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martes, 7 de mayo de 2013

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE S.M.C. DON FRANCISCO JAVIER DE BORBÓN Y BRAGANZA, REY LEGÍTIMO DE LAS ESPAÑAS, ABANDERADO DE LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA, DUQUE DE PARMA




Nada humano puede llamarse Causa sin ideales nobles y virtudes propias; el Carlismo es Causa Santa por sus ideas y porque tiene una virtud característica: la lealtad. Sin ella los ideales perecen y nuestra Causa quedaría degradada.

Por eso yo debo preveniros del peligro para los ideales y para la lealtad, cual es el desaliento.

Ese es el que tienta al abandono de la brecha, persuade al conformismo y engendra las disensiones. Contra el desaliento yo os recuerdo que la vocación de carlistas es vocación de luchas y contradicciones, vocación de espíritus fuertes. Si así no fuera, habrían invadido nuestro campo, atraídos por el brillo de nuestras glorias, todos los adoradores del dios éxito. Nuestro Dios murió en la soledad del calvario; nuestros reyes en las tristezas del destierro. Sin esas grandes amarguras, que llenan nuestra historia política, no tendríamos derecho a la clara esperanza en la pronta resurrección de España acabadas las actuales dolorosas tribulaciones.

De corazón os saluda, vuestro

Francisco Javier de Borbón

Pp. Reg.

Roma 8-V-1950. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Semblanza de Jaime III







































1.     Introducción

A día de hoy, la figura de Don Jaime, ha sido escasamente tratada. A pesar de un reinado largo, veintidós años (1909-1931), y una prolífica actividad, todavía no conocemos a fondo su personalidad. Hay escasa bibliografía: Melchor Ferrer dedica el tomo XXIX de su Historia del tradicionalismo a su reinado, mientras que Francisco de Melgar escribía una amena pero simple biografía: Don Jaime. El príncipe caballero. Otros autores le dedicaban algunos capítulos en sus libros, como Francisco de Cossío en Confesiones o Joseph Plá en Grandes tipos. Otros libros de mayor o menor fortuna son: El noble final de la cuestión dinástica de Francisco de Melgar, Conspiración y guerra civil de Javier del Burgo,Memorias de la Conspiración de Antonio Lizarza y, en estos últimos años, El cisma mellista de Juan Ramón de Andrés.

Esta enumeración, a la que unimos la consulta de las hemerotecas, nos muestra una figura contradictoria del monarca. Escéptico, burlón, piadoso, revolucionario, un nuevo Clodoveo, tradicionalista, ateo, liberal, contrarrevolucionario, valiente, frustrado, desengañado... ¿acaso una persona puede tener tantas caras? Sirva pues esta semblanza, escrita por Joaquín Argamasilla de la Cerda, para comprender quien fue Jaime III.

2.     Semblanza de Jaime III

Fue en un día otoñal, lleno de luz dorada. Hacía tiempo que tenía yo en mi poder la carta de presentación para el Príncipe y la víspera había obtenido de su Secretario, el Conde de Comas, la deseada audiencia. Tomé un coche y me encaminé al Elysée-Palace, el suntuoso hotel, recientemente inaugurado donde habitaba Don Jaime.

A lo largo de la magnífica avenida de los Campos Elíseos corrían los carruajes en incesante flujo y los automóviles, que entonces empezaban a generalizarse, se deslizaban vertiginosos como empujados por las ondas musicales, un poco bárbaras, de sus bocinas y sirenas. Por los paseos de ambos lados discurrían los paseantes, abundando las mujeres elegantemente ataviadas bajo los nimbos de sus sombrillas que recibían el dulce baño de un sol sin fuego. Iba yo pensando en nuestra tierra española, seca, ardiente y empobrecida, pero donde tantas muchedumbres han sabido guardar junto al recuerdo de sus gloriosas tradiciones de raza, la esperanza en vano combatida, de la restauración política de la Patria bajo el cetro, siempre dispuesto a convertirse en lanza de los parientes mayores de la augusta Familia capetiana, cuyo último y vigoroso vástago iba a conocer.



El mes anterior había estado en Venecia. Carlos VII, en la plenitud de su personal majestad me infundiera la admiración y el respeto de una figura de leyenda. Todo en él trascendía a cosa grande y altamente noble: la discreción de sus preguntas, la serenidad de su discurso, la sabiduría de sus juicios, la afectuosa, pero no familiar manera con que trataba a sus leales. En su presencia, era imposible recordar su vida tan bellamente labrada por el amor y el odio, el heroísmo y la traición, sin ver en su frente el destello de la realeza, en su mirada penetrante la expresión de una gran amargura y en toda su arrogante humanidad la personificación de cosas augustas y gloriosas. Aquel señor, fuente de tantos sacrificios y tumba de tantos secretos, único Príncipe de nuestros tiempos, que al levantar sobre el arzón de su silla un estandarte de guerra, se vio rodeado de su pueblo presto a morir por él, llevaba dignamente el sello de su destino. La sangre de millares de mártires, había sido el óleo de su unción, la entereza de su fe le tenía templada el alma y era patente lo enérgicamente que sentía su representación política y social. Delante de Don Carlos, el tratamiento de Majestad no era una fórmula de respeto, sino obligado modo que brotaba espontáneamente de los labios, como de los suyos aquellas sus breves y solemnes razones que cuando eran transmitidas en cartas y manifiestos por tan grandes estilistas, como solieron ser sus sectarios, empequeñecían la elocuencia de los Aparici y Villoslada.


Las amarguras de su vida, que cristiana y valientemente soportada, las deserciones y desengaños, con que tan a menudo le probó la Providencia, y sobre todas las cosas el dolor de ver a su España la vía afrentosa de una pasión inacabable, había bañado de un tinto melancólico el alma de Don Carlos. El paso de su góndola por los silenciosos canales de la ciudad muerte, era una visión romántica que tenía el dejo dolente de los ciclos caballerescos ya terminados, que esperan solo el canto de la gesta. Al ir en busca de su hijo, soñaba yo con el retoño vigoroso de aquel árbol gigante, con el nuevo paladín apto para futuras empresas.

Don Jaime también comenzaba a tener su historia. Una historia militar, sellada por el valor. Dos campañas cruentas y numerosos viajes por exóticos países habían ofrecido ancho campo a su actividad. Por toda Europa se referían anécdotas de aquel Príncipe franco y decidido llamado por su nacimiento a llevar la representación de la legitimidad monárquica, como Jefe de la Augusta Casa de Borbón.

Llegado al hotel, entregué la carta que llevaba, concediéndome la audiencia para las once. A los pocos minutos, el mayordomo de Don Jaime bajó para decirme de parte del Señor, que le esperase. En vez de hacerlo en el hall inmediato, preferí aguardar en el grandiosos vestíbulo de donde arranca la escalera. Era tal mi impaciencia, que no quería privarme del placer de adelantar unos segundos la entrevista.

Mientras me paseaba de un extremo a otro de la vasta pieza, proseguía en mis pensamientos, relacionando la impresión que me había causado el conocimiento personal de Don Carlos, con la que esperaba experimentar delante de su hijo.

Por la ancha escalera subía y bajaban los huéspedes del Hotel. Entre ellos reconocí la alta silueta del Rey de los belgas y me detuve contemplando su divertida ancianidad. Como las personas tienen una extraordinaria memoria fisonómica, no me extrañó que me reconociera, a pesar de no haberme visto más que dos veces en casa del Gran Duque Pablo de Rusia, donde fui presentado a él la primavera anterior. Me tendió la mano afablemente diciendo:

- Usted vendrá a ver al Príncipe Jaime
- Así es –repuse - Voy a tener el honor de conocerle.
- ¡Oh, es un bravo militar y muy inteligente! Los Gobiernos de España harían bien en no olvidarlo.

Después, pasándose la mano por la famosa barba en abanico que adornaba la cabeza angulosa del monarca epicúreo, añadió con dejo de suspiro:

- ¡El es aún joven, muy joven!

Mientras se alejaba el perfecto representante de la realeza parlamentaria, que hasta el día de su muerte hizo compatible sus deberes de Rey constitucional con la vida de un viveur cosmopolite, ofreciéndonos la prueba de valor positivo de la institución que encarnaba, el recuerdo de Carlos VII volvió a  con nueva energía. El contraste del Rey paladín, saturado de fe y enamorado de ideales con el anciano sibarita negociante en caucho, me pareció tener la virtud trascendente de un símbolo.

***

Por fin en lo alto de la escalera apareció el Príncipe. Aunque jamás hubiera visto su retrato le habría conocido, pues aquel gallardo joven tenía un aire tan español que le hacía inconfundible.

- Te he hecho esperar mucho, perdona.- Tales fueron las primeras frases que me dirigió, mientras le besaba la mano.
- Ahora – prosiguió- no puedo detenerme porque estoy citado con N para almorzar. Pero si quieres te llevaré hacia el centro en mi coche y a la tarde podremos vernos
.
Acepté reconocido y como él salí a la calle. Me dirigía yo al cochero que me había llevado para pagarle, y exclamó el Príncipe:

- ¡Qué tontería has hecho! En París nunca se guardan los coches de alquiler. Resulta carísimo y es inútil, pues en todas partes se encuentran a docenas.

El buen automedonte quiso cobrarme el doble de lo debido. Iba yo a dárselo, deseoso de evitar una discusión enojosa por tan fútil motivo cuando Don Jaime sospechándolo se acercó e intervino:

- Por ese tiempo no tiene derecho a cobrarte más que cuatro francos.

Y dirigiéndose al cochero en argot parisien le respondió duramente; el hombre se descubrió con respeto, pues había reconocido a Don Jaime que ya entonces era popular en París y tomó mis cuatro francos sin replicar palabra.
Subimos al automóvil- un Mercedes que el Príncipe guiaba maravillosamente- y enfilando la Avenida bajaron veloces hacía la plaza de la Concordia.

- Yo almuerzo por dos francos. Un par de huevos y un plato de carne. La gente suele comer demasiado. Tú no habrás almorzado todavía.
- No señor
- ¿Dónde piensas hacerlo?
- En cualquier parte. He de reunirme con Domínguez Arévalo.
- Pues si quieres vente a mi restaurante y lleva también a Domínguez.

A la media hora estábamos almorzando. También lo hacía en la misma mesa otro español amigo particular de Don Jaime.

Se habló de nuestra tierra, de esa tierra española tan amada por el hijo de Carlos VII y, añadiré, tan conocida por él en los múltiples viajes que a su través ha realizado. Se habló de Francia y de su situación económica, ya exactamente apreciada por el Príncipe en aquella época con la sorprendente disposición que para los estudios de alta finanza constituye uno de los rasgos característicos de Don Jaime. Los manejos de la Banca judía, su poder casi ilimitado y las criminales complicidades delos Gobiernos que son sus servidores, todo ello fue surgiendo en breves y nerviosos relatos que entre anécdotas y curiosísimas observaciones nos hizo el Príncipe. Después nos invitó a Domínguez Arévalo y a mí a dar un paseo en su coche y nos condujo a Versalles delante  de cuyo palacio nos detuvimos para regresar a París por el mismo camino que un día recorriera el desgraciado Luis XVI en medio de una turba de caníbales.
Al separarnos nos dijo:

- Mañana da una conferencia en el Odeón un periodista al que yo presté algún auxilio en la Manchuria cuando la guerra. Hablará de la campaña ruso-japonesa y me ha enviado el palco principal del teatro. Si queréis ir allí nos veremos.

De aquel primer día pasado con Don Jaime saqué gratísima impresión. Tres cosas me habían maravillado: su claro talento, vivo y penetrante, tan parecido al de la Reina Doña Margarita; su afabilidad y la sencillez de sus hábitos.

***
Al día siguiente, mientras oíamos junto al disertante del Odeón, que en frases llenas de reconocimiento le dedicó su conferencia se me reveló clarísimamente su espíritu militar, apareció a mis ojos el gran soldado que hay en Jaime III. Durante el discurso, que fue largo, veía yo en sus ojos la llama del entusiasmo que provocaban en su corazón los recuerdos bélicos. Su vivacidad y el mayor conocimiento que tenía del asunto le sugerían a cada paso reflexiones y comentarios en que palpitaban su amor al ejercicio de las armas, su competencia en la difícil táctica moderna y por encima de todo, como desprendiéndose naturalmente de su temperamento, esa noble virtud del valor, tan bella cuando se posee en forma sencilla, diríase que inconsciente y callada.
Porque Jaime III es ante todo militar. Sus grandes cualidades, sus gustos y hasta sus defectos, si alguno tiene, son los de un hombre de guerra. Hijo del caudillo de Lácar y nieto del intrépido Veranees que conquistó el reino de Francia con su espada, vástago primogénito de la combatiente raza capetiana y educado desde su niñez en ambiente guerrero, todo él responde a su destino de príncipe soldado. Su constitución física, poco menos que atlética, su sobriedad pasmosa, su resistencia casi ilimitada a la fatiga, la tranquilidad ante los peligros que tantas pruebas ha dado y su amor al estudio de las múltiples ciencias y artes que forman hoy la enciclopedia militar.
A la edad en que otros Príncipes suelen vestir el uniforme en brazos de sus niñeras, él lo usaba al frente de una compañía de niños voluntarios y trepaba por los montes navarros oyendo el estampido del cañón tronante en batallas heroicas. Que su augusto padre al hacerlo ir al teatro de la guerra y presentarlo un día a su valiente ejército levantándolo en brazos a manera de holocausto y promesa, no parece sino que quiso desposarle solemnemente con las armas, como medio de consagrarle a España.
Esto explica que en sus primeros estudios comenzados en Pau al lado de su santa Madre y continuados en los colegios de Jesuitas de París y Beaumont (Inglaterra) encontrara menos agrado que en oír referir a sus ayos el relato de la guerra o en leer ávidamente tratados de táctica y estrategia.
Cuando su pariente el Emperador de Austria, después de dispensarle el examen de entrada, le concedió plaza en la Academia militar vio realizado uno de los más vehementes deseos de su alma juvenil. Pero entonces también comenzó a experimentar las consecuencias del odio político de una elevada dama que a la sazón ocupaba preeminente lugar en nuestra nación. Supo el Príncipe que, efecto de sus intrigas, nunca llegaría a ser oficial del Imperio Austro-Húngaro y que a la terminación de su carrera se daría por pretexto para invalidarla el haber sufrido el primer examen. Entonces Don Jaime tomó una resolución que muestra bien su deseo de no contentarse con ser un militar honorario e indica a la vez de su carácter. Se retiró al castillo de Frohosdorf un año entero para perfeccionarse en los estudios preparatorios y poder desafiar impunemente el rigor y la malquerencia del Tribunal austriaco. Durante aquella temporada no tuvo otro recreo en la solidaria mansión de Enrique V que el estudio de la Química, al que se aficionó apasionadamente, sobre todo en la parte que se relaciona con la fabricación de las pólvoras. Cuando habiendo solicitado examen se presentó ante los profesores de Viena, sus amplios conocimientos en matemáticas, idiomas y dibujo, muy superiores a los exigidos para el ingreso en aquella escuela militar,  y su clarísimo talento acabaron por vencer todos los obstáculos y fue admitido como alumno.
Hizo con brillantez su primero y segundo curso al final del cual murió su augusta Madre. Carlos VII quiso, una vez celebrados los funerales, retenerle a su lado, pero era tal su deseo de no perder los exámenes cuya fecha estaba próxima, que regresó enseguida a la capital de Austria. Habiendo aprobado el tercer año salió Oficial cosa tan ardientemente deseada por él. Pero la influencia enemiga a que antes he aludido, consiguió del Emperador la perpetración de una injusticia que aún cuando posteriormente haya sido mil veces bendecida por el mismo Don Jaime no fue menos odiosos. Se le negó la entrada en el ejército por las consideraciones de política internacional.
Tan injusta resolución no sorprendió del todo al Príncipe que durante toda su carrera tuvo el presentimiento de que había de intentarse todo contra él. Y como lo repito, su más vehemente deseo era el ser militar, aquellos temores llegaron a constituir en su espíritu una verdadera preocupación. Aún ahora, según hace pocos meses he oído de sus labios, no es raro que perturbe su sueño la ideal de que nunca podrá ejercer su carrera, como si todavía estuviese en la Escuela Austriaca y sujeto a la perniciosa influencia a que me he referido, la cual, por cierto, no se limitó a lo indicado sino que también logró estorbar al poco tiempo  la constitución de un dulce vínculo muy deseado por la España tradicionalista.
¡Cuán triste y solo entró en el palacio de Frohsdorf aquel día en que sus compañeros de promoción lucían por primera vez en las calles de Viena sus insignias de oficiales! El melancólico parque del Castillo debió de agregar la frialdad y la penumbra de sus umbrías al desconsuelo producido en su alma por la muerte de sus ilusiones de cadete y los severos retratos del Conde de Chambord y de su madre la Duquesa de Berry le recordarían que ellos también fueron perpetuamente excluidos por la revolución y la perfidia de sus parientes. Que en Don Jaime imposibilitado hasta ahora de servir a su patria y entonces hasta de prepararse prácticamente para hacerlo algún día, se ha dado el caso más culminante de a lo que Bourget ha descrito en su novela “El emigrado” refiriéndose a Francia: el obligado ostracismo de los más nobles y castizos de la nación.

Desde el año 1983 al 96 Don Jaime viajó por todo el mundo. Libros inmensos para quien sabe leerlos son los países y las naciones. El talento de Don Jaime, vivo, capaz de rápidas asimilaciones y muy observador es el más educado para este estudio de los hombres y de las cosas. Entonces realizó por primera vez una excursión por España que acabó de sellar con el encanto que le produjo nuestra tierra los múltiples lazos que a ella le unían. Después ha vuelto muchas veces, siempre que ha querido, burlando la torpe vigilancia de los Gobiernos y no solo sus ciudades sino los campos, las sierras y hasta los últimos rincones de la Península puede decirse que le son familiares, habiendo adquirido un conocimiento de las regiones españolas mucho más perfecto que el que tenemos los que en ellas vivimos.
Pero el conocimiento de nuestro territorio es incompleto, o debiera serlo para todo buen español, de no ampliarse con el de la costa frontera de África. Marruecos recibió entonces la visita del Príncipe y la ha vuelto a recibir diferentes veces aún antes de agudizarse la vital cuestión de nuestra influencia en el Imperio mogrebino, Más adelante consagraré algunas líneas al concepto que de esta cuestión tuvo siempre el hijo de Carlos VII, aquel otro gran viajero que, como su hermano el Infante Don Alfonso, recorrió el mundo en busca de las huellas de la raza hispánica, siglos atrás expansiva y conquistadora, cuando el liberalismo raquítico y estéril de sus modernos gobernantes no había arrancado de su corazón los grandes ideales que hacen dominadores a los pueblos.
El Egipto, la India y Filipinas; las grandes islas del Océano Pacífico  y varias regiones de Asia fueron también visitadas y estudiadas por Don Jaime. Pero a su regreso a Europa, sintiendo cada vez más arraigada en él la vocación militar, así se lo manifestó a su augusto Padre, quien abundando en los mismos deseos, por comprender la importancia que para el porvenir tendría el servicio activo en un ejército de quien estaba llamado quizá a mandar en jefe el de su patria, pidió y obtuvo fácilmente del Emperador de las Rusias en ingreso del Príncipe en un regimiento moscovita. Esto tuvo lugar el año 1986 y desde el día en que vistió por vez primera el uniforme ruso fue tal su comportamiento que, a pesar de su calidad de extranjero, bien pronto fue tenido por el Estado Mayor como uno de los más brillantes oficiales del Zar.
Cuando Rusia en unión de otras potencias intervino militarmente en China con motivo de la sublevación de los Boxers fue Don Jaime de los primeros que pidieron ser enviados al teatro de operaciones. En esta campaña tuvo al fin ocasión de batirse y en circunstancias, por cierto, muy favorables a su carácter, ya que las condiciones de aquella guerra, en que pequeños destacamentos se veían a veces obligados a recorrer grandes territorios sin saber la importancia de los contingentes enemigos que habían de encontrar, exigían un valor personal extraordinario y ofrecían al mismo tiempo mayor amplitud a las iniciativas particulares de los oficiales.
Mil veces pasó a su lado el ángel de la muerte. Y no sólo constelado por las balas enemigas, sino también en la forma, mucho más triste de la enfermedad contraída en campamentos malsanos. Yo que en repetidas ocasiones he logrado arrancar a su modestia, interesantes relatos de verdaderas heroicidades (alguna de ellas salvó a una misión católica que gracias primero al valor del Príncipe y luego a su influencia con el Zar se vió libre de ser aniquilada) no me he sentido nunca tan conmovido como al escuchar de su boca el abandono absoluto en que se halló en una aldea japonesa atacado del tifus y completamente solo en el pobre lecho de miserable casucha. Privado de toda asistencia permaneció varios días presa de la fiebre y entregado a la Providencia de Dios que al fin le sacó de aquel estado enviando en su socorro a unos marinos rusos que le condujeron a su barco.
Al romper la guerra con el Japón pidió ir ala campaña como voluntario. Alguien criticó su resolución por creer que vida como la suya sólo debía exponerse en empresas españolas. Los que juzgamos que los Príncipes de nuestra rama proscrita deben ser ante todo jefes militares y conocíamos el espíritu de Don Jaime encontramos su decisión en armonía con nuestros deseos y seguimos con entusiasmo y plena confianza las peripecias de aquella gigante lucha en que brillaron nuevamente su valor y pericia.

Si yo tratase de escribir aquí la biografía de Don Jaime en vez de intentar como intento dar en pocas líneas mi impresión personal de tan interesante figura, llenaría numerosas páginas con el relato de las acciones de guerra en que intervino y la ponderación de su personal iniciativa, que unida a la absoluta confianza que inspiraba a sus jefes, le designó a menudo para el desempeño de las más difíciles comisiones. La audacia y habilidad con que las desempeñó fueron enaltecidos por el mismo General en Jefe que en solemne ocasión declaró ser Don Jaime el mejor oficial de su ejército. Los grandes peligros que corrió internándose en el campo enemigo y haciéndose pasar una vez por periodista británico, para lo que le sirvió a maravilla su perfecto conocimiento de la lengua inglesa, me darían también motivo para referir interesantes anécdotas. Lo que si he de consignar es que gracias a su cooperación en esta guerra ha tenido ocasión de estudiar prácticamente los movimientos de las grandes masas de que se componen los ejércitos modernos en campaña, siendo el único Príncipe real que por tal motivo tiene hecho este aprendizaje.
A propósito de lo muy presentes que están a toda hora en la mente de Don Jaime cuando se relaciona con la vida militar, referiré un detalle que lo demuestra: cierto día, en París, había citado el Príncipe a su abogado en el Palacio de Justicia. Deseaba conferenciar con él sobre un pleito que tenía entablado contra cierto poderoso judío que acababa de estafarle trescientos mil francos. Me pidió que le acompañase y llegados al grandiosos edificio, que por primera vez pisábamos, tratamos de encaminarnos a la biblioteca, lugar de la cita. Al comienzo de nuestra peregrinación por pasillos, escaleras y salones me dijo:
-Verás como encuentro la biblioteca sin preguntar a nadie- Y al poco tiempo, volviéndose a mí, añadió: -Cuando estas cosas son difíciles es en campaña, si no se conoce el país. Se recibió orden de ir a un sitio desconocido y hay que cumplirlas sintiendo toda la responsabilidad de una equivocación.

He aludido a la perfección con que Don Jaime habla el inglés. Con la misma facilidad habla el alemán, el italiano y el ruso, no siéndole desconocidos otras lenguas como el portugués y el chino. Es verdaderamente pasmosa su disposición políglota que le permite manejar con soltura hasta los dialectos de los idiomas que posee. Yo le he oído conservar en gallego y en catalán al mismo tiempo con gentes de estas regiones españolas y demostrar conocimientos no vulgares en la técnica dificilísima de la lengua vascongada.
***
El servicio activo de Don Jaime en el ejército moscovita tenía que cesar en el momento que, muerto Carlos VII, heredaba su alta  representación española que le reclamaba todo para su patria. Comprendiéndolo así el Emperador accedió a concederle el retiro no sin testimoniarle su alto aprecio mostrándole Coronel honorario de Húsares de la Guardia, distinción que, como es sabido, sólo suelen conceder los monarcas a otros soberanos.
Indicado queda que los grandes problemas de economía política ocupan lugar preferente en la conversación de Don Jaime que por feliz coincidencia halló medio de hermanar estos estudios con los propios de su condición de militar.
Revistiendo las cuestiones sociales tamaña importancia en estos tiempos, que puede decirse que constituyen el eje de la política mundial, no podían ser desdeñadas por el representante de la tradición española que tantas normas ofrece para la resolución de los actuales conflictos. El ilustre propagandista católico y escritor sociólogo Don Severino Aznar, cuya labor admirable y fructífera en España le ha elevado al puesto de mayor autoridad en estas materias, celebró no hace mucho una extensa conferencia con Don Jaime en su mayor parte dedicada a conocer sus apreciaciones y juicios en orden a la organización del trabajo relaciones de obreros y capitalistas, intervención del Estado y otros puntos no menos importantes que integran la gran cuestión social. Fruto de aquella conferencia fue un largo y entusiasta artículo que apareció en “El Correo Español” y reprodujo buena parte de prensa española y extranjera en el que el maestro de los católicos sociales de España comentando el pensamiento de Jaime III se manifestó admirado de su profundidad y justicia y lleno de alegría al contrastarle conforme con las enseñanzas católicas en sus más recientes aplicaciones.
***
Frente al individualismo liberal, egoísta y estéril y en oposición no menos completa al intervensionismo monstruoso de un Dios-Estado a que conducen las modernas políticas, oyó Aznar de los labios de Don Jaime la necesidad de conservar, depurándola, la tradición social española en la que el Estado no lo era todo ni se juzgaba al arbitrio para permitir o negar el derecho de existencia a otras instituciones y organismos tan naturales y legítimos como él.
A mi juicio- decía- el Estado debe ser a la sociedad lo que el ejército a la nación. Tan disparatado sería querer encerrar la nación en el ejército como pretender circunscribir la Sociedad en el Estado-
Muchas veces tengo le yo oído el aprecio que siente por los obreros y el interés  que podría en mejorar su condición  de ser llamado a regir los destinos de España. Hablando del trabajo de las mujeres en fábricas y oficinas me decía este último verano:
- Es inicuo que a la mujer se la retribuya con salarios mezquinos considerando como suele hacerse que lo que aporta al hogar es una ayuda para levantar cargas comunes. Debe ganar lo necesario para cubrir todas sus necesidades.
***
Respecto al pueblo español no participa Don Jaime de la vulgar opinión que le tiene por holgazán. ¡Cómo ha de participar de este falso juicio propio de periodista indocto habiendo recorrido los páramos castellanos donde en la penumbra del frío amanecer de los inviernos se destaca ya la silueta del pobre labrador encorvado sobre el arado, las montañas cantábricas en que no hay espacio de tierra sin cultivo, el principado catalán , sembrado de fábricas, las vegas levantinas y andaluzas donde el agua se reparte como venero de oro y tantas otras regiones cuyos hijos luchan para vivir con la pobreza del suelo el rigor del clima, los agobios del físico y la tiranía de los caciques!
-Cierto, - me decía en una ocasión-  que nuestros compatriotas, cuando pueden vivir desahogadamente, no son amigos de imitar a los yanquis afanándose por acumular riqueza. Esto es realmente un mal para la nación aunque no para el individuo que al obrar así procede como filósofo conociendo el valor justo de la vida. Más dignos de lástima son los norteamericanos abrumados de cansancio y de fiebre para que sus mujeres, cubiertas de diamantes, se dediquen al flirteo con los extranjeros.
Don Jaime es un entusiasta de la agricultura. Sigue con avidez los progresos que esta hace en España y aplica en sus tierras de Frohsdorf los últimos procedimientos del cultivo. Uno de sus recreos favoritos es bajar a la huerta cultivada hoy por familias navarras que ha hecho ir con este objeto y dirigir por si mismo las labores. No es raro verle trabajar horas enteras empuñando las más pesadas herramientas, que su fortaleza le permite emplear sin fatiga, con austeridad tolstoniana. Y por cierto, que no es espectáculo para ser olvidado el de este augusto Príncipe jefe de la más ilustra familia del mundo labrando humildemente la tierra en compañía de sus sencillos colonos que del de corazón  también sus súbditos. ¡Qué ejemplo tan admirable para ser propuestos a nuestros demócratas de pega! Porque la sencillez, la afabilidad y la modestia son otros tantos rasgos que avaloran su carácter y hacen de Don Jaime una figura llena de simpatía.
Proverbial es su frugalidad en la mesa, frugalidad de soldado en campaña, a quien bastan un par de platos y un vaso de agua. Gústanle con preferencia los productos españoles condimentados también a la española y siente verdadera aversión por las prácticas sibaritas.
***
Dejo dicho que Don Jaime conoce perfectamente Marruecos. Como su tío, el Infante Don Alfonso, ha recorrido varias veces aquel país completamente necesario al territorio español y desde que se firmó el acta de Algeciras no ha ocultado su opinión contraria en absoluto al camino seguido por los Gobiernos de Madrid. La unión y alianza con Francia, funesta para España en todas las épocas de la Historia, es tenida por él como la más torpe de las políticas que pueden seguirse por nuestros gobernantes y, por los que respecta al Imperio del Magreb, constituye el aniquilamiento de nuestro porvenir en el continente africano, la renuncia de nuestros legítimos intereses y la pérdida de toda esperanza de agrandecimiento. Hablando de ello me decía recientemente:
-“Es axiomático que toda nación más débil que su vecina debe buscar sus alianzas más allá de las fronteras de esta. La Providencia ha colocado a la gran nación alemana, rival de Francia, al otro lado del Rhin, como a nosotros detrás del Pirineo. En caso de conflicto guerrero entre franceses y alemanes nuestro concurso sería para los germanos, de un valor decisivo. Con solo colocar cincuenta mil hombres sobre el Ebro, inmovilizaríamos tres cuerpos de ejército franceses a lo largo de la cordillera Pirenáica, como Austria inmovilizó buena parte del ejército moscovita en la guerra ruso-turca movilizando algunas fuerzas en sus fronteras. Esto lo saben bien franceses y alemanes y hubiera podido constituir la base primordial de una aproximación por nuestra parte a la política germana” – y añadía con el acento de la convicción más profunda: -“Si Marruecos es una u otra forma viene a crecer el Imperio de Francia en África nuestra expansión, aún simplemente comercial y agrícola en aquel país, resultará imposible; inspiradas estas en la libertad de concurrencia para todas las naciones, sino proteccionistas en extremo y vejatorias además para quien no tenga la ciudadanía francesa, como puede comprobarse en Argelia, donde los españoles que han enriquecido a la colonia, son tratados como parias”.
Quizá cuando estas páginas salgan a la luz se haya consumado la obra detestable de nuestros políticos y sea Marruecos una reproducción de Túnez. El corazón patriota de Don Jaime habrá recibido un rudo golpe.

Asusta pensar en las responsabilidades que pesan sobre los hombros de Don Jaime. Quizá más que muchos monarcas que de hecho ciñen la corona puede su actitud influir en los destinos de su patria; que al fin es el único Príncipe en Europa en cuya mano está encender la guerra civil a cualquier hora.
Los ideales que representa y que virilmente recogió como herencia preciosa en la tumba de Carlos VII, son los más altos y caballerescos que pueden inspirar una política. En su persona encarna el principio monárquico puro, legítimo y castizo, sin las mixtificaciones, convencionalismos y monstruosos contra-sentidos que han hecho de él la clave de la explotación de las naciones por la oligarquía de los partidos organizados en cuadrilla. Él representa el orden social, las jerarquías y al mismo tiempo la libertad de los pueblos dentro de la diversidad de sus intereses y de las características de sus personalidades históricas. En él se condensa la tradición religiosa que formo el alma española en el gran molde del catolicismo y fue el resorte principal de sus energías e inspiración de sus mayores glorias. Don Jaime es, finalmente, el brazo sacrosanto de la justicia por el que clama la nación española, víctima en todos los órdenes, de la rapacidad y torpeza de los hombres del liberalismo.
Así lo ha comprendido y lo ha proclamado desde que, muerto su augusto Padre, hacía el que siempre sintió admiración y amor intensísimos, la voz de la España tradicionalista, la voz de la sangre y pudiera añadir, la voz de la Europa católica y monárquica le llamó a ser la única esperanza de regeneración política. En su manifiesto de Noviembre de 1909 escribió:
Recogiendo con piedad filial su herencia (la de Carlos VII), tan gloriosa como abrumadora, asumo, lo mismo sus derechos que sus obligaciones, sus ideas que sus sentimientos y sus amores. No digo sus odios porque su corazón igual que el mío, no los conoció jamás. Y más adelant: Fortalecido con estas esperanzas (el auxilio de los buenos españoles y el favor de Dios) he prometido sobre la tumba de mi padre mantener hasta la muerte esta divisa caballeresca de una dinastía de proscritos: Todo por Dios, por la Patria y por el Honor.
De aquel hermoso documento son también estas frases:
El orden social tan quebrantado por la revolución peligra en sus últimos fundamentos. Y no tanto por el empuje de las turbas anárquicas sino por la cobardía de los poderes que pactan con ellas para salvar, entregándose en rehenes, la vida y el interés. En la lucha violenta que se acerca entre la civilización y la barbarie, a nadie cedo el primer puesto para pelear en la vanguardia por la sociedad y por la patria. Jamás el temor a las iras terroristas me hará retroceder un paso en el camino del deber. Soy español y en mi programa no hay sitio para el miedo.
El castillo de Frohsdorf, residencia de Don Jaime, está situado en la Baja Austria, cerca de las fronteras de Hungría y es un magnífico edificio rodeado de hermoso parque, huertas, granjas y montes profusamente arbolados. En aquel tranquilo paraje, sobre el que flota la bandera española, todo habla al alma de una historia de honor. Habitado largos años por la mujer intrépida que se llamó la Duquesa de Berry, ídolo de los monárquicos franceses y objeto predilecto de la odiosidad de los Orleanes, puestos al servicio de la revolución; fue también el asilo de su hijo el caballeroso Enrique V, último rey legítimo de Francia. La santa esposa de este, nacida princesa de Parma fundó alrededor suyo escuelas para los niños de las aldeas circundantes que hoy sostiene Don Jaime como heredero de aquellos ilustres príncipes.

En las galerías y salones del palacio que constituyen un museo de la Casa de Borbón, los retratos de reyes y los cuadros de batallas y cacerías alternan con diversos objetos que pertenecieron a Luis XIV, María Antonieta y Luis XVI y con varias obras de arte en porcelana y bronce ofrecidas en distintas épocas por los legitimistas franceses al Conde de Chambord. Se comprende que el partido, no muy numeroso, pero distinguidísimo delos llamados Blancos de España en el que figura buena parte de la nobleza de Francia, siente por Frohsdorf  verdadera veneración y mire en Don Jaime jefe de toda la raza capetina, hijo mayor de San Luis, el símbolo de las antiguas glorias y la esperanza de su reconquista.
Al igual que su padre Carlos VII aprecia y agradece en el alma Jaime III esta actitud de los que no han querido proclamar por rey al jefe de la envilecida rama de Orleans tantas veces traidora a la verdadera Casa de Francia y mantiene cerca de ellos un representante dignísimo en la persona del Conde de Catalineau.
Una tarde serena y apacible de verano paseábame yo por las seculares alamedas del castillo que cual bóvedas de catedral gótica estaban llenas de mística emoción. Las calles que formaban los gigantes troncos enfilaban por un lado las terrazas que sirven de pedestal al castillo y por el otro se perdían en una penumbra de follaje. Meditaba en la grandeza  de los destinos de nuestros Príncipes que por no doblegarse ante la revolución cosmopolita, que tantas cabezas de reyes ha sabido humillar, no han querido ceñir una corona comprada con las mutilaciones de su bandera, prefiriendo empuñar en el destierro el cetro espiritual de la gloriosa tradición española y ser un vivo ejemplo de fortaleza y honor que puedan admirar los pueblos todos y la sociedades en vísperas de los cataclismos anárquicos que la política transacionista y cobarde está providencialmente elaborando. Soñaba yo con  la propagación de la augusta raza que tales príncipes produce y parecíame escuchar los ecos de aquellas frondas despiertos alegremente por voces infantiles, cuando al desembocar en una explanada, donde bancos de piedra convidan a contemplar el abierto y jugoso paisaje que hasta las estribaciones de los Alpes se extiende, apareció a nuestros ojos en tierno cuadro. Don Jaime rodeado de varios niños de sus colonos y teniendo en su rodilla al más pequeño, hijo de uno de los hortelanos españoles.

jueves, 5 de abril de 2012

¿Dónde han ido mis leales aduladores?


“La Monarquía tradicional ―nacida al amparo de la Iglesia y arraigada en la historia―, es magistratura tan magnífica y se presenta de tal manera rodeada de majestad y grandeza a la mente del filósofo y al corazón del poeta, que ninguno que se llame monárquico, aunque sea de las monarquías falsificadas que ahora se estilan, si posee alguna ilustración y entendimiento, puede dejar de rendirse ante ella y cantar sus glorias y ponderar sus maravillas, si, forzado por las circunstancias, tiene que luchar contra los secuaces de la forma republicana. Porque defender el parlamentarismo monárquico contra el parlamentarismo republicano sin apelar para nada a la Monarquía representativa tradicional es tarea imposible, como lo demuestran evidentemente los doctores constitucionales cuando, por medio de un vulgar sofisma, procuran hacer de la Monarquía histórica y la revolucionaria una misma institución, con el propósito de atribuir a la segunda las glorias y prestigios de la primera."

―Juan Vázquez de Mella
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"¿Qué significa la monarquía en una nación tan desmembrada como la nuestra, tan ridículamente desunida? En estos momentos, quizá la única garantía de unión la tiene la Corona. La Corona representa al señorío de Vizcaya, el Reino de Aragón, el Condado de Barcelona y el Principado de Gerona."

―Alfonso Ussía, en Lágrimas en la Lluvia.

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Franco, gentilhombre de cámara,
condecorado por el que
fue padrino de su boda.
"Desapareció una monarquía que no tenía una base social firme: vinieron unos coches y se los llevaron a todo correr, y no hubo nadie que dijera «señor, aquí estoy yo a jugarme el tipo por usted». Ni militares, ni políticos, ni liberales movieron un dedo por Alfonso XIII. Muy diferente a como había ido Carlos VII al destierro, acompañado de miles de leales que lloraban ―menos mi abuelo, que hacía chistes― y rompían los fusiles al cruzar la frontera con Francia."

―Luis Martínez Erro, en Requetés: de las trincheras al olvido. 
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Conversación entre Don Jaime III y el recién destronado Alfonso "XIII", en 1931:

Don Alfonso: "―Tú entonces, como ahora, podías contar con la entera abnegación de tus leales. Yo, en cambio, no puedo fiarme de casi nadie. No puedes saber lo que es un Rey caído. Me sentiría más inclinado a confiar en los tuyos que en los míos en estos momentos...

Don Jaime no puede evitar una sonrisa maliciosa.

―No sé, no sé― le dice. ―Sin ir más lejos, este hombre que te ha abierto la puerta te hubiese matado si yo se lo hubiese mandado; de modo que tampoco conviene que te fíes demasiado de los míos."
―F. Melgar  
Don Jaime, Duque de Madrid

jueves, 14 de julio de 2011

Lealtad sin fisuras



En 1946, Melchor Ferrer proclamaba: «Por si los carlistas jóvenes no me conocen, debo presentarme. Nunca fui integrista, ni fui minimista, ni fui mellista, ni fui de la Unión Patriótica, ni fui cruzadista, ni fui ni soy de FET. Ni alfonsino ni juanista. Carlista soy, carlista desde mí mocedad a las órdenes de Carlos VII el Grande; carlista en el servicio muy cerca del caballeroso Jaime III, carlista bajo el recto Alfonso Carlos, carlista en la disciplina del nobilísimo Príncipe Regente Don Javier de Borbón».

Hoy, 5 de Julio de 2011, Fiesta de San Antonio María Zaccaría , con la precisión que indicaremos en su momento, Núcleo de la Lealtad, vuelve a hacer suyas las palabras que dirigiera el pasado Domingo de Pascua de 2008 :

Proclamamos que nunca fuimos ni seremos de democracias o alianzas nacionales, mucho menos dealternativas o frentes españoles, ni de otras plataformas o movimientos... ni jugaremos a las ligas. No somos ni de derechas ni de izquierdas. Somos íntegramente tradicionalistas: contrarrevolucionarios militantes, católicos a machamartillo, españoles hasta la médula, defensores acérrimos de las libertades populares, monárquicos legitimistas.

Por eso, hoy como ayer, somos los tradicionalistas del siglo XXI frente a los liberales de la “alternativa social cristiana” que «afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado» (condenados ya en 1888 por [León XIII en] la Libertas praestantissimum , 14) y al resto de nuevos europeizadores demócrata cristianos, neoliberales, socialistas, comunistas, tecnócratas, socialdemócratas, y toda laya de cofrades.

El Carlismo  reivindica la gloria de encarnar en el siglo XXI las doctrinas y el estilo humano de los hombres de Las Españas de siempre, pues el Carlismo no es otra cosa que la continuidad pura y simple de nuestras Españas, la pusillus grex, el pequeño rebaño de la Hispanidad, al decir de la Escritura (Lc 12,32).

Los carlistas, ni dícense revolucionarios, ni juegan a llamarse socialistas, ni presumen de demócratas ni de liberales, aunque su sistema político entraña, en verdad, la única transformación social fructífera, la verdadera solución a los desórdenes sociales, el auténtico Gobierno del pueblo y la real garantía de las libertades de cada ciudadano. Los carlistas han llamado siempre y seguirán haciéndolo así a las cosas por su nombre. Y no niegan a Cristo ni a Las Españas, ni siquiera con disfraces de vocabulario demagógico, tan fácil como estéril. Se llaman a sí mismos lo que son: enemigos de las sucesivas fórmulas extranjeras que han sido el absolutismo, el liberalismo, el democratismo, el socialismo y fascismo. Con temple de Caballeros desprecian la demagogia y galantean a la sinceridad política, porque de Caballeros es ir proclamando a todos los vientos la verdad.

Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta, por Dios, por la Hispanidad y el Rey Legítimo, somos carlistas a las órdenes del Infante de España S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón , Duque de Aranjuez, Príncipe de Parma y de Plasencia, Antiguo Caballero Legionario, Regente de la Comunión Tradicionalista , Abanderado de la Tradición

Añadimos hoy, por si hiciera falta, 5 de Julio de 2011, Fiesta de San Antonio María Zaccaría, la siguiente clarificación:

El único modo cabal, eficaz y eficiente, de estar a las órdenes del Señor y de la Causa de Dios y España, consiste en estar encuadrados en aquella Secretaría Política que precisamente dispusiera Su Augusta Persona, la formada por Sus Excelencias Don José Miguel Gambra, Don Luis Infante y Don José Antonio Gallego, –cuyas vidas guarde Dios muchos años–, acatando disciplinadamente sus órdenes, fieles al Espíritu de Disciplina del Credo Legionario: “Cumplirá su deber, ¡obedecerá hasta morir!”.

¡Viva el Rey y Viva Su Secretaría Política!

Fdo. El Director de NdL, NMB

CODA

«In manu Dei potestas terrae,
et utilem rectorem suscitabit in tempus super illam».

«La potestad de la tierra está en manos de Dios,
y Él a su tiempo suscitará quien la gobierne útilmente». Eclesiástico, X, 4.

Señora Inmaculada de las gentes de España *

Señora Inmaculada de las gentes de España.
De victoria en Lepanto, de dolor en Rocroi,
rezada a flor de Espadas desde el mar de Corinto
a la ribera virgen del río Paraná.
¡Señora Inmaculada de los indios ingenuos
y del Hidalgo altivo y de la Inquisición!
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España, de rodillas, te ofrece el corazón.

¡Señora Inmaculada del Pilar Jacobeo!
Consuelo de amarguras en empresas de amar.
El fruto que sembraste para la Fe de Cristo
salido de tus manos, ¿no había de granar?
¡Señora Inmaculada del Apóstol del Trueno,
de la hazaña difícil y la tribulación!
Viniste a Zaragoza para salvar a España,
y España, desde entonces, parece una oración.

¡Señora Inmaculada de los Picos de Europa!
¡Cuántos te parecían pues cuanta era su Fe!
Y vino de los cielos tu auxilio y la victoria
del Dios de las Batallas, del Santo, de Yahvé.
¡Señora Inmaculada de esperanzas de Patria!
Se eleva una plegaria de Asturias a Aragón.
Sus ecos en las rocas, los bosques y los muertos
hablaron en romance y hablaron en canción.

¡Señora Inmaculada de la Santa María,
de los vientos propicios y de la tempestad!
Temblando amor de Madre llegaste al nuevo mundo
y el indio fue el hermano y Cristo la Verdad.
¡Señora Inmaculada del santo Misionero,
de los Conquistadores y del Emperador!
Resuena aun el Caribe las voces de Triana
y rezan todavía los indios al Señor.

¡Señora Inmaculada del indio mexicano!
América es España, y España es para ti.
El inca y el azteca cayeron de rodillas
y fue el Ave María caricia en guaraní.
¡Señora Inmaculada de la Rosa de Lima,
de García Moreno, de la persecución!
Son hijos de españoles, amándote nacieron:
no saben de mentira, ni saben de traición.

¡Señora Inmaculada del Valle de los Muertos,
del niño asesinado y el viejo Requeté!
Ganaron la victoria, la sangre y el martirio
de la España de Cristo por la España sin Fe.
¡Señora Inmaculada del muerto por la vida!
En tus brazos de Madre morir es salvación.
Y la semilla santa rebrota en Patria nueva
con ecos del Prudente y voz de Calderón.

¡Señora Inmaculada de la historia de España!
Tú misma nos la hiciste y huele a santidad.
Derrotas son honores, que las guerras de Cristo,
se ganan en el cielo y allí está la Verdad.
¡Señora Inmaculada! Somos aquellos mismos
que siglos defendieron tu pura Concepción.
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España de rodillas, te ofrece el corazón.

Francisco José Fernández de la Cigoña.
* Nuestro gran amigo don Francisco José Fernández de la Cigoña , en sus años universitarios, escribió con amor y con conciencia estos buenos versos.


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viernes, 17 de junio de 2011

Prólogo de D. Carlos Hugo de Borbón Parma al libro “Don Javier, una vida al servicio de la libertad” (1997)

   

En 1936 España se divide en dos campos irreconciliables. La formación del Frente Popular supone un bloque tan poderoso que se hace imposible el diálogo parlamentario entre esta izquierda monolítica y las derechas divididas. La República muere, mientras los dos campos esperan o preparan el golpe de Estado.

JULIO 1936
“La Comunión Tradicionalista se suma con todas sus fuerzas en toda España al Movimiento Militar para la salvación de la Patria, supuesto que el Excmo. Sr. General Director acepte como programa de gobierno el que en líneas generales se contiene a la carta dirigida al mismo por el Excmo. Sr. General Sanjurjo, de fecha nueve último. Lo que firmamos con la representación que nos compete. Javier de Borbón Parma Manuel Fal Conde.”
Es la orden de sublevación del Carlismo militar. En menos de un mes los requetés navarros llegaran hasta Vizcaya, Zaragoza y el Alto de los Leones. Al mismo tiempo, el requeté andaluz toma Sevilla y gran parte de Andalucía, y llega hasta Toledo. Fracasa el alzamiento donde fracasa el Carlismo. Estos son los hechos. Pero ¿cuáles son las causas por las que el Carlismo pudo movilizar cincuenta tercios de requetés y motivar estos voluntarios para lanzarse a la guerra? La contestación es simple: la guerra civil no fue un accidente, fue una conclusión.

La guerra civil no fue un accidente. Fue la crisis violenta del sistema capitalista burgués enfrentado, a la gran revolución del Frente Popular. La guerra civil la perdimos todos, tuvo un solo vencedor: Franco. Pero de las cenizas de los combates va a nacer una España diferente, una Iglesia diferente, un ejército diferente, una mentalidad diferente, una democracia nueva. España habrá sufrido una gran mutación histórica. En esta guerra y en esta crisis, como en toda mutación histórica, el Carlismo ha tenido mucha responsabilidad: para empezar, la de enfrentarse con el caos del año 1936.

La crisis política inmediata
La dictadura del Primo de Rivera se había derrumbado y la monarquía liberal con ella. La República está rota. No hay más esperanza de solución. Ya no hay posibilidad de gobierno o, mejor dicho, no hay gobierno. Gobierna la calle. Y en la calle no hay diálogo, todos esperan o preparan el golpe.
Al analizar la situación política se percata uno de la inviabilidad del Frente Popular. El Partido Socialista, el PSOE, está acusado por comunistas y anarquistas de haber sido durante los años de la dictadura del General Primo de Rivera un partido al servicio del dictador y que su sindicato, la UGT, ayudó a reprimir tanto, a unos como a otros militantes de los partidos de izquierda. Le acusan más o menos de haber estado al servicio de la monarquía liberal, del ejército y de la dictadura de Primo de Rivera.
Los anarquistas, probablemente el más grande de los movimientos sociales de izquierda, además de recelar de los socialistas, tenían una profunda antipatía por los comunistas y su teoría de dictadura del proletariado. Los libertarios, los amantes de la libertad, difícilmente pueden sentirse atraídos por una dictadura. Además saben lo que ocurrió a los revolucionarios anarquistas a manos de la dictadura comunista soviética.
Los comunistas, el partido más pequeño pero mejor organizado y disciplinado, teniendo el apoyo incondicional de Moscú podían libremente despreciar a los que les despreciaban y no dejaban de hacerlo sentir a sus aliados del Frente Popular, tanto socialistas como anarquistas.
El análisis de este enfrentamiento entre las izquierdas imponía dos conclusiones: la primera era la imposibilidad de una solución dialogada. El acuerdo era imposible con una izquierda tripartita. La segunda, la imposibilidad, en el caso de un golpe de Estado del Frente Popular, de un gobierno coherente del mismo sin un segundo golpe que estableciera la primacía de una de las partes sobre las otras dos. La dictadura del proletariado estaba evidentemente en las antípodas de la desaparición del Estado propuesto por los anarquistas o del Estado parlamentario, proyectó de los socialistas. Por eso, sea cual fuere la simpatía que podían tener muchos españoles por uno de estos partidos, eran conscientes de que de las sucesivas revoluciones necesarias llevarían a un desencadenamiento de violencias y de cataclismos en serie.
En resumen, había poca esperanza democrática de diálogo y tolerancia en el caso de una victoria del Frente Popular. El doctor Negrín, un gran amigo y colega del profesor Corral, que era carlista, le confesó “incluso si ganamos nosotros, estamos perdidos”.
Si añadimos a esta división interna de las izquierdas su actitud anticlerical, imposible de deslindar de la actitud antirreligiosa de los tres partidos, esto hace más problemática aún su aceptación por parte de aquella sociedad española profundamente vinculada al cristianismo.
En este momento el término de derecha no tipifica la realidad del otro campo. Es un conglomerado de los que rechazan y se sienten rechazados por el Frente Popular. Allí se agrupan desde las JONS, totalitarios, fascistas de Falange, liberales, demócratas cristianos, la Iglesia, parte del ejército, monárquicos y caciques. En el campo nacional cada sector intentaba alcanzar sus metas. Para unos era su libertad religiosa, para otros sus privilegios económicos; o simplemente el orden público. Otros se fijaban, como metas la democracia parlamentaria, el restablecimiento de la monarquía o incluso la instauración del fascismo al estilo de Mussolini. En el sector de los militares, la unidad de la patria. Pero, ¿Qué querían los carlistas?

El Carlismo y los Carlistas en 1936
Hay que distinguir claramente dos estamentos para comprender el Carlismo de entonces. El Popular, por una parte; una minoría dirigente integrista, por otra. A nivel popular, el Carlismo esperaba que, caída la monarquía alfonsina, sostenida por la dictadura militar y caída la República, que había incurrido en el caos, podrían volver a proponer sus ideales de una monarquía legítima, una monarquía arbitral, restablecer las libertades forales o lo que correspondería a un concepto de Estado federal. Esperaba también que se garantizara la libertad religiosa, aunque tenía cierto reparo al clericalismo anticarlista de la Iglesia durante la monarquía liberal. En fin, deseaban la edificación de un sistema que garantizara una defensa de los trabajadores y una justicia social. Muchos carlistas habían luchado en los sindicatos libres cristianos y veían en un sindicalismo pluralista el instrumento de defensa de los trabajadores, como clase, o el instrumento de participación en las empresas, como individuos.
Por otra parte, al nivel de dirigentes del partido, se habrían reintegrado los antiguos integristas expulsados del Carlismo por Carlos VII, pero que luego volverían en la época de don Alfonso Carlos.
Don Alfonso Carlos aceptó el retorno al Carlismo de este sector, que tenía entre sus filas a miembros de cierto prestigio social, coincidiendo con un sentimiento general en el Carlismo y con amplios sectores de la sociedad española, persuadida de que la peor de las catástrofes sería una victoria de aquellas izquierdas que transformarían España en un satélite de Moscú.
La imagen de la Unión Soviética, una sociedad totalitaria de izquierda militarizada, policíaca, antirreligiosa, sin ninguna libertad de prensa, ni de expresión, ni de asociación, totalmente burocratizada y centralizada, no era atractiva ni para el viejo rey carlista Alfonso Carlos, ni para el pueblo carlista, ni para muchos demócratas, que se encontraban en el llamado campo nacional.
Este análisis del peligro de sovietización del país y de persecución religiosa coincidió con el de la derecha más egoísta y también con la posición de la Iglesia jerárquica, con una parte del ejército. Y con determinados sectores integristas. Entre ellos había desde cristianos sinceros, pero en la línea clerical de los obispos, hasta los que descaradamente utilizaban el sentimiento religioso para defender sus intereses de clase o simplemente sus intereses económicos. Perseguían evidentemente, sus propias metas políticas y necesitaban la carne de cañón de los carlistas para alcanzarla. En cuanto al Carlismo, tenía una sola meta salvar España, sin poner más condiciones que la que una consulta nacional “una vez establecido un poder militar provisional”, con un orden público de unas libertades democráticas poco definidas. El concepto de servicio a España por encima de todo, incluso de ideales propios, fue quizás el factor más negativo de la postura carlista, como veremos más adelante.
Con todo, el espejismo de una posible reconstrucción democrática del país era muy atractiva para una sociedad desesperada por el caótico presente y a la vez consciente de su capacidad histórica de crear un futuro distinto.
Uno de los muy pocos que discrepaban de este análisis fue nuestro padre; Para él había otro peligro que obligaba a una acción inmediata: una amenaza entonces no percibida claramente en España era, en sus ojos, el nazismo. Su temor era que la lucha contra el peligro comunista llevara al nazismo. Para evitar una España satelizada por Hitler, por una parte (y apoyada por esto por todas “las derechas”), enfrentada a una España satelizada por Stalin por otra, tenía que actuar el Carlismo precisamente. No olvidemos que entonces en el campo nacional se veía como una esperanza, el apoyo del fascismo italiano o del hitlerismo alemán. Aparecían como una esperanza, sin medir sus consecuencias.
En 1936 mi padre creía necesaria una acción inmediata, a fin de evitar en esta doble catástrofe, provocada por la doble polarización internacional del conflicto. El neutralismo era inaceptable. En efecto, el Carlismo era el único movimiento capaz de movilización militar propia. Ni la Falange, ni la CEDA, ni Renovación Española, es decir los monárquicos, tenía fuerzas para la movilización militar. El Carlismo tenía esta capacidad y podía así decidir el día y la hora de su sublevación. La no intervención equivaldría a suicidarse políticamente y dañar gravemente a España, privándola de una fuerza política importantísima para un futuro democrático, sin por ello evitar una confrontación violenta.
Podemos hoy lamentar que no fuera capaz de condicionar más claramente su levantamiento al cumplimiento de sus metas históricas, ya que todos los demás participantes, incluso los que no tenían la más mínima capacidad de movilización, lo hicieron. Pero el sentimiento del deber hacia la patria hizo que el Carlismo prescindiera de toda su doctrina política e inclusive de su meta monárquica. Fundamentalmente se lanzó a salvar una situación desesperada al precio que fuere. Esto puede ser criticable o admirable, dependiendo del punto de vista en que se sitúe uno. Es fácil a posteriori criticar lo que hicieron los que nos precedieron pero, al menos, en vez de eludir el problema tomaron sus responsabilidades.
La doble guerra civil
Que el ejército no fuese capaz de sublevarse en todo el territorio español a pesar de sus promesas; que el general Sanjurjo, único general que tenía un prestigio y una influencia tanto sobre Mola como sobre Franco mismo, muriese de accidente pocos días antes alzamiento; que el general Mola, luego, después de aceptar el golpe de Estado franquista muriese en otro oportuno accidente; Que el general Franco lograse transformar su poder militar en poder político y llegar a ser así Jefe de Estado, era difícil de imaginar. Pero aún más difícil era prever (y pocos historiadores lo han subrayado) la doble guerra civil.
Así, en el campo republicano hubo una guerra civil latente o incluso abierta a lo largo del conflicto. En el campo nacional el general Franco, por un golpe de Estado interior, suprimirá todos los movimientos políticos e incluso intentará suprimir el Carlismo para asentar su hegemonía. Habiendo creado, con el apoyo de Mussolini y Hitler, un Estado totalitario, logró eliminar el Carlismo no sólo políticamente sino lanzando a los famosos Tercios de Requetés a los combates más sangrientos. Hacía imposible el crecimiento del Carlismo como movimiento político, mientras potenciaba los movimientos de Falange, mucho más fáciles de manipular.

El trasfondo histórico
La historia no se puede comprender a partir de su desorden cotidiano. Porque los fenómenos históricos por caóticos que parezcan al observador que los vive desde dentro, responden a un orden perceptible sólo desde una perspectiva histórica. Obedecen a unas relaciones de causa-efecto invisibles en lo inmediato. Ejemplo de ello es la guerra civil española, que no se puede comprender desde lo inmediato.
Para comprender la guerra civil española de 1936 conviene mirarla desde su perspectiva histórica, la de una revolución burguesa inicialmente exitosa, seguida de su propio derrumbamiento frente al intento de la revolución proletaria. El gran conflicto del mundo moderno, desde la Revolución Francesa hasta la sociedad democrática actual los resume y asume enteramente la guerra civil española. Esta doble crisis revolucionaria empieza en el primer tercio del siglo XIX y acaba un siglo más tarde en España.
El fenómeno español inicialmente dista mucho de ser único. Con la restauración después de la Revolución Francesa y de Napoleón, en toda Europa llegan al poder dinastías que serán instrumentadas por la burguesía. La prueba de la naturaleza instrumental de estas dinastías es que desaparecen en cuanto dejan de ser útiles. El cambio aparentemente caótico del siglo XIX, que hace pasar a la sociedad occidental de un mundo tradicional de organización estamental en lo social, federativa en lo estatal y monárquica en lo formal, a una sociedad moderna igualitaria en lo social, centralista en lo estatal y republicana en lo formal, pasa por la revolución burguesa. La revolución burguesa pone orden en el aparente caos, y permite comprender cómo la Revolución Francesa pudo siglo y medio más tarde, después de muchos traumas, desembocar en una sociedad que logra hacer avanzar los valores de libertad, la igualdad, y en algo, la fraternidad universal. No se puede negar que las estructuras creadas por la burguesía han sido el cauce de la historia del siglo XIX.
A la burguesía del siglo XIX podemos dividirla en dos tendencias: una es constitutiva de una elite intelectual. Lo que le atrae es el éxito en las artes, las letras, la filosofía, la ciencia. La otra tendencia es la de la elite económica. Ambas burguesías constituyen el llamado Tercer Estado. El desarrollo de la cultura, de la medicina, de la ciencia y de la economía a lo largo del siglo XVIII va a romper el antiguo equilibrio entre la Nobleza, el Clero y el Tercer Estado. La burguesía, es decir el Tercer Estado, va a crecer más rápidamente que la nobleza y la Iglesia, haciendo intolerables los privilegios políticos de la primera y los monopolios ideológicos de la segunda. En el siglo XIX el crecimiento económico dará a la burguesía la palanca que le permitirá a desbordar a la nobleza y al clero y dominar el mundo de las ideas y de la práctica política. Pero este desarrollo económico favorece en particular a la ” burguesía económica “, que acabará dominando la sociedad entera, imponiendo al mundo el capitalismo. Asistimos así en todos los órdenes a la explosión del capitalismo económico, con su interpretación filosófica del mundo y su falta de sentido social. El capitalismo llamado salvaje destruirá rápidamente y sin remedio el viejo sistema social y político, pero precisamente por su egoísmo creará sus anticuerpos, las fuerzas populares, en primer lugar en España la carlista. Y luego todos los movimientos políticos revolucionarios. Entrarán unos y otros en conflicto con el sistema burgués, un conflicto que durará todo el siglo XIX para provocar al final la guerra civil.

La burguesía en España
La nobleza y el clero, las dos estructuras sociales básicas del Antiguo Régimen estarán, tarde o temprano absorbidos o domesticados por los nuevos políticos de origen burgués. Así, el alto clero sometido en la monarquía tradicional que de hecho proponía y nombraba a los obispos, los escogía de entre la nobleza y la burguesía intelectual, gozando por ello de un indudable prestigio social. Con la dominación burguesa nuevamente estrenada fueron no solamente los nuevos monarcas si no a menudo los ministros o los políticos influyentes quienes proporcionaban a sus protegidos para elevarles en los rangos eclesiásticos. A partir de entonces tienen tendencia a aceptar sin demasiado reparo los valores burgueses, donde menos se hubieran debido aceptar: en materia de propiedad y de subordinación del trabajador al capital. En otras palabras, los altos dignatarios de la Iglesia aparecen vinculados al capital y al poder, utilizando los valores morales de la Iglesia en contra de la justicia, de la verdad evangélica y de las libertades humanas. El clero local, mayoritariamente de origen campesino, a menudo discrepa de sus pastores por encontrarse cerca del pueblo. Pero esta discrepancia no tiene efectos sobre la Iglesia jerárquica.
El anticlericalismo de los movimientos revolucionarios o la actitud antirreligiosa será el resultado a nivel popular. Es explicable aunque no necesariamente aceptable. La historia de España y América, escrita y dirigida por Vicens Vives, en el volumen V, página 121, dice:” Desde los albores del siglo VI, la Iglesia había vivido íntimamente vinculada al pueblo. Se consideraba su representante ante el Estado. La Reconquista y la Contrareforma habían acabado de remachar tales vínculos, de modo que en toda actuación popular conformista o inconformista hallamos teóricos y activistas eclesiásticos. En 1.834 y 35 este idilio puede considerarse terminado.”
La nobleza, por su parte, en no pocos casos depauperada y arrinconada en el proceso del desarrollo económico, al tener sus propiedades vinculadas, es decir, privadas de derecho de enajenación, verá con simpatía muchas de las reformas que hace la burguesía, en particular las leyes de desamortización que les permite vender sus tierras y entrar en el juego económico. Además, ve con agrado a sus vástagos casarse con hijos de los burgueses adinerados que aportan lo que más le falta a la nobleza: recursos económicos.
Pero al final, la nobleza pierde no solamente sus privilegios sino también su prestigio propio, ajeno al sistema capitalista, por aparecer ante la sociedad con una imagen difícil de distinguir de la del burgués. La opinión pública los asimila al grupo dominante, represor y egoísta.

La desamortización y la metodología
política de la burguesía
La Desamortización fue en realidad un proceso cuya fase inicial se sitúa alrededor de 1834. Tuvo varias metas: La primera era la de financiar el déficit público debido en gran parte a la primera guerra carlista. La segunda a atraer esa nobleza rompiendo o suprimiendo la vinculación de los mayorazgos, y así permitirle vender sus bienes para integrarse en la vida económica del país. La tercera, controlar el clero, sustituyendo los bienes en manos muertas, vinculados a servicios educacionales hospitalarios o sociales, por una renta estatal dependiente por tanto del poder político. Y la cuarta, desarmar los municipios y las colectividades locales, cuyos bienes comunes eran el único recurso de los más pobres, con el mismo procedimiento.
Así, con la Desamortización, las viejas estructuras locales estaban definitivamente desbaratadas por estar apartadas del reparto del botín. Se enriqueció más la burguesía, ya rica, y se vinculó a la nueva dinastía isabelina, viendo en una posible contrarevolución carlista una amenaza seria para la seguridad económica de sus recién adquiridos privilegios económicos. En la carta que acompaña al proyecto de ley de desamortización en 1.836, en plena guerra carlista, Mendizábal escribe a la reina Isabel en los términos siguientes: “se funda en la alta idea de crear una copiosa familia de propietarios, cuya existencia se apoye principalmente en el triunfo completo de nuestras actuales instituciones.” En resumen, la desamortización permitió al gobierno isabelino financiar la lucha contra los carlistas en la primera guerra, absorber a la nobleza y potenciar la nueva burguesía.
Con la llegada al poder del sector más adinerado de la sociedad burguesa se agudizan las luchas sociales -campesinas y obreras-, consideradas por los vencedores como acciones criminales. Pero obnubilada por sus éxitos económicos, la clase dirigente no se percató de que se estaban fraguando los instrumentos de su propia destrucción. La lista de los conflictos, sublevaciones campesinas u obreras es larguísima, y se forma un nuevo instrumento totalmente ajeno a la ideología y visión del mundo burgués. Los sindicatos de clase y los partidos de masas.

La Revolución Proletaria, los Sindicatos
y los Partidos de Masas
Ambos son instrumentos profundamente revolucionarios, aunque pueden ser pacíficos según el nivel de libertad concedida en el diálogo por la clase dirigente, o arrancado a partir de la presión ejercida por la clase trabajadora. Ambos se desarrollarán como antídoto al capitalismo salvaje y al parlamentarismo hueco que sirve de pretexto a la burguesía decimonónica. No nacieron ni se desarrollaron en contra del Antiguo Régimen como el movimiento burgués; se desarrollarán tanto en contra de éste mismo, como en contra de la explotación capitalista y por la conquista de las grandes libertades humanas.
Pero de todos sus adversarios, el más evidente no fue la nobleza, ni siquiera la burguesía; fue la misma Iglesia.
Si bien es verdad que hubo también muchos movimientos obreros inspiración cristiana, el papel de la Iglesia como cuerpo social, sobre todo el de su jerarquía, aparecía tan íntimamente vinculado al sistema opresor que se transformó en el blanco predilecto de las izquierdas populares. Claro está que las ideologías de izquierda, especialmente las marxistas, eran materialistas, pero el odio contra el clero y la religión, por injusto que haya sido, no era debido a la ideología solamente sino a su imagen, de traidora a sus principios e instrumento de represión al lado del poder burgués.
A partir del fracaso de la tercera derrota carlista, en 1.876 va a desarrollarse una nueva forma de partidos políticos, revolucionarios unos, reformistas otros, pero que al igual que el vencido Partido Carlista van a tener una organización profundamente popular.
Los partidos políticos de masas serán organizaciones militantes radicalmente diferentes de los partidos políticos burgueses. Aquellos eran partidos de minorías selectas, de clubes, sin otra estructura que una vaga organización electoral. Su terreno era el sistema de voto censitario. Pero más o menos se necesitaba en un sistema que limitaba el país político, inicialmente por lo menos, a unos 30.000 ciudadanos suficientemente adinerados para poder ser electores y aún más adinerados para poder ser elegidos.
Los partidos de masas crecieron así en contra del mismo sistema burgués desde dentro del sistema parlamentario y para la conquista del poder. Sus afiliados no eran electores solamente; eran militantes. Las bases sociales eran corrientes comprometidas con una ideología y un proyecto de sociedad.
Los sindicatos, por su parte serán revolucionarios unos; otros, partidarios del sistema parlamentario. Los hay, por fin, que enfocan sus luchas laborales simplemente en el sentido reivindicativo. Los pocos sindicatos cristianos que aparecen son llamados ” amarillos “. Se les acusa por su prudencia de pactistas, asustados por la Iglesia, por la revolución, por el marxismo y por el anarquismo. Los Sindicatos Libres fueron fundados inicialmente por los carlistas y fueron de los pocos que se enfrentaron con la realidad desde la vertiente cristiana, sin miedo, antes de ser luego eliminados y manipulados por la acción conjunta de la Iglesia, de las izquierdas y, sobre todo, del poder. Todas estas fuerzas estaban temerosas de su posible éxito. Para la Iglesia de entonces no se podía ser cristiano y revolucionario. Para las izquierdas no se podía cristiano y luchador obrero. Y para el poder establecido no se podía ser carlista.

El ejército
Junto a las transformaciones sociales del siglo XIX aparece una nueva fuerza, cuyo papel político era totalmente impensable en el siglo XVIII: El ejército.
El ejército español es original en su evolución. Las sucesivas guerras carlistas, las expediciones de África, los repetidos fracasos gubernamentales, la represión de las sublevaciones populares implican continuamente al ejército en una función política. Es a la vez criticado por su excesivo costo, por sus represiones contra el Carlismo y los movimientos obreros y por su golpismo. Marginado, acaba el ejercito en una reacción de autodefensa, por considerarse como un cuerpo aparte de la sociedad, como “la iglesia de la patria”, principal defensor de la unidad nacional y de la convivencia en el país.
Por necesidad o ambición de cuerpo, cuando no personal, el ejército se constituye en un Estado dentro del Estado. Con su visión mesiánica de salvación de la patria y desprecio de los movimientos políticos ve en cada nuevo golpe su salvación y la de España. Así, la salvación de España pasa por el ejército como ” único intérprete de la voluntad popular “.

La monarquía: pretexto o instrumental
No siempre con justicia se ha acusado a los monarcas liberales de los defectos de su época. En realidad fueron no pocas veces tanto víctimas como causantes de los desórdenes de los pronunciamientos, de los conflictos sociales, de las guerras civiles y de las guerras carlistas mismas. En efecto, la monarquía isabelina y luego alfonsina era en gran parte una monarquía pretexto, una monarquía instrumental. El verdadero monarca de la sociedad era la nueva clase burguesa adinerada. Su verdadero sistema político hubiera tenido que ser desde el principio la República. El monarca y la Monarquía en sí misma sobraban, pero en aquel entonces pocos países concebían la República como un sistema viable. La Monarquía era, en sí, una necesidad psicológica para los pueblos y para quienes los dominaban, en este caso la burguesía.
Las viejas monarquías, por su tradición arbitral, tenían un profundo arraigo popular. Sus relaciones con el pueblo eran a menudo tormentosas, pero de una u otra forma la Monarquía era la institución que ” templaba las gaitas” entre los diversos poderes sociales. Convenía a la burguesía que las nuevas monarquías fuesen parecidas a las antiguas, salvo en esta función arbitral; tenía que estar en exclusiva al servicio de una sola clase, la burguesa. Debía parecerse a la antigua para satisfacer a la nobleza. Debía de ser confesional para recibir el respaldo de la Iglesia institucional y conseguir su apoyo; debía de desarrollar la cultura para el progreso de las ideas y satisfacer así a la burguesía culta, pero convenía que no tuviera arraigo popular. Así, el prestigio histórico y humano de las viejas monarquías o dinastías serviría de tutor, de protección, de biombo incluso detrás del cual se movería el nuevo soberano social. Las nuevas dinastías serían instrumentales. Convenía que tuviesen todo el brillo de las antiguas, incluso la popularidad, pero no el arraigo popular, cosa muy distinta. La mejor ilustración de este arraigo popular es la capacidad de la dinastía carlista, que sí lo tenía, de movilizar por cuatro veces al Carlismo para unas guerras, fuera de toda legalidad, sin ningún dinero y en contra del apoyo estatal. En la tercera contienda se evidencia aún más la diferencia entre la popularidad que tuvo la monarquía alfonsina con Alfonso XIII al frente y el arraigo popular que no tuvo. ¿Dónde estuvieron los defensores de la monarquía liberal solamente 10 años después de caer la monarquía? ¿Cuál fue su participación en la guerra? En frase de Abraham Lincoln,” es posible engañar a parte del pueblo todo el tiempo, o a todo el pueblo parte del tiempo, pero es imposible engañar a todo el pueblo todo el tiempo “. La caída de la monarquía burguesa marca así el final del intento por parte de la burguesía económica de engañar a todo el pueblo todo el tiempo, pero fue un final dramático.
La guerra civil, que culmina el proceso, es el conflicto final entre la burguesía y su expresión de clase y el pueblo con su entrega a un ideal y su violencia propia. Era evidente en 1936 que esta revolución tenía que ser violenta y no pacífica. Las fuerzas contrarrevolucionarias se estaban organizando. El fascismo en Italia había resuelto el problema del orden público y del desarrollo económico, en base a la represión, y se les ha antojaba a muchos que también en España podía oponerse al empuje revolucionario de los movimientos de izquierda. El hitlerismo lo había conseguido en Alemania de la misma manera. En Francia había amañado el empuje revolucionario y se buscaban en el mundo político parlamentario unas soluciones pactadas. Portugal, por su parte, había logrado con Salazar más o menos una solución de orden también aparentemente pacífica.
Las izquierdas en España debían optar entre volver al sistema anterior odiado, o hacer frente al autoritarismo naciente.
El Frente Popular no tenía en realidad otra meta que ser la alternativa revolucionaria y la apertura de las compuertas para aquellas fuerzas capaces de arrasar el pasado y engendrar un mundo nuevo. Les parecía que retrasar este momento era condenarse a sufrir la violencia del otro bando. Para ello era evidentemente indispensable la previa unión de las izquierdas y esto era lo que pretendía el Frente Popular. Pero era no menos evidente que el golpe de fuerza, la dictadura de la izquierda era probablemente indispensable, ya que la II República había fracasado en el intento pacífico por culpa de las derechas. Por otra parte, como hemos visto ya, el hecho mismo de la unión de las izquierdas en un frente común hacía inviable una república, y por lo tanto una solución parlamentaria. En todo esto ¿qué paso con el Carlismo?

El Carlismo
Perdidas las tres guerras carlistas, la de 1833 a 1836, la de los Matiners en 1846-1849, y luego la de 1872 a 1876, el Carlismo ya había sido dado por muerto tres veces. Pero el Carlismo había sobrevivido en el corazón de muchos hombres en las principales provincias españolas. Por dos motivos: el primero era su adhesión dinástica que, de generación en generación, permitía una continuidad histórica, mientras permanecía una autoridad moral que jamás había desaparecido. El segundo, que está vinculación histórica era profundamente popular. No era una vaga simpatía o una popularidad electoral momentánea en torno a un líder político. Era una vinculación a una dinastía que representaba una concepción de la sociedad, amparo de la dignidad humana individual, y de la dignidad colectiva de los pueblos, atenta al valor de los estamentos intermedios entre el hombre y el Estado. Era una doctrina o una filosofía política marcada por el cristianismo, profundamente ligada al concepto comunitario de una sociedad.
Por ello no se pudo entender nunca con la burguesía del Estado nuevo, profundamente individualista, socialmente egoísta y sostenedora de cualquier poder establecido, con tal que no fuera anticlerical para no enfrentarse a la Iglesia, cuyo apoyo necesitaba, ni anticapitalista, por supuesto, pues del mismo capitalismo exacerbado obtenía sus privilegios.
Pero los conceptos de libertades forales o sindicales o de partidos políticos populares, sobre todo cuando eran capaces de movilización popular militar, eran peligrosos. Rompían la “unidad nacional” por reconocer que entre el Estado y el ciudadano podía haber organizaciones intermedias territoriales (forales), o sociales (sindicales), o ideológicas (partidos de masas), o revolucionarias (capaces de sublevación en armas).
El Carlismo tenía todas estas potencialidades; por ello fue el principal blanco del poder burgués por una parte y hubo siempre una vinculación popular profunda entre dinastía y el pueblo carlista por otra. Las luchas carlistas no eran solamente luchas dinásticas, aunque se presentaran como tales. Eran, además, ideológicas. Buscaban una concepción del poder totalmente diferente de la que tenían los movimientos liberales. No era un problema de programa de gobierno ni tampoco de legitimidad histórica, era un problema de proyecto de sociedad. De la misma manera que la monarquía liberal era el instrumento de la revolución burguesa y de la concepción individualista de la sociedad, la monarquía carlista era una concepción societaria de la sociedad.
Tan clara era en la opinión pública la diferencia entre la concepción carlista del poder y la liberal que cuando se hablaba de los partidarios de una u otra opción se llamaban por su hombre a los ” carlistas “, mientras que se llamaban a los partidarios de la dinastía liberal los “monárquicos”. En otras palabras, para el carlista la monarquía no era simplemente una forma de gobierno. Se podría incluso decir que siendo dinásticos, al límite no eran monárquicos, o dicho de otra manera, el lazo entre el carlista y su dinastía no tenía como meta una “forma de gobierno” sino un concepto de sociedad y este vínculo, que no se había roto en todo un siglo, era aún vigente en 1936.

El Carlismo en 1936, la sucesión dinástica
y el integrismo
Una de las grandes dificultades que encontró el Carlismo en el primer tercio del siglo XX fue el problema de la sucesión. Don Alfonso Carlos, hermano de Carlos VII y antiguo comandante de los ejércitos carlistas en Cataluña, busca angustiosamente a un miembro de la dinastía que pueda asumir la responsabilidad de Carlismo. Su angustia crece sobre todo con la conciencia que tenía de la posible dramática evolución de la situación en España. A la muerte de Don Jaime pide a nuestro padre que acepte la regencia del Carlismo, sin que esto le privara de sus derechos a la sucesión. Nuestro padre aceptó con una sola condición: que en el futuro se realizara por un procedimiento democrático la confirmación de la sucesión. Empezó la preparación del Carlismo junto a don Alfonso Carlos por lo que, ya preveía, iba a ser una guerra civil. El esfuerzo organizativo lo hace en este sentido, convencido de que había que prepararse para lo peor y que el Carlismo tenía que actuar e intentar mediar, en lo posible, en el conflicto. Sería necesario el uso de la fuerza; por ello todo se centró en la preparación de una organización militar y en el armamento de aquella fuerza.
Pero quien ostentó hasta el mismo comienzo de la guerra la responsabilidad del Carlismo fue don Alfonso Carlos. En la tormenta que se avecinaba, D. Alfonso Carlos temía más la impotencia militar del Carlismo para participar en una contienda inevitable que su poca preparación política. Esto explica su debilidad. Su percepción de la inevitabilidad del conflicto llega al máximo con las actividades antirreligiosas y anticlericales de la República. Se incrementó aún más con el Frente Popular, al ver que entonces los dos campos se hacen irreconciliables, y se le aparece una victoria de las izquierdas como el preludio a una sovietización de España. Era un hombre profundamente religioso y amante de las libertades individuales y sociales y todas le parecían estar en peligro con una victoria de las izquierdas. Ve “un todo o nada”; o se ganaba la futura contienda y habría esperanza, o se perdía y se caía en la dictadura soviética. Esta visión, que era además la de amplios sectores españoles, hizo que aceptara la vuelta al Carlismo de los sectores integristas expulsados del mismo al final del siglo XIX por su hermano Carlos VII; expulsión que luego fue confirmada por Don Jaime. Pero fue un error de don Alfonso Carlos.

El Integrismo
Mi tío don Alfonso Carlos discrepaba en esto de mi padre e incluso de su esposa Doña María de las Nieves, que verán con sospecha entrar en los mandos del Partido Carlista a hombres cuyas metas políticas eran distintas, cuando no opuestas, a las del Carlismo. Don Alfonso Carlos tenía flexibilidad en la táctica pero no tenía ductilidad en el análisis de las situaciones. La meta era preparar una guerra. Para una guerra todo hombre vale. Todos los voluntarios son aceptados. Fue un error, porque la guerra es un acto político. La meta de toda guerra es política, y los integristas lo verán así. La guerra que se acercaba era para ellos la ocasión de una revancha de sus ideales sobre los del Carlismo. Y veremos cómo no dudarán algunos de sus representantes en traicionar al Carlismo desde el principio del alzamiento. Pero los textos de los autores de este libro son suficientemente ilustrativos para que no sea necesario extenderse ahora sobre este aspecto.
Tengo que hacer aquí una salvedad para un hombre extraordinario por su valentía y honestidad, que provenía del integrismo, pero fue en todo momento lo que se podía esperar de un organizador, un líder político y un gran cristiano. Su nombre era Manuel Fal Conde que, en contra de muchos de sus amigos de antes, sirvió al Carlismo con toda honestidad y generosidad. Y se puede decir que el error de don Alfonso Carlos fue en parte compensado en el campo de la acción por su acierto en nombrar a Fal Conde jefe delegado suyo en España. Su incansable labor hizo de él el más eficaz colaborador, primero de don Alfonso Carlos y luego de nuestro padre. Quiero testimoniar que para él nunca tuvo mi padre más que palabras de admiración y aprecio. En el campo político, el error de Don Alfonso Carlos será compensado por la visión futurista de mi padre, que fija para el Carlismo un ” después de la guerra”.

La marginación del Carlismo
Si el Carlismo fue la pieza clave del alzamiento, ¿Cómo es que a los tres meses de empezar la guerra y ya con éxitos militares espectaculares pudo ser marginado? A decir verdad, todos los factores políticos jugaron en su contra. Ni la democracia cristiana, que era republicana, ni los sectores alfonsinos que por supuesto eran monárquicos y querían restablecer la Monarquía de Alfonso XIII, ni Falange Española, que era fascista, tenían interés en el Carlismo o, mejor dicho, tenían un gran interés en que el Carlismo desapareciera. Franco en persona mantenía íntimamente una fidelidad a la Monarquía de Alfonso XIII, y también Inglaterra, que deseaba la restauración en la Monarquía en la persona de Alfonso XIII por su vinculación familiar con la familia real inglesa, le apoyaba. Pero Franco habían logrado establecer contactos con el régimen de Mussolini y, a través de éste, con Hitler. Ambos estaban interesados en una victoria del campo nacional en España, que les daba una indudable patente de solución política europea, ya que el hitlerismo aparecía entonces como una copia de su sistema fascista. Hitler tenía los mismos motivos políticos que Mussolini. Además España representaba un campo de experimentación para su nueva fuerza aérea y su arma blindada. Pero Hitler y Mussolini tenían también un evidente interés en que se eliminará el Carlismo, dirigido por un príncipe que había luchado contra Alemania en la Primera Guerra Mundial y no había ocultado su actitud totalmente opuesta al nazismo, que consideraba junto al comunismo como el mayor peligro del mundo occidental.
Franco se dio cuenta de que si lograba unificar todos los grupos políticos del campo nacional podía construir un poder único totalitario. Por ello, promulgo el Decreto de Unificación, y suprimió todo los partidos políticos y organizaciones del campo nacional. Este mismo decreto serviría además para someter el Carlismo o para eliminarlo.
Así, el Carlismo aislado políticamente desde el planteamiento internacional de Inglaterra, de Alemania y de Italia, podía ser tranquilamente destruido. Tenía que pasar por el aro de aceptar el Decreto de Unificación y por ende el sistema fascista. Todos los partidos políticos del campo nacional lo aceptaban, salvo uno, precisamente el Partido Carlista. Fue una sorpresa para Franco y su reacción inmediata fue intentar suprimir el Carlismo. El aplastamiento del Partido Carlista se hizo desde el planteamiento político con el destierro, empezando por mi padre, o la cárcel, de jefes influyentes y fieles a nuestro padre, y en lo militar con el nombramiento, siempre que fuera posible, al frente de los Tercios de Requetés, de oficiales del ejército nacional que no tuviesen origen carlista.
La posibilidad de que el Carlismo se retirase de la guerra era evidentemente excluida. El Carlismo no había ido a la guerra para conseguir sus metas históricas sino para realizar un servicio a España. El que se retirase el Partido Carlista y los cincuenta Tercios que en luchaban en el frente de la contienda a los tres meses de iniciarse el conflicto hubiese significado el derrumbamiento del frente nacional. El Carlismo prefirió el sacrificio gratuito y salvarse como fuerza beligerante para el futuro. Su permanencia en la guerra seguramente fue la clave para la victoria del campo nacional. Sin él la victoria hubiera sido imposible y Franco lo reconocía así, pero también quedó muy claro que los requetés no morían por este sistema que odiaban y creían pasajero.
Es interesante constatar a posteriori que con la aceptación del Decreto de Unificación se suicidaron todos los partidos o movimientos del campo nacional. ¿Qué quedó de ellos cuarenta años más tarde? Ni siquiera la Democracia Cristiana, el más grande de todos los partidos de la preguerra logró levantar cabeza.
El rebelde al franquismo, el machacado por el Régimen, se salvo con su personalidad y sus ideales, y logró en parte sus fines cuarenta años más tarde, en particular por el proceso autonómico y las libertades políticas, gracias a mi padre y a los que lucharon entonces junto a él, y luego junto a mí y a nuestros militantes. Así llega el Carlismo al final de la guerra como un gran vencido en el campo del vencedor, pero el vencido que no se rindió a Franco fue aplastado por él, y por eso pudo sobrevivir al régimen. Tal fue la saña contra el Carlismo que, incluso con la llegada de la Monarquía a la muerte del dictador, el único partido que no se legalizó, y sólo lo fue pasadas las primeras elecciones, fue el Carlista.
Juntos, pudimos preparar y llevar a cabo la lenta gestación de la transición democrática. Pero no se acaba aquí el papel del Carlismo. Permanece latente con sus propuestas políticas y sociales, con su capacidad de animación a nivel social, porque en su tiempo, y gracias a mi padre, no renunció al futuro.

El Carlismo y el futuro
Había encima de la mesa tres fotos de Burgos, y se podía ver que estaban tomadas desde el mismo lugar, con la catedral al fondo y la avenida que conducía hasta ella, en tres épocas distintas:1900, con carros de caballo y señoras tocadas con grandes sombreros y vestidos largos; 1930, ya aparecen algunos automóviles de aquella época y las señoras visten más corto; 1970, con automóviles más modernos y con vestidos aún más cortos. Las fotos parecen algo pasadas de moda. ¿Qué es lo más moderno?, me preguntó el hombre que había puesto las fotos sobre la mesa. Equivocado por el término y confundiendo la palabra moderno con el sentido cronológico del tiempo, pensé que era la última foto, porque era la más próxima al momento actual. “Las tres fotos son igualmente modernas “, dijo este hombre. Lo que es viejo y pasado de moda son los vestidos y los coches. Pero en las tres fotos hay algo moderno, la catedral. No había pasado ni pasaría de moda. Así, hay en la vida de los pueblos valores que no pasan de moda porque son siempre actuales. Pero antes de ver cómo el Carlismo representa estos valores, echaremos una mirada al presente y el futuro del mundo.

El futuro
El mundo va hacia la unidad a marcha forzada por una urgente necesidad. No podemos permitirnos el lujo de una guerra nuclear ni bacteriológica. El peligro radical que pesa sobre la humanidad y los conflictos que se dejan entrever imponen un mecanismo político arbitral y un monopolio de la fuerza por un poder político. Un poder promotor, además, de la justicia intercomunitaría y del desarrollo armónico como condición de paz general. No existe paz sin justicia, por imperfecta que sea. Sin justicia o progreso hacia ella puede haber orden público pero no paz. Lo que busca el hombre es otro orden, el que le dé los dos bienes que todos ansían: la justicia y la libertad. La problemática, por ello, no es Monarquía o República como formas de poder, sino como la ha planteado el Carlismo en más de siglo y medio: el contenido de poder que debería tener en este Estado mundial cuya constitución vemos como necesaria.
La necesidad evidente de resolución de conflictos, del desarrollo económico coherente, de transferencia de riquezas, de justicia internacional, nos lleva a la fuerza a considerar unas necesidades subyacentes, ¿Qué contenido de gobierno tendrá el nuevo “gobierno mundial” cuando exista? No hay en realidad planteamiento macropolítico sin consideración de una base micropolítica. Por ello conviene empezar por está o por las realidades nacionales actuales, antes de considerar el planteamiento macropolítico que abarque la visión del futuro a nivel mundial.
La dinámica occidental muestra en el seno de los Estados nacionales desarrollados una lenta pero profunda evolución hacia la desaparición de la tensión dialéctica entre derecha e izquierda. La sociedad sin clases pierde parte de su capacidad revolucionaria que había heredado de la revolución burguesa. Simultáneamente los sindicatos pierden también su garra revolucionaria dialéctica, por haber desaparecido su base sociológica. Hoy en día no hay en el mundo occidental un sindicato revolucionario, todos son sindicatos de colaboración de clase que en el siglo pasado o al principio de éste se hubieran tachado de amarillos. El resultado es que se desdibujan los antiguos partidos de masas populares. Es casi imposible distinguirlos hoy de los partidos de cuadros conservadores. Los dos tienen un aparato de partido de masas pero su filosofía es de partido conservador cada vez marcado no por la lucha de ideas sino por la simple lucha electoral. El resultado es que los programas políticos de ambos se pueden incluso considerar intercambiables. Cada partido intenta ganarse el centro donde los electores indecisos del otro campo se pueden conquistar.
La característica de estos sistemas es que la sociedad vive entregada a una constante crítica y al desprecio de “los políticos” por sus promesas incumplidas, por sus programas incomprensibles y por la manipulación de la opinión pública. La opinión pública se ve a sí misma víctima, o se cree tal, de un fraude general que no logra a analizar. Además, la llamada partitocracia, es decir, la invasión por parte de los partidos de todos los aspectos de la vida ciudadana, agrava esta percepción. El municipio, la comarca, las autonomías, los sindicatos, la administración pública, todos parecen regirse por la organización de estos partidos, que aparecen como simples máquinas electorales al servicio de las ambiciones políticas de unos pocos. Así, el partido político, el aparato moderno más poderoso de la democracia, el que ha permitido los avances sociales más espectaculares hacía la justicia y políticos hacia la libertad, está ya en crisis.
Ha logrado superar la revolución burguesa y la revolución proletaria, ahorrando al mundo occidental muchos traumas y permitiendo que se abra en todos los países, incluso en los más lejanos o atrasados, una esperanza de progreso hacia el respeto de las personas, el progreso de las libertades y el desarrollo económico pacífico.
Pero hoy los partidos políticos criticados en su propia cuna occidental, y despreciados, no parecen ser portadores de esta esperanza. Sobreviven porque no existe otra alternativa para organizar un debate político o una decisión política. A nivel mundial, es muy posible que el sistema de partidos que conocemos no sea tampoco válido. En otras palabras, las diferencias culturales, económicas, históricas hacen un sistema de partido político a nivel mundial inadecuado para representar un conglomerado de más de 125 países. Es probable, además que lo que vale en unos sistemas de cultura occidental no sea válido en otros. El gran resurgir en algunos países del sentimiento nacional beligerante puede invalidar el sistema occidental a la hora de representar al conjunto de las naciones. Las Naciones Unidas son un primer intento de crear una República Mundial, una República que curiosamente tendrá probablemente algo del contenido de las viejas monarquías, al necesitar un poder arbitral que equilibre un gobierno nacional universal. La evolución de la unidad mundial pasará probablemente por un sistema federal. La imposibilidad de reducir a una representación de pocos partido unas realidades humanas tan diversas hace problemática al nivel macropolítico la constitución de un Estado-Nación mundial.
Sí volvemos al nivel de los Estados nacionales, vemos también renacer, a la sombra de la crítica de los partidos políticos actuales, la necesidad de reconstruir ó simplemente respetar unas realidades históricas para dar respuesta a lo que tanto anhela el hombre moderno: el pertenecer a una comunidad. El ser de un pueblo, de una ciudad, de una región o de una nación no es actualmente más que un atributo geográfico que se añade al carné de identidad. Lo que anhela el hombre moderno masificado y bien organizado por la sociedad impersonal, burocrática y paternalista es ser parte de una comunidad, tener algo que decir en ella. Pero este pertenecer no es sólo una pertenencia administrativa; es de algún modo exactamente lo opuesto. Es el hacer que estos pueblos, ciudades, Estados, sean propios y tengan propiedad de estos bienes comunes, por ser responsables de ellos. Lo mismo podemos decir de las organizaciones políticas o partidos; si son tan criticados, se debe en gran parte a que no son “de” los ciudadanos sino “para” los ciudadanos. Así, el hombre moderno está cada vez más deseoso de ser algo más que un buen administrado; la evolución de empresas, de los sistemas educacionales o culturales, incluso de los ejércitos y de los organismos religiosos, va exactamente en este sentido: buscar cómo hacer participar a sus miembros en sus comunidades respectivas. Cómo ser activo y creativo en el organismo social.
El hombre moderno busca cómo compaginar una libertad creadora con una sociedad protectora, sabe que tiene que escoger entre la pasividad de la decadencia o la actividad del crecimiento, sobre todo en un mundo marcado, a nivel continental, por tremendas injusticias.
No es casual que, incluso en las empresas modernas, el cargo de jefe de personal se considere el más importante de todos. La empresa capitalista ha comprendido, antes quizás que otras instituciones, que sin la participación, comprensión, adhesión y colaboración de sus empleados no puede haber éxito duradero.
Frente a la sociedad del bienestar pasiva nacen por todas partes las corrientes del bienestar humano activo, responsable, creador, consciente de su responsabilidad mundial, y por ello mismo seguramente la nueva sociedad sin clase, llega a lo que el Carlismo ha defendido desde hace más de siglo y medio: un pueblo que con una dinastía comprometida al frente ha intentado servir a la sociedad en la que crear un nuevo mundo de comunidad de comunidades.

CONCLUSIÓN
¿Qué forma de gobierno?
La problemática política en cuanto al futuro se refiere tanto a la monarquía o la república como forma de gobierno como al contenido de gobiernos que tendrán dimensiones y responsabilidades mundiales.
El sentido de nuestra lucha secular es así referido mucho más al contenido de un gobierno que a su forma. Y lo que ha motivado este largo empeño histórico, rubricado por guerras civiles no era sólo el reclamo de una legitimidad dinástica sino la razón última de la legitimidad de un poder soberano en el ejercicio de su función.
A nivel mundial, tanto la urgencia de resolver los conflictos en curso, de organizar un desarrollo económico coherente y la transferencia de riquezas, como la justicia internacional, nos lleva a analizar los requerimientos necesarios para el funcionamiento de un gobierno de esta índole. Y no podemos hablar de las categorías de lo macropolítico si no nos acercamos antes a la organización que rige el Estado moderno a nivel micropolítico.

Evolución del Estado Moderno
La dinámica que conduce al Estado-Nación del mundo altamente desarrollado pone en evidencia la progresiva pero ineludible desaparición de muchas de las características que presidieron su desarrollo. En efecto, el Estado-Nación era fundamentalmente a su vez el resultado de la inevitable desaparición de las estructuras de poder que caracterizan la Edad Media. La Revolución Francesa inventa el concepto de nación. Desbarata así estructuras que, andando el tiempo, se habían transformado en privilegios inútiles.
Al tiempo, divide el espacio político entre el Estado por una parte, y el ciudadano por otra. Desaparecen así los cuerpos intermedios. He aquí la lógica que presidió al nacimiento del Estado Moderno.
La consecuencia fue el lento e inevitable crecimiento de un poder cuyo basamento era el dinero, y su resultado las luchas de clases, las guerras civiles y las guerras mundiales. Al tiempo nacen estructuras políticas nuevas: son los partidos políticos, los sindicatos y hasta cierto punto los entes de gobierno regional para poder responder a la problemática de la gestión a nivel local por una parte, y de la lucha de clases por otra. De hecho, han permitido, al menos, su progresivo desdibujamiento.
Hoy la sociedad está estructurada según un esquema que no muestra clara diferenciación de clases, y de esta manera ha ido perdiendo su pulso revolucionario, al perder gran parte de su base proletaria. Los sindicatos han corrido la misma suerte y por las mismas razones. Los antaño partidos de masas apenas se pueden diferenciar actualmente de los partidos conservadores. Ambos apuntan a un mundo alejado de la perspectiva de la lucha de clases o de la consecución de un ideal, y su realidad cotidiana se cifra en el proceso electoral propiamente dicho. Finalmente, sus programas políticos son casi susceptibles de ser intercambiados.
La crisis arranca también del resurgimiento de la voluntad autonómica, tanto a nivel municipal como regional, y el reclamó se proyectará mañana a nivel continental. En efecto, el Estado-Nación ya no puede recabar la adhesión de los ciudadanos desde el momento en que su propia dimensión le hace perder el contacto con su base, que es la condición de su marchamo democrático. Es lo que hace al Estado-Nación capaz de tener una proyección continental o mundial.
A las razones referidas más arriba hay que añadir el que las culturas estén diferenciadas e impidan que se puedan identificar con el sistema regido por la cultura occidental. El Estado-Nación es una realidad del pasado. Y es así porque de la propia dinámica democrática deslegitima su monopolio del poder como única expresión legítima de la voluntad popular.

El Carlismo en su perspectiva del universalismo
La acción de nuestro padre al iniciar en 1964 la evolución del partido no obedecía sólo a motivaciones estrictamente españolas; también contemplaba una perspectiva más universal. Tenía puesta su fe en el Carlismo no sólo por su fidelidad dinástica sino también por su fidelidad a una trayectoria política donde el poder rector de la sociedad estaba basado en, y estrechamente conectado, con las comunidades históricas. En el caso del Carlismo, la referencia y poder moderador lo ostentaba el rey. Pero el rey no era para el Carlismo un mero símbolo, tampoco encabezaba una dictadura institucionalizada. El poder político se concebía como referencia que actuaba como garantía de la relación pacífica entre las comunidades por una parte, y por otra del funcionamiento democrático de éstas.
Para él era factible en España un régimen así, de corte federal, opuesto tanto a la dictadura como al centralismo. Sería una manera de promover la democratización de la sociedad toda, desarrollándose a partir de una gestión de base a manos de los sindicatos, los partidos y la Administración regional. El poder político arbitral haría del Estado federal una comunidad de comunidades. Sería la manera de resolver muchos de los problemas pendientes de nuestra sociedad y serviría de paradigma en la perspectiva futura de una sociedad mundial.
Mi padre había experimentado en su propia carne dos largas guerras mundiales y la más dramática y cruel contienda civil de la historia contemporánea europea. Pensaba que el Estado-Nación, burocrático y centralizado, era incapaz de resolver eficaz y democráticamente las tensiones y los conflictos internacionales. Creía que la propia globalización de los problemas imponía formas políticas capaces de enfrentarse a ellos de manera eficaz administrativamente, y satisfactoria humanamente, desde la exigencia participativa.
En su opinión, el valor formal de las estructuras democráticas no era suficiente. Aún era necesario que los mecanismos de la participación funcionaran, que permitieran llenar una democracia formal de contenido real y de vida, hacerla humana.
Naturalmente, la comunidad de naciones dependía en su configuración de las estructuras infrasoberanas de las naciones partícipes. Su visión comunitaria de Naciones Unidas estaba lejos de enmarcarse en la utopía de un gobierno mundial al frente de un Estado-Nación, amén de una gigantesca burocracia centralizada y de una democracia formal nada participativa.
En realidad su propuesta estaba inspirada en lo que el Carlismo anhelaba en su propio marco nacional. Un poder arbitral mundial (poco importa si monárquico o republicano) que garantizara la libertad de cada una de las naciones partícipes, capaz de eludir las guerras mediante un sistema de resolución de los conflictos.
Esta utopía pacifista y participativa de una sociedad de naciones organizada según un modelo federativo, respetuosa de las culturas, religiones y tradiciones históricas de cada una de ellas, en su afán de construir juntas la historia futura, descansa en una opción filosófica: ¿Cuál es la reivindicación fundamental del ser humano? La justicia como garante de la paz. Pero quiere también desplegar una libertad creativa en el marco de una sociedad que le ampare. Debe ser libre para optar y decidirse entre la pasividad que conduce a la decadencia o la capacidad creativa de inventar su destino.
El liderazgo de mi padre y la activa participación de los militantes de nuestro partido permitió que intentáramos para nuestra sociedad este progreso y avance desde su realidad histórica hacía una ideología de futuro, interesante para España. Interesante también de cara a la integración mundial venidera.
En conclusión, el Carlismo, la fuerza política con mayor capacidad de movilización popular que participó de una manera tan decisiva en la contienda civil, fue reprimido en el campo vencedor. Y del movimiento militar nació una dictadura fascista en todos los aspectos, no solamente opuesta a las libertades sino directamente anticarlista.
Si las metas del Carlismo histórico no pudieron llevarse a cabo, salvo en parte en lo referente al proceso autonómico, hay valores suyos que son hoy más que nunca modernos, como la búsqueda de una sociedad humanizada. Al hombre robotizado y encasillado en una burocracia, defraudado por partidos que son máquinas electorales, le propone una sociedad societaria donde pueda gozar de unos valores democráticos comunitarios. Hay valores que, como la catedral de Burgos, son siempre modernos porque son universales.
No eran otras las libertades forales, sindicales o empresariales. Una sociedad cristiana pero no clerical, una sociedad española pero no nacionalista, unas libertades políticas pero no simplemente partidistas, y por encima de ésta la construcción de abajo arriba de un poder arbitral y no arbitrario. En un mundo en fase de rápida unión podemos ver cómo el concepto societario, federativo y religioso del hombre cobra su entera y esperanzadora dimensión.
El gran drama histórico que vivió España con la guerra civil fue preludio al que viviría muy poco después el mundo con la Segunda Guerra Mundial. Desde niño he vivido y presenciado, fascinado, el papel de mi padre, inmerso en este drama, haciendo frente a su responsabilidad histórica. A lo largo de dos años, y en las más diversas circunstancias, no he dejado nunca de hablar de todo con él, volviendo una y otra vez sobre este tema difícil, doloroso y apasionante por todo lo que significaba. En más de una ocasión Josep Carles Clemente nos acompañaba en nuestras tertulias, tanto en París como en Arbonne, cerca de la frontera española, donde manteníamos el contacto con los militantes del Carlismo, después de nuestra expulsión por Franco en el 68 murmuraba al final de estas tertulias: “Un día tendré que escribir esta historia.”
Y lo ha hecho. Ha arrojado luz, junto a mi hermana María Teresa y Joaquín Cubero, sobre un fenómeno histórico apenas conocido, el papel del Carlismo en la preguerra y en la época posterior, ha arrojado luz sobre el hombre que mayor responsabilidad tuvo, aunque fuera una responsabilidad muy condicionada, en este proceso: mi padre. Lo hacen con una claridad y una objetividad que no impiden la pasión por la causa y el respeto por el que los Carlistas llaman su Viejo Rey.
Pienso, además, que era una obra necesaria para la memoria colectiva española y europea, y expreso aquí mi hondo agradecimiento a Josep Carles Clemente, este gran historiador del Carlismo y entrañable amigo, y a los demás autores. Les dejo, a él, a María Teresa y a Joaquín Cubero contar, con el apoyo de los textos de la época, lo que fue nuestra guerra civil y la trayectoria vital de mi padre.
Carlos Hugo de Borbón Parma