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martes, 11 de enero de 2011

Carlismo y Tradicionalismo

  (Francisco Canals Vidal)

(...)Por esto mismo un pensamiento tradicionalista sería incompleto, mutilado en el más estricto sentido del término, si no alcanzase a decisiones fundadas en juicios concretos sobre la vida histórica y actual de la sociedad.

En España un tradicionalista que se definiese temática e intencionadamente como no carlista sería comparable a un irlandés que a finales del siglo XVII se hubiese definido como amante de su patria y católico romano pero "orangista". Esta actitud evidentemente le hubiese permitido la conservación de sus propiedades y cargos; pero es obvio que no hubiese sido conducente para la perseverancia de su nación en la fe católica y en su autenticidad irlandesa.

Un "carlista" que se profesase "no tradicionalista" sería por su parte comparable a un irlandés "jacobita" protestante. Los "jacobitas" protestantes, en ninguno de los países que vendrían a formar el Reino Unido, tuvieron eficacia de ninguna clase.

Hemos querido aludir a estos ejemplos históricos para hacer intuible en lo concreto y singular lo que queremos decir, y sobre lo que convendrá reiteradamente volver: un tradicionalismo español sin carlismo se mueve en el orden de una consideración de la esencia sin la existencia, por afán de huir de lo concreto y singular.

Pertenece así un "tradicionalismo" al orden del saber especulativo-práctico, y no al de la vida política. Pero lo activo y eficiente no es la esencia ni el saber de la esencia sino el ser de las cosas, lo que olvida el racionalismo político. Aunque tal vez, este tradicionalismo de principios y de esencias es precisamente, en el plano concreto y político, no ya un racionalismo, sino una desfiguración y traición enervadora.

"Tradicionalismo" de suyo significa la esencia y contenido del hecho carlista. "Carlismo" menciona la lucha española por la tradición en su concreción histórica y social. Un carlismo no tradicional es, por lo mismo, un hecho sin sentido. Un tradicionalismo español indiferente al carlismo, es un sentido sin hecho. Un sistema de conceptos sin la fuerza y la eficiencia de lo que es.

Francisco Canals Vidaltomado de "Política Española: Pasado y Futuro" 

jueves, 10 de junio de 2010

Tradicionalismo o conservadurismo (II)


EL “DERECHISMO” Y SU INEVITABLE DERIVA IZQUIERDISTA(Artículo de don Francisco Canals, 1953)

I-La derecha y la izquierda nacieron en los Parlamentos.Conviene siempre tenerlo presente para explicarse la anomalía específica de la mentalidad “derechista”, que la ha dejado siempre inerme ante la “izquierda” y ha sido causa de que “derechismo” haya llegado a ser considerado como sinónimo de incapacidad y de predestinación al fracaso.La derecha no sólo nació en los Parlamentos: nació del parlamentarismo. La derecha vino a ser aquel sector político que, en el ambiente del constitucionalismo liberal, quería salvaguardar el orden y la autoridad, claro está que dentro de la ortodoxia del liberalismo. O, como se dijo en ocasiones célebres, era el partido de quienes querían conciliar la libertad con el orden.El orden y la libertad no son de suyo cosas incompatibles. Si tanto se hablaba de su conciliación era porque aquella libertad que se propugnaba era la del liberalismo, que siempre había sido y continuaría siendo siempre bandera revolucionaria; mientras que el orden que se trataba de defender era precisamente el nacido de la Revolución.Se comprende, pues, que la operación no dejase de tener sus dificultades. Había que defender, frente a la execrada “reacción”, el orden revolucionario, y para ello había que proclamar como buenos e inmortales los principios de la Revolución y dar por buenas sus más revolucionarias empresas: aquellas que – como la desamortización eclesiástica o la expropiación en Francia de los bienes de los “emigrados”- habían hecho nacer precisamente el “orden nuevo”. Pero al mismo tiempo había que evitar que la Revolución misma, en sus nuevas fases más radicalmente revolucionarias, pusiese en peligro las “preciosas conquistas” ya conseguidas.Así nació la mentalidad “moderada” o “conservadora”. Podemos encontrar una definición real del mismo en aquel juicio de Balmes, según el cual el partido conservador es conservador de la Revolución.Los conservadores, ante las nuevas etapas de la Revolución, debían adoptar actitudes que les exponían necesariamente a ser acusados de “reaccionarios”, de enemigos de la libertad y del progreso, etc. Ante tan gravísimo insulto su “reacción” no podía ser otra que la de acusar a su vez a las “izquierdas” de corruptoras de la libertad y sostener y proclamar que eran ellos –los “derechistas”, los “conservadores”- los verdaderos y sinceros liberales.Con esto ya podemos llegar a definir la derecha tal como aparece formada en la madurez y edad de oro del parlamentarismo liberal: la derecha, el “partido del orden”, defensor de los principios y de los intereses conservadores, es el partido liberal propiamente dicho, precisamente porque es –según observó con genial paradoja el P. Ramière- el más inconsecuente de los partidos liberales.Por esto, mientras la izquierda –que encarnaba el dinamismo revolucionario- tuvo por lema “pas d’ennemis à gauche”, y así lo proclamó y así lo ha practicado, en el fondo, siempre, la derecha podría haber formulado la ley de su conducta en esta norma: “pas sans ennemis à droite”. Mientras la izquierda proclamaba que nada le parecería demasiado revolucionario, la derecha se esforzaba siempre por poner de relieve lo “moderado” y “prudente” de su actitud antirrevolucionaria, y se gloriaba por ello de poder mostrar, como testimonio de su amor a la libertad y al progreso, que no dejaba de ser considerada ella misma como revolucionaria por los “extremistas de la derecha”, por los “reaccionarios”.

II-El resultado necesario de esta situación fue el constante desplazamiento hacia la izquierda, no sólo de la opinión y de los partidos, sino de la norma de valoración con que se juzgaba del derechismo y del izquierdismo de tal o cual actitud.Antes de 1848, la democracia era “izquierdismo”, y la derecha era adversaria del sufragio universal. Esta derecha liberal y antidemocrática atacaba a la democracia de falsear y destruir el verdadero liberalismo, y de ser por esto tan funesta como la reacción misma.Años después, la democracia antisocialista sería ya admitida como liberal y “de orden” por los antiguos liberales. Desde la derecha, ya liberal y democrática, se acusaría al socialismo de ser adversario de la verdadera democracia y por lo mismo reaccionario y destructor del progreso y de la libertad.Por otra parte, y sin que ello sea en el fondo contradictorio, se da el caso de que los partidos que recogen la mayoría de los votos “conservadores” y “derechistas” toleran que se les llame “de centro”, prefieren que se les considere “izquierdistas” y llegan a considerar insultante el ser llamados “derechistas” y “conservadores”, así como hace un siglo(*) era para ellos intolerable que se les considerara “reaccionarios”, aunque se gloriaban todavía del título de “conservadores”. Ya hemos visto emplear por las actuales derechas “izquierdistas” como slogan electoral esta sugestiva proclama: “La verdadera revolución la hacemos nosotros”. Si, en el comienzo del proceso, la derecha era el verdadero partido liberal, se ha llegado ya al punto en que la “derecha” se proclame el verdadero partido revolucionario, o lo que es lo mismo, la verdadera “izquierda”.La revolución ha seguido su camino.

III-Un hecho todavía más lamentable ocurrió a lo largo de este proceso. Cuando los “conservadores” tuvieron que temerlo todo de la revolución violenta y franca y mucho menos que temer por parte de la “reacción”, ya reducida a la impotencia, llamaron en su auxilio a los que llamaban “reaccionarios”, es decir, a aquellos que habían conservado de algún modo los principios y el espíritu a que la Revolución se oponía. Les invitaron a la unión en defensa de los “principios y de los intereses conservadores”; les llamaron a combatir bajo la bandera del “orden” y también bajo la de la libertad”. ¿Acaso no era justo exigir a los “reaccionarios” que renunciasen a sus “extremismos inquisitoriales” y a sus “utopías medievalistas” y se hiciesen así útiles a la salvación de la sociedad?Pocas veces dejaron los antiguos “contrarrevolucionarios” de ceder a la tentación “conservadora”. Le llamamos tentación porque, aunque era muy propio del auténtico espíritu contrarrevolucionario ayudar siempre a todo cuanto pudiese frenar la Revolución violenta, no lo era tanto que el fusionismo “derechista” viniese a confundir y a diluir aquel espíritu en una actitud “conservadora” –es decir, sucesivamente “liberal”, democrática, centrista, izquierdista moderada, verdaderamente revolucionaria, etc.- El resultado fue casi la extinción de la ideología y la actitud que hubiera sido necesaria y adecuada a la empresa política más grandiosa y difícil de todos los tiempos: la lucha contra la Revolución.

IV-Con la política tiene que ver todo desde arriba o desde abajo, y sobre todo las realidades y valores más fundamentales en la vida humana. La religión, la filosofía, los gustos literarios, las costumbres, la educación y, en fin, todo esto que ahora se llama “la cultura”.Por esto la evolución “conservadora” de la lucha “contrarrevolucionaria” tenía que traer consigo esta grave consecuencia. En todos los aspectos, el combate cristiano se contagió más o menos de un espíritu que podríamos caracterizar como el de un “conservadurismo cultural”. Este conservadurismo sustituyó y debilitó –hasta destruirlo muchas veces- el culto de la verdad y por lo mismo el respeto a la tradición. Fue también “conservador de la Revolución”. El papel “fusionista” que en lo político habían jugado “los intereses comunes”, por cuya salvación se olvidó la defensa y la restauración del orden cristiano, lo ejercieron también en la lucha ideológica las burguesas y racionalistas ilusiones de “la cultura”, de “la altura intelectual”, de la “amplitud de criterio”, de la “objetividad e imparcialidad científica” (¡Santo Dios!) y desde luego las supremas ilusiones de la “originalidad”, del “espíritu progresivo” y “creador”, y de la “actualidad”.Por lo mismo, la actitud de este “derechismo” cultural ha obedecido también a la consigna “Pas sans ennemis à droite”. Para comprobar la “altura” y la “actualidad” de un pensador acusado de reaccionario es indispensable exhibir el glorioso hecho: también él tuvo enemigos en la “extrema derecha”. Y el que fuese considerado progresista por los reaccionarios hace patente hasta qué punto fue él “comprensivo” y “abierto” en su diálogo contra los heterodoxos.Si el lector reflexiona sobre esta situación, verá que ella debía inevitablemente producir un desplazamiento continuo de la norma con que se juzga de las mismas doctrinas. El “conservadurismo cultural” queda, pues, sumergido en una dialéctica “evolucionista” y “progresista”. ¿No consiste acaso su defensa en proclamar también que “somos nosotros” –los conservadores- los verdaderos “innovadores”, y que en resumen “la verdadera revolución –también en el orden de la cultura y del pensamiento- la hacemos nosotros”?Es fácil ver que por este camino no se va probablemente sino a la ruina de la verdad. O, en el mejor de los casos, no se va a ninguna parte.

V-¿Acaso defendemos como actitud adecuada la de neutralidad entre la derecha y la izquierda? De ningún modo. Creemos que conviene precisamente denunciar en el “conservadurismo” su inversión de valores y su fidelidad a los principios revolucionarios. Pero si alguien entiende por “derechismo” el auténtico espíritu de defensa del orden cristiano contra la Revolución anticristiana –y así lo entienden muchos que al atacar a la derecha defienden en el fondo el espíritu revolucionario-, entonces creo que no habría que hacer otra cosa sino proclamarse “ultraderechista”.Pero esto es precisamente a lo que la “derecha”, conservadora de la Revolución, no se atreverá jamás.

martes, 9 de marzo de 2010

Países, Naciones y Estados en nuestro proceso histórico

Una sensata norma sobre la utilización correcta del lenguaje exige que al dar nombre a las cosas se siga el uso de la multitud. Uno de los síntomas más alarmantes de la confusión de nuestro tiempo es el que se ha hecho muchas veces, y en muchas cuestiones, prácticamente imposible su aplicación.

El lenguaje político, concretamente, está lleno de equívocos que imposibilitan la coherencia en el planteamiento de los problemas. Así como de rigideces por las que se toman unívocamente términos que en otros tiempos poseían una rica analogía para un uso amplio y flexible en la múltiple y armónica realidad social.

Y en esta situación de rigidez y de equivocidad los términos se convierten en armas al servicio de la dialéctica revolucionaria. Oímos hablar de “nacionalidades oprimidas” por estados imperialistas, lanzando como un explosivo desintegrador la palabra nacionalidad a Irlanda, Bretaña, Palestina, Euskalerría..

A esto responde el empleo constante de expresiones como “a nivel del Estado español”; para ir creando las condiciones ambientales que lleven a considerar como evidentes los temas como la “autodeterminación” de las distintas “nacionalidades” del Estado, y a concluir como único medio para respetar la actual unidad que se alcance una solución “federalista”.

Sería traidora ingenuidad caer en las trampas del lenguaje político vigente con sus rigideces y equívocos. El término nacionalidad sugiere el “principio de las nacionalidades”; en cuyo nombre se desintegraron muchos edificios políticos, a la vez que se construyeron los Estados nacionales italiano y alemán..

Las confusiones creadas en torno a este principio, conexas con el concepto de la unidad jacobina del Estado, hacen que muchos, para negarse a admitir la desintegración de la unidad española, afirmen que en la península no hay sino tres naciones: Andorra, España y Portugal. Es esta una tesis que se muestra falsa con solo enunciarla; y quien quisiera mantener la correspondencia estricta entre “nación”, “pueblo” como realidad social, con el Estado como entidad política, se vería llevado a referirse al Reino Unido como país o nación “británica”.

Ahora bien, el Reino Unido son cuatro naciones: Inglaterra, Escocia Irlanda y Gales. Es este un modo de hablar más acorde con la realidad histórica. Según él podríamos recordar nuestro lenguaje clásico en el que se decía de alguien que era “de nación vizcaíno”; pero también nos vemos obligados a ser cautos hoy, ¡¡no resulte que demos armas dialécticas para propugnar el derecho del señorío de Vizcaya a disponer libremente de sus destinos..!!

En fin, devolvamos a los términos su significado flexible y análogo, sin caer en la trampa de caer en la rigidez jacobina...

En nada se revela más la inspiración racionalista de los legisladores de Cádiz que en la formulación del precepto constitucional según el cual “unos mismos códigos regirán en todas las provincias de la Monarquía, sin perjuicio de las diversidades que por particulares circunstancias puedan establecer las leyes”. Era un precepto irreal, ya que veía como “provincias” de una sola “monarquía” o “reino”, lo que eran reinos que aun entonces figuraban nombrados en la titularidad de la Corona Española, y algunos de los cuales, como el de Navarra, no había visto sucumbir, en su secular unión con la Corona de Castilla, su propia constitución política. Lo que veía como “circunstancias especiales” era nada menos que sistemas jurídicos, legales y consuetudinarios, correspondientes a aquellos diversos pueblos hispánicos.

Quienes no profesamos el “principio de las nacionalidades” apoyado en el concepto romántico de “nación” ni admitimos el unitarismo rígido jacobino, tenemos que tratar de hacernos comprender, en medio de la aludida confusión de términos, con un lenguaje más tradicional y respetuoso con la realidad histórica de España.

El mismo término “Estado” no tiene por qué ser admitido con el exclusivo significado de su rigidez unívoca y de su correspondencia estricta con el de “nación”. En los Estados Unidos de América se habla siempre de la “nación americana”, mientras lo que nosotros llamaríamos “estatal” es allí lo “federal”, o lo perteneciente a la Unión o a los Estados Unidos. Hay allí una sola nación y cincuenta Estados. En Gran Bretaña hay un solo “Reino Unido” y varias “naciones”.

La Corona española se había formado por un proceso histórico por el cual todavía Fernando VII, se titulaba, ya en vísperas de la opción liberal y “centralista” que llevó ulteriormente a hablar de “la monarquía española”, con los nombres que aludían a los diversos pueblos y a los antiguos reinos: “Rey de Castilla, de León, de Aragón.., de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, de las Islas Canarias, de las Indias orientales y occidentales, conde de Barcelona, Señor de Vizcaya..”

Al aceptar, por la revolución liberal de 1820, la Constitución de Cádiz, nuevamente impuesta a la Corona, hubo de titularse “por la Gracia de Dios y de la Constitución de la monarquía española, Rey de las Españas”. Su hija Isabel II, y en su nombre la regente María Cristina, recibía un título ya más unitario, en nombre de la soberanía de la “nación”. Así, en 1837, el preámbulo de la Constitución dice: “Siendo la voluntad de la nación… las Cortes decretan y sancionan la siguiente Constitución de la monarquía española”.

Pero aunque se introducía así el lenguaje que iba a hacer olvidar la tradicional pluralidad de los reinos hispánicos, todavía en 1845, en la Constitución inspirada por el partido moderado, se hace decir a la Corona: “Siendo nuestra voluntad y la de las Cortes del Reino regularizar y poner en consonancia … los antiguos fueros y libertades de estos Reinos…”

En los comienzos de la Edad Moderna dispuso la Providencia, incluso a través de la muerte del hijo nacido del matrimonio de Fernando el Católico con Doña Germana de Foix, que la pluralidad y diversidad de Reinos surgidos durante los siglos de la Reconquista confluyesen en empresas e instituciones comunes. Ciertamente que la idea unitaria, heredada del reino visigótico, que dio unidad política a la Hispania romanizada, se mantuvo en signos e instituciones como el título imperial de los reyes de León. Pero esta unidad se expresó en aquellos siglos diciendo que el Rey de León era “Emperador de toda España” (año 1077); que reinaba en Toledo e imperaba sobre todos los Reinos de España..” (año 1098) y también que había sido “por la gracia de Dios constituido emperador sobre todas las naciones de España” (año 1088).

En un lenguaje tradicional, y no sometido a las rígidas convenciones derivadas del racionalismo absolutista y revolucionario o de las concepciones románticas del nacionalismo, habría que reconocer como legítimo el uso plural de términos como el de “pueblo”, “nación” y “reino”.

Es además muy importante caer en la cuenta de la naturaleza violenta e injusta de decisiones de un voluntarismo absolutista o liberal, en que no se respetó el orden natural y la congruencia que tiene que tener con las costumbres de los pueblos y sus instituciones toda ley justa. Los Decretos de Nueva Planta que destruyeron las instituciones tradicionales de Aragón, Valencia, Mallorca y Cataluña, y las imposiciones que después de la victoria liberal sobre el carlismo, destruyeron a su vez las del Reino de Navarra, señorío de Vizcaya y provincias de Guipúzcoa y Álava, no pueden ser consideradas rectamente como un progreso en el cumplimiento de nuestro destino común.

Quisiera formular en unas conclusiones precisas el resultado a que me llevan estas reflexiones:

1.º España, considerada como Estado, es un Reino unido por el proceso histórico. En el plano “nacional” es una unidad de pueblos y de tierras con una sola vocación y destino universal.

2.º Ningún “país” o “pueblo” o “nación” de los que se integran en la unidad hispánica tiene hoy derecho de autodeterminación. Y esto por la doble razón de que es un concepto inadecuado y confuso el de “nacionalidad” tal como se forjó por el idealismo romántico; y además porque son, en sí mismos, principios falsos el de “soberanía del pueblo” o el del “derecho de los pueblos a disponer de sí mismos”. Nadie tiene derecho a disponer de sí mismo, en el sentido que lo propugna aquel principio. Ni los esposos, ni los padres, ni los hijos, ni los pueblos.

3.º El Reino de España, el Estado español carece de derecho para transformar, para deformar, o para confundir, la diversidad de las tierras y de los pueblos hispánicos. Es también falso el principio de la omnipotencia del Estado y el de su derecho a conformar según planificaciones impuestas los pueblos sobre los que rige y a los que sirve.

Francisco Canals Vidal, 1976

lunes, 9 de febrero de 2009

In Memoriam: Francisco Canals Vidal

 Ayer falleció en Barcelona Francisco Canals Vidal, catedrático de Metafísica, intelectual y apóstol, cuyo desconocimiento por el gran público ("gran" en cuanto a numeroso) es directamente proporcional a la importancia y fuerza de su obra.

La embajada le rinde sentido homenaje.

Se puede leer aqui una semblanza de su vida .

La Revista Cristiandad  tiene bastantes artículos suyos. Recomiendo ¿Por qué descristianiza el liberalismo? .

Su libro "Mundo histórico y Reino de Dios" es enorme y muy recomendable.

Requiescat in Pace.