viernes, 12 de octubre de 2012

ORDEN SOCIAL, CULTURA Y AMOR EN GUSTAVE THIBON


Contra la absurda pretensión reduccionista que tanta gente sostiene, presumiento que todo está en internet hay que decir que todavía quedan muchos libros y artículos en papel, en negro sobre blanco, que no están en internet y que merecen ser leídos. Ayer queríamos saber más de Gustave Thibon y nos acordamos de un artículo -escrito por Fernando García-Mercadal, un artículo sobre Thibon- que leímos con anterioridad a leer al mismo Thibon; es más, este artículo nos incitó a buscar libros de Thibon, hace ahora muchísimo tiempo. Por eso mismo hemos pensado que, aunque no lo transcribamos íntegramente, bueno sería transcribir unos densos y sendos pasajes que nos parecen de lo más interesante a quien quiera introducirse en la lectura del filósofo francés Gustave Thibon. Decir también que, gracias a este artículo, supimos que Gustave Thibon pronunció una conferencia en el Colegio Mayor Belagua de Pamplona, durante el curso académico de 1974-1975, bajo el título de "Instrucción y Cultura"; conferencia que reprodujo, en su día, la revista NUESTRO TIEMPO (NÚMEROS 255-256).



EL ORDEN SOCIAL

Nuestro autor mantiene una visión organicista de la sociedad. Se trata, nos dice, "de redimir lo social coronándolo con lo espiritual; la familia, las comunidades agrícolas y artesanales, las sociedades de tipo feudal o monárquico, y por encima de todo la Iglesia, realizan este ideal, en la medida en que no degeneran en conformismo o tiranías".

La ciudad moderna representa la antítesis de su modelo político, porque en ella se confabulan el dinero desconocido, el estado abstracto y "el parloteo de los medios de comunicación". Deplora, también, la agonía del civismo y la paulatina desaparición de las agrupaciones naturales y diversificadas en donde primaba el respeto a la ley de la sangre y una cotidiana relación de vecindad que permitía desenmascarar fácilmente al parásito que hurta el rendimiento de los demás sin aportar nada a cambio. Y considera paradójicas: "Las conciencias planetarias, dispuestas a asimilar sin dificultad a cualquier habitante de las antípodas, o incluso a un marciano si lo hubiera, pero que, en cambio, rechazan, en bloque, la herencia moral de sus propios ancestros".

El positivismo, marxista y capitalista, quedan en definitiva, neutralizados por el espíritu conservador que puede adoptar dos vías: la fidelidad viva, consistente en prolongar lo mejor del pasado, y el amor contemplativo que proyecta el presente hacia la eternidad.

Thibon practica, por consiguiente, una especie de meritocracia o neoplatonismo político: que gobiernen los mejores, los más capacitados, tras un pacto popular sacralizado por el juramento, la lealtad y el espíritu caballeresco, que son la mejor garantía, junto a Dios -origen de la libertad humana-, contra cualquier totalitarismo.

INSTRUCCIÓN NO ES CULTURA

En esta ceremonia de la confusión que padecemos todo tiende a diluirse, y la palabra cultura, como tantas otras, se emplea sin rigor alguno para describir realidades que muchas veces le son totalmente ajenas.

La cultura es algo interior y se refiere al ser; son los valores de cotización permanente. Para el hombre genuinamente culto "existe no sólo lo desconocido, sino también lo incognoscible". Su acceso al conocimiento implica necesariamente su participación vital, una capacidad de reflexión, de crítica y no una mera acumulación de datos. La instrucción, en cambio, es superficial y referida al tener. Así el dogmatismo utilitarista y laico se ufana de haber agotado la introspección de las cosas con la simple medición de sus aspectos cuantitativos y concibe lo misterioso como una "ignorancia provisional" que terminará por iluminarse a medida que la ciencia avance. Thibon hace suya una afortunada frase de Víctor Hugo: "el espíritu científico toma lo exacto por lo verdadero".

LA DIALÉCTICA DEL AMOR

Thibon no se limita como tantos otros teóricos a realizar un diagnóstico de las dolencias de nuestra época, sino que también propone los correspondientes remedios. Precisamente por eso el amor, el verdadero amor, el que nada tiene que ver con los comercios fundados en la búsqueda del placer o del provecho, ocupa un destacadísimo lugar en sus intenciones. Un amor repleto de exigencias superiores, que es pudor, ofrenda, fuente secreta, refugio, sinceridad, ternura, fusión y distancia, todo a la vez. Un sentimiento hermoso e incomparable que adquiere su máxima plenitud en la espontaneidad del abrazo conyugal y que exige siempre un profundo respeto hacia los demás: "Amar es tener hambre juntos, no devorarse el uno al otro".

Resumiento. Afligido ante un universo amoral que ha quebrado los modelos tradicionales ideados por nuestros mayores para representar la ley inmutable y divina, Thibon nos propone el amor como el instrumento de esperanza capaz de purificar las miserias de este mundo.

"Gustave Thibon: la sabiduría de un campesino", artículo de Fernando García-Mercadal, publicado en la revista PUNTO Y COMA, Invierno 1988-1989

El capitalismo y el socialismo contra la propiedad. Rafael Gambra y las bases antropológicas de la propiedad humana


La propiedad capitalista comenzó con el liberalismo económico, con el código napoleónico y la división forzosa de patrimonios, con las leyes desvinculadoras, antigremiales y desamortizadoras. Hoy está escrito en las almas, en las costumbres y en las leyes.

Los males y abusos del capitalismo no se eliminan con la socialización de los bienes. Eliminar la propiedad privada es cortar definitivamente las bases económicas de la familia y también de otras muchas instituciones que sirven de contrapoderes al Estado y hacen posible la libertad política. En frase de Hilaire Belloc "tal solución sería como, pretender cortar los horrores de una religión falsa con el ateísmo, o los males de un matrimonio desdichado con el divorcio, o las tristezas de la vida con el suicidio (La Iglesia y la propiedad privada). Entregar toda la riqueza posible a un solo administrador universal supone el definitivo desarraigo del hombre, reduciéndolo a su condición, meramente individual. Supone también romper todo vínculo espiritual con las cosas, que dejarán así de ser horizonte o entorno humano para convertirse sólo en fuente indiferenciada de subsistencia. Paradójicamente el colectivismo potencia hasta su máximo el individualismo, y, a través de un proceso minucioso de masificación, elimina del corazón humano toda relación con el mundo circundante que no sea la codicia, la disconformidad y la envidia.

Era una sentencia corriente entre los liberales del siglo pasado que "los males de la libertad con más libertad se curan". Yo he pensado siempre que son "los males de la propiedad los que con más propiedad se curan". Es decir, restituyendo al ejercicio de la propiedad toda su profundidad y sus implicaciones, el marco de significación y de vinculaciones de que fue privada. Cuando la sociedad no era gobernada por ideólogos y políticos de profesión —antes de la revolución política e industrial—, tanto nuestra civilización como toda otra tendieron a dotar a la propiedad de un cierto carácter sacral y patrimonial que hacían posible esa correlación de deberes y derechos en que consiste la justicia. Cuando a mayores derechos corresponden mayores deberes (y a la inversa), las diferencias inevitables de fortuna o posición social se hacen tolerables y aun respetables, precisamente porque no son puramente diferencias económicas sino estatus, que asocian al disfrute de los bienes implicaciones espirituales de lealtades y de deberes.

Como por sarcasmo, fue en nombre de la libertad como se realizó esa limitación de la propiedad a su aspecto más material y menos humano, es decir, como se la transformó en ese capitalismo contra el que más tarde se rebelaría el socialismo. Se trataba de desvincular al hombre de los lazos históricos que lo ligaban a su pasado, de los mitos y supersticiones ancestrales que condicionaban su comportamiento, de buscar la libre expansión del individuo y la libre expresión de su voluntad. La casa y los campos "que por ningún precio se venderían", las tierras amortizadas por la piadosa donación, los bosques comunales inajenables por considerarse propiedad de generaciones pasadas, presentes y futuras, era cuanto tenía que ser desvinculado o desamortizado para la mejor explotación y para "la riqueza de las naciones".

Este designio de la revolución económica radica en un tremendo error sobre la naturaleza del hombre y de la condición humana. Estriba en concebir al hombre —a cada hombre— como una especie de encapsulamiento que encierra al verdadero individuó, a modo de un núcleo —bueno, racional y feliz por naturaleza— al que hay que liberar de esa cápsula, hecha de tabús y de opresión que lo deforman y esclavizan. Esta idea está escrita a fuego en el espíritu de la Modernidad. Destruir los prejuicios, desenmascarar los tabús, ha sido el imperativo de casi dos siglos de pedagogía y de política.

El primitivo buscó cuevas donde guarecerse: el hombre moderno se empleó en demoler las mansiones que durante milenios albergaron a su civilización sin pensar que en el término del proceso hallaría la intemperie: aquello precisamente que impulsó a sus antepasados a buscar el refugio, con su angosta entrada, con sus paredes y su bóveda, es decir, un ámbito protector habitable, defendible, decorable (...)

El hombre —cada hombre-—no es un núcleo escondido que haya de "liberarse" o ser despertado rompiendo el cerco de maleza que lo rodea, como a la hermosa durmiente del bosque. Si alcanzáramos a aniquilar cuanto un hombre ha creído y ha amado y realizado a lo largo de su vida daríamos, no con el primitivo sano y feliz o con el hombre al fin liberado y "él mismo", sino con el yermo desertizado o con la inmensa ausencia de una decepción sin límites, tal vez con el desaliento de una incapacidad ya de rehacer. 

Porque el hombre —cada hombre— consiste en esa serie de lazos que él mismo —-en buena parte-— ha ido creando con las cosas: todo aquello que considera como suyo, sin lo cual su vicia carecería para él mismo de sentido y aparecería a sus ojos como impensable. El hombre no es su pura naturaleza potencial, ni sus disposiciones natales o heredadas, aunque sea también esto. En tanto que hombre individualizado, actual, irrepetible, se forja en una misteriosa relación de sí mismo con cuanto le rodea, dentro de la cual ejerce su capacidad de entrega (o donación) y de apropiación, edificando así su mundo diferenciado y, con él, su personalidad íntima. Hacer libre a un hombre no consiste en desasirle de su propia labor —de su trabajo— sino conseguir que trabaje en lo que ama o que pueda amar aquello que realiza. Hombres libres no son aquellos que flotan indiferentes o desasidos de cuanto les rodea, sino los que alcanzan a vivir un mundo suyo, aunque no trascienda de su vida interior, aunque haya sido logrado en la ascesis y el esfuerzo.

Es de Saint-Exupéry la frase: "no amo al hombre” amo la sed que lo devora". El hombre más dueño de sí y de su mundo, y con mayor personalidad, suele ser también el más ligado y entrañado en ese mundo propio, porque las raíces son en él las más firmes y exigentes; diríamos, en términos hoy habituales, el menos libre. Al paso que el hombre más libre en este último sentido es el más disponible al viento de la vida y de sus propias pasiones; es  decir, el menos capaz de vida interior y de creación, el menos libre en la realidad.

Basta, por lo tanto, con conocer al hombre mismo y a su relación con el mundo circundante para incluir la propiedad privada entre sus más radicales derechos; es decir, para reconocerla como el ámbito de su vivir auto constitutivo. Sin la posibilidad de extender el Yo —y el Super-yo— a las cosas, sin poder hacerlas nuestras y dotarles de un sentido, nunca adquirirá la vida humana su dimensión profunda, ni madurará en sus frutos* ni existirá un motivo para vivirla por muchos medios que se arbitren para facilitarla.

La técnica del "nivel de vida", convertida en soberana y erigida en fin último "social" e individual de una "sociedad de masas", ha dotado al hombre de medios de subsistencia y confort desconocidos por los más afortunados de otras épocas. Pero a la vez, y a un ritmo visiblemente acelerado, le privan de los lazos de compromiso y de apropiación (incorporación a sí mismo) que engendraban para él un mundo propio, diferenciado, y ello hasta desarraigarlo de todo ambiente personalizado y estable, vaciando su vida de sentido humano, de objetivos y de esperanza. M derecho a poseer algo y a serle fiel no figura entre esos "Derechos Humanos" que abren camino al universo socialista.

En rigor, es la Ciudad creada por el fervor a sus símbolos y a sus dioses lo que sostiene al hombre que vive en su seno, y lo preserva del hastío y de la corrupción; porque entre hombre y Ciudad se establece una misteriosa tensión por cuya virtud la corrupción, cuando sobreviene, no está tanto en los individuos como en el imperio que los alberga. Cuando viven en la lealtad y el fervor, hasta sus mismas pasiones los engrandecen; cuando, en cambio, viven juntos para sólo servirse a sí mismos, sus propias virtudes aprovechan a la pereza y al odio mutuo.

Porque la Ciudad sostenida por el fervor engendra para el hombre dos elementos necesarios a su sano vivir: de una parte, el sentido de las cosas, que libra al hombre de caer en la incoherencia de un mundo sin límites ni estructuras; de otra, la maduración del vivir, por cuya virtud la obra que el hombre realiza paga por la vida que le ha quitado, y el mismo conjunto de la vida, por ser constructivo, paga ante su eternidad. Ello libra al hombre del hastío de un correr infecundo de sus años y le concilia con su propio morir.

Como ha escrito Salvador Minguijón, "el localismo cultural, impregnado de tradición y fundado sobre la difusión de la pequeña propiedad, sostiene una permanencia vigorosa frente a la anarquía mental que dispersa a las almas. Los hombres pegados al terruño, aunque no sepan leer, disponen de una cultura que es como una condensación del buen sentido elaborada por siglos, cultura muy superior a la semicultura que destruye él instinto sin sustituirlo por una conciencia (...). La estabilidad de las vidas humanas crea el arraigo, que engendrará nobles y dulces sentimientos y sanas costumbres. Estas cristalizan en saludables instituciones que, a su vez, conservan y afianzan las buenas costumbres. No es otra la esencia doctrinal del tradicionalismo".

Rafael GambraLa propiedad bases antropológicas (revista Verbo), Pulsa para leer el texto completo

jueves, 11 de octubre de 2012

Origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad


En varias oportunidades y en diversas revistas he aclarado conceptos inexactos o confusamente expresados que corren por los libros y la Prensa acerca de los orígenes históricos del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, por atribuírseme a mí equivocadamente la invención material de ese vocablo, al mismo tiempo que se pasan por alto interesantes circunstancias históricas que señalan el punto de arranque del hermoso movimiento que se distingue con dicho nombre.

Fue mi gran amigo D. Ramiro de Maeztu uno de los primeros que me atribuyeron la creación del vocablo «Hispanidad» en su libro Defensa de la Hispanidad, publicado a principios de 1934. El ejemplar que me envió a mi residencia habitual de Buenos Aires lleva esta dedicatoria autógrafa: «Al Rev. P. Zacarías de Vizcarra, creador del vocablo 'Hispanidad' con la admiración y la amistad de Ramiro de Maeztu.» Y en la página 19 de la obra se lee: «La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra.»

El inolvidable Cardenal Gomá, en su famoso discurso del teatro Colón, de Buenos Aires, se refirió en términos parecidos al origen del vocablo: «Ramiro de Maeztu –dijo– acaba de publicar un libro en 'Defensa de la Hispanidad', palabra que dice haber tomado del gran patriota Sr. Vizcarra y que ha merecido el 'placet' del académico D. Julio Casares.» (Juan Gil Prieto, O. S. A., «La Sección Española del XXIII Congreso Eucarístico Internacional», Buenos Aires, 1934, pág. 425.) .

En el número de febrero de 1936, la revista madrileña «Hispanidad» repetía la misma idea: «Mucho y bueno sabe D. Ramiro de Maeztu –escribía– de la fecunda labor que en la Argentina ha realizado y sigue realizando el autor de la palabra 'Hispanidad'.» Con frase más precavida, por recordar quizá alguna de mis aclaraciones anteriores, escribía así en su obra Ideas para una filosofía de la historia de España el docto catedrático D. Manuel García Morente: «¿Cómo designaremos eso que vamos a intentar definir y simbolizar?... Existe una palabra –lanzada desde hace poco a la circulación por monseñor Zacarías de Vizcarra– que, a mi parecer, designa con superlativa propiedad eso precisamente que la filosofía de la historia de España aspira a definir. La palabra aludida es 'Hispanidad'. Nuestro problema puede exactamente expresarse en los términos siguientes: ¿qué es la hispanidad?» (Signo, 23 enero de 1943).

Veremos en estas líneas cómo es más aceptable la frase del Dr. García Morente que las demás antes citadas, aunque quizá en alguna de ellas se habrá tomado «crear» en el sentido lato de «lanzar a la circulación», que admite explicación satisfactoria.

Antigüedad del vocablo material «Hispanidad»
Basta hojear los viejos diccionarios castellanos para encontrar en ellos esta palabra, aunque con diversa significación de la que ha recibido actualmente y con la esquela mortuoria de «anticuada». Así, por ejemplo, la quinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1817, dice así: «Hispanidad, s. f., ant. Lo mismo que Hispanismo.» Y a continuación define así esta otra palabra: «Hispanismo, s. m. Modo de hablar peculiar de la lengua española, que se aparta de las reglas comunes de la Gramática. Idiotismushispanicus.»

Tan antigua es esta palabra en su sonido material, que la encontramos en el Tractado de Ortographia y accentos del bachiller Alexo Vanegas, impreso en Toledo, sin paginación, el año 1531 y conservado como preciosidad bibliográfica en la Biblioteca de la Real Academia de la Lengua. «De los oradores –dice Vanegas– M. Tull. yQuinti. son caudillos de la elocuencia, aunque no les faltó un Pollio que hallase hispanidad en Quintiliano», &c. (segunda parte, cap. V).

Más aún: es probable que los romanos del siglo primero después de Cristo empleasen la palabra «hispanitas» (hispanidad) para designar los giros hispánicos del latín de Quintiliano, en el mismo sentido que el propio Quintiliano usa la palabra «patavinitas» (paduanidad) al hablar del latín, de Tito Livio. «Pollio –dice– deprehendit in Livio patavinitatem», es decir: «Polión encontró patavinidad (paduanidad) en Livio.» (De Institutione Oratoria, libro I, cap. V).

Pero date o no date del siglo primero la materialidad de la palabra «Hispanidad» lo cierto es que no tenía la significación que luego se le ha dado, y era además inusitada hasta en su acepción gramatical.
¿Cuándo y por qué se desenterró esta la palabra y se le infundió vida nueva, para encarnar dos conceptos modernísimos?
Esto es lo que tratan de aclarar las presentes líneas.

Orígenes del «Día de la Raza»
El poeta y periodista argentino Ernesto Mario Barreda, en un largo artículo publicado en La Nación de Buenos Aires el 12 de octubre de 1935, narra sus visitas al puerta de Palos y al convento de La Rábida en 1908, la entrega que hizo de un álbum que la Sociedad Colombina dedicó al presidente de la nación argentina, la fundación de la Casa Argentina de Palos, llevada a cabo por el cónsul de aquella república en Málaga, el entusiasta hispanófilo D. Enrique Martínez Ituño, y la celebrada el día 12 de octubre de 1915 por primera vez con el nombre de Día de la Raza en dicha Casa Argentina.

El documento impreso que cita está encabezado así: «Casa Argentina. –Calle de las Naciones de Indias Occidentales. –Carretera de Palos a La Rábida. –Club Palósfilo. –Hijas de Isabel. –Día de la Raza, 12 de octubre de 1915.» Luego se copian unos versos del mismo poeta Barreda alusivos a las carabelas de Colón y se exponen las razones de la nueva festividad, epilogadas con este apóstrofe a España: «Reunidos en la Casa Argentina los Palósfilos y las Hijas de Isabel en este Día de la Raza, hacemos votos para que con tus hijas las Repúblicas del Nuevo Mundo formes una inteligencia cordial. Y un abrazo fraterno sea el lazo de unión de los defensores de la Ciencia, el Derecho y la Paz.»

Esta iniciativa encontró eco en América, y sobre todo en Buenos Aires, aunque no todos los que allí aplaudíamos la sustancia de la fiesta estábamos de acuerdo con el nombre con que se la designaba.

Con fecha 4 de octubre de 1917, el Gobierno de la nación argentina, con la firma del presidente y de todos los ministros, declaró fiesta nacional el 12 de octubre, dando estado oficial a la afortunada iniciativa particular nacida dos años antes en una Casa Argentina.

Aunque en el texto del famoso y magnífico Decreto del Gobierno nacional no se habla de Día de la Raza ni se menciona siquiera la palabra «raza», sin embargo, la mayor parte de la Prensa se sirvió de aquella denominación, y se tituló «Himno a la Raza» el que compuso para el 12 de octubre del mismo año el patriota español don Félix Ortiz y San Pelayo, y fue cantado solemnemente en el teatro Colón por cinco masas corales reunidas.

Por las razones que luego indicaré no me satisfacía el nombre de Día de la Raza, que iba adquiriendo cada vez mayor difusión. Era necesario encontrar otro nombre que pudiera reemplazarlo con ventaja. Y no hallé otro mejor que el de «Hispanidad», prescindiendo de su anticuada significación gramatical y remozándola con dos acepciones nuevas, que describía yo así en una revista de Buenos Aires que no tengo a mano ahora en Madrid, pero que encuentro citada en la mencionada revista Hispanidad de Madrid, en el número de 1 de febrero de 1936: «Estoy convencido –decía en ella– de que no existe palabra que pueda sustituir a 'Hispanidad'... para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra 'Hispanidad' y otras dos voces que usamos corrientemente: 'Humanidad' y 'Cristiandad'. Llamamos 'Humanidad' al conjunto de todos los hombres, y 'humanidad' (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad. Asimismo llamamos 'Cristiandad' al conjunto de todos los pueblos cristianos y damos también el nombre de 'cristiandad' (con minúscula) a la suma de las cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra 'Hispanidad': significa, en primer, lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados por Europa, América, África y Oceanía; expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica.»

Estas dos acepciones nuevas de la palabra «Hispanidad» nos podían permitir reemplazar ventajosamente el vocablo «raza» que, como escribía yo en la mima revista, me parecía «poco feliz y algo impropio»; pero no figuraban todavía en los diccionarios. Por eso, en un escrito que publiqué en Buenos Aires en 1926 bajo el título «La Hispanidad y su verbo», y obtuvo amplia difusión en los ambientes hispanistas, elevaba a la Real Academia de la Lengua esta modesta súplica: «Si tuviéramos personalidad para ello, pediríamos a la Real Academia que adoptara estas dos acepciones de la palabra 'Hispanidad' que no figuran en su Diccionario.»
En efecto: en la decimaquinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1925, seguía presentando la palabra «Hispanidad» como anticuada, con el sentido gramatical de siempre, en esta forma: «Hispanidad, f., ant. Hispanismo.»

Hubo que esperar a la decimasexta edición, divulgada oficialmente en 1939, para encontrar una nueva definición oficial de esta palabra que supone un progreso en la materia, aunque no nos parece todavía suficiente clara ni completa. Dice así: «Hispanidad, f. Carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura española. 2. ant. Hispanismo.»
Esperamos que el progreso iniciado se completará en sucesivas ediciones del Diccionario oficial.

Impropiedad e inconvenientes de la denominación «Día de la Raza»
Absolutamente hablando, puede darse explicación satisfactoria a la denominación Día de la Raza tomando esta palabra en un sentido metafórico, equivalente a «tipo moral» cualquiera que sea la raza fisiológica a que pertenezcan los que lo comparten.

Pero como no se puede andar explicando continuamente a todo el mundo la significación impropia y translaticia del vocablo, asociamos instintivamente a la palabra su sentido fisiológico, y nos suena como cosa absurda hablar de «nuestra raza» a un conglomerado de pueblos integrados por individuos de muy diversas razas, desde las blancas de los europeos y criollos hasta las negras puras, pasando por los amarillos de Filipinas y los mestizos de todas las naciones hispánicas. En realidad, ni siquiera los habitantes de la Península Ibérica pertenecen a una sola raza. Desde los tiempos prehistóricos viven en España pueblos dolicocéfalos, braquicéfalos y mesocéfalos de las más diversas procedencias, que los historiadores no han sido capaces de fijar. A la variedad de las razas prehistóricas se añadió luego la mezcla de fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, suevos, árabes, &c., &c... que ha hecho cada vez más absurda la pretensión de catalogar racialmente a los mismos españoles peninsulares. Son, pues, inevitables las sonrisas cuando se habla de «nuestra raza» ante un auditorio de blancos, negros y amarillos y aceitunados, sobre todo si no es blanco el orador.

Por otra parte, tiene algo de matiz peyorativo para las demás razas del mundo el que nuestra supuesta «raza» no se llame «esta» o «aquella» raza determinada, sino precisamente LA RAZA por antonomasia.

No es necesario insistir más para ver las razones que me movieron a escribir que me parecía «poco feliz y algo impropio» el nombre puesto originariamente al Día de la Raza. Lo he podido comprobar experimentalmente en varias partes de América durante mi estadía de veinticinco años en ella.

Ventajas de la denominación «Fiesta de la Hispanidad»
El concepto de la «Hispanidad» no incluye ninguna nota racial que pueda señalar diferencias poco agradables entre los diversos elementos que integran a las naciones hispánicas. Es un nombre de «familia», de una gran familia de veinte naciones hermanas, que constituyen una «unidad» superior a la sangre, al color y a la raza de la misma manera que la 'Cristiandad' expresa la unidad de la familia cristiana, formada por hombres y naciones de todas las razas, y la 'Humanidad' abarca sin distinción a todos los hombres de todas las razas, como miembros de una sola familia humana. Es una denominación que a todos honra y a nadie humilla.
Todas las naciones hispánicas han heredado un patrimonio común, transmitido por antepasados comunes, aunque luego cada una de ellas haya aumentado su herencia con nuevos bienes y nuevas glorias, que constituyen el patrimonio intangible y soberano de cada una de ellas. Pero así como en las varias familias procedentes de un tronco ilustre la existencia de distintos patrimonios privados no impide el amor y culto de las glorias que abrillantan la común prosapia, así también en las naciones, sin menoscabo de las glorias privativas de cada una, cabe el amor y culto del patrimonio común, sobre todo cuando es necesaria la colaboración de todos los herederos para conservarlo y defenderlo.

La denominación «Fiesta de la Hispanidad» presenta a todos los pueblos hispánicos este aspecto agradable y simpático de nuestra gran familia de naciones y constituye una invitación para el estudio y cultivo del patrimonio común, que a todos enorgullece y a todos aprovecha.

Cómo sienten la «Hispanidad» aun aquellos que no sienten la «Raza»
El día 13 de octubre de 1935 se inauguró en Buenos Aires la estatua del Cid Campeador, levantada en el centro geográfico de la ciudad, en presencia del señor Presidente de la Nación, del señor embajador de España y de otras altas representaciones. Pronunciaron los obligados discursos oficiales dos oradores que no llevaban apellidos de origen español ni podían sentir el ideal de la Raza, pero que supieron sentir y proclamar el ideal de la Hispanidad.

El historiador argentino Dr. Ricardo Levene, al explicar la significación de la presencia del Cid en América la encontró en el concepto espiritual de la «hispanidad», que es común a todos los hispánicos, aunque no hayan heredado sangre española. «El pueblo del Cid –dijo–, como entidad ética, fue el creador de una actitud acerca de la fidelidad, acerca de la defensa del desvalido, la dignidad del caballero y el honor del hombre; no sólo el honor exterior, diré así, que nace obligadamente en las relaciones con los demás, sino el honor íntimo o profundo, que tiene por juez supremo a la conciencia individual. Del Cid en adelante, los héroes españoles e hispanoamericanos son de su noble linaje. Es que en América transvasó la desbordante vitalidad de la Edad Medía española, corriéndose impetuosamente por el tronco y las ramas la savia de la raíz histórica... La hispanidad no fue nunca la concepción de la raza única e invariable, ni en la Península ni en América, sino, por el contrario, la mezcla de razas de los pueblos diversos que golpeaban en oleadas sobre el depósito subhistórico. La hispanidad ha dejado de ser el mito del imperio geográfico... La hispanidad no es forma que cambia, ni materia que muere, sino espíritu que renace, y es valor de eternidad: mundo moral que aumenta de volumen y se extiende con las edades, sector del universo en que sus hombres se sienten unidos por el lado del idioma y de la historia, que es el pasado. Y aspiran a ser solidarios en los ideales comunes a realizar, que es el porvenir.» (El Diario Español, Buenos Aires, 14 de octubre de 1935, página 2.)

Después de este discurso, que tuve el gusto de escuchar al pie de la estatua del Cid, fue recibida ésta oficialmente, en nombre del Municipio de Buenos Aires, por el doctor Amílcar Razori, que con breves y sentidas palabras entregó «para la contemplación artística y enseñanza moral de los habitantes la figura legendaria del Cid Campeador, hijo de nuestra dilecta España, duro, recio e indómito como las llanuras de Castilla que le vieron nacer, bravío guerrero de las gestas más mentadas al través de los siglos en los campos de batalla y docto en las Cortes ciudadanas, defensor del débil, paladín de la honra, libertador de pueblos, sostén del derecho y de la justicia, paradigma y síntesis, en fin, de las nobles, de las grandes, de las profundamente humanas virtudes españolas.» (El Diario Español, página citada).

Misión ecuménica de la Hispanidad en todas las razas del mundo futuro
Este mundo nuestro que se derrumba, víctima de luchas raciales y apetitos materialistas, buscará un refugio de paz y fraternidad en las veinte naciones católicas de la Hispanidad, salvadas casi íntegramente del incendio de la guerra y relativamente inmunizadas contra las más peligrosas reacciones de la posguerra.
La Hispanidad Católica tiene que prepararse para su futura misión de abnegada nodriza y caritativa samaritana de los infelices de todas las razas que se arrojarán a sus brazos generosos. La Providencia le depara a corto plazo enormes posibilidades para extender en gran escala su acción evangelizadora a todos los pueblos del orbe, poniendo una vez más a prueba su vocación católica y su misión histórica de brazo derecho de la Cristiandad.

Por eso es necesario estrechar cada vez más los lazos de hermandad y colaboración entre los grupos más selectos de la Hispanidad Católica, prescindiendo de razas y colores mudables, para afianzar más las esencias inmutables del espíritu hispánico.

Conclusión
Creemos que estas líneas contribuirán a esclarecer más el origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, y a justificar el empleo cada vez más universal de la denominación «Fiesta de la Hispanidad» en sustitución de la anterior, menos expresiva y simpática, de «Día de la Raza».

Zacarías de Vizcarra | El Español. Semanario de la política y del espíritu. Madrid, año III, nº 102, 7 de octubre de 1944, pp. 1-13

viernes, 31 de agosto de 2012

Libro: Solución social (Thibon y Lovinfosse)


En un entorno de crisis de civilización como el actual, las propuestas sensatas, factibles y morales son más que bien recibidas. Es el caso de las medidas económicas que el filósofo francés Gustave Thibon y el empresario belga Henri Lovinfosse pusieron sobre la mesa a mediados del siglo XX en su obra “Solución Social”, que ahora edita la Fundación Fenareta.

Quizás sorprenda del libro su actualidad y vigencia, más de medio siglo después, ya que al leerlo uno piensa que se está hablando al hombre moderno, angustiado por la desesperanza del fracaso de las ideologías imperantes, y trata de darle salida mediante una solución digna de una sociedad libre. Es cierto que la obra viene condicionada por la coyuntura del momento, dominada por la amenaza comunista, pero no es menos cierto que, igualmente, señala las amenazas e inmoralidades de la ideología que trata de usurpar la libertad de mercado endiosando su caricatura. Pero la mayor sorpresa y virtud sea que las propuestas que se plantean, partiendo de un análisis certero de los errores de la economía y la estructura social, están listas para ser aplicadas inmediatamente. Es decir, no son elucubraciones teóricas alejadas de la realidad sino medidas concretas que (lo más importante) nacen de la formulación de principios claros y acordes con una visión integral de la persona como ser familiar y social.

La obra, que consta de dos partes, analiza en la primera mitad, con increíble lucidez, las contrariedades existentes en la sociedad y economía de nuestro tiempo, anunciando los principios sobre los que viran las medidas salariales, fiscales y aduaneras que a continuación ponen sobre la mesa. Frente al maniqueísmo que impregna la dinámica política y económica actuales (y en este pecado se cae tanto por el “lado” izquierdo como por el derecho) Thibon y Lovinfosse propugnan la natural convergencia de intereses en un entorno de libertad y responsabilidad. Las propuestas son concretas, factibles e inmediatamente aplicables: adaptación de los salarios a la productividad, especialmente por incremento de la misma; creación de organismos independientes con tribunales de apelación, que juzguen su aplicación; economía basada en el consumidor (y no en el consumo); redimensionamiento del estado, por un lado reduciendo su estructura y por otro fortaleciendo su papel como árbitro y mediador; la vuelta a un patrón monetario de valor fijo y universal; potenciación de pequeñas y medianas empresas donde se potencia la responsabilidad de empresarios y trabajadores; una política aduanera audaz en apostar por la justicia y el interés del consumidor; una reforma fiscal coherente y estable respecto de la renta nacional (con una presión fiscal mucho menor que la actual); la sustitución de los subsidios del paro por pequeños trabajos públicos y la obligatoriedad del pago de salarios íntegros durante los primeros días de paro en caso de despido, etc.

Por supuesto, estas reformas no se agotan con su enunciación pues, a juicio de los autores no se pretende "construir una ciudad ideal" y "no exige la destrucción de la ciudad actual como condición previa para la edificación futura. No pretendemos alterar bruscamente nada, no pretendemos quemar los puentes después de haber pasado". Pero, añado yo, es una apuesta valiente e inteligente por salvar a la sociedad actual de su destrucción por la vía de la esclavitud materialista.

Es, a mi juicio, una propuesta merecedora de prestar atención, sujeta a matices, reformas o adaptaciones, pero que constituye un interesante paso adelante. Por ello animo a su lectura, a su valoración y a su examen, y concluyo con una arenga y advertencia de sus autores, cuyo contenido comparto sin reservas:

"Nada es más contrario a los espiritual -y a sus exigencias de salvación total- que ese espiritualismo etéreo, tan frecuente sin embargo en los medios intelectuales y religiosos, que rehúye ponerse a prueba en el firme y áspero terreno de las realidades materiales. Es la tara -denunciada por Péguy- de esos idealistas que, prendados de una pureza imposible, no se contaminan las manos, porque no tienen manos."

miércoles, 22 de agosto de 2012

Juan Vázquez de Mella: El Verbo de la tradición

Patria
Sin el sentimiento común en el presente y en el pasado que junte en una unidad corazones y conciencias, no hay Patria. Unidad de creencias y autoridad inmutable que las custodien; sólo eso constituye naciones y enciende patriotismos. 

Patriotismo
Aquella España gloriosísima realizó empresas tales, que ellas solas, bastarían  para hacer la gloria de muchos pueblos...¡Ah! Si nos fijáramos en todos aquellos hombres, reyes, guerreros, descubridores, sabios, artistas..., parece que forman selvas, para abarcarlos es necesario mirarlos desde el cielo.
Ningún pueblo se ha levantado de su postración maldiciendo los días lejanos y grandes de su historia.

Tradición y progreso
El primer invento ha sido el primer progreso y el primer progreso, al trasmitirse a los demás, ha sido la primera tradición que empezaba.
El progreso individual no llega a ser social si la tradición no le recoge en sus brazos. Es la antorcha que se apaga tristemente al lanzar el primer resplandor, si la tradición no la recoge y la levanta para que pase de generación en generación, renovando en nuevos ambientes el resplandor de la llama.

Revolución
La historia del Pontificado no es, políticamente, otra cosa que un porfiado combate contra el cesarismo y una continua cruzada en favor de la libertad.
La Revolución hace astillas los tronos que tratan de salvarse, ofreciéndole, a cambio de su benevolencia, fragmentos de altar.

Cesarismo
Si es estable acaba siempre en feminismo y éste en una laguna de fango, primero, y en una laguna de sangre después.

La batalla
La verdad es que desde el Calvario acá, a pesar de todos los nombres, una sola batalla se riñe en el mundo: la que libran incesantemente el naturalismo pagano, de una parte, y el sobrenaturalismo cristiano de otra.
La tendencia que resume todos los esfuerzos de la ciencia atea de hoy puede formularse así: rebajar el hombre al nivel de la bestia y elevar la bestia al nivel del hombre.

Monarquía liberal
Las Monarquías parlamentarias son un puente para la República, y como sabemos que este género de Gobierno no evita la Revolución fiera; por que ellas comienzan por ser la personificación de la Revolución mansa, lo único que a lo más consiguen es aplazarla.

Partidos liberales
Los partidos doctrinarios y radicales de la Revolución no han tenido más que un programa: demoler, desde los cimientos a las bóvedas, todo el edificio que con sublimes y seculares esfuerzos habían ido levantando generaciones católicas y monárquicas sobre un suelo amasado con su sangre; oponer a cada empresa histórica una catástrofe, a cada gloria una ignominia, a cada derecho una licencia, a cada virtud cívica una corrupción, y, finalmente, a la comunidad de creencias, de sentimientos, de instituciones fundamentales, de tradiciones, de recuerdos y de aspiraciones comunes que constituían el espíritu nacional, un solo principio: el de negar ese espíritu, y una sola libertad: la de romper esas unidades y de disolver la Patria.
Eliminar los partidos parlamentarios no es cercenar el ser de la Patria; es aliviarla de un peso que la oprime, es remediar a un cautivo y levantar del suelo a una reina desfallecida y humillada.

Parlamento
Los Parlamentos no sirven para gobernar. Los Parlamentos no sirven para legislar. Los Parlamentos no sirven para evitar despilfarros. Los Parlamentos son impotentes para evitar las revoluciones. ¿Para que sirven, pues los Parlamentos?. Para nada. Y cuando una institución no presta utilidad alguna, suprimirla es, sencillamente, responder a las preposiciones más rudimentarias del sentido común.

Liberalismo
No esperéis solución positiva de los problemas vitales que aquejan a nuestra sociedad; el liberalismo no las tiene; no tiene más que un programa negativo: el de vejar y perseguir a la Iglesia. Hay una fortaleza: la Iglesia; hay otra que ha nacido  debajo de ella, y a su sombra, la España tradicional. El liberalismo niega a la Iglesia, niega la España tradicional, punto por punto, y ése es  su programa; no tiene ni ha tenido nunca otro.

¿Que hacer?
Cuando no se puede gobernar desde el Estado con el deber, se gobierna desde fuera, desde la sociedad con el derecho. ¿Y cuando no se puede gobernar con el derecho solo porque el Poder no le reconoce? Se apela a la fuerza para mantener el derecho y para imponerlo. ¿Y cuando no existe la fuerza? Nunca falta en las naciones que no han abandonado a Cristo y menos en España; pero si llegara a faltar por la desorganización, ¿qué se hace? ¿Transigir y ceder? No, no. Entonces  se va a recibirla a las Catacumbas y al Circo, pero no se cae de rodillas, porque estén los ídolos en el Capitolio.

Juan Vázquez de Mella. Tomado de  Vázquez de Mella y la educación nacional

jueves, 16 de agosto de 2012

Anécdota americana


Es sabido que, cuando don Carlos VII visitó la Argentina en 1887, su intención era entrevistarse con algún líder católico local y algunos emigrados carlistas, para, luego, embarcar sin demora hacia Europa. Pero aquí se vio gratamente sorprendido por la hospitalidad y el cariño con que fue recibido, no sólo por los emigrados españoles y dirigentes católicos argentinos, sino también por figuras públicas de ideas totalmente contrarias a los principios del carlismo.

Uno de ellos fue el entonces presidente Miguel Juárez Celman que lo invitó a visitar la Provincia de Córdoba, aún en ese entonces con un aspecto hispánico muy característico. Fue así que, el 18 de agosto, en tren despachado especialmente por Marcos Juárez —hermano del presidente y futuro gobernador cordobés—, partió el Rey legítimo de Las Españas. Lo acompañó parte de su séquito y algunos amigos y correligionarios que encontró en Buenos Aires. El mismísimo Presidente Juárez Celman lo acompañó hasta el andén para despedirlo. Su hermano Marcos también se unió a la comitiva motorizada.

En el trayecto, Don Carlos conocerá la ciudad de San Nicolás, siendo homenajeado por un grupo de veteranos navarros que residían allí, y Rosario, donde aunque intentó pasar desapercibido, provocó un gran revuelo de personas que querían saludar afectuosamente al legendario Rey español en el exilio.

Una anécdota poco conocida fue la acontecida en el mismo tren. Allí fue reconocido por un veterano de la última Guerra Carlista que casualmente viajaba. La conversación fue cordialísima, llena de recuerdos y anécdotas. Los coches de primera clase de aquel tiempo eran grandes salones sin divisiones, corridos de extremo a extremo, y pronto los pasajeros que iban en el mismo vagón se arremolinaron en torno a Don Carlos, el veterano y los miembros de la comitiva.

Fue entonces que se le aproximó un hombre que, no pudiendo contenerse, se presentó como español, confesándose liberal. Es más, recordó haber peleado contra los carlistas, como integrante de los Voluntarios de Castro Urdiales.

En una salida desgraciada de aquel cuerpo, fue que cayó prisionero de los carlistas. Genuinamente interesado, el Duque de Madrid le preguntó cómo había sido tratado por sus captores.

“Perfectamente, señor.” Y agregó: “No tengo más que motivos de gratitud por las atenciones empleadas con nosotros, y me alegro de que esta circunstancia me permita decírselo al señor y manifestar mi reconocimiento.” Finalizó diciendo: “En cuanto salgamos del tren, voy a escribir a Castro-Urdiales, a mi anciana madre, que es carlista decidida, y que llorará de gozo cuando le diga que he hablado con Don Carlos.”

En la estación del ferrocarril en la ciudad de Córdoba, Don Carlos y su comitiva fueron calurosamente recibidos por los dirigentes de la Asociación Católica de aquella provincia, el superior provincial de la Compañía de Jesús (Juan Cherta) y los responsables del diario católico Los Principios.

En fin, una anécdota más del primer viaje de un soberano español (¡y qué soberano!) a las Españas americanas.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Ni oro ni diamantes para Dios



Cuántas veces lo hemos escuchado... Cuántas veces tendremos que volver a escucharlo. Incluso bautizados, católicos -de esos que se llaman "practicantes"- van y lo dicen. Y se quedan tan tranquilos.

Me refiero a esa mezquindad, como todas las ruindades tan vieja, que incluso ha logrado convertirse en lugar común, que ha conseguido la adhesión de tantos y tantos. Ese tópico que dice que la Iglesia Católica vive en el lujo, que ha atesorado a lo largo de los siglos un patrimonio tan grande que escandaliza.

Son los partidarios de la pobreza, sin saber lo que la pobreza comporta. Los que están prestos siempre a escandalizarse por la suntuosidad y los tesoros de la Iglesia. Los hay que atacan desde fuera y los hay que atacan desde dentro. De buena gana, los de dentro, quisieran deshacerse de todos esos artículos reputados de lujo: ¿Vasos sagrados de metales preciosos? ¡Que se los lleve el mercachifle que trapichea con oro y plata! ¿Sagrarios con piedras preciosas? ¿Relicarios valiosos? Todo sobra, según estas almas cándidas que se han dejado seducir por los lamentos de aquellos que, desde fuera de la Iglesia, acusan a la Iglesia de ser rica... Mientras hay pobres.

"Jesús no quiere estas cosas" -dicen y se cuidan mucho de decir "Jesucristo": por algo será, eso de Cristo no les gusta a muchos. Si toda esa riqueza se vendiera podría dársele de comer a miles, a millones de seres humanos que hambrean y padecen privaciones. La Iglesia Católica es mala, muy mala: mientras predica la pobreza, el clero nada en la opulencia. Mientras los pobres sufren, la Iglesia malgasta el dinero del cepillo en superficiales objetos de materiales preciosos. Es preciso, se dicen, que la Iglesia retorne a la simplicidad original, a la indigencia total, para que gane autoridad.

Sin tener ni idea de lo que significa la pobreza hablan de pobreza. Como si los tesoros de la Iglesia fuesen del párroco, del monaguillo y de la esposa del sacristán.
Ha sido en toda la Cristiandad. Todo el esplendor de la Liturgia tradicional, la riqueza de los templos que se embellecían para hacerse lugares dignos de Dios... Todo eso tuvo -y tiene- muy mala fama: la que le han dado los progresistas. 

Algunas instituciones de la Iglesia no cayeron en este sentimentalismo de la pobreza, en esta demagogia barata del baratismo. Y justo contra esas instituciones que quedaron sin afectar por esta "deformación" (la palabra "reforma" se muestra inapropiada) siempre se levanta una voz, falsamente conmovida, que se finge escandalizada ante el esplendor -la riqueza- de los templos y los objetos de culto.

Pero es un viejo cuento. Tal vez uno de los cuentos más viejos del cristianismo. Tan viejo que ya aparece en los Evangelios.

Cuando María vertió un valioso ungüento de nardo para lavar los pies de Cristo, Judas Iscariote se escandalizó y dijo: 

"¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres?

Los descendientes del Iscariote siguen diciendo algo parecido cuando denuncian a la Iglesia por poseer "tesoros" que, si se deshiciese de ellos, aliviarían la miseria en el mundo. 

San Juan nos desenmascaró a Judas y a su prole: "Esto decía, no por amor a los pobres, sino porque era ladrón y, llevando él la bolsa, hurtaba".

Cuando Álvarez Mendizábal expropió los bienes eclesiásticos cumplió uno de los sueños de su padre Iscariote. La II República hizo otro tanto. Después del Concilio Vaticano II, incluso clérigos se apresuraron a arrasar las bellezas que a duras penas se habían conservado, cayendo en ese mismo error... Es hora de rectificar y de salvar al mundo a través de la belleza, pues constituye un error pensar que el culto que los hombres podemos dar a Dios es exclusivamente espiritual. Se expresa a través de lo sensible. Y a través de lo sensible si hubiera un metal más precioso que el oro, ese metal tendríamos que emplear... Y si a los diamantes les superaran otras piedras, esas piedras habría que buscar para emplearlas en el culto... Y, con todo y con ello, no rendiríamos todo el honor y la gloria que merece Dios Uno y Trino.

sábado, 4 de agosto de 2012

Sólo el Rey legítimo nos puede salvar de la crisis creada por el capitalismo liberal



“Hay en la actualidad, mi querido Alfonso, en nuestra España una cuestión temerosísima: la cuestión de Hacienda. Espanta considerar el déficit de la española; no bastan a cubrirlo las fuerzas productoras del país; la bancarrota es inminente… Yo no sé, hermano mío, si puede salvarse España de esa catástrofe; pero, si es posible, sólo su Rey legítimo la puede salvar. Una inquebrantable voluntad obra maravillas. Si el país está pobre, vivan pobremente hasta los ministros, hasta el mismo Rey, que debe acordarse de don Enrique el Doliente. 

Si el Rey es el primero en dar el gran ejemplo, todo será llano; suprimir Ministerios, y reducir Provincias, y disminuir empleos, y moralizar la Administración, al propio tiempo que se fomente la agricultura, proteja la industria y aliente al comercio. Salvar la Hacienda y el crédito de España es empresa titánica, a que todos deben contribuir, Gobiernos y Pueblos. 

Menester es que, mientras se hagan milagros de economía, seamos todos muy españoles, estimando en mucho las cosas del país, apeteciendo sólo las útiles del extranjero… En una Nación hoy poderosísima, languideció en tiempos pasados la industria, su principal fuente de riqueza, y estaba la Hacienda mal parada y el Reino pobre. Del Alcázar Real salió y derramóse por los pueblos una moda: la de vestir sólo las telas del país. Con esto la industria, reanimada, dio origen dichoso a la salvación de la Hacienda y a la prosperidad del Reino”.

Carta que en 1869 S.M. Carlos VII de España envió a su hermano Alfonso futuro S.M. Alfonso Carlos I

lunes, 30 de julio de 2012

Cómo me hice Requeté


Decidme, jóvenes amables,
¿quiénes sois? ¿por qué lleváis
boina roja en la cabeza
y la mochila detrás?
Un joven muy decidido
me contestó al momento:
somos requetés jaimistas,
defensores del Derecho.
Explica, le dije a uno
que mas listo parecía,
por qué sois del Requeté;
quiero saberlo enseguida.
Haz que vengan tus amigos
y explicaré con calma
la verdadera doctrina
que encierra nuestro Programa.
Somos, pues, del Requeté, 
amamos la Religión,
por Rey de España queremos
a Don Jaime de Borbón.
Yo le interrumpí diciendo:
¿y dónde está vuestro Rey?
Haced que venga a España
y haga cumplir la ley.
Me contestó a la pregunta
y me dijo algo apenado:
los Gobiernos liberales
tienen al Rey desterrado.
En Frosdorf llorando está
por su Patria querida
viendo que infames Gobiernos
la tienen casi perdida.
Pero ya llegará el día,
que creo muy cerca está,
que juntos combatiremos
para España libertar.
Pues es noble defensor
de la amada Religión
y por eso amamos tanto
al Rey de la Tradición.
No hables mas, díjele,
que ya me voy convenciendo
de las doctrinas tan sanas
que encierra vuestro credo.
Comprendo que lo mas bueno
está en vuestra Comunión 
y que sois la salvaguardia
de la Santa Religión.
Requeté yo quiero ser
y a vuestro lado estaré;
cuando la Patria peligre
con vosotros lucharé.
Y el juramento que hice
con firmeza cumpliré.
Por Dios, la Patria y el Rey 
sangre y vida yo daré.

José Doménech (1917)

16 de julio


De la España de Recaredo, por las Navas de Tolosa, a las legiones de los Carlos...luchad sin descanso en todas partes en favor de la Iglesia y de la Tradición, para devolver a ambas su pristina grandeza y envidiable esplendor.
Estos versos, dedicados al Requeté, se inspiraron en aquel hecho heróico y decisivo ocurrido setecientos años y pico antes, en las Navas de Tolosa.

¡Viva España! Sono al viento
en las tierras de Castilla
trocando pueblos y villas
en viviente campamento.
¡Viva España! recogieron
todas las demás regiones
y al tremolar sus pendones
con este lema se unieron.


¡Viva España! repitieron
Guerreros y paisanos
y uniendo todos sus manos
a salvar a España fueron;
estos gritos eco hicieron
en los valles y montañas
y una mas en sus hazañas
estos bravos escribieron.


¡Viva España! flote al viento
nuestra enseña sacrosanta,
triunfó la cruzada santa
que inspiró inmortal aliento, 
en la lucha sucumbieron
hijos preclaros de España,
Madre, tu dolor empaña
como mártires murieron.