sábado, 18 de febrero de 2012


A los 85 años estaba en visperas

Yo sabía que en Lequeitio existían los carlistas más viejos de España. Los tenía anotados hace tiempo en mi carnet para hacerles una información. Cada año que pasaba me los iba dejando más en sazón, más viejecitos.
Y ahora, cuando los rojos estaban en Lequeitio, me acordaba yo con angustia de mis viejos carlistas. ¿Me los habrán matado esos bárbaros?.
No, no me los han matado. Al llegar a Lequeitio he buscado a Víctor Arroita y le he encontrado en Vísperas, ¡Tiene ochenta y cinco años y estaba en Vísperas¡. ¿En Vísperas de qué?. Otras personas, a los ochenta y cinco años solo están en Vísperas de morirse. Es lo contrario de lo que le ocurre a este viejo carlista de Lequeitio. Toda la vida de Víctor Arroita no ha sido más que la víspera de estos días de plenitud, que está viviendo ahora. Porque Dios le ha dejado llegar a ellos y ver esta primavera de boinas rojas, estaba hoy alabándole con los salmos de las Vísperas.
- ¿Estuvo usted siempre seguro de que llegaría este triunfo?
- Cada día estaba más convencido, sobre todo desde que he visto a los otros de cerca. Esa gente no puede ir a ninguna parte. España dejaría de ser España, para que ellos fueran los amos.
- ¿Qué guerra le parece a usted más dura, ¿ésta o la que ustedes hacían?
- Los medios de combate que hay ahora son terribles. El estar una hora tendido en el suelo aguantando la metralla de los aeroplanos, tiene que ser peor que estar en el infierno. ¡Y esa vida de las trincheras inmóviles los soldados días enteros, con el agua, hasta las rodillas ¡. Eso es terrible. A mí la guerra así no me gusta. La nuestra era más bonita.
- ¿En qué combates intervino usted?
- ¡En tantos intervine! Yo estuve en el sitio de Bilbao, el año mil ochocientas setenta y tres.

Cuando la guerra termine seremos siempre amigos

En la parroquia han terminado las vísperas.
- Mire Usted -me dice Arroita- aquel señor que sale de la Iglesia con los dos curas estuvo también en la guerra carlista. Si quiere usted le llamo.
- Con mucho gusto le saludaré.
Arroita me ha presentado a don José Félix Eguileor. Este viejecillo pulcro, enfundado en un gabán negro, tiene ochenta y seis años y fue en la guerra carlista del 73 al 76, abanderado del batallón Marquina, el tercero de los de Vizcaya. También estuvo en el sitio de Bilbao, pero tiene ya las fechas y los sucesos un poco revueltos en la cabeza.
Tratando de ponerlos un poco en orden de estado mientras Arroita ha ido hasta casa para traer las cruces y medallas,.. que conserva orgullosamente ganadas en otras tantas acciones de guerra. Cuando regresa, hacemos a los dos viejos luchadores unas fotografías entre los pequeños flechas y requetés que les oyes embobados, contar sus hazañas.
Los dos conservan muy bien la vista y la agilidad de las piernas, especialmente Arroita, a pesar de que es cojo y tiene que andar apoyándose en un bastón.
-¿Esa cojera es de una herida de la campaña, don Víctor?
- De la campaña precisamente no; pero algo tiene que ver con ella- y Arroita nos cuenta un episodio que por la fruición con que la recuerda, bien se ve que ha sido culminante en su vida.
- Yo -dice- fui uno de los que tomaron la casa Delmás en el campo Volantín. Fui yo mismo el que la puse fuego. Este episodio del sitio de Bilbao ya casi nadie lo recuerda, pero tuvo entonces mucha resonancia.
- En Churdínaga, cuando ya se había levantado el sitio, tomé con mis hombres otra casa. Yo era sargento. Dentro de la casa hicimos prisioneros a veinticinco soldados del regimiento de Valencia, con un alférez graduado de teniente. Para cogerlos tuvimos que hacer un agujero en la pared, y por allí, los fuimos sacando uno a uno. Entre ellos había dos voluntarios vascos. Cuando estábamos sacando a los que faltaban, los dos voluntarios, en un descuido nuestro, hicieron fuego sobre nosotros y por poco nos matan. Mis soldados querían fusilarlos a todos allí mismo. No hubiéramos tenido ninguna responsabilidad, puesto que nos habían agredido, pero yo me opuse, porque no todos tenían la culpa. Entonces el alférez se adelantó y me estrechó la mano.
- Eres un caballero -me dijo-. Quisiera poder agradecerte algún día con un gran favor este rasgo generoso. Me llamo Francisco Amayas Díaz, y pertenezco a una familia muy bien relacionada en Madrid. No te olvides de mi nombre y búscame si alguna vez me necesitas.
- Don Francisco -continua Arroita- era un muchacho de mi misma edad. El tenía 18 años y yo, 19. Se veía luego que era de mucha nobleza aunque no tuviera una complexión tan fuerte como la mía.
- Aunque ahora estamos en campos distintos -acabó diciéndome- yo quisiera que cuando termine la guerra fuéramos siempre amigos.

¡Corta cuarenta palos bien recios!

Arroita continúa su historia:
- Llevamos a los prisioneros a Galdácano, donde tenía su cuartel el marqués de Valdespina. A los dos voluntarios les condenaron a morir en la plaza de Amorebieta. Yo mismo fui el encargado de llevarlos; Cuando llegamos al pueblo, el capitán Villachica me dijo bien alto, para que lo oyeran las prisioneros.
- Arroita, corta cuarenta palos bien recios y avisa el alcalde que mañana se ejecutará a los reos.
- ¿Los van a matar a palos? -pregunté.
- Esa es la sentencia.
Yo no dije nada, pero me pareció algo fuerte. A la mañana siguiente estaba ya todo el pueblo en la plaza para presenciar la ejecución, cuando llegó un ordenanza del general, con un pliego mandando suspenderla. Todo había sido una simulación y los reos quedaron indultados. A los otros prisioneros supe que los habían llevado a Peñaplata, en los confines de Guipúzcoa y Navarra. Los tuvieron allí un año y sirvieron luego para el primer canje de prisioneros que hubo en la guerra. Tuvo lugar en el alto de Banderas, cerca de Bilbao. Entre los canjeados estaba el alférez don Francisco Amayas.

No quería morirme sin volverte a dar un abrazo

- Cuando terminó la guerra -dice Arroita- yo me casé y me fui a vivir a Abadiano. Pasaron muchos años sin saber nada del alférez. Un día me dijeron que había entrado en la Guardia Civil y que era Capitán en Bilbao. También supe luego que varias veces había preguntado por mí a viejos conocidos. Como ninguno pudo darle noticias mías, pensaba que habría muerto en la guerra.Pasó después mucho tiempo. Treinta y siete años habían transcurrido desde el día aquel cuando cogí prisionero en Churdínaga al alférez Amayas. El había hecho buena carrera. Era ya en Madrid jefe de la Guardia Civil de toda España.
- ¿Director general?
- Eso debía de ser.
- Yo seguía siendo carlista, como siempre, sin perder las esperanzas. Se hablaba por aquellos días de otro levantamiento y yo fui a engrasar mis fusiles. Tenía varios centenares de ellos escondidos en una grieta muy profunda del monte, adonde nadie bajaría por capricho. Yo bajaba y subía ya fácilmente. Pero aquel día lo hice con tan mala suerte, que rodé hasta el fondo. Allí me hubiera quedado por toda la eternidad, si uno de los amigos del mismo pueblo, que conmigo estaba en secreto, no se hubiese alarmado al ver que tardaba tanto en volver. Fue allá y me trajo a casa medio muerto. Varios días estuve entre la muerte y la vida. Hicimos correr la voz de que me había caído de un árbol trabajando en la huerta; pero fueron pocos los que lo creyeron. No faltó alguien que viera cómo mi amigo me bajaba del monte. Se encontraron las armas. Me iban a fusilar, seguramente ...
Pero pasaron días y más días y nadie me molestaba. Salí ya curado a la calle, cojeando un poco, y pude ver que ya apenas se hablaba del suceso. Noté también en los periódicos atrasados que pude leer, que en lo que de él se había hablado ni siquiera una vez se había escrito mi nombre. No podía yo explicarme aquel misterio. Estaba ya tan lejano de aquello de Churdínaga, que me costó mucho caer en la cuenta de que el director general de la Guardia Civil era ahora aquel joven alférez ...
Poco tiempo después vino don Francisco Amayas a Lequeitio, en un viaje oficial, con toda su plana mayor. Se hospedó en la fonda de Beitia, que estaba en aquel bar que hay allí enfrente, cerca del puerto. En cuanto supe que había llegado fui a saludarle y a darle las gracias. Había salido y en la calle me lo encontré luego, ahí junto a la iglesia. Me adelanté hacia él con la boina en la mano.
- Supongo que eres Víctor Arroita aunque no te he vuelto a ver desde aquel día – me dijo al verme llegar-.
- Si, señor; soy Arroita y vengo a darle las gracias;
- No me trates de usted ni me des las gracias de nada. Somos viejos amigos y no hubiera querido morir sin volver a darte un abrazo.
Y el público que presenciaba la escena se quedó haciendo cruces al ver cómo el director general de la Guardia Civil abrazaba cordialísimamente a aquel peligroso carlista al que pocos días antes iban a fusilar.

Texto publicado en la revista Fotos nº 12 (15-05-1937)

Breves notas sobre el proceso al General Zaratiegui

 Autor: Carlos Mª Pérez- Roldán y Suanzes
 
Sin duda alguna, Zaratiegui es uno de los generales carlistas de la Primera Guerra más conocidos. A sus glorias militares unió su contribución a la difusión de los acontecimientos por los que pasó España en la primera carlistada, pues a su pluma se debe la esencial obra “Vida y hechos de don Tomás de Zumalacárregui (Madrid-París, 1845)”, no en vano fue secretario y ayudante del más glorioso de los generales de don Carlos V de Borbón.

El General Zaratiegui

Juan Antonio de Zaratiegui y Celigüeta, navarro de origen (Oliete 1804- Utrera 1872), como todo buen carlista de la primera guerra, mostró su clara filiación realista al ingresar a las órdenes del general Quesada en una partida realista con la que hace la campaña de 1820 a 1823 contra el golpista gobierno constitucional. Tras la victoria realista, permanece en el ejército y hasta 1832  sirve como capitán en Madrid y Zaragoza, en el regimiento del que era coronel Tomás de Zumalacárregui y como secretario del general Santos Ladrón de Cegama.

A la muerte de Fernando VII, fiel a sus antecedentes realistas, sin dudarlo se incorpora a la partida carlista de Huralde en Los Arcos (Navarra) y es destinado poco después como ayudante general de Zumalacárregui.  Del brillante general aprende las dotes militares que le convertirán en uno de los más prestigiosos generales carlista.

Tras la muerte del Zumalacárregui debida a la herida de bala recibida en el sitio de Bilbao en 1835, toma parte en las acciones de Puente la Reina y Mendigorría y es ascendido a brigadier, confiándosele la Segunda Comandancia de Navarra. La guerra continua y su brillante actuación en varias acciones le valen honores y condecoraciones, es nombrado mariscal de campo por la victoria de Larraga. Fue comandante general interino de Navarra sustituyendo al general Francisco García. En julio de 1837, el Capitán General de Vascongadas, Uranga, confía a Zaratiegui el mando de una expedición auxiliar a Castilla para intentar coger a Espartero, entonces en Aragón, entre dos fuegos. Parte el 20 de julio de Galbarín con seis batallones (2 navarros, 2 guipuzcoanos, un valenciano y un castellano) y con dos escuadrones de caballería. Tras vencer a la Legión portuguesa en Zambrana entrando en Castilla por La Rioja y Burgos, uniéndose allí a la expedición procedente de Vizcaya al mando del brigadier Goiri. A pesar del hostigamiento liberal al comenzar agosto, triunfante en Roa y Peñafiel, entra en Segovia asaltando la ciudad y consiguiendo la rendición del alcázar, que se había hecho fuerte. Allí emite moneda con la efigie de D. Carlos y organiza el batallón de Cazadores de Segovia. Entra posteriormente en La Granja y se paseó triunfalmente por Burgos, Aranda, Salas de los Infantes, Lerma, entrando en Valladolid, Tordesillas, Dueñas, llegando a Medina del Campo.

Es en ese año de 1837 cuando Zaratiegui realiza su contribución más decisiva a los ejércitos de don Carlos V, que son capaces de cercar Madrid, anunciando lo que parecía la inminente caída de la capital española. El general cristino Espartero, nos describe así la intensa actividad desarrollada desde julio de ese año:


“Los carlistas, con otra expedición al mando del general Zaratiegui, se habían desparramado por la llanura castellana, y en los primeros días de agosto tomaron Segovia, donde se rearmaron y avituallaron, aunque hubieron de abandonar la ciudad por la aproximación de nuestras columnas.

Pero los facciosos parecían empeñados, y desde La Granja continuaron avanzando hasta el pueblo de Torrelodones, desde el que se contempla la capital a tres leguas de distancia.

Hubo refriega, pero en esos días llegué a Madrid y se cortó la progresión de Zaratiegui en Las Rozas, donde nuestra fuerza, al mando del general Méndez Vigo, estaba atrincherada.

-Ni un paso atrás -le dije al general.

Vigo efectuó un avance que expulsó de Torrelodones a los carlistas y cuidó de que se vigilaran por la noche los montes de El Pardo, por si los facciosos, en marcha oculta, se infiltraban en Madrid o se dirigían a la provincia de Guadalajara a incorporarse a la Expedición del Pretendiente.

La posición de los carlistas, que no pudieron superar Las Rozas, era crítica, y aunque atacamos, pudieron retirarse con orden, a pesar del intenso fuego, en formaciones cerradas, y continuaron el camino hacia Segovia contentos de haber salvado el peligro.

Los carlistas concentrados en esa ciudad eran más de cinco mil, y aunque sus deseos de defensa eran vehementes, convinieron en abandonarla por falta de recursos y subsistencias.

A esa decisión llegaron tras mucha discusión entre ellos, pero enterados de que una columna liberal se acercaba desde el puerto de Navacerrada y La Granja con gran tren de artillería, Zaratiegui se resolvió a dejar la ciudad con celeridad, sin que nuestra caballería pudiera causar daños de consideración a su retaguardia por haberse retardado demasiado.

La Primera Guerra Carlista


Por esta razón, los carlistas pudieron rebasar el Duero sin sufrir bajas, y se acantonaron en Peñaranda.

Pero Zaratiegui pronto se dio cuenta de que las tropas liberales no pasaban de Aranda, y, aprovechando esa inacción, se decidió a imponer el pendón de su rey en aquellas partes de Castilla la Vieja que nos veíamos obligados a abandonar por defender Madrid.

Eso dio a los carlistas más voluntarios y nuevos prosélitos captados en los pueblos de la Ribera del Duero, que se unían a Zaratiegui en una ola imprevista de entusiasmo por la misma causa que, hasta entonces, habían combatido.

Pero España y los españoles somos así, y no voy a descubrirlo ahora: hoy blanco, mañana negro y pasado mañana gris, porque nuestros amores alternan con los odios y las indiferencias, como las mareas.

La audacia de Zaratiegui le llevó a caer sobre Valladolid y entrar en esa ciudad, donde el ayuntamiento y el obispo se pusieron a sus órdenes, aunque la guarnición del fuerte de San Benito resistió dignamente y se negó a rendirse.

Estando allí, Zaratiegui recibió orden del rey carlista -que aún no sabía que su general había tomado Valladolid- de doblar la cordillera por Almazán y Sigüenza para unirse a la Expedición facciosa que se hallaba en las inmediaciones de Guadalajara y se acercaba a Madrid.

La polémica acción de Nebreda.

Eso debió de ser a mediados de agosto, que fue cuando yo entré en Guadalajara con la caballería y la vanguardia, poco antes de que, a medianoche, lo hiciera el grueso de la fuerza, que llevaba ese día en los pies más de once leguas de marcha con el estómago casi vacío.

Al poco de llegar, recibí instrucciones del subsecretario de la guerra, Pedro Chacón, para que, por orden de María Cristina, acudiese con rapidez a la corte, dadas las críticas circunstancias que se vivían.

Así lo hice, y cuando entré en Madrid acudí al instante a palacio, donde encontré muy abatida y asustada a la regente, a la que tuve que animar hasta que recuperó la esperanza.

Para infundirle más ánimo, hice desfilar a la brigada de la Guardia delante del Alcázar, y ella presenció el desfile desde un balcón acompañada de las infantas.

Esa misma tropa fue en la que poco después, estando acantonada en Aravaca y Pozuelo, se sublevaron los oficiales, lo que casi hunde toda resistencia.

Por ventura, a última hora el gobierno cayó y -mostrando la prudencia que el momento exigía- pude acabar el motín a tiempo de impedir el zarpazo decisivo de la infame facción.

El dilema que se me presentó no era fácil, pues, por una parte, no se podía dejar sin castigo, pero por otra, estando el enemigo en puertas, un exceso de represión podía dejar a muchas unidades de primera línea sin mandos, lo que hubiera sido funesto para la defensa de Madrid.

Por no comprometer mi autoridad en ese dilema, dejé el asunto en manos de María Cristina, que era hábil en ese tipo de manejos y estaba influida por Van- Halen, que era general de mi confianza.

La regente instó al gobierno para que, en previsión de evitar males mayores, fuese indulgente con los que faltaron al orden y la disciplina, dada la urgencia del momento.

Eliminado ese problema, proseguí con las operaciones, y avisado de que los carlistas estaban en Almazán, salí de Torrelaguna hacia Cogolludo, donde a finales de agosto emití una proclama a la tropa.

En ella, sin morderme la lengua, acusé a los partidos, que con diferentes formas aspiran al poder, de querer desunir al ejército para colmar su ambición, aunque eso supusiera convertirse en agentes del cabecilla rebelde. Terminé pidiéndoles lealtad a la divisa que habíamos jurado defender.

Después de dar un respiro a las unidades, agotadas por el calor y la escasa ración, proseguí hasta Daroca, donde me reuní con Oráa.

Allí supe que el rey carlista se hallaba en Calamocha con diecisiete batallones, más de mil caballos y artillería.

Inmediatamente, precedido de las tropas de Oráa, decidí lanzarme sobre el cuartel general rebelde, aunque carecíamos absolutamente de recursos para impulsar las operaciones, y las tropas estaban descalzas, en estado deplorable de desnudez, pues la última remesa de zapatos era de calidad detestable y pequeños para los soldados de la división de la Guardia.

Pero no era momento para titubeos ni quejas. Había que marchar contra el enemigo, y lo hicimos. De los generales carlistas, sólo Cabrera, ese tigre sarnoso, me preocupaba, porque le creía capaz de todo.

¡Cómo me hubiera gustado apresarle para hacerle pagar de una vez sus crímenes!

Es cierto que, miserablemente, Mina y Nogueras autorizaron el fusilamiento de su madre, pero luego él ha rebasado con creces cualquier medida de humana venganza con los prisioneros, e incluso con mujeres y niños que han tenido la desgracia de caer en sus manos.

Es un fanático rencoroso, retrógrado y miserable, aunque reconozco su sagacidad táctica y su conocimiento del terreno, lo que hace muy difícil batirle.

Pero nunca le consideré un militar, y no puedo tratarle como tal. Si le cogiera vivo, lo encerraría en una jaula, igual que hicieron los absolutistas con el pobre Empecinado, para exhibirle como la fiera que es por toda España antes de ahorcarle.”

Pero con todo, Madrid no pudo ser tomada a pesar de la cercanía de las tropas carlitas. Zaratiegui detuvo su avance en las Rozas, el rey don Carlos residió en Arganda, y el General Cabrera llegó hasta los muros del retiro, con el gobierno isabelino en franca descomposición la victoria parecía segura pero, ¿qué pasó?. Todo lleva a pensar que los desarreglos internos de las tropas carlistas impidieron la victoria. El hecho cierto es que las tropas carlistas inician su retirada hacía los bastiones del norte.

La retirada de Madrid supuso un duro golpe para los voluntarios carlistas, que veían escapada la oportunidad de entrar victoriosos en Madrid.

Zaratiegui por su parte, trata de cubrir la retirada de las tropas carlistas, no obstante, a principios de octubre sufre la derrota de Retuerta, al ocupar los liberales Lorenzo y Crandolet las alturas que avanzan entre Retuerta y Quintanilla.

Para conocer más.

- Un episodio de la Guerra Civil en el Ejercito de Carlos V, por D. Clemente Madrazo Escalera, París, 1840. Se puede consultar la edición digital pulsando aquí.
- Fondo del General Zaratiegui. El fondo fue cedido desinteresadamente a la Diputación Foral en 1966 por don Pedro Armero, Conde de Bustillo, quien lo poseía tras el fallecimiento de su prima doña Beatriz Manjón Zaratiegui, Marquesa de Méritos, última descendiente del General. Para consultar pulse aquí.
- Manifiesto de Arciniega, pulseaquí.
El 26 de octubre, Carlos V llegó a tierras vascongadas con el firme propósito de realizar profundos cambios en el gobierno carlista. En Arciniega, el 29 de Octubre de 1837, emite el famoso manifiesto de Arciniega, que en decir de Don Clemente Madrazo fue “el origen de todos nuestros males y verdadera caja de Pandora abierta por el inexperto y atolondrado Arias Teijeiro.”

Efectivamente, la proclama de Arciniega tendrá una vital importancia para Zaratiegui, dado que tras la misma es detenido en Urkiola y encarcelado varios meses. La proclama resumía con gran optimismo los éxitos alcanzados durante la Expedición Real, prometiendo con aún mayor euforia el futuro que esperaba a sus soldados que se verían coronados de laureles. Sin embargo, contenía  unas oscuras palabras que pocos entendieron y que decían: «Causas que nos son extrañas, causas conocidas que van a desaparecer para siempre, han dilatado por poco tiempo más los males de la patria. Pero el ensayo está hecho; se ha visto a cuanto puede aspirarse y las medidas que voy a adoptar llenarán vuestros deseos.» Quería decir que pocos días después comenzaría a destituir a los militares más eminentes con los que contaba su ejército, llegando incluso a encarcelar a algunos de ellos, entre ellos a Zaratiegui y Elio. No obstante, esas causas conocidas no fueron compartidas por todos, así el Príncipe Lichnowsky llegó a decir: "Una negligencia imperdonable, una inercia increíble que presidió todas las operaciones de aquel tiempo, he aquí la causa de nuestras pérdidas y no Zaratiegui y Elío, indignamente calumniados y encarcelados injustamente cuando volvimos a las provincias vascongadas".

Así, en 1838 Juan Antonio Zaratiegui es juzgado por un tribunal militar, correspondiendo su defensa al brigadier Don Clemente Madrazo Escalera. Los cargos que se hacen a Zaratiegui son numerosos, pero sin duda destacan la supuesta violencia ejercida en la población tras la ocupación de Segovia, la supuesta negligencia en la conquista del fuerte de San Benito en la ciudad de Valladolid, su supuesta desobediencia a los ordenes reales en el bloqueo de Madrid, y por último su escasa destreza militar en la acción de Retuerta.

En su alegato de defensa, el brigadier Madrazo manifestó lo que todo el campo carlistas sabía: el procesamiento de Zaratiegui no se debía a un verdadero ánimo justiciero, si no que era más bien una manifestación más de las rencillas entre los líderes carlistas. De hecho,  su abogado defensor no dudo en responsabilizar de todo el proceso a Arias Teijeiro,  que a la sazón ocupaba el ministerio de la guerra y la cartera de Estado. La venganza y la justificación llegó a tanto, que el propio abogado defensor no dudo en manifestar los numerosos errores procesales en la causa de Zaratiegui.

El General en sus últimos años.

Efectivamente, actuó como secretario del Consejo de Guerra don José María Álvarez Arias, que no siendo oficial no podía haber desempeñado dicho cargo, y que además no realizó el juramente de obrar con fidelidad en lo actuado. Con todo, el mayor inconveniente del abogado defensor fue el no poder hablar con su defendido, pues preso en Arciniega, nunca pudo conferenciar con él, dándosele además escaso días para preparar la defensa, e impidiéndole el acceso a toda la documentación necesaria.

Así que la defensa se tuvo que preparar con la simple lectura de los autos, sin que ni siquiera se aceptaran las testificales propuestas por la defensa. De los cargos, todos resultaban banales e infundados, pues nada tuvo que ver Zaratiegui en el comportamiento de sus soldados, ni se acreditó falta de pericia en sus maniobras militares, ni incumplió en ningún momento las órdenes emitidas por don Carlos.

Como explica el príncipe Lichnowsky, Zaratiegui y Elio fueron indignamente calumniados e injustamente encarcelados porque:“si Zaratiegui y Elio hubieran tenido noticia de la proximidad de las fuerzas del Rey, hubieran defendido a toda costa sus posiciones en Madrid”.

Si injuriosos fueron los cargos contra el general, injurioso fue todo el proceso lleno de trabas, trampas y testigos falso y contradictorios. No obstante, su defensa aunque no logró evitar la condena, si logró la exculpación de los cargos más importantes. De cualquier forma, tras su condena Zaratiegui fue liberado en 1839 y nombrado ayudante de campo de don Carlos con el que, tras el Convenio de Vergara, marchó al exilio francés.

Firma del general

Vuelto en 1849  a España, le son reconocidos los grados obtenidos en el campo carlista. En 1868 es ascendido a Teniente General y nombrado Director General de la Guardia Civil. Tras la revolución "Gloriosa" de septiembre de 1868, ya anciano, ofrece sus servicios a Carlos VII quien le encarga del levantamiento de Andalucía como Capitán General de Sevilla y Granada, muriendo antes de conseguirlo.

Antonio Molle Lazo: a los 75 años de su martirio (10-VIII-1936)




El 10 de agosto de 1936 moría en Peñaflor (Sevilla) el joven Antonio Molle Lazo, de 21 años de edad, a manos de una turba de milicianos frentepopulistas.


Era un muchacho afiliado al tradicionalismo y encuadrado en una unidad de requetés de Jerez de la Frontera que aún se encontraba en período de formación y que con el tiempo gestaría el Tercio de Nuestra Señora de la Merced. Fue capturado en combate, pero cayó asesinado siendo ya prisionero. ¿El motivo de su muerte? No consentir en renegar de su fe en Cristo y de su amor a la España católica.
 

Breves trazos de su vida


Antonio Molle había nacido en Arcos de la Frontera (Cádiz) un 2 de abril de 1915, que aquel año era Viernes Santo, y al poco pasó por delante de la casa la procesión de Nuestro Padre Jesús Nazareno: todo parecía presagiar desde el principio el final martirial de nuestro personaje. Hijo de Carlos Molle Gutiérrez y de María Josefa Lazo, fervientes católicos y de firmes convicciones patrias, aprendió de ellos la firmeza en los principios, la devoción religiosa y el valor de la vida familiar.

A los cinco meses marcharon por motivos laborales del padre a Jerez de la Frontera, donde se asentarían definitivamente. No se puede decir, desde luego, que la familia conociera en ningún momento una situación económica boyante, sino que siempre vivieron de forma más bien modesta: en ocasiones incluso el padre y los hijos quedaron en el paro laboral.

Los carlistas lucharon y murieron por Cristo Rey

En Jerez, Antonio se formó en la escuela y creció en su primera etapa de niño y adolescente en el Colegio del Buen Pastor de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Hermanos de La Salle). No destacó nunca en los estudios, que le costaban bastante, pero sí lo suplió, en cambio, por el notable esfuerzo puesto en ellos. 

Asimismo, resaltó por su calidad humana en el trato con los demás, la reciedumbre de carácter que poco a poco se iba forjando y la piedad religiosa que mostró desde pronto como miembro de las congregaciones devocionales que los Hermanos de La Salle tenían en el colegio. También se inició de forma temprana en el amor a Jesucristo Rey, conforme a la instauración de su fiesta por el papa Pío XI en 1925, año en el que precisamente recibió la primera Comunión. Por otro lado, recibió de niño el escapulario del Carmen, quedando vinculado al convento de los carmelitas calzados de Jerez como terciario seglar. Resaltó ciertamente por su devoción mariana y por el rezo del Santo Rosario.


Uno de sus compañeros ofrecería este testimonio: “Antonio fue un congregante y un colegial modelo. Cumplió siempre con exacta fidelidad todas sus obligaciones, y ya entonces podíamos admirar en él que era joven que no consentía jamás el mal en su presencia, y augurábamos todos que había de ser un defensor formidable de la religión en estos calamitosos tiempos”. Otro amigo afirmaría: “Antonio no podía tolerar que en su presencia se faltase lo más mínimo a Dios, a la religión y a la caridad con sus compañeros”.

A los 15 años, en 1930, terminó sus estudios en el colegio, si bien permaneció unido a él mediante la asociación de antiguos alumnos y en las prácticas de piedad y los entretenimientos de éstos, y emprendió la vida laboral. En un primer momento, fue admitido como meritorio en la estación de ferrocarril de Jerez de la Frontera: un empleo en el que no ganaba un salario, sino que había de hacer méritos para poder pasar a ocupar una plaza ya remunerada. Jamás escondió su fe religiosa en un ambiente más bien hostil, dominado por los marxistas, sobre todo socialistas, quienes finalmente consiguieron a nivel nacional que los empleos ferroviarios quedaran restringidos a hijos de trabajadores del ramo. 

De este modo, Antonio Molle se vio en la calle y hubo de buscar trabajo. Lo encontraría como escribiente en unas bodegas y más tarde como taquillero en un teatro, conociendo la realidad del paro obrero en algunos momentos breves, dada la crítica situación económica de la España republicana. Junto con su padre, participó en algunas asociaciones profesionales, pero experimentaron cómo eran crecientemente manipuladas y desviadas por los elementos marxistas hacia sus objetivos políticos.

En todo este tiempo, Antonio fue forjando una personalidad firme en sus convicciones, hasta el punto de animar a otros amigos a ir a las iglesias de los barrios más conflictivos para asistir a la Santa Misa, a pesar de las amenazas de los socialistas a los católicos que vivían allí o que iban a esos templos. También procuraba evitar que sus amigos se dejasen llevar por conversaciones y actitudes que pudieran conducirles hacia la pérdida de la virtud e inclinarse a una vida de vicio. Fue muy aficionado al deporte para evadir los peligros morales que pueden acechar en los años jóvenes y además mediaba en las frecuentes peleas en los juegos.

Con 16 años, en 1931, Antonio Molle se afilió a la Juventud Tradicionalista, que contaba con una sección de cierto relieve en la céntrica y conocida calle de Francos, de Jerez de la Frontera. La simpatía hacia el carlismo le venía por línea familiar, pero fue ante todo la defensa de la fe, de la España católica y de los derechos de la Iglesia lo que le decidió a dar el paso. Le gustaba mucho asistir a las reuniones y tertulias del Círculo Tradicionalista y de la Sección de Juventud, tratar con sus amigos acerca de los problemas presentes, entretenerse allí mismo en distracciones y juegos, comprometerse en las actividades, etc.

Se ofrecía voluntario para acudir disfrazado a los mítines en los que se alentaba a las masas contra la religión, con el fin de conocer los planes de los revolucionarios y poder tomar las precauciones necesarias para evitar el asalto a iglesias y conventos y saber las líneas directrices que se marcaban en otros aspectos con que se pretendía extirpar de España la fe católica. Con valentía se entregaba a colaborar en las campañas electorales y en la distribución de la propaganda y pegadas de carteles, pese a la violencia desencadenada por las formaciones marxistas.


Camino hacia el martirio: el tiempo de prisión



Breve biografía 

Me mataréis,
pero Cristo triunfará


Nació este glorioso joven en Arcos de la Frontera, en la madrugada del Viernes Santo, 2 de abril de 1915. 

Educado en las Escuelas de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, cofrade del Carmen, llevó siempre sobre su pecho el Santo Escapulario. Requeté del Tercio de Nuestra Señora de la Merced, de Jerez de la Frontera, donde vivió desde muy pequeño con sus padres, halló santa y gloriosa muerte en Peñaflor (Sevilla) el 10 de agosto de 1936, después de sufrir en su cuerpo grandes tormentos y mutilaciones, mientras en oposición a las blasfemias e improperios de los rojos, respondía gritando ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España! 

Se atribuyen muchos favores a la mediación de este carlista mártir. Su cuerpo descansa en la capilla de Cristo Rey, en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen de Jerez de la Frontera.
En febrero de 1936, el Frente Popular llegó al poder y se acentuó la persecución religiosa. El 2 de abril, día de su cumpleaños, habían de pasar por la estación de ferrocarril unos batallones del Ejército y Antonio fue con un montón de hojas debajo del brazo para repartirlas entre los soldados al grito de: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Rey!”.

Poco después fue detenido y conducido a la cárcel de Jerez. Allí, como los antiguos mártires, se mostró pleno de alegría y entonaba los numerosos cánticos religiosos que conocía, como el Cantemos al Amor de los amores, el Corazón Santo, Tú reinarás y la Salve, Regina. Frente a las prohibiciones de los carceleros para cantar, se dedicó a escribir en las paredes la letra, con lo cual hubieron de dejarlo por imposible.
 
Recibía la visita de sus amigos y sólo lamentaba no poder oír la Santa Misa ni comulgar, ya que estaba prohibido. Así que se entregó de lleno al rezo del Santo Rosario, solo o con otros católicos que fueron llegando también allí por la persecución religiosa y política que se estaba desatando en España. Pidió a los amigos que le llevaran libros religiosos y sobre todo se dedicó a leer con gran interés las historias de los mártires, encontrando gran consuelo en lo que ellos habían padecido, a la vez que pensaba que lo que él sufría no era digno de parangonarse con sus gestas.

En poco tiempo, el alma de Antonio se estaba transformando hacia una entrega absoluta, heroica y martirial. Su modelo eran los mártires y su corazón se encendía cada vez más en ansias de martirio por amor de Cristo, al que se pisoteaba en España. Otro devoto tradicionalista, encerrado con él en la cárcel de Jerez por aquellos días y con quien hablaba largos ratos, ha transmitido muchas de estas noticias y ha referido que le dijo un día: “Sufriré los más grandes tormentos antes que apostatar de mi Dios”. A la cárcel fue a parar asimismo su hermano Carlos, detenido por defender con otros jóvenes el convento de Santo Domingo de Jerez, de los dominicos, frente al asalto de las turbas marxistas. Por fin, el 16 de mayo, fue puesto en libertad.
 

El martirio


Traslado a Jerez de los restos de Molle Lazo.

El 18 de julio de 1936, el Alzamiento iniciado en Melilla el día antes se extendió por otras partes de España y triunfó pronto en Jerez, Cádiz y Sevilla. Antonio Molle se reunió entonces con los otros “requetés”, los combatientes carlistas, para formar una unidad a disposición de las autoridades militares y que sería el origen del Tercio de Nuestra Señora de la Merced. Los requetés profesaban una sincera fe religiosa y una honda devoción, especialmente hacia Cristo Rey y la Virgen María, teniéndose a sí mismos como auténticos cruzados y confiando en la restauración de la España católica.

Después de afianzar el éxito del Alzamiento en Jerez, los requetés de esta ciudad marcharon a Sevilla para apoyar las operaciones del general Queipo de Llano y allí restablecieron la tradicional enseña española, roja y gualda. Desde Sevilla fueron enviados unos días después a la localidad de Peñaflor el 8 de agosto: el 6, fiesta de la Transfiguración y primer viernes, había comulgado con devoción.

El día 10, fiesta de San Lorenzo, se celebró Misa en el convento de las Hermanas de la Cruz (fundadas por Santa Ángela de la Cruz), pues la iglesia de Peñaflor había sido profanada por los marxistas, y Antonio asistió y comulgó. Algunos han dicho que tal vez se ofreciera en ese momento como víctima de inmolación al Señor, según supusieron por el aspecto tan recogido que presentaba y porque cayó mártir a las pocas horas, pero no existe ningún otro dato que pueda corroborar esa victimación. Lo que sí es muy probable es que realizase una aceptación de la muerte, habitual entre los requetés.


Ese mismo día 10 se produjo un fuerte ataque de los milicianos frentepopulistas a Peñaflor, que cogió de sorpresa a los defensores; el pueblo finalmente no sería perdido por éstos al llegar refuerzos, pero entretanto se produjo el martirio de Antonio Molle.

Los cristeros mejicanos también supieron defender la realeza social de Cristo Rey.

Habiendo permanecido para defender a las Hermanas de la Cruz y a otras mujeres, en un acto de caballerosidad, fue apresado por los milicianos, que le sometieron a una tremenda paliza y a vejaciones, burlándose de él e intentando hacerle blasfemar y renegar de su fe. Gracias a algunos testigos, el relato de lo acontecido es bien conocido. Intentaron varias veces que gritara: “¡Muera la religión!” y “¡Viva Rusia!”; a lo cual sólo respondía: “¡Viva Cristo Rey!” y “¡Viva España!” También, cuando le amenazaban con ir a matarle y a beber su sangre, dijo: “Me mataréis, pero Cristo triunfará”. De los labios de Antonio, sin embargo, no se escuchó ningún insulto. Ante su negativa a blasfemar y a renegar de la fe, le mutilaron las orejas y le sacaron los ojos y parte de la nariz, pero únicamente decía: “¡Ay, Dios mío!” y seguía profesando: “¡Viva Cristo Rey!” Recibía golpes en todo el cuerpo, pero fundamentalmente en la cabeza. Sobre su pecho seguía llevando, también ensangrentado, el “Detente” con el Corazón de Jesús sobre el fondo de la bandera española. Y, comprendiendo que llegaba ya su final, pues uno de los asesinos dijo que iba a dispararle, extendió cuanto pudo sus brazos en forma de cruz, colocó sus piernas asemejándose a las del Crucificado y, con todas cuantas fuerzas pudo sacar aún de su interior, gritó con voz potentísima: “¡Viva Cristo Rey!”
 

Entonces le fusilaron así, en posición de cruz. Cayó al suelo de la carretera, con los brazos abiertos y cruzada su pierna derecha sobre la izquierda. Algunas gotas de sangre habían coloreado sus alpargatas blancas. Eran aproximadamente las cuatro de la tarde. Conservaba todavía cierto movimiento y algunos quisieron rematarle, pero otro les gritó: “¡No arrematarlo, dejadlo que sufra!” Sin embargo, muchos no se contentaron con esto y le volvieron a propinar golpes y cuchilladas. Finalmente, dejó de respirar y su corazón se detuvo. Murió en la carretera y quedó allí solo.
 

Fama de santidad


Tumba donde reposa Antonio Molle Lazo.Basílica de N.S. del Carmen (Jerez de la Frontera)

Las fuerzas nacionales consiguieron finalmente mantener Peñaflor y entonces se recogió el cadáver de Antonio. De inmediato, los testigos contaron el relato de lo sucedido y se le dio fama de muerte martirial. En la iglesia, restaurado el culto tras las destrucciones y la profanación, se celebró una Misa por su alma y por otros caídos en la localidad. Los restos de su sangre fueron también enseguida besados por la gente. El cadáver, con honores militares, fue trasladado a Jerez de la Frontera, donde recibió sepultura, y tiempo después se llevó desde el cementerio a la iglesia del Carmen ante el creciente número de visitas de devotos a su sepultura.

Por suscripción popular se construyó un monumento conmemorativo en Peñaflor y pronto se difundió la fama de su muerte martirial por toda España. Durante la guerra, corrieron estampas y oraciones entre los combatientes y entre la población civil por miles y miles, e incluso llegaron a varios países de Europa y de América. 

También empezaron a llegar noticias de curaciones atribuidas a él por intercesión milagrosa y se escribieron algunas biografías. Todo ello fomentó la idea de abrir el proceso de beatificación y canonización y se constituyó canónicamente ya en 1940 en el convento de Nuestra Señora del Carmen, de los Padres Carmelitas Calzados de Jerez de la Frontera, la “Junta de Cristo Rey”, actualmente Asociación de Fieles “Servidores de Cristo Rey”, desde la cual se trabaja en este fin, con gran empeño sobre todo por parte de quien fue amigo de Antonio Molle, D. Sixto de la Calle Jiménez.

Iconografía del requeté por la Marquesa de la Lealtad


Las ilustraciones de los requetés que acompañan este artículo fueron creación de la artista pamplonesa María Teresa Gaztelu y Elío (Pamplona 4-11-1912), Marquesa de la Lealtad (hija de don Alfonso Gaztelu y Maritorena y doña Blanca Elío).
 
Doña María Teresa, enfermera del Hospital Alfonso Carlos de Pamplona, durante la cruzada nacional del 36, realizó las colecciones de postales del requeté durante el años 1937, convirtiéndose las mismas en una iconografía clásica del espíritu del requeté.

La noble familia navarra de doña María Teresa estuvo ligada siempre a la historia del carlismo, su bisabuelo fue don Joaquín Elio y Ezpeleta (1806-1876), general de los ejércitos de Carlos V y I duque de Elío.

Su hermana doña María Inés Gaztely y Elío (15-4-1915), trabajó durante al guerra como voluntaria en la Oficina de Socorro e Información de Pamplona, terminada la guerra, el seis de enero de 1940 casó con Rafael Elío y de Gaztelu, marqués de Vessolla, quien fue capitán de Caballería, combatiendo en la contienda civil de 1936, siendo herido varias veces. De dicho matrimonio se cuentan seis hijos: Inés Elío y de Gaztelu, Blanca Elío y de Gaztelu, Francisco Xavier Elío y de Gaztelu, Rafael Elío y de Gaztelu, Isabel Elío y de Gaztelu, Alfonso Elío y de Gaztelu.

Igualmente el hermano de María Teresa, don Alfonso (25-11-1910) que fuera presidente de la Juventud Jaimista de Pamplona, marchó el 19 de julio del 36 como capitán del Requeté hacia Somosierra, muriendo durante la Cruzada (22 de marzo de 1937) tras la heridas sufridas en el frente del Jarama. A igual que María Teresa era buen pintor elaborando antes de la guerra algunos carteles de propaganda carlista.










viernes, 17 de febrero de 2012

Los Círculos Carlistas: vida comunitaria... y conspiración

 
(Peña España, el histórico Círculo Carlista de Vila-Real)

Durante el larguísimo período de la Revolución, fueron los Círculos Carlistas refugio de lo más integro y puro que había en España. Eran, por lo general, locales muy modestos y recatados que contrastaban elocuentemente con los confortables Casinos de la burguesía liberal y con las revueltas y pringosas mal llamadas "casas del pueblo".

Los Círculos Carlistas solían adornarse un poco infantilmente con aire pueblerino, fuera de las exigencias de la moda francesa o inglesa que imperaba. Lo más frecuente era que dominasen los motivos heráldicos, en los que se multiplicaban flores de lis y boinas bermejas. Su iconografía era siempre religiosa y militar. Cuadros de Santos y Caudillos, románticas y descoloridas litografías de guerrilleros y de escenas de batallas y vivacs.

Dentro de ellos se reunía -bien con su Dios y en paz con su conciencia- lo que en frase convertida en tópico llamaba nuestra Prensa "la gran familia carlista". Una perfecta y exacta democracia, una hermandad católica reinaba entre los hombres y las clases. Al lado del noble, del hombre de carrera y de negocios, tomaban café los menestrales, los adolescentes, los curas. Sirvan de ejemplo aquellas reuniones que se celebraban en el Palacio-Museo del Marqués de Cerralbo, de Madrid, a las que asistían por invitación y turno todos los carlistas de la Corte.

La suprema jerarquía en orden al respeto era la del veterano, es decir el anciano glorioso que se había batido en los Reales Ejércitos y contaba a todos cómo había muerto Radica o cómo vió pasar al Rey, jinete en su blanco caballo de romance, con la boina y las endrinas barbas florecidas.

El lenguaje era mesurado y respetuoso. Jamás estallaban las blasfemias, y había dos palabras que se pronunciaban siempre con un respeto que rayaba en unción: el Rey, el señor.

¡El Rey! ¡El señor! Toda su magnífica reciedumbre fonética, esa fortaleza masculina de las erres, sonaba sin recortes de adulación cortesana, porque el Rey, el señor, proscrito, perseguido, no podía conceder a sus leales más mercedes que aquellas sobrias y afectuosas cartas que como el oro más caro de sus recuerdos guardaban nuestros padres y nuestros abuelos. Aquellas cartas de la realeza auténtica a sus vasallos fieles, que terminaban casi siempre con un "un abrazo" o "tu afectísimo" Carlos o Jaime.

Nunca podré olvidar el orgullo con que un humilde fogonero de las minas de Asturias me enseñaba una foto que le había dedicado el Rey Don Jaime, a quien con ocasión de la peregrinación carlista a Lourdes, había ido a ver a pie, desde Ujo, a través del Pirineo nevado, sabiendo que el único premio a su esfuerzo iba a ser besar la mano del Rey. ¡Ejemplo admirable de los hombres de un ideal santificado!.

¡Cuanto bien han hecho a España los Círculos Carlistas con sus estampas desvaídas, sus lises de papel, sus veladas familiares y el espíritu integro, terco y sublimado de recia y sana virilidad de los hombres que en ellos se formaban!.

Frente al Círculo Carlista, combatiéndolo, intrigando contra él, estaba lo frívolo, lo veleidoso, lo extranjerizante, lo corrompido, lo perverso y, en el mejor de los casos, lo acomodaticio o lo engañado.

De los Círculos Carlistas -de Navarra y de fuera de Navarra, que el carlismo fué siempre un ideal nacional que no es posible localizar -salieron los treinta mil voluntarios de los primeros ocho días del Movimiento, base del Ejercito de Mola y primeras masas considerables que corrieron a cubrir -rezando y cantando sus himnos- los frentes de combate de Ochandiano, Guipúzcoa, Somosierra, Guadarrama, Aragón...

De los Círculos Carlistas salieron los discursos de Mella, las afirmaciones de Pradera, los textos de Aparisi, los insuperables documentos de los Reyes para extenderse por todo el país; doctrina completa y sana (...)

Lejos de apetencias inmediatas de Poder por el Poder mismo, aislado en una oposición irreductible contra todas las falsedades existentes, perseguido y odiado, el carlismo era unas veces un poderoso Ejército combatiente que cubría de boinas blancas y coloradas las ásperas topografías de la Patria y otras una Comunidad de luchadores, casi al borde de la ley, que vivía rindiendo culto a sus profundos fervores y fortaleciéndose espiritual y físicamente para reanudar la lucha en la primera ocasión que se presentase.

Dos elementos se perfilaban clarísimamente dentro de la Comunión: el religioso y el militar. Lo político, lo electoral, era secundario . Si se asistía a los Comicios y se hablaba en el Parlamento era -como ordenó el Rey Don Carlos- para aprovechar tan formidable medio de propaganda. El Congreso sólo se consideraba como una magnífica caja de resonancia donde la voz de la Tradición cantaba virilmente sus protestas por bocas tan excelsas como las de Monterola, de Mella, de Pradera.

El carlismo enraizado en las más hondas realidades de lo español, se desarrollaba en las clases menos contaminadas, donde con más pureza se conservaban los auténticos valores de la raza: los hidalgos rurales, las masas aldeanas, los curas...

En las viejas ciudades de provincias, de angostas calles y piedras ennegrecidas, el carlismo, al margen de muchas discordias y apetitos, laboraba incesantemente para mantener vivo el ideal y dispuestos los hombres al sacrificio por él (...)

Jesús Evaristo Casariego. La Verdad del tradicionalismo 

Los distributistas y la realidad del capitalismo

 
"El Capitalismo constituye una calamidad no porque defienda el derecho legal a la propiedad sino porque representa, por su propia naturaleza, el empleo de ese derecho legal para beneficio de unos pocos privilegiados contra un número mucho mayor de hombres que, aunque libres y ciudadanos en igualdad de condiciones, carecen de toda base económica propia.

Por lo tanto, la calamidad básica que de una manera drástica llamamos capitalismo, debiera, con más precisión llamarse «Proletarianismo», dado que las características del mal estado de la sociedad que hoy llamamos «Capitalismo» no consisten en el hecho de que unos pocos tengan propiedades sino en el hecho de que la mayoría, aún cuando desde el punto de vista político sean iguales a sus amos y libres para ejercer todas las funciones inherentes a un ciudadano, no pueden disfrutar la libertad económica completa. [...] La presencia de un proletariado tan amplio es la que imparte el tono a todo el conjunto de la sociedad y lo que hace que ella sea una Sociedad Capitalista”.

Hilaire Belloc La crisis de nuestra civilización 

"Digo pues, que hicieron su aparición contra la Iglesia los integrantes de un grupo de ricos inmorales que esperaban sacar ventaja de una ruptura general en la organización popular de la sociedad…Una clase poco numerosa, extremadamente rica, contaminada del ateísmo que se oculta siempre en la segura riqueza disfrutada durante largo tiempo, comenzaba a apropiarse en demasía de la tierra inglesa…es verdad que el monopolio absoluto del suelo y la opresión del pueblo por parte de los terratenientes es un procedimiento puramente protestante. Nada análogo sucedió ni podía haberse concebido en la Inglaterra de la pre-reforma…(esta oligarquía) comenzaba a inmiscuirse en la administración judicial, a reemplazar al pueblo en la legislación local y a suplantar apreciablemente al rey en la legislación central….rebelarse contra la Fe, que siempre ha mirado con reservas y ha restringido y reformado la tiranía de la riqueza”.

Hilaire Belloc. Europa y la Fe 

“La única diferencia entre una turba de ingleses libres –capitalistas- que dependen de no faltar a sus puestos de trabajo para subsistir y un rebaño de rusos serviles –comunistas-, es que los primeros están explotados en beneficio privado y los segundos por el Estado de manera comunal. El objeto de las clases dirigentes rusas es el establecer una burocracia cómoda para sí mismos y sus intereses fundamentada sobre la labor y el esfuerzo del proletariado. El objeto de la clase dirigente inglesa es incrementar sus fortunas privadas sobre las espaldas de la clase obrera explotada. Nosotros necesitamos algo distinto a cualquiera de los dos"


"Decir que debemos tener socialismo o capitalismo es como decir que debemos optar porque todos los hombres entren en los conventos y unos pocos tengan harenes… porque el gran ‘trust’ no tiene más derecho de absorber en un monopolio todas las fortunas privadas y afirmar que así defiende la institución de la propiedad, que el que tiene el Gran Turco de raptar a todas las mujeres y encerrarlas en un serrallo, afirmando que así defiende la santidad del matrimonio”.

G.K Chesterton

sábado, 4 de febrero de 2012

Russell Palmer: Defenders of the Faith (1938)


En 1936, l'editor e decumentalista norteamericano Russell Palmer emprencipó un viage per Espanya ta dar testimónio d'a Cruçata que o pueblo espanyol feva cuentra os enemigos d'a Fe e a civilizacion. Entre atras grabacions, rodó altalle o decumental Defenders of the Faith (Esfensors d'a fe) en l'anyo 1938, que estió emitito, sosprendentement, per TVE en o programa «El Laberinto Español», que dirigiva l'historiador Jorge Martínez Reverte. Grácias a ixa emision, podemos hue veyer-ne una cópia en youtube.

A pelicla ye, seguntes se conta en o prelogo d'a mesma, o primer decumental en color sobre una guerra, e tiene una valura historica inqüestionable. Imagens d'a retaguardia, de frents de guerra, d'accions aérias, de profanacions, u d'a eixemplariedat d'as mullers espanyolas fan que esta pelicla seiga una chiqueta alfaya, una cinta imprescindible ta revindicar a história e a memória, reals, d'un tiempo e un país.
 
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