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viernes, 27 de diciembre de 2013

La Familia en la expansión del Cristianismo

Es evidente que entre el Imperio romano y la época actual hay muchas diferencias en el modo de concebir la familia. Pero también hay curiosas similitudes en cuanto al contexto en el que se movían las familias cristianas. Entonces como ahora –al menos en Europa–, los cristianos eran una minoría. Y aunque frecuentaban los mismos ambientes que los paganos, los cristianos actuaban conforme a otros criterios en el ámbito familiar.

La familia en Roma
Desde el punto de vista demográfico, el Imperio romano tenía una natalidad insuficiente, que no aseguraba el reemplazo de la población, como ocurre en la Europa actual. Para contrarrestar una alta mortalidad y los efectos de las epidemias, hacía falta una natalidad elevada, que no se consiguió. De modo que, a fin de que el Imperio no perdiera población, fue necesario abrir las puertas a un importante flujo de colonos bárbaros (los inmigrantes de entonces).
El aborto, y también el infanticidio, eran algo normal y aceptado, como medio de control de natalidad. Había una baja estima del matrimonio. Muchos de la clase alta huían del compromiso y preferían seguir solteros, hasta el punto de que el emperador Augusto (63 a.C.-14 d.C) castigó con multas a las parejas sin hijos y a los hombres de más de veinticinco años que permanecían solteros.
En la época de Cicerón, el divorcio de mutuo acuerdo o por decisión de uno de los dos cónyuges era algo absolutamente común. Jerôme Carcopino, en La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, compara la situación del matrimonio y de la mujer de clase alta en los heroicos tiempos de la República con lo que ocurría en el apogeo del Imperio en el siglo I: “Entonces la mujer estaba sometida a la estricta autoridad de su amo y señor; ahora es su igual, compite con él o lo domina. En aquel tiempo vivía bajo un régimen legal de bienes comunes; ahora vive casi exclusivamente bajo el régimen de una completa separación de bienes. Antes se enorgullecía de su fecundidad; ahora la rechaza. Era fiel; ahora es voluble y depravada. Los divorcios eran muy escasos; ahora se suceden con tanta frecuencia, que, según Marcial, se habían convertido en el mejor modo de practicar el adulterio legal” (p. 137).

Cristianos con costumbres propias
En este ambiente generalizado, hubiera sido fácil que las parejas cristianas se amoldaran a estas costumbres o que, en los matrimonios con paganos, la parte cristiana fuera arrastrada a conductas incompatibles con la fe. Pero ocurrió todo lo contrario. Entre los cristianos la familia adquirió un valor de “iglesia doméstica”, que revalorizaba el estatus matrimonial y la procreación.
San Pablo expresa las costumbres de la época al afirmar la primacía del varón en el hogar: “Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la iglesia, y salvador de su cuerpo”. Pero dedica buena parte de sus enseñanzas a exhortar a los varones a que amen a sus mujeres y a que ambos cumplan los deberes mutuos, sin exigir menos a él que a ella. “Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella…Los maridos deben amar a las mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer a sí mismo se ama” (Efesios, 5, 22).
Los cristianos exigían la fidelidad matrimonial tanto a los hombres como a las mujeres y hacían hincapié en las obligaciones del esposo respecto a la esposa tanto como a la inversa.

Una fe que atrajo a las mujeres
La simetría de la relación entre marido y mujer enseñada por San Pablo constituía una novedad absoluta respecto a la cultura pagana. El cristianismo reconocía la misma dignidad a la mujer y al hombre, como hijos de Dios con el mismo destino sobrenatural. Además, la moral cristiana, al rechazar la infidelidad matrimonial, la poligamia, el divorcio, el aborto y el infanticidio… contribuyó a elevar el estatus de la mujer y hasta a preservar su salud.
Esto era tan novedoso como atractivo. “Tanto a las mujeres desenfadadas como a las de nobles exigencias, el Evangelio les trae un aire más puro, un ideal”, escribe el historiador Adalbert Hamman en La vida cotidiana de los primeros cristianos. “Patricias y plebeyas, esclavas y matronas ricas, muchachas jóvenes y pelanduscas arrepentidas, en Oriente como en Roma o en Lyon, acuden a las filas de las comunidades. Las mujeres que tienen fortuna mantienen a las comunidades con sus riquezas”.
También Rodney Stark, profesor de sociología y religión comparada en la Universidad de Washington, en su libro La expansión del cristianismo (1), muestra que “el cristianismo resultaba extraordinariamente atractivo para las mujeres paganas, porque en la subcultura cristiana la mujer disfrutaba de un estatus muy superior al que le otorgaba el mundo grecorromano en general”.

Matrimonios con paganos
Las fuentes antiguas y los historiadores modernos coinciden en que las conversiones al cristianismo prevalecieron en gran medida entre las mujeres antes que entre los varones. Stark, como sociólogo que es, distingue entre conversos primarios, que se adhieren a la Iglesia de forma activa tras adquirir una valoración positiva de la fe, y los conversos secundarios, que abrazan la fe a partir de sus lazos personales con un converso primario.
Así, el historiador británico Henry Chadwick señala en The Early Church que “en primera instancia, [el cristianismo] penetraba a menudo en las clases superiores de la sociedad a través de las esposas”, mientras que sus maridos fueron a menudo conversos secundarios. Aunque también ocurría, como se ve en los Hechos de los Apóstoles, que cuando el padre de familia se hacía cristiano, todos los miembros de lafamilia, incluidos los sirvientes, se convertían también.
En las comunidades cristianas había un exceso de mujeres núbiles, mientras que entre los paganos había una escasez relativa de mujeres, como consecuencia del aborto e infanticidio de niñas. De ahí que el matrimonio mixto, sobre todo de mujer cristiana con marido pagano, fuera una situación frecuente a lo largo de los primeros siglos en todas las clases sociales. Tanto Pedro como Pablo lo admitieron, y vieron ahí un modo de que los maridos “sean ganados sin palabras por el comportamiento de sus mujeres” (1 Pedro 3, 12).

La presencia de la mujer
La situación de la mujer entre los primeros cristianos también tiene algo que decir sobre la función de la mujer en la Iglesia actual. Tanto entonces como ahora en las comunidades cristianas había más mujeres que hombres, y muchas veces las mujeres precedieron a sus maridos en la incorporación a la Iglesia. Los autores discuten sobre los puestos de dirección que ocupó la mujer en las comunidades cristianas, pero está claro que no recibieron el sacerdocio ni formaron parte de la Jerarquía. Sin embargo, su aportación fue decisiva para difundir la fe.
Hoy día todo el mundo está de acuerdo –empezando por el papa Francisco– en que la Iglesia necesita contar más con la participación de las mujeres. Pero con frecuencia esto se focaliza en cuestiones como el sacerdocio femenino o la incorporación a tareas de organismos eclesiásticos. Es verdad que la presencia de mujeres en estructuras de la Iglesia enriquece las perspectivas y aporta nuevas energías. Pero tampoco es lo más decisivo para la nueva evangelización. Basta ver esas confesiones protestantes llenas de pastoras y con templos vacíos.
El campo de juego de la nueva evangelización es la sociedad. Y es ahí, en el mundo del trabajo, en la comunicación, en la moda, en la política, en la enseñanza, en la familia… donde la aportación de las mujeres cristianas es insustituible. Hoy la influencia social de la mujer puede llegar más lejos que en el mundo romano, precisamente porque está presente en todos los ámbitos igual que el hombre.
Pero, a diferencia de la situación de los primeros siglos, los matrimonios cristianos de hoy necesitan reinventar un modelo de hogar en el que el marido y la mujer puedan compatibilizar trabajo y familia, buscando en cada caso cuál es la fórmula más adecuada para atender las responsabilidades profesionales y domésticas. De cómo lo consigan, dependerá también en buena parte su fecundidad.

Familias fecundas
En el mundo grecorromano, las familias cristianas tuvieron una tasa de fertilidad superior a la de los paganos, tanto por el rechazo del aborto y del infanticidio como por su misma concepción del matrimonio. La expansión del cristianismo depende también hoy de la fecundidad de las familias cristianas. Y si la sustitución de las generaciones exige una tasa de fertilidad de al menos 2,1 hijos por mujer –mientras que la media europea está en 1,6–, el crecimiento del cristianismo requerirá algo más que el relevo generacional.
Hoy, del total de católicos, 350 millones viven en Europa y Norteamérica, mientras que 750 millones están en Latinoamérica, África y Asia. Y el crecimiento demográfico es la principal causa del aumento de católicos. No es casualidad que la Iglesia crezca pujante en África y Asia, donde el aumento de los católicos sobrepasa el crecimiento demográfico. En cambio, en Latinoamérica la proporción de católicos respecto a la población total ha bajado, en EE.UU. ha aumentado, en buena parte por la inmigración, y en Europa el declive religioso ha ido de la mano del demográfico.
En estas condiciones, la actitud más contraproducente para la expansión del catolicismo sería dar por buena la mentalidad anticonceptiva que predomina en la sociedad y que alcanza también a los matrimonios católicos. En la época en que se publicó la Humanae Vitae la Iglesia católica fue acusada de ignorar el problema de la superpoblación. Pero hoy el “invierno demográfico” que se ha instaurado en las regiones donde la contracepción y el aborto se han extendido más –con sus secuelas de envejecimiento de la población, amenaza para las pensiones, escasez de trabajadores–, revelan que la doctrina católica favorece también el dinamismo demográfico que se echa en falta.
Este vuelco demográfico del catolicismo del norte al sur implica también un cambio de perspectivas y de prioridades. Los cristianos del sur –tanto católicos como protestantes– son mucho más tradicionales en temas como la familia, la homosexualidad o el aborto, y pueden aducir a su favor que les está yendo bien. Así que –al margen del problema de la verdad– no tendría sentido práctico adecuar la doctrina y la pastoral a fragilidades familiares del norte, que es donde más falta hace un revulsivo.
Se dirá que en el mundo occidental las mujeres católicas no se distinguen mucho de las demás en cuanto al uso de anticonceptivos. Pero, aparte de que entre las católicas practicantes sí hay diferencias, la nueva evangelización exigiría que la Iglesia explicara mejor su doctrina y diera a conocer esos métodos tan desconocidos de regulación natural de la natalidad, alternativa a una contracepción química que sigue teniendo efectos adversos para la salud de las mujeres (cfr. Aceprensa 26-09-2012, “Las católicas practicantes y el uso de anticonceptivos”).

Redes abiertas
La necesidad de reafirmar la identidad católica para una nueva evangelización, no significa que las familias cristinas tengan que moverse en círculos cerrados con una mentalidad defensiva para no desvirtuarse. Al contrario. Si algo enseña la experiencia de los primeros cristianos es que supieron mantener redes abiertas en la vida social, y que esto fue la clave de su expansión.
Como escribe Stark: “La base para los movimientos triunfantes de conversión es el crecimiento a traves de redes sociales, por medio de una estructura de lazos interpersonales directos e íntimos. La mayoría de los nuevos movimientos religiosos fracasan porque muy pronto se transforman en redes cerradas o semicerradas. Es decir, no siguen creando y sosteniendo vínculos interpersonales con los extraños a su fe, por lo que pierden su capacidad de crecer”. En cambio, lo que sabemos de los primeros cristianos es que se mantuvieron como redes abiertas, incorporando a nuevos conversos a través de matrimonios mixtos y participando en la vida social codo con codo con los demás ciudadanos, en todo lo que no era incompatible con su fe.
Pero, para atraer a otros, primero hay que estar convencido de que uno tiene lo mejor. Por eso la nueva evangelización empieza por reafirmar la identidad de los católicos para que sean levadura en la masa, y no un trozo de masa más.

Medicina preventiva
La experiencia del cristianismo de los primeros siglos puede sugerir algunas pautas para la nueva evangelización a partir de las familias cristianas en la actualidad. En primer lugar, está claro que lo que contribuyó a la expansión del cristianismo no fue el acomodamiento de su concepción del matrimonio y de la familia a lo que era habitual entonces, sino el ir a contracorriente.
También hoy día la fe será más atractiva si se ve encarnada en hombres y mujeres que viven el matrimonio con la idea de que es su camino para alcanzar la plenitud de la vida cristiana, tal como propuso el Vaticano II. Un ideal alto y exigente, pero también atractivo para los que desean que el matrimonio no se reduzca a un experimento de “a ver si esto funciona”, con la salida fácil del divorcio-exprés.
Los primeros cristianos sabían que ni él ni ella podían romper el vínculo matrimonial: “A los casados les mando, no yo sino el Señor– decía San Pablo–, que la mujer no se separe del marido, y en caso de que se separe, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con su marido; y que el marido no despida a su mujer” (1 Corintios, 7, 10-11). Ciertamente, esto exigirá una preparación al matrimonio mucho más sólida que la actual, precisamente porque el contexto cultural de hoy no ayuda a comprender rasgos básicos del matrimonio cristiano como la indisolubilidad, la fidelidad y la apertura a la vida. Como también será conveniente que las familias jóvenes cristianas encuentren un apoyo en comunidades parroquiales e instituciones varias que les ayuden a superar momentos de crisis. Es decir, medicina preventiva.
De lo contrario se corre el riesgo de centrar la atención pastoral en situaciones donde ya se ha producido algún descalabro: parejas que conviven sin casarse, divorciados vueltos a casar, posibles matrimonios nulos… No cabe duda de que también estos necesitan una atención pastoral, pero incluso ellos han de poder mirarse en familias donde el ideal cristiano del matrimonio sea una realidad vivida. Lo que tiene poco sentido es que se consideren progresistas propuestas de cambio que llevarían a una especie de “divorcio para católicos”, cuando el auténtico avance exige fortalecer a las parejas para que vivan con autenticidad su compromiso.
Si el caso de los divorciados vueltos a casar es hoy un problema, el modo más eficaz de abordarlo es procurar evitar que los casados se divorcien. Y si ahora parece tan importante que los divorciados puedan participar en la penitencia y en la eucaristía, razón de más para hacer hincapié en la vida sacramental de los casados, lo que contribuirá a reforzar su compromiso.

Ignacio Aréchaga | Aceprensa
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Notas
(1) Rodney Stark, La expansión del cristianismo. Trotta. Madrid (2009) 219 págs. (Cfr. Aceprensa 28-05-1997).

martes, 15 de noviembre de 2011

La familia ante el desafío de la modernidad

¿Por qué la Modernidad, entendida como el conjunto de principios y valores triunfantes en nuestro tiempo, debería suponer un desafío para la familia cristiana? 

Para responder a eso, hace falta un pequeño análisis de los fundamentos ideológicos de la Modernidad, para que así podamos compararlos mejor con lo que sabemos que la familia cristiana es y representa. 

1) Individualismo 
2) Primacía de las relaciones económicas 
3) Relativismo moral. Confusión entre moral y ley. 
4) Quiebra del principio de autoridad 
5) Materialismo práctico. Búsqueda del éxito fácil, entendido en clave monetaria. 

Este conjunto de rasgos alimentan lo que Josep Miró ha denominado “la gran ruptura de la desvinculación”, que se fundamenta en la ausencia de compromiso y en la afirmación de la realización personal como único hiperbién: “Nuestro sistema social construye hombres y mujeres sin ataduras con el pasado, la tradición, la religión o la comunidad...”. 

Frente a la ruptura de la desvinculación, la familia representa un discurso y un compromiso vital completamente distintos. “Asumir la familia significa asumir que la relación entre el hombre y la mujer se fundamenta en la entrega antes que en la autosatisfacción; que el sexo puede ser el inicio pero que nos lleva por senderos equivocados si no se construye la compañía, porque el matrimonio es la construcción de este acompañamiento; que el don es gratuito; que existe vocación por la descendencia, lo que significa el situar la dinastía en primer término y antes que la inmediatez; en otras palabras, significa dar importancia a aquello que se sitúa a largo plazo por encima del corto plazo” (J. Miró). Pero además de estos rasgos humanos, la familia posee una indudable dimensión religiosa, como expresión del amor de Dios hacia sí y en el seno de la Trinidad que no es el tema de esta charla pero que como cristianos debemos conocer y estimar. 

Por estos motivos, por la inmensa fuerza que esos caracteres le imprimen y por lo que la familia supone en la vida de los hombres, las sociedades con fuerte base familiar no se ven seriamente afectadas por los principios ideológicos de la Modernidad que antes he mencionado. Esto es lo que provoca la hostilidad de los grupos e intereses más comprometidos o beneficiados por la cultura dominante hacia la familia, en especial a la que se fundamenta sobre ideas cristianas. 

Esa hostilidad de la cultura dominante de la Modernidad y de la desvinculación hacia la familia es visible en España desde hace décadas y ha provocado graves daños en el aprecio social de la institución familiar -aunque siga siendo la más valorada por la gente- y en su capacidad para situarse en el centro de la vida de las personas. Es obvio que día a día ganan puntos entre los jóvenes unos modelos familiares acordes con las propuestas de la Modernidad y la desvinculación, modelos que tienen por eje el compromiso limitado, la provisionalidad y que, en muchas ocasiones, no están abiertos a la procreación, gran obstáculo hoy de la autorrealización. 

Estas propuestas alternativas, que van calando hasta diseñar una realidad familiar plural -se habla ya de “familias” y no de familia- aparecen adornadas con el prestigio de la libertad, pero sus efectos sociales son muy cuestionables y a menudo provocan graves daños para los adultos y no digamos para los niños. 

¿Cómo es posible que estas propuestas alternativas a la familia cristiana puedan arraigar cuando son tan inferiores objetivamente en su capacidad para construir la felicidad de sus miembros? En primer lugar, es necesario destacar que la realidad de la familia está siendo profundamente tergiversada por una sistemática campaña de deformación en la que sólo se manifiestan sus defectos, se ocultan sus virtudes y se la presenta como algo anticuado, rancio y condenado a la extinción, mientras que los modelos alternativos aparecen como algo juvenil, de moda y libre (series televisivas, apología de las uniones informales, de las separaciones y divorcios, últimamente la cuestión de la violencia doméstica...). 

Pero todo esto no tendría el menor efecto si la familia no hubiese sido objetivamente debilitada a lo largo del siglo XX por tres grandes fenómenos que han conmovido sus cimientos tradicionales. Estos fenómenos no son necesariamente negativos, los tres tienen indudables aspectos positivos, pero la familia no ha sido capaz todavía de adaptarse a ellos, quizá por su enorme magnitud, quizá porque su incidencia afecta al papel que en su seno correspondía y todavía corresponde a los tres grandes pilares de toda familia: la madre, el padre y los hijos. Me estoy refiriendo a:

1) La incorporación de la mujer al mundo del trabajo en condiciones semejantes a las del varón. 
2) La crisis del principio de autoridad como clave de las relaciones sociales. 
3) La revolución sexual. 

1) La incorporación de la mujer al mundo del trabajo en condiciones semejantes a las reservadas al varón. Este es un fenómeno indudablemente positivo en sus efectos sociales y culturales, pues ha permitido una mayor autonomía de las mujeres y la liberación del hombre de la enorme carga que suponía ser el único responsable de la suerte económica de la familia. Pero ha provocado una auténtica crisis de identidad en la mujer, sobre todo en las madres y amas de casa, que han visto reducida la estima social de su función y se han visto impulsadas en muchos casos a buscar y aceptar trabajos que no les satisfacen ni compensan para disminuir la presión del entorno y sentirse útiles y realizadas. Ha provocado también una necesaria redistribución de las cargas familiares entre los miembros de la pareja, algo que la mayor parte de los hombres no acepta de forma expresa o implícita, creándose tensiones que envenenan la vida conyugal y, lo que es peor, provocándose en muchos casos la desatención de los hijos. Además ha hecho disminuir drástica y bruscamente la natalidad y ha propiciado el aumento de la infidelidad conyugal, de los abandonos y de los divorcios. El acceso de la mujer al mundo del trabajo, una conquista irrenunciable, es un gran ejemplo de cómo algo en principio bueno puede ir acompañado de efectos negativos que todo el mundo percibe pero que es políticamente incorrecto mencionar y contra los que es muy difícil luchar. 

2) La crisis de la autoridad como principio ordenador de las sociedades humanas y, por supuesto, de la familia. Hasta no hace mucho, en todo el mundo la autoridad era el principio clave del mundo del trabajo, de las relaciones humanas y políticas y, por supuesto, de la familia. El padre, y en su ausencia la madre, estaba dotado de un poder casi absoluto en la casa y sobre los asuntos familiares. Incluso los hermanos mayores disponían de un status especial. Pero la autoridad, de la que a menudo se abusaba, ha sido la gran víctima de la Modernidad y ha sufrido un ataque frontal en su legitimidad en las sociedades occidentales desde la revolución de mayo del 68. Hoy se encuentra bajo mínimos y sólo es aceptada con grandes limitaciones y por consenso. En la familia, la autoridad ya no pertenece al padre, en todo caso a los esposos, y en cuanto los hijos tienen edad para opinar y decidir desaparece del todo como principio ordenador de la convivencia.

Lo que esto ha supuesto en el día a día de las familias lo sabemos todos y no merece la pena entretenerse en ello. Me limitaré a señalar que sin autoridad legítima no cabe responsabilidad, y sin responsabilidad el sacrificio no puede exigirse a nadie. La desaparición del principio de autoridad ha erosionado de tal manera el papel del padre en la familia que muchos varones se muestran incapaces de adaptarse a la nueva situación. No es extraño, porque esta situación es inédita en la historia de nuestra civilización y no hay modelos previos a los que recurrir. El hombre ha perdido el sitio y los que se le ofrecen como alternativa -consejero, amigo, cómplice- no cubren el hueco dejado por el padre y además casi siempre son insatisfactorios para él e ineficaces para la marcha de la familia. Muchos se desentienden de situaciones que no pueden resolver ni gobernar y, si estas son graves, acaban cediendo a la tentación del abandono. Todo esto aumenta la carga de las mujeres en los hogares y genera nuevos enfrentamientos que afectan a la estabilidad de la pareja y repercuten sobre toda la estructura familiar. 

Y sin embargo, hay que decir que la autoridad absoluta ejercida por el padre hasta hace no mucho tampoco era buena, y no sólo porque existiera la propensión a abusar de ella. Cuando la autoridad es llevada más allá de cierto límite sólo genera miedo e incomunicación, y de ese modo seca las fuentes en las que debe sustentarse toda familia, que son las del amor y la lealtad. La evaporación de la autoridad no es un fenómeno exclusivo de la familia, sino general, como he señalado, y por tanto irreversible. Es necesario alcanzar un nuevo equilibrio basado en el consenso de los esposos y en el respeto de los hijos y hacia los hijos. Las circunstancias negativas de hoy pueden y deben superarse, porque los rasgos excesivamente patriarcales de la familia tradicional no eran una fortaleza del sistema, sino una debilidad por la que han penetrado buena parte de las críticas fundadas al mismo. Para nosotros, cristianos, podía ser incluso una rémora que impidiera a la familia adquirir las cualidades evangélicas que deberían caracterizarla. 

3) La revolución sexual, que ha puesto de manifiesto la importancia central del sexo en la configuración de lo humano; algo que siempre se había enmascarado por improcedente, subversivo e indecoroso. Ese papel central del sexo había sido reconocido, no obstante, por todas las sociedades tradicionales, que reconocían su fuerza y por ello trataban de encauzarlo a través del matrimonio para que su formidable energía se transmitiera de forma positiva para la sociedad y no de forma perturbadora o disgregadora de los vínculos sociales. 

Hoy la sexualidad conserva su fuerza, pero se niega su papel social, de forma que el conjunto de la sociedad nada tiene que decir sobre cómo la ejerce cada cual. Hoy el sexo, aunque su manifestación sea pública como nunca, pertenece al ámbito de lo privado del individuo y de su capacidad y necesidad de realización. Por eso, al tratarse de un asunto estrictamente individual, ni siquiera la familia está en condiciones reales de intervenir en las opciones o actividades sexuales de sus miembros. Así, los padres se encuentran sin argumentos ni capacidad para intervenir a partir de cierta edad de los hijos, aunque estos vivan bajo el techo familiar, e igualmente los hijos han perdido buena parte de su capacidad de condena si alguno de los padres no guarda fidelidad o abandona el hogar para vivir con otra pareja. 

Convivir con estas nuevas realidades es algo que a muchos se hace intolerable... hasta que se ven en la tesitura de hacerlo. Muchas familias intachables se desenvuelven entre situaciones “sentimentales” impensables hace una generación, si bien es verdad que la tolerancia general hacen menos penosa la aceptación de la realidad. Hay que tener en cuenta que en un pasado remoto estas situaciones eran mucho más frecuentes de lo que imaginamos y que, sin embargo, somos herederos directos de una era, iniciada en el siglo XIX, especialmente puritana en todo lo que se refiere al comportamiento sexual. Se ha señalado con frecuencia que durante mucho tiempo ha podido parecer que la moral propugnada por la Iglesia se reducía a la moral sexual, tal era la insistencia obsesiva en esas cuestiones por parte de los pastores y el control ejercido por el conjunto de la sociedad. 

Hay que asumir, pues, que en esto estamos también ante un profundo cambio de ciclo, ante cambios que están aquí para quedarse durante mucho tiempo y contra los que quizá sólo merezca la pena oponerse cuando den lugar a comportamientos claramente desordenados o puedan arrastrar a las personas hacia la desgracia. Los terrenos son sumamente resbaladizos y están todavía por deslindar a no ser que vivamos en un medio en el que no existan agnósticos o cristianos no practicantes. En otro tiempo, el triunfo del matrimonio canónico sobre otras formas inferiores de unión, muy comunes en ciertos grupos sociales, se hizo posible por el decidido apoyo de las autoridades civiles, que le otorgaron un reconocimiento exclusivo. No hay que decir que las tendencias actuales son muy otras, y que se hace difícil encontrar la fórmula que haga llegar a la gente de manera sencilla y fácilmente comprensible las ventajas personales y sociales del matrimonio cristiano y de los compromisos que conlleva. 

Por último, cabe señalar que, por desgracia, las nuevas costumbres sexuales están siendo acompañados de una explotación sin límites de la mujer como objeto sexual y con un floreciente y repugnante negocio basado en la utilización tosca o perversa de la imprescindible y noble pulsión erótica que alienta en todos los seres humanos. Estos hechos son consecuencia directa también de la revolución sexual en las sociedades occidentales y la hacen aún más indigerible para muchas conciencias rectas. 

Las tres grandes cuestiones señaladas no son buenas o malas de manera absoluta, pero sobre todo sería una pérdida de tiempo dedicarnos a condenarlas o alabarlas. Lo que nos debe interesar es que son irreversibles y han creado un nuevo marco familiar, totalmente distinto del existente hace 50 años. Es posible que, como tantas veces en la Historia, estos cambios de apariencia inasimilable acaben resultando purificadores y descarguen a la familia de aspectos que han podido llegar a convertirla en una vivencia opresiva. Estamos viviendo ahora el impacto sobre la familia de cambios sociales profundos que anuncian renovaciones basadas en la libertad y la coherencia, aunque más vulnerables a la insatisfacción y el individualismo. Es posible que esa renovación deba fundarse en una nueva experiencia de la conyugalidad que redescubra, más allá de las palabras huecas, lo hermoso y arriesgado de una relación incondicional en un mundo donde todo es temporal y condicionado; en una nueva definición de los papeles de los esposos, basados en la igualdad efectiva, sin que la mujer vea en la masculinidad del hombre un elemento sojuzgador ni el hombre en la feminidad de la mujer una inferioridad; una nueva relación entre los sexos, más abierta al goce recíproco, vivido como un don que se acentúa y adquiere pleno sentido en la fidelidad y la exclusividad. Y quizá, ante todo, una revalorización de lo que los hijos suponen en la vida de hombres y mujeres y lo compensatorio de entregarles los mejores años de nuestras vidas. 

Personalmente, estoy seguro de que todo esto llegará, quizá está llegando ya, aunque los árboles de los problemas actuales, el hundimiento de tantas familias, no nos dejen ver el bosque de la gracia y las promesas. Pero, mientras eso llega, ¿qué podemos hacer nosotros? A nivel social, la revalorización de la familia sólo puede venir de cambios culturales y de decisiones políticas que hoy no son previsibles y que quedan fuera de nuestro alcance, aunque no debiéramos dejar de tenerlos en cuenta en nuestras opciones de consumo cultural y en el momento de las elecciones, ya que no todos los partidos son lo mismo en estos aspectos, aunque ninguno de los mayoritarios apueste claramente por la familia. 

Pero sí está al alcance de cualquiera vivir en función de dos valores esenciales: libertad y coherencia. Ser libre es todo lo contrario que dejarse arrastrar por modas que se nos imponen y por las opiniones que promueve la cultura dominante. 

Ser libre es elegir lo mejor para nosotros mismos y los nuestros en función de nuestros intereses y nuestras convicciones. Para que la libertad pueda ejercerse es necesaria la conciencia formada, que es el mayor tesoro que podemos dar a nuestros hijos, y la coherencia que sigue a la elección. Ser libre nunca ha sido fácil y hoy tampoco lo es. La coherencia del hombre libre tiene un precio que la sociedad de los conformistas nos hará pagar, pero sin esa libertad perdemos una parte de nuestra condición de seres humanos y la vida pierde su sabor. 

Tenemos que ser conscientes del tipo de familia en el que queremos vivir y defender con fuerza nuestra opción de las intrusiones del mercado, de la TV, de las ideologías... y hasta de los de los amigos y de las vecinas. Para conseguirlo tenemos que estar seguros de nuestros fundamentos (por eso hay que formarse) y mantener el contacto con los que han hecho nuestra misma elección, ayudarnos unos a otros a superar las dificultades. Hoy existen todo tipo de asociaciones y movimientos cristianos que pueden proporcionarnos la experiencia y la ayuda que necesitamos. Tenemos que tener la inteligencia y la humildad para dejarnos aconsejar y ayudar (cinco minutos de oración antes de tomar cualquier pequeña decisión en el ámbito familiar). 

Mirad que en esto de la familia, de nuestras familias, nos lo jugamos todo. Mirad a vuestro alrededor: hijos rebeldes, ancianos abandonados, padres fracasados y acosados, mujeres deprimidas y maltratadas, rupturas matrimoniales, violencia en las familias, etc... Sin duda, esto no es lo que el Padre ha preparado para sus hijos. Recogemos el fruto de una violenta separación de los principios cristianos que han sido declarados obsoletos por quienes sólo nos ofrecen como alternativa el vacío del individualismo más feroz y un ideal de realización personal que está llamado a chocar continuamente con el de los demás. Nos toca descubrir la belleza y la bondad de la familia cristiana, pero tenemos que hacerlo bajo las condiciones de nuestra época, no al margen.

Rafael Sánchez Saus

viernes, 3 de junio de 2011

Municipio y familia



“El municipio, como la familia, arrancan de una sola realidad humana: la condición ineludible de ser el hombre un ser concreto, de vivir su existencia dentro de un cuadro de valores por él nunca libérrimamente hallados, sino con los cuales se topa de bruces apenas abre los ojos a las luces de la vida; de que su saber sociológico le viene de una línea y en un lugar que él no determinó, empero en los que se encontró situado por el mero hecho de nacer. Todas las teorías totalitarias de la apoteosis del Estado, igual que todas las teorías anarquizantes de la deificación del individuo abstracto quiebran, añicos de cristal de vaso roto, al choque con esta verdad indiscutible. Sangre y suelo, familia y municipio, hácennos ser lo que somos, nos guste o no nos guste. La fuerza de los factores sociológicos es más eficaz que el oportunismo de las decisiones arbitrarias. Nunca fue el hombre un algo abstracto ni nunca poseyó derechos abstractos como los que les regalaron las sucesivas Declaraciones de los derechos del hombre en la pomposa vacía literatura que corre desde la Revolución Francesa hasta la ONU contemporánea.”
            
             Francisco Elías de Tejada y Spínola (1917-1978)

jueves, 20 de enero de 2011

Ingeniería social: la Ley de matrimonio civil


Ingeniería social: la Ley de matrimonio civil


por Luis I. Amorós:



Categorías : Moral social, Matrimonio, Res Pública, Religión y política
La palabra matrimonio proviene del latín matrimonium, que significa literalmente “oficio de madre” (mater, madre, y munium, función). Latina también es la definición legal de Herenio Modestino, jurista pagano y prefecto de Roma entre 226 y 244: Matrimonium est conjunctio maris et foeminae, consortium omnis vitae, humani et divini iusis communicatio (el matrimonio es la unión del varón y la mujer, consorcio de toda la vida, comunión en el derecho divino y humano).


En la España tradicional se desconoció el concepto de matrimonio civil; el matrimonio era un contrato privado, que atañía a los cónyuges, su patrimonio, sus descendientes y sus familias. Su naturaleza era sacramental por el predominio de la fe católica entre la población, con salvedades jurídicas en el caso de las minorías judía y morisca, que tenían fueros específicos para regular sus uniones. Existía el matrimonio solemne in facie Ecclesiae, considerado el ordinario, pero también se aceptaba, aunque desfavorablemente, el matrimonio clandestino o a juras, basado en un juramento privado de los cónyuges ante testigos, sin celebración pública alguna (como ejemplo de su alcance, podemos citar el aducido por el rey de Castilla Pedro I con María de Padilla en las cortes de Sevilla de 1362). Este último fue penado en la ley 49 de las Cortes legislativas de Toro (1505), con sanción civil y penal, pero seguía considerándose válido. La Real Cédula del rey Felipe II del 12 de julio de 1564 mandaba observar como ley del Reino el capítulo Tametsi de la 24 sesión del Concilio de Trento, que estipulaba el matrimonio religioso ante sacerdote autorizado y dos testigos como único válido. Este estado de cosas se mantuvo en España incluso tras la modificación del sistema monárquico tradicional por el liberal parlamentario (que abolió todo fuero privado matrimonial) durante el primer tercio del siglo XIX, y así lo confirmó el concordato establecido entre la Santa Sede y el gobierno español el 16 de marzo de 1851.


La revolución de 1868, además de expulsar a los Borbones del trono, proclamó una nueva constitución en 1869, en la que desaparecía por primera vez la confesionalidad católica del estado. El proyecto de ley de nuevo código civil imponía la introducción del matrimonio civil (a imitación del código napoleónico francés de 1804) como único válido. Así se estableció en la “ley provisional de matrimonio civil” promulgada el 18 de junio de 1870 siendo ministro de Justicia el liberal progresista y masón Eugenio Montero Ríos. La ley final dulcificó el radical proyecto, que rompía abruptamente con la legislación precedente y la costumbre del pueblo, iniciándose con estas palabras: “el matrimonio es la base de todas las instituciones humanas y un elemento generador de la sociedad misma. Sin matrimonio no hay familia, sin familia la sociedad no existe. El matrimonio es también una institución religiosa. Cuando el hombre y la mujer, mutuamente atraídos por las más dulces afecciones del corazón, llegan a unir sus destinos para no separarlos jamás, el sentimiento religioso, por adormecido que se halle en su alma, les arrastra a postrarse ante el Ser Supremo para implorar las celestes bendiciones”. La ley reconocía su indisolubilidad, se mantenían los impedimentos sacros y religiosos, y se acomodaba la ceremonia religiosa a la civil, constando así en el capítulo III de la ley de Registro Civil del 17 de julio de 1870. El nuevo modelo de matrimonio no logró apoyo entre la población (mayoritariamente católica), hasta el punto que el número de matrimonios únicamente civiles era muy inferior al de canónicos que no celebraban luego ceremonia civil. Esto último se produjo como forma de manifestar la disconformidad con la nueva ley, provocando un grave trastorno al flamante registro civil (no olvidemos que estos hechos se enmarcaban en el transcurso de una contienda que fue en buena medida también religiosa, como la tercera guerra carlista, añadiendo un motivo político al rechazo a la ley). De hecho, provocó una secuela inesperada: miles de niños nacidos en matrimonios exclusivamente canónicos no estaban registrados. Queriendo resolver esa tara sin apartarse de su principio legislativo, el gobierno del liberal progresista Práxedes Mateo Sagasta emitió la Orden de 11 de enero de 1872, ordenando inscribir como ilegítimos a los numerosísimos hijos habidos de matrimonios exclusivamente canónicos. La ley de matrimonio civil segregaba el matrimonio de cualquier raíz sacramental, considerando su regulación exclusiva competencia de la legislación civil del estado.


La Restauración de la monarquía liberal trajo nuevos aires, y el decreto del 9 de enero de 1875 del presidente liberal conservador Antonio Cánovas del Castillo reconoció como válidos con efecto retroactivo todos los matrimonios canónicos desde 1870, restableciendo la forma antigua (en los términos establecidos por el Concilio de Trento). No obstante, el matrimonio civil persistió, con carácter excepcional, como forma de que aquellos que no profesasen la religión católica pudiesen tener reconocimiento a su unión, en términos similares al matrimonio católico, con la excepción del sacramento. Los liberal progresistas, cuando accedieron al poder (mediante el turno de partidos), no modificaron este estado de cosas, ya que no desconocían la realidad de una sociedad profundamente católica, la necesidad de mantener buenas relaciones con la Santa Sede y la fuerza del carlismo entre el clero. Este estado de cosas fue confirmado por el Concordato firmado con el Papado, aprobado por el senado el 14 de marzo de 1887, y plasmado en el artículo 42 del nuevo código civil, promulgado el 24 de julio de 1889. Un sistema dualista en que el matrimonio canónico quedaba establecido como principal, y el civil como subsidiario. Este modelo de matrimonio respondía de forma más fiel a la realidad social que la novedad del de 1870, y fue aplicado sin conflictos relevantes durante más de 50 años. No se conservan registros distinguiendo entre matrimonios canónicos inscritos y exclusivamente civiles, pero sí sabemos que en el sexenio 1878-1884, para una población de unos 17 millones de españoles, se celebraban unos 120.000 matrimonios al año, aproximadamente 10.000 de los cuales eran canónicos no inscritos en el registro. El mismo documento consigna que la población no católica de España estaba censada en unas 17.000 personas, la mayoría extranjeras, por lo que el rito canónico era prácticamente el único.


Con la proclamación de la Segunda República española y la aconfesionalidad que establecía la constitución de 9 de diciembre de 1931, se promulgó la Ley de 28 de junio de 1932, por la que se instauraba de nuevo la obligatoriedad del matrimonio civil vincular, ampliando además la jurisdicción civil para aspectos sacramentales, como establecer la nulidad de un matrimonio canónico. En febrero de ese mismo año, el parlamento había aprobado el divorcio, por disenso de los cónyuges, o a petición de uno de ellos. Se hizo nuevamente sobre modelo francés, y nuevamente fue un liberal progresista y masón el ministro de Justicia firmante de esta ley revolucionaria, en este caso Álvaro de Albornoz Liminiana, diputado de Izquierda republicana. En el debate en las cámaras, el diputado socialista (y también masón) Juan Simeón Vidarte fue el encargado de defender el proyecto. Calificó de “bello sueño” la unión indisoluble entre marido y mujer, afirmando que la mayoría de los matrimonios no necesitan una ley de divorcio, pero que los que viven desunidos necesitan una resolución adecuada. Tanto este debate como toda la discusión sobre el divorcio en nuestra legislación ameritan un artículo exclusivo. La innovación legislativa, además de reimplantar el papel del estado como único reconocedor del vínculo, termina con el atributo de indisolubilidad que había acompañado al matrimonio desde la cristianización de España.


Tras la guerra civil y la derrota de la Segunda República, el nuevo gobierno del general Franco anuló la ley de matrimonio civil previa en la Ley de 12 de marzo de 1938, promulgada por el ministro de Justicia, el tradicionalista Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno. En una Orden dada 10 días después, se reintrodujo la formulación de acatolicidad para autorizar el matrimonio civil. Legalmente esta medida garantizaba la pervivencia del matrimonio civil para aquellos que lo solicitaran, pero en la práctica lo condicionaba hondamente: una declaración de acatolicidad en plena guerra contra un enemigo abiertamente anticatólico suponía ser considerado como sospechoso para el nuevo régimen. La ley se endureció en la Orden de 10 de marzo de 1941, dada por el ministro de Justicia, el miembro de FET y las JONS Esteban Bilbao Eguía, ya que el matrimonio civil se convirtió en subsidiario, y sólo se permitía a aquellas personas que documentaran fehacientemente la no pertenencia a la fe católica (por ejemplo, musulmanes o protestantes), o hicieran declaración jurada de no estar bautizados; por tanto ya no bastaba una declaración oral de acatolicidad. Tras la firma del concordato de 27 de agosto de 1953 entre el gobierno español y la Santa Sede, el decreto de 26 de octubre de 1956 modificaba el artículo 100 de la ley de Registro Civil de 1870, en el sentido de que el matrimonio civil únicamente sería autorizado en caso de que ambos contrayentes probaran su no pertenencia a la Iglesia católica (prueba de pertenencia a otra confesión, certificado parroquial de no estar bautizados o decreto de excomunión). En su aplicación práctica posterior, se estipularon diversos medios para probar la apostasía o el ateísmo militante de aquellos que solicitaban el matrimonio civil, ya que la mayoría de las peticiones provenían de bautizados; tales pruebas debían ser confirmadas por la autoridad eclesiástica según circular de la Nunciatura Apostólica de 25 de marzo de 1957. Resulta irónico ver como en plena España franquista, confesionalmente católica, la ley prácticamente obligaba a los apóstatas a hacer ostentación de hostilidad acatólica ante testigos reconocidos (funcionarios, por ejemplo) para contraer matrimonio civil.

A la finalización del Concilio Vaticano II, en 1965, la Declaración apostólica Dignitatis Humanae consagró el principio de la libertad religiosa como criterio rector de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Ello se reflejó en la ley de 28 de junio de 1967 sobre el ejercicio del derecho civil en materia religiosa, en el que se retomaba la declaración jurada de acatolicidad ante testigos válidos (funcionario del registro civil y párroco) como prueba suficiente para que los contrayentes pudieran acceder al matrimonio civil, suavizándose así los requisitos. La llegada del final de la dictadura franquista modificó sensiblemente el concepto de matrimonio civil, por una fórmula intermedia, la redactada en los artículos 245 y 249 del nuevo reglamento del Registro Civil por Decreto de 1 de diciembre de 1977, donde “se presume la acatolicidad por el sólo hecho de la celebración del matrimonio civil”, suprimiendo cualquier prueba o declaración de acatolicidad. Sin modificar el fondo de la ley anterior, se convierte de facto el matrimonio civil en facultativo, dejando de ser subsidiario. Con esta argucia, sin embargo, se trasladaba el dilema al campo del derecho canónico, que no considera que un católico apostate simplemente por contraer matrimonio civil (el pecado de concubinato no es equivalente al de apostasía, y no conlleva automática excomunión).


El 27 de diciembre de 1978 se promulgó una nueva constitución, que consagró la aconfesionalidad del estado, con protección legal a la Iglesia católica, y la no discriminación por razón religiosa. El matrimonio civil quedó en un limbo, como matrimonio facultativo, hasta el acuerdo entre el gobierno español y la Santa Sede de 3 de enero de 1979, que sustituyó al anterior Concordato, en el que se admite el acceso libre al matrimonio civil sin necesidad de hacer declaración sobre su religión, manteniendo la validez civil del matrimonio canónico. Así se llega a la Ley sobre el matrimonio de 7 de julio de 1981, inspirada en la italiana, en la que los contrayentes podían optar por ambas formas de matrimonio facultativo reconocido, la civil o la religiosa (canónica o de otras confesiones reconocidas), quedando sujetas no obstante en su jurisdicción ambas a la legislación civil y sus tribunales. Fue impulsada por el ministro de Justicia, diputado de Unión de Centro Democrático (un conglomerado de liberales, democristianos y antiguos miembros del Movimiento Nacional franquista), Francisco Fernández Ordoñez. El matrimonio civil quedó regulado en la sección 2ª del capítulo III del Título IV del libro I, artículos 51 a 58, y la ley de 23 de diciembre de 1994 autorizaba a los alcaldes (además de secretarios y jueces) a presidir matrimonios civiles. El matrimonio canónico tenía automáticos efectos civiles, exigiendo una simple certificación eclesiástica válida de su celebración. Establece la validez única a efectos legales del matrimonio civil, del cual el canónico se convierte en una forma de ritual, con la obligación del párroco de notificar al registro civil el enlace. Aunque ya no se nombra el concepto y objetos del matrimonio (que da por supuestos), en sus artículos 66 a 71 se mantienen una serie de características del matrimonio que la ley exige a los cónyuges (cohabitación, fidelidad, respeto y socorro mutuo, actuar en interés del matrimonio y sus hijos). Se establece la posibilidad de separación a partir de un año, por común acuerdo y concurriendo una serie de violaciones de los deberes conyugales. Tras un año de separación se podía solicitar la disolución del matrimonio dentro de los supuestos previstos por la ley.


La última modificación de la ley de matrimonio, más polémica que la anterior, es la de 1 de julio de 2005, firmada por el ministro socialista (socialdemócrata, en acepción política más precisa) Juan Fernando López Aguilar. En los primeros párrafos de la ley se consagra el pensamiento político que se ha venido en llamar como progresista: la convivencia en pareja constituye cauce destacado para el desarrollo de la personalidad, y ese es su único fundamento para el orden político y la paz social. Se elimina, por tanto, de la ley, el reconocimiento del engendro y la crianza de los hijos como fundamento del matrimonio y bien de interés social a proteger, que habían reconocido todas las legislaciones previas. Mas aún, niega el carácter estable de la institución al afirmar que “Será la ley que desarrolle este derecho […] la que, en cada momento histórico y de acuerdo con sus valores dominantes, determinará la capacidad exigida para contraer matrimonio, así como su contenido y régimen jurídico”, consagrando el relativismo como política de estado, al adecuar la legislación sobre matrimonio a unos difusos “valores dominantes” que no define, poniendo los cimientos a futuras modificaciones de este u otro aspecto de la ley al arbitrio del legislador (matrimonios poligámicos, poliándricos, incestuosos o estuprosos con consentimiento, e incluso, si en un momento dado se aceptara extender el estatus de persona a “grandes simios”, como se ha planteado, llegar a matrimonios zoofílicos). El primer paso lo da en el párrafo siguiente, en el que elimina la obligatoriedad de que los contrayentes sean de distinto sexo (coherente con el no reconocimiento que se realiza en el documento del valor de los hijos como objetivo capital de la institución matrimonial), para dar cabida en la ley a los matrimonios entre personas del mismo sexo (no necesariamente homosexuales). Todo el desarrollo posterior de la ley va en la dirección de forzar términos y preceptos legales modificando artículos sobre el matrimonio del Código Civil para que sean válidos también para matrimonios isosexuales, por ejemplo sustituyendo las palabras marido y mujer por cónyuges o contrayentes, y haciendo una revisión histórica crítica sobre leyes y costumbres anteriores: “La Historia evidencia una larga trayectoria de discriminación basada en la orientación sexual”. Es una ley muy breve (contrasta poderosamente con la de 1981), que modifica la institución matrimonial en una extensión corta pero muy profunda: despojándole de su sentido procreativo. Una semana después, el 8 de julio de 2005 se emitió la Ley de modificación en materia de separación y divorcio, en la que se define el matrimonio en los mismos términos (medio de libre desarrollo de la personalidad de ambos cónyuges), eliminando todos los condicionantes exigidos en leyes precedentes de separación y divorcio, incluyendo el consenso de ambos cónyuges. No existe ninguna argumentación en ambas leyes en las que se reconozca al matrimonio como una institución preexistente al derecho, o en la que se citen alguno de los atributos que desde la antigua Roma hasta la actualidad lo han definido, tanto desde una óptica cristiana como agnóstica: perdurabilidad, usufructo de patrimonio común, obligación de respeto y cooperación de los cónyuges, cohabitación, y sobre todo, la crianza de hijos y la formación de una familia como objetivo primordial.


En enero del año 2008 se procedió a eliminar el boletín eclesiástico de matrimonios, que permitía llevar una contabilidad de matrimonios canónicos para informar al registro civil, que ahora concentra todos los registros matrimoniales.


España es un buen ejemplo de la orientación de una filosofía social muy concreta, en la cual el matrimonio civil, a través de 4 leyes sucesivas (1870, 1932, 1981 y 2005) ha sido progresivamente despojado de sus atributos tradicionales, que le dotaban de carácter institucional. La primera ley eliminó toda su sacramentalidad o relación con Dios; la segunda, su indisolubilidad. Ambas se enmarcaron en políticas liberal progresistas de inspiración masónica, indisimuladamente dirigidas (dentro de un contexto más amplio de leyes) a eliminar la influencia de la fe católica en la sociedad, y la capacidad de la Iglesia para formar parte del corpus legislativo del estado. Ambas hallaron una resistencia extraordinaria en un pueblo cuyas costumbres estaban profundamente marcadas por el cristianismo. Políticas que se hallaron inmersas, o terminaron provocando, conflictos civiles armados. Incluso aunque el reflujo político las derogó, no se anuló el matrimonio civil, que siguió persistiendo en diversas circunstancias. En 1875, en una España de 17 millones de habitantes, se registraron unos 120.000 matrimonios. En 1932, con 24 millones de habitantes, se celebraron 158.693 matrimonios. En ambos casos, casi todos canónicos.


La ley de 1981 reintrodujo el divorcio, aunque con mecanismos legales que tendían a proteger la institución matrimonial, y retomaba la concepción exclusiva del matrimonio como asunto civil, aunque aceptando el papel de la Iglesia como celebrante. Ese año (en una España de 37 millones de habitantes) hubo 202.037 matrimonios y 16.334 divorcios (incluyen los varios procesos judiciales de disolución matrimonial abiertos en años previos esperando la publicación de la ley), es decir, un 8%. En estos términos de matrimonio civil, 24 años después, en 2005 (44 millones) hubo 209.127 matrimonios, y 141.424 divorcios, el 67,6%. Tras la ley de 2005, que despojaba al matrimonio de sus características de elemento generador de nueva vida, así como de cualquier imperativo de respeto, socorro mutuo, fidelidad o cohabitación, reduciéndolo a un “cauce de desarrollo de la personalidad”, en el año pasado (47 millones de habitantes) se celebraron en España 172.540 matrimonios (por primera vez en la historia, tantos civiles como canónicos) y 106.166 divorcios, el 61,5%. Las cifras son elocuentes: conforme la ley de matrimonio civil le ha ido despojando de sus características institucionales, heredadas en buena parte del modelo de matrimonio católico, cada vez hay menos matrimonios con respecto a la población general, y cada vez se divorcian más.


La consecuencia es lógica: la dirección tomada por el pensamiento ideológico que en nuestro país ha intentado alejar lo más posible al matrimonio civil del cristiano ha provocado progresivamente su debilitamiento, hasta ponerlo en trance de desaparición en unas décadas. Si la unión conyugal no genera obligación alguna, ni tiene cualidad especial a ojos de la ley, la lógica nos dice que no tiene sentido contraerlo. Y, en efecto, cada vez es mayor el número de parejas que sencillamente cohabitan durante un tiempo determinado, sin llegar a registrar su compromiso.


El matrimonio civil es un buen ejemplo de cómo el legislador puede modificar costumbres sociales tan profundamente arraigadas como la del matrimonio, de varios milenios de antigüedad; esa modificación de la forma de pensar favorece futuros cambios en la ley, que nos llevarán probablemente en un tiempo no muy lejano a la abolición misma del concepto de matrimonio civil. Los efectos de esta política en la familia y, secundariamente, en la sociedad toda, son verdaderamente mucho más trascendentales que una crisis económica puntual, por dura que sea. 


A ojos de la ley, el matrimonio ya no es el oficio de madre (o padre), ya no es la unión de varón y mujer, ya no es consorcio para toda la vida, ya no es comunión en el derecho divino y humano, ya no es un juramento público o privado. Apenas podemos definir qué es el matrimonio civil, tras varias iniciativas legislativas tendentes a vaciar su contenido al máximo.


No faltan voces en nuestra Iglesia que se preguntan si no ha llegado ya el momento de que los católicos españoles desvinculemos el matrimonio instituido por Cristo (que no sólo es un sacramento, sino también un contrato válido ante el derecho canónico) de un trámite administrativo tan pobre como el actual matrimonio civil que puede ser calificado sin exageración de contrato basura.


Al principio de la Creación, Dios los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y serán los dos una sola carne. Lo que Dios ha unido no debe separarlo el hombre.
Mc 10, 6-9


Nota: los efectos de la legislación divorcista en España serán objeto (D.m) de un artículo específico en el futuro.


Algo de la bibliografía empleada:

Historia de la legislación del matrimonio (por José María Rives Gilabert, magistrado y profesor de Derecho Canónico)
Ley regulación del matrimonio 7 de julio de 1981
Estadísticas de matrimonios y divorcios en 2009
Ley del 1 de julio de 2005 sobre el matrimonio civil

martes, 16 de noviembre de 2010

Benedicto XVI en España: Consejos para la Política Económica

Es imposible que un pueblo pueda desarrollarse en lo económico, si en él surgen tensiones sociales fuertes. Es también imposible que pueda avanzar con soltura en actividades productivas competitivas, la nación que ofrezca una población cada vez más envejecida. He aquí que sobre ambas cuestiones se ha pronunciado, en su reciente viaje a España Benedicto XVI. La oportunidad de leer sus palabras desde el marco de la economía parece bastante necesario.

En primer lugar, en el vuelo hacia España, después de elogiar que «el renacimiento del catolicismo en la época moderna se produjo, sobre todo, gracias a España», con figuras como San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús y San Juan de Ávila, agregó: «Pero también es verdad que en España nacieron una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo, como pudimos ver en los años treinta. Esta disputa, más aun este enfrentamiento ha vuelto a reproducirse de nuevo en la España actual».

Entonces, a partir de 1931 —recordemos la expulsión de los jesuitas por un Azaña que rechazó, como prueba en su «Diario» la mano tendida por Angel Herrera para impedirlo, y no digamos la quema de iglesias y conventos— se provocó una tensión social muy fuerte que se encuentra entre las causas, no sólo de la caída de la peseta, sino de las inversiones. Basta recordar lo que precisamente sobre enlaces entre tensión social e inversión había señalado para siempre Flores de Lemus en su artículo «Cambio y precios» publicado en «Revista Nacional de Economía», marzo-abril 1929. O, en otro sentido, tengamos presente la fuga de capitales que provocó la política anticlerical francesa sobre todo tras la aparición de valoraciones de los bienes de las congregaciones religiosas francesas en el «Bulletin hebdomaire des travaux de la Maçonnerie en France», de 29 de abril de 1898. La imitación actual de lo sucedido en Francia, que tan bien le vino a España al recibir fondos que hubieran de otro modo permanecido en el país vecino, resalta si se lee el apartado «L’ assaut contre l’ Église et l’ armée», en el volumen III del libro espléndido de Pierre Chevallier, «Histoire de la Franc-Maçonnerie française» (Fayard, 1975). El PIB español por habitante, en declive desde 1929, acompaña a estas tensiones. Generar un enfrentamiento agresivo por motivos laicistas en un país católico, por fuerza hace repetir lo que ya experimentamos hace casi setenta años, y como corolario, facilitar la salida de capitales de España y dificultar la llegada de fondos foráneos, lo que complica las posibilidades de salida de la crisis de un país altamente endeudado en el exterior como está hoy España.

El segundo mensaje tuvo lugar en la consagración de la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona. Planteó Benedicto XVI la necesidad de ampliar nuestro Estado de Bienestar y de favorecer la natalidad. Estas fueron sus palabras: «No podemos contentarnos con esos progresos —los que se contemplan en los ámbitos técnicos, sociales y culturales—. Junto a ellos deben estar siempre los progresos morales como la atención, protección y ayuda a la familia... Por eso la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente».
No es preciso insistir. Antonio de Mendoza Casas, en su artículo publicado en «Verbo», enero-febrero 2010, «Futuro demográfico de España y de la Iglesia en España» había advertido, con un cálculo realmente bien hecho, que el número de mujeres en edad fértil, esto es capaces de procrear, descendía de 7.669.800 en 1980 a 3.163.793 en 2010. Alejandro Macarrón Larumbe, en su artículo «Una economía con plomo demográfico en las alas», señaló en «Expansión», 26 de abril de 2010, como en «el segmento de edad de 25 a 35 años, de vital importancia para la productividad de las empresas, el consumo o la compra de viviendas hay un 15% menos de españoles que en el año 2000 y cada año, hasta 2020, habrá de media un 3% menos que el año anterior. No serán ellos quienes impulsen de nuevo el crecimiento o la recuperación del mercado de la vivienda en España». La política seguida, sobre todo últimamente, fomentará esto. Desde el Estado de Bienestar a la productividad, o sea, todo el entramado socioeconómico español, está en peligro.

No escuchar la palabra de Benedicto XVI, también desde el punto de vista de la Economía será, sencillamente, irresponsable.

Juan Velarde Fuertes|ABC

viernes, 27 de agosto de 2010

La familia, Evangelio de Vida

La Familia, que es una institución natural confirmada por la ley divina, está ordenada al bien de los cónyuges y a la procreación y educación de la prole. Esta es, sin duda, su corona y verdadera finalidad.

Sin embargo en nuestra sociedad actual hay fuerzas y voces que ponen en tela de juicio, es decir que niegan todo ello, y así parecen decididas a demoler la cuna natural de la vida humana. Esta es una situación de asedio a la familia en la que la vida sale derrotada en numerosas batallas. Por eso recomiendo que sigamos abiertos al Evangelio de la Vida.

Deseamos que en cada hogar el Padre y la Madre, íntimamente robustecidos por la fuerza del Espíritu Santo, unidos sigan protegiendo y dando la vida a sus hijos largamente.

La Iglesia Católica compara la familia humana con la vida de la Santísima Trinidad porque ella tiene la unidad de la vida en la pluralidad de las personas, y nos sigue enseñando que la familia tiene su fundamento en el Matrimonio y en el plan de Dios. Por desgracia, en el mundo secularizado en el que vivimos no respeta la vida de las personas, se ha legalizado el divorcio y también el aborto. El único fundamento reconocido para contraer matrimonio es la voluntad del convivir.

Por eso ha disminuido el número de Matrimonios y solamente queda la unión libre, porque nadie compromete su vida sobre una premisa tan frágil e inconstante. Así vemos que crecen las uniones de hecho y aumentan los divorcios. Además crece el drama de muchos niños privados del apoyo de los padres, victimas del abandono. Así se difunde el desorden social.

No podemos permanecer indiferentes ante la separación de los cónyuges y el divorcio, ante la ruina de los hogares y las consecuencias que el divorcio provoca en los hijos. Es difícil instruir o educar bien a estos niños ya que ellos necesitan tener padres que contribuyan a su educación.

Yo espero que todos estemos firmemente convencidos de que los problemas actuales que encuentran los cónyuges y debilitan la unión tienen su verdadera solución si regresamos a defender la solidez de la familia cristiana que debe ser ámbito de confianza mutua, de entrega reciproca, de respeto a la libertad y de educación para la vida social.

Recordemos que el amor de los esposos “exige por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos”. Recordamos también que Jesús dijo claramente: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (cf. San Marcos 10,9) y añadió: “quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio” (cf. San Marcos 10,11-12)

Para ayudar a las familias hay que proponerles las virtudes de la Sagrada Familia que en Nazaret la formaron San José, La Virgen María y el Niño Jesús. Las virtudes de esta familia son: la Oración, piedra angular de todo hogar fiel a su identidad y a su misión; la Laboriosidad, eje de todo matrimonio maduro y responsable; y el Silencio, fundamento de toda actividad libre y eficaz.

La familia es la forma básica y más sencilla de la sociedad. Es la principal “escuela de virtudes sociales”. Es el semillero de la vida social, pues es en la familia donde se ejercita la obediencia, la preocupación por los demás, el sentido de la responsabilidad, la comprensión y la ayuda. De hecho, se ha comprobado que la salud de una sociedad se mide por la salud de las familias. De aquí que los ataques directos a la familia (como la introducción de las uniones solidarias, que en nada se puede comparar a la verdadera familia, las adopciones de niños por parejas homosexuales) son ataques directos a la misma sociedad, cuyos resultados no se harán esperar.

Es hora de luchar por la familia, defendiéndola de todos aquellos que pretenden sembrar en su seno la semilla de la desintegración. Es la hora de la fidelidad a los principios y de no permitir la destrucción de una institución divina que garantiza estabilidad, amor, educación al hombre desde que nace.

Confío en el testimonio de los hogares que toman sus energías del Sacramento del Matrimonio; con ellos es posible superar la prueba que se presenta, saber perdonar una ofensa, acoger a un hijo que sufre, iluminar la vida del otro aunque sea débil o discapacitado, mediante la belleza del amor. A partir de esas familias se restablecerá nuestra sociedad. Sigamos el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret.

“por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne” (cf. San Mateo 19,5.).


Excmo. Dr. Carlos Quintero Arce|Arzobispo Emérito de Hermosillo

martes, 29 de junio de 2010

Benigno Blanco afirma que España "promueve el aborto desde el Gobierno y con el dinero de todos"

El Presidente del Foro de la Familia, Benigno Blanco, ha afirmado este lunes que "España apuesta por promover el aborto desde el Gobierno y con el dinero de todos", en un análisis de la nueva Ley con la que persiste la nula protección del no nacido, facilita el negocio privado del aborto, abandona a la mujer embarazada y traslada a los médicos dedicados al aborto las funciones de la patria potestad respecto a las menores de edad.

   "Con estas dos normas reglamentarias quedan ratificadas las peores sospechas de porqué se hizo la nueva Ley: se trataba de facilitar el negocio mercantil del aborto, privando a las mujeres de toda información y asesoramiento independiente y presentando el aborto como la única solución que cuenta con el apoyo y la financiación del Estado", ha declarado el presidente del Foro de la Familia.

   "Las nuevas normas ratifican lo que ya se podía intuir en la Ley: las competencias propias de la patria potestad que se expropian a los padres se entregan a los médicos, incluso a los que no tienen más interés que el mercantil en que se produzcan abortos. Es una aberración jurídica que va a dar lugar a muchos pleitos y reclamaciones", ha agregado Blanco con respecto a las menores de edad.
   Además, matiza que la información que se de con esta nueva Ley será "fría, despersonalizada y estandarizada", una información sólo abocada al aborto, no a facilitar alternativas ni soluciones compatibles con la continuación del embarazo.

   Benigno Blanco ha definido la situación española con la nueva Ley asegurando que "España pasa a ser un país abortista, es decir, un país que no se limita a no penalizar el aborto sino que apuesta por promover el aborto desde el Gobierno y con el dinero de todos".

   Por último, el Foro de la Familia anima a todos los españoles a concentrarse ante el Tribunal Constitucional el sábado 3 de julio bajo el lema '25 años bastan, sí a la vida de todos'.

viernes, 25 de junio de 2010

BXVI: Bendición para las familias españolas

La firme voluntad de la Asociación Católica Cruz de San Andrés con respecto a la visita del Papa es ofrecerle la mejor acogida; pero no sólo externa, sino también interior. El Santo Padre nos ha de encontrar preparados espiritualmente para obtener de esta visita el mayor provecho para la Iglesia.

Por ello, entre los carteles que hemos editado en CRUZ DE SAN ANDRÉS con ocasión de la visita del Papa a Barcelona, tiene especial significación el que llevará por lema “Benedicto XVI – Bendición para las familias españolas”.

Ello es así porque, aún sin conocer el contenido de los discursos del Papa en esta visita, sabemos que la humanidad tiene la perentoria necesidad de que el Santo Padre hable de la institución natural que es la FAMILIA cristiana; y por tanto, tenemos la absoluta seguridad de que así lo hará.

¿Y por qué es tan perentorio que el Papa hable en Barcelona de la familia cristiana? La primera razón es que la voz del Papa es la voz más potente y la más clara de cuantas defienden la Ley Natural, de tal manera que se impone por su misma fuerza, tanto a católicos como a no católicos. Lo estamos viendo en sus encíclicas, referente indispensable no sólo del pensamiento católico, sino también de la filosofía humanista sobre la que se sostiene toda la civilización occidental. Y lo vemos también en los luminosísimos discursos que pronuncia con ocasión de sus viajes. En todo el mundo se escucha con respeto y a menudo con admiración, la doctrina de la Iglesia Católica.

Lo acabamos de ver en Inglaterra, uno de los feudos del anticatolicismo. Aunque le esperaban con las uñas afiladas; se han rendido a la humilde brillantez con que ha expuesto ante los agnósticos y los escépticos, la necesidad que tienen de la doctrina católica, también sus enemigos.

El Santo Padre ha dejado claro, por ejemplo, que no se puede separar la política de la moral, porque esta última es una construcción eminentemente religiosa y sin ella, la política se vacía totalmente de sentido y de contenido. Por ello, no es intelectualmente aceptable ni sostenible el empeño del racionalismo por separar la fe y la razón, como si fuesen antagónicas e inconciliables. Es un error que la política se desentienda de la religión y se esfuerce por relegarla al ámbito de lo exclusivamente privado. A estas alturas de las ciencias humanas, eso es un evidente disparate. Son las verdades del barquero que, dichas por el Papa, resplandecen por el mundo entero con un brillo sorprendente.

Seguramente que alguien más proclama esas grandes verdades, pero no se le oye. Benedicto XVI, además de ser escuchado por ser la cabeza de la Iglesia católica, es también respetado y atendido por la enorme autoridad moral acumulada a lo largo de una dilatada vida de estudio, que ha fructificado en numerosas publicaciones. Ratzinger era ya una de las grandes firmas de la iglesia y era reconocido como una de las inteligencias más preclaras mucho antes de alcanzar su posición actual. Su discurso de articulación de la razón y la fe y de la necesidad inexcusable de la religión y de la moral en la vida cívica y en la política, lo tiene tan elaborado a lo largo de sus obras, que fluye de su pluma y de su boca como verdades incontrovertibles, al alcance de doctos e indoctos.

Por ello, los católicos esperamos con impaciencia las palabras del Papa sobre la FAMILIA, que con toda seguridad marcarán un antes y un después. Tras las palabras de Su Santidad, las cosas ya no serán igual. Los católicos nos sentiremos espoleados por el Santo Padre a defender la familia y la vida con aún más valentía y con aún mayor claridad de ideas; y los no católicos, tendrán que acomodar sus razones a las grandes verdades del Orden Natural que proclamará el Santo Padre en sus discursos.

En cuanto al calificativo de “españolas” y no de “cristianas” para las familias, la razón es que el modelo occidental de familia -y por tanto también el español- siempre será el modelo cristiano, que como ya hemos dicho, coincide con el defendido por el Derecho Natural. Es evidente que al salir el Papa en defensa de la familia cristiana, pone su atención en todas las familias construidas sobre este modelo, que es el único defendible desde el Orden Natural. Observemos como contrapunto, como el modelo poligámico musulmán nada tiene que ver con nuestro modelo de familia, algo que podemos apreciar si comparamos en como mientras en el cristianismo sí se ha trabajado a fondo el respeto y la igualdad entre el hombre y la mujer, el islamismo ha trabajado precisamente en la dirección contraria.

En resumen, que el edificio tradicional de la familia occidental es cristiano desde sus mismos cimientos, que es el que concuerda con el Orden Natural y por tanto, que es el que hemos de defender y exportar al mundo entero, como garante de la libertad de todos y cada uno de sus miembros y como fuente de respeto y de amor entre todos ellos.


Mariano Aranal
Secretario Cruz de San Andrés
www.cruzdesanandres.org
http://www.vidayfamilia.es/argumentario.php?id=35

martes, 15 de junio de 2010

La destrucción del matrimonio y la familia, camino a la nueva esclavitud del Estado Servil


"El tipo de sociedad de la que el matrimonio ha sido siempre el pilar más fuerte es lo que algunas veces se llama sociedad distributiva; la sociedad en la que la mayoría de los ciudadanos tienen una participación mediana de la propiedad, especialmente propiedad en mano. En todas partes del mundo la granja va con la familia y la familia con la granja. A no ser que el grupo doméstico entero se mantenga junto con una especie de lealtad o de patriotismo local, a no ser que la herencia de la propiedad sea lógica y legítima, a no ser que las peleas de la familia se mantengan fuera de los tribunales del oficialismo, la tradición de la propiedad de familia no puede ser trasmitida sin deterioro. De otro lado, el Estado Servil , que es el opuesto del Estado Distributivo, se ha encontrado siempre molesto con esta institución del matrimonio. Es una vieja historia que aquella esclavitud de los negros de "la cabaña del tio tom" tuvo su peor efecto en la destrucción de las familias. La misma historia se cuenta por ambos lados, lo que resulta curioso. Porque los apologistas de los estados de la esclavitud, o al menos, de los estados del Sur, hacen la misma admisión aun en su propia defensa. Si negaban la destrucción de la familia de esclavos era porque negaban que hubiera una familia de esclavos para ser destruida.

El amor libre es el enemigo directo de la libertad. Es el más obvio de todos los sobornos que pueden ser ofrecidos por la esclavitud. En sociedades serviles una cantidad enorme de laxitud sexual puede darse en la práctica, y hasta en la teoría, excepto cuando una u otra vez algún especulador chiflado o algún rico demente tiene el antojo de una casta especial de esclavos como una casta de ganado. Y aun con todo esa locura no durará mucho, porque los lunáticos son minoría entre los que poseen esclavos. La esclavitud atrae a la naturaleza humana con un atractivo mucho más sano y sutil que ése. Es mucho más probable que, tras unos cuanto antojos y modas caprichosas, el nuevo Estado Servil caiga en la resignación amodorrada del viejo Estado Servil, el antiguo reposo pagano en la esclavitud, tal como estaba antes de que la fe cristiana viniera a estorbar y confundir al mundo con los ideales de la libertad y de la caballerosidad. Uno de los inconvenientes de aquel mundo pagano era que, por debajo de un cierto nivel de la sociedad, nadie necesitaba realmente preocuparse en absoluto sobre genealogía o paternidad. Cuando los esclavos empezaron a preservar su dignidad como vírgenes mártires, empezó un mundo nuevo. La cristiandad es la civilización que esos mártires construyeron; y la esclavitud es el regreso del enemigo. Pero de todos los sobornos que la antigua esclavitud pagana puede ofrecer, este relajamiento y lascivia es el más fuerte, y tampoco niego que quienes desean la degradación de la dignidad humana han escogido aquí muy bien sus instrumentos."

G.K Chesterton . Ensayos sobre el hombre y la mujer, el amor y la familia.