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viernes, 20 de marzo de 2009

Un bachillerato serio

El Gobierno demuestra un grado semejante de incompetencia educativa y jurídica.

Algunos nos conformamos con poco: sólo un Bachillerato serio. Pero el Gobierno tiene otros objetivos. Entre ellos, un Bachillerato efímero y suave como un bálsamo. El TS acaba de asestar un varapalo jurídico-educativo al Gobierno. Por lo demás, merecido. Pero no nos hagamos demasiadas ilusiones, pues el varapalo es mucho más jurídico que educativo. El apartado segundo del artículo 14 del Real Decreto de Enseñanzas Mínimas de Bachillerato permitía pasar a segundo curso de Bachillerato, incluso con cuatro asignaturas pendientes de primero. Una forma farisaica de enmascarar el fracaso escolar y un homenaje al estudio débil.

No son pocos los argumentos educativos que cabe esgrimir contra esta medida. Pero el Ministerio de Educación ha tropezado con un “detalle” legal. La Ley Orgánica de Educación establece que los alumnos pasarán de Primero a Segundo Curso de Bachillerato cuando hayan superado las asignaturas cursadas o tengan evaluación negativa en dos asignaturas como máximo. Y un Real Decreto no puede vulnerar lo establecido por una Ley Orgánica. El Derecho socorre en este caso a la razón pedagógica (valga la expresión). La Fere recurrió, con estas buenas razones, a la Justicia. Y la Justicia, le ha dado, justamente, la razón. El TS ha resuelto que los alumnos de Bachillerato deberán repetir si tienen más de dos suspensos. Como establece la Ley Orgánica.

El Gobierno demuestra un grado semejante de incompetencia educativa y jurídica: fines erróneos servidos por medios equivocados El episodio legal es muy revelador. El Gobierno demuestra un grado semejante de incompetencia educativa y jurídica: fines erróneos servidos por medios equivocados. Torpeza sobre torpeza. Resulta poco comprensible que un Gobierno, con los medios jurídicos de que dispone, cometa un error legal tan grave: modificar una Ley Orgánica mediante un Real Decreto. No es improbable que haya estudiantes de Derecho que sepan que esto no es posible, que una norma inferior no puede modificar ni contradecir a una superior. Pero quien está pagado de la falsa idea de la omnipotencia de la mayoría no conoce límites a su voluntad. Además, para añadir más sonrojo, el Consejo de Estado había advertido, sin éxito, al Ejecutivo, de la ilegalidad de su proceder. No debía de saber con quién estaba hablando. Pero el episodio también resulta revelador por otro motivo. La norma no cae por su indigencia pedagógica, sino por la incuria jurídica del Gobierno. Por lo tanto, no es imposible que éste persista en su extravío y corrija el error jurídico para consumar el desmán educativo. Porque lo decisivo no es tanto la aberración jurídica como la insistencia en promocionar la desidia y recompensar el fracaso. Pues un fracaso recompensado deja de ser, nominalmente, un fracaso. Y si todos terminan por aprobar, nadie fracasa. Entonces, la manera óptima de acabar con el fracaso escolar es la supresión del suspenso.

Un ministro de Educación de (con perdón) Mussolini (ni las democracias aciertan siempre, ni las dictaduras se equivocan siempre) replicaba con estas palabras a quienes le reprochaban los muchos años de latín para alumnos que iban a seguir carreras técnicas: “No sólo interesa saber qué harán los muchachos con el latín, sino saber qué hará el latín con los muchachos”. No nos importa tanto qué harán los alumnos con los suspensos, sino qué harán los suspensos con los alumnos. Algunos pedimos poco, y aún eso poco que pedimos nos es negado: tan sólo un Bachillerato serio.

Ignacio Sánchez Cámara|La Gaceta de los Negocios

lunes, 16 de marzo de 2009

Derecho a la vida... ¿por plazos?

Finalmente, después de tres meses de comparecencias, ha sido aprobado y entregado al Consejo de Ministros, el Informe de Conclusiones de la Subcomisión Parlamentaria sobre la Reforma de la Regulación de la Interrupción Voluntaria del Embarazo. Lo más significativo del Informe es la pretensión de que el delito de aborto desaparezca del Código Penal, para lo que propone un sistema de plazos, en el que se permita abortar en las primeras catorce semanas de embarazo, sin ningún tipo de condición. Para otros supuestos, el plazo se alargaría hasta las veintidós semanas; y aún más en algunos casos determinados. Por si no hubiese sido ya terrible la cifra récord de 112.138 abortos en el año 2007 en España, el Gobierno ha manifestado su decisión de acoger la petición de la Subcomisión, para dar más facilidades al recurso del aborto.

Perversión del lenguaje

Mi primer comentario se dirige al título elegido para presentar el citado documento: "En el marco de una nueva norma sobre derechos y salud sexual y reproductiva..." Como ya nos advirtió el cardenal Bertone en su reciente conferencia sobre los Derechos Humanos pronunciada en Madrid, la perversión del lenguaje ha pasado a ser un instrumento habitual en la estrategia de la conculcación de los derechos humanos. Emplear los términos "salud sexual" o "salud reproductiva" para referirse al aborto, es algo así como reivindicar el despido libre utilizando el concepto de "salud laboral"; o como reclamar la liberalización de la pornografía infantil bajo el término de "desinhibición precoz"... Una prueba añadida de la intrínseca maldad del aborto, es el hecho de que haya que recurrir a disfrazar su cruda realidad, para hacerlo socialmente aceptable.

Ataque a la vida, a la familia y a la libertad de educación

En medio de la crisis moral que padecemos, los católicos contribuimos al bien común, entre otras formas, con la defensa decidida de tres valores de suma importancia: el derecho inviolable a la vida, el apoyo a la familia, y el derecho-deber de ésta a la educación moral de los hijos.

Es muy significativo que las propuestas del Informe de la Subcomisión del Aborto, no se reduzcan al desprecio a la vida concebida, sino que también desautoricen a la familia en la decisión del aborto: se pretende que las menores de edad -16 años- puedan abortar sin que sea necesario informar a sus padres. Además, se aprovecha la coyuntura para imponer en el sistema educativo la ideología de género y otras reivindicaciones del pansexualismo. Transcribo una conclusión del citado Informe: "Formación en educación afectivo-sexual obligatoria en el sistema educativo, con el fin de prevenir embarazos no deseados (...), así como poner las condiciones para un intercambio afectivo, en toda su versatilidad y sin tabúes, entre las y los jóvenes basado en la igualdad, la libertad y el respeto a los derechos de la otra persona (...)".

Una vez más, contra la objeción de conciencia

El Informe de la Subcomisión propone la limitación del derecho de objeción de conciencia de los médicos y del personal sanitario. La objeción de los sanitarios en la práctica del aborto, sólo se admitiría en el caso de que los interesados hubiesen inscrito previamente sus nombres en un registro público de objetores (¡no cuesta mucho imaginarse cuál será el destino profesional de estos "fichados"!). Paradójicamente, se afirma explícitamente que "se facilitará todo el apoyo institucional a los profesionales que practiquen las interrupciones del embarazo".

Cada vez entendemos mejor aquella expresión acuñada por el entonces Cardenal Ratzinger: "dictadura del relativismo". Efectivamente, una y otra vez, estamos siendo testigos de cómo la "tolerancia" es invocada para justificar la introducción de determinados males morales; mientras que una vez implantados, se imponen como opción obligatoria, sin derecho siquiera a la objeción de conciencia. La estrategia es muy similar en todos los casos. Baste refrescar nuestra memoria sobre el itinerario seguido en otro caso reciente: 1º.- Invocación de la tolerancia para las uniones homosexuales; 2º.- Modificación del concepto de matrimonio en el Código Civil para equiparar las uniones homosexuales a las heterosexuales; 3º.- Enseñanza obligatoria de la ideología de género en las escuelas, a través de Educación para la Ciudadanía; 4º.- Negación de la objeción de conciencia a los padres que disientan.

La historia española está demostrando que una cosa es "invocar" la objeción de conciencia como estrategia política, y otra cosa muy distinta es "creer" en ella. Con frecuencia ocurre que los defensores de la objeción de conciencia, pasan a ser sus detractores, en cuanto alcanzan el poder.

En realidad, para creer en la objeción de conciencia, es necesario creer en la libertad del hombre. Y para creer en la libertad del hombre, es indispensable confesar su dignidad espiritual. Solamente así descubriremos el absurdo de la reivindicación del aborto como un "derecho"... Solamente así podremos entender que detrás del "no al aborto", se encierra un "sí a la vida", inseparable de la dignificación de la mujer y del matrimonio.

José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de Palencia|Zenit.org

jueves, 26 de febrero de 2009

Autodidactas y desmemoriados

Chesterton decía: “Hemos olvidado nuestro propio significado, y todos vagamos por las calles sin que nadie nos cuide”. Y yo añado que también hemos olvidado a nuestros maestros, que antaño tanto nos cuidaron.

Éste es un país que presume de autodidactas. Presunción que deja al descubierto la mala consideración que tenemos del sistema educativo, el mayor fracaso, me atrevería a decir, de nuestra democracia. Eso de matar al padre siempre está bien, pues supone quebrar la norma pequeño burguesa de la hipercorrección, pero sólo cobra sentido cuando detrás reside el ansia de crecimiento personal. No olvidemos que sólo se asesina al maestro cuando uno se ha apoderado casi de su alma.

Fíjense bien cómo reviste al genio de una pátina de excelencia la autoformación, la fabricación de su propia imagen, sin injerencias ajenas. Su genialidad siempre se asume como superior a la de aquellos que reconocen haber recibido una instrucción reglada. Los autodidactas no son tales, no existen, en el diccionario comparten acepción con los desmemoriados.

¿Por qué esa repulsión por el profesor? Los nuevos mesías ensalzados por el periodismo han tomado el testigo.

Sin educación, me refiero a la de toda la vida, no hay autodidactas, sino inconscientes que jamás aprenden, como ministros que administran justicia saltándose las leyes. Esta sociedad nos da facilidades para ir al colegio, pero no para salir de ella como seres instruidos. Por desgracia, la historia del conocimiento ha caído en el ámbito del partido político, que son máquinas de crear ilusiones sociales, de definir modelos de realidad por sólo un período de cuatro años.

Elena Vallés|Diario de Mallorca

domingo, 25 de enero de 2009

Jules Payot y la Educación de la Voluntad

El ‘laicismo’ republicano francés fue un poderoso movimiento cultural y político que alcanzó su cenit durante el tránsito del siglo XIX al siglo XX. No sólo fue entonces cuando logró controlar la administración educativa, sino que además ejerció una enorme influencia internacional.

Los laicistas franceses de primera hora compartían unos fundamentos filosóficos muy concretos –los del denominado ‘individualismo’ republicano– cuya piedra angular era sin duda la ‘libertad de conciencia’. Tenían también, por supuesto, un programa de acción política muy claro, al que se adherían sin fisuras, aspecto éste que probablemente es el que en mayor medida fue imitado en otros países. Les unía igualmente, y pienso que esta cuestión no se destaca lo suficiente en la actualidad, un proyecto bastante definido de reforma moral y social, sobre cuyas líneas generales estaban de acuerdo y al que intentaban contribuir también con su labor intelectual.

La humillante derrota sufrida en la guerra franco-prusiana (1870), sostenían los republicanos, había puesto de manifiesto que se imponía reedificar sobre nuevas bases el orden político y social. En la práctica, se trataba de crear una nueva nación cuyos ciudadanos, cuyas instituciones y cuya cultura respondiesen a los principios y los ideales de la Revolución. La tarea no estaba exenta de serias dificultades, y una de las principales era la siguiente: cómo lograr que los ciudadanos obrasen con rectitud bajo un régimen político que se fundase en libertad; es decir, sin que las leyes y las costumbres les forzasen en la misma medida que antes a hacerlo. También con un menor auxilio de los poderosos sentimientos religiosos, puesto que para garantizar la ‘libertad de conciencia’ había que limitar la influencia social de las iglesias, que por otra parte, debido al individualismo, tendía de modo natural a debilitarse. De lo contrario, el nuevo orden democrático generaría debilidad moral en los ciudadanos y sería muy fácil de desestabilizar.

A raíz de un curso universitario que redactó e impartió en varias ocasiones, más tarde publicado a título póstumo, Durkheim (1925) se planteó la cuestión y llegó a una paradójica conclusión: había que convertir la moral laica en una especie de ‘religión civil’. Aunque el fundamento y el contenido de dicha moral tenían que ser racionales, había que lograr que los individuos la viesen como un absoluto y sintiesen hacia ella una veneración semejante a la que los fieles experimentan ante los dogmas de su confesión.

Jules Payot (1894), otro autor de inspiración laicista mucho menos conocido, formuló más o menos por entonces una propuesta –en cierto sentido complementaria de la de Durkheim, aunque dirigida a las elites sociales– para solventar el mismo problema. Lo hizo en una obra –La educación de la voluntad–, cuyo contenido vamos a analizar, que tuvo un notable eco internacional. De hecho, en las primeras líneas de tal libro afirma de modo explícito que el debilitamiento de los sentimientos religiosos característico del mundo moderno constituye un serio desafío para la educación moral (Payot, 1922, p. 11).

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Según P. Guichonet (1996) y la Enciclopedia Espasa (1966), Jules Payot ejerció como profesor de enseñanza media, hasta que en 1894 obtuvo la agregación y pasó a dar clases en Privas y luego en Chalons-sur-Marne. Posteriormente, fue rector en Chambery (1902-1906) y en Aix-en-Provence (1906-1922). Ajeno desde la infancia a cualquier creencia religiosa, siguió las doctrinas del racionalismo positivista y se hizo famoso por sus editoriales anticlericales en el muy leído Journal des Instituteurs et Institutrices. Publicó además un Cours de Morale (Payot, 1904) destinado a las escuelas normales muy criticado por los católicos. Ferviente admirador de Spencer y Stuart Mill, se vio también muy influido por la psicología asociacionista. Puesto que desde 1904 habría abrazado la causa de los pacifistas, abandonó su puesto durante la movilización de 1914, motivo por el que fue sancionado. A raíz de ello, renunció a la militancia política republicana y durante los últimos años de su vida criticó implacablemente el sistema escolar que había contribuido a levantar.

Nuestro autor se hizo célebre en vida por un libro (Payot, 1894) que podríamos considerar uno de los primeros best-sellers de la literatura de autoayuda: L’éducation de la volonté. La obra conoció un éxito inmediato y duradero en Francia, hasta el punto de que en 1934 había alcanzado la 34ª edición. Más adelante (Payot, 1941), pasó a formar parte del catálogo de Presses Universitaires de France, que la publicó al menos hasta 1949. En total hubo más de 70 reimpresiones. El éxito cosechado animó al autor a redactar una segunda parte (Payot, 1919), titulada Le Travail intellectuel et la volonté, que tuvo mucho menos eco y acabó editándose junto con la primera.

Al parecer (Guichonet, 1996), el libro se tradujo a once idiomas. Titus Voelkel hizo la versión en alemán (Payot, 1901). La última reedición que he localizado es la 8ª, impresa en 1921. De la edición en inglés (Payot, 1909) se encargó Smith Ely Jelliffe. En este caso, la última impresión de que tengo noticia es la 13ª, hecha en 1930. La traducción italiana (Payot, 1907), preparada por G. Amodeo, se reeditó al menos hasta 1924.

He localizado 16 ejemplares de las diversas ediciones en francés en 11 bibliotecas españolas. La mayoría son de instituciones universitarias y centros de investigación públicos, pero 4 están vinculadas a la Iglesia católica. Mayor difusión alcanzó sin duda la traducción (Payot, 1896) de Manuel Antón y Ferrándiz, que en su momento acabó publicando la editorial Jorro (Payot, 1905). En 1943 ésta hizo la 6ª y al parecer última reedición. Se conservan al menos 46 ejemplares de la citada traducción en 38 bibliotecas españolas de todo tipo: universitarias y de investigación (13), de centros de enseñanza civiles y militares (5), públicas (16) o de instituciones católicas (4). La obra figura también en dos colecciones privadas. Podemos hablar, pues, de una difusión bastante amplia, en particular por no estar restringida al ámbito de los especialistas, sino por el contrario abierta al público culto en general.

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Su autor reitera una y otra vez cuál es el motivo por el que escribió el libro cuyo contenido vamos a analizar. Quiere contribuir a solventar una grave deficiencia del sistema de enseñanza francés: cuando el estudiante llega a la universidad, aunque eso es lo que se espera de él, no tiene la suficiente fuerza de voluntad para tomar las riendas de su propia formación, porque hasta entonces ha permanecido en todo momento bajo la estricta disciplina de sus padres y profesores (Payot, 1922, pp. 43, 99, 223 y 319-320). Es “el error capital de nuestros sistemas de educación, que sacrifican la cultura de la voluntad a la cultura intelectual. […] Así se logran en los colegios, jóvenes prodigiosos que nada harían entregados a sí mismos” (Payot, 1922, p. 298). Y esto pasa cuando “las pasiones invaden su alma ¡y desgraciado sí, como sucede en todas las facultades de enseñanza en Europa y en América, se encuentra libre, con libertad absoluta, sin apoyo, sin un director de conciencia, sin posibilidad de traspasar la densa atmósfera de ilusiones que lo asfixia! El estudiante se encuentra como aturdido, incapaz de marchar, arrastrado por las preocupaciones reinantes a su alrededor” (Payot, 1922, pp. 177-178). Y no sólo es frágil desde el punto de vista moral, sino que tampoco posee hábitos de trabajo intelectual, pues “en su aislamiento ni aun sabe trabajar, nunca se le ha dado un método de trabajo adaptado a sus fuerzas y a la naturaleza de su entendimiento” (Payot, 1922, p. 178). En suma, libre de las cargas familiares o profesionales, está en la situación ideal para formarse, “los días son suyos, completamente suyos. Pero ¡ay! ¿qué es la libertad exterior para quien no es dueño de sí mismo?” (Payot, 1922, p. 179). El resultado final es que la mayoría de los alumnos apenas trabajan y si lo hacen es sólo por miedo al suspenso. Además, no entienden lo que estudian, porque en los exámenes lo único que se les pide es que repitan lo que han memorizado, con lo que se ahoga cualquier iniciativa y el esfuerzo personal (Payot, 1922, pp. 38-40).

A la vista de esta descripción, uno siente la tentación de sucumbir ante el desaliento y afirmar que los males que aquejan a los sistemas educativos son endémicos. Ahora bien, no puede decirse en absoluto que el diagnóstico que se hace de las causas que los provocan sea el mismo. Payot no propone sólo –como se suele hacer hoy en día– cambiar los métodos de enseñanza. Después de todo es un burgués republicano que confía más en los individuos que en los sistemas, pues cree que la causa profunda y última de los problemas está siempre en las decisiones que toma cada cual. Es más, no tiene reparos en comenzar su análisis afirmando que “la causa de casi todas nuestras adversidades y desgracias es única, y consiste en la debilidad de nuestra voluntad, en la aversión a todo esfuerzo del ánimo y principalmente al esfuerzo perseverante” (Payot, 1922, p. 31).

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Lo fundamental, por tanto, es que uno se empeñe a fondo en la búsqueda de la excelencia personal. Ahora bien, muchos (por ejemplo, Kant, Schopenhauer, Spencer) afirman que el carácter no puede cambiar, y otros tantos confían en exceso en el libre albedrío y sostienen que es tarea sencilla forjarse una sólida personalidad (Payot, 1922, pp. 52-56). De ahí proviene un error educativo que tiene muy graves consecuencias: todo se fía a la formación intelectual y se olvida o malentiende la educación de la voluntad (Payot, 1922, p. 42), cuando debería hacerse justo lo contrario, pues de “la grande obra de nuestro propio autodominio […] depende cuanto hemos de valer, y por tanto lo que hemos de ser y el papel que hemos de representar” (Payot, 1922, p. 58). Y así, los educadores trasmiten un excesivo optimismo a sus alumnos. “¡Sois libres!, decían nuestros maestros –confiesa Payot–; pero nosotros sentíamos con desesperación la mentira de tal afirmación. Ni se nos enseñó que la voluntad se conquista lentamente, ni se pensaba en estudiar cómo se conquista, ni tampoco se nos adiestró para esta lucha, ni se nos alentó a ella” (Payot, 1922, pp. 58-59). Sin embargo, al joven hay que decirle todo lo contrario, que dicha tarea está llena de dificultades, “pero presentándole al propio tiempo asegurado el triunfo con la sola condición de una constancia a toda prueba” (Payot, 1922, p. 58). “Los grandes santos –comenta nuestro autor–, vencedores en esa lucha sin tregua entablada entre nuestra naturaleza humana y nuestra naturaleza animal, no disfrutaron la alegría de los triunfos tranquilos y no disputados” (Payot, 1922, p. 60). Es más, “la libertad moral como la libertad política, y como cuanto vale algo en el mundo, debe conquistarse en lucha abierta y defenderse sin tregua, teniendo en cuenta que es la recompensa de los fuertes, de los hábiles y de los perseverantes. Nadie es libre si no merece serlo. La libertad no es un derecho ni un hecho, sino una recompensa, y por cierto la más alta y la más fecunda en satisfacciones” (Payot, 1922, p. 59).

El motivo es que, en la formación moral, hay un grave obstáculo que superar. La inteligencia no es capaz por sí sola de “contrarrestar las torpes y burdas tendencias animales” (Payot, 1922, p. 66), domeñar “las potencias brutales de la sensibilidad” y triunfar en la “lucha contra las fatalidades de nuestra naturaleza animal” (Payot, 1922, p. 162). Las simples ideas, los buenos propósitos, no bastan para progresar moralmente, a no ser que tengan el poder de suscitar sentimientos profundos y duraderos que muevan a actuar. Y es que, como sostenía San Agustín, “qui amat non laborat, para el que ama, en efecto, todo es fácil y agradable de realizar” (Payot, 1922, p. 85). Sólo entonces puede el ser humano sacrificarse por un ideal de vida, sea éste religioso o humano (Payot, 1922, p. 69-71). En la mayoría de las personas sucede, sin embargo, lo contrario: los afectos acaban por someter a la inteligencia y anular la libertad. “Nadie como nosotros –escribe Payot– se halla convencido de cuán raros son los hombres dueños de sí mismos; la libertad es la recompensa a una acumulación de esfuerzos prolongados que pocos tienen el valor de intentar” (Payot, 1922, p. 87). Por eso, hay tantos hombres que “recorren la vida zarandeados por los acontecimientos externos, y son tan poco originales, tan poco dueños de sí mismos como las hojas que se arremolinan arrastradas por el viento de otoño” (Payot, 1922, p. 129). Puede decirse de ellos que se comportan como autómatas (Payot, 1922, pp. 144-145). Por otra parte, hay que tener en cuenta que nos veremos arrastrados inexorablemente por nuestras pasiones, que caen fuera de nuestro control puesto que tienen un origen fisiológico, a no ser que al menor síntoma evitemos que se desencadenen (Payot, 1922, pp. 88 y 94).

¿Cómo saldrá el niño de la impotencia en que su propia contextura psicológica le sume? Al principio, debe recibir la ayuda de sus padres y de sus maestros, y en esta etapa son de gran ayuda los estímulos externos y los poderosos sentimientos que es capaz de suscitar la religión. Por eso, nuestro autor no pretende cambiar los niveles inferiores del sistema de enseñanza francés (Payot, 1922, pp. 98-99). El problema es que tarde o temprano el joven tendrá que aprender a volar solo y, como hemos visto, nadie se preocupa de fortalecer su voluntad con vistas a su ‘emancipación’ moral, de enseñarle a obrar bien con plena conciencia y libertad, y de convencerle de que, “si hoy no puede podrá mañana, con ayuda de la gran potencia libertadora, el tiempo. La libertad inmediata que nos falta se puede suplir por una estrategia, por procedimientos mediatos e indirectos” (Payot, 1922, p. 91).

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Esta apología del mérito personal y de la capacidad de superación del ser humano es típica del discurso moral del laicismo republicano. Lo novedoso y lo llamativo es cómo explica nuestro autor el mecanismo en el que se funda la educación de la voluntad. “Si mandamos en nuestra naturaleza humana –sostiene– es obedeciéndola, y la única garantía de nuestra libertad son las leyes de la psicología, único instrumento posible a la vez de nuestra redención. Para nosotros no existe libertad sino en el seno del determinismo” (Payot, 1922, pp. 60-61). Y así, Payot niega que el libre albedrío sea el fundamento de la educación: “Todos somos predestinados en el buen sentido de la palabra. […] La moral sólo necesita libertad, lo que es muy diferente, y la libertad no es posible sino en y por el determinismo” (Payot, 1922, p. 63). Por eso, para educar la voluntad hay que apoyarse en la fuerza de los sentimientos y seguir las leyes de la asociación de ideas: “¿Qué es […] la educación, sino el hecho de poner en juego sentimientos poderosos para crear hábitos de pensar y obrar, es decir, para organizar en el entendimiento del niño sistemas combinados de ideas con ideas, ideas con sentimientos e ideas con actos?” (Payot, 1922, p. 97-98). Tales asociaciones o ‘soldaduras’ son ‘artificiales’, pues no le resulta nada fácil al hombre dominar su mente por medio de la atención. Por eso, el aprendizaje nunca es placentero sino que exige esfuerzo moral (Payot, 1922, p. 102). Ahora bien, “nuestro poder para hacer atractivo por asociación lo que antes no lo era se extiende muy lejos. Podemos desde luego transformar los sentimientos favorables a nuestra voluntad y enriquecerlos hasta el punto de transformarlos” (Payot, 1922, p. 104).

En efecto, aunque no es posible suscitar sentimientos que no se posean ya, sí es posible manejar los que ya existen. En este terreno, “nuestra atención, de la cual disponemos, sustituye a la potencia creadora de que carecemos” (p. 105). A la hora de educar la voluntad, el objetivo ha de ser, pues, establecer “una alianza tan estrecha que no se sabe si la idea es absorbida por el sentimiento o éste por aquélla” (Payot, 1922, p. 69). Para ello, como aconseja Spencer (Payot, 1922, p. 105), el único método es apoyarse en ciertos sentimientos naturales y elementales que –si son normales– todos los seres humanos poseen, e ir construyendo poco a poco ideas-fuerza cada vez más complejas y elevadas. Se podría constituir así una especie de combinatoria de la educación moral fundada en las leyes de la asociación de ideas descubiertas por la Psicología (Payot, 1922, pp. 104-105). “Estas ideas –sostiene nuestro autor– no son por completo tales, sino sustitutos obligados, precisos y fácilmente manejables de los sentimientos, es decir, de estados psicológicos poderosos, pero lentos, torpes y difíciles de manejar” (Payot, 1922, p. 70). Cuanto más tiempo sea capaz la atención capaz de mantener activas en la conciencia tales ideas, y si además tienen el poder de evocar los sentimientos a ellas asociados en caso de necesidad, más se habrá avanzado en la formación moral (Payot, 1922, pp. 109-110).

Sin duda, “el joven ya instruido, que por la severa enseñanza de las cosas y la educación de los padres y maestros ha adquirido un gran dominio sobre sí, puede sostener por mucho tiempo, en la conciencia, las representaciones más de su gusto o más convenientes” (Payot, 1922, pp. 108-109), pero le queda aún mucho camino que recorrer. Al igual que tantos adultos poco formados, cuando siente la seducción de las pasiones, no es capaz de expulsarlas de la conciencia y reafirmarse en sus buenos propósitos. Tiene que apoyarse entonces en motivaciones extrínsecas, por ejemplo el miedo al deshonor o el afán de destacar, aferrarse a la pura voluntad de resistir, o intentar distraerse con alguna ocupación; pero en tal caso la lucha será muy desigual, y los malos sentimientos se saldrán muy a menudo con la suya. Tiene también que recurrir a apoyos externos, es decir, tiene que contar con un ambiente favorable para su formación y huir de todo aquello que pueda inquietarlo y hacerle vacilar o incluso claudicar: escoger bien los amigos, leer libros edificantes, conocer y admirar la vida de los grandes hombres del pasado, evitar las diversiones mundanas y no prestar atención a los sofismas con los que a menudo se justifican los vicios (Payot, 1922, pp. 111-118 y 312-313). Es también importante la higiene, que tanto preocupaba a los pedagogos del siglo XIX: hay que ser frugal al comer y beber, no dormir en exceso y levantarse en cuanto uno se despierte, tonificar el cuerpo y el espíritu con la gimnasia y el ejercicio al aire libre, saber distraerse el tiempo justo cuando es necesario, etc. (Payot, 1922, pp. 197-224).

Sobre estas y otras cuestiones vuelve nuestro autor en la parte final de su libro, en concreto en los Capítulos II y III del Libro IV y en parte del Libro V. En este último propone también cambiar el modo en que se realiza la enseñanza universitaria. Los profesores tendrían que crear pequeños grupos de trabajo de estudiantes con elevadas aspiraciones, para que se apoyen entre sí y no se dejen llevar por la mediocridad y la ruindad que les rodea (Payot, 1922, pp. 300-303). También deberían olvidarse de la pura erudición –de que los alumnos sepan cosas– y aspirar por encima de todo a apasionarlos por el saber e involucrarlos lo más posible en la investigación. De ese modo, acabarán estudiando y aprendiendo por sí mismos, y además lo harán de una forma creativa (Payot, 1922, pp. 305-310).

Ahora bien, además todo profesor debe tener muy presente que sólo puede consagrarse al saber quien no está inmerso en una penosa lucha ascética, quien está cerca de la emancipación moral, porque es capaz de “mantener la tranquila posesión de la conciencia” (Payot, 1992, p. 113), es decir, el imperio en ella de ideas y sentimientos nobles, elevados y viriles. Por eso, lograr que los jóvenes accedan a ese supremo estadio de la formación, ha de ser una de las principales misiones del docente universitario. Éste debería tomar conciencia de que no es un ‘sabio’ puro o un investigador, sino que “cobra por ser profesor, y tiene por tanto deberes para con sus alumnos” (Payot, 1922, p. 301). Es más, los alumnos deberían admirar a sus maestros, y éstos tendrían que tener con ellos un estrecho contacto personal y actuar como una especie de ‘directores de conciencia’ (Payot, 1922, pp. 303-304). Si así fuese, “el cuerpo docente podría crear en el país esa aristocracia de que antes hemos hablado; aristocracia de caracteres ya templados para todos los trabajos elevados” (Payot, 1922, p. 305). No en vano, los estudiantes universitarios forman un grupo privilegiado, ya que tienen la posibilidad de acceder en plenitud a la vida del espíritu. Por ello, hay que tener muy presente que “formarán necesariamente la clase directora de todos los países, hasta en los regidos por el sufragio universal, porque la multitud, incapaz de dirigirse por sí misma, se someterá siempre a las luces de los que han dominado y fortalecido su entendimiento por algunos años de cultura aprovechada”. Ello les impone onerosos deberes, y uno de los principales es hacer menos odiosa su superioridad social e intelectual dando ejemplo de rectitud moral (Payot, 1922, p. 189).

Por lo demás, aun contando con el auxilio de sus profesores, lo cierto es que, en lo fundamental, la responsabilidad educativa seguirá recayendo en cada alumno, pues si no lucha con tenacidad por alcanzar su emancipación moral, de nada servirán los apoyos externos. Y para lograrla, deberá hacer dos cosas: por una parte, entregarse con regularidad a lo que Payot denomina ‘reflexión meditativa’, y por otra combatir con energía el ‘sentimentalismo vago’ y la ‘sensualidad’, dos emociones que minan e incluso agostan la capacidad de esfuerzo.

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¿En qué consiste reflexionar y por qué es tan importante? Meditar, explica nuestro autor, no es aprender o investigar. “En el estudio, en efecto, perseguimos el convencimiento, y en la reflexión meditativa pasan las cosas de otro modo, porque nuestro propósito es provocar en el alma movimientos de odio o de amor. En aquél nos domina la preocupación de la verdad, y en ésta nada nos importa la verdad. Aún más, preferimos a veces una mentira útil a una verdad perjudicial, y toda nuestra investigación se halla dominada exclusivamente por un motivo de utilidad”. Tal y como escribió Montaigne, el objetivo ha de ser ‘forjar’ el alma, no ‘vestirla’ (Payot, 1922, p. 126). Quien no sabe meditar, progresa con mucha dificultad en la vida moral. Aunque sepa muy bien en qué consiste vivir bien, tendrá muchas dificultades para conseguirlo, puesto “que nuestras acciones son casi siempre provocadas por estados afectivos”, y por eso para actuar con rectitud necesitamos “‘destilar en nuestra alma’ las ideas y los sentimientos favorables, y transformar las ideas abstractas en afecciones sensibles y vivas” (Payot, 1922, p. 127). Para ello, uno tiene que buscar la soledad interior una vez por semana o incluso todos los días (Payot, 1922, p. 152), y también pasar una parte de las vacaciones en plena naturaleza haciendo balance de su vida (Payot, 1922, p. 168), con el fin “suscitar en su alma enérgicas afecciones o vehementes repulsiones”, en lugar de dedicarse a “pensar sólo con palabras” (Payot, 1922, p. 132).

Ahora bien, no es fácil aprender a meditar y dicha actividad comporta sus riesgos. El principal es dejarse llevar por las fantasías, y entonces uno acaba dominado por las emociones primarias. Tal cosa sucede cuando “la atención dormita, dejando las tramas de ideas y de sentimientos difundirse suavemente en la conciencia y encadenarse a los azares de la asociación de ideas, con frecuencia de la manera más imprevista” (Payot, 1922, p. 125). En la reflexión meditativa sucede precisamente lo contrario: gracias a la atención el espíritu se reconcentra sobre sí mismo y va construyendo paciente y deliberadamente vínculos entre las ideas y los sentimientos. Y así, lo mismo que sucede con los minerales en la naturaleza, en virtud de las leyes de la asociación, los estados psicológicos, sean intelectuales o morales, cristalizan, y la atención los mantiene por largo tiempo en el primer plano de la conciencia. “Si esta ‘cristalización’ se opera lentamente –afirma Payot–, sin sacudidas ni interrupciones, adquiere un notable carácter de solidez, y el grupo así organizado ostenta algo de poderoso, de estable, de definitivo” (Payot, 1922, pp. 128-129). Entonces, uno es capaz de suscitar amores y odios positivos, asociar ideas y sentimientos entre sí y mutuamente, destruir otras asociaciones funestas, grabar en la memoria las que son positivas y borrar de ella las negativas (Payot, 1922, p. 126).

En la práctica, concluye nuestro autor, al meditar hay que seguir cinco reglas: 1ª) en el momento mismo en que uno sienta una emoción favorable, debe fijar su atención en ella para fortalecerla; 2ª) si los buenos sentimientos no brotan, habremos de evocar aquellas ideas con los que sabemos están asociados y tienen el poder de suscitarlos; 3ª) si experimentamos un afecto perjudicial, hemos de hacer todo lo posible por apartar la atención de él; 4ª) si dicho sentimiento se apodera de nuestra conciencia, hay que someter a una severa crítica todas las ideas con él asociadas, que no son sino seductores sofismas; y 5ª) hay que procurar asociar las ideas con detalles y circunstancia concretos de la vida personal (Payot, 1922, pp. 130-131). Por ello, “se impone aquí como regla dominante el reemplazar siempre las palabras por las cosas, y no por una imagen vaga e indeterminada de ellas, sino por las cosas consideradas en sus más minuciosos detalles” (Payot, 1922, p. 164). De lo contrario la solidez de las asociaciones de ideas y el poder de los sentimientos que permiten suscitar será escaso (Payot, 1922, p. 135).

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Sin embargo, la educación moral no puede limitarse a la reflexión meditativa, que “es indispensable, pero impotente por sí sola”. Además el hombre ha de esforzarse sin descanso por adquirir hábitos morales, puesto que “nada se pierde en nuestra vida psicológica; la naturaleza es un escrupuloso administrador. Nuestros actos más insignificantes, en apariencia, repetidos poco a poco, forman al cabo de semanas, meses y años, un total enorme inscrito en la memoria orgánica bajo forma de hábitos inextirpables. El tiempo, precioso auxiliar de nuestra emancipación, trabaja con tranquila obstinación contra nosotros, si no le obligamos a trabajar en nuestro provecho, y utiliza en nosotros la ley preponderante de la psicología, la ley del hábito, ya en pro o ya en contra”. Por eso puede decirse que “la conversión y fijación de nuestra energía en hábitos, puede realizarse mediante la actividad, y de ningún modo por la sola reflexión meditativa” (Payot, 1922, pp. 171-172).

En este punto, nuestro autor hace suya, sin citar la fuente, la doctrina sobre los hábitos de Aristóteles: “El acto penoso al principio acaba por constituirse poco a poco en una necesidad, y si tan desagradable fue primero, después lo será su no realización. ¡Dónde encontrar un aliado más precioso para los actos que debemos desear!” (Payot, 1922, p. 172). En cambio, sí cita Payot a Bossuet, al que tiene por “un admirable director de conciencia”, quien sostenía que a la virtud no se llega por causa de unos cuantos grandes impulsos, sino gracias a multitud de pequeños sacrificios cotidianos (Payot, 1922, p. 173). “La gran regla aquí –comenta nuestro autor– es evadir siempre, hasta en las más pequeñas acciones, la tiranía de la pereza, de los deseos y de los impulsos perturbadores. Hasta debemos buscar las ocasiones de ganar esas pequeñas victorias. […] Con tales ‘mortificaciones’ os habituaréis a triunfar de vuestras inclinaciones, a ser activos para todo y siempre… hasta cuando dormís o vagáis sin objeto, que sea porque habéis querido ese reposo” (Payot, 1922, p. 174). Es más, una vez instaurado un hábito, el propio placer de la actividad lo refuerza –de nuevo estamos ante una idea aristotélica enmascarada–, y se vuelve una necesidad. “Tal placer, tiene algo de embriagador que nos perturba el sentido, y acaso este fenómeno provenga de que la acción, más que cualquier otra cosa, nos da el sentimiento de nuestra existencia y de nuestra fuerza” (Payot, 1922, p. 176).

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Vencidas, pues, las seducciones del mundo y la tentación de la vida muelle, el camino hacia la vida del espíritu parece despejado, porque “cuando se consolida en un joven este importante y fecundo hábito de decidirse rápidamente, de hacer las cosas sin agitación febril, rotundamente, de buena fe y con sencillez, no existe objetivo intelectual, por elevado que sea, al cual no se pueda aspirar” (Payot, 1922, p. 188).

Sin embargo, queda aún otro poderoso enemigo al que derrotar: la sensualidad. Los jóvenes se hallan en “un momento decisivo en la vida; es preciso gastar ardor, y si no se dirige hacia ocupaciones dignas, acaba por inclinarse hacia los placeres viles y vergonzosos” (Payot, 1922, p. 234). Y la mayoría, por su endeble formación, disgustados con el estudio y carentes de voluntad, se ven arrastrados por el ambiente y las malas compañías, y se inclinan por lo más fácil: rumiar ensoñaciones amorosas que agitan su mente y les impiden concentrarse en el trabajo, o lo que es mucho peor, frecuentan los prostíbulos, seducen doncellas o se divierten con sus amantes, pues el ‘sentimentalismo vago’ de la pubertad acaba convirtiéndose en ‘sensualidad’ (Payot, 1922, pp. 234, 241, 245, 246 y 261).

Es lógico, pues la lucha no es nada sencilla, ya que todo conspira contra la castidad. “Rara vez un estudiante puede casarse antes de los treinta años, y así los diez años más hermosos de la vida se pasan, o bien en luchas, siempre penosas, contra las necesidades fisiológicas, o bien en el vicio” (Payot, 1922, p. 235). Por otra parte, las muchachas casaderas de la buena sociedad –tan codiciadas por su dote– están acostumbradas a la frívola e insustancial vida mundana, en la que introducen a sus pretendientes (Payot, 1922, pp. 238-239, 247-248 y 270-271). Y además, “la literatura contemporánea es casi, en su mayor parte, una glorificación del acto sexual. ¡A creer a muchos de nuestros novelistas y de nuestros poetas, el más elevado, el más noble fin que puede proponerse al ser humano, es la satisfacción de un instinto común con todos los animales!” (Payot, 1922, p. 248). Incluso los médicos dan demasiada importancia a la satisfacción de las necesidades sexuales, y aun a pesar de las enfermedades venéreas, hay quien sostiene que la castidad es perjudicial para la salud (Payot, 1922, p. 250 y 252).

El resultado es que “el hábito de los placeres físicos reemplaza la emociones suaves, pero duraderas del alma por las groseras e impetuosas. Esos violentos sacudimientos destruyen la alegría de los placeres tranquilos, y como los goces sensuales son cortos y dejan tras de sí fatiga y disgusto, el carácter llega a hacerse triste, lúgubre, de una tristeza abrumadora, que incita a buscar los placeres tumultuosos, brutales, violentos. Círculo vicioso desesperante” (Payot, 1922, pp. 242-243). Y en lo que a la formación intelectual se refiere, “después de estas sacudidas tan violentas no se puede en mucho tiempo volver al trabajo pacífico y a los delicados goces del pensamiento. Estos desórdenes depositan una especie de fermento maléfico que desorganiza los sentimientos elevados, tan inestables en el joven” (Payot, 1922, p. 245). Una situación en verdad desoladora, porque la pureza constituye “el supremo triunfo del propio autodominio. […] La fuerza de las fuerzas, la pura energía, la voluntad libre, victoriosa, ¿no ha de quedar dueña del campo en la lucha contra ese instinto tan poderoso? En esto, y no en otra cosa, consiste la virilidad: en el dominio de sí mismo, y tiene razón la Iglesia al ver en la castidad la suprema garantía de la energía de la voluntad, energía que a su vez garantiza la posibilidad de todos los demás sacrificios para el sacerdote” (Payot, 1922, p. 253).

Quien quiera triunfar en tan ardua batalla, tiene que evitar la glotonería y la embriaguez; que dormir lo justo y en una cama no demasiado confortable; que dar largos paseos incluso aunque haga mal tiempo. Con ello podrá disminuir sus necesidades fisiológicas, pero le restará lo más difícil: controlar su imaginación. Lo irá consiguiendo si evita la lectura de obras licenciosas –por ejemplo algunas de Diderot– y la visión de grabados obscenos, si huye de la vida mundana y no trata con jóvenes ricos y holgazanes, y si evita estar ocioso y se mantiene siempre ocupado. Ahora bien, no estará repuesto del todo hasta que, tras la dura y prolongada lucha, descubra “el placer y la alegría del trabajo fecundo” (Payot, 1922, pp. 254-256 y 265-266).

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Hasta aquí el análisis del contenido de nuestro libro. Las ideas expuestas nos inspiran varias reflexiones conclusivas. La primera tiene que ver con el ingenuo ‘positivismo’ del autor, que abomina de la metafísica y presume de formular una teoría de la educación moral de carácter psicológico (Payot, 1922, pp. 17-18, 59 y 140). Sin embargo, como tantos otros seguidores del positivismo espiritualizado, en gran medida acaba designando con una nueva terminología supuestamente científica conceptos clave de la tradición pedagógica occidental previa. Como hemos destacado, explica la formación de los hábitos de un modo muy aristotélico, pero es que además su doctrina sobre las pasiones y la lucha moral está casi calcada del estoicismo. Cuando insiste en la necesidad que tiene el ser humano de forjarse a sí mismo y de tener una serie de convicciones que le impulsen a la acción como si fueran un resorte, parece que por su boca habla Séneca, para quien los ‘principios’ eran mucho más importantes que los ‘preceptos’. No menos estoica es la tesis de que el hombre ha de conquistar su libertad siguiendo a su naturaleza. El problema es que tiende a ser un tanto materialista, puesto que recurre a una explicación en exceso simple y bastante mecánica de la educación moral, que a veces queda reducida a un simple proceso de asociación de ideas guiado por la atención.

Un segundo aspecto que llama tal vez aún más poderosamente la atención es la actitud de Payot hacia a la religión. En modo alguno se le puede calificar de antirreligioso, ni siquiera de anticlerical. En el pórtico de su libro, afirma, por ejemplo, que la Iglesia católica ha sido una incomparable educadora de los caracteres (Payot, 1922, p. 13). Más adelante, habla del “prodigioso poder de la Iglesia católica, que sabe adonde conduce a las gentes, y, puesta al corriente por la confesión y la dirección de almas, de las más profundas verdades de la psicología práctica, traza una ancha vía para ese ejército de maniquies, sostiene a los débiles cuando vacilan y da una dirección sensiblemente uniforme a la multitud, que, sin ella, sin su eficaz auxilio, hubiera descendido o permanecido al nivel del animal, desde el punto de vista de la moralidad” (Payot, 1922, p. 146). Y en otro lugar afirma: “Si la universidad, con su cultura moral superior, su profunda ciencia, tomase de la Iglesia católica todo cuanto el admirable conocimiento del corazón humano ha sugerido a esa prodigiosa institución, la universidad gobernaría el alma de la juventud sin competencia posible” (Payot, 1922, p. 304).

Por otra parte, a pesar de no haber sido educado en la fe y de ser un laicista convencido, no tiene inconveniente alguno en citar o incluso alabar, en pie de igualdad con el resto (Rabelais, Montaigne, Descartes, Spinoza, Leibniz, Newton, Marivaux, Kant, Rousseau, Carlyle, Michelet, Comte, Bain, Spencer, Stuart Mill, Manzoni, Renouvier, Schopenhauer, Marion, Wilkie Collins, Darwin, Pasteur, Tolstoi), a muchos de autores y personajes estrechamente vinculados con la Iglesia católica (San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Santo Domingo Guzmán, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Sales, Bossuet, Fénelon, San Vicente de Paul) o el jansenismo (Nicole, Pascal).

Pero todavía es más sorprendente comprobar que gran parte de los medios y estrategias de formación moral que recomienda se inspiran en las prácticas piadosas y ascéticas del cristianismo. ¿Acaso no es la ‘reflexión meditativa’ algo muy semejante a un retiro espiritual? La ‘dirección de conciencia’ ¿no ha sido y es una práctica habitual de los confesores? Sus consejos para progresar en la vida moral y los medios que recomienda para preservar la castidad, virtud que tanto valora, ¿no son los mismos que han reiterado durante siglos los moralistas cristianos? Se lamenta además de que no haya un santoral laico del cual puedan tomar los jóvenes modelos para imitar (Payot, 1922, p. 313). Incluso, elogia la belleza y la minuciosidad de la liturgia católica, puesto que sirve para provocar en el creyente emociones muy intensas, y considera el rosario una invención genial, porque es más fácil concentrar la atención si se reza en voz alta (Payot, 1922, pp. 167-168).

Si Payot, aunque achaque en un momento dado a las iglesias graves crímenes y abusos de poder (Payot, 1922, p. 316), propone asimilar lo que considera positivo de la religión, es porque no la ve como un poder alienante, sino que más bien hace de ella una valoración pragmática. La contempla como una etapa fundamental del progreso histórico de la humanidad y como un trampolín para elevarse hasta el máximo grado de excelencia. Por eso, sostiene que hay que considerar a todas las religiones cristianas como aliadas, porque “han tomado como tarea esencial la lucha contra la naturaleza animal del hombre, o sea, en definitiva, la educación de la voluntad, con el objeto de alcanzar en nosotros el dominio de la razón sobre las brutales potencias de la sensibilidad egoísta” (Payot, 1922, p. 138). Sin embargo, la educación religiosa tiene sus limitaciones. Más arriba hemos citado un texto en el que defiende que la moral de base religiosa es apropiada para la mayor parte de los ciudadanos, que no serán jamás capaces de guiarse por sí mismos (Payot, 1922, p. 146). Por eso, explica nuestro autor, para “los grandes directores católicos de la conciencia, […] remover en el alma poderosas emociones no es como para nosotros un medio, sino el fin supremo” (Payot, 1922, pp. 166-167), pues saben que una gran parte de los fieles perderían la fe y se embrutecerían si se les diese una mayor libertad.

Ahora bien, la aristocracia espiritual que está llamada a regir la sociedad debe poseer el más alto grado de formación. Sus miembros tienen que emanciparse desde el punto de vista moral, es decir, tienen que obrar en todo momento con plena conciencia y por convicción personal, no guiados por creencias irracionales y por la benéfica influencia del ambiente. Eso implica que deben liberarse de todas las creencias religiosas, salvo de la siguiente: “admitir que el Universo y la vida humana no existen sin un fin moral, y ningún esfuerzo hacia el bien puede considerarse inútil y perdido” (Payot, 1922, p. 317). Sin embargo, a pesar de ello, no es razonable rechazar buena parte de medios que la Iglesia emplea para formar a sus fieles y prescindir de ellos, pues son muy eficaces, ya que se basan un profundo conocimiento de la naturaleza humana. Por eso, para no fracasar en el empeño, es del mayor interés estudiar cómo la “educación religiosa modela al niño, y por repeticiones, bajo todas formas, enseñanza oral, lecturas, ceremonias públicas, sermones, etc. introduce hasta lo más profundo de su alma los sentimientos religiosos” (Payot, 1922, p. 316), y tomar de ella cuanto sea útil y compatible con la formación superior que han de recibir las personas cultivadas.

Poco o nada tienen que ver las ideas de Payot con lo que hoy suelen defender los ‘laicistas’. Y como hemos mostrado en otros trabajos (Laspalas, 2007; Laspalas, 2008; Laspalas, en prensa), no es el único caso en el que se percibe con meridiana claridad semejante discordancia. Ello plantea un importante enigma histórico: cómo y por qué se ha trasmutado con tanta rapidez una moral y un ideal político cuyos creadores pensaban que estaba llamado a consolidarse y perdurar, en tanto que expresión de un orden democrático justo y benéfico.

Javie Laspalas|Universidad de Navarra

viernes, 5 de septiembre de 2008

La educación, un desafío urgente

La educación es un desafío en un doble sentido. La cultura que domina hoy en día (luego precisaré más este aspecto), y que hace imposible la educación porque primero la ha hecho inconcebible, “desafía” a los grandes sujetos educativos (las “agencias educativas” fundamentales) a que demuestren, por decirlo de alguna manera, si todavía son capaces de educar. Pero también los grandes sujetos educativos, las grandes “agencias educativas”, “desafían” a esa cultura, proponiéndose como sujetos capaces todavía de educar a la persona humana. Esta aproximación al problema de la educación indica claramente los pasos que daremos en nuestro camino reflexivo. En primer lugar trataremos de comprender por qué la cultura que domina hoy ha hecho imposible, porque no es capaz de concebirla, la actividad educativa. Este será el primer punto de mi reflexión. Podríamos llamarlo el diagnóstico de la situación. Después trataremos de comprender por qué hoy es posible, es decir, razonable y practicable, una verdadera propuesta educativa. Podríamos llamarla la terapia de la situación. Finalmente, en el tercer punto, haré unas reflexiones sencillas sobre el tema de nuestro congreso regional.

Diagnóstico de la situación
Quisiera partir de una constatación sobre la que creo que todos estamos de acuerdo. “Jamás ha tenido a su disposición el ambiente, entendido como mentalidad y modo de vida, tales instrumentos como ahora para invadir despóticamente las conciencias. Hoy más que nunca el educador, o más bien el “deseducador” soberano, es el ambiente, con todas sus formas expresivas” (L. Giussani, Llevar la esperanza, Encuentro, Madrid 1998, p. 40). Creo que el ambiente, entendido de esta forma, está haciendo hoy impracticable el acto educativo, pues no es capaz de concebirlo. Antes de proceder a la explicación de esta afirmación, me veo obligado a anteponer una definición, por llamarla así, de “acto educativo”. Brevemente, ya que el segundo y tercer punto versarán justamente sobre esto. Educar significa “introducir a una persona en la realidad” (cfr. J.A. Jungmann, Christus als Mittelpunkt des religiöser Erziehung, Herder, Freiburg i.B. 1939, p. 20). No se introduce a una persona en la realidad si no se la introduce en el significado de la realidad. Significado aquí denota la respuesta a las dos preguntas fundamentales que nacen en la persona por el simple “contacto” con la realidad (apprehensio entis: santo Tomás): ¿qué es ésto que existe? (pregunta acerca de la verdad de la realidad) y ¿qué valor tiene lo que existe? (pregunta sobre la bondad de la realidad). Una persona es introducida en la realidad cuando conoce la verdad y el valor de la realidad misma: cuando sabe darle una interpretación sensata. Cuando ha encontrado su propia “casa en el mundo interpretado” (R.M. Rilke).

Si en esto consiste el acto educativo, ¿bajo qué condiciones es concebible? ¿Cuándo es razonable pensar en la educación como introducción de la persona en la realidad?
Solo si se piensa que pueda existir una relación del hombre con la realidad: una relación instituida por nuestra inteligencia y por nuestro deseo razonable. Una relación que se hace posible por la apertura constitutiva de la persona a la realidad y por la inteligibilidad y bondad originarias de la realidad. Solo si ésta es la relación originara entre persona y realidad, es concebible, y por tanto practicable, una actuación educativa entendida como “introducción en la realidad”.
Ahora bien, la cultura actual (la llamada posmodernidad) está dominada por la negación de esa relación originaria: no existe una realidad que interpretar. Existen únicamente interpretaciones de la realidad, sobre las cuales es imposible pronunciar un juicio verdadero, desde el momento en que ese juicio no se refiere a ningún significado objetivo. Estamos encerrados dentro de la retícula de nuestras interpretaciones de la realidad, sin ningún camino de salida hacia la realidad misma. El verdadero desafío educativo se plantea sobre este punto. Ninguna obra educativa verdadera es posible hoy si no afronta este desafío, si no se plantea como alternativa radical y total a esa posición. Quiero decir a la posición que niega que exista una relación originaria de la persona con la realidad.
Para no producir la impresión de un discurso que tiene poco que ver con los que desarrollan en concreto la obra educativa, quisiera mostraros las implicaciones de esa posición. Resultará muy esclarecedor ver descrito el retrato espiritual de muchos adolescentes y jóvenes que conocemos.

Primera implicación
Puesto que “no existen hechos, sólo interpretaciones” (F. Nietzsche), resulta imposible dar un juicio de verdad sobre ellos. Cualquier interpretación y su contraria son igualmente válidas. La realidad es simplemente este conjunto, este juego de interpretaciones. Es decir: sencillamente no tiene ningún sentido plantearse la pregunta acerca de la verdad. Véase, por ejemplo, lo que está significando todo esto en orden a la definición misma de la institución matrimonial. Si el ser hombre, o el ser mujer, no posee un sentido objetivo, sino que tiene ese sentido que cada uno quiera atribuirle, no se entiende por qué deba llamarse matrimonio solo a la unión entre el hombre y la mujer. En sustancia, la sexualidad tiene el significado que tú decides atribuirle.

Esta disolución de la realidad en el juego sin fin de las interpretaciones ha tenido un efecto devastador en el espíritu: ha extenuado la pasión por el uso de la razón. Ser personas razonables, hacer uso de la propia razón, ¿qué significa sino buscar la verdad, discernir lo verdadero de lo falso y desear saber “cómo están las cosas”? La lectura del capítulo XL de la autobiografía de santa Teresa de Ávila es muy esclarecedora a este respecto. ¿Tiene todavía sentido, merece todavía la pena embarcarse en el trabajo de razonar, si cualquier conclusión tiene el mismo valor que su opuesta? La dificultad que cualquier educador encuentra a la hora de “hacer razonar” a los jóvenes tiene raíces bien profundas: es una enfermedad mortal del espíritu.

Segunda implicación
La pérdida del sentido de la libertad. Se nos priva de su consistencia dramática y grandiosa, porque es vivida reduciéndola a mero arbitrio (no pretendo dar a este término un significado ético). Arbitrio significa: libertad que se agota totalmente en la elección entre infinitas posibilidades, todas con el mismo valor, pues carecen de cualquier arraigo en un sentido objetivo. Puesto que el ser es neutral, ante el impacto que la libertad tiene con él, da lo mismo una elección que otra. Esta es ciertamente una libertad “libre de los afanes de la realidad, pero libre también de sus alegrías, libre de su bendición” (S. Kierkegaard, Sobre el concepto de ironía, Trotta, 2000). Esta disolución de la libertad en la pura elección genera en nuestros chavales y jóvenes un sentido de “cansancio” espiritual: es la tristeza del corazón, como la llaman los Padres del desierto. Y todo educador la ve hoy estampada en el rostro de muchos de nuestros jóvenes.

Tercera implicación
Se reduce el sentido de la propia vida como una historia: el sentido del tiempo se corrompe. El tiempo que pasa ya no es vivido como ocasión (kairós lo llama el Nuevo Testamento) para que tú madures, para que crezcas en el ser hacia tu plenitud, en la fidelidad a una elección que por su valor ha sido definitiva, que ha definido tu rostro, tu existencia. “Ahora” y “para siempre” son los dos polos de nuestro camino histórico. El segundo es eliminado y de esta forma también el primero ha perdido toda seriedad. La convivencia de las parejas, a menudo preferida al matrimonio sin razones serias, es un signo de esta condición espiritual.
¿ Es posible educar en este contexto? Este es el desafío que se nos lanza. ¿Es posible recuperar la pasión por la verdad, el gusto por la libertad y la alegría por el carácter definitivo del don?
En realidad se ha propuesto un proyecto educativo alternativo a la definición de educación que hemos ofrecido. Se expresa en la afirmación de G. Vattimo: “ver si conseguimos vivir sin neurosis en un momento en el que ‘Dios ha muerto’” (en Al di là del soggeto. Nietzsche, Heidegger e l’ermeneutica, Rizzoli, Milano 1981, p. 18). La alternativa no podía expresarse mejor. Tratemos de comprender su contenido.

Se trata de una educación que no introduce en la realidad, sino dentro del juego sin fin de las interpretaciones contradictorias de la realidad, de los distintos significados decididos libremente por cada uno. Es una educación que debe introducir a la persona en una existencia humana vivida como respuesta a dos exigencias de hecho irreconciliables. Por una parte una existencia humana vivida por una persona que, desenganchada de cualquier apoyo en la realidad, quiere ser libre en el sentido “abstracto” del término. Se prefiere diferir lo más posible las decisiones más serias. Se ridiculiza cualquier aspecto de definitividad en las decisiones. Se frivoliza la realidad de la existencia y por tanto de la libertad. Ser libre es hoy sinónimo de ausencia de compromiso: “soy libre” quiere decir también en el lenguaje común “no tengo compromisos”. Es significativa con respecto a esto la forma en que se ha tratado el problema de la educación sexual: informar de modo que uno pueda hacer de su propia sexualidad lo que quiera, sin sufrir daños físicos (el SIDA, por ejemplo). Por otra parte, una subjetividad como esta, afirmada a través de la deslegitimación de cualquier significado normativo fundado en la realidad, debe platearse el problema de la relación con los otros. ¿Es posible educar a una verdadera comunidad humana partiendo de esa experiencia de libertad? De nuevo, se trata tan solo a una comunidad “ligera”, no dotada de una consistencia real.

Me explico: en la hipótesis educativa de la que estamos hablando, es impensable una comunidad humana que consista en el compartimiento de los mismos valores o incluso en la “comunión de las personas” (en el sentido de comunidad conyugal). Es impensable la existencia de un universo real de valores; es impensable el don definitivo de sí mismo al otro. Pero entonces, ¿qué significa educar para la vida en sociedad? Educar en la tolerancia. Reflexionemos atentamente sobre este código social fundamental. ¿Qué significa? ¿Qué tipo de relaciones comporta? Que la alteridad, la diversidad es algo neutral: el hecho de que existan los otros no tiene ningún significado en sí mismo y por sí mismo. El nihilismo trágico consideraba que era un hecho absolutamente negativo: “los otros son el infierno” (Sartre). La Sagrada Escritura considera que es un hecho eminentemente positivo, pues “no es bueno que el hombre esté solo”. El festivo nihilismo contemporáneo juzga este hecho simplemente como carente de cualquier significado. El otro existe, y por tanto debe ser aceptado: cada uno “tolera” al que tiene al lado. No tiene sentido que yo me pregunte y te pregunte si lo que piensas es verdadero o falso: cualquier opinión y su contraria tienen el mismo valor. No hay en nosotros una acuciante pasión por la verdad. ¡Cualquier opinión debe ser respetada! Simplemente es más útil que cada uno tolere al que tiene al lado, sobre la base del principio de que mi libertad no se enfrente con la tuya. El encuentro con el otro no obedece a una alianza originaria sino que es fruto de un acuerdo al que se llega cada vez que se establece la relación. No se concibe una relación distinta de la instituida contractualmente.
He hablado de “sociedad-comunidad ligera”. Creo que ahora está claro el sentido: “ligera” significa total y exclusivamente hecha o deshecha por el libre juego de las libertades. Remitirse a una alianza originaria queda excluido.

Respuesta al desafío
El necesario esquematismo de la exposición no habrá hecho total justicia a un fenómeno cultural tan complejo. Pero creo haber delineado su esencia de forma correcta.
Estando así las cosas, el sector educativo se halla hoy ante la alternativa de dos propuestas educativas contrarias. Es un desafío que se le plantea y del cual no puede eximirse. En sustancia, es inevitable que la educación se pregunte: ¿es posible educar sin introducir en la realidad? O mejor, ¿es razonable educar sin introducir en la realidad?
En este segundo punto trataré de responder a esta pregunta. La idea central de mi respuesta es la siguiente: la única propuesta educativa razonable es la que consiste en la introducción de la persona humana en la realidad.
Antes de demostrar la verdad de esta tesis, debo explicar qué entiendo por “razonable”. De forma muy sencilla, diría que equivale a correspondiente, a conveniente a toda la experiencia humana, sin excluir nada. Para decir lo mismo, pero en negativo, una propuesta educativa distinta no corresponde, no conviene a la experiencia vivida por la persona. La persona educada de este modo se ve empobrecida de forma desmedida. Es lo que ahora trataré de haceros entender.

Ya Aristóteles hablaba de que toda vida humana espiritual nace del estupor, de la maravilla. Y uno de los más grandes Padres de la Iglesia, san Gregorio de Nisa, escribía: “Los conceptos crean los ídolos, sólo el estupor conoce” (La vida de Moisés, PG44, 377B). Estupor, ¿ante qué? Maravilla ¿hacia qué? Ante la realidad, por la realidad, ante el hecho de que exista “algo”, y no simplemente la “nada”. Ante el hecho de que yo exista.

¿ Por qué la realidad de la que tengo experiencia suscita estupor, maravilla? ¿Por qué mi mismo existir suscita estupor, maravilla? Porque no existe ninguna razón en mí por la que yo deba existir: nadie es necesario. Una página de Pascal expresa de forma estupenda este estupor, esta maravilla que se vuelve casi miedo: “Cuando considero la breve duración de mi vida, absorbida en la eternidad que precede y que sigue al pequeño espacio que ocupo, y que veo sumergido en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto, y me asombro de verme aquí mejor que allá, porque no hay razón que exista aquí mejor que allá, ahora mejor que entonces. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y por obra de quién me han sido destinados este lugar y este tiempo? Memoria hospitis unius diei praetereuntis” (Pensamientos, 205).
¿ Es posible apagar esta pregunta radical que habita en el corazón del hombre? ¿Es justo, en relación con el hombre, agotarla o censurarla? ¿No debemos más bien asumirla y comenzar un camino de respuesta?

Esta pregunta nutre lo que podríamos llamar el deseo fundamental de nuestra vida: ese deseo que nos define (los hombres son deseo: Agustín). Lo podríamos llamar deseo de la realidad, deseo de ser. La gran tradición clásica y cristiana lo indicaba con una palabra prácticamente desaparecida de nuestro vocabulario: deseo de bienaventuranza (término hoy casi totalmente vaciado y sustituido por el término equívoco de “felicidad”). Bienaventuranza es plenitud del ser.
Pero, ¿por qué esa pregunta nutre el deseo de ser? Porque al mismo tiempo afirma la limitación de mi existir y la infinitud del Ser. Cada uno de nosotros existe como un ser limitado en un mundo limitado, pero su razón está abierta a lo ilimitado, a todo el ser. Prueba de esto es el conocimiento de su finitud y limitación: yo soy, pero podría también no ser (cfr. H.U. von Balthasar, Epílogo, Encuentro, Madrid, 1998).
Cada uno de nosotros goza de bienes limitados, pero su voluntad está dirigida hacia el bien ilimitado, hacia la totalidad del bien. Prueba de ello es el sentido de insatisfacción que experimentamos continuamente. Por tanto, la “posición” de la persona humana es paradójica: puesta en una situación ontológica “frágil” (contingente), ella gusta, por así decir, del bien que es el ser, ese ser del que no está en posesión. De aquí su deseo de realidad, de bienaventuranza. Introducir a una persona en la realidad (educarla) significa guiarla hacia la bienaventuranza.
La contrapropuesta educativa de la que he hablado en el punto precedente juzga precisamente insensato este deseo (de realidad), bloqueando la búsqueda de una realidad adecuada y correspondiente a él. Extingue todo deseo hacia “otro”, cualquier búsqueda que nazca de la nostalgia de plenitud.
Lo que en definitiva está en juego en este desafío es lo que pensamos del hombre: la medida de la estima con la que lo valoramos. [...]

Carlo Caffarra, Arzobispo de Bolonia| Il Foglio, 1 de mayo de 2004