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miércoles, 22 de agosto de 2012

Juan Vázquez de Mella: El Verbo de la tradición

Patria
Sin el sentimiento común en el presente y en el pasado que junte en una unidad corazones y conciencias, no hay Patria. Unidad de creencias y autoridad inmutable que las custodien; sólo eso constituye naciones y enciende patriotismos. 

Patriotismo
Aquella España gloriosísima realizó empresas tales, que ellas solas, bastarían  para hacer la gloria de muchos pueblos...¡Ah! Si nos fijáramos en todos aquellos hombres, reyes, guerreros, descubridores, sabios, artistas..., parece que forman selvas, para abarcarlos es necesario mirarlos desde el cielo.
Ningún pueblo se ha levantado de su postración maldiciendo los días lejanos y grandes de su historia.

Tradición y progreso
El primer invento ha sido el primer progreso y el primer progreso, al trasmitirse a los demás, ha sido la primera tradición que empezaba.
El progreso individual no llega a ser social si la tradición no le recoge en sus brazos. Es la antorcha que se apaga tristemente al lanzar el primer resplandor, si la tradición no la recoge y la levanta para que pase de generación en generación, renovando en nuevos ambientes el resplandor de la llama.

Revolución
La historia del Pontificado no es, políticamente, otra cosa que un porfiado combate contra el cesarismo y una continua cruzada en favor de la libertad.
La Revolución hace astillas los tronos que tratan de salvarse, ofreciéndole, a cambio de su benevolencia, fragmentos de altar.

Cesarismo
Si es estable acaba siempre en feminismo y éste en una laguna de fango, primero, y en una laguna de sangre después.

La batalla
La verdad es que desde el Calvario acá, a pesar de todos los nombres, una sola batalla se riñe en el mundo: la que libran incesantemente el naturalismo pagano, de una parte, y el sobrenaturalismo cristiano de otra.
La tendencia que resume todos los esfuerzos de la ciencia atea de hoy puede formularse así: rebajar el hombre al nivel de la bestia y elevar la bestia al nivel del hombre.

Monarquía liberal
Las Monarquías parlamentarias son un puente para la República, y como sabemos que este género de Gobierno no evita la Revolución fiera; por que ellas comienzan por ser la personificación de la Revolución mansa, lo único que a lo más consiguen es aplazarla.

Partidos liberales
Los partidos doctrinarios y radicales de la Revolución no han tenido más que un programa: demoler, desde los cimientos a las bóvedas, todo el edificio que con sublimes y seculares esfuerzos habían ido levantando generaciones católicas y monárquicas sobre un suelo amasado con su sangre; oponer a cada empresa histórica una catástrofe, a cada gloria una ignominia, a cada derecho una licencia, a cada virtud cívica una corrupción, y, finalmente, a la comunidad de creencias, de sentimientos, de instituciones fundamentales, de tradiciones, de recuerdos y de aspiraciones comunes que constituían el espíritu nacional, un solo principio: el de negar ese espíritu, y una sola libertad: la de romper esas unidades y de disolver la Patria.
Eliminar los partidos parlamentarios no es cercenar el ser de la Patria; es aliviarla de un peso que la oprime, es remediar a un cautivo y levantar del suelo a una reina desfallecida y humillada.

Parlamento
Los Parlamentos no sirven para gobernar. Los Parlamentos no sirven para legislar. Los Parlamentos no sirven para evitar despilfarros. Los Parlamentos son impotentes para evitar las revoluciones. ¿Para que sirven, pues los Parlamentos?. Para nada. Y cuando una institución no presta utilidad alguna, suprimirla es, sencillamente, responder a las preposiciones más rudimentarias del sentido común.

Liberalismo
No esperéis solución positiva de los problemas vitales que aquejan a nuestra sociedad; el liberalismo no las tiene; no tiene más que un programa negativo: el de vejar y perseguir a la Iglesia. Hay una fortaleza: la Iglesia; hay otra que ha nacido  debajo de ella, y a su sombra, la España tradicional. El liberalismo niega a la Iglesia, niega la España tradicional, punto por punto, y ése es  su programa; no tiene ni ha tenido nunca otro.

¿Que hacer?
Cuando no se puede gobernar desde el Estado con el deber, se gobierna desde fuera, desde la sociedad con el derecho. ¿Y cuando no se puede gobernar con el derecho solo porque el Poder no le reconoce? Se apela a la fuerza para mantener el derecho y para imponerlo. ¿Y cuando no existe la fuerza? Nunca falta en las naciones que no han abandonado a Cristo y menos en España; pero si llegara a faltar por la desorganización, ¿qué se hace? ¿Transigir y ceder? No, no. Entonces  se va a recibirla a las Catacumbas y al Circo, pero no se cae de rodillas, porque estén los ídolos en el Capitolio.

Juan Vázquez de Mella. Tomado de  Vázquez de Mella y la educación nacional

viernes, 9 de marzo de 2012

La Tradición que no muere


En cien años de protesta 
contra la Revolución,
no ha logrado doblegarnos
frente a frente ni a tración.

Aunque ha urdido mil engaños,
uno a uno han muerto ya,
y los vence. Viva siempre
nuestra Legitimidad.

Somos los cristianos viejos
de española Tradición.
No entendemos de partidos
en la Santa Religión.

Damos la vida a la Patria
por su intangible unidad
y la sangre por los fueros
de la vieja libertad.


Luis Hernando de Larramendi (1882-1957)

miércoles, 23 de febrero de 2011

Los Principios no negociables: Dios, Patria y Rey

Desde que algunos católicos han ido a engrosar las filas doctrinarias, parte por su culpa y parte por la guerra innoble y la lluvia de denuestros de los que estaban interesados en alejarlos del campo tradicionalista,...la gran fuerza social y política llamada comunión católico-monárquica se ve asediada por los tiros de estas banderías, que con sus continuas algaradas y escaramuzas distraen sus fuerzas para que no las emplee en luchar con la Revolución asoladora, que todo lo avasalla, sirviéndole así de avanzada a fin de que en la hora suprema quede para las huestes liberales el campo de batalla.

Y aunque separados por el procedimiento, y haciéndose la guerra como errores opuestos que son, ponen término a sus querellas, y acallan sus odios cuando se trata del enemigo común, y, como si formasen un solo partido y profesasen una misma doctrina, gritan unánimes que ya es hora de acabar con las batallas chicas y de reñir los grandes combates, por lo cual es necesario prescindir de legitimidades y formas de gobierno, que son cosas accidentales y transitorias, y encerrarse en el terreno puramente religioso, teniendo en cuenta que primero se debe buscar el reino de Dios y su justicia, porque todo lo demás se nos dará por añadidura.

Esta hipócrita celada en que han caído no pocos espíritus sencillos cegados por el misticismo y aparente generosidad en que va envuelta, redúcese, bien examinado el asunto, a despreciar, como enojosa impedimenta para el combate, el derecho y las tradiciones de los pueblos en que se pelea. Porque la legitimidad no es sólo el título de los poderes que se fundan en una ley histórica o en una costumbre, sino el sello augusto que les imprime la conformidad con la ley divina y el derecho nacional; y creer, por lo tanto, que la legitimidad es un mero litigio dinástico que únicamente se refiere al origen del mando o que es cosa tan baladí la rectitud de su ejercicio que acciones no intencionales bastan para borrarla, o que pueda ser retirada y concedida en nombre del criterio particular por conciliábulos de periodistas y aun por multitudes unánimes, es sencillamente relegar con jansenístico respeto la potestad de la Iglesia al lugar de las cosas inútiles, y sustituirla con la razón independiente de toda norma y autoridad que no se apoye en ella misma. En suma: que es profesar el principio racionalista, más la hipocresía, para mejor defender la verdad católica que condena ambas cosas.

Añádese a esto que la forma de Gobierno, cuando es secular, como en España, y ha sido, juntamente con la Iglesia, causa de la unidad nacional, y a la vez elemento, y en parte presión del espíritu y voluntad unánime de la cadena de generaciones en que tomó cuerpo la nación, es principio esencial de la constitución interna y cosa inherente a la patria, de la cual es tradición política fundamental. Querer, pues, que se prescinda de ella para mejor defender a la Iglesia, es pedir en buenos términos que se reniegue de la patria y se rechace su constitución secular, y hasta se reniegue de la historia y de la nación, que sin la Monarquía ni se comprende ni se explica.

Pero nótese que las tradiciones, como los derechos, están unidos por el vínculo común, y que, quien conculca o viola uno, indirectamente los hiere todos. Primero caería el Trono, después el Altar, y sólo quedaría en pie el orgullo racionalista convertido en ariete de la obra de los siglos.

¡El Derecho, la Monarquía y la Tradición nacional, cosas secundarias y accidentales! ¡Y que esto lo digan gentes que presumen de purísima fe religiosa! (...)

A esta extraña aberración ha conducido en algunos el afán de sincerar su conducta desatentada con la única comunión social y política de España sometida incondicionalmente al servicio de la Iglesia. ¡Como si a la Revolución se la combatiese mejor cediéndole parte del campo y oponiendo a sus negaciones rotundas afirmaciones incompletas!

Tal es, en suma, uno de los sofismas fundamentales con que las banderías separadas de la comunión tradicionalista fingen defender a la Iglesia haciendo guerra a aquellos de sus hijos que no creen que, para defender a sus madre, necesiten renunciar a los deberes que ella inculca y a las instituciones nacidas bajo su influencia y amamantadas en su seno (...)

Juan Vázquez de Mella. La persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado Ateo. Obras completas, volumen quinto.

domingo, 17 de octubre de 2010

Patria y Regiones

Podemos ver que la patria y la región son realidades que no solamente se unen sino que encuentran sus vidas nutridas la una por la otra. Una región es como un órgano de un cuerpo con vida. Cuando el cuerpo entero vive, el órgano vive y cuando el cuerpo como tal cuerpo florece, sus órganos florecen. Al revés, cuando el cuerpo goza de salud, esto indica que sus órganos están sanos. La analogía es pálida porque el órgano de un cuerpo no tiene conocimiento y por lo tanto no tiene libertad, mientras que las regiones hacen que la patria sea patria porque tienen libertad y conocimiento formando núcleos de espiritualidad encarnada en un suelo concreto. Pero la analogía vale por lo menos en tal sentido de que toda la vitalidad de las regiones y todo lo que cae dentro de ellas nutren la patria. Una patria sin regiones y demás infraestructuras sería como un cuerpo sin órganos y dejaría de ser patria a fin de convertirse en una red de burocracias que gobernarían una masa inerte y sin vitalidad alguna. La táctica comunista es evidente: manejar a los separatismos para destrozar la Patria nuestra; luego el régimen comunista acabaría con los mismos separatismos en aras de gobernar un conglomerado sin faz y carente de personalidad propia. Ninguna región, como tal región, que se ha formado históricamente dentro de una patria, es capaz de conservar su identidad fuera de dicha patria tal y como la sangre que corre por las venas del cuerpo no puede aguantar la esclerosis. La separación de las regiones de la patria es la esclerosis política, ya que la sangre de la patria no es nada sin las venas de las regiones, y éstas dejan de “ser” sin la nutrición que se forma de la sangre de la patria.

Si hemos utilizado el lenguaje de la metáfora es porque no hay ninguna manera de demostrar estas proposiciones apriorísticamente. La Patria Hispánica, formada en y por sus regiones sin identificarse con ellas —la Patria no es un conglomerado sino una unidad— no es un artefacto lógico o una máquina prefabricada sino un resultado histórico. Esta historia no ha sido ciega o hecha al azar. Desde que Europa se convirtiera al cristianismo, el pulso del desarrollo político y social de aquel enjambre y polvo de tribus y de “naciones” germánicas y célticas que se habían apoderado de lo que era el Imperio Romano, se dirigía hacia la creación de una comunidad netamente cristiana. La Cristiandad medieval en su esencia consistía en una comunidad internacional, gozando de una variedad de autonomías y de libertades tan vastas y variadas que hasta ahora ha sido imposible archivarlas por la ciencia y técnica moderna de la historiografía. Pero esta red de patrias se convirtió en una unidad gracias a una sola finalidad, a saber, hacer palpar en la tierra la Encarnación del Hijo de Dios Padre. Algo más allá de la comunidad, su sentido espiritual, otorgaba a ella su carácter definitivo. Todo esto se acabó con la Revolución.

El papel de lo que se llamaba en aquel entonces “Las Españas” se identificaba con un acto, prolongado a través de mil quinientos años, para formar una Patria merced a un esfuerzo común de defender la Fe. La Reconquista —aquella batalla que duró ocho siglos— no habría existido si los españoles no se hubieran unido en una tarea guerrillera y religiosa que por fin hizo que España llegase a ser una espada y un escudo en aras de aquella Cristiandad que reposaba en su retaguardia. España encontró su ser como Patria por ser la vanguardia de la civilización católica. Las peculiaridades y libertades de los antiguos Reinos, Condados y Principados ibéricos, se conservaban precisamente porque la unidad nacional, la Patria, no se consiguió a fin de centralizar, masificar, y así destrozar las autonomías de aquéllos. Algo parecido ocurrió al otro lado de los Pirineos, donde Francia encontró su unidad al costo de la pérdida de las libertades locales y regionales. Pero el caso de España fue enormemente diferente. Ningún Reino dentro de las Españas se unió con la Corona de Castilla en aras de autodestrozar sus derechos y constituciones propios, sino por defender mejor lo que era peculiarmente suyo frente a un enemigo primeramente al sur, más tarde al norte, que negaba la religión y por lo tanto el derecho público cristiano de toda la Cristiandad.

Como la Plaza de los Fueros en Pamplona recuerda en palabras esculpidas en piedra:

“La incorporación de Navarra a la Corona de Castilla fue por vía la Unión Principal, reteniendo cada Reino su naturaleza antigua, así en leyes como en territorio y gobierno. De la Ley 62 de las Cortes de Olite, año 1645”.

Nuestra Patria no es lo que es por haber aniquilado lo que la precedía en el tiempo, sino por lograr que aquéllo resultara aún con más brillantez. España es Una por ser Múltiple y ha sido capaz de quedarse Múltiple solamente por haber sido Una. Sin la unidad nacional, España hoy día sería un desierto musulmán: una extensión de África en Europa; una tierra abandonada, reducida a cenizas y cubierta con la arena del Sahara: el Islam no sabe construir, sólo destruir. O España sería una dependencia de una Europa protestantizada y dominada por la herejía, puritanizada, y desposeída de personalidad propia. España salvó a Europa del Islam en la batalla de Lepanto con la espada de Don Juan de Austria. Y España paró la marcha de la herejía dentro del Continente gracias a la victoria de Mühlberg, conseguida principalmente por las armas de los Tercios de Castilla, cuyo caudillo era el Rey Emperador Carlos I y V quien desplegó las banderas de España y de Austria, y también la Cruz de Borgoña de la Orden del Toisón de Oro, el símbolo seglar más ilustre de la unidad católica de la Cristiandad. Así, el protestantismo se encontró parado y limitado a las periferias del antiguo Imperio Romano. Con el mismo gesto caballeresco de ser el paladín de Europa, a veces en contra de la voluntad de la propia Europa, España consiguió por fin su unidad nacional y así salvó el carácter peculiar de sus antiguos Reinos y su existencia misma.

Nosotros, los carlistas, amamos la Patria y por lo tanto la colocamos en nuestra jerarquía de bienes en un lugar que no es inferior a nada sino a Dios. Nos atrevemos a decir que la Providencia Divina nos ha dado la Patria como un regalo de oro. Nosotros, los carlistas, fieles a la más sublime tradición hispánica, y siguiendo el ejemplo de Carlos I y de Felipe II, la hemos devuelto a Él. ¡Todo por la Patria y la Patria por Dios!

Aún en los momentos más decadentes de nuestra historia, por ejemplo, durante la guerra de Cuba con los Estados Unidos a finales del siglo pasado, aquel siglo que marcó la época más nefasta en la historia de la nación, los españoles sabían luchar y morir por España. Empujada por una prensa liberal y sensacionalista que pregonaba y preveía una victoria imposible, la flota de España navegaba hacia América sabiendo de antemano que todos o casi todos aquellos hombres morirían: y efectivamente murieron, heroica y quijotescamente por el honor de España. Como años antes dijo el almirante Méndez Núñez en la batalla del Callao: “Vale más honra sin barcos, que barcos sin honra”.

En aquel entonces, nuestro rey carlista en el destierro, Don Carlos VII, ofrecía sus requetés como voluntarios al servicio de España, a pesar de que un usurpador se sentaba en el trono y un régimen liberal, que ya había debilitado las entrañas de la Patria, gobernaba masónicamente desde Madrid.

Al ofrecer tan generosamente sus voluntarios a un gobierno que le había robado sus derechos al trono, Don Carlos demostró que la Corona de España, y con ella el mismo Estado, no estaba ni está por encima de la Patria, sino que estaban o deben estar a su servicio.

Fuente: COMUNIÓN TRADICIONALISTA, Así pensamos (18 de julio de 1977), pp. 42-47

viernes, 18 de junio de 2010

Militares sin Patria

de 

¿PARA qué existen los militares? Para defender la patria hasta la entrega de la propia vida, si fuera preciso. Y, puesto que la patria es la «tierra de los padres», hemos de concluir que los militares mueren por la tierra y por los padres. Morir por un pedazo de tierra -por extenso o fértil que sea- es algo ridículo, tan ridículo como hacerlo por cualquier otra posesión material, sólo comprensible en quienes están enfermos de avaricia; y como, además, la patria no es tierra que se reparta por partes alícuotas entre sus oriundos, sino que sólo les pertenece en un sentido ideal, tal sacrificio se tornaría doblemente ridículo... si no fuera porque hay algo más. Morir por los padres es obligación de la sangre, si los padres están vivos (y obligación del honor, si están muertos y su memoria es ultrajada); pero morir por los padres de un señor de Cuenca o Albacete a quien no conocemos de nada es algo igual de ridículo que morir por un pedazo de tierra sobre el que no poseemos título de propiedad alguno... si no fuera porque hay algo más. Y ese «algo más» es lo que hace que la defensa de la patria hasta la entrega de la propia vida no sea una tarea ridícula, sino admirable y heroica. ¿Y qué es ese «algo más», se preguntarán las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan?

Pues ese algo más es la conciencia de una misión común, que sólo proporciona el sentido religioso. El amor a la tierra de nuestros padres sólo es posible cuando admitimos que estamos ligados en una misión común con nuestros antepasados; una misión que recibimos, heredada a través de la sangre y la tradición, y que da sentido a nuestra vida a lo largo de sucesivas generaciones. Pero este sentido de dependencia a una misión común sólo se explica si aceptamos su naturaleza religiosa: los pueblos se vinculan a la tierra cuando la perciben como una heredad recibida del cielo; y se vinculan a los otros pobladores de esa tierra y a sus antepasados cuando entre ellos surge la conciencia de una Paternidad común. El aglutinante que une a los hombres con la tierra que pueblan, y con los hombres que previamente la poblaron, es siempre de naturaleza religiosa en su origen; y aunque es cierto que luego el patriotismo adquiere expresiones no estrictamente religiosas, no es menos cierto que, a medida que el aglutinante religioso originario se adultera o esclerotiza, el patriotismo se torna cada vez más pomposo y vacío, más aspaventero y presuntuoso. Y cuando ese aglutinante se extirpa, el patriotismo deviene un sinsentido; ante lo cual, los gobernantes que promueven esa extirpación tienen que inventarse paparruchas del tipo de aquel «patriotismo constitucional» con que nos apedrearon hace algún tiempo; paparruchas que, llegada la hora de la verdad, se revelan hueras, chirles y hebenes. Porque nadie muere -salvo que lo obliguen o lo compren- defendiendo ordenanzas o directrices ministeriales; nadie muere -salvo que lo obliguen o lo compren- defendiendo la democracia ni el sistema métrico decimal.

Desligar el amor a la patria de ese «algo más» aglutinante es tanto como cegar las fuentes o arrancar las raíces de ese amor, que inevitablemente termina agostándose, hasta que finalmente fenece y se pudre. Y a un militar al que le arrebatan ese aglutinante ofrecer la vida en defensa de su patria termina, tarde o temprano, antojándosele algo ridículo. Podrá convertirse en carne de cañón -si le obligan a morir- o en mercenario -si lo compran-, pero nunca más será un verdadero militar, porque ha dejado de tener conciencia de la misión común que justificaba su existencia. Así se puede llegar a constituir un ejército sin ideal, desgajado de la tradición que le da sentido, una burocracia de ganapanes en la que se entremezclan mercenarios y carne de cañón, sin otra misión que el cumplimiento de tal o cual directriz ministerial. Así se convierte al ejército en una patulea de tristes esclavos.

Juan Manuel De Prada | Abc

domingo, 25 de octubre de 2009

Catecismo Tradicionalista

Catecismo Tradicionalista. Juan María Romá. Barcelona. 1934.
Impreso bajo el Reinado de S.M.C. don Alfonso Carlos, Duque de san Jaime
CATECISMO TRADICIONALISTA
DIOS
1. ¿Cuál es la divisa de la Comunión Tradicionalista?

Dios, Patria y Rey. La escribieron nuestros padres, que constituían la España católica y monárquica.

2. ¿Por qué decís que fue escrita por nuestros padres?
Porque la heredamos de nuestros mayores como rico patrimonio, como Ley fundamental del Reino, como lema glorioso de nuestras banderas, como grito de guerra contra nuestros enemigos.

3. ¿Tiene la sociedad, como el individuo, el deber de dar culto a Dios?
Lo tiene. La sociedad humana fue constituida por Dios, autor de la naturaleza, y de Él emana, como de principio y fuente, toda la copia y perennidad de los bienes en que la sociedad abunda.

4. ¿Qué religión ha de profesar el Estado?
Siendo necesario al Estado profesar una religión, como afirman los grandes Doctores, ha de ser la Católica, Apostólica y Romana, por ser la única verdadera.

5. ¿Puede un tradicionalista ser liberal?
No puede serlo, porque el liberalismo arranca del protestantismo y desciende en línea recta de los réprobos principios de Lutero, siendo uno de los principios a que obedece la negación de Dios en la gobernación de las cosas del mundo. Sin ser liberal se puede, y aún se debe, amar la verdadera libertad, que es hija de Dios.

6. ¿Cómo calificaba Pío IX al liberalismo católico?
De “peste, la más perniciosa, error insidioso y solapado, verdadera calamidad social, pacto entre la justicia y la iniquidad, pérfido enemigo, etc., etc.”.

7. ¿Qué nos impone el deber de ser católicos?
El de profesar abierta y constantemente la doctrina católica y propagarla cada uno según su saber y sus fuerzas, como también el de ser hijos sumisos del Papa y demás autoridades de la Santa Iglesia.

8. ¿Deben los tradicionalistas la Unidad Católica?
Sí. Es nuestro mayor timbre de gloria; y aún políticamente hablando, es el medio más eficaz para que haya unidad y unión en toda España. No por otro motivo, sino por este solo, es tan combatida, y le profesan tanto odio los sectarios y los incrédulos. Esto no obstante, sabemos muy bien que el creer ha de ser obra del entendimiento y de la voluntad por medio de la gracia divina, y que nada debe ser tan voluntario como la religión, la cual, por lo mismo de ser forzada, sería nula. No entienden así la libertad... los liberales, que nos querían hacer laicos a la fuerza.

PATRIA
9. ¿Qué quiere decir “Patria”?
La Patria es cosa natural. Es la herencia de nuestros padres, el tesoro de nuestros hijos, la tierra donde hemos nacido, el hogar que ha sido testigo de nuestras alegrías y de nuestros dolores, es la lengua que hemos aprendido y con la cual nos expresamos fácilmente...

10. ¿Es un deber de conciencia defenderla?
Por ley de naturaleza estamos obligados a amarla y defenderla, de tal manera, que todo buen ciudadano ha de estar pronto a arrostrar la misma muerte por su Patria.

11. ¿Qué relaciones deben de mediar entre la Iglesia y el Estado?
La Iglesia no puede ser sospechosa a los gobernantes ni a los pueblos. A los gobernantes les amonesta a seguir la justicia y a no desviarse jamás del deber, y al mismo tiempo refuerza su autoridad. Las cosas que se refieren al orden civil, la Iglesia no se las disputa, sino que reconoce que pertenecen a su autoridad y a su supremo imperio; en aquellas otras, cuyo juicio, por diverso aspecto, pertenecen a la potestad sagrada y civil, quiere la Iglesia que exista entre ambas potestades concordia.

12. ¿Qué cosas pertenecen a la Iglesia, y qué a la potestad civil?
Todo cuanto, de cualquier modo que sea, tenga razón de sagrado, y todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, todo ello cae bajo el dominio y arbitrio de la Iglesia; pero las demás que el régimen civil y político, como tal, abraza y comprende, justo es que le estén sujetas, puesto que Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

13. Los pecados de la sociedad ¿son castigados en esta vida o en la otra?
La justicia de Dios tiene reservados, para los individuos, premios para las buenas obras, como castigos para los pecados. Mas los pueblos y naciones que no pueden perdurar más allá de la vida, menester es que en la tierra lleven el merecido de sus obras. Podrá ser que, por justos juicios de Dios, pues no hay pueblo alguno que no tenga algo de laudable, a algún pueblo prevaricador le salgan bien sus empresas; pero es ley firmemente establecida que para que la suerte de un pueblo sea próspera, importa el que por el pueblo se rinda culto a la virtud y en particular a la justicia, madre de todas las otras. “La justicia levanta a la nación, más el pecado hace miserables a los pueblos”.

14. ¿Qué humano remedio hay para la regeneración de España?
Por lo que estamos viendo y palpando, no hay otro remedio que la Monarquía Tradicional. Debemos creer que España esté destinada si no a morir, a sepultarse en el caos. Cuestión de tiempo y de acción continua nuestra. Los verdaderos tradicionalistas no necesitamos de esperanzas ni ilusiones lisonjeras para seguir constantes en la empresa comenzada hace 100 años; pues los grandes caracteres y los corazones hidalgos, antes que el aliciente del triunfo atienden al cumplimiento del deber. SI no queremos ser indignos de nuestros padres, ya sabemos cual ha de ser nuestra conducta.

REY
15. ¿Qué y cómo se entiende por Rey, tercer lema de la bandera carlista?
Rey por la Gracia de Dios. Porque por lo que hace a la autoridad la Iglesia enseña con razón que viene de Dios, mientras que el liberalismo afirma que de la soberanía nacional emana todo poder, negando por consiguiente que la autoridad es de origen divino.

16. Y haciendo dimanar de Dios la autoridad, ¿no parece menoscabar la supremacía del que la ejerce, sea Rey o su equivalente?
No es así; antes bien, dando a la autoridad ese origen divino, se refuerza el poder civil y su ejercicio y se le da una mayor dignidad y un mayor respeto de los ciudadanos.

17. ¿De qué defecto adolece la tan sobada “soberanía popular”?
Del que al negar a la autoridad todo origen divino, se abre la puerta a toda corrupción. Armada la multitud con la creencia de su propia y única soberanía, se precipita fácilmente a promover turbulencias y sediciones; y quitados los frenos del deber y de la conciencia, solo queda la fuerza, que raras veces puede contener los apetitos de las muchedumbres, formadas siempre de los menos cultos y los menos aptos.

18. ¿Y qué es esto del sistema de mayorías?
No es más que una triste comedia liberal; siendo, por otra parte, un disfrazado derecho de la fuerza, una… dictadura de los más.

19. ¿Y qué me dice del sufragio universal?
Que, generalmente, es una farsa, una mentira. Y si fuese una verdad, constituiría el monopolio de la ignorancia, o el monopolio de la riqueza.

20. ¿Qué es la Ley?
La Ley no es otra cosa que “el dictamen de la recta razón promulgada por la potestad legítima para el bien común”.

21. ¿Somos libres para obedecer o no las leyes?
Justa y obligatoria es la observancia de las leyes, no por la fuerza o amenaza, sino por la persuasión de que se cumplen como un deber. Esto es lo cristiano y lo lógico… Pero si están en abierta oposición con el derecho divino, con el derecho natural y contra la conciencia del buen ciudadano, entonces la resistencia a esas leyes es un deber.

22. ¿Debe el Rey sujetarse a las leyes como cualquier ciudadano?
Claro que sí. Los Reyes de Aragón no tomaban nombre de Rey hasta después de haber jurado en Cortes la observancia de las leyes del Reino. Carlos II, disponiendo en su testamento que Felipe V fuera reconocido por Rey legítimo, añadía: “… Y se le dé luego sin dilación la posesión… precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, Fueros y costumbres de dichos mis Reinos y Señoríos”. Y así hicieron los Reyes de nuestra Dinastía en las guerras carlistas.

FUEROS
23. ¿Son los Fueros parte integrante de nuestro programa?
Son parte esencial de nuestro sistema político. El regionalismo ha sido defendido siempre por nuestra Comunión desde que vino a la vida. La restauración de los antiguos Fueros y libertades, atemperándolos a las necesidades de los modernos tiempos, ha sido firme voluntad de nuestros Reyes y los carlistas.

24. ¿No limitan los Fueros el poder del Rey?
No ha sido jamás el Tradicionalismo defensor del poder absoluto, es decir, favorable a una monarquía cesarista. El poder del Rey, primeramente, está limitado por sus deberes para con Dios, y por sus deberes para con sus súbditos. En segundo lugar, tiene una limitación general que abraza mil casos particulares, pues antes que Rey es padre de los pueblos que Dios le ha confiado, y como Rey y como padre debe querer todo el bien posible a su pueblo, y alejar de él en lo posible todo mal.

25. El regionalismo ¿no engendra, como dicen los separatistas el separatismo?
De ninguna manera, como no sea en los que tengan albergado en su corazón el fermento del antiespañolismo. Somos nosotros los tradicionalistas, fervorosos amigos de la unidad de la Patria española, pero asimismo decididos defensores de todas aquellas libertades municipales y regionales que la revolución ha ido destruyendo en todas partes. Nuestra monarquía sería llamada federal, si esa palabra no fuese algunas veces desnaturalizada. Digamos, pues, que es representativa por oposición a la parlamentaria, de la que abominamos por el mal que ha hecho a España.

26. Los Fueros ¿son favorables o no a la libertad?
La ínclita Castilla fue libre, las heroicas Navarra y Vascongadas y el nobilísimo Reino de Aragón fueron los pueblos más libres del mundo con las grandes prerrogativas de que gozaron. Lo mismo lo serían una vez restaurados sus Fueros y sus libertades.

Juan María Romá. Barcelona. 1934