lunes, 21 de mayo de 2012
No podéis servir a Dios y al dinero
martes, 23 de agosto de 2011
martes, 5 de julio de 2011
Discurso del papa al mundo de la política, la empresa y la cultura de Croacia
martes, 16 de noviembre de 2010
Benedicto XVI en España: Consejos para la Política Económica
lunes, 20 de septiembre de 2010
Benedicto XVI y el Cardenal Newman
viernes, 25 de junio de 2010
BXVI: Bendición para las familias españolas
La firme voluntad de la Asociación Católica Cruz de San Andrés con respecto a la visita del Papa es ofrecerle la mejor acogida; pero no sólo externa, sino también interior. El Santo Padre nos ha de encontrar preparados espiritualmente para obtener de esta visita el mayor provecho para la Iglesia.Por ello, entre los carteles que hemos editado en CRUZ DE SAN ANDRÉS con ocasión de la visita del Papa a Barcelona, tiene especial significación el que llevará por lema “Benedicto XVI – Bendición para las familias españolas”.
Ello es así porque, aún sin conocer el contenido de los discursos del Papa en esta visita, sabemos que la humanidad tiene la perentoria necesidad de que el Santo Padre hable de la institución natural que es la FAMILIA cristiana; y por tanto, tenemos la absoluta seguridad de que así lo hará.
¿Y por qué es tan perentorio que el Papa hable en Barcelona de la familia cristiana? La primera razón es que la voz del Papa es la voz más potente y la más clara de cuantas defienden la Ley Natural, de tal manera que se impone por su misma fuerza, tanto a católicos como a no católicos. Lo estamos viendo en sus encíclicas, referente indispensable no sólo del pensamiento católico, sino también de la filosofía humanista sobre la que se sostiene toda la civilización occidental. Y lo vemos también en los luminosísimos discursos que pronuncia con ocasión de sus viajes. En todo el mundo se escucha con respeto y a menudo con admiración, la doctrina de la Iglesia Católica.
Lo acabamos de ver en Inglaterra, uno de los feudos del anticatolicismo. Aunque le esperaban con las uñas afiladas; se han rendido a la humilde brillantez con que ha expuesto ante los agnósticos y los escépticos, la necesidad que tienen de la doctrina católica, también sus enemigos.
El Santo Padre ha dejado claro, por ejemplo, que no se puede separar la política de la moral, porque esta última es una construcción eminentemente religiosa y sin ella, la política se vacía totalmente de sentido y de contenido. Por ello, no es intelectualmente aceptable ni sostenible el empeño del racionalismo por separar la fe y la razón, como si fuesen antagónicas e inconciliables. Es un error que la política se desentienda de la religión y se esfuerce por relegarla al ámbito de lo exclusivamente privado. A estas alturas de las ciencias humanas, eso es un evidente disparate. Son las verdades del barquero que, dichas por el Papa, resplandecen por el mundo entero con un brillo sorprendente.
Seguramente que alguien más proclama esas grandes verdades, pero no se le oye. Benedicto XVI, además de ser escuchado por ser la cabeza de la Iglesia católica, es también respetado y atendido por la enorme autoridad moral acumulada a lo largo de una dilatada vida de estudio, que ha fructificado en numerosas publicaciones. Ratzinger era ya una de las grandes firmas de la iglesia y era reconocido como una de las inteligencias más preclaras mucho antes de alcanzar su posición actual. Su discurso de articulación de la razón y la fe y de la necesidad inexcusable de la religión y de la moral en la vida cívica y en la política, lo tiene tan elaborado a lo largo de sus obras, que fluye de su pluma y de su boca como verdades incontrovertibles, al alcance de doctos e indoctos.
Por ello, los católicos esperamos con impaciencia las palabras del Papa sobre la FAMILIA, que con toda seguridad marcarán un antes y un después. Tras las palabras de Su Santidad, las cosas ya no serán igual. Los católicos nos sentiremos espoleados por el Santo Padre a defender la familia y la vida con aún más valentía y con aún mayor claridad de ideas; y los no católicos, tendrán que acomodar sus razones a las grandes verdades del Orden Natural que proclamará el Santo Padre en sus discursos.
En cuanto al calificativo de “españolas” y no de “cristianas” para las familias, la razón es que el modelo occidental de familia -y por tanto también el español- siempre será el modelo cristiano, que como ya hemos dicho, coincide con el defendido por el Derecho Natural. Es evidente que al salir el Papa en defensa de la familia cristiana, pone su atención en todas las familias construidas sobre este modelo, que es el único defendible desde el Orden Natural. Observemos como contrapunto, como el modelo poligámico musulmán nada tiene que ver con nuestro modelo de familia, algo que podemos apreciar si comparamos en como mientras en el cristianismo sí se ha trabajado a fondo el respeto y la igualdad entre el hombre y la mujer, el islamismo ha trabajado precisamente en la dirección contraria.
En resumen, que el edificio tradicional de la familia occidental es cristiano desde sus mismos cimientos, que es el que concuerda con el Orden Natural y por tanto, que es el que hemos de defender y exportar al mundo entero, como garante de la libertad de todos y cada uno de sus miembros y como fuente de respeto y de amor entre todos ellos.

Mariano Aranal
Secretario Cruz de San Andrés
www.cruzdesanandres.org
http://www.vidayfamilia.es/argumentario.php?id=35
jueves, 10 de junio de 2010
El liberalismo es pecado
El liberalismo es pecado
viernes, 26 de marzo de 2010
La paz social, condición indispensable del progreso de la Nación

Pío XII, Encíclica Quadragesimo Anno (15 de mayo de 1931), n. 114
114. La lucha de clases, efectivamente, siempre que se abstenga de enemistades y de odio mutuo, insensiblemente se convierte en una honesta discusión, fundada en el amor a la justicia, que, si no es aquella dichosa paz social que todos anhelamos, puede y debe ser el principio por donde se llegue a la mutua cooperación «profesional».
La misma guerra contra la propiedad privada, cada vez más suavizada, se restringe hasta el punto de que, por fin, algunas veces ya no se ataca la posesión en sí de los medios de producción, sino cierto imperio social que contra todo derecho se ha tomado y arrogado la propiedad.
Ese imperio realmente no es propio de los dueños, sino del poder público. Por este medio puede llegarse insensiblemente a que estos postulados del socialismo moderado no se distingan ya de los anhelos y postulados de aquellos que, fundados en los principios cristianos, tratan de reformar la humana sociedad.
Con razón, en efecto, se pretende que se reserve a la potestad pública ciertos géneros de bienes que comportan consigo una tal preponderancia, que no pueden dejarse en manos de particulares sin peligro para el Estado.
Pío XII, Radiomensaje de Pentecostés La Solennità (1 de junio de 1941), n. 8
8. Ya nuestro predecesor Pío XI exaltó en la primera parte de su encíclica conmemorativa la espléndida mies que había madurado la Rerum novarum , germen fecundo, de donde se desenvolvió una doctrina social católica que ofreció a los hijos de la Iglesia, sacerdotes y seglares, prescripciones y medios para una reconstrucción social exuberante de frutos, ya que a causa de ella surgieron en el campo católico numerosas y variadas instituciones benéficas y centros florecientes de socorros mutuos para bien propio y de los otros. ¡Qué prosperidad material y natural, qué frutos espirituales y sobrenaturales no han redundado de las uniones católicas a los obreros y a sus familias! ¡Qué eficaz y oportuna no se ha demostrado la cooperación de los sindicatos y de las asociaciones en pro del campo agrícola, para aliviar sus angustias, asegurar la defensa de su justicia, y de ese modo, mitigando las pasiones, preservar de perturbaciones la paz social!
Pío XII, Discurso al Representante de la República de El Salvador ante la Santa Sede (28 de octubre de 1947)
... Los inmensos beneficios que a todas las clases de la sociedad ha de aportar una justa paz social, bien merecen los sacrificios, hoy quizá no entendidos de todos, pero en realidad saludables y fructuosos, que son condición necesaria de su establecimiento y de su progresiva perfección.
Juan XXIII, Mensaje de Navidad (23 de diciembre de 1959)
Paz social.– Esta se basa sólidamente en el mutuo y reciproco respeto a la dignidad personal de hombre. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, y su redención no se extiende sólo a la colectividad, sino también a cada uno en particular: Ipse dilexit me, et tradidit semetipsum pro me: me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2, 20), dice San Pablo a los Gálatas. Y si Dios ha amado al hombre hasta tal punto, es que el hombre le pertenece y que debe ser respetada absolutamente la persona humana. Esta es la enseñanza de la Iglesia, que en la solución de los problemas sociales, ha tenido siempre fijos los ojos en la persona humana, enseñando que las cosas y las instituciones –los bienes materiales, la economía, el Estado– son ante todo para el hombre y no el hombre para ellas.
Los disturbios que sacuden la paz interna de las naciones tienen, en primer lugar, su origen precisamente en esto: que al hombre se le ha tratado, casi exclusivamente como instrumento, como mercancía, como miserable rueda de engranaje de una gran máquina, simple unidad productiva. Sólo cuando se toma la dignidad personal del hombre como criterio de valoración del hombre mismo y de su actividad, se dispondrá del medio de aplacar las discordias sociales y las divergencias, con frecuencia profundas, entre patronos, por ejemplo, y obreros; y sobre todo, de asegurar a la familia aquellas condiciones de vida, de trabajo y de asistencia aptas para el mejor desarrollo de sus funciones, como célula de la sociedad y primera comunidad constituida por Dios mismo para el desarrollo de la persona humana.
No: la paz no podrá tener sólidos cimientos, si en los corazones no se alimenta aquel sentimiento de fraternidad, que debe existir entre cuantos tienen un origen común y están llamados a los mismos destinos. La conciencia de pertenecer a una única familia extingue en los corazones la avidez, la codicia, la soberbia, el instinto de dominar a los demás, que son la raíz de las disensiones y de las guerras; ella nos estrecha a todos en un vínculo de superior y generosa solidaridad.
Juan XXIII, Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede (29 de diciembre de 1960)
... La Iglesia desea ardientemente ese beneficio incomparable de la paz social e internacional. Con sus enseñanzas, exhortaciones y actividades trabaja con todas sus fuerzas por establecerla, como ustedes mismos pueden demostrarlo. Y ya que se nos presenta la ocasión de verles reunidos a todos en presencia nuestra, queremos aprovecharla para anunciarles, previamente a este propósito, un punto de nuestro programa para el año que va a comenzar. Nos proponemos celebrar el setenta aniversario de un acontecimiento que fue de gran trascendencia histórica: la publicación por el Papa León XIII en 1891 de la Encíclica Rerum Novarum sobre la condición de los obreros; documento considerado tan importante por nuestros predecesores inmediatos Pío XI y Pío XII, que quisieron celebrar el cuadragésimo y quincuagésimo aniversario, respectivamente; el primero en 1931, con la Encíclica Quadragesimo Anno , y el segundo con el radiomensaje dirigido al mundo entero en la fiesta de Pentecostés del año 1941 .
Juan Pablo II, Encíclica Redemptor Hominis (4 de marzo de 1979), n. 17
... La Iglesia no tiene necesidad de confirmar cuán estrechamente vinculado está este problema con su misión en el mundo contemporáneo. En efecto, él está en las bases mismas de la paz social e internacional, como han declarado al respecto Juan XXIII, el Concilio Vaticano II y posteriormente Pablo VI en documentos específicos. En definitiva, la paz se reduce al respeto de los derechos inviolables del hombre, –«opus iustitiae pax»–, mientras la guerra nace de la violación de estos derechos y lleva consigo aún más graves violaciones de los mismos. Si los derechos humanos son violados en tiempo de paz, esto es particularmente doloroso y, desde el punto de vista del progreso, representa un fenómeno incomprensible de la lucha contra el hombre, que no puede concordarse de ningún modo con cualquier programa que se defina «humanístico». Y ¿qué tipo de programa social, económico, político, cultural podría renunciar a esta definición? Nutrimos la profunda convicción de que no hay en el mundo ningún programa en el que, incluso sobre la plataforma de ideologías opuestas acerca de la concepción del mundo, no se ponga siempre en primer plano al hombre.
Juan Pablo II, Encuentro con el mundo de la cultura en la iglesia de «La Compañía» (30 de enero de 1985), n. 7
... Es necesario también que vuestro pueblo, iluminado por los grandes principios de la doctrina social de la Iglesia, encuentre el camino de la paz y de la justicia social en el amor y el mutuo respeto. No se trata de elegir simplemente entre la alternativa de los sistemas que se disputan la hegemonía del poder. Desde la originalidad cristiana, y desde la sabiduría de vuestro pueblo, hay que encontrar ese camino transitable que conduzca a la elevación y la paz social entre todos los hijos de vuestra patria.
Juan Pablo II, Discurso a los representantes del mundo intelectual y a la clase dirigente en el Colegio «La Salle» de Santa Cruz, Bolivia (12 de mayo de 1988)
... Finalmente, quiero haceros un llamado a vincularos, como laicos cristianos, a los esfuerzos de los obispos bolivianos, que con tanto sacrificio y entrega difunden el Evangelio del amor y de la concordia, contribuyendo así eficazmente al desarrollo integral de la persona humana y a la paz social. Como laicos cristianos, os exhorto a asumir vuestra vocación eclesial salvaguardando la dimensión trascendente de la vida humana y difundiendo los valores evangélicos, que han de ser vividos, compartidos y desarrollados. Unos valores que no podrán ser silenciados nunca y que hemos de colocar bien alto para que iluminen a toda la humanidad.
Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus (1 de mayo de 1991), n. 43
... La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social (cf. Enc. Laborem exercens , 18). Así como la persona se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos.
Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae (25 de marzo de 1995), n. 70
... Alguien podría pensar que semejante función, a falta de algo mejor, es también válida para los fines de la paz social. Aun reconociendo un cierto aspecto de verdad en esta valoración, es difícil no ver cómo, sin una base moral objetiva, ni siquiera la democracia puede asegurar una paz estable, tanto más que la paz no fundamentada sobre los valores de la dignidad humana y de la solidaridad entre todos los hombres, es a menudo ilusoria. En efecto, en los mismos regímenes participativos la regulación de los intereses se produce con frecuencia en beneficio de los más fuertes, que tienen mayor capacidad para maniobrar no sólo las palancas del poder, sino incluso la formación del consenso. En una situación así, la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía.
Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in Africa (14 de septiembre de 1995), n. 69
... Dotado de esta incomparable dignidad, el hombre no puede vivir en condiciones de vida social, económica, cultural y política infrahumanas. Éste es el fundamento teológico de la lucha por la defensa de la dignidad personal, por la justicia y la paz social, por la promoción humana, la liberación y el desarrollo integral del hombre y de todos los hombres. Por ello, considerando esta dignidad, el desarrollo de los pueblos –dentro de cada nación y en las relaciones internacionales– debe realizarse de manera solidaria, como afirmaba del modo más apropiado mi predecesor Pablo VI (cf. Carta enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], 48). Precisamente en esta perspectiva podía decir: «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz» (ib ., 87). Se puede, pues, afirmar con razón que «el desarrollo integral supone el respeto de la dignidad humana, la cual sólo puede realizarse en la justicia y la paz» (Propositio 45).
Juan Pablo II, Discurso al Embajador de Ecuador ante la Santa Sede con motivo de la presentación de las Cartas credenciales (14 de octubre de 1999), n. 2
2. En sus palabras se ha referido Usted al Acuerdo de Paz firmado hace poco más de un año entre su País y la República hermana del Perú, y en cuya negociación tuvo Usted un papel importante. Tuve la satisfacción de comprobar cómo mis llamados al diálogo respetuoso y a la negociación franca y digna entre las dos partes fueron acogidos, abriéndose así una nueva etapa entre estos dos países latinoamericanos, que tienen en común tantos valores. La capacidad para llegar a la solución de un problema secular ha de hacer madurar a los ecuatorianos en su arraigo en la tradición pacífica en aquella región, a la vez que se han de sentir directamente comprometidos en la lucha contra el narcotráfico y la corrupción, plagas sociales que implican especialmente a los jóvenes, y que ponen en peligro la paz social y la estabilidad. En este sentido, es de esperar que el Ecuador encuentre en la comunidad internacional todo el apoyo y la ayuda financiera necesaria para arrostrarlo.
Benedicto XVI; Carta al Presidente del Gobierno italiano, con ocasión del G8 [L’Aquila, 8-10 de julio de 2009] (1 de julio de 2009)
... Asimismo, quiero recordar a los ilustres participantes en el encuentro del G8 que la medida de la eficacia técnica de las disposiciones que haya que adoptar para salir de la crisis coincide con la medida de su valor ético. Por eso, es necesario tener presentes las exigencias concretas humanas y familiares: me refiero, por ejemplo, a la creación efectiva de puestos de trabajo para todos, que permitan a los trabajadores y a las trabajadoras proveer de manera digna a las necesidades de la familia y cumplir la responsabilidad primaria que tienen de educar a los hijos y de ser protagonistas en las comunidades de las que forman parte. «Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente –escribió Juan Pablo II– y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social» (Centesimus annus , 43; cf. Laborem exercens , 18).
jueves, 21 de enero de 2010
HAITI

"La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana. A su vez, la sociedad no puede aceptar a los que sufren y sostenerlos en su dolencia si los individuos mismos no son capaces de hacerlo y, en fin, el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza."
Benedicto XVI | Enciclica Spe Salvi
