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sábado, 18 de febrero de 2012

Breves notas sobre el proceso al General Zaratiegui

 Autor: Carlos Mª Pérez- Roldán y Suanzes
 
Sin duda alguna, Zaratiegui es uno de los generales carlistas de la Primera Guerra más conocidos. A sus glorias militares unió su contribución a la difusión de los acontecimientos por los que pasó España en la primera carlistada, pues a su pluma se debe la esencial obra “Vida y hechos de don Tomás de Zumalacárregui (Madrid-París, 1845)”, no en vano fue secretario y ayudante del más glorioso de los generales de don Carlos V de Borbón.

El General Zaratiegui

Juan Antonio de Zaratiegui y Celigüeta, navarro de origen (Oliete 1804- Utrera 1872), como todo buen carlista de la primera guerra, mostró su clara filiación realista al ingresar a las órdenes del general Quesada en una partida realista con la que hace la campaña de 1820 a 1823 contra el golpista gobierno constitucional. Tras la victoria realista, permanece en el ejército y hasta 1832  sirve como capitán en Madrid y Zaragoza, en el regimiento del que era coronel Tomás de Zumalacárregui y como secretario del general Santos Ladrón de Cegama.

A la muerte de Fernando VII, fiel a sus antecedentes realistas, sin dudarlo se incorpora a la partida carlista de Huralde en Los Arcos (Navarra) y es destinado poco después como ayudante general de Zumalacárregui.  Del brillante general aprende las dotes militares que le convertirán en uno de los más prestigiosos generales carlista.

Tras la muerte del Zumalacárregui debida a la herida de bala recibida en el sitio de Bilbao en 1835, toma parte en las acciones de Puente la Reina y Mendigorría y es ascendido a brigadier, confiándosele la Segunda Comandancia de Navarra. La guerra continua y su brillante actuación en varias acciones le valen honores y condecoraciones, es nombrado mariscal de campo por la victoria de Larraga. Fue comandante general interino de Navarra sustituyendo al general Francisco García. En julio de 1837, el Capitán General de Vascongadas, Uranga, confía a Zaratiegui el mando de una expedición auxiliar a Castilla para intentar coger a Espartero, entonces en Aragón, entre dos fuegos. Parte el 20 de julio de Galbarín con seis batallones (2 navarros, 2 guipuzcoanos, un valenciano y un castellano) y con dos escuadrones de caballería. Tras vencer a la Legión portuguesa en Zambrana entrando en Castilla por La Rioja y Burgos, uniéndose allí a la expedición procedente de Vizcaya al mando del brigadier Goiri. A pesar del hostigamiento liberal al comenzar agosto, triunfante en Roa y Peñafiel, entra en Segovia asaltando la ciudad y consiguiendo la rendición del alcázar, que se había hecho fuerte. Allí emite moneda con la efigie de D. Carlos y organiza el batallón de Cazadores de Segovia. Entra posteriormente en La Granja y se paseó triunfalmente por Burgos, Aranda, Salas de los Infantes, Lerma, entrando en Valladolid, Tordesillas, Dueñas, llegando a Medina del Campo.

Es en ese año de 1837 cuando Zaratiegui realiza su contribución más decisiva a los ejércitos de don Carlos V, que son capaces de cercar Madrid, anunciando lo que parecía la inminente caída de la capital española. El general cristino Espartero, nos describe así la intensa actividad desarrollada desde julio de ese año:


“Los carlistas, con otra expedición al mando del general Zaratiegui, se habían desparramado por la llanura castellana, y en los primeros días de agosto tomaron Segovia, donde se rearmaron y avituallaron, aunque hubieron de abandonar la ciudad por la aproximación de nuestras columnas.

Pero los facciosos parecían empeñados, y desde La Granja continuaron avanzando hasta el pueblo de Torrelodones, desde el que se contempla la capital a tres leguas de distancia.

Hubo refriega, pero en esos días llegué a Madrid y se cortó la progresión de Zaratiegui en Las Rozas, donde nuestra fuerza, al mando del general Méndez Vigo, estaba atrincherada.

-Ni un paso atrás -le dije al general.

Vigo efectuó un avance que expulsó de Torrelodones a los carlistas y cuidó de que se vigilaran por la noche los montes de El Pardo, por si los facciosos, en marcha oculta, se infiltraban en Madrid o se dirigían a la provincia de Guadalajara a incorporarse a la Expedición del Pretendiente.

La posición de los carlistas, que no pudieron superar Las Rozas, era crítica, y aunque atacamos, pudieron retirarse con orden, a pesar del intenso fuego, en formaciones cerradas, y continuaron el camino hacia Segovia contentos de haber salvado el peligro.

Los carlistas concentrados en esa ciudad eran más de cinco mil, y aunque sus deseos de defensa eran vehementes, convinieron en abandonarla por falta de recursos y subsistencias.

A esa decisión llegaron tras mucha discusión entre ellos, pero enterados de que una columna liberal se acercaba desde el puerto de Navacerrada y La Granja con gran tren de artillería, Zaratiegui se resolvió a dejar la ciudad con celeridad, sin que nuestra caballería pudiera causar daños de consideración a su retaguardia por haberse retardado demasiado.

La Primera Guerra Carlista


Por esta razón, los carlistas pudieron rebasar el Duero sin sufrir bajas, y se acantonaron en Peñaranda.

Pero Zaratiegui pronto se dio cuenta de que las tropas liberales no pasaban de Aranda, y, aprovechando esa inacción, se decidió a imponer el pendón de su rey en aquellas partes de Castilla la Vieja que nos veíamos obligados a abandonar por defender Madrid.

Eso dio a los carlistas más voluntarios y nuevos prosélitos captados en los pueblos de la Ribera del Duero, que se unían a Zaratiegui en una ola imprevista de entusiasmo por la misma causa que, hasta entonces, habían combatido.

Pero España y los españoles somos así, y no voy a descubrirlo ahora: hoy blanco, mañana negro y pasado mañana gris, porque nuestros amores alternan con los odios y las indiferencias, como las mareas.

La audacia de Zaratiegui le llevó a caer sobre Valladolid y entrar en esa ciudad, donde el ayuntamiento y el obispo se pusieron a sus órdenes, aunque la guarnición del fuerte de San Benito resistió dignamente y se negó a rendirse.

Estando allí, Zaratiegui recibió orden del rey carlista -que aún no sabía que su general había tomado Valladolid- de doblar la cordillera por Almazán y Sigüenza para unirse a la Expedición facciosa que se hallaba en las inmediaciones de Guadalajara y se acercaba a Madrid.

La polémica acción de Nebreda.

Eso debió de ser a mediados de agosto, que fue cuando yo entré en Guadalajara con la caballería y la vanguardia, poco antes de que, a medianoche, lo hiciera el grueso de la fuerza, que llevaba ese día en los pies más de once leguas de marcha con el estómago casi vacío.

Al poco de llegar, recibí instrucciones del subsecretario de la guerra, Pedro Chacón, para que, por orden de María Cristina, acudiese con rapidez a la corte, dadas las críticas circunstancias que se vivían.

Así lo hice, y cuando entré en Madrid acudí al instante a palacio, donde encontré muy abatida y asustada a la regente, a la que tuve que animar hasta que recuperó la esperanza.

Para infundirle más ánimo, hice desfilar a la brigada de la Guardia delante del Alcázar, y ella presenció el desfile desde un balcón acompañada de las infantas.

Esa misma tropa fue en la que poco después, estando acantonada en Aravaca y Pozuelo, se sublevaron los oficiales, lo que casi hunde toda resistencia.

Por ventura, a última hora el gobierno cayó y -mostrando la prudencia que el momento exigía- pude acabar el motín a tiempo de impedir el zarpazo decisivo de la infame facción.

El dilema que se me presentó no era fácil, pues, por una parte, no se podía dejar sin castigo, pero por otra, estando el enemigo en puertas, un exceso de represión podía dejar a muchas unidades de primera línea sin mandos, lo que hubiera sido funesto para la defensa de Madrid.

Por no comprometer mi autoridad en ese dilema, dejé el asunto en manos de María Cristina, que era hábil en ese tipo de manejos y estaba influida por Van- Halen, que era general de mi confianza.

La regente instó al gobierno para que, en previsión de evitar males mayores, fuese indulgente con los que faltaron al orden y la disciplina, dada la urgencia del momento.

Eliminado ese problema, proseguí con las operaciones, y avisado de que los carlistas estaban en Almazán, salí de Torrelaguna hacia Cogolludo, donde a finales de agosto emití una proclama a la tropa.

En ella, sin morderme la lengua, acusé a los partidos, que con diferentes formas aspiran al poder, de querer desunir al ejército para colmar su ambición, aunque eso supusiera convertirse en agentes del cabecilla rebelde. Terminé pidiéndoles lealtad a la divisa que habíamos jurado defender.

Después de dar un respiro a las unidades, agotadas por el calor y la escasa ración, proseguí hasta Daroca, donde me reuní con Oráa.

Allí supe que el rey carlista se hallaba en Calamocha con diecisiete batallones, más de mil caballos y artillería.

Inmediatamente, precedido de las tropas de Oráa, decidí lanzarme sobre el cuartel general rebelde, aunque carecíamos absolutamente de recursos para impulsar las operaciones, y las tropas estaban descalzas, en estado deplorable de desnudez, pues la última remesa de zapatos era de calidad detestable y pequeños para los soldados de la división de la Guardia.

Pero no era momento para titubeos ni quejas. Había que marchar contra el enemigo, y lo hicimos. De los generales carlistas, sólo Cabrera, ese tigre sarnoso, me preocupaba, porque le creía capaz de todo.

¡Cómo me hubiera gustado apresarle para hacerle pagar de una vez sus crímenes!

Es cierto que, miserablemente, Mina y Nogueras autorizaron el fusilamiento de su madre, pero luego él ha rebasado con creces cualquier medida de humana venganza con los prisioneros, e incluso con mujeres y niños que han tenido la desgracia de caer en sus manos.

Es un fanático rencoroso, retrógrado y miserable, aunque reconozco su sagacidad táctica y su conocimiento del terreno, lo que hace muy difícil batirle.

Pero nunca le consideré un militar, y no puedo tratarle como tal. Si le cogiera vivo, lo encerraría en una jaula, igual que hicieron los absolutistas con el pobre Empecinado, para exhibirle como la fiera que es por toda España antes de ahorcarle.”

Pero con todo, Madrid no pudo ser tomada a pesar de la cercanía de las tropas carlitas. Zaratiegui detuvo su avance en las Rozas, el rey don Carlos residió en Arganda, y el General Cabrera llegó hasta los muros del retiro, con el gobierno isabelino en franca descomposición la victoria parecía segura pero, ¿qué pasó?. Todo lleva a pensar que los desarreglos internos de las tropas carlistas impidieron la victoria. El hecho cierto es que las tropas carlistas inician su retirada hacía los bastiones del norte.

La retirada de Madrid supuso un duro golpe para los voluntarios carlistas, que veían escapada la oportunidad de entrar victoriosos en Madrid.

Zaratiegui por su parte, trata de cubrir la retirada de las tropas carlistas, no obstante, a principios de octubre sufre la derrota de Retuerta, al ocupar los liberales Lorenzo y Crandolet las alturas que avanzan entre Retuerta y Quintanilla.

Para conocer más.

- Un episodio de la Guerra Civil en el Ejercito de Carlos V, por D. Clemente Madrazo Escalera, París, 1840. Se puede consultar la edición digital pulsando aquí.
- Fondo del General Zaratiegui. El fondo fue cedido desinteresadamente a la Diputación Foral en 1966 por don Pedro Armero, Conde de Bustillo, quien lo poseía tras el fallecimiento de su prima doña Beatriz Manjón Zaratiegui, Marquesa de Méritos, última descendiente del General. Para consultar pulse aquí.
- Manifiesto de Arciniega, pulseaquí.
El 26 de octubre, Carlos V llegó a tierras vascongadas con el firme propósito de realizar profundos cambios en el gobierno carlista. En Arciniega, el 29 de Octubre de 1837, emite el famoso manifiesto de Arciniega, que en decir de Don Clemente Madrazo fue “el origen de todos nuestros males y verdadera caja de Pandora abierta por el inexperto y atolondrado Arias Teijeiro.”

Efectivamente, la proclama de Arciniega tendrá una vital importancia para Zaratiegui, dado que tras la misma es detenido en Urkiola y encarcelado varios meses. La proclama resumía con gran optimismo los éxitos alcanzados durante la Expedición Real, prometiendo con aún mayor euforia el futuro que esperaba a sus soldados que se verían coronados de laureles. Sin embargo, contenía  unas oscuras palabras que pocos entendieron y que decían: «Causas que nos son extrañas, causas conocidas que van a desaparecer para siempre, han dilatado por poco tiempo más los males de la patria. Pero el ensayo está hecho; se ha visto a cuanto puede aspirarse y las medidas que voy a adoptar llenarán vuestros deseos.» Quería decir que pocos días después comenzaría a destituir a los militares más eminentes con los que contaba su ejército, llegando incluso a encarcelar a algunos de ellos, entre ellos a Zaratiegui y Elio. No obstante, esas causas conocidas no fueron compartidas por todos, así el Príncipe Lichnowsky llegó a decir: "Una negligencia imperdonable, una inercia increíble que presidió todas las operaciones de aquel tiempo, he aquí la causa de nuestras pérdidas y no Zaratiegui y Elío, indignamente calumniados y encarcelados injustamente cuando volvimos a las provincias vascongadas".

Así, en 1838 Juan Antonio Zaratiegui es juzgado por un tribunal militar, correspondiendo su defensa al brigadier Don Clemente Madrazo Escalera. Los cargos que se hacen a Zaratiegui son numerosos, pero sin duda destacan la supuesta violencia ejercida en la población tras la ocupación de Segovia, la supuesta negligencia en la conquista del fuerte de San Benito en la ciudad de Valladolid, su supuesta desobediencia a los ordenes reales en el bloqueo de Madrid, y por último su escasa destreza militar en la acción de Retuerta.

En su alegato de defensa, el brigadier Madrazo manifestó lo que todo el campo carlistas sabía: el procesamiento de Zaratiegui no se debía a un verdadero ánimo justiciero, si no que era más bien una manifestación más de las rencillas entre los líderes carlistas. De hecho,  su abogado defensor no dudo en responsabilizar de todo el proceso a Arias Teijeiro,  que a la sazón ocupaba el ministerio de la guerra y la cartera de Estado. La venganza y la justificación llegó a tanto, que el propio abogado defensor no dudo en manifestar los numerosos errores procesales en la causa de Zaratiegui.

El General en sus últimos años.

Efectivamente, actuó como secretario del Consejo de Guerra don José María Álvarez Arias, que no siendo oficial no podía haber desempeñado dicho cargo, y que además no realizó el juramente de obrar con fidelidad en lo actuado. Con todo, el mayor inconveniente del abogado defensor fue el no poder hablar con su defendido, pues preso en Arciniega, nunca pudo conferenciar con él, dándosele además escaso días para preparar la defensa, e impidiéndole el acceso a toda la documentación necesaria.

Así que la defensa se tuvo que preparar con la simple lectura de los autos, sin que ni siquiera se aceptaran las testificales propuestas por la defensa. De los cargos, todos resultaban banales e infundados, pues nada tuvo que ver Zaratiegui en el comportamiento de sus soldados, ni se acreditó falta de pericia en sus maniobras militares, ni incumplió en ningún momento las órdenes emitidas por don Carlos.

Como explica el príncipe Lichnowsky, Zaratiegui y Elio fueron indignamente calumniados e injustamente encarcelados porque:“si Zaratiegui y Elio hubieran tenido noticia de la proximidad de las fuerzas del Rey, hubieran defendido a toda costa sus posiciones en Madrid”.

Si injuriosos fueron los cargos contra el general, injurioso fue todo el proceso lleno de trabas, trampas y testigos falso y contradictorios. No obstante, su defensa aunque no logró evitar la condena, si logró la exculpación de los cargos más importantes. De cualquier forma, tras su condena Zaratiegui fue liberado en 1839 y nombrado ayudante de campo de don Carlos con el que, tras el Convenio de Vergara, marchó al exilio francés.

Firma del general

Vuelto en 1849  a España, le son reconocidos los grados obtenidos en el campo carlista. En 1868 es ascendido a Teniente General y nombrado Director General de la Guardia Civil. Tras la revolución "Gloriosa" de septiembre de 1868, ya anciano, ofrece sus servicios a Carlos VII quien le encarga del levantamiento de Andalucía como Capitán General de Sevilla y Granada, muriendo antes de conseguirlo.

martes, 29 de marzo de 2011

29 DE MARZO DE 1830


Fernando VII y la Pragmática Sanción


El 29 de marzo de 1830 Fernando VII promulgaba la Pragmática Sanción que dejaba sin validez la antigua Ley Sálica. Desde que comenzó su reinado no hubo más heredero al trono que su hermano don Carlos. De pronto, en unos pocos meses, todas sus opciones se iban al traste. Don Carlos no era un mal candidato, pero era de ideas tradicionalistas, partidario de una monarquía fuerte y de talante más entero que el veleta de su hermano. Por tanto la opción de don Carlos no gustaba nada a los liberales, que estaban llenos de proyectos de futuro.

     En mayo de 1929, la muerte de la reina Josefa Amalia cambió de pronto el panorama. El Rey estaba achacoso pero no tenía más de cuarenta y cinco años. Fernando quería un heredero y, para alegría de los liberales, contrajo matrimonio con María Cristina de Nápoles. La infanta Luisa Carlota, hermana de la prometida, mediaría en la elección. Los liberales cubrieron de loas a la nueva Reina, educada en una de las cortes más reaccionarias de Europa. El interés traza curiosas alianzas. En menos de un año el Rey anunciaba un descendiente, la infanta Isabel, y en marzo de 1830 promulgaba la Pragmática Sanción que derogaba la Ley Sálica.

     La Ley Sálica había sido implantada por Felipe V, rompiendo con el viejo orden sucesorio de Castilla implantado en Las Partidas de Alfonso X el Sabio, que daba prioridad al varón pero dejaba reinar a la mujer en ausencia de descendientes masculinos.

     Con todo, el problema sucesorio no estaba resuelto. Los partidarios de don Carlos, bien organizados después de todo un reinado aguardando su momento, ejercieron una presión considerable, presagiando el peligro de un conflicto civil ante la juventud del sucesor y el largo periodo de regencia que se esperaba. Las presiones dieron resultado y el Rey ordenó derogar la Pragmática Sanción. Buena noticia para los carlistas. Aún quedaba una última jugada, que contó con la connivencia de María Cristina, la cuñada del Rey, y el Partido Liberal. Luisa Carlota consiguió entrar en La Granja y persuadir al Rey para revertir el proceso y derogar la Ley Sálica, y así se hizo el 28 de septiembre de 1832. No habría más movimientos y un año después moría el monarca. La inevitable consecuencia sería la guerra.


Otras efemérides de este día que deberías conocer:
1412  Empiezan a llegar los compromisarios a Caspe.
1540  Se celebra la primera corrida de toros en Lima, Perú.
1541  Se funda la ciudad de Bahía, una de las más antiguas de Brasil.
1788  Nace Carlos María Isidro de Borbón, el aspirante carlista al trono de España.
1936  Amplio apoyo a Hitler (98 por ciento) en el plebiscito alemán a su política internacional.

lunes, 21 de marzo de 2011

16 DE MARZO DE 1837

Los carlistas vencen en Oriamendi


El 16 de marzo de 1837 las tropas carlistas vencían en la batalla de Oriamendi. Tras un nuevo descalabro carlista en el asedio de Bilbao, defendido con orden por el general Espartero, Villarreal dejaba el mando militar de las tropas del norte en manos de don Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza. Nacido en Brasil, Braganza había jurado lealtad a la regente María Cristina, pero al cabo de dos años se había cambiado de bando, presentándose en el cuartel general carlista. La victoria de Oriamendi sería el bautismo de fuego de este oficial de carácter afable y buenas cualidades militares.

     La batalla de Oriamendi enfrentó a las tropas auxiliares británicas, conocidas como «Legión Evans», con las milicias carlistas en las inmediaciones de San Sebastián. Los carlistas, acorralados por la numerosa fuerza británica, habían pedido ayuda al infante don Sebastián, que se encontraba a 100 kilómetros del lugar, al que se encaminó con urgencia junto a sus tropas. Evans había sido capaz de expulsar a los carlistas de Oriamendi y éstos habían tenido que refugiarse en Hernani y en el fuerte de Santa Bárbara. Ya tenía la Legión Auxiliar Británica la victoria en la mano cuando carretera arriba se divisó al infante con sus tropas, que acudían fatigadas a recuperar la posición de Oriamendi. La lucha fue encarnizada porque los liberales no querían dejar tan buen atrincheramiento, pero el empuje del infante don Sebastián y su buen despliegue de tropas desequilibró la contienda.

     Según parece, el famoso himno carlista de Oriamendi fue robado en esa batalla a las tropas liberales, que lo tenían preparado para ofrecérselo a su reina junto a la plaza ganada. Los carlistas celebraron tanto esta agónica victoria con la llegada in extremis del infante don Sebastián, que decidieron hacer suyo el himno.

     Don Sebastián de Borbón y Braganza protagonizaría también la sorprendente «Expedición Real» que mandaría el propio don Carlos. Con rumbo zigzagueante, el general carlista llegó a sumar 35.000 hombres que lanzó sobre Valencia. Ya se aprestaba la ciudad para la defensa cuando el infante varió el rumbo cayendo sobre Madrid. En realidad la misión llevaba intenciones políticas y no pasaría de Vicálvaro. El infante perdía la mejor y, a la postre, la única opción que tendría de hacerse con la capital.



Otras efemérides de este día que deberías conocer:
1366  Enrique de Trastámara se proclama rey de Castilla en Calahorra. El 5 de abril es coronado en Burgos y el 1 de mayo entra victorioso en Toledo.
1846  Narváez es elegido presidente del Gobierno.
1851  Concordato entre el Estado liberal y la Santa Sede.
1930  Fallece en Francia Miguel Primo de Rivera.
1978  Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana italiana, es secuestrado por las Brigadas Rojas. Sería asesinado el 8 de mayo.

viernes, 17 de abril de 2009

LA LEGIÓN BRITÁNICA EN LA PRIMERA GUERRA CARLISTA



Publicado en Historia y Vida, nº 55, octubre de 1972.

Julio-César Santoyo

El 28 de marzo de 1836, un panadero y su ayudante fueron ajusticiados en la Plaza Vieja de Vitoria. Se les había declarado culpables de espionaje a favor de los carlistas, de prestar ayuda a los desertores y de haber envenenado con temulina, ácido oxálico y albayalde el pan que elaboraban para la Legión Británica. Esta última era la acusación más grave. Tras ella había tres mil quinientos soldados ingleses enfermos y mil quinientos muertos. Rutherford Alcock, inspector de los hospitales británicos en Vitoria, pudo asegurar que aquellos meses habían sido «uno de los peores períodos de la historia médica de cualquier ejército». Pero las desgracias de la Legión no terminaron con esta ejecución. Si toda su breve historia no estuviera confirmada por los relatos de numerosos soldados y por las crónicas contemporáneas de varios diarios («The Times» entre ellos), es seguro que en muchos momentos más parecería una relación fantástica que real. Las líneas siguientes son el breve resumen de un capítulo muy poco conocido de la primera guerra carlista.
A la muerte de Fernando VII, en septiembre de 1833, la nación se escindió en dos bandos: los partidarios de Isabel II, durante cuya minoría fue regente su madre María Cristina (de aquí el nombre de cristinos), y los partidarios de don Carlos, hermano del rey difunto y presunto heredero al trono hasta el momento en que Fernando VII derogó la Ley Sálica. Una guerra civil de siete años dividió a España en dos frentes irreconciliables, entre los que no hubo con frecuencia cuartel.
En las Provincias Vascongadas la guerra comenzó con claro dominio carlista. Zumalacárregui batía una y otra vez a todos los generales que el gobierno central enviaba contra él, hasta el punto de que la causa Cristina parecía definitivamente perdida en el País Vasco.
Sin embargo, ocurrieron dos hechos casi simultáneos que cambiaron el curso de la contienda: la muerte del estratega guipuzcoano en Cestona (junio de 1835) y la intervención de tropas francesas, portuguesas y británicas a favor de la Regente.
Miguel Ricardo de Alosa, embajador de España en Londres, gestionó la ayuda inglesa. A pesar de las dudas y negativas iniciales, el 10 de junio de 1835 el Gobierno británico anunciaba la creación de una Legión de 10.000 voluntarios a las órdenes del teniente coronel George de Lacy Evans. Apresuradamente comenzaron a formarse las primeras compañías. El período de servicio era de un bienio (exceptuados los regimientos sexto y octavo de Escoceses, que se alistaron por un año). Les prometieron buenas pagas, comida y uniformes ingleses, así como una gratificación final a su regreso a Gran Bretaña. Se abrieron oficinas de reclutamiento en Londres, Liverpool, Dublín, Glasgow y varias ciudades más. No se precisaba experiencia militar. El resultado fue que acudieron muchos de los parados, maleantes y vagos de las principales ciudades del Reino Unido, que veían la posibilidad de solucionar —al menos temporalmente—sus problemas de dinero y comida. Se permitió incluso que los irlandeses vinieran acompañados de sus esposas e hijos: más de doscientos cincuenta niños y quinientas mujeres siguieron a las tropas durante toda la campaña. Wellington definió aquellas tropas como «la hez de la tierra»; y el Annual Register de 1835 no es menos explícito: «Todos los destacamentos están formados con los haraganes de Londres, Manchester y Glasgows.
En julio comenzaron los primeros embarques hacia la Península, con Santander y San Sebastián como puertos de destino. Con los soldados venían gran cantidad de municiones, armas y animales de carga que el Gobierno inglés vendía al español. Londres envió además una flotilla, al mando de lord Hay, para que actuase en aguas del Cantábrico.
La primera ocupación de los oficiales fue la de instruir a aquellos bisoños e improvisados soldados en el manejo de las armas y en la disciplina militar. Fue una tarea que llevó meses. En agosto, cuando aún se hallaban en período de instrucción, los regimientos acantonados en la capital guipuzcoana tuvieron en Hernani el primer encuentro con los carlistas. Fue un mal presagio: Evans encontró en el enemigo una resistencia tan fuerte que se vio obligado a retirarse presuroso tras las murallas de San Sebastián.


La ciudad de la muerte.
A finales de octubre el alto mando cristino decidió concentrar todos los efectivos británicos en la capital de Alava, centro de la línea de bloqueo que el general Córdova, comandante en jefe del ejército del Norte, había establecido en torno a las Vascongadas. La Legión fue trasladada por mar hacia Bilbao. Desde allí intentaron primeramente pasar a Vitoria a través del valle de Durango, pero cinco mil británicos estuvieron a punto de caer prisioneros de los carlistas. Por fin, guiados por Espartero, dieron un amplio rodeo que evitaba la zona montañosa ocupada por el enemigo y, pasando por Castro-Urdiales, Limpias, Medina de Pomar, Pancorbo y Miranda llegaron el 3 de diciembre a Vitoria.
En lo alto de la puerta de la muralla una inscripción les daba la bienvenida: «A la nobleza de los ingleses que luchan por la libertad de las naciones». El recibimiento, sin embargo, no fue tan entusiasta como habían esperado. «Los habitantes de Vitoria son más carlistas que partidarios de la reina», comentaba aquel mismo día un oficial inglés en su diario.
Los oficiales pasaron a residir en casas particulares, pero a los soldados se los alojó en varios conventos húmedos y sombríos, donde incluso carecieron de camas para dormir. Un poco de paja fue la única comodidad que muchos conocieron aquel invierno.
Los dos regimientos de irlandeses fueron destinados al cercano pueblo de Arriaga, y allí los siguió «el regimiento supernumerario de mujeres».
Al día siguiente comenzó de nuevo con intensidad la instrucción de los voluntarios, que poco a poco se iban transformando en una fuerza aceptable; a mediados de diciembre se hablaba ya de un próximo enfrentamiento con los carlistas que ocupaban Arlabán, la sierra que separa Álava de Guipúzcoa.
Fue aquel el momento en que los ingleses empezaron a verse acosados por una epidemia que ocasionaba cada semana trescientas bajas y que llegó a contar hasta diecisiete muertos diarios. Las causas podían ser múltiples, aunque entre ellas ocupaba un lugar destacado la alimentación, siempre mala y escasa. El pan, yen especial, recibe las diatribas de todos los cronistas:
«El pan era negro, medio cocido, gelatinoso y maleable como liga de cazar pájaros. El pan, que se hacia de cereales rancios, ,era tan fofo y pastoso que si lo hubiéramos lanzado contra la pared, se habría quedado pegado».
Otro de los motivos que pudieron ayudar al desarrollo de la enfermedad fue el frío extraordinario que aquel invierno reinó en la llanada alavesa, y que hizo que trescientos ingleses vieran sus pies amputados por gangrena y congelación. Pronto quedó rebasada la capacidad del hospital civil de Santiago y hubo que ir asignando edificios que sirvieran de hospitales a la Legión. Las cifras de enfermos aumentaron alarmantemente en enero de 1836. El mayor Richardson comentaba el 8 de este mes:
«Puede decirse en verdad que Vitoria es en este momento la ciudad de la muerte. Hace ya varias jornadas que venimos enterrando seis y ocho soldados diarios».
Proclama del teniente general inglés De Lacy Evans pidiendo a los alaveses se enrolen en el Batallón de Guías por él mandado. Se promete, a cambio, cinco reales diarios de soldada, ración de pan, vino y carne y «el competente vestuario» para cada individuo.
Por su parte, una relación anónima publicada en Scarborough trazaba las lineas siguientes:
«Los hospitales pronto se vieron repletos de enfermos ingleses y las escenas que ocurrieron en la ciudad fueron de lo más horrible. acercándose a las descripciones que conservamos de la plaga de Londres. De la mañana a la noche .se reían carretas tiradas por bueyes y cargadas de cadáveres, que eran así transportados donde se los arrojaba desnudos, unos sobre otros. sin ningún tipo de ceremonia».
Comenzaron a enterrarlos en el cementerio de la ciudad. Pero el Ayuntamiento decidió a los pocos días que, si aquel ritmo de muertes continuaba, pronto iba a quedar todo el campo santo ocupado,: mandó en consecuencia, que en adelante los sepultasen en las mismas huertas de los conventos que ocupaban.
Las autoridades sanitarias aseguraron que la causa de aquella mortandad era el tifus: pero hubo muchos que presintieron algo más que tifus y acertaron en su presentimiento.
Un oficial que pasó un mes en cama anotó durante su convalecencia:
«La fiebre tifoidea continúa haciendo estragos en Vitoria con creciente violencia. Hemos perdido desde Navidad más de setecientos hombres y cuarenta oficiales, aparte de los que han caído en otros lugares. Se ha dejado de contemplar a la muerte como visitante extraordinario, y la pregunta más frecuente entre los oficiales es ¿quién ha muerto hoy? refiriéndose a ellos mismos. Yo atribuyo mi enfermedad a haberme mezclado mucho con los convalecientes. El oficial que me sucedió en el' puesto murió pocos dial después, aunque le dejé en perfecto estado de salud. Otros dos capitanes que, lo mismo que yo, habían convivido bastante con los convalecientes, han muerto también. Y en cuanto a los soldados, la mortandad es realmente grande. Casi ha muerto la mitad de mi compañía. En el segundo regimiento, a los oficiales y soldados se los entierra sin honores militares de ninguna clase. Hay que señalar que ya han caldo doce oficiales médicos víctimas de esta cruel enfermedad».
Los ingleses tenían mientras tanto que luchar no sólo contra el frío y la epidemia, sino contra los mismos habitantes de la ciudad, sea cual fuere su clase social: las autoridades les negaban mejores alojamientos, mantas y medicinas: los sacerdotes y personas devotas evitaban su trato, por protestantes y herejes: los vecinos que tenían un oficial alojado, lo ponian en la calle en cuanto caía enfermo con la sola disculpa de que el mal era contagioso: los mismos enfermeros y practicantes del hospital les robaban lo poco que poseían: los pueblos vecinos se negaban a traer leña, asegurando que estaban tan esquilmados por la guerra que no tenían de dónde sacarla. No parecía, en definitiva, sino que Vitoria fuese una quinta columna de las tropas carlistas.



La batalla de Arlabán
La primera acción importante en que participaron los ingleses tuvo lugar seis meses después de su desembarco, a mediados de enero de 1835. Córdova reunió en Vitoria una fuerza e 25.000 hombres (compuesta de soldados regulares, chapelagorris, legionarios franceses llegados de Argelia y legionarios británicos) y la dividió en un triple frente de ataque: Espartero avanzaría por la izquierda, la Legión Británica por la derecha y el propio Córdova por el centro. En un momento dado las tres columnas realizarían un empuje coordinado e intentarían abrirse paso a través de la sierra de Arlabán hasta Oñate, donde residía la corte de Don Carlos. La realidad, no obstante, quedó muy lejos de los proyectos iniciales, y las tres columnas permanecieron separadas a lo largo de la batalla, sin llegar a arrebatar ninguna posición a los carlistas. La gran cantidad de nieve acumulada en las montañas (en algunos momentos parecían próximas a desaparecer columnas enteras) y la densa niebla que cubrió las zonas de combate redujeron los planes del estado mayor a mera especulación.
La columna inglesa partió de Vitoria en dirección a Salvatierra, y el día 16 de enero ocurrieron las primeras escaramuzas con los carlistas, que se retiraban sin presentar batalla. Preferían la táctica de guerrillas, y dejaban casi sin resistencia los pueblos a los que se acercaba la Legión. Al oeste y en el centro, las columnas de Espartero y Córdova cruzaron también aquel día los primeros disparos con los carlistas.
El día siguiente transcurrió sin incidentes para las tropas británicas y sin que Evans recibiese instrucciones del comandante en jefe. La niebla impedía todo movimiento. El Boletín de Alava anotaba aquellos días que reinaba una niebla tan fuerte y espesa que no hay memoria de haberse visto igual en el país. Los soldados tuvieron que pasar al raso aquellas noches extremadamente gélidas de enero. Dormían apelotonados unos contra otros en torno a las débiles hogueras de madera húmeda. Muchos enfermos tenían que ser trasladados a los hospitales de Vitoria. adonde llegaban medio muertos de frío. «Gran parte de nuestros soldados —escribió Córdova, años después— estaban sin capote. y batallones enteros con pantalón de verano; con los muchos heridos bajaban centenares de enfermos, sin que tuviésemos dónde colocarlos. ni medios de conducirlos, ni con qué asistirlos y curar las heridas. El hambre, la sed y el frío tenían a la gente rendida».
Los centenares de enfermos a los que Córdova hace referencia pertenecían en su mayor parte a la Legión Británica, que diariamente envió a Vitoria carros y carretas llenos de atacados por el tifus y la disentería.
Al atardecer del día 18, el general inglés no pudo contener su impaciencia y partió con un escuadrón de lanceros en busca de Córdova. Cuando le encontró ya de noche éste le informó que se estaba retirando hacia Vitoria y que las fuerzas inglesas debían hacer lo mismo. Evans regresó al instante a su cuartel general. Existía la posibilidad de que los carlistas se volvieran contra los ingleses ahora que Córdova y Espartero retrocedían y dejaban de hostigarlos. A las doce de la noche Evans dio la orden de retirada. La evacuación se hizo rápida y sigilosamente, dejando hogueras en los campamentos abandonados para engañar al enemigo. Así terminó la inútil batalla de Arlabán.



«Mala la hubisteis, ingleses...»
La nota dominante de aquellos meses siguió siendo la epidemia que diezmaba las filas de la Legión.
«El número de muertes aumentó hasta tal punto que se abolió todo intento de ceremonia fúnebre. Los hospitales estaban repletos de enfermos y moribundos, y las calles resonaban desde el alba hasta el atardecer con los sonidos melancólicos de las trompetas y tambores que tocaban la marcha fúnebre. Esta fue la única música que se escuchó en Vitoria a lo largo de aquellos cinco meses. Los hombres morían a cientos, los oficiales caían como las hojas de los árboles y toda la Legión parecía estar a punto de acabar hecha añicos.
Los regimientos segundo y quinto fueron totalmente deshechos por la epidemia. El segundo sólo pudo presentar antes de su disolución 150 soldados útiles.
Las casas viejas que se habían acondicionado como hospitales, rebosaban enfermos. No había médicos suficientes, ni medicinas, ni enfermeros, ni espacio, ni fuego siquiera con que calentarse. La caótica situación sanitaria de aquel invierno queda bien reflejada en estos párrafos publicados un año después en Searborough por un voluntario de la Legión:
«Los hospitales estaban abarrotados de enfermos ingleses en el estado más deplorable. Aun a aquellos que yacían dominados por la fiebre más alta se des obligaba con frecuencia a permanecer sobre las tablas desnudas del suelo, sin sábanas ni mantas con que cubrirse, descuidados una y otra vez por los ayudantes médicos, tratados siempre de mala manera, despojados de las dietas por una cuadrilla de individuos rastreros que actuaban como practicantes, y robados de cada pieza de ropa y de la más pequeña cantidad de dinero. Cuando se restablecían, tenían a menudo que quedarse en el mismo hospital, por no tener ropa decente que ponerse, o se les despedía medio desnudos y se les obligaba a afrontar todas las dificultades de la vida de soldado en su estado de debilidad, sin una alimentación adecuada y sin un lecho caliente. Además de este abandono, los hospitales estaban mal provistos de medicinas y vendajes, y muchos murieron por falta de remedios adecuados o proporcionados a tiempo. A causa de la alarmante mortandad que aumentaba por todos los lados, en cuanto se evacuaba el depósito de cadáveres, inmediatamente era ocupado de nuevo por los restos espantosos y esqueléticos de más soldados ingleses muertos. Los hombres solían comer, dormir, beber y prepararse la comida indiferentes a los cadáveres de sus compañeros que les rodeaban en aquellos míseros alojamientos».
¿Cuántos ingleses murieron aquel invierno en Vitoria? Los cronistas hablan de mil quinientos, dos mil y hasta de cuatro mil. Según el doctor Alcock, los enfermos ingleses recibidos en los hospitales vitorianos fueron exactamente 4.706, de los cuales 3.100 recibieron posteriormente el alta.
Mientras tanto, el número de deserciones aumentaba proporcionalmente al de enfermos y muertos, y los carlistas llegaron a formar varías compañías con los huidos británicos. Y es que muchos soldados intentaban escapar como fuera de aquel infierno de enfermedad, hambre, frío, muerte y miseria en la que se había convertido Vitoria. Las deserciones privaron a la Legión de tantos hombres como el mismo tifus.



José de Elósegui
Las dudas sobre la verdadera naturaleza de la epidemia crecian de día a día. ¿Cómo es que no fuimos atacados por ningún mal los cinco primeros meses de nuestra estancia en España, ni durante la marcha de Bilbao a Vitoria?», preguntaba el teniente Thompson. Las dudas iban a tener una respuesta cumplida e inesperada. El hilo que desenmarañó la trampa fue un sargento llamado Richardson. Había desertado, como otros muchos ingleses, y escribió desde el campamento carlista a un sobrino suyo llamado Nangles, que por entonces estaba enfermo en el hospital. Ponderaba en la carta el buen trato que recibía, la regularidad de las soldadas y la buena comida de que disfrutaban. Terminaba pidiéndole que imitase su ejemplo, para lo cual hallaría toda clase de facilidades en un panadero vitoriano, cuyo nombre era José de Elósegui.
Nangles enseñó la carta a sus superiores y se fijó un plan de acción para detener con toda clase de pruebas a los que ayudaban a los desertores. Nangles acudió al dia siguiente a Elósegui, asegurando que él y varios compañeros querían pasarse al enemigo. Para eliminar toda duda, enseñó la carta del sargento Richardson. Elósegui accedió y fijaron el día de la fuga. Al anochecer de la fecha concertada, Nangles y sus compañeros se presentaron en casa del panadero, donde ya les esperaba uno de sus ayudantes, encargado de guiarlos hasta los carlistas. Les repartió capas y sombreros para darles aspecto de campesinos, que eran los únicos que a aquella hora podían abandonar la ciudad. Por fin se encaminaron todos hasta una de las salidas, como si se tratase de uno cualquiera de los grupos que partían a diario en busca de forraje. No habían aún cruzado la muralla, cuando los soldados de guardia detuvieron y pusieron a buen recaudo al guía, mientras Nangles y sus hombres regresaban a detener a Elósegui. La misma noche se efectuó un registro oficial en el domicilio de éste último y se encontraron varias substancias venenosas.
Tres días más tarde ambos fueron juzgados y condenados al garrote vil por haber ayudado a los desertores y envenenar el alimento de las tropas británicas. Elósegui admitió los cargos y se entregó a la misericordia del tribunal civil que le juzgaba. El 28 de marzo, una semana después de haber sido arrestados, se les ejecutó en la plaza Vieja, llena hasta rebosar de público, saldados españoles y voluntarios de la Legión.
Con la ejecución de Elósegui y su ayudante, las muertes por enfermedad se redujeron a un número mínimo, aunque los convalecientes siguieron aún largo tiempo en los hospitales de la ciudad.



Los carlistas se repliegan.
Disgustado Evans por la inactividad que sus tropas venían observando, insistió ante Córdova para obtener el traslado a la costa, donde tendrían más ocasiones de combatir, actuando en conjunción con los navíos de lord Hay, que operaban entre Santander y San Sebastián. Córdova parecía reacio, pero la inactividad de las operaciones en Álava era manifiesta. Permitió, pues, el traslado.
La Legión partió de Vitoria a primeros de abril, entre la alegría general de los soldados, que sólo habían encontrado en ella muertes Y sufrimiento. A finales de mes llegaron a Santander, y desde allí se trasladaron por mar a San Sebastián. Era la única forma segura de alcanzar este puerto, ya que el resto del País Vasco estaba ocupado por el enemigo. Su urgente traslado respondía a una petición del comandante de la plaza para que se le enviaran refuerzos con que librarse del asedio que sufría.
El 5 de mayo se entabló un combate en las inmediaciones de la ciudad. Mientras los navíos de lord Hay disparaban sus baterías sobre las fortificaciones carlistas, la Legión atacó a la bayoneta y logró desalojarlos de sus posiciones. Los carlistas tuvieron que retroceder hasta Oriamendi.
Aunque esta combate levantó un tanto los ánimos desmoralizados de los británicos, Evans lo estimó demasiado caro: había tenido quinientas noventa y siete bajas, con más de cien muertos. Mientras tanto, el problema del dinero se agudizaba de día en día. El Gobierno español daba largas y se negaba a pagar a los legionarios, a muchos de los cuales debía siete y ocho meses de paga. Los regimientos escoceses se amotinaron. Querían regresar a Gran Bretaña y llevarse consigo todo lo que pudieran, incluso los fusiles, a cuenta del dinero atrasado. El desánimo aumentó cuándo el 11 de junio Evans atacó Fuenterrabia: «Al primer choque los soldados rehuyeron el combate y se batieron en retirada; fue un auténtico desastre para la fuerza inglesa; numerosos legionarios se pasaron al enemigos.
Fue la última operación de 1836. El resto del año y los primeros meses del siguiente transcurrieron en una completa inactividad, sólo interrumpida por los desórdenes internos, que se sucedían sin cesar. Cuando los regimientos sexto y octavo de Escoceses terminaron en julio su año de servicio, se negaron a continuar en la Legión, pero al no disponerse de barcos para su traslado, se les obligó a permanecer en ella. Ambos regimientos se amotinaron. Los soldados del sexto fueron encerrados en el castillo de San Sebastián, hasta que poco a poco se les calmaron los ánimos y aceptaron la situación. Los que formaban el octavo, más refractaríos a las medidas disciplinarias, fueron un constante problema para Evans, que por fin se libró de ellos enviándolos a Santander. «En San Sebastián se los embarcó literalmente a punta de bayonetas, comenta Somerville. Su conducta allí fue nefasta, ya que estaban borrachos de la noche a la mañana. Las autoridades montañesas optaron por devolverlos inmediatamente a Guipúzcoa, donde muchos fueron condenados a trabajos forzados hasta el fin de la campaña.
En diciembre nevó copiosamente sobre San Sebastián, y las Navidades transcurrieron con más de un metro de nieve. La inactividad era la nota dominante en los diversos frentes.



La derrota de Oriamendi  El alto mando cristino había planeado durante el invierno una importante ofensiva basada en el ataque simuitáneo de tres columnas procedentes de Bilbao, Pamplona y San Sebastián, que se unirían con posterioridad en un solo frente. Espartero, Sarsfield y Evans eran los responsables de la operación.

 La ofensiva comenzó el 10 de marzo de 1837. Pronto surgieron dificultades: Sarsfield, cortado su avance por una fuerte tormenta, tuvo que regresar a la capital navarra. El Infante don Sebastián, comandante en jefe del ejército carlista, decidió entonces atacar a Evans y a Espartero por separado, antes de que uniesen sus fuerzas. Evans fue el primer objetivo.
El día 15 los británicos y algunos batallones cristinos se enfrentaron en Oriamendi con las fuerzas carlistas que ocupaban las inmediaciones de San Sebastián. Jáuregui, que mandaba el flanco derecho de Evans, tomó, al frente de tres regimientos, la posición de Oriamendi. Pero las esperanzas de una victoria no iban a ser duraderas: a la mañana siguiente llegaron a la zona de combate las tropas del Infante don Sebastián y la lucha se recrudeció.
El general carlista Villarreal conquistó a la bayoneta las posiciones perdidas el día anterior, y su empuje fue tan fuerte que varias compañías inglesas iniciaron una retirada desordenada. El movimiento se contagió rápidamente a todas los batallones británicos y a los pocos minutos la desbandada era general. Los carlistas los persiguieron de cerca, ensartando con las bayonetas a cuantos legionarios se ponían a su alcance. «Dejaban a un lado a los españoles para correr tras los ingleses, a los que mataban sin compasión; muchos carlistas ostentaban luego las casacas coloradas de los que habían sacrificados.
La Legión perdió aquel día varios centenares de hombres, casi todos muertos, muy pocos prisioneros. Fue la mayor derrota que conoció en su breve historia. En el campo de batalla, además, gran cantidad de armas, bagajes y equipo. Alcalá Galiano anota que «fue tan completa la derrota de las armas de la reina en aquella trágica jornada, que estuvo a punto de caer en manos del enemigo o de ser pasada a cuchillo la división entera».
La ofensiva conjunta había terminado. Espartero, al tener noticias de la derrota, se refugió tras las posiciones fortificadas de Bilbao.
Evans, confundido y humillado, ignoraba si la culpa era suya o de sus soldados. Pocos días después de la batalla escribió a Espartero ofreciéndole la dimisión: el tono de la carta parece acentuar el reproche sobre el comportamiento de las tropas: «No siendo una clase de hombres escogidos, debo confesar a usted francamente que no espero de ellos mucho bueno en adelante». Pero en esto se equivocaba. En los pocos meses que restaban para su licenciamiento, la Legión iba a cumplir unos pocos hechos importantes que aún debían salvarla ante la Historia.



La última oportunidad
Los cristinos volvieron a intentar en mayo una ofensiva en torno a San Sebastián. Habían marchado a Aragón abundantes tropas carlistas en la llamada «expedición regla», por lo que algunas guarniciones enemigas eran débiles. Era preciso sacar ventaja de esta circunstancia y apoderarse de las principales poblaciones que rodeaban la capital guipuzcoana.
El día 14 tomaron Hernani. El 16 cayó Oyarzun, que se entregó sin resistencia, ya que los carlistas la habían evacuado la víspera. Aquella misma tarde. Evans ponía sitio a Irún, únicamente defendida por ochocientos hombres, la mitad de los cuales eran campesinos. Envió parlamentarios a la ciudad para comunicar que permitiría la evacuación de mujeres y niños antes de que el ataque comenzase. Cuando éstos salieron, toda la artillería británica concentró sus fuegos sobre la plaza, a la que mantuvo aquella noche bajo un continuo bombardeo. A las diez de la mañana, y ante la negativa de las autoridades irunesas a rendirse, Evans dio la orden de asalto. «En contra de lo que se esperaba y a pesar de estar pobremente fortificada, la ciudad resistió hasta mediodía. (The Times, 23 de mayo).
Tras la capitulación, los ingleses se lanzaron al saqueo y la rapiña. Tal vez nunca haya contemplado Irún escenas como aquellas. Alcalá Galiano los acusa de haber cometido «hechos de bárbara crueldad, al tiempo que Alexander Somerville, soldado entonces en la Legión, habla de «incidentes horribles y desagradables». Saquearon varías iglesias e innumerables casas particulares. Si hallaban algún carlista oculto, lo pasaban inmediatamente por las armas, muchas veces disparando a bocajarro o ensartándolo en la bayoneta. Así perecieron muchos civiles inocentes. Pero los ingleses, conscientes de que aquella era su última oportunidad, querían tomar cumplida venganza de la derrota de Oriamendi.



El licenciamiento. Escenas grotescas en San Sebastián.Al día siguiente, 18 de mayo, la Legión atacó la inmediata localidad de Fuenterrabía, que capituló casi sin resistencia.
El 10 de junio de 1837 finalizó el contrato de servicio y los legionarios fueron licenciados. Para entonces quedaba ya menos de la mitad de los efectivos que habían salido de Inglaterra dos años antes. Las muertes por enfermedad, las deserciones y las bajas en el campo de batalla habían reducido la Legión a poco más de 4.500 hombres.
Los últimos días que pasaron en San Sebastián en espera de los barcos fueron una pesadilla para las autoridades donostiarras. Los ingleses habían cobrado parte de los atrasos que el Gobierno español les adeudaba y aunque alguno los guardó para Inglaterra, la mayoría lo gastó todo in situ. El cuadro que Somerville ofrece de estos días de espera es casi grotesco: soldados borrachos las veinticuatro horas de cada jornada, motines, bandas incontrolables que recorrían las calles cantando y alborotando. Hubo quien gastó parte de la paga en unas pistolas de lujo, o en un asno en que pasearse, o en un gorro de general. Muchos se compraron elegantes vestidos españoles y encargaron uniformes británicos de gala; hubo quien se sintió opulento y alquiló dos criados con librea. «Se vela a numerosos ex legionarios pavoneando sus elegantes uniformes nuevos».
Los barcos, sin embargo, tardaron en llegar casi un mes, y para entonces todos habían tenido que vender lo poco que antes habían comprado apresuradamente. A finales de junio eran muy pocos los que aún disponían de un penique.
El Gobierno español les ofreció entonces la oportunidad de continuar en una segunda Legión que se creó a las órdenes del coronel O'Connell; 1.390 aceptaron la oferta (divididos en 250 lanceros, 200 artilleros, 810 de artillería y 130 zapadores, enfermeros y médicos); el resto regresó a Inglaterra tan pronto como pudo.
Cuando finalmente llegaron los barcos, se trataba de navíos de carga, sucios yu malolientes, en los que subían más soldados de lo que era aconsejable. El único orden del embarque era el de preferencia, y los soldados tenían que pasarse tres y cuatro días en los muelles al sol o bajo la lluvia si no querían perder el sitio.



Un final lamentable: náufragos, salteadores o maleantes
Por fin zarparon. «Entre dos y tres mil hombres embarcaron para Gran Bretaña en diferentes barcos; casi todos iban medio desnudos Y sin un solo penique en sus bolsillos». Dos de los barcos naufragaron, uno en la costa bretona, otro en la inglesa, y casi todos sus ocupantes perecieron. Muchos murieron de hambre poco después de haber desembarcado. A otros se les prohibió la entrada en sus propias ciudades; las autoridades de Greenock, por ejemplo, les negaron el permiso para bajar a tierra. Fueron rebotando de lugar en lugar por la geografía británica, hasta que sus últimos restos desaparecieron en los bajos fondos de las grandes poblaciones, de donde habían salido dos años antes.
Ni los particulares ni el Gobierno quisieron saber más de ellos. Cuando tres barcos cargados con estas tropas arribaron a las islas Scilly, los habitantes del archipiélago se encerraron en sus casas mientras los soldados robaban las granjas y huertos. (Parecían los más feroces forajidos que nunca se había visto). Algunos se dedicaron al bandidaje. El diario The Times reproduce el 29 de agosto de 1837 la siguiente noticia, publicada poco antes en el Blackburn Standard:
«Están infestando los caminos de esta ciudad y sus cercanías, donde actúan como los más desaprensivos bandoleros de otros tiempos, haciendo en extremo inseguras las carreteras para aquellos que tienen la costumbre ole viajar solos o desarmados»
Quince días antes el mismo periódico había ofrecido a sus lectores una crónica firmada por su corresponsal en el puerto de Portsmouth:
«La situación actual de Portsmouth y Portsea es extremadamente peligrosa, tanto para la propiedad como para la salud de los habitantes de estas dos poblaciones, a consecuencia del gran número de ex legionarios irlandeses y escoceses en especial, que han sido desembarcados aquí y están infestando estos lugares. Hay unos 2.700 en el más deplorable estado de suciedad e indigencia. La policía los vigila día y noche. No se ha podido impedir que salieran de la zona de los muelles y ahora hay cientos de ellos tumbados en las calles. A cada momento surgen peleas por su causa, en las que en seguida brillan las navajas. Los habitantes de estas dos ciudades van a enviar una protesta al Ministerio del Interior, pidiendo que se les libre de individuos tan intolerablemente molestos. Quince de ellos ya han sido encarcelados por robo»
Meses después de que los primeros legionarios hubiesen llegado a los puertos británicos, todavía se ocupaban de ellos las columnas de los periódicos, y no precisamente con buenas noticias. En vísperas de la Navidad de 1837 aún reproducía The Times con cierta frecuencia noticias similares a ésta:
«Uno de esos seres desgraciados, restos de la Legión Británica, que llevan ya bastante tiempo infestando las calles de Londres con sus harapos y su pobreza fue encontrado el viernes pasado en Sandwell, caído en el suelo y medio muerto de hambre. La gente se había congregado a su alrededor; en vano pedía el pobre hombre una limosna, con voz imperceptible; maldecía desesperado a los oficiales y soldados todos de la infortunada Legión. Y éste no es el único ejemplo de los que a diario pueden citarse».
Asi terminó la breve existencia de la Legión Auxiliar, que ni siquiera mereció el recuerdo de las generaciones posteriores. Los historiadores ingleses han olvidado por completo su memoria, hasta el punto de que hoy resulta difícil encontrar en ellos la más mínima alusión a aquella presencia británica en la primera guerra carlista.
J-C S.