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viernes, 27 de diciembre de 2013

La Familia en la expansión del Cristianismo

Es evidente que entre el Imperio romano y la época actual hay muchas diferencias en el modo de concebir la familia. Pero también hay curiosas similitudes en cuanto al contexto en el que se movían las familias cristianas. Entonces como ahora –al menos en Europa–, los cristianos eran una minoría. Y aunque frecuentaban los mismos ambientes que los paganos, los cristianos actuaban conforme a otros criterios en el ámbito familiar.

La familia en Roma
Desde el punto de vista demográfico, el Imperio romano tenía una natalidad insuficiente, que no aseguraba el reemplazo de la población, como ocurre en la Europa actual. Para contrarrestar una alta mortalidad y los efectos de las epidemias, hacía falta una natalidad elevada, que no se consiguió. De modo que, a fin de que el Imperio no perdiera población, fue necesario abrir las puertas a un importante flujo de colonos bárbaros (los inmigrantes de entonces).
El aborto, y también el infanticidio, eran algo normal y aceptado, como medio de control de natalidad. Había una baja estima del matrimonio. Muchos de la clase alta huían del compromiso y preferían seguir solteros, hasta el punto de que el emperador Augusto (63 a.C.-14 d.C) castigó con multas a las parejas sin hijos y a los hombres de más de veinticinco años que permanecían solteros.
En la época de Cicerón, el divorcio de mutuo acuerdo o por decisión de uno de los dos cónyuges era algo absolutamente común. Jerôme Carcopino, en La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, compara la situación del matrimonio y de la mujer de clase alta en los heroicos tiempos de la República con lo que ocurría en el apogeo del Imperio en el siglo I: “Entonces la mujer estaba sometida a la estricta autoridad de su amo y señor; ahora es su igual, compite con él o lo domina. En aquel tiempo vivía bajo un régimen legal de bienes comunes; ahora vive casi exclusivamente bajo el régimen de una completa separación de bienes. Antes se enorgullecía de su fecundidad; ahora la rechaza. Era fiel; ahora es voluble y depravada. Los divorcios eran muy escasos; ahora se suceden con tanta frecuencia, que, según Marcial, se habían convertido en el mejor modo de practicar el adulterio legal” (p. 137).

Cristianos con costumbres propias
En este ambiente generalizado, hubiera sido fácil que las parejas cristianas se amoldaran a estas costumbres o que, en los matrimonios con paganos, la parte cristiana fuera arrastrada a conductas incompatibles con la fe. Pero ocurrió todo lo contrario. Entre los cristianos la familia adquirió un valor de “iglesia doméstica”, que revalorizaba el estatus matrimonial y la procreación.
San Pablo expresa las costumbres de la época al afirmar la primacía del varón en el hogar: “Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la iglesia, y salvador de su cuerpo”. Pero dedica buena parte de sus enseñanzas a exhortar a los varones a que amen a sus mujeres y a que ambos cumplan los deberes mutuos, sin exigir menos a él que a ella. “Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella…Los maridos deben amar a las mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer a sí mismo se ama” (Efesios, 5, 22).
Los cristianos exigían la fidelidad matrimonial tanto a los hombres como a las mujeres y hacían hincapié en las obligaciones del esposo respecto a la esposa tanto como a la inversa.

Una fe que atrajo a las mujeres
La simetría de la relación entre marido y mujer enseñada por San Pablo constituía una novedad absoluta respecto a la cultura pagana. El cristianismo reconocía la misma dignidad a la mujer y al hombre, como hijos de Dios con el mismo destino sobrenatural. Además, la moral cristiana, al rechazar la infidelidad matrimonial, la poligamia, el divorcio, el aborto y el infanticidio… contribuyó a elevar el estatus de la mujer y hasta a preservar su salud.
Esto era tan novedoso como atractivo. “Tanto a las mujeres desenfadadas como a las de nobles exigencias, el Evangelio les trae un aire más puro, un ideal”, escribe el historiador Adalbert Hamman en La vida cotidiana de los primeros cristianos. “Patricias y plebeyas, esclavas y matronas ricas, muchachas jóvenes y pelanduscas arrepentidas, en Oriente como en Roma o en Lyon, acuden a las filas de las comunidades. Las mujeres que tienen fortuna mantienen a las comunidades con sus riquezas”.
También Rodney Stark, profesor de sociología y religión comparada en la Universidad de Washington, en su libro La expansión del cristianismo (1), muestra que “el cristianismo resultaba extraordinariamente atractivo para las mujeres paganas, porque en la subcultura cristiana la mujer disfrutaba de un estatus muy superior al que le otorgaba el mundo grecorromano en general”.

Matrimonios con paganos
Las fuentes antiguas y los historiadores modernos coinciden en que las conversiones al cristianismo prevalecieron en gran medida entre las mujeres antes que entre los varones. Stark, como sociólogo que es, distingue entre conversos primarios, que se adhieren a la Iglesia de forma activa tras adquirir una valoración positiva de la fe, y los conversos secundarios, que abrazan la fe a partir de sus lazos personales con un converso primario.
Así, el historiador británico Henry Chadwick señala en The Early Church que “en primera instancia, [el cristianismo] penetraba a menudo en las clases superiores de la sociedad a través de las esposas”, mientras que sus maridos fueron a menudo conversos secundarios. Aunque también ocurría, como se ve en los Hechos de los Apóstoles, que cuando el padre de familia se hacía cristiano, todos los miembros de lafamilia, incluidos los sirvientes, se convertían también.
En las comunidades cristianas había un exceso de mujeres núbiles, mientras que entre los paganos había una escasez relativa de mujeres, como consecuencia del aborto e infanticidio de niñas. De ahí que el matrimonio mixto, sobre todo de mujer cristiana con marido pagano, fuera una situación frecuente a lo largo de los primeros siglos en todas las clases sociales. Tanto Pedro como Pablo lo admitieron, y vieron ahí un modo de que los maridos “sean ganados sin palabras por el comportamiento de sus mujeres” (1 Pedro 3, 12).

La presencia de la mujer
La situación de la mujer entre los primeros cristianos también tiene algo que decir sobre la función de la mujer en la Iglesia actual. Tanto entonces como ahora en las comunidades cristianas había más mujeres que hombres, y muchas veces las mujeres precedieron a sus maridos en la incorporación a la Iglesia. Los autores discuten sobre los puestos de dirección que ocupó la mujer en las comunidades cristianas, pero está claro que no recibieron el sacerdocio ni formaron parte de la Jerarquía. Sin embargo, su aportación fue decisiva para difundir la fe.
Hoy día todo el mundo está de acuerdo –empezando por el papa Francisco– en que la Iglesia necesita contar más con la participación de las mujeres. Pero con frecuencia esto se focaliza en cuestiones como el sacerdocio femenino o la incorporación a tareas de organismos eclesiásticos. Es verdad que la presencia de mujeres en estructuras de la Iglesia enriquece las perspectivas y aporta nuevas energías. Pero tampoco es lo más decisivo para la nueva evangelización. Basta ver esas confesiones protestantes llenas de pastoras y con templos vacíos.
El campo de juego de la nueva evangelización es la sociedad. Y es ahí, en el mundo del trabajo, en la comunicación, en la moda, en la política, en la enseñanza, en la familia… donde la aportación de las mujeres cristianas es insustituible. Hoy la influencia social de la mujer puede llegar más lejos que en el mundo romano, precisamente porque está presente en todos los ámbitos igual que el hombre.
Pero, a diferencia de la situación de los primeros siglos, los matrimonios cristianos de hoy necesitan reinventar un modelo de hogar en el que el marido y la mujer puedan compatibilizar trabajo y familia, buscando en cada caso cuál es la fórmula más adecuada para atender las responsabilidades profesionales y domésticas. De cómo lo consigan, dependerá también en buena parte su fecundidad.

Familias fecundas
En el mundo grecorromano, las familias cristianas tuvieron una tasa de fertilidad superior a la de los paganos, tanto por el rechazo del aborto y del infanticidio como por su misma concepción del matrimonio. La expansión del cristianismo depende también hoy de la fecundidad de las familias cristianas. Y si la sustitución de las generaciones exige una tasa de fertilidad de al menos 2,1 hijos por mujer –mientras que la media europea está en 1,6–, el crecimiento del cristianismo requerirá algo más que el relevo generacional.
Hoy, del total de católicos, 350 millones viven en Europa y Norteamérica, mientras que 750 millones están en Latinoamérica, África y Asia. Y el crecimiento demográfico es la principal causa del aumento de católicos. No es casualidad que la Iglesia crezca pujante en África y Asia, donde el aumento de los católicos sobrepasa el crecimiento demográfico. En cambio, en Latinoamérica la proporción de católicos respecto a la población total ha bajado, en EE.UU. ha aumentado, en buena parte por la inmigración, y en Europa el declive religioso ha ido de la mano del demográfico.
En estas condiciones, la actitud más contraproducente para la expansión del catolicismo sería dar por buena la mentalidad anticonceptiva que predomina en la sociedad y que alcanza también a los matrimonios católicos. En la época en que se publicó la Humanae Vitae la Iglesia católica fue acusada de ignorar el problema de la superpoblación. Pero hoy el “invierno demográfico” que se ha instaurado en las regiones donde la contracepción y el aborto se han extendido más –con sus secuelas de envejecimiento de la población, amenaza para las pensiones, escasez de trabajadores–, revelan que la doctrina católica favorece también el dinamismo demográfico que se echa en falta.
Este vuelco demográfico del catolicismo del norte al sur implica también un cambio de perspectivas y de prioridades. Los cristianos del sur –tanto católicos como protestantes– son mucho más tradicionales en temas como la familia, la homosexualidad o el aborto, y pueden aducir a su favor que les está yendo bien. Así que –al margen del problema de la verdad– no tendría sentido práctico adecuar la doctrina y la pastoral a fragilidades familiares del norte, que es donde más falta hace un revulsivo.
Se dirá que en el mundo occidental las mujeres católicas no se distinguen mucho de las demás en cuanto al uso de anticonceptivos. Pero, aparte de que entre las católicas practicantes sí hay diferencias, la nueva evangelización exigiría que la Iglesia explicara mejor su doctrina y diera a conocer esos métodos tan desconocidos de regulación natural de la natalidad, alternativa a una contracepción química que sigue teniendo efectos adversos para la salud de las mujeres (cfr. Aceprensa 26-09-2012, “Las católicas practicantes y el uso de anticonceptivos”).

Redes abiertas
La necesidad de reafirmar la identidad católica para una nueva evangelización, no significa que las familias cristinas tengan que moverse en círculos cerrados con una mentalidad defensiva para no desvirtuarse. Al contrario. Si algo enseña la experiencia de los primeros cristianos es que supieron mantener redes abiertas en la vida social, y que esto fue la clave de su expansión.
Como escribe Stark: “La base para los movimientos triunfantes de conversión es el crecimiento a traves de redes sociales, por medio de una estructura de lazos interpersonales directos e íntimos. La mayoría de los nuevos movimientos religiosos fracasan porque muy pronto se transforman en redes cerradas o semicerradas. Es decir, no siguen creando y sosteniendo vínculos interpersonales con los extraños a su fe, por lo que pierden su capacidad de crecer”. En cambio, lo que sabemos de los primeros cristianos es que se mantuvieron como redes abiertas, incorporando a nuevos conversos a través de matrimonios mixtos y participando en la vida social codo con codo con los demás ciudadanos, en todo lo que no era incompatible con su fe.
Pero, para atraer a otros, primero hay que estar convencido de que uno tiene lo mejor. Por eso la nueva evangelización empieza por reafirmar la identidad de los católicos para que sean levadura en la masa, y no un trozo de masa más.

Medicina preventiva
La experiencia del cristianismo de los primeros siglos puede sugerir algunas pautas para la nueva evangelización a partir de las familias cristianas en la actualidad. En primer lugar, está claro que lo que contribuyó a la expansión del cristianismo no fue el acomodamiento de su concepción del matrimonio y de la familia a lo que era habitual entonces, sino el ir a contracorriente.
También hoy día la fe será más atractiva si se ve encarnada en hombres y mujeres que viven el matrimonio con la idea de que es su camino para alcanzar la plenitud de la vida cristiana, tal como propuso el Vaticano II. Un ideal alto y exigente, pero también atractivo para los que desean que el matrimonio no se reduzca a un experimento de “a ver si esto funciona”, con la salida fácil del divorcio-exprés.
Los primeros cristianos sabían que ni él ni ella podían romper el vínculo matrimonial: “A los casados les mando, no yo sino el Señor– decía San Pablo–, que la mujer no se separe del marido, y en caso de que se separe, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con su marido; y que el marido no despida a su mujer” (1 Corintios, 7, 10-11). Ciertamente, esto exigirá una preparación al matrimonio mucho más sólida que la actual, precisamente porque el contexto cultural de hoy no ayuda a comprender rasgos básicos del matrimonio cristiano como la indisolubilidad, la fidelidad y la apertura a la vida. Como también será conveniente que las familias jóvenes cristianas encuentren un apoyo en comunidades parroquiales e instituciones varias que les ayuden a superar momentos de crisis. Es decir, medicina preventiva.
De lo contrario se corre el riesgo de centrar la atención pastoral en situaciones donde ya se ha producido algún descalabro: parejas que conviven sin casarse, divorciados vueltos a casar, posibles matrimonios nulos… No cabe duda de que también estos necesitan una atención pastoral, pero incluso ellos han de poder mirarse en familias donde el ideal cristiano del matrimonio sea una realidad vivida. Lo que tiene poco sentido es que se consideren progresistas propuestas de cambio que llevarían a una especie de “divorcio para católicos”, cuando el auténtico avance exige fortalecer a las parejas para que vivan con autenticidad su compromiso.
Si el caso de los divorciados vueltos a casar es hoy un problema, el modo más eficaz de abordarlo es procurar evitar que los casados se divorcien. Y si ahora parece tan importante que los divorciados puedan participar en la penitencia y en la eucaristía, razón de más para hacer hincapié en la vida sacramental de los casados, lo que contribuirá a reforzar su compromiso.

Ignacio Aréchaga | Aceprensa
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Notas
(1) Rodney Stark, La expansión del cristianismo. Trotta. Madrid (2009) 219 págs. (Cfr. Aceprensa 28-05-1997).