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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Hoy: La Inmaculada Concepción, patrona de España

 

Lo habitual en esta bitácora, en este día, es recordar el milagro de Empel . Este año transcribo un texto que un comentarista anónimo dejó el año pasado y que me parece extraordinario. Quien quiera leer el milagro de Empel (lo recomiendo vivamente por ser uno de esos momentos tan fundamentales y tan desconocidos de la historia de nuestra patria, que deja totalmente patidifuso al que lo lee) que pinche aquí .


Amamos nuestro Dios y Señor.
Amamos nuestra Patria y sangre españolas.
Amamos nuestras leyes de cristianos y hombres libres.
Amamos nuestra Monarquía, templada y fuerte, prudente y justa. A la española.
Por Santa María Inmaculada, en pie caballeros; se nos ha concedido un tiempo. Y este es nuestro tiempo. Para alcanzar la gloria que es Dios. 
Tiempo del gran testimonio, del Testigo Veraz, hijo de tan Gran Señora.
¿Tembláis? Que tiemblen los demonios. Yo y mi familia estamos por Dios. 
Que más vale morir en el combate, que ver el exterminio del santuario y de la nación.
En Santa María Inmaculada

sábado, 19 de junio de 2010

Elogio del Santo Rosario por Eugenio D'Ors


Esta sección del blog recoge aquellos artículos o entradas publicados en otros blogs que hacen una contribución decisiva a mi manera de ver las cosas por su elocuencia, claridad y propuesta de nuevas perspectivas. Por esas razones es muy posible que resulten atemporales o que por lo menos sean un solido testigo para el futuro.

Otros artículos que se han publicado en esta sección se pueden ver pinchando aquí .

jueves, 8 de abril de 2010

Qué raza la nuestra

  

En los días de la guerra, un grupo de navarros se vio copado, en situación desesperada. El jefe que los mandaba, viendo tan comprometida a su gente, los arengó diciéndoles:

- "¡Ea, navarros, veamos si sois tan valientes como se dice. Veamos cómo salís de éste apuro!"

El orgullo de la raza bravía, la herencia guerrera de las Navas de Tolosa, de Lácar, de Montejurra, despertó el coraje de los nuestros, y se lanzaron con tal ímpetu al ataque, que consiguieron desalojar rápidamente al enemigo.

Un rojo, sin embargo, quedaba firme en su puesto y, junto a una ametralladora, seguía causando muchas bajas a los navarros. Estaba perdido, pero, estoicamente, moría matando.

De pronto, un requeté llega hasta él con aquel enemigo valiente. Todos contemplaban ansiosos la terrible escena, y cuando creían que el requeté iba a terminar con él, la bayoneta en alto dispuesto a clavarla al cuello de su enemigo, ven con aturdimiento que baja el brazo, cambia con él unas palabras y lo carga sobre sus espaldas.

¿Qué había pasado allí? ¿Por qué quedó desarmado quien tan bravamente acometía? Es tan sencillamente grandioso, que Dios lo podrá recompensar, pero nunca los hombres dignamente alabarlo.

Al acercarse el requeté, vio que el rojo estaba gravísimamente herido y, como al lanzarse al ataque, no sólo despertaron en él los arrestos guerreros de sus antepasados, sino también las virtudes apostólicas de su paisano Javier, temió por la pérdida de un alma y quiso salvarla. ¿Eres cristiano? preguntó. ¿Quieres morir como tal? El rojo contestó afirmativamente.

Cuenta Shakespeare en la venganza de Hamlet, que cuando éste iba a matar a su padrastro, lo encontró rezando, y pensó: "Está en gracia de Dios, si lo matase en este momento iría al cielo." Y no quiso en su furor, concederle tan inmensa gracia.

Nuestro navarro hizo lo contrario. Vio a su enemigo en el error, quizás en pecado mortal, y deponiendo odios, y olvidando agravios, imitó a Cristo, ofreció el perdón y la vida a quien iba a darle la muerte.

El requeté corría, corría con su carga por el campo de batalla; el rojo iba desangrándose, empapando con su sangre a su libertador. Y éste, implorando por su enemigo, decía: "iVirgen de Ujué! Si consigo que llegue a tiempo y se confiese, te prometo ir a pie con la cruz al hombro para darte las gracias."

La Virgen, madre de pecadores, escuchó su ruego, y después de penosa marcha por el monte, encontraron al Páter de la Compañía que administró los Sacramentos a aquella alma descarriada, que en sus últimos momentos volvía al regazo de la Iglesia.

El rojo agonizaba abrazado al requeté, y en su agradecimiento le decía: "Coge todo lo mío, tengo bastante plata, y a vosotros también la plata os hace falta."

- "Para mí no quiero nada -le contestó el requeté- ¿Tienes familia?"

- "Sí, mi mujer que está en Jaén."

- "Pues muere tranquilo. Así que acabe la guerra, iré a visitarla, le entregaré todo lo tuyo, y le diré que has muerto como un buen cristiano."

Y mecido por tan consoladora promesa, cerró los ojos, mientras el requeté, de rodillas, empapado en la sangre ya redimida, ora fervorosamente.

Así que terminó la guerra, en la milenaria Romería de Ujué, oímos de "El Templau", que así llamaban al popular requeté, este maravilloso sucedido. Acabada de cumplir su promesa, y al día siguiente partía camino de Jaén.

¿Se deben olvidar rasgos semejantes? Sería imperdonable. Debemos a la historia aportar datos de espiritualidad y valor para que sirvan de ejemplo a las generaciones venideras.


Dolores Baleztena
“Editorial Sancho el Fuerte” 

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Nuestra Señora de los Dolores, Generalísima de los Reales Ejércitos

15 de septiembre, Festividad de los Siete Dolores de la Santísima Virgen
Las Españas, septiembre 2008. Este lunes 15 se celebra la festividad de los Siete Dolores de la Santísima Virgen. De Nuestra Señora de los Dolores era gran devoto S.M.C. Don Carlos V, Carlos María Isidro de Borbón; devoción que siguió en su familia, como muestra el nombre de su nieto Carlos VII, Carlos María de los Dolores de Borbón. Fue la fiesta más importante del primer Carlismo, pues el 1 de julio de 1835 el Rey proclamó solemnemente a Nuestra Señora Generalísima de sus Reales Ejércitos:

«Declarada por mí, Generalísima de mis tropas, la Santísima Virgen de los Dolores, no he podido menos, movido de mi devoción y religiosa piedad, de distinguir con el título de Generalísimo al Real Estandarte que lleva por lema aquella divina imagen, y, por lo tanto, he venido a resolver, como resuelvo y mando, que esta augusta y real imagen no se rinda a persona alguna, ni aun a la mía, ni haga más honores ni saludo que al Santísimo Sacramento».

(S.M.C. Carlos V, Real Decreto sobre el Estandarte de la Generalísima. Estella, 2 de agosto de 1835).

Real Decreto sobre la Bendición de la Bandera Generalísima
“Queriendo dar a mi valiente ejército un nuevo testimonio que inmortalice su valor, acrisolada lealtad e inimitable decisión a favor de mis indisputables derechos al trono de mis augustos progenitores, y siendo el más noble, de más poderoso y suficiente influjo un Estandarte que, tremolado en los campos de sus victorias, señale éstas doquiera que se encuentre, transmitiéndolas a la posteridad más remota, he resuelto que en el día de mañana y a la hora de las ocho de ella, se celebre la bendición de él en la iglesia parroquial de San Juan, llevando por lema la divina imagen de la Virgen de los Dolores, generalísima de tantos fieles defensores de su fe, entregándose para su custodia al bravo regimiento de Lanceros de Navarra, que, rivalizando en intrepidez y férvido entusiasmo con los demás cuerpos de mi ejército, se ha hecho acreedor a esta distinción.
Dado en el Real Palacio de Estella, a primero de Agosto de 1835.- Rubricado de la Real mano.- a Don Luis de Villemur.”

Real Decreto sobre la Bandera de la Generalísima
“Declarada por mí Generalísima de mis tropas la Santísima Virgen de los Dolores, no he podido menos, movido de mi veneración y religiosa piedad, de distinguir con el título de generalísimo al Real Estandarte que lleva por lema aquella divina imagen, y por lo tanto, he venido en resolver, como resuelvo y mando, que esta augusta y real insignia no se rinda a persona alguna, ni aun a la mía, ni haga más honores ni saludo que al Santísimo Sacramento.
Tendréislo entendido y dispondréis lo conveniente a su cumplimiento.
Real de Estella, 2 de agosto de 1835.- Yo, el Rey.- Al Conde de Villemur.”

viernes, 29 de agosto de 2008

Sobre la castidad en el noviazgo

V/. Sancta María, Mater puríssima, Mater pulchrae dilectiónis.
R/. Ora pro nobis.V/. Santa María, Madre purísima, Madre del amor hermoso.
R/. Ruega por nosotros.

«Sobre la castidad en el noviazgo». Resumen.

La Iglesia enseña que «la lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2351). Y esto vige también aun cuando no se llegara ni se tuviera intención de llegar a la masturbación o a las relaciones sexuales completas, porque cualquier placer genital directamente procurado o consentido, no ordenado al legítimo acto conyugal, constituye objetivamente un pecado mortal: en este caso, no existe parvedad de materia.

Ante la perspectiva concreta, real, y relativamente próxima, de matrimonio (aunque no exista la certeza plena de que se llegará a contraerlo) cabe hablar de una nueva situación de noviazgo, en la que el compromiso tiene garantías objetivas y externas de estabilidad, como son la edad, la situación profesional, la maduración del conocimiento recíproco, etc. En estas circunstancias, pueden ser moralmente rectas ciertas demostraciones afectivas del amor mutuo, delicadas y limpias, que no encierran ni siquiera implícitamente una intención torcida, y que en todo caso se han de cortar enérgicamente si llegaran a representar una tentación contra la pureza, en los dos o en uno sólo.

En este sentido, hay que tener en cuenta también que hay acciones que pueden producir, con mayor o menor probabilidad (algunas con práctica seguridad) un ejercicio incoado o incluso completo de la facultad generadora. Cuando se realizan esas acciones sin pretender el desorden sexual probable o seguro, sino buscando otra finalidad, se dice que ese desorden o lujuria objetiva es querida sólo indirectamente.

En estos casos, el criterio moral general es muy claro:

[1] es lícito realizar esas acciones si

[1.a] hay causa o motivo proporcionado y
[1.b] se ponen los medios para no consentir en el desorden una vez producido;

[2] son, en cambio, pecado, si no existe ese motivo proporcionado.

Algunos moralistas seguros afirman que:

[2.a] en el trato entre novios (supuesta una intención no lujuriosa), sería pecado venial una manifestación de cariño (razonable, pero no necesaria) que produjese un desorden incompleto, si éste es positivamente rechazado; pero
[2.b] en el trato entre novios (supuesta una intención no lujuriosa), sería pecado mortal continuar esa misma acción si incumbiese el peligro próximo de que el desorden se hiciese completo [cf. A. Lanza–P. Palazzini, Theologia Moralis, Appendix de castitate et luxuria, p. 219, n. 3,b)].

***

«Sobre la castidad en el noviazgo». Documento completo.
En muchos ambientes, por desgracia, existe una cierta confusión acerca de los criterios morales en las relaciones afectivas entre novios, y no sólo por parte de los mismos interesados, sino también en los padres y educadores. La fuerte presión de un ambiente paganizado hace que incluso personas que han recibido una recta formación doctrinal, lleguen a pensar –quizá no del todo conscientemente– que las normas morales sobre el modo de comportarse en el noviazgo “ya no son tan exigentes como antes”, o que hay que ser condescendientes con ciertas prácticas bastante generalizadas, que no son conformes a la ley de Dios.

Para ayudar a las personas que se encuentran en esta situación a formarse una recta conciencia, que les lleve a santificarse en el noviazgo, preparándose con delicadeza y sentido de responsabilidad a crear un hogar limpio, hay que recordar primero que la vocación cristiana exige a todos santidad: no hay cristianos de segunda categoría; en el noviazgo un cristiano coherente también ha de buscar la santidad, adecuar su comportamiento a la ley de Dios, sin cesiones de ningún tipo.

Sólo quienes se deciden a vivir castamente el noviazgo –luchando reciamente contra las tentaciones y sin hacer equilibrios en la frontera del pecado–, ponen las bases de generosidad necesarias para poder construir después un matrimonio feliz y santo.

Por eso, las muestras de confianza o de afecto entre personas no casadas de distinto sexo no pueden depender exclusivamente de los sentimientos, sino también de la relación objetiva que exista entre ellos. Así como hay unas expresiones propias del amor entre esposos, y otras que son adecuadas entre hermanos y hermanas, así también son distintas las que resultan del simple conocimiento, o de la amistad personal, o del compromiso de contraer matrimonio.

La Iglesia enseña que «la lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión» [1].

Y esto vige también aun cuando no se llegara ni se tuviera intención de llegar a la masturbación o a las relaciones sexuales completas, porque cualquier placer genital directamente procurado o consentido, no ordenado al legítimo acto conyugal, constituye objetivamente un pecado mortal: en este caso, no existe parvedad de materia.

[a]
 En efecto, «es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento» [2].

[b] «La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: ‘No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre’ (Mc 10,19)» [3].

[c] «La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como referido a la globalidad de la sexualidad humana» [4]. «San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf. 1 Jn 2,16). Siguiendo la tradición catequética católica, elnoveno mandamiento prohíbe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno» [5].

Juan Pablo II señalaba en un discurso a los jóvenes:

«Para la preparación al matrimonio, es esencial vuestra vocación a la castidad. [...] El honesto “lenguaje” sexual exige un compromiso de fidelidad que dure toda la vida. Entregar vuestro cuerpo a otra persona significa entregaros vosotros mismos a esa persona. Ahora bien, si aún no estáis casados, admitís que existe la posibilidad de cambiar de idea en el futuro. La donación total, en consecuencia, estaría ausente. Sin el vínculo del matrimonio, las relaciones sexuales son mentirosas, y, para los cristianos, matrimonio significa matrimonio sacramental» [6].

Por tanto, «los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad» [7].

Dentro de este marco moral, que es siempre válido, también hay que tener en cuenta que el proceso afectivo entre los novios, por su misma naturaleza, madura y se afianza gradualmente a lo largo del tiempo, en diversas fases más o menos formalmente diferenciadas.

Castidad al inicio del noviazgo
Al inicio de su relación, el trato entre esas dos personas es más parecido a la simple amistad; por tanto, en ese periodo, las expresiones de confianza o de simpatía mutua que resultan adecuadas se miden con los cánones propios de la amistad en general.

Castidad cuando se formaliza el noviazgo
Hay personas que consideran que cuando se formaliza el noviazgo se afirma ya una seria intención de contraer matrimonio, y eso autorizaría a tener expansiones afectivas más íntimas que las propias de una sólida amistad. Aseguran que esas muestras de cariño surgen y manifiestan el amor que se profesan y que no les suponen un peligro directo contra la castidad. A esto hay que responder que, aunque fuera verdad que esas manifestaciones no constituyan ocasión próxima de pecado –cosa que muchas veces no es así–, permitírselas constituye, por lo menos, una imprudencia seria, pues con ese comportamiento se habitúan a un régimen de intimidad que les expone a tentaciones graves y que, en sí mismo, empaña la limpieza de sus relaciones y lleva muchas veces a un oscurecimiento de la conciencia.

Desaconsejar vivamente este tipo de trato no supone pensar mal, ni ver malicia donde no la hay; es, por el contrario, advertir con prudencia –con realismo– el peligro de ofender a Dios y de que la concupiscencia, alimentada por esa intimidad impropia, llegue a presidir las relaciones recíprocas, determinándolas reductivamente por la atracción sexual, lo cual no les une sino que les separa [8]. Comportándose de este modo, llegarían a verse el uno al otro, progresivamente, más como un objeto que satisface el propio deseo que como una persona a la que el amor inclina a darse [9].

También por este motivo, la prudencia cristiana ha aconsejado siempre que la duración del compromiso antes del matrimonio sea relativamente breve. Esto no significa que no deba haber un profundo conocimiento mutuo, sino que para alcanzar ese conocimiento es suficiente una fase más o menos larga de trato y de amistad, previa al establecimiento del compromiso.

Castidad cuando el compromiso de noviazgo tiene garantías objetivas y externas de estabilidad
Ante la perspectiva concreta, real, y relativamente próxima, de matrimonio –aunque no exista la certeza plena de que se llegará a contraerlo– cabe hablar de una nueva situación en la que el compromiso tiene garantías objetivas y externas de estabilidad, como son la edad, la situación profesional, la maduración del conocimiento recíproco, etc.

En estas circunstancias (en las que el compromiso del noviazgo tiene garantías objetivas y externas de estabilidad), pueden ser moralmente rectas ciertas demostraciones afectivas del amor mutuo, delicadas y limpias, que no encierran ni siquiera implícitamente una intención torcida, y que en todo caso se han de cortar enérgicamente si llegaran a representar una tentación contra la pureza, en los dos o en uno sólo.
En este sentido, hay que tener en cuenta también que hay acciones que pueden producir, con mayor o menor probabilidad (algunas con práctica seguridad) un ejercicio incoado o incluso completo de la facultad generadora. Cuando se realizan esas acciones sin pretender el desorden sexual probable o seguro, sino buscando otra finalidad, se dice que ese desorden o lujuria objetiva es querida sólo indirectamente.

En estos casos, el criterio moral general es muy claro:

[a] 
es lícito realizar esas acciones
[a.1.] si hay causa o motivo proporcionado y
[a.2.] se ponen los medios para no consentir en el desorden una vez producido;

[b] son, en cambio, pecado,
[b.1.] si no existe ese motivo proporcionado.

Estas expresiones de cariño no son “en parte iguales y en parte diversas” a las propias de los cónyuges, sino esencialmente diversas, como es diverso su compromiso del pacto matrimonial, y que por tanto han de estar presididas por el peculiar respeto recíproco que se deben dos personas que aún no se pertenecen.

Algunos moralistas seguros afirman que en el trato entre novios (supuesta una intención no lujuriosa):

[a] sería pecado venial una manifestación de cariño (razonable, pero no necesaria) que produjese un desorden incompleto, si éste es positivamente rechazado; pero

[b] sería pecado mortal continuar esa misma acción si incumbiese el peligro próximo de que el desorden se hiciese completo [10].

No es necesario descender a una casuística más detallada, pero sí recordar que no tendría sentido buscar “escapatorias”, para justificar más o menos ocultamente la propia concupiscencia. Además, en materia de castidad, quien no lucha, con humildad y fortaleza, por evitar aun lo más leve, fácilmente acaba por caer en pecados graves o, por lo menos, se sitúa en un estado de tibieza espiritual.

Al tratar estas cuestiones, es preciso recordar que las normas morales no suponen barreras para el auténtico amor humano, sino que indican las expresiones que debe tener en cada momento, si es verdadero amor. De este modo, exaltan su nobleza y su dignidad, queridas por Dios; lo radican en el don de sí, preservándolo del egoísmo; lo transforman, ya antes del matrimonio, en instrumento de santificación; y sientan el fundamento de su estabilidad y fecundidad futuras.

Como recordaba el Papa Juan Pablo II a los jóvenes:

«La castidad –que significa respetar la dignidad de los demás, porque nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo (cf. 1 Cor 4,19)– os lleva a crecer en el amor hacia los demás y hacia Dios. Os prepara a realizar la “mutua donación” que está en la base del matrimonio cristiano. Y –cosa aún más importante– os enseña a aprender a amar como Cristo ama, dando su vida por los demás (cf. Jn 15,13).

No os dejéis engañar por las palabras vacías de quienes ponen en ridículo la castidad o vuestra capacidad de autocontrol. La fuerza de vuestro futuro amor conyugal depende de la fuerza de vuestro empeño por aprender el verdadero amor, una castidad que comporta el abstenerse de toda relación sexual fuera del matrimonio» [11].

Quienes se ocupan de la atención y formación de los jóvenes han de tener criterios muy claros; no sería suficiente, por ejemplo, hacer las advertencias oportunas cuando se observa que pasan ya alguna dificultad: es preciso adelantarse y prevenir los obstáculos que pueden encontrar, para salir al paso enseguida y poner los remedios a tiempo. En la dirección espiritual, hay que exigir con firmeza, facilitando la sinceridad con preguntas oportunas y delicadas, para que todos vivan el noviazgo con una gran rectitud moral, buscando seriamente la santidad. Con frecuencia, será preciso recordar que para vivir limpiamente esa situación es necesaria una sólida vida interior –que se alcanza con recurso asiduo a los Sacramentos y las demás prácticas de piedad cristiana–, la petición humilde al Señor y a la Virgen de la pureza de conducta, y una plena sinceridad en la dirección espiritual personal.

Los novios, además de ser conscientes de que Dios les pide que santifiquen el noviazgo, han de considerar también su deber de ser ejemplares ante su novia, ante sus padres, parientes y conocidos.

No se puede admitir en ellos un comportamiento frívolo o ligero: en este punto también sólo cabe ejecutar algo o a desistir cuanto antes de llevarlo a cabo. Pues por el mismo hecho de ser cristianos, estamos obligados a rechazar decididamente toda conducta que pudiera menoscabar –aun mínimamente– lo que es propio de un hijo de Dios; así, por ejemplo, hay que evitar situaciones que, aunque en algunos sitios puedan estar muy generalizadas, no son compatibles con la moral cristiana: ciertas muestras de afecto, frecuentar algunos ambientes, viajar novios juntos, modos de vestir poco decentes, etc.

También hay que insistir a los padres en la importancia de su papel en la formación de sus hijos, para que les ayuden en aquellas virtudes que más contribuirán a que se mantengan fuertes y limpios durante el noviazgo. Entre otras, han de educarles en el pudor y en la modestia, que se adquieren –en primer lugar– con el buen ejemplo que les den en sus hogares, y que les permitirán evitar conductas que desdicen de un hijo de Dios.

Notas
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2351.
[2] Juan Pablo II, Exhort. apost. Reconciliatio et paenitentia, 17; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1857.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1858.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2336.
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2514.
[6] Juan Pablo II, Discurso [Inglés, Italiano], 6-II-1993, n. 5.
[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2350.
[8] Cf. Juan Pablo II, Discurso [Italiano], 24-IX-1980, n. 5.
[9] Cf. Juan Pablo II, Discurso, 23-VII-1980, n. 3.
[10] Cf. A. Lanza-P. Palazzini, Theologia Moralis, Appendix de castitate et luxuria, p. 219, n. 3,b).
[11] Juan Pablo II, Discurso, 6-II-1993, n. 5. Vid. también Exhort. apost. Familiaris consortio, n. 11.

sábado, 26 de enero de 2008

HISPANIA ARCANA: LA VIRGEN ESTÁ EN LA CUEVA



De nuestros amigos de " Libro de Horas y Hora de Libros "

http://librodehorasyhoradelibros.blogspot.com/

LA VIRGEN MARÍA, PERSEGUIDA POR SUS ENEMIGOS
Y OCULTADA POR SU PUEBLO EN LO IGNOTO.

Hubo un tiempo en que las tallas de la Virgen María aparecían en dólmenes y en cuevas. Isidro Juan Palacios, en su precioso libro Apariciones de la Virgen. Leyenda y realidad del misterio mariano nos dice, sobre la relación entre la Virgen María y Cueva, las palabras que siguen:

“La gruta, así representada, se encuentra en el interior de la montaña del mismo modo que el corazón está en el interior del hombre. Cuántas imágenes de la Virgen han sido llevadas y allí protegidas y veneradas, en el lugar que la propia aparición ha llegado a elegir y preferir para su primera manifestación y su posterior culto”.

Y Juan Isidro Palacios cita Covadonga, Guadalupe, Tre Fontane, Lourdes… “La cueva es por eso –continúa diciendo- el santuario primordial, el templo por antonomasia. De siempre, los héroes dejaban allí sus armas sacralizadas o sus tesoros; en los más hondo de sus loberas, los cazadores paleolíticos pintaban los iconos de sus animales totémicos, sus proyecciones de poder, o tenían lugar sus iniciaciones de “muerte en vida”, por las que el joven se hacía hombre, y el hombre, dios, a la vez que asumía en propia carne, alma y espíritu, sucesivas mortandades simbólicas hasta que terminaba la obra de sí mismo, hasta completarse.”

En Covadonga renació la España de los Godos, corridos a sangre y fuego por los invasores africanos, refugiados en el país de los irreductibles Astures. Nos dice D. José Ignacio Gracia Noriega, en su Don Pelayo, que allí, en Covadonga, “en aquel lugar umbrío se percibe la presencia del misterio.” El que ha estado en grutas similares sabe -yo lo puedo corroborar con mi testimonio- que sí, que esos lugares en los que María Santísima quiso aparecerse, esas cavernas están impregnadas todavía de bendiciones y lo "numinoso" allí habita. El autor de Don Pelayo nos recuerda que Pérez de Ayala y Ambrosio de Morales percibieron esa sensación: “Numen hic est” (Aquí está lo numinoso) –dijo Pérez de Ayala; “La extrañeza de este Santo Lugar no se puede dar a entender bien del todo con palabras” -escribió Morales. Sea alabada Nuestra Señora de Covadonga, Reina de las Españas, la muy grandiosa Santina.

La Reconquista avanzaba triunfalmente. San Fernando, Rey de León y Castilla, recobró el Santo Reino de Jaén ayudado por los brazos fuertes de sus infanzones, apareció en 1227 la Virgen de la Cabeza en Sierra Morena. Y se le apareció a un pastorcico. Y nos cuenta su cronista D. Manuel de Salcedo Olid (Alguacil Mayor del Santo Oficio de la Inquisición de Andujar que escribe en 1677) que este pastor que con su rebaño se hallaba a campo raso, avisado por fenómenos sobrenaturales –luces y sonidos célicos- marchó en la noche hacia el foco de aquellos prodigios y halló a la Sacratísima Imagen de Nuestra Señora de la Cabeza “en la concavidad de dos peñas, las quales servían de Tabernáculo”. Un dolmen. Juan Eduardo Cirlot, en su Diccionario de Símbolos nos dice que el dolmen “se considera símbolo de la Gran Madre”, y la Madre de Dios es María Santísima, ni Gea ni cuentos descabellados de la Nueva Era.

La Virgen de la Cabeza, como tantas otras tallas de Nuestra Señora, tuvo que ser ocultada por los cristianos para preservarla de la destrucción más que asegurada en manos de los musulmanes más fanáticos e iconoclastas. Pero mi Mentor, el Maestro D. Juan Montijano Chica, llevaba mucha razón cuando apuntaba que lo que admiraba del hallazgo de la sagrada talla de la Virgen de la Cabeza es la oportunidad, el momento cabal en que la Virgen quiso aparecer. A saber: cuando los reinos de la Andalucía caminaban, acaudillados por el Rey Santo, a su liberación.

La originaria talla de la Virgen de la Cabeza estuvo con nosotros hasta que estalló la guerra civil. Como todo el mundo sabe (o debiera saber), su Santuario se convirtió en bastión de nuevos refugiados -hombres, mujeres y niños- que huían del “terror rojo” y que liderados por el Capitán D. Salvador Cortés González resistieron heroicamente hasta ser aplastados por el ejército republicano muy superior. Los devotos fieles todavía mantienen la esperanza de que el Capitán Cortés puso a salvo la talla de la Virgen de la Cabeza, como otrora hicieran los cristianos, librándola nuevamente de la destrucción a manos de iconoclastas tan fanáticos como sus antiguos enemigos.

La relación entre Virgen María y la Cueva (o su trasunto, el dolmen) –lo que es decir: España encubierta y preservada en lo profundo- está más que estudiada. Pero, muy pronto, ofreceré en esta Hispania Arcana datos mucho más recónditos –e inéditos- que abundarán en todo esto.