tomás, “todos y cada uno están obligados a manifestar públicamente su fe, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles” [Santo Tomás de Aquino,Summa theologiae, 2-2, q. 3, a. 2 ad 2]. Retirarse ante el enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamoreo para oprimir la verdad, es actitud propia o de hombres cobardes o de hombres inseguros de la verdad que profesan. En ambos casos, esta conducta en sí misma es vergonzosa y, además, injuriosa a Dios. La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del bien común, y provechosa únicamente para los enemigos del cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos» (León XIII, Sapientiae Christianae [inglés], 10-I-1890).

Porque no se trata de que quien niega la ley natural –y a Dios que es su causa y fundamento– esté en un simple error teórico, sino que además se trata de una grave culpa moral, y hay que decírselo, sin violencia pero con claridad.

(II Parte)
El deber de cristianizar la sociedad

En el año 1961, Juan XXIII afirmaba que «la insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamento indispensable o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios» (Juan XXIII, Mater et Magistra [15-V-1961], n. 217). Años antes, había afirmado Pío XI: «Es una nefasta característica del tiempo presente querer desgajar no solamente la doctrina moral, sino los mismos fundamentos del derecho y de su aplicación, de la verdadera fe en Dios y de las normas de la relación divina. Fíjase aquí nuestro pensamiento en lo que se suele llamar derecho natural, impreso por el dedo mismo del Creador en las tablas del corazón humano (cf. Rom. II, 14-15), y que la sana razón humana no obscurecida por pecados y pasiones es capaz de descubrir» (Pío XI, Mit Brennender Sorge [14-III-1937], n. 35).

El mito del «santo ateo»
Las raíces de esa pretensión vienen de lejos, y tuvieron un desarrollo importante cuando se dio carta de ciudadanía, en las facultades de derecho, por ejemplo, al iusnaturalismo de Grocio, –con aquel etsi Deus non daretur– según el cual «no dejaría de tener lugar en manera alguna un derecho natural aunque se admitiese que no hay Dios o que no se cuida de los asuntos de los hombres» (Grotius, De iure belli ac pacis). Olvidado Dios, tarde o temprano se niega la existencia de una ley o derecho natural, ya que «si el juicio sobre la verdad y el bien queda exclusivamente en manos de la razón humana abandonada a sí sola, desaparece toda diferencia objetiva entre el bien y el mal; el vicio y la virtud no se distinguen ya en el orden de la realidad, sino solamente en el juicio subjetivo de cada individuo; será lícito cuanto agrade, y establecida una moral impotente para refrenar y calmar las pasiones desordenadas del alma, quedará espontáneamente abierta la puerta a toda clase de corrupciones» (León XIII, Libertas Praestantissimum[20-VI-1888], n. 12).

En el fondo de los que pretenden afirmar un derecho natural sin Dios, está la voluntad de sacudirse el yugo divino: el resultado son aquellos planes vanos que provocan la irrisión y la ira de Dios; la tremenda degradación señalada en la Sagrada Escritura: «Como no quisieron reconocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir, de suerte que han hecho acciones indignas del hombre, quedando atestados de toda clase de iniquidad, de malicia, de fornicación, de avaricia, de perversidad; envidiosos, homicidas, pendencieros, fraudulentos, malignos, chismosos, infamadores, enemigos de Dios, ultrajadores, soberbios, altaneros, inventores de vicios, desobedientes a sus padres, irracionales, desgarrados, desamorados, desleales, sin misericordia» (Rom. I, 28-31).

No existe una auténtica «moral cívica, independiente y libre» en el sentido laicista. El cristiano que busca seriamente la santidad no puede aceptar el mito del santo ateo, pues tiene experiencia vivísima de que él mismo, a pesar de la gracia de los sacramentos, de la oración y la penitencia, tiene abundantes miserias, y siente a veces con violencia las malas pasiones que intentan tirarle hacia abajo. El mito del santo ateo es eso: una fábula absurda.

La deificación del Estado
El siguiente paso es el positivismo jurídico. «Hoy día [...] con el pretexto de sustraerse a la autoridad dogmática y moral de la Iglesia, se proclama otra autoridad tan absoluta como ilegítima, la supremacía del Estado, arbitro de la religión, oráculo supremo de la doctrina y del derecho» (San Pío X, Alocución, 13-XI-1909).

Prescindiendo de la autoridad de Dios, y de la ley natural, y pretendiendo aún dar a la sociedad un fundamento estable para la legislación, no quedaba más que la autoridad del Estado, incapaz de constituir por sí solo un verdadero derecho, aunque dé ese nombre al ordenamiento jurídico positivo que de él emane. Efectivamente, «el simple hecho de ser declarada por el poder legislativo una norma obligatoria en el Estado, tomado aisladamente y en sí mismo, no basta para crear un verdadero derecho. El criterio del simple hecho vale solamente para aquel que es el Autor y Regla soberana de todo derecho, Dios. Aplicarlo al legislador humano indistinta y definitivamente, como si su ley fuera la norma suprema del derecho, es el error del positivismo jurídico en el sentido propio y técnico de la palabra, error que está en la base del absolutismo de Estado y que equivale a una deificación del Estado mismo» (Pío XII, Discurso al Tribunal de la Rota romana [italiano], 13-XI-1949).

Este positivismo jurídico supone una radical inversión o perversión de la noción misma de derecho: afirmar que es la ley humana la que decide y establece el bien y el mal, lo lícito y lo ilícito en todos los órdenes. Hablar de licitud e ilicitud es hablar de moral, pero una moral apoyada exclusivamente en una autoridad humana, tarde o temprano, se manifiesta a los hombres en toda su inconsistencia; la «moral» será entonces considerada como simple costumbre o conveniencia, y el «derecho» como «simple aparato decorativo del poder» (Marx-Engels, La ideología alemana).

«El siglo XIX es el gran responsable del positivismo jurídico. Si sus consecuencias han tardado en hacerse sentir en toda su gravedad en la legislación, se debe al hecho de que la cultura estaba todavía impregnada del pasado cristiano» (Pío XII, Discurso al Tribunal de la Rota romana [italiano], 13-XI-1949). Actualmente, esas consecuencias se van radicalizando y manifestando en toda su desastrosa gravedad: «Rotos los vínculos que ligan al hombre con Dios, absoluto y universal legislador y juez, no se tiene más que una apariencia de moral puramente civil, o como dicen, independiente, la cual, prescindiendo de la razón eterna y de los divinos mandamientos, lleva inevitablemente, por su propia inclinación, a la última y fatal consecuencia de constituir al hombre ley para sí mismo. El cual, incapaz de levantarse sobre las alas de la esperanza cristiana a los bienes superiores, no buscará más que un pasto terreno en la suma de los goces y de las comodidades de la vida, agudizando la sed de placeres, la codicia de las riquezas, la avidez de las ganancias rápidas e inmoderadas sin respeto alguno a la justicia, inflamando las ambiciones y el frenesí por satisfacerlas incluso ilegítimamente, y engendrando, por último, el desprecio de las leyes y de la autoridad pública y una general licencia de costumbres, que trae consigo una verdadera decadencia de la civilización» (León XIII, Enc. Annum Ingressi, 19-III-1902).

No podía ser de otro modo, porque «donde se rechaza la dependencia del derecho humano respecto del derecho divino, donde no se apela más que a una apariencia incierta y ficticia de autoridad terrena y se reivindica una autonomía jurídica regida únicamente por razones utilitarias, no por una recta moral, allí el mismo derecho humano pierde necesariamente, en el agitado quehacer de la vida diaria, su fuerza interior sobre los espíritus; fuerza sin la cual el derecho no puede exigir de los ciudadanos el reconocimiento debido ni los sacrificios necesarios» (Pío XII,Summi Pontificatus [20-X-1939], n. 42). Efectivamente, ¿qué autoridad puede reclamar para sí un Estado que, declarando «legal» el aborto, por ejemplo, declare ilegal la eutanasia o el robo? Todo se reduce a la ley del más fuerte y del más astuto, y el derecho –en realidad no es verdadero derecho– acaba por reducirse efectivamente a «un simple aparato decorativo del poder», de la fuerza bruta, aunque esté disfrazado de todo tipo de ropajes legales.

¿Coartar o facilitar la libertad?
Un generalizado ambiente imbuido de positivismo jurídico está dando al sano principio de «respetar la libertad de los demás», o de «no imponer a todos las propias opiniones», el carácter de sofisma que, desgraciadamente, engaña a algunos católicos, que llegan a pensar que «los cristianos no deben imponer a los demás sus opiniones acerca de la ley natural». Es el argumento tristemente famoso: «si su conciencia se lo impide, usted no se divorciará, pero no tiene derecho a exigir que la ley prohíba el divorcio a quien no cree que el matrimonio deba considerarse indisoluble». Y el mismo razonamiento se aplica al aborto, a la eutanasia, a la homosexualidad o a las drogas.

El cristiano no puede caer en semejante engaño: sería aceptar la vieja pretensión de relegar la fe y la religión al ámbito exclusivamente privado de la conciencia. Impedir, si resulta posible, y en cualquier caso luchar con todos los medios nobles por impedir, que la ley humana contraríe a la ley natural, no es coartar la libertad de los demás (aunque sean muchos o la mayoría los que quisiesen esa falsa ley): por el contrario es quitarles obstáculos para el ejercicio de la libertad: veritas liberabit vos (Io. VIII, 32); impedir que quienes tienen ya una conciencia desviada tengan instrumentos que hacen más difícil su conversión; remover los obstáculos que facilitan el arraigarse de las miserias humanas; en último término, evitar que se facilite a las almas el camino hacia su condenación eterna. Resistir por todos los medios lícitos es un estricto deber: por obediencia a Dios, supremo legislador de la sociedad humana, y por caridad con todos los miembros de la sociedad.

Quién pensase lo contrario, y no viese el sofisma que encierra aquél «no ha de imponerse a los no creyentes la creencia cristiana sobre la ley natural», daría señal inequívoca de grave falta de formación, o de debilidad en la fe: de fe en que Dios juzgará a todos sobre los preceptos del derecho natural, y de fe en el contenido concreto de esa ley natural enseñado infaliblemente por la Iglesia, y que la razón no oscurecida por el pecado puede y debe descubrir.

Si, por ejemplo, el laboratorio de higiene de una ciudad descubre una grave contaminación de las aguas, la autoridad prohíbe el uso del agua corriente, se sellan las fuentes, y se trae el agua de otro sitio en cisternas. ¿Hará el ayuntamiento una votación entre todos los ciudadanos para decidir sobre el asunto? ¿Hablará con cada uno para demostrarles la necesidad de esas medidas? Ciertamente, no. Todos dan crédito completo al informe de los expertos acerca de la contaminación. En cambio, si alguien dice que el divorcio o el aborto llevan a la muerte eterna, todo son dudas, opiniones, peticiones de pruebas, cuando no burla directa: ¿es que acaso es más difícil conocer la ley natural que el hecho de que unas aguas estén contaminadas con un cierto tipo de bacterias de efectos letales sobre el organismo humano?: esto último requiere muchos estudios previos y una determinada técnica; conocer a Dios y la ley natural está al alcance de todos porque Dios no exige lo imposible ni –de modo general– lo dificilísimo. ¿Qué está pasando? Es sólo un ejemplo, pero debe hacer pensar. Quizá se está llegando a esa necesaria consecuencia del materialismo de reducir el Estado a la gerencia económica: «el gobierno de los hombres es reemplazado por la administración de las cosas» (Frase de Saint-Simon, que Marx hizo suya).

¿Legalizar lo clandestino?
Otro difundido sofisma consiste en afirmar que «no se trata de declarar que el divorcio, el aborto o las drogas sean buenos, sino de canalizar legalmente lo que, de otro modo, se hace igual pero en la clandestinidad, con los graves inconvenientes que esta circunstancia añade». Desde luego, el remedio debe buscarse en algo previo fundamental: que nadie desee, por ejemplo, divorciarse, ni abortar, ni practicar la eutanasia, a pesar de los sufrimientos que, en algunos casos extremos, puede comportar la fidelidad a la ley divina natural. Y, para eso, hay que ir a la raíz: a Dios.

Sin embargo, el argumento «ya que las cosas están así, evitemos al menos los inconvenientes de la clandestinidad» encierra un grave error: destituye de valor absoluto a una ley moral y jurídica precisa, abriendo necesariamente el camino –y de modo inmediato– a la subordinación de la ley natural al arbitrio del legislador humano, eliminándose de facto el fundamento de todo el ordenamiento jurídico, que se establece automáticamente en la aparente roca de la simple «legalidad» formal humana del positivismo jurídico.

El cristiano no puede aceptar la discusión sobre la existencia o no de un precepto de ley natural en base a la conducta de la «mayoría» de los miembros de la sociedad; «mayoría» que no pocas veces es obtenida a través de presiones propagandísticas y estadísticas manipuladas. Pero, además, cuando en una sociedad, un gran número de personas no cumple un precepto de la ley natural, eso no quiere decir que ese precepto no exista, o que no pequen esas personas al seguir esa conducta; sino que esa sociedad está corrompida. Por otra parte, en los casos más graves, como en el divorcio o el aborto, el Estado incumpliría además uno de sus deberes principales, que es el de proteger a los más débiles.

Defender la fe: una obligación de todo cristiano
Algunos dicen que, cuando la opinión mayoritaria es partidaria de leyes que contrarían la ley natural, si los católicos adoptan una «actitud intransigente» se corre el riesgo de volver a las «guerras de religión», creando tensiones insostenibles, que perjudicarían a la Iglesia. En primer lugar, no es ésa la situación real de la sociedad, al menos en bastantes países: son unas minorías quienes se esfuerzan por hacerlo creer así. La inmensa mayoría es, afortunadamente, mucho más sana, aunque con frecuencia la ignorancia religiosa les puede constituir en presa fácil de una opinión pública anticristiana, si los cristianos más formados, y especialmente quien tiene ese deber, no alzan decidida y tempestivamente su voz. Pero, además, aunque fuese verdad ese carácter mayoritario favorable a leyes antinaturales, no debe caerse en este nuevo sofisma de «evitar las guerras de religión». Con gran claridad lo expresaba León XIII: «Algunos dicen que no conviene resistir abiertamente la presión poderosa de la impiedad para evitar que la lucha exaspere los ánimos enemigos. No es cosa clara si los que así hablan están a favor de la Iglesia o en contra de la Iglesia. [...] Los que se sienten a gusto con la prudencia de la carne, los que fingen ignorar la obligación de todo cristiano de ser buen soldado de Cristo, los que pretenden llegar a los premios debidos al vencedor por caminos fáciles y exentos de peligros, están muy lejos de cortar el paso a las calamidades actuales. Al contrario, les dejan expedito el camino» (León XIII, Sapientiae Christianae [inglés], 10-I-1890).

La fe católica enseña que la ley natural, participación de la ley eterna grabada en el espíritu humano, es universal y permanente. Sin embargo, en los últimos años no han faltado algunos autores cristianos, también católicos, que han osado afirmar que existe una ley natural permanente, pero que consistiría exclusivamente en el principio general de «hacer el bien y evitar el mal», y que en cambio no hay permanencia en el contenido de lo que es bueno y lo que es malo, sino que estaría sujeto a evolución histórica, como la misma naturaleza humana: la noción de «naturaleza», como algo entitativamente estable, permanente, sería según ellos una adherencia de la filosofía helenista, ajena al «pensamiento bíblico».

Sin embargo, hay que decir que esas afirmaciones son erróneas y contrarias expresamente a la fe católica: «la naturaleza humana permanece substancialmente siempre la misma» (Pío XII, Discurso [italiano], 13-X-1955). En el último concilio ecuménico, el Magisterio de la Iglesia ha reafirmado una vez más la realidad de una naturaleza inmutable, de la que se sigue una ley natural igualmente inmutable, que es expresión de la voluntad de Dios, creador de esa naturaleza, a la que ha dado capacidad de conocer esa ley, necesaria para que el hombre alcance su fin propio.

Por otra parte, hay que observar que la teoría de una supuesta «evolución histórica de la naturaleza humana», con la consiguiente «historicidad» o no-inmutabilidad de la ley natural, no tiene el más mínimo fundamento, ni en la experiencia (es más, por mucho progreso que haya habido, la historia atestigua la substancial identidad de todos los hombres de todos los tiempos), ni en la filosofía (a no ser en las filosofías incompatibles con la fe católica y aun con la religión natural), ni menos aún tiene fundamento en la Revelación, cuyo único intérprete auténtico e infalible es el Magisterio de la Iglesia.