Mostrando entradas con la etiqueta José Miguel Gambra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José Miguel Gambra. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de febrero de 2012

Movimiento Imperial Ruso


El Profesor José Miguel Gambra, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, recibió el pasado jueves 16 de febrero al periodista Dimitri Sawin, representante del Movimiento Imperial Ruso.

El señor Sawin expuso al profesor Gambra el ideario y actividades de su movimiento, así como su constante lucha contrarrevolucionaria y la persecución que por este motivo padecen sus miembros.

Durante la reunión, que tuvo lugar en un ambiente agradable y una atmósfera de entendimiento mutuo, se discutieron aspectos prácticos e ideológicos de ambas instituciones, así como la situación política en España y Rusia. 

Dimitri Sawin habló sobre los principios ideológicos del Movimiento Imperial Ruso, la posición de los rusos en la Rusia moderna, el papel destructivo de Putin, y su régimen genocida, y el papel de los monárquicos rusos en la resistencia rusa moderna.

Por su parte, el profesor Gambra describió brevemente los principios fundamentales del movimiento carlista, con especial énfasis en las diferencias fundamentales entre la ideología de los tradicionalistas españoles frente a Franco y los nazis. El profesor Gambra, asistido por Eduardo Corchero, explicó al visitante el ideario carlista y la historia y actividades presentes de la Causa, entregándole diversos materiales al respecto. Se habló de la ya vieja colaboración de los monárquicos rusos con el Carlismo, ya desde la Primera Guerra en 1833, pasando por la condición de oficial de la Guardia Imperial Rusa del Rey Don Jaime III (1909-1931) y la participación de rusos blancos en la Cruzada española de 1936, casi todos en las filas del Requeté.

Después de las conversaciones, ambas partes señalaron la similitud de la plataforma ideológica del Movimiento Tradicionalista Imperial de Rusia y los tradicionalistas carlistas. También se acordó, en principio, a la posibilidad de la cooperación de los monárquicos rusos y españoles en los ámbitos político, cultural y educativo. Ambas partes expresaron el deseo de que esa cooperación se convierta en colaboración permanente y activa.

Agencia FARO

jueves, 31 de marzo de 2011

Las capillas de la UCM

El sacrílego asalto perpetrado contra la capilla de Somosaguas ha dado lugar a una circunspecta e insulsa condena por parte del Rectorado de la Universidad Complutense. Quizás con la pretensión de exculparse ante la Comunidad de Madrid, que ha solicitado la dimisión del Rector Berzosa, ese rectorado ha añadido que “no hay antecedentes de hechos similares a los ocurridos el pasado jueves". Estas palabras pueden dar la impresión de que las autoridades académicas de la UCM se han visto tan sorprendidas por el repugnante hecho como lo hubieran sido por una catástrofe natural.

Nada más falso. Desde hace mucho tiempo, la religión católica en general, y las capillas en particular, sufren un hostigamiento constante, sobre todo por parte de unas cuantas asociaciones supuestamente estudiantiles, que sufraga la Universidad. Sus ataques han sido tolerados, sin apenas reacción, por las autoridades académicas. Enormes carteles amenazantes o pequeños pasquines vejatorios permanecen, día tras día, en las paredes de las facultades y sólo son eliminados, tras largas deliberaciones y consultas, cuando algún profesor protesta por una blasfemia demasiado sangrante. Yo mismo me he visto en esas y he mandado a la Inspección de Servicios de la Universidad quejas por alguno de esos ataques, en los cuales incluso se habían producido forcejeos físicos, sin que esa entidad ni siquiera acusara recibo de las mismas.

Baste un ejemplo para hacerse una idea del ambiente: el mismo día, casi al mismo tiempo que se celebraba la misa “de reparación” en la capilla de Somosaguas (en la cual -dicho sea de paso- se concedía un perdón a los asaltantes no solicitado por los mismos), las asociaciones UHP y Luna Nueva entraban en la capilla de la Facultad de Historia, empapelaban el crucifijo y colocaban un inmenso cartel injuriante que tapaba toda la entrada. Ese mismo día -ignoro el orden de los acontecimientos- un grupo de personas debió quitar algún otro cartel contra las capillas y se produjo un altercado con los miembros de las citadas organizaciones que trataron de impedirlo. Sólo entonces, el Decanato, que hasta el momento no había movido ficha, firmó en una especie de bando donde se prometían expedientar a quienes ejercieran una violencia verbal o física, ajena al libre intercambio de ideas propio de la universidad. Podría pensarse que con ello se pretendía mantener el respeto hacia los católicos. Nada de tal: una serie de carteles ofensivos, donde se decía “capilla fuera”, “si no la cierran la cerramos”, “católicos fanáticos”, y otras lindezas de elevado nivel intelectual, siguieron ahí un día tras otro. Poco tiempo después, las asociaciones de marras convocaron una cacerolada contra la capilla, ante la cual el decanato permaneció impasible, como si se tratara de un acto estrictamente académico.

Que se sepa, las amenazas contenidas en el bando del Decanato no se han aplicado a ningún miembro de las sociedades estudiantiles de extrema izquierda, a pesar de que han estampado su firma en los carteles y en las convocatorias de tan vergonzosas algaradas. Y lo mismo cabe decir respecto del Rectorado, que no parece haber abierto expediente disciplinario alguno a los autores de lo de Somosaguas y les cede sus mejores locales en San Bernardo para que prosigan su campaña.

Inmensa es, pues, la responsabilidad de las autoridades académicas en el irrespirable ambiente que todo esto ha creado en la UCM. Desde luego, por omisión, pero probablemente por algo más. No se ha de olvidar que las asociaciones más virulentas en estos ataques a la verdadera religión residen en la Facultad de Políticas, feudo originario del actual Rector Berzosa; que él mismo es adalid del laicismo extremo, y que los actos de hostilidad han crecido exponencialmente desde que “rige” la universidad.

Entretanto, los jerarcas eclesiásticos andan desasosegados y no saben a quién acudir. Escudados en su turbio discurso sobre la libertad religiosa y sus esotéricas disquisiciones sobre la laicidad positiva, de la “Transición” a esta parte, han desautorizado sistemáticamente a todo grupo político que haya querido llamarse católico. Naturalmente, ahora resulta que no reciben sino apoyos individuales y esporádicos. A poco sentido común que les quede, deberían “repensar su actitud”, porque -no se olvide- las elecciones a Rector de la UCM vienen siendo una especie de barómetro para las generales, y es bien posible que este preludio, de la más rancia tradición anticlerical, se reproduzca, a lo grande, en breve plazo. Pero a lo mejor no lo hacen, porque quizás no se trate de una actitud, sino de una doctrina. De una doctrina que nada tiene que ver con la multisecular enseñanza del a Iglesia.

En todo caso, estos acontecimientos en que respetables instituciones permiten impunemente que se conculquen acuerdos formales y vigentes con otras instituciones todavía más respetables, no hacen sino poner de manifiesto que, a la postre, este sistema sólo se rige por la fuerza.

José Miguel Gambra|Religión en Libertad

viernes, 23 de abril de 2010

El patriotismo clásico en la actualidad

Los separatismos han puesto de moda el patriotismo, moda reciente y con altibajos a tenor de los vaivenes de las noticias sobre el secesionismo, moda que, en todo caso, contrasta netamente con una época anterior, en que los sentimientos patrióticos eran despreciados por unos y por otros. Ese resurgimiento ha dado lugar a fenómenos variopintos y sorprendentes. Entre quienes nada tienen que ver con el catolicismo tradicional han renacido patriotismos de toda especie, culturales y estéticos los unos, costumbristas o casticistas los otros; patriotismos constitucionales e, incluso, futbolísticos, que nada tienen que ver con la virtud ensalzada por los clásicos paganos y cristianos. Curiosamente, entre tradicionalistas y carlistas no faltan quienes han dejado de lado el amor a la patria, por la sencilla razón de que su objeto parece haber dejado de existir. A tal efecto, se han fijado algunos en la europeización y, más allá, en la globalización, que a su parecer ineluctablemente engullirán, si no lo han hecho ya, las naciones que parecen ser el objeto natural del patriotismo. Otros, en cambio, se fijan en la disolución del estado, que identifican con las nacionalidades, procedentes de lo que el tradicionalismo llama preferentemente la patria.

Este último hecho -el desmantelamiento del estado- ha sido menos destacado por los medios de comunicación y merece unas breves palabras. Sabido es cómo el pensamiento moderno, pretendiendo racionalizar la sociedad, acabó por destruir su constitución natural e histórica para reducirlo al binomio Estado-individuo, donde el estado acapara la totalidad del poder y el individuo está indiferenciado en cuanto a sus derechos. Supuestamente la totalidad de los entresijos de las relaciones sociales son determinadas por la legislación que, emanada de los órganos de gobierno de Estado, vale por igual para todos los ciudadanos. Pero, de hecho, ese simple esquema racionalista, en que todavía muchos creen, no funciona así de manera cada vez más patente. Los auténticos centros de decisión se han traslado paulatinamente a una serie de grupos, o sociedades, distintas de las que se reconocen en la constitución tradicional de la comunidad. Al estado no sólo se le escapan las entidades financieras, los bancos y las empresas multinacionales, que se extienden mucho más allá de sus fronteras y ante las cuales se ve impotente. También le han nacido quistes internos, menos poderosos pero numerosísimos, que, aun estando frecuentemente fuera de la ley positiva, ésta no se les aplica. Así, dentro de las naciones desarrolladas con estados poderosos, hay mafias, lobbies, guetos, sectas, sociedades secretas y tribus urbanas, que son frecuentemente la fuente real de las decisiones que afectan al conjunto del orden social. Todo lo que no está prohibido es obligatorio según la ley, pero la aplicación efectiva de esa ley omnicomprensiva se hace de manera selectiva, según la fuerza y las relaciones personales de los verdaderos núcleos de poder. Este hecho evidente fue denunciado, ya a principios de los setenta, entre otros, por Humberto Eco, que vio en él un retorno a la Edad Media en el mal sentido de la palabra, es decir, como un retorno al feudalismo y a las relaciones de vasallaje y dependencia personales, a cambio de protección y prebendas[1]. En buena medida, creo que habría que dar la razón a esta visión negativa de Eco, por cuanto los grupos que así se han formado no son los cuerpos intermedios naturales, cuya vitalidad ha sido agostada por la rigurosa legislación liberal, sino sociedades contrarias al orden cristiano, cuando no comunidades de delincuentes, sin más. Los centros de enseñanza, las corporaciones profesionales o las agrupaciones municipales, si no están absorbidos por los partidos o sus sindicatos, tienen tales cortapisas en la legislación, que apenas tienen posibilidad de influir en la vida social. En cambio las sociedades de especulación económica, los lobbies de invertidos, los guetos islámicos, las agrupaciones de delincuentes o los simples grupos de presión, formados, por ejemplo, en el seno del funcionariado universitario, constituyen poderes fácticos, contra los cuales el estado nada hace.

Sin embargo, algunos han saludado este estado de cosas con alborozo, viendo en él una manifestación de la inclinación humana a vivir en sociedades de creencias y costumbres comunes, que es contraria al individualismo liberal. Hoy ese hecho se ha convertido, en manos de la corriente, de origen americano, llamada comunitarismo, en una doctrina que concibe la sociedad como comunidad, no de individuos iguales dentro de un estado neutro, sino de comunidades respetuosas entre sí, lo cual, a fin de cuentas, viene a ser un intento de acomodar a las nuevas circunstancias el neutralismo doctrinal del liberalismo[2].

Este comunitarismo ha sido bien recibido a veces por algunos eclesiásticos progresistas, movidos por los mismos resortes de adecuación a los tiempos que les impulsaron a bendecir la democracia individualistas un tiempo atrás. Pero lo que nos interesa aquí es el hecho de que numerosos católicos tradicionalistas parecen haber abandonado el patriotismo, creyendo que su única obligación para con la sociedad, más allá de la familia, sólo consiste en la adhesión a la comunidad tradicionalista más cercana a sus inquietudes. En otras palabras lo que interesa es que entre los católicos tradicionales se está produciendo una tendencia práctica al comunitarismo, de manera a menudo inconsciente.

En resumen, fuera de las formas de patriotismo oficialmente admitidas -culturales, estéticos, costumbristas, constitucionales- hay otras actitudes entre los tradicionalistas que también tienen alguna desviación, como la que da por muerto el patriotismo, bien en aras de la globalización, bien en aras de las comunidades espontáneas. Si a esto añadimos el patriotismo cristalizado de, por ejemplo, los falangistas, nos hallamos ante un abanico de posibilidades, más o menos desviadas de la concepción tradicionalista del patriotismo y de la patria, que pueden producirnos cierta perplejidad, si no inducirnos a error y tentarnos con soluciones de moda. Tentaciones tanto más peligrosas cuando el separatismo y el europeismo nos azuza a “hacer algo” y los sentimientos patrióticos no saben hacia dónde apuntar. Por ello, con la pretensión de dar alguna luz en la incertidumbre que todos padecemos, en este mundo cada vez más babélico que nos ha tocado vivir, intentaré dilucidar, desde la perspectiva tradicional qué es el patriotismo y cuál es su vigencia. Pero, por paradójico que parezca, no voy a apoyarme tanto en los autores tradicionalistas, sino en el pensamiento clásico de occidente y principalmente en unas observaciones de Santo Tomás. El tradicionalismo y el carlismo no se reducen a glosar lo que han dicho sus autoridades reconocidas, sino que ellas mismas deben ser vistas y juzgadas desde la totalidad del saber acumulado, a lo largo de siglos, por la sabiduría cristiana. Lo cual tiene su importancia, en lo que a nuestro asunto atañe, porque, en ocasiones, los más conspicuos autores tradicionalistas se han dejado influir por terminologías, doctrinas y hechos de la historia reciente, que han emborronado la doctrina clásica.

El patriotismo es una virtud, es decir, un hábito de obrar bien. El hombre, cuya acción no está determinada por los instintos, obra voluntariamente, es decir, escoge entre las cosas que conoce racionalmente. Pero no tiene que dilucidar, cada vez, lo que debe hacer, conforme al orden del universo que conoce, sino que adquiere hábitos, al realizar repetidamente las acciones. Esos hábitos, cuando son buenos, se llaman virtudes y, cuando son malos, se denominan vicios. Y ¿cuándo son buenos o malos? Eso depende de si están ordenados al fin de la naturaleza humana o no, cosa que alcanza a saber el hombre por la contemplación de su propia esencia y del lugar que le corresponde en el conjunto de las cosas. Si la adhesión de la voluntad a un objeto que es conocido racionalmente, conduce al fin del hombre que es la beatitud, o la salvación, entonces la acción es buena y el correspondiente hábito una virtud. Si no, es mala y el hábito es un vicio.

La diversidad de las virtudes se establece según sea su objeto. Hay deberes para con nosotros mismos, para con los demás hombres y para con Dios. La virtud de la piedad tiene por objeto a aquéllos seres con los que tenemos una deuda que nunca podremos pagar. Uno de los rasgos que diferencia la piedad de la justicia es que la justicia exige el pago equitativo de lo que se debe, mientras que la piedad, sólo puede devolver lo debido de manera muy parcial, de modo que lo entregado nunca puede igualar a lo debido[3]. La piedad en un sentido supereminente se ha tener con Dios, al que todo debemos. Pero, de entre los seres creados, se tiene también piedad con nuestros padres, a los que debemos la vida, su conservación y la educación. Y esa misma virtud también se extiende a la sociedad de hombres en que hemos nacido y a la cual debemos el orden, la herencia cultural, las costumbres y los servicios, sin los cuales hubiera sido imposible nuestra vida, conservación y perfeccionamiento. Hay pues dos clases de piedad: la piedad filial y la piedad para con la patria, que es precisamente el patriotismo.

Esta virtud, aunque es próxima a la justicia y a la caridad, tiene la característica especial de no poderse practicar más que con unos hombres determinados. Dios ha querido que nazcamos de unos hombres concretos y no por generación espontánea, ni de esporas, como las setas; y ha querido que eso se haga dentro de una sociedad más amplia, gracias a la cual ha podido mantenerse la familia en que hemos nacido. Pues bien, sólo con esa sociedad y esos hombres, que son nuestros padres, podemos ejercer la virtud de la piedad, lo cual diferencia esta virtud de la caridad, que se ha de tener respecto de cualquier hombre, y de la justicia que se ha de practicar con cualquiera al que debamos algo. Podemos ser justos con cualquier hombre y también caritativos, pero sólo con los padres y la patria podemos tener la virtud natural de la piedad.

A la deuda que tenemos contraída con nuestros padres y la patria se corresponde con unas acciones que genéricamente suelen denominarse “culto”, término que hoy se ha restringido hoy a los actos que manifiestan la virtud de la religión y del amor a Dios, pero que debe entenderse en sentido más amplio, cuando se refiere a los progenitores y a la patria. Pues a estas cosas no se les debe el culto de adoración, o latría, que sólo es propio de Dios[4]. El culto a los padres consiste esencialmente en el respetarles, obedecerles, servirles y, accidentalmente, cuando las circunstancias lo exigen, en atender a sus necesidades, como puede suceder cuando enferman o carecen de medios de sustento[5]. Y lo mismo ocurre con la patria, a cuyos miembros y gobernantes legítimos debemos culto, esto es, servicio, respeto y obediencia y, si es necesario, debemos ofrecer una ayuda especial, por ejemplo, en caso de guerra. En otras palabras, para con la patria, aparte del respeto y reverencia que le debemos y de la contribución al bien común, que cada uno debe realizar desde el puesto que le corresponde, tenemos la obligación de socorrerla en las situaciones extraordinarias que se presentan cuando es hostigada por enemigos externos o internos.

El bien común no es lo que la comunidad, o la opinión más amplia de esa sociedad que es la patria, considera bueno, sino lo que sólo puede alcanzarse gracias a la sociedad y que es bueno, es decir, lo ordenado al fin propio del hombre que es la salvación. Santo Tomás dice explícitamente que la piedad filial no obliga a respetar el deseo de unos padres que quieran, por ejemplo, apartarnos de la religión, por ser ésta una virtud más elevada que la piedad, ya que tiene por objeto al mismo Dios[6]. Al contrario, debemos odiar (odire) a los padres que tal pretendan “en cuanto eso hacen” (es muy importante esta precisión, pues no nos exime de cumplir otros deberes respecto de ellos). No es virtuoso respetar el desorden que podamos hallar en los padres y lo mismo proporcionalmente sucede con la patria: no hemos de amar a los gobernantes que mandan lo contrario al orden querido por Dios, ni respetar, o rendir culto, a nuestros conciudadanos, en cuanto tengan deseos desordenados, sino que debemos odiarlos bajo ese aspecto. El patriotismo, como cualquier otra virtud, es una disposición de la voluntad a obrar el bien, lo cual presupone el conocimiento de lo que es bueno, o lo que es igual, de la ordenación de los actos hacia el fin supremo del hombre, el cual, en la situación actual del hombre redimido sólo está en el Dios tal como él se ha revelado.

Para terminar con esta somera descripción de la virtud patriótica, hay que destacar su importancia y su excelencia, declarada tanto por filósofos paganos como por los pensadores cristianos. Baste con pensar que el deber de amar a los padres, que analógicamente se extiende a la patria, constituye el primer mandamiento del decálogo que se refiere a los hombres, antes que la obligación de no matar y de no cometer actos impuros. Baste con traer a la mente que la piedad para con la patria es incluso superior a la que debemos a nuestros mismos padres, porque lo común es más excelente que lo particular.

En resumen: El patriotismo es una virtud cuyo objeto es la sociedad y el gobierno que nos ha permitido vivir y perfeccionarnos, cuyo fundamento se halla en la deuda de gratitud que sólo con esa sociedad tenemos y que nos obliga a darle culto, en el sentido señalado, y a procurar el bien propio de esa sociedad, es decir el bien común, que sólo es tal, si está encaminado al fin último del hombre, presente en la Revelación y custodiado por la Iglesia Católica. Esto último es lo más importante y lo que determina todo lo demás: el fin del hombre y del universo está en Dios, y las acciones voluntarias del hombre deben todas ellas dirigirse a alcanzar la salvación propia y de los demás. Entendido esto, se entiende todo lo precedente y se hace evidente el sinnúmero de errores que sobre el patriotismo se cometen en la actualidad. Veamos los más llamativos.

1) El sentimentalismo patriótico: El patriotismo no es, propiamente hablando, un sentimiento, sino una virtud. Verdad es que la palabra patriotismo es nueva y puede aplicarse a la emotividad que acompaña a la virtud de la piedad. Sobre los nombres no se debe disputar. Los sentimientos constituyen una clase de entidades mentales, que no tenía cabida en el pensamiento clásico. La noción de sentimiento aparece en el XVIII, y tiene en Pascal su antecedente, con la famosa frase, conforme a la cual tiene el corazón razones que la razón no entiende. Toma carta de naturaleza en el XVIII, gracias a Hume y a Rousseau, y se convierte en piedra angular de buena parte de la filosofía moderna, desde la teoría moral y religiosa de Kant, hasta la filosofía de los valores. Los sentimientos no son sino lo que la filosofía clásica llamaba las pasiones, o afectos del alma, que no son racionales de suyo, aunque pueden estar sometidos a la razón. Hay, por ejemplo una tendencia natural evidente a amar y defender a la patria y a los padres. Pero eso no es de suyo una virtud, si no está sometida al conocimiento racional del orden universo y encauzada al fin último del hombre. Como tampoco deja de ser virtuoso el que carece de tales sentimientos, por ejemplo, si ha estado alejado de su patria, pero, conocedor del orden natural y de los mandatos de la Iglesia, cumple con sus deberes patrióticos. El sentimentalismo filosófico ha dado a esas pasiones espontáneas una categoría que no les corresponde, al convertirlas en guía originaria de nuestra vida y en principio de toda moralidad. A mi entender, la razón última de este error radica en que esas pasiones parecen proceder directamente del yo, de la individualidad humana enclaustrada en su propia conciencia, y, al convertirlas en guía de la propia existencia, se traslada la fuente de la moralidad, desde el orden natural y la ley divina, hasta el hombre. Gracias a los sentimientos, así enaltecidos, se hace al hombre creador de su propio destino, conforme a las exigencias del humanismo moderno.

Que el sentimiento patriótico, igual que el filial, no es virtud de suyo y puede ser vicioso, se ve de manera clarísima cuando pensamos que los protestantes o los musulmanes, los liberales, los separatistas o los demócratas y defensores de la constitución pueden tener vivísimos sentimientos de amor a la patria, sin tener por ello la virtud del patriotismo. Precisamente porque el fin del patriotismo se halla en el bien común de la sociedad a la que pertenecemos y porque ese bien sólo es tal, si se encamina al fin último del hombre, resulta que el patriotismo de los herejes, los descreídos, los socialistas o los demócratas no tiene nada de virtud Porque persigue la perdición del hombre en cuanto pretende dirigir la patria hacia fines ajenos a la naturaleza humana y a la voluntad de Dios, como pueden ser la instauración de una democracia popular o de un régimen islámico[7]. Que el cristiano alabe, como es frecuente, tales patriotismos es como ser benevolente con el enamorado de la propia esposa o del joven que desea cohabitar con nuestra hija, atendiendo a la profundidad del amor que sienten. Una vez, vi en televisión un repugnante programa en que una señora sesentona, con atavíos rebuscadamente pueblerinos, presumía de los maravillosos hijos que tenía. La cámara, que en principio sólo presentaba su figura, se movió a continuación para enfocar a los hijos en cuestión, que resultaron ser dos homosexuales repintados. Para tener un amor de madre así, más vale no tener nada; y, lo mismo, para tener un patriotismo constitucional, mejor es ocuparse sólo de los propios asuntos.

Incluso los pensadores tradicionalistas se han dejado llevar, con excesiva frecuencia, de esta confusión entre sentimiento y virtud. No quiero citar a ninguno, pero a todo el mundo resulta familiar la idea de que el patriotismo es un sentimiento muy elevado y laudable. Creo que hubiera sido mejor hablar de virtud, aunque, sin duda, esos pensadores sólo se referían al sentimiento patriótico previamente encauzado por la virtud y no a cualquier sentimiento patriótico desordenado.

2) El patriotismo folklórico. Otra confusión frecuente acerca del patriotismo atañe a su objeto. Creen algunos que con respetar el nombre, la bandera y el escudo de España ya se es un buen patriota. Mucha bandera y poco trabajo. Creen otros que con ensalzar la cultura, la historia, las costumbres o el folklore ya son buenos patriotas. Mucha pedantería y poco contenido. Y no quiero por ello decir que todo eso no deba ser respetado, sino que no es lo esencial. El objeto directo de una virtud puede ser, como en este caso, los hombres y la sociedad formada por ellos, pero no los usos, la historia o los símbolos. Si hay que respetar y rendir culto a tales cosas es sólo secundariamente: bien por consideración hacia los hombres de la sociedad en que vivimos, y por reverencia a sus padres y antepasados; bien porque las costumbres y tradiciones facilitan la unidad necesaria para que la sociedad alcance sus fines; bien, en fin, porque sus símbolos representan a la sociedad misma. Todo ello es digno de respeto, pero sólo de manera delegada, o participada, y ese respeto está sometido al criterio de orden respecto del fin, exactamente igual que el que merece la sociedad misma. Es decir, que no debe respetarse toda la historia, ni todo símbolo, ni toda costumbre, porque sea de nuestra patria, sino sólo aquéllos que son buenos.

Hoy en día, quienes exaltan el patriotismo, desde posturas ajenas o contrarias al catolicismo, transfieren invariablemente su objeto, desde los hombres y la sociedad con la que tenemos contraída la deuda en que se funda el patriotismo, a sus epifenómenos culturales, simbólicos, artísticos o folklóricos. Así, Sánchez Dragó hizo gala de supuesta virtud patriótica cuando dijo: “conste que filosóficamente sigo siendo apátrida (…) pero no puedo permanecer indiferente ante la tentativa de desguazar todo lo que un país [como España] ha sido a lo largo de muchos siglos. Me indignaría también que eso se hiciera con la India, con Japón, con otras naciones”[8]. Y lo mismo le ocurre a Pérez Reverte, que, no por decir mucha hulería y palabrota, deja de defender un patriotismo estético y pedante, incoherente e interesado.

Lo malo es que esta tendencia ha hecho frecuente mella entre los escritores tradicionalistas, que a veces ponen objeto inmediato y directo de la virtud patriótica en las costumbres tradicionales, en la historia o en el suelo patrio. Cuando Santo Tomás habla de la virtud de la piedad para con la patria, no hace mención de nada de todo eso, tan escaso es el papel que le asignar. Sólo menciona la sociedad, sus hombres y el gobierno.

Veneremos enhorabuena todas esas cosas, que nuestra nación “nos lo pone fácil”, como hoy se dice. Porque liberales y socialistas, cuando quieren enorgullecerse de su patria, sólo puede recurrir a motivos tan fútiles como las victorias futbolísticas, de las que no menos podríamos presumir los católicos. Pero no las necesitamos, ya que podemos ufanarnos de las más gloriosas gestas que nación alguna ha hecho por el reinado de Cristo y de su Iglesia, mientras que los progresistas de todo pelaje no tienen gloria alguna a que acogerse en nuestra historia, como no sean las mil vilezas extranjerizantes o la caza de indefensos sacerdotes y monjas, que se han cometido en los últimos siglos. Pero hagámoslo con la conciencia de que todo ello es consecuente al amor debido a los hombres actuales de nuestra sociedad, y con la conciencia de que sólo son venerables la cultura, la costumbre y la tradición acordes con el fin del hombre y de la sociedad.

3) La substantivación de la patria. Una tercera manera de desencaminar el patriotismo nace de la manera en que se concibe la patria. No voy a hablar de la formación de las modernas nacionalidades y del estado, asunto sobre el cual ya hay demasiado, y demasiado bueno, escrito insignes pensadores tradicionalistas. El hecho es que la comunidad política por virtud de complejos avatares históricos ha venido a identificarse con lo que hoy en día se llaman naciones. Es decir, patria y nación (términos que se pueden separar o identificar como hace, aunque con distingos, el propio Mella) son, según eso, cosas como España, Francia o Inglaterra. Semejante nitidez y rigidez en la concepción del objeto de la piedad no se halla en Santo Tomás. Esa virtud se ejerce, según él, respecto de los padres, los consanguíneos, los compatriotas y el gobierno, enumeración que queda abierta a las diversas formas sucesivas de comunidades que culminan en los reinos, el imperio o la cristiandad.

La circunstancia transeúnte y accidental de la formación, durante los últimos siglos, de lo que llamamos naciones, que son formaciones políticas cuajadas, centralizadas y cerradas en sí mismas, ha influido de manera perniciosa en concepciones del patriotismo más o menos próximas al tradicionalismo. Me refiero concretamente al pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, que substancializa la patria, confieriéndole una esencia inmutable y una especie de existencia separada y eterna[9], que la convierte, a través del Estado, en principio y foco de toda la acción política y social. Si el patriotismo cultural, o folklórico, toma el rábano por las hojas, el patriotismo falangista pone la carreta delante de los bueyes. No hay más que consultar la Norma Programática de la Falange, cuyo primer punto llama “realidad suprema” a España[10], y donde, sólo en el punto penúltimo, se acuerda de la religión para conceder que “nuestro movimiento incorpora el sentido católico -de gloriosa tradición y predominante en España- a la reconstrucción nacional”[11]. Verdad es que hay otras posibles lecturas de José Antonio y que su postura se explica como reacción ante el peligro separatista. No menor peligro tiene construir doctrinas para resolver problemas concretos, sin adoptar la necesaria distancia y hacer la imprescindible abstracción. Más vale seguir el ejemplo de Vázquez de Mella, cuyo patriotismo no va a la zaga del de José Antonio, pero no pierde de vista el lugar que en el orden universal tienen la patria, que no es descrita como realidad suprema desde la cual se sigue el resto de los principios políticos, sino como realidad donde confluyen todos los elementos del trilema carlista[12].

La realidad de las modernas nacionalidades también parece haber influido sobre la identificación del Estado con la noción de sociedad perfecta, que tanto se ha empleado al hablar de los dos poderes en el s. XIX y XX. Ni el Estado ni la nación son las únicas, ni las últimas, sociedades a que apunta el deber patriótico, entendido fuera de las condiciones históricas de la modernidad, que les ha aplicado la noción de acabamiento o perfección. Esa idea de la sociedad perfecta, que incluye la de su unidad, y la de su independencia, debe entenderse a la luz del fin, no como un fin en sí misma. La idea de la perfección aplicada a la sociedad se hallaba ya en Aristóteles, pero no era la unidad de una substancia que no puede formar con otra una substancia, sino que era la unidad determinada por el fin de la vida en común que es el “vivir bien”[13]. Bien es cierto que él concebía ese fin de manera sólo natural y que, en consonancia con sus circunstancias históricas, entendía que esa perfección se daba en las limitadísimas sociedades de varios pueblos que constituían las ciudades-estado en la antigua Grecia. Esa noción se ha aplicado luego a sociedades muchos más amplias, a los reinos medievales y a las naciones modernas. Pero lo esencial no es la unidad e independencia, sino la consecución del fin de la sociedad, que no se reduce al sustento y perfeccionamiento natural de los hombres, sino que es sobrenaturalizado y universalizado por el cristianismo, al incluirlo en el plan para el establecimiento del reinado de Cristo en la tierra. Por ello el carlismo ha insistido en el carácter abierto de la patria, que puede federarse, incluirse en imperios o tender a la unidad superior, que estaba en la idea de la Cristiandad.

Aquí también el criterio último ha de ser el orden del universo: el objeto de la piedad son las sociedades de las que somos deudores, empezando por las más próximas y prologándose hacia sociedades cada vez más amplias, sin confín predeterminado a priori. Sus límites no están prefigurados de manera tajante y definitiva, sino que dependen de las circunstancias históricas. Pueden ampliarse hasta formar imperios, pero no es imposible que, para cumplir su función y alcanzar el bien común, deban reducirse a unidades más limitadas. El separatismo es una sedición, cuando persigue un bien particular y destruye ese bien, que es la unidad, por intereses partidistas o enfrentamientos interesados. Pero, de suyo, podrían ser necesarios para alcanzar el bien común. Cuando Menéndez Pelayo dijo que, si España dejaba de ser un pueblo de Dios, “se volvería a los reinos de Taifas”, solemos fijarnos en la pérdida de la unidad -que mala es-; pero mucho peor es que esos reinos sean de taifas, es decir pueblos mahometanos o descreídos. De igual manera, la formación de unidades superiores será indudablemente conveniente, cuando se trate de lograr, mejor y más universalmente, el fin de la sociedad que en Dios se halla; serán, en cambio, rechazables cuando se trate de alcanzar otros fines contrarios a la religión: la cristiandad era deseable, no la Unión Europea.

En resumidas cuentas, la piedad patriótica procede de una extensión por analogía de proporcionalidad, desde la piedad filial; y esa extensión abarca las diversas sociedades escalonadas, hasta aquélla, cuyo gobierno englobe nuestra vida, y no tenga otros gobiernos por encima. Hasta dónde se extiende nuestra obligación patriótica es cuestión de hecho. Ahora bien, como la virtud patriótica incluye la obligación de colaborar al bien común y, especialmente, la de defender la unidad de la patria, pueden darse conflictos entre la obtención del bien común, rectamente entendido, y la unidad de hecho de la patria. En ese conflicto, cuya solución sería, en cada caso, cuestión de prudencia, debe prevalecer como criterio, igual que en todo lo demás, el fin último del hombre, y no la unidad de una nación sustantivada, como ocurre en la concepción fascista. La unidad e independencia son un bien, si están encaminados al verdadero bien común, pero no es un bien absoluto. Por eso es inadmisible, desde el punto de vista tradicional, aquello de Calvo Sotelo: “España, antes roja que rota”, que, tomado fuera de contexto, no puede ser más desafortunado.

Entiéndaseme bien. Creo que España, a pesar de que ha perdido la comunidad en la concepción del bien, y a pesar de que su unidad parece ser mantenida por un Estado en degeneración, debe hoy ser defendida en su unidad e independencia. Pero se ha de tomar conciencia de que, en la imprevisible babel política en que vivimos, ése no es el bien último, ante al cual deba sacrificarse el bien común cristianamente entendido.



4) El tradicionalismo apátrida. El último error, que deseo resaltar, nace de lo que podría describirse como la disolución del deber patriótico entre los católicos. Según mi interpretación ese deber se extiende a todas las sociedades a que pertenecemos, y culmina en la más elevada de esas sociedades, cuyo gobierno tenga poder real, legítimo o no, sobre nosotros. Tenemos respecto de esas sociedades la obligación ordinaria de contribuir al verdadero bien común y el deber accidental de atender a sus necesidades extraordinarias. En nuestro caso, eso se concreta, a mi parecer, en el deber extraordinario de enfrentarnos, por los medios que tengamos a nuestro alcance y con la debida prudencia, a esos gobiernos, regionales, nacionales o supranacionales ilegítimos que están sobre nosotros. Tenemos que oponernos a ellos, con no menos entusiasmo que a un enemigo exterior, que hostigara o conquistara nuestra patria desde fuera.

Sin embargo, vemos hoy que el deber patriótico no sólo no es cumplido por los católicos, sino que niegan tenerlo. Dos errores distintos han contribuido, según entiendo, a que la mayor parte de los católicos no perciban la obligación patriótica extraordinaria de enfrentarse a esos enemigos interiores, que apartan a nuestra sociedad del fin al que debe dirigirse. La primera procede del contagio modernista que padecen las autoridades eclesiásticas, y de la consiguiente doctrina sobre la independencia del orden temporal respecto del espiritual. La sesgada interpretación maritainiana de la separación de poderes, admitida por muchas jerarquías eclesiásticas; el decidido apoyo teórico de estas últimas a la democracia; su posterior negativa a enmendarse ante los desastrosos resultados de esa enseñanza; el recurso a enmascarar la misma postura con la vacía retórica de la laicidad positiva; todo eso ha vaciado de huestes cualquier organización que pretenda cumplir con el deber patriótico. Y así, cuando, entre los católicos, cunde la alarma por el futuro de nuestra patria, la única reacción que se ha dado, de manera común, ha sido votar al PP, con gran satisfacción por parte de los mejores obispos.

Pero, aún hay otra postura, a mi entender errada y poco denunciada, que no se da ya entre los seguidores del progresismo eclesiástico, más o menos virulento, sino entre los mismos tradicionalistas. Ese error se produce por creer que la patria se extiende sólo hasta donde llega, de hecho, la comunidad de fines conforme a la doctrina cristiana. Me explico: para algunos sólo pertenecemos a la comunidad de quienes admitimos las doctrinas tradicionalistas y, por ello, tratan de vivir en el seno de las pequeñas siociedades tradicionalistas, con la sana intención de preservarse a sí mismos, y a sus familiares, del contagio del mundo hostil al cristianismo en que vivimos. Están dispuestos a emigrar, si las cosas se ponen feas en España, y sólo pretenden del resto de sus semejantes, definitivamente perdidos a sus ojos, que respeten su comunidad, sin considerarse obligados, en modo alguno, a defender la sociedad en que hemos nacido. En otras palabras, hay numerosos tradicionalistas que vienen a mantener, en la práctica y sin saberlo, la doctrina del comunitarismo, que es, a la postre, una forma de liberalismo bastante cómoda. No deben olvidar, sin embargo, que quien quiere salvar su alma la perderá.

Es maravilla ver cómo muchos católicos puntillosos, incapaces de matar una mosca o robar un céntimo, fieles cumplidores de sus deberes de estado y de sus deberes religiosos, no mueven un dedo, no dan un euro, no se molestan en lo más mínimo por la patria, en estas horas negras por las que atraviesa; con lo cual cometen, a mi juicio, un pecado de omisión semejante al de abandonar a los padres en los momentos de necesidad. Peor incluso, según muchos, porque, como dice Aristóteles, “la ciudad es anterior por naturaleza a la familia y a cada uno de nosotros”[14].

Cultivemos, pues, la virtud del patriotismo y atendamos a nuestra patria en su enfermedad y decadencia. Huyamos de la reacción egoísta que nos acecha; a los viejos en forma de desesperación y deseo de no ver lo que se avecina; a los jóvenes, en forma de entrega a la diversión, que permite olvidar la propia responsabilidad y la realidad misma. Perdamos por nuestra patria el tiempo, el dinero, las amistades y el buen nombre dentro de esta degenerada sociedad, pues así cumpliremos un mandamiento que, en el decálogo, sólo es inferior a los que directamente se refieren a Dios y haremos méritos para alcanzar, un día, nuestra auténtica Patria.


[1] ECO H., “La Edad Media ha comenzado ya”, en Eco H., COLOMBO F., ALBERONI F. y SACCO G., La Nueva Edad Media, C. Manzano trad., Alianza, Madrid 1973.


[2] Cf. el número monográfico de la revista Catholica, titulado “Personnalistes et communatariens” (nº 97, 2007) y AYUSO, M., “La metamorfosis de la política contemporánea, ¿disolución o reconstitución?”, Verbo 465-466, mayo-junio-julio 2008, pp. 521 ss.


[3] SANTO TOMÁS, Suma Teológica, II-II, q. 80, a. 1, co.


[4] SAN AGUSTÍN, Ciudad de Dios, l. X, cap.1


[5] SANTO TOMÁS, S. T., II-II, q.101, a 2 co.


[6] S. T, II-II, q. 101, a. 4, ad 1


[7] “Los que fomenten, aprueben o hagan posible la ruptura de la unidad católica de las Españas son destructores de mi patria”, dice Elías de Tejada (“La pietas en Santo Tomás de Aquino”, en Santo Tomás de Aquino; hoy, Speiro, Madrid 1974, p. 103).


[8] El Manifiesto.com, 11 de abril de 2007


[9] “España es Irrevocable. Los españoles podrán decidir acerca de cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada que decidir (…) Las naciones (…) son fundaciones, con substantividad propia” (PRIMO DE RIVERA J. A., Textos de doctrina Política, Delegación Nacional de la Sección Femenina de F.E.T. y de las J.O.N.S., Madrid 1966, p 286).


[10] Ibid., p. 339


[11] Ibid., p. 344


[12] VÁZQUEZ DE MELLA J., Obras completas, Junta de Homenaje a Mella, Madrid 1832, t. XV, p. 239


[13] Pol. I, 3, 1252b 28; cf. II, 2, 1261a 18 ss.


[14] Pol. I, 2, 1253a18. Cf. ELÍAS DE TEJADA F., op. cit., pp. 102-3.

lunes, 22 de febrero de 2010

Mensaje del Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista

Estimado amigo:

Recientemente he sido nombrado Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista. Desearía, en semejante tesitura, ponerme a tu disposición para cuanto redunde en beneficio de nuestra causa que, como sabrás, se resume en el lema Dios, Patria, Fueros y Rey. Como esa causa resulta, para muchos, desconocida y, cuando se conoce, es frecuente tener de ella una visión distorsionada, quisiera aprovechar esta ocasión para hacerte unas breves consideraciones.

Pocas doctrinas políticas habrán sido tan denostadas como el carlismo, en los tiempos que corren. Muchos no ven en él más que una supervivencia atávica de recuerdos obsoletos, cuando no lo identifican con meras cuestiones de preferencias dinástica; otros, fieles a los manuales de la historia oficial, lo confunden con una caricatura del absolutismo derrocado por el liberalismo y la democracia. No faltan los que mezclan el carlismo con los orígenes del separatismo, ni quienes lo asimilan a doctrinas fascistas, más o menos pasadas por agua; y los hay -o ha habido- que se dicen carlistas por socialistas autogestionarios o porque confunden el carlismo con cierto clericalismo, de larvadas inclinaciones demócrata-cristianas.

Denostado por tantos y de manera tan contradictoria, ¿no se te ha ocurrido pensar que, precisamente por ello, el carlismo tiene virtudes insoportables para nuestra decadente sociedad? Amañado por tantos otros, y en direcciones tan dispares ¿no te sugiere eso que la doctrina carlista oculta tesoros de sabiduría, de prestigio y arraigo social que merecen ser instrumentalizadas? Y es que el pensamiento carlista no coincide con ninguna de esas doctrinas que vulgarmente se le achacan, aunque de todas tenga un poco.

El carlismo no es fruto de una invención transeúnte de una escuela filosófica, que la haya elaborado para resolver los problemas sociales o políticos de un momento dado. Al contrario, es el resultado de toda la sabiduría política, recogida y depurada por el cristianismo a lo largo de muchos siglos. Sabiduría ya presente en filósofos paganos, como Aristóteles, decantada y perfeccionada por los padres de la Iglesia , como San Agustín, por filósofos, como Santo Tomás y los grandes pensadores de la escolástica española. Decaída y medio olvidada, tras las necedades prerrevolucionarias del s. XVIII y las subsiguientes perversidades revolucionarias, fue lentamente reconstruida y acomodada a las nuevas circunstancias por los pensadores tradicionalistas españoles, en perfecta consonancia con las encíclicas pontificias del s. XIX y principios del s. XX. En otras palabras, el pensamiento carlista no es sino la que se llamaba “doctrina social de la Iglesia ”, hasta los tiempos en que casi ha logrado destruirla el modernismo eclesiástico. Doctrina social universal e imperecedera, de la que el carlismo constituye su aplicación a las costumbres y tradiciones de nuestra patria, y que sólo la dinastía carlista ha mantenido incólume hasta hoy, sin tolerar en sus miembros que la legitimidad de origen prevalezca sobre la de ejercicio.

Esta egregia doctrina -dije antes- algo tiene de cuanto le achacan. ¿Absolutista? Algo, pero bien escaso, porque no admite ni la intromisión del poder real en las prerrogativas eclesiásticas, ni forma alguna de despotismo; pero sí reconoce al REY un ámbito de poder exclusivo, limitado, sin embargo, por el poder de las sociedades inferiores y sometido a los dictados de la ley natural y de la Iglesia. ¿Separatista? No en cuanto proponga secesión alguna, pero sí en cuanto reconoce, frente al uniformismo racionalista, las peculiaridades de los reinos, regiones y municipios, cuyos FUEROS debe jurar el rey legítimo. ¿Socialista? No, desde luego porque defienda forma alguna de totalitarismo, pero sí es lo que Mella llamaba “sociedalista”: más sociedad y menos estado. ¿Fascista? Misma respuesta en lo que al estatismo se refiere, pero además coincide con él en su declarado amor a nuestra PATRIA, sin necesidad de divinizarla o hipostatizarla, como hace algún falangismo. Más aún, el carlismo comulga con los anteriores en el odio al capitalismo, nacido de la destrucción de los estamentos del antiguo régimen y fuente de innumerables males e injusticias, contra el cual propone no una revolución, sino una restauración ¿Demócrata cristiano? Católico, sin duda; demócrata también, pero no a la manera en que estamos acostumbrados, con elecciones de partidos obsequiosos en los programas y tiránicos en el poder, sino a la manera de las cortes, cuyos miembros son elegidos por estamentos, entre personas conocidas que, a modo de compromisarios, defienden los intereses de municipios, gremios, regiones y reinos, y no los del partido.

Algo de cada cosa tiene, pero no es un amasijo ecléctico de todo ello. Al contrario, son esas doctrinas, erradas por parciales y desmesuradas, las que, desgajadas del tronco lleno de savia y vitalidad del pensamiento social clásico, se han convertido en nocivas ramas muertas, sólo de lejos parecidas a las del árbol. El todo de esta doctrina es infinitamente superior a la suma de sus partes, pues cada pieza se unifica con las otras y se vivifica porque todas han de tender al bien común de la sociedad y, en última instancia, al bien común del hombre que sólo en DIOS reside.

De suyo esta doctrina es imperecedera, porque hunde sus raíces en la naturaleza social del hombre y ha sido refrendada por el magisterio eclesiástico, que no puede cambiar ni corromperse. Pero sí puede desdibujarse en la conciencia humana y desaparecer por completo en una sociedad. El carlismo, derrotado en tres guerras mantuvo, sin embargo, una admirable vitalidad. Paradójicamente, tras su victoria en la Cruzada del 36, su situación ha terminado por serle mucho más desfavorable, en parte por el maltrato que sufrió durante el régimen franquista, pero, sobre todo, por la defección de los eclesiásticos progresistas que, desde la década de los sesenta, han desautorizado sistemáticamente la concepción del estado confesional, han propugnado la libertad de cultos y han tergiversado la doctrina de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. Ante este desconcertante hecho, que atenta contra el principio fundamental en que confluye todo el pensamiento social de la Iglesia y del tradicionalismo, cada carlista tiró hacia donde se le ocurrió y surgieron así esos absurdos “carlismos” socialistas, separatistas o demócrata-cristianos de que antes hablé.

Hoy, sólo la Comunión Tradicionalista , con su Abanderado, D. Sixto Enrique de Borbón, al frente, mantiene en su integridad la doctrina carlista; sólo desde sus filas se estudia y se propaga, sin rehuir la acción política. De unos años a esta parte, su reduplicada actividad se ha plasmado en innumerables actuaciones de las que hallarás un elenco en la hoja adjunta. También podrás informarte de nuestras próximas convocatorias, empezando por la misa que se celebrará el próximo 10 de marzo, en la festividad de los Mártires de la Tradición.

Te ofrezco estas simples consideraciones para invitarte a que te unas a nosotros. La Comunión Tradicionalista necesita apoyo, trabajo y todo tipo de ayudas. Y la necesita tanto como a ella la necesitas tú, católico que asqueado tiras al suelo el periódico y estragado apagas el televisor cuando dan las noticias. Porque somos naturalmente sociables y no podemos mantenernos en la verdadera doctrina ni a solas, ni con el solo apoyo del entorno familiar.
Atentamente:

José Miguel Gambra
Jefe de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón

lunes, 11 de enero de 2010

Tradicionalismo o conservadurismo (I)


El liberalismo es absolutamente incompatible con el catolicismo…No es menester que el Papa y los Obispos lo declaren, se declara ello mismo. La lógica más elemental sobra para confirmarlo basta con poner frente a frente la negación del liberalismo lógico y la afirmación de la Iglesia, para que se vea que no pueden coexistir juntos, porque se destruyen mutuamente. Querer conciliarlos es intentar la identidad de los opuestos”.
(Juan Vázquez de Mella)

Hoy hay quien piensa que el catolicismo conservador es una suerte de catolicismo tradicional más moderado, pero en realidad es un liberalismo más moderado. El conservador condena los frutos más extremos del liberalismo, pero no quiere profundizar en sus raíces, en la incompatibilidad radical y esencial entre liberalismo y catolicismo. El conservadurismo actúa así de polo de atracción de los católicos con ganas de luchar contra el laicismo pero los neutraliza al mantenerlos dentro de la órbita del liberalismo. El conservador tiene, pues, un núcleo revolucionario y una apariencia contrarrevolucionaria.

El punto de tropiezo y de clarificación de campos entre los católicos tradicionales, que siguen la doctrina secular de la Iglesia y los conservadores que pretenden una conciliación del todo imposible como enseña la realidad histórica, es hoy la defensa de la Confesionalidad Católica del Estado. La pregunta para detectar a un conservador debe ser: ¿Esta usted por la recuperación de la Confesionalidad del Estado? SI o NO. Y la repuesta debe ser clara y concisa, sin pretender diluirla en palabrería confusa y evasiva.
Dentro del mundo conservador podemos encontrar dos tipos de actitudes frente a la renuncia a la confesionalidad: los que simplemente no la creen necesaria o incluso perjudicial para la Iglesia, y los que afirman que la querrían y esta sería buena, pero consideran que esta no es posible hoy en día y renuncian a su defensa pública. Esta última posición es incoherente a todas luces, porque al renunciar a su defensa renuncian de hecho a toda posibilidad de reconquistarla, y se sitúan de hecho al lado de los de la primera actitud.

Aquí encontramos por tanto el punto de separación de campos. Los conservadores consideran la política como “el arte de lo posible” y los tradicionalistas como “el arte de hacer posible lo necesario”. Es decir los conservadores son liberales y los tradicionalistas católicos. Como enseña Manuel de Santa Cruz: “el cambio de circunstancias no afecta al imperativo teológico inmutable del culto público y colectivo a Dios, establecido en las encíclicas “Vehementer Nos” y “Quas Primas” de Pío XI, con el componente esencial del –por ser Vos quien Sois- “ fundamento de la Realeza Social de Jesucristo. La renuncia conservadora tiene un detonante real inspirado en los respetos humanos y en complejos de inferioridad ante le mundo moderno sin entender que el signo de la doctrina social de la Iglesia es levantar una “contestación al mundo moderno” no la adaptación-rendición al mismo. José Miguel Gambra ha dejado escrito: “Nos dirán sin embargo, que a que sostener cosa tan ajena a lo alcanzable según cualquier previsión. A lo cual sólo podemos responder que el hombre, alma inmortal en cuerpo transitorio, tiende a eternizar el presente, sin darse cuenta de cuan rápidamente pueden cambiar las cosas. Y también contestaremos que lo que siempre puede hacerse es decir lo que debe hacerse, aunque no pueda hacerse. Y quien hace lo que puede, no esta obligado a mas”.

Podemos concluir:

1-La Tradición es un principio, el conservadurismo una actitud.
2-La Tradición es permanente, el conservadurismo evolutivo.
3-La Tradición es providencialista, el conservadurismo historicista.
4-La Tradición es católica, el conservadurismo liberal.
5-La Tradición es contra-revolucionaria, el conservadurismo revolucionario.
6-La Tradición es española, el conservadurismo es foráneo.

Y la forma de convertir a un tradicionalista en conservador es:

1-Excluyendo la religión de nuestro pensar político.
2-Hacernos defender tesis liberales creyéndolas católicas: democracia, derechos humanos, libertad religiosa, pacifismo etc.
3-Hacernos olvidar el fin de la historia, del hombre y del mundo: la gloria de Dios y la salvación de las almas.
4-Hacernos evolucionar “con los tiempos” sin arraigo ni permanencia en el espacio y en el tiempo.
5-En arrancarnos los principios para dejarnos en opiniones.

lunes, 6 de noviembre de 2006

Intervención de José Miguel Gambra en la cena de Cristo Rey


Reverendos padres, Excmo. Sr. Giertych, Excmo. Sr. Vicesecretario de Organización, queridos amigos:

Gracias ante todo por asistir a este acto que anualmente convocan el Círculo Antonio Molle y la Comunión Tradicionalista.

El Circulo Antonio Molle y la Comunión Tradicionalista han convocado esta cena en honor de Cristo Rey en la fecha determinada por Pío XI, para resaltar que entienden esta festividad tal como lo hizo ese pontífice en la encíclica Quas primas. Ésta es, además, la única fiesta de cuya celebración no queremos prescindir, pues creemos que la realeza de Cristo, bien entendida, recoge y condensa la esencia del pensamiento carlista.

Los filósofos afirman que toda determinación es una negación, lo cual, vulgarmente viene a decir que siempre se aplaude contra alguien, nunca sólo a favor. ¿Qué quería resaltar Pío XI al establecer una festividad de Cristo Rey y contra qué lo hacía? Como bien dijo Manuel de Santa Cruz, su finalidad no es destacar que Jesucristo es el Rey del Universo, ni tampoco que debe regir nuestros corazones o nuestra casa. Sin duda todo eso es verdad y de ahí la piadosa costumbre de llevar el Sagrado Corazón en una medalla colgada al cuello o de entronizarlo en el salón de nuestra morada. Pero no esta ahí el quid de la cosa, sino en poner sobre el tapete que Cristo debe ser Rey en el pleno sentido de la palabra de nuestra sociedad, de toda sociedad.

Y si destacaba esto era para atajar algo, era en contra de algo y ese algo era el laicismo. Ese algo era, si se prefiere, el poder fundado sobre la soberanía popular, lo cual viene a ser lo mismo que la democracia laica y, en la práctica hoy en día, la democracia sin más.

Pues bien, nosotros tenemos ese mismo propósito. Defendemos, ¿cómo no?, el Cristo Pantocrator en el ábside de la iglesia, su medalla en el pecho, y el Sagrado Corazón entronizado en el lugar preferente de la casa. Pero eso no quita que lo importante ahora es que el crucifijo esté en las escuelas, que presida las Cortes y el Consejo de Ministros. Lo que queremos, como siempre quiso la Iglesia, es que un gobierno confesional trabaje en armonía con la Iglesia, por el bien común de una sociedad unida en el catolicismo, y que la proteja sin conceder libertad de cultos.

Esta doctrina es esencial para nosotros los carlistas. Si no pretendiéramos eso; si, por seguir a esos sacerdotes y prelados que apoyaron en su día la Constitución, viniéramos a renegar de este ideal, entonces lo único decente sería reconocer que la historia del Carlismo es la historia de un gran error y de un error sangriento. Porque, si ese ideal fuera errado, quienes tenían la razón eran los constitucionalistas, los liberales, los cristinos y los republicanos, no los carlistas con su rey y con sus tercios. Y a los que hemos sido educados en ese ideal sólo nos quedaría pedir perdón a los descendientes del liberalismo y dejar que el Carlismo se suma en el olvido. Hoy es moneda común la incoherencia, pero una de las más flagrantes y estúpidas es la de aunar carlismo y catolicismo liberal.

Pero entiéndaseme bien, porque estoy cansado de que, cuando declaro semejantes cosas, cuando digo que soy carlista, se me dirija una compasiva sonrisa como a un anciano que ha perdido el contacto con la realidad. La realeza de Cristo, así entendida, constituye un ideal de perfección al que debe apuntar la sociedad humana, toda sociedad humana. Es como la estrella polar para quien trata de orientarse en el mundo de la política. Es, a la Ciudad, como a nuestra vida particular es la perfección divina, que Nuestro Señor nos manda imitar y que nunca alcanzaremos, ni ningún santo ha alcanzado jamás.

Y ese ideal no puede variar por mucho que varíen las circunstancias: igual que, por perdidos y desorientados que estemos, la Estrella Polar está ahí; igual que, por depravadas que sean las costumbres o por bajo que hayamos podido caer, el Decálogo sigue ahí; pues bien, así, por laicistas que sean los gobiernos o la sociedad, el ideal de la confesionalidad del estado y de la unidad religiosa de los pueblos sigue ahí, obligando como una medida o patrón, que permite juzgar los acontecimientos y dirigir la acción, en el mundo que nos ha tocado vivir.

Asistimos hoy a un round largo de un largo combate que empezó hace más de dos siglos, cuando, en la arena de la vieja cristiandad, los nuevos bárbaros de la revolución se propusieron aniquilar la religión y la Iglesia. Ese propósito lo expresó el ministro francés de la III República, Jules Ferry diciendo "mi designio es organizar la humanidad sin Dios", palabras que no dejan más lugar a equívoco que las de Marx cuando dijo que la supresión de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia para alcanzar su felicidad real. En ese combate de exterminio se han empleado todas la tácticas y todas las armas: unas veces los gobiernos han intentado someter a la Iglesia y utilizarla, como hiciera Napoleón, otras se ha usado de la legislación, como Bismarck o la III República Francesa, otras la persecución que a veces ha alcanzado una violencia inconcebible, como en el Terror de la Revolución Francesa, en el Méjico de los Cristeros o en la España del 36.

Sin embargo, hoy ese combate ha cambiado de faz. Ya los gobiernos no tratan de utilizar la religión, no legislan para quitarle sus bienes, ni encarcelan, expulsan o asesinan sacerdotes. A la guerra declarada de antaño ha seguido una guerra de desgaste que parece de guante blanco en comparación a la de épocas anteriores. Y precisamente por ello, porque la persecución se oculta bajo formas de corrección democrática, porque la destrucción se hace poco a poco y no de golpe, lo resultados son mucho más dañinos y están produciendo una descristianización más profunda que cualquier persecución abierta.

¿Cuál es la causa esta transformación de la secular contienda? A mi entender, se debe a un cambio profundo en la orientación de las jerarquías eclesiásticas de la que ha resultado una completa desaparición de toda intervención de los católicos, como tales, en la política. Primero de manera práctica, ya desde fines del XIX, vinieron algunos pontífices a propugnar la colaboración con los regímenes fundados en la soberanía popular, aunque nunca la admitieron doctrinalmente. Luego, con el Concilio vino a hacerse doctrina común la rigurosa separación de la Iglesia y el Estado, se renegó del ideal de la confesionalidad y se redujo la religión al terreno de lo privado y de lo personal. Durante la transición, en España, no sólo la conferencia episcopal promovió el régimen democrático y sustentó la Constitución sino que desautorizaron cualquier tipo de partido o agrupación católica.

En el fondo de esta actuación, decididamente apoyada por el Vaticano, latían el humanismo de Maritain con su convicción de que podía alcanzarse una síntesis del estado laico con el cristianismo. El medio consistía según él en vivificar la sociedad sin hacer política directamente, pues desde el poder no cabe cristianizar la sociedad sin violentar la dignidad de la persona. Pero eso de vivificar la sociedad dejando el poder a expensas de la voluntad popular es un método absolutamente ajeno a toda experiencia real. Nunca se ha dado, nadie sabe cómo hacerlo. Esa idea descabellada nació de unas disquisiciones filosóficas sobre el progreso necesario de la humanidad que introducían la evolución en el ideal cristiano de la sociedad. Según ella al ideal del estado confesional, propio del medievo, siguió el estado laico de la edad moderna y a ambos, según Maritain, debe seguir una síntesis de los dos: el estado laico-cristiano.

Nada hay más peligroso, aunque sólo sea en el plano de la prudencia humana, que saltar en el vacío fiándose de elucubraciones filosóficas. En todo caso, los efectos de semejante apuesta, y de la doctrina que ha pretendido darle visos de ortodoxia, no ha podido ser más desastroso. El resultado ha sido semejante al que obtendría un púgil que se quitara los guantes y decidiera vencer al adversario, por ejemplo, con el magnetismo de su mirada. En el combate entre el gobierno y la Iglesia lo mismo: la "vivificación interna de la sociedad" ha asegurado una fácil victoria al enemigo, ha hecho que los católicos, en la vida política, seamos un cero a la izquierda. Todo lo católico es el hazmerreír de las izquierdas que hacen negocio con la befa de lo más sagrado. Y no faltan autoridades eclesiásticas, a quienes, con el fin de parar los progresos del laicismo, sólo se les ocurre recordar abyectamente cuán grandes han sido sus servicios a la democracia y al advenimiento de la Constitución. Al paso que otros eclesiásticos se llaman a engaño, diciendo que ellos creían que la Constitución suponía la aceptación de un código moral natural, cosa que no aparece escrita por parte alguna. Lamentable.

Entretanto el Gobierno se lo toma con calma. Tiene todas las armas en su mano. Todo es cuestión de tiempo. El programa laicista consiste en eliminar a Dios del gobierno primero, luego de la sociedad y de la familia y finalmente de la conciencia. La postura oficial de la Iglesia le ha regalado lo primero, diciendo que la independencia del estado es sana laicidad y no laicismo. La eliminación de Dios en la sociedad se ha conseguido por la eliminación de la vida social: no hay más sociedad que el Estado y el individuo. El Estado es quien legisla sobre todo y los individuos sólo piensan en sus goces particulares. Ése es hoy un mal común a todas las democracias, como ya previera Tocqueville. Mas, en el caso de España, eso no basta, pues su unidad se funda en la unidad de la fe y, por ello, el designio de acabar con la fe entraña, por una especie de necesidad interna de las ideas que se manifiestan a las claras en los hechos, el designio de desintegrar nuestra patria. No nos engañemos: la ley de los matrimonios entre invertidos y lo del estatuto o las conversaciones con ETA no son hechos inconexos de un político insensato que quiere alardear de "talante" o de "cintura", sino que responden a un mismo espíritu anticristiano. Luego está la familia que poco a poco se desmorona con la ayuda de leyes sobre la sexualidad de todos conocidas. Hoy ya los pisos más buscados son los de una habitación. En fin, queda la conciencia, de donde Dios es poco a poco sacado por los medios de comunicación y por la escuela, también dominados por el Estado. Nuestras leyes sobre la educación son mucho peores de hecho que por ejemplo las francesas.

Para qué apresurarse y provocar reacciones enojosas. Al Ejecutivo le basta con hacer algunos gestos para contentar a los impacientes, quitar una estatuas, promover espectáculos blasfemos, hacer desplantes al Santo Padre. Pero no necesita perseguir en el sentido fuerte de la palabra, porque en breve, como quería Ferry, nada de Dios quedará en la sociedad.

He dicho que el ideal carlista, representado por el lema de Cristo Rey, sirve para juzgar lo que hay y ver lo que se ha de hacer. La verdad es que, al cotejar ese ideal con lo que hay, el panorama no puede ser más desolador Pero no lo es tanto. Todavía quedan muchos católicos que dicen aquello de "hay que hacer algo". A los que así se sienten conviene recordarles que la inmensidad de la tarea no debe empujar a la desidia, sino al mayor esfuerzo. Pío XI en la propia Quas primas se quejaba de la "apatía o la timidez de los buenos, que se retiran de la lucha o se resisten con excesiva debilidad". No caigamos en esa timidez y resistamos por cuantos medios están a nuestro alcance. No olvidemos que no hay peor gestión que la que no se hace, no olvidemos que las cosas cambian; que cada acto, bueno o malo, trasforma la totalidad de las relaciones entre las cosas y que, los actos bien encaminados, como asistir a conferencias y reuniones, dar dinero, convencer al vecino y más aún colaborar de forma constante con quienes comparten el ideal católico de la sociedad, cada uno de esos actos, por pequeño y poco elevado que se nos antoje, repercute en todo el universo, ordenándolo hacia ese ideal de Cristo Rey que conmemoramos aquí.

Resumen de la intervención del profesor José Miguel Gambra Gutiérrez, presidente del Círculo Antonio Molle Lazo, en la cena de Cristo Rey (Madrid, 28 de octubre de 2006)