Loading...

lunes, 29 de octubre de 2012

Pequeña historia del legitismo escocés




Madrid, 21 de Octubre de 2012
Con ocasión de la firma en Edimburgo el 15 de octubre de 2012 por parte del primer ministro británico, David Cameron, y el presidente escocés, Alex Salmond, del acuerdo político por el que los poderes del Estado delegan en el parlamento regional la capacidad de convocar y organizar un referendo de independencia antes del final de 2014, se ha puesto de moda comparar por parte de algunos nacionalistas catalanes y vascos su situación política con la situación escocesa. 

Es evidente que la historia de España nada tiene que ver con la historia de Gran Bretaña, y que la situación de las provincias vascas o del Principado de Cataluña nada tiene que ver con la historia de Escocia.

Una primera reflexión realizada desde la historia nos permite afirmar que si bien Escocia puede ser tratada como una unidad a efectos históricos (a pesar de las diferencias existentes entre las Tierras Altas y las Bajas, diferencias lingüísticas, religiosas y de clanes), no así ni las provincias vascas ni el principado de Cataluña. Efectivamente para el análisis de la vinculación entre las provincias vascas y la corona de Castilla sería necesaria realizar un estudio por separado de los tres territorios forales (Vizcaya, Guipúzcoa y Vitoria). A su vez con respecto a la vinculación del Principado de Cataluña con la idea nacional de España tendríamos que considerar la realidad histórica de la corona de Aragón y prescindir de la existencia de un supuesto e imaginario reino catalán.


Jacobo II, gobernó a pesar de su catolicismo, 
pero fue expulsado. Sólo gobernaron de facto
sus hijas anglicanas.

No es nuestra intención hacer un estudio pormenorizado de la idea del nacionalismo escocés, ni siquiera realizar un estudio de la existencia del nacionalismo catalán y vasco, sino que con ocasión del revuelo de la consulta escocesa queremos tratar sucintamente del nacimiento del legitimismo escocés, legitimismo que supone por si un vivo contrates con el movimiento legitimista profundamente arraigado en las provincias vacas y el principado catalán, pues precisamente en España el legitimismo ha sido un legitimismo nacional hispano y plurirregional, no un legitimismo regional, pues ni las provincias vascas, ni Cataluña, han luchado nunca en su historia por una independencia con respecto al concepto más amplio de España, sino que precisamente han tomado las armas cuando España dejaba de ser fiel a sí misma (ejemplos sobrados tenemos en la guerra de Sucesión Española, en la guerra contra la ocupación francesa, o las guerras carlistas donde ambas regiones se caracterizaron por defender una monarquía absoluta e hispana).

Escocia es uno de los reinos históricos europeos que como todo reino mantuvo numerosas guerras y alianzas con sus vecinos, y muy especialmente con los ingleses. Así durante la Edad Media son numerosos los conflictos entre ambos reinos, enfrentamientos caracterizados por una marcada conflictividad territorial debido a las difusas fronteras entre ambos reinos. Así las cosas, y remontándonos a los tiempos inmediatos al nacimiento del legitimismo escocés, en 1603 Jacobo VI de Escocia se convirtió en Jacobo I de Inglaterra tras la muerte de Isabel I sin descendientes, uniendo las coronas pero manteniendo los parlamentos separados, por lo que Escocia mantuvo su gobierno, un gobierno no exento de enfrentamientos políticos entre los escoceses y los ingleses.

A este primer rey Estuardo de Inglaterra, Escocia e Irlanda le sucede su hijo Carlos I defensor del absolutismo frente a un Parlamento Inglés que no estaba dispuesto a dejar la política en manos únicamente del monarca. Este enfrentamiento le valió a Carlos I su condena a muerte, y el triunfo desde 1642 hasta 1689 de la llamada Revolución Inglesa en la que se viven tres guerra civiles, un fase republicana, una dictadura militar, y la definitiva instauración de los Estuardo en 1660 bajo el reinado de Carlos II Stuart que sabe mantener unidos sus reinos en un estado de aparente tranquilidad.

Carlos II muere sin descendencia en 1685 por lo que las coronas de Inglaterra y Escocia pasan a su hermano Jacobo (James VII de Escocia y II de Inglaterra), quien antes de acceder al trono se había convertido al catolicismo. Es esta conversión al catolicismo la que provocará continuos enfrentamientos entre Jacobo y el Parlamento, enfrentamientos que aparentemente terminan con el compromiso asumido por Jacobo (entonces Duque de York) de educar a sus hijas Mary y Ann en la fe anglicana. Este compromiso pareció convencer a la nobleza inglesa pues tras su coronación como rey esa misma nobleza apoyó a Jacobo frente a las pretensiones del Duque de Monmouth (hijo natural de su hermano Carlos II) quien alegando el catolicismo de Jacobo pretendió infructuosamente hacerse con el trono.

Jacobo VII una vez eliminado el Duque de Monmouth, y creyendo asumida plenamente su condición de católico por parte de la nobleza inglesa, decide revocar el Acta de Prueba (Test Act) consistente en una serie de leyes penales que instauraban la revocación de diversos derechos cívicos, civiles o de familia para los católicos romanos y otros disidentes religiosos no anglicanos, estableciendo varios principios discriminatorios destacados, como la exclusividad del acceso a los cargos públicos para los anglicanos. Con esta revocación Jacobo abandonaba la política apaciguadora de su hermano Carlos II aumentando las tensiones no tanto entre escoceses e ingleses sino más bien entre anglicanos y católicos.

No contento Jacobo con la revocación de Acta de Prueba decidió imponer autoridades católicas en el ejército y en la Universidad de Oxford, al igual que decidió la publicación de una Declaración de Indulgencia en la que se propugnaba la igualdad de católicos, anglicanos y puritanos.

Todas estas tensiones, que habían sido soportadas por la nobleza sabedores que las herederas al trono estaban formadas en la fe anglicana, llegan a su máxima expresión en 1688 cuando la segunda esposa de Jacobo, la católica María de Módena, dio a luz a un niño inmediatamente bautizado en el seno de la Iglesia Católica, y que llevaría por nombre Jacobo Francisco Eduardo Estuardo (James Francis Edward). Este joven heredero garantizaba la sucesión católica al trono inglés, por lo que los líderes protestantes ingleses que dominaban el Parlamento, lanzaron una revolución en defensa de la monarquía parlamentaria y de la preeminencia de su religión. 

Jacobo III de Inglaterra,
también conocido como el Old Pretender.
Fue reconocido como rey por numerosos
estados entre ellos Francio y los Estados Pontificios


Para la defensa de los intereses anglicanos el Parlamente decidió recabar la ayuda de Guillermo de Orange, esposo de Mary, la primogénita del propio Jacobo, quien desembarcó en Inglaterra el 15 de noviembre de 1688 con su ejército procedente de Holanda. Jacobo VII decidió no presentar resistencia ante dicha ocupación y huyó a Francia con su mujer y su hijo. En este momento podemos entender que nace el legitimismo escocés (e inglés) pues Jacobo VII de Escocia (II de Inglaterra) fue despojado de su reino, y su descendencia habida con María de Módena fue eliminada del orden de sucesión. 

Sin duda alguna el legitimismo escocés ha sido el legitimismo más breve de todos los que conocemos (nada que ver ni con el longevo carlismo, ni con el influyente legitimismo francés), pero en su haber también cuenta con ser el legitimismo más curioso de todos ellos. Efectivamente, resulta curioso que la Convención de Pares y representantes de los Comunes convocados por Guillermo de Orange despoje de todos los derechos al trono a Jacobo VII de Escocia y II de Inglaterra, y sin embargo otorgue los derechos sucesores a su propia hija María (II de Inglaterra), es decir, Jacobo VII es el mismo el origen de la dinastía legítima y no reinante de los Estuardo, y a la vez es origen de la dinastía ilegítima y reinante de los Orange, a través del matrimonio de Guillermo con su hija María. 

Desde Francia Jacobo VII reclutó el ejército que desembarcó en Dublín, dado que los católicos irlandeses habían manifestado su rechazo al nuevo orden sucesorio fijado por Guillermo de Orange. El 1 de junio de 1690 ambos ejércitos se enfrenta junto a las riberas del Boyne, en donde Richard Talbot, I conde de Tyrconnell, Lord Teniente de Irlanda, y comandante de los ejércitos jacobitas no pudo evitar la derrota; Jacobo volvía a huir a Francia abandonando a su suerte a los irlandeses que siguieron luchando hasta el Tratado de Limerick en 1691.

Desde este año 1691 los legitimistas no presentaron mayores problemas a la corona de Guillermo de Orange quien continuó reinando tras la muerte de María II el 28 de diciembre de 1694. 

En 1701 muere Jacobo II heredando los derechos sucesorios legitimistas Jacobo VIII de Escocia y III de Inglaterra (James Francis Edward). Al año siguiente (1702) muere sin descendencia Guillermo de Orange sucediéndole en la corona de Inglaterra y Escocia la segundo hija de Jacobo II, Ana, que con el correr del tiempo sería Ana de Gran Bretaña y la causante del nuevo resurgir del legitimismo inglés y escocés. 

Efectivamente, tras la muerte de María II y la constatación de la ausencia de descendencia por parte del matrimonio de María y Guillermo, el Parlamento Inglés aprobó en 1701 el Acta de Establecimiento que garantiza la sucesión a la Corona de Inglaterra a los miembros de la familia protestante de la Casa de Hannover. No obstante el Parlamento Inglés había cometido la negligencia de no consultar al Parlamento de Escocia que, por otra parte, intentó preservar la dinastía Estuardo. Así en 1704 fue aprobada en Escocia el Acta de Seguridad en la que se estipulaba que si la reina moría sin descendencia, se concedía a los Estados el poder de elegir al siguiente monarca escocés de entre los descendientes protestantes de la casa real de Escocia. La persona elegida por los Estados no tenía que ser necesariamente la misma que subiera al trono inglés, a menos que varias condiciones religiosas, económicas y políticas fueran aceptadas por el elegido. Aunque no era lo políticamente más conveniente, el Acta obtuvo el asentimiento real cuando el Parlamento Escocés amenazó con retirar las tropas escocesas del duque de Marlborough en Europa (a la sazón se estaba desarrollando la guerra de Sucesión Española) y negarse a pagar los impuestos.  l Parlamento Inglés respondido con el Acta de Alienación (1705), que impuso grandes sanciones económicas y por la cual los súbditos escoceses serían declarados extranjeros (quedando con el grave peligro de perder las propiedades que tuvieran en Inglaterra), a menos que Escocia aprobara el Acta de Seguridad o aceptara la unión con Inglaterra. Los Estados eligieron la segunda opción, y se designaron comisionados para negociar los términos de la unión. Los Artículos de la Unión fueron aprobados por los comisionados el 22 de julio de 1706, y fueron aceptados por el Parlamento Escocés (pese a una oposición abrumadora de la mayoría de escoceses) el 16 de enero de 1707. De acuerdo al Acta, Inglaterra y Escocia se convirtieron en un solo reino llamado Gran Bretaña el 1 de mayo de 1707. 

Precisamente ese decreto de Unión de 1707 permite a Jacobo III de Inglaterra y VIII de Escocia (reconocido como tal por Francia, España, los Estados Pontificios y Módena) intervenir en la política inglesa tratando de invadir infructuosamente Escocia en 1708. El rey legítimo volvería a intentar el levantamiento de Escocia por lo que participó en una rebelión restauradora en Escocia en 1715 siendo derrotado nuevamente. Tras su nuevo fracaso se instaló con su familia en los Estados Pontificios por cuanto Francia se abstuvo de seguir apoyando sus esfuerzos de restauración, pues Luis XV no deseaba un enfrentamiento con Gran Bretaña por este motivo. Jacobo III siguió defendiendo la causa católica pero con poco éxito. 

Nieto de Jacobo II, protagonizó
el intento militar más serio
para la reivindación del trono por
parte de los jacobitas


Jacobo III se casó con la Princesa Clémentina Sobieska (1702–1735), nieta del Rey Juan III de Polonia. De este matrimonio nacieron dos hijos. El primero Charles Edward (1720- 1788), llamado más tarde el Joven Pretendiente (Young Pretender o Young Chevalier) y Henry (1725- 1807) futuro Cardenal York. No obstante seguir ejerciendo los derechos sucesores en 1743 Jacobo III decidió ceder la jefatura de la familia Estuardo a su hijo mayor Carlos, aunque sin renunciar a sus derechos dinásticos. 

Aunque lo cierto es que esta cesión en la jefatura de la familia Estuardo no sentó nada bien ni a Francia, ni a los estados Pontificios, sin embargo esta circunstancia no impidió que Charles Edward planificara el levantamiento más organizado de todos los planeados en la historia legitimista inglesa. Así en 1745 se inició nuevamente un levantamiento jacobita formándose un ejército integrado principalmente por highlanders escoceses. De una forma rápida los legitimistas fueron capaces de hacerse con el dominio de las Tierras Bajas pasando a controlar todas las zonas rurales y conquistando Edimburgo. No obstante su excesiva confianza en el apoyo popular y en los refuerzos navales prometidos por Luis XV provocaron que el ejército jacobita se tuviera que replegar tras haber avanzado considerablemente sus posiciones con las toma de Carlisle y Mánchester, y logrando acercarse peligrosamente a la misma Londres. Finalmente las tropas reales enviadas por el monarca Jorge II lograron controlar las tierras escocesas y vencer definitivamente en la Batalla de Culloden en abril de 1746 a los leales jacobitas. 

Carlos, tal y como hiciera su abuelo, tuvo que abandonar Escocia, aunque en esta ocasión el joven pretendiente permaneció escondido durante meses antes de poder huir a Francia. A pesar de todos los esfuerzos realizados en 1766, tras la muerte de su padre, no logró ser reconocido como rey (Carlos III) por los Estados Pontificios; sin duda alguna su disoluta vida (aficionado en exceso a los encantos femeninos y al alcohol) y su proverbial irresolución fueron los motivos principales de dicha falta de reconocimiento.

Con todo hay que reconocer que el Young Chevalier suscitó en un principio grandes esperanzas, pues había gozado de gran simpatía personal, incluso entre sus opositores, siendo recordado como un líder carismático que podía atraer la buena voluntad de la gente común. Es más, su imagen había suscitado el entusiasmo de los escoceses, y muy especialmente de las mujeres, que veían en el joven Carlos un monarca apuesto y dispuesto. Este aprecio inicial de su pueblo, la difusión de su imagen, y su mismo nombre Carlos, hacen que su figure nos recuerde en algunas facetas a la de nuestro rey Carlos VIII, que también demostró tener afición al bello género.

Muerto el rey Charles en 1788 sin descendencia heredó los derechos de la casa de Estuardo al trono británico su hermano Enrique (Enrique IX de Inglaterra y I de Escocia). Ordenado sacerdote en 1747 decidió dedicarse a su carrera eclesiástica llegando a cardenal, sin participar en actividades destinadas a la restauración de los Estuardo. Debido a la Revolución Francesa perdió gran parte de sus riquezas, constituida por propiedades heredadas en Francia, por lo que murió pobre en Roma en 1807, legando sus derechos al trono a Carlo Emmanuele IV de Saboya, rey de Cerdeña.

Desde la muerte de Enrique, aunque a través de Carlos Emmanuele se han sucedido los diferentes reyes legítimos, se puede decir que el legitimismo de origen católico escocés e inglés había concluido para la historia de Gran Bretaña.

sábado, 13 de octubre de 2012

Día de la Hispanidad y una anécdota del carlismo argentino


A fines de 1903, El Legitimista Español, periódico carlista argentino animado por Francisco de Paula Oller, lanzó la idea de que en alguna buena plaza o parque de la Ciudad de Buenos Aires se levantase un monumento escultórico dedicado a Isabel la Católica, la gran Reina española que fue autora moral del descubrimiento y evangelización de América.

Desde entonces, la Redacción del diario no tuvo reposo hasta lograr que otros periódicos adoptasen la idea. Un año después, quedó conformada una Comisión Pro Monumento a Isabel la Católica que contó entre sus filas a prominentes diputados, senadores y diplomáticos. Finalmente, el Sr. Oller logró una entrevista con el presidente Manuel Quintana quien accedió a ocuparse del asunto.

Fue así que, durante el período legislativo 1905, tras los trámites parlamentarios y legales de rigor, el Congreso de la Nación sancionó con fuerza de ley la autorización para "la erección en la capital de la República, de un monumento conmemorativo del descubrimiento de América y sus promotores".

La noticia fue festejada por los carlistas y patriotas, argentinos y españoles, a ambos lados del Atlántico. Se proclamaba así el afecto del Nuevo Mundo a la Reina Católica que, con sus alientos y protección a Cristóbal Colón, logró el descubrimiento, la evangelización y la conquista del mismo para la Civilización Cristiana.

Don Francisco de Paula Oller recibió merecidos elogios de la prensa carlista y tradicionalista de toda América y la Península Ibérica por este logro de la causa.

Se hicieron varios bosquejos y proyectos, sin llegarse a acuerdo, y lamentablemente los planes fueron atrasándose. Tampoco la situación económica, generada por la crisis sobrevenida en aquel tiempo, ayudó.

En el medio se levantaron otros monumentos, como el de Colón (detrás de la casa de gobierno) y el de los Españoles Residentes en el País por el Centenario del 25 de Mayo 1810 (en el cruce de las avenidas del Libertador y Sarmiento). El primero parecía haber cumplido con la celebración del descubrimiento pero, como indicaron los medios tradicionalistas, el proyecto de El Legitimista Español era celebrar a la gran Reina de Castilla, sin cuyos auxilios la empresa colombina hubiese sido imposible. El segundo, por otro lado, agotó las arcas de la colectividad española en la Argentina.

Finalmente, el escultor Arturo Dresco, encargado del trabajo en 1910, concluyó su obra, que fue inaugurada el 12 de octubre de 1936 y se la conoce como Monumento a España sobre la Costanera Sur, en ese entonces lugar en pleno auge, donde los porteños pasaban sus fines de semana y bañaban en las aguas del Río de la Plata aún no contaminado. Para quien desee visitarlo, el grupo escultórico se encuentra en la Avenida España 2400, sobre la plazoleta Ciudad de Salamanca.

Quizá el monumento no sea exactamente lo que sus promotores carlistas más de treinta años antes pensaban, pero igualmente es de una belleza sublime. Dresco buscó con su obra "compendiar un pedazo de historia hispanoamericana que podría ser la del descubrimiento, la conquista, la colonización o el virreinato".

Se trata de una gran base de granito colorado, con la frase "Fecunda, Civilizadora, Eterna", grabada en el centro. Sobre este basamento se apoyan veintinueve personajes históricos. En el centro abajo está Cristóbal Colón arrodillado frente a la reina Isabel la Católica en un gesto magnífico bendiciendo el proyecto.


En lo más alto del grupo encontramos dos esculturas que representan a una joven de pie, la Argentina, y a una mujer madura sentada, su madre, España. En el lateral que mira al NE está el explorador Juan Díaz de Solís, descubridor del Río de la Plata y fundador del primer asentamiento en estas cosas, el fuerte de Sancti Spiritus. En el lateral que mira al SO está el gran Fernando de Magallanes, quien exploró en su viaje de circunvalación las costas de la actual Provincia de Buenos Aires y de la Patagonia.

En la cara que mira hacia el NO, tenemos sobre el ala NE al explorador Alvar Núñez Cabeza de Vaca,  al caudillo Domingo Martínez de Irala, al fundador Jerónimo Luis Cabrera, al explorador Sebastián Elcano y, sentado, al cronista Martín del Barco Centenera. En esa misma cara, pero sobre el ala SO, se encuentran el explorador Sebastián Gaboto, el Padre Bartolomé de Las Casas consolando a una aborigen que se arrodilla a sus pies, a los fundadores Juan de Garay y Pedro de Mendoza.


En la cara que da al SE: tenemos sobre un ala a los virreyes Juan José de Vértiz y Pedro de Cevallos,  a San Francisco Solano junto a un niño indígena y al caudillo gobernador Hernandarias de Saavedra. Sobre la otra ala, el Padre Fernández junto a un niño indio, el explorador Félix de Azara, los virreyes Joaquín del Pino, Pedro Cerviño y Baltasar Hidalgo de Cisneros.


Además, el monumento constaba de una placa de bronce de la Asociación Patriótica Española, fundada durante la Guerra de Cuba y en donde revistaban unos cuantos carlistas, que tenía grabada los nombres de los marinos que acompañaron a Cristóbal Colón en el descubrimiento del Nuevo Mundo el 12 de octubre de 1492, día de la Virgen del Pilar.

¡Feliz día de la Hispanidad!

viernes, 12 de octubre de 2012

El legitimismo en la esencia del carlismo: Aviso a navegantes


Bajo el título de tradicionalismo hay mucho turbio y equívoco, hasta el extremo de cobijar los que, si en su día fueron secuaces de la buena Causa, hoy andan perdidos por laberintos de liberalismo.

Sobre todo por haber olvidado que la legitimidad es la garantía del contenido ideal, algo así como el tapón precintado del vino de marca. Ya se sabe: salta el tapón y no hay quien responda del vino. Lo más natural  es que se corrompa. Carlismo, pues, de pura legitimidad, pues sin ella las ideas se corrompen. Por algo el posibilismo, que cierra los ojos a las exigencias de la legitimidad, suele ser el peor enemigo de la Causa

(Álvaro d' Ors. Revista Montejurra nº22)

“La monarquía, como una esperanza remota, porque antes hará falta un gobierno fuerte, provisional, que reconstruya el país y que establezca una constitución para que pueda venir el rey”. Es decir, que la monarquía no es salvación, sino náufrago al que se ha de salvar. Los salvadores son ellos, un gobierno cualquiera, los más acreditados del demos, una república, el mando de muchos para restablecer la vida pública. Luego, esperanza remota…, cuando ya todo está construido, se pone como remate el adorno de un rey. ¡No sirve para otra cosa! Ese es el rey del régimen democrático constitucional y los que así piensan son revolucionarios hasta la médula aunque no lo sepan

(Luis Hernando de Larramendi  ‘Cristiandad, Tradición, Realeza’)

El carlismo tuvo arraigo popular gracias a su legitimismo dinástico, de tal modo que sin este hecho difícilmente hubiera aparecido en la historia española un movimiento político semejante, aunque su principal y más profunda motivación fuera religiosa. Podríamos encontrar semejanzas con otros movimientos antirrevolucionarios como la Vendée, los tiroleses de Austria o los cristeros de México. Pero estos casos, después de haber fracasado su levantamiento militar desaparecen como movimientos políticos. El carlismo, por el contrario, reaparece en la vida política española tras varias derrotas militares y largos períodos de paz en que se afirma que ha perdido toda su virtualidad. Se explica esta diferencia por el hecho de que la defensa de los principios político y religioso está íntimamente unida con la causa dinástica. Por ello Cuadrado puede afirmar que si ésta desapareciera su presencia se refugiaría “en las regiones inofensivas del pensamiento”.
Si se tratara de encontrar el medio para que desapareciera definitivamente el carlismo de la escena política española, habría que seguir aquella política que se propone desde El Conciliador.Hacer que desaparezcan las motivaciones dinásticas y de este modo se habrá conseguido que el carlismo no represente un permanente peligro de desestabilización política”.

(José Mª Alsina Roca. El Tradicionalismo Filosófico en España)

ORDEN SOCIAL, CULTURA Y AMOR EN GUSTAVE THIBON


Contra la absurda pretensión reduccionista que tanta gente sostiene, presumiento que todo está en internet hay que decir que todavía quedan muchos libros y artículos en papel, en negro sobre blanco, que no están en internet y que merecen ser leídos. Ayer queríamos saber más de Gustave Thibon y nos acordamos de un artículo -escrito por Fernando García-Mercadal, un artículo sobre Thibon- que leímos con anterioridad a leer al mismo Thibon; es más, este artículo nos incitó a buscar libros de Thibon, hace ahora muchísimo tiempo. Por eso mismo hemos pensado que, aunque no lo transcribamos íntegramente, bueno sería transcribir unos densos y sendos pasajes que nos parecen de lo más interesante a quien quiera introducirse en la lectura del filósofo francés Gustave Thibon. Decir también que, gracias a este artículo, supimos que Gustave Thibon pronunció una conferencia en el Colegio Mayor Belagua de Pamplona, durante el curso académico de 1974-1975, bajo el título de "Instrucción y Cultura"; conferencia que reprodujo, en su día, la revista NUESTRO TIEMPO (NÚMEROS 255-256).



EL ORDEN SOCIAL

Nuestro autor mantiene una visión organicista de la sociedad. Se trata, nos dice, "de redimir lo social coronándolo con lo espiritual; la familia, las comunidades agrícolas y artesanales, las sociedades de tipo feudal o monárquico, y por encima de todo la Iglesia, realizan este ideal, en la medida en que no degeneran en conformismo o tiranías".

La ciudad moderna representa la antítesis de su modelo político, porque en ella se confabulan el dinero desconocido, el estado abstracto y "el parloteo de los medios de comunicación". Deplora, también, la agonía del civismo y la paulatina desaparición de las agrupaciones naturales y diversificadas en donde primaba el respeto a la ley de la sangre y una cotidiana relación de vecindad que permitía desenmascarar fácilmente al parásito que hurta el rendimiento de los demás sin aportar nada a cambio. Y considera paradójicas: "Las conciencias planetarias, dispuestas a asimilar sin dificultad a cualquier habitante de las antípodas, o incluso a un marciano si lo hubiera, pero que, en cambio, rechazan, en bloque, la herencia moral de sus propios ancestros".

El positivismo, marxista y capitalista, quedan en definitiva, neutralizados por el espíritu conservador que puede adoptar dos vías: la fidelidad viva, consistente en prolongar lo mejor del pasado, y el amor contemplativo que proyecta el presente hacia la eternidad.

Thibon practica, por consiguiente, una especie de meritocracia o neoplatonismo político: que gobiernen los mejores, los más capacitados, tras un pacto popular sacralizado por el juramento, la lealtad y el espíritu caballeresco, que son la mejor garantía, junto a Dios -origen de la libertad humana-, contra cualquier totalitarismo.

INSTRUCCIÓN NO ES CULTURA

En esta ceremonia de la confusión que padecemos todo tiende a diluirse, y la palabra cultura, como tantas otras, se emplea sin rigor alguno para describir realidades que muchas veces le son totalmente ajenas.

La cultura es algo interior y se refiere al ser; son los valores de cotización permanente. Para el hombre genuinamente culto "existe no sólo lo desconocido, sino también lo incognoscible". Su acceso al conocimiento implica necesariamente su participación vital, una capacidad de reflexión, de crítica y no una mera acumulación de datos. La instrucción, en cambio, es superficial y referida al tener. Así el dogmatismo utilitarista y laico se ufana de haber agotado la introspección de las cosas con la simple medición de sus aspectos cuantitativos y concibe lo misterioso como una "ignorancia provisional" que terminará por iluminarse a medida que la ciencia avance. Thibon hace suya una afortunada frase de Víctor Hugo: "el espíritu científico toma lo exacto por lo verdadero".

LA DIALÉCTICA DEL AMOR

Thibon no se limita como tantos otros teóricos a realizar un diagnóstico de las dolencias de nuestra época, sino que también propone los correspondientes remedios. Precisamente por eso el amor, el verdadero amor, el que nada tiene que ver con los comercios fundados en la búsqueda del placer o del provecho, ocupa un destacadísimo lugar en sus intenciones. Un amor repleto de exigencias superiores, que es pudor, ofrenda, fuente secreta, refugio, sinceridad, ternura, fusión y distancia, todo a la vez. Un sentimiento hermoso e incomparable que adquiere su máxima plenitud en la espontaneidad del abrazo conyugal y que exige siempre un profundo respeto hacia los demás: "Amar es tener hambre juntos, no devorarse el uno al otro".

Resumiento. Afligido ante un universo amoral que ha quebrado los modelos tradicionales ideados por nuestros mayores para representar la ley inmutable y divina, Thibon nos propone el amor como el instrumento de esperanza capaz de purificar las miserias de este mundo.

"Gustave Thibon: la sabiduría de un campesino", artículo de Fernando García-Mercadal, publicado en la revista PUNTO Y COMA, Invierno 1988-1989

El capitalismo y el socialismo contra la propiedad. Rafael Gambra y las bases antropológicas de la propiedad humana


La propiedad capitalista comenzó con el liberalismo económico, con el código napoleónico y la división forzosa de patrimonios, con las leyes desvinculadoras, antigremiales y desamortizadoras. Hoy está escrito en las almas, en las costumbres y en las leyes.

Los males y abusos del capitalismo no se eliminan con la socialización de los bienes. Eliminar la propiedad privada es cortar definitivamente las bases económicas de la familia y también de otras muchas instituciones que sirven de contrapoderes al Estado y hacen posible la libertad política. En frase de Hilaire Belloc "tal solución sería como, pretender cortar los horrores de una religión falsa con el ateísmo, o los males de un matrimonio desdichado con el divorcio, o las tristezas de la vida con el suicidio (La Iglesia y la propiedad privada). Entregar toda la riqueza posible a un solo administrador universal supone el definitivo desarraigo del hombre, reduciéndolo a su condición, meramente individual. Supone también romper todo vínculo espiritual con las cosas, que dejarán así de ser horizonte o entorno humano para convertirse sólo en fuente indiferenciada de subsistencia. Paradójicamente el colectivismo potencia hasta su máximo el individualismo, y, a través de un proceso minucioso de masificación, elimina del corazón humano toda relación con el mundo circundante que no sea la codicia, la disconformidad y la envidia.

Era una sentencia corriente entre los liberales del siglo pasado que "los males de la libertad con más libertad se curan". Yo he pensado siempre que son "los males de la propiedad los que con más propiedad se curan". Es decir, restituyendo al ejercicio de la propiedad toda su profundidad y sus implicaciones, el marco de significación y de vinculaciones de que fue privada. Cuando la sociedad no era gobernada por ideólogos y políticos de profesión —antes de la revolución política e industrial—, tanto nuestra civilización como toda otra tendieron a dotar a la propiedad de un cierto carácter sacral y patrimonial que hacían posible esa correlación de deberes y derechos en que consiste la justicia. Cuando a mayores derechos corresponden mayores deberes (y a la inversa), las diferencias inevitables de fortuna o posición social se hacen tolerables y aun respetables, precisamente porque no son puramente diferencias económicas sino estatus, que asocian al disfrute de los bienes implicaciones espirituales de lealtades y de deberes.

Como por sarcasmo, fue en nombre de la libertad como se realizó esa limitación de la propiedad a su aspecto más material y menos humano, es decir, como se la transformó en ese capitalismo contra el que más tarde se rebelaría el socialismo. Se trataba de desvincular al hombre de los lazos históricos que lo ligaban a su pasado, de los mitos y supersticiones ancestrales que condicionaban su comportamiento, de buscar la libre expansión del individuo y la libre expresión de su voluntad. La casa y los campos "que por ningún precio se venderían", las tierras amortizadas por la piadosa donación, los bosques comunales inajenables por considerarse propiedad de generaciones pasadas, presentes y futuras, era cuanto tenía que ser desvinculado o desamortizado para la mejor explotación y para "la riqueza de las naciones".

Este designio de la revolución económica radica en un tremendo error sobre la naturaleza del hombre y de la condición humana. Estriba en concebir al hombre —a cada hombre— como una especie de encapsulamiento que encierra al verdadero individuó, a modo de un núcleo —bueno, racional y feliz por naturaleza— al que hay que liberar de esa cápsula, hecha de tabús y de opresión que lo deforman y esclavizan. Esta idea está escrita a fuego en el espíritu de la Modernidad. Destruir los prejuicios, desenmascarar los tabús, ha sido el imperativo de casi dos siglos de pedagogía y de política.

El primitivo buscó cuevas donde guarecerse: el hombre moderno se empleó en demoler las mansiones que durante milenios albergaron a su civilización sin pensar que en el término del proceso hallaría la intemperie: aquello precisamente que impulsó a sus antepasados a buscar el refugio, con su angosta entrada, con sus paredes y su bóveda, es decir, un ámbito protector habitable, defendible, decorable (...)

El hombre —cada hombre-—no es un núcleo escondido que haya de "liberarse" o ser despertado rompiendo el cerco de maleza que lo rodea, como a la hermosa durmiente del bosque. Si alcanzáramos a aniquilar cuanto un hombre ha creído y ha amado y realizado a lo largo de su vida daríamos, no con el primitivo sano y feliz o con el hombre al fin liberado y "él mismo", sino con el yermo desertizado o con la inmensa ausencia de una decepción sin límites, tal vez con el desaliento de una incapacidad ya de rehacer. 

Porque el hombre —cada hombre— consiste en esa serie de lazos que él mismo —-en buena parte-— ha ido creando con las cosas: todo aquello que considera como suyo, sin lo cual su vicia carecería para él mismo de sentido y aparecería a sus ojos como impensable. El hombre no es su pura naturaleza potencial, ni sus disposiciones natales o heredadas, aunque sea también esto. En tanto que hombre individualizado, actual, irrepetible, se forja en una misteriosa relación de sí mismo con cuanto le rodea, dentro de la cual ejerce su capacidad de entrega (o donación) y de apropiación, edificando así su mundo diferenciado y, con él, su personalidad íntima. Hacer libre a un hombre no consiste en desasirle de su propia labor —de su trabajo— sino conseguir que trabaje en lo que ama o que pueda amar aquello que realiza. Hombres libres no son aquellos que flotan indiferentes o desasidos de cuanto les rodea, sino los que alcanzan a vivir un mundo suyo, aunque no trascienda de su vida interior, aunque haya sido logrado en la ascesis y el esfuerzo.

Es de Saint-Exupéry la frase: "no amo al hombre” amo la sed que lo devora". El hombre más dueño de sí y de su mundo, y con mayor personalidad, suele ser también el más ligado y entrañado en ese mundo propio, porque las raíces son en él las más firmes y exigentes; diríamos, en términos hoy habituales, el menos libre. Al paso que el hombre más libre en este último sentido es el más disponible al viento de la vida y de sus propias pasiones; es  decir, el menos capaz de vida interior y de creación, el menos libre en la realidad.

Basta, por lo tanto, con conocer al hombre mismo y a su relación con el mundo circundante para incluir la propiedad privada entre sus más radicales derechos; es decir, para reconocerla como el ámbito de su vivir auto constitutivo. Sin la posibilidad de extender el Yo —y el Super-yo— a las cosas, sin poder hacerlas nuestras y dotarles de un sentido, nunca adquirirá la vida humana su dimensión profunda, ni madurará en sus frutos* ni existirá un motivo para vivirla por muchos medios que se arbitren para facilitarla.

La técnica del "nivel de vida", convertida en soberana y erigida en fin último "social" e individual de una "sociedad de masas", ha dotado al hombre de medios de subsistencia y confort desconocidos por los más afortunados de otras épocas. Pero a la vez, y a un ritmo visiblemente acelerado, le privan de los lazos de compromiso y de apropiación (incorporación a sí mismo) que engendraban para él un mundo propio, diferenciado, y ello hasta desarraigarlo de todo ambiente personalizado y estable, vaciando su vida de sentido humano, de objetivos y de esperanza. M derecho a poseer algo y a serle fiel no figura entre esos "Derechos Humanos" que abren camino al universo socialista.

En rigor, es la Ciudad creada por el fervor a sus símbolos y a sus dioses lo que sostiene al hombre que vive en su seno, y lo preserva del hastío y de la corrupción; porque entre hombre y Ciudad se establece una misteriosa tensión por cuya virtud la corrupción, cuando sobreviene, no está tanto en los individuos como en el imperio que los alberga. Cuando viven en la lealtad y el fervor, hasta sus mismas pasiones los engrandecen; cuando, en cambio, viven juntos para sólo servirse a sí mismos, sus propias virtudes aprovechan a la pereza y al odio mutuo.

Porque la Ciudad sostenida por el fervor engendra para el hombre dos elementos necesarios a su sano vivir: de una parte, el sentido de las cosas, que libra al hombre de caer en la incoherencia de un mundo sin límites ni estructuras; de otra, la maduración del vivir, por cuya virtud la obra que el hombre realiza paga por la vida que le ha quitado, y el mismo conjunto de la vida, por ser constructivo, paga ante su eternidad. Ello libra al hombre del hastío de un correr infecundo de sus años y le concilia con su propio morir.

Como ha escrito Salvador Minguijón, "el localismo cultural, impregnado de tradición y fundado sobre la difusión de la pequeña propiedad, sostiene una permanencia vigorosa frente a la anarquía mental que dispersa a las almas. Los hombres pegados al terruño, aunque no sepan leer, disponen de una cultura que es como una condensación del buen sentido elaborada por siglos, cultura muy superior a la semicultura que destruye él instinto sin sustituirlo por una conciencia (...). La estabilidad de las vidas humanas crea el arraigo, que engendrará nobles y dulces sentimientos y sanas costumbres. Estas cristalizan en saludables instituciones que, a su vez, conservan y afianzan las buenas costumbres. No es otra la esencia doctrinal del tradicionalismo".

Rafael GambraLa propiedad bases antropológicas (revista Verbo), Pulsa para leer el texto completo

jueves, 11 de octubre de 2012

Origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad


En varias oportunidades y en diversas revistas he aclarado conceptos inexactos o confusamente expresados que corren por los libros y la Prensa acerca de los orígenes históricos del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, por atribuírseme a mí equivocadamente la invención material de ese vocablo, al mismo tiempo que se pasan por alto interesantes circunstancias históricas que señalan el punto de arranque del hermoso movimiento que se distingue con dicho nombre.

Fue mi gran amigo D. Ramiro de Maeztu uno de los primeros que me atribuyeron la creación del vocablo «Hispanidad» en su libro Defensa de la Hispanidad, publicado a principios de 1934. El ejemplar que me envió a mi residencia habitual de Buenos Aires lleva esta dedicatoria autógrafa: «Al Rev. P. Zacarías de Vizcarra, creador del vocablo 'Hispanidad' con la admiración y la amistad de Ramiro de Maeztu.» Y en la página 19 de la obra se lee: «La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra.»

El inolvidable Cardenal Gomá, en su famoso discurso del teatro Colón, de Buenos Aires, se refirió en términos parecidos al origen del vocablo: «Ramiro de Maeztu –dijo– acaba de publicar un libro en 'Defensa de la Hispanidad', palabra que dice haber tomado del gran patriota Sr. Vizcarra y que ha merecido el 'placet' del académico D. Julio Casares.» (Juan Gil Prieto, O. S. A., «La Sección Española del XXIII Congreso Eucarístico Internacional», Buenos Aires, 1934, pág. 425.) .

En el número de febrero de 1936, la revista madrileña «Hispanidad» repetía la misma idea: «Mucho y bueno sabe D. Ramiro de Maeztu –escribía– de la fecunda labor que en la Argentina ha realizado y sigue realizando el autor de la palabra 'Hispanidad'.» Con frase más precavida, por recordar quizá alguna de mis aclaraciones anteriores, escribía así en su obra Ideas para una filosofía de la historia de España el docto catedrático D. Manuel García Morente: «¿Cómo designaremos eso que vamos a intentar definir y simbolizar?... Existe una palabra –lanzada desde hace poco a la circulación por monseñor Zacarías de Vizcarra– que, a mi parecer, designa con superlativa propiedad eso precisamente que la filosofía de la historia de España aspira a definir. La palabra aludida es 'Hispanidad'. Nuestro problema puede exactamente expresarse en los términos siguientes: ¿qué es la hispanidad?» (Signo, 23 enero de 1943).

Veremos en estas líneas cómo es más aceptable la frase del Dr. García Morente que las demás antes citadas, aunque quizá en alguna de ellas se habrá tomado «crear» en el sentido lato de «lanzar a la circulación», que admite explicación satisfactoria.

Antigüedad del vocablo material «Hispanidad»
Basta hojear los viejos diccionarios castellanos para encontrar en ellos esta palabra, aunque con diversa significación de la que ha recibido actualmente y con la esquela mortuoria de «anticuada». Así, por ejemplo, la quinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1817, dice así: «Hispanidad, s. f., ant. Lo mismo que Hispanismo.» Y a continuación define así esta otra palabra: «Hispanismo, s. m. Modo de hablar peculiar de la lengua española, que se aparta de las reglas comunes de la Gramática. Idiotismushispanicus.»

Tan antigua es esta palabra en su sonido material, que la encontramos en el Tractado de Ortographia y accentos del bachiller Alexo Vanegas, impreso en Toledo, sin paginación, el año 1531 y conservado como preciosidad bibliográfica en la Biblioteca de la Real Academia de la Lengua. «De los oradores –dice Vanegas– M. Tull. yQuinti. son caudillos de la elocuencia, aunque no les faltó un Pollio que hallase hispanidad en Quintiliano», &c. (segunda parte, cap. V).

Más aún: es probable que los romanos del siglo primero después de Cristo empleasen la palabra «hispanitas» (hispanidad) para designar los giros hispánicos del latín de Quintiliano, en el mismo sentido que el propio Quintiliano usa la palabra «patavinitas» (paduanidad) al hablar del latín, de Tito Livio. «Pollio –dice– deprehendit in Livio patavinitatem», es decir: «Polión encontró patavinidad (paduanidad) en Livio.» (De Institutione Oratoria, libro I, cap. V).

Pero date o no date del siglo primero la materialidad de la palabra «Hispanidad» lo cierto es que no tenía la significación que luego se le ha dado, y era además inusitada hasta en su acepción gramatical.
¿Cuándo y por qué se desenterró esta la palabra y se le infundió vida nueva, para encarnar dos conceptos modernísimos?
Esto es lo que tratan de aclarar las presentes líneas.

Orígenes del «Día de la Raza»
El poeta y periodista argentino Ernesto Mario Barreda, en un largo artículo publicado en La Nación de Buenos Aires el 12 de octubre de 1935, narra sus visitas al puerta de Palos y al convento de La Rábida en 1908, la entrega que hizo de un álbum que la Sociedad Colombina dedicó al presidente de la nación argentina, la fundación de la Casa Argentina de Palos, llevada a cabo por el cónsul de aquella república en Málaga, el entusiasta hispanófilo D. Enrique Martínez Ituño, y la celebrada el día 12 de octubre de 1915 por primera vez con el nombre de Día de la Raza en dicha Casa Argentina.

El documento impreso que cita está encabezado así: «Casa Argentina. –Calle de las Naciones de Indias Occidentales. –Carretera de Palos a La Rábida. –Club Palósfilo. –Hijas de Isabel. –Día de la Raza, 12 de octubre de 1915.» Luego se copian unos versos del mismo poeta Barreda alusivos a las carabelas de Colón y se exponen las razones de la nueva festividad, epilogadas con este apóstrofe a España: «Reunidos en la Casa Argentina los Palósfilos y las Hijas de Isabel en este Día de la Raza, hacemos votos para que con tus hijas las Repúblicas del Nuevo Mundo formes una inteligencia cordial. Y un abrazo fraterno sea el lazo de unión de los defensores de la Ciencia, el Derecho y la Paz.»

Esta iniciativa encontró eco en América, y sobre todo en Buenos Aires, aunque no todos los que allí aplaudíamos la sustancia de la fiesta estábamos de acuerdo con el nombre con que se la designaba.

Con fecha 4 de octubre de 1917, el Gobierno de la nación argentina, con la firma del presidente y de todos los ministros, declaró fiesta nacional el 12 de octubre, dando estado oficial a la afortunada iniciativa particular nacida dos años antes en una Casa Argentina.

Aunque en el texto del famoso y magnífico Decreto del Gobierno nacional no se habla de Día de la Raza ni se menciona siquiera la palabra «raza», sin embargo, la mayor parte de la Prensa se sirvió de aquella denominación, y se tituló «Himno a la Raza» el que compuso para el 12 de octubre del mismo año el patriota español don Félix Ortiz y San Pelayo, y fue cantado solemnemente en el teatro Colón por cinco masas corales reunidas.

Por las razones que luego indicaré no me satisfacía el nombre de Día de la Raza, que iba adquiriendo cada vez mayor difusión. Era necesario encontrar otro nombre que pudiera reemplazarlo con ventaja. Y no hallé otro mejor que el de «Hispanidad», prescindiendo de su anticuada significación gramatical y remozándola con dos acepciones nuevas, que describía yo así en una revista de Buenos Aires que no tengo a mano ahora en Madrid, pero que encuentro citada en la mencionada revista Hispanidad de Madrid, en el número de 1 de febrero de 1936: «Estoy convencido –decía en ella– de que no existe palabra que pueda sustituir a 'Hispanidad'... para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra 'Hispanidad' y otras dos voces que usamos corrientemente: 'Humanidad' y 'Cristiandad'. Llamamos 'Humanidad' al conjunto de todos los hombres, y 'humanidad' (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad. Asimismo llamamos 'Cristiandad' al conjunto de todos los pueblos cristianos y damos también el nombre de 'cristiandad' (con minúscula) a la suma de las cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra 'Hispanidad': significa, en primer, lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados por Europa, América, África y Oceanía; expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica.»

Estas dos acepciones nuevas de la palabra «Hispanidad» nos podían permitir reemplazar ventajosamente el vocablo «raza» que, como escribía yo en la mima revista, me parecía «poco feliz y algo impropio»; pero no figuraban todavía en los diccionarios. Por eso, en un escrito que publiqué en Buenos Aires en 1926 bajo el título «La Hispanidad y su verbo», y obtuvo amplia difusión en los ambientes hispanistas, elevaba a la Real Academia de la Lengua esta modesta súplica: «Si tuviéramos personalidad para ello, pediríamos a la Real Academia que adoptara estas dos acepciones de la palabra 'Hispanidad' que no figuran en su Diccionario.»
En efecto: en la decimaquinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1925, seguía presentando la palabra «Hispanidad» como anticuada, con el sentido gramatical de siempre, en esta forma: «Hispanidad, f., ant. Hispanismo.»

Hubo que esperar a la decimasexta edición, divulgada oficialmente en 1939, para encontrar una nueva definición oficial de esta palabra que supone un progreso en la materia, aunque no nos parece todavía suficiente clara ni completa. Dice así: «Hispanidad, f. Carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura española. 2. ant. Hispanismo.»
Esperamos que el progreso iniciado se completará en sucesivas ediciones del Diccionario oficial.

Impropiedad e inconvenientes de la denominación «Día de la Raza»
Absolutamente hablando, puede darse explicación satisfactoria a la denominación Día de la Raza tomando esta palabra en un sentido metafórico, equivalente a «tipo moral» cualquiera que sea la raza fisiológica a que pertenezcan los que lo comparten.

Pero como no se puede andar explicando continuamente a todo el mundo la significación impropia y translaticia del vocablo, asociamos instintivamente a la palabra su sentido fisiológico, y nos suena como cosa absurda hablar de «nuestra raza» a un conglomerado de pueblos integrados por individuos de muy diversas razas, desde las blancas de los europeos y criollos hasta las negras puras, pasando por los amarillos de Filipinas y los mestizos de todas las naciones hispánicas. En realidad, ni siquiera los habitantes de la Península Ibérica pertenecen a una sola raza. Desde los tiempos prehistóricos viven en España pueblos dolicocéfalos, braquicéfalos y mesocéfalos de las más diversas procedencias, que los historiadores no han sido capaces de fijar. A la variedad de las razas prehistóricas se añadió luego la mezcla de fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, suevos, árabes, &c., &c... que ha hecho cada vez más absurda la pretensión de catalogar racialmente a los mismos españoles peninsulares. Son, pues, inevitables las sonrisas cuando se habla de «nuestra raza» ante un auditorio de blancos, negros y amarillos y aceitunados, sobre todo si no es blanco el orador.

Por otra parte, tiene algo de matiz peyorativo para las demás razas del mundo el que nuestra supuesta «raza» no se llame «esta» o «aquella» raza determinada, sino precisamente LA RAZA por antonomasia.

No es necesario insistir más para ver las razones que me movieron a escribir que me parecía «poco feliz y algo impropio» el nombre puesto originariamente al Día de la Raza. Lo he podido comprobar experimentalmente en varias partes de América durante mi estadía de veinticinco años en ella.

Ventajas de la denominación «Fiesta de la Hispanidad»
El concepto de la «Hispanidad» no incluye ninguna nota racial que pueda señalar diferencias poco agradables entre los diversos elementos que integran a las naciones hispánicas. Es un nombre de «familia», de una gran familia de veinte naciones hermanas, que constituyen una «unidad» superior a la sangre, al color y a la raza de la misma manera que la 'Cristiandad' expresa la unidad de la familia cristiana, formada por hombres y naciones de todas las razas, y la 'Humanidad' abarca sin distinción a todos los hombres de todas las razas, como miembros de una sola familia humana. Es una denominación que a todos honra y a nadie humilla.
Todas las naciones hispánicas han heredado un patrimonio común, transmitido por antepasados comunes, aunque luego cada una de ellas haya aumentado su herencia con nuevos bienes y nuevas glorias, que constituyen el patrimonio intangible y soberano de cada una de ellas. Pero así como en las varias familias procedentes de un tronco ilustre la existencia de distintos patrimonios privados no impide el amor y culto de las glorias que abrillantan la común prosapia, así también en las naciones, sin menoscabo de las glorias privativas de cada una, cabe el amor y culto del patrimonio común, sobre todo cuando es necesaria la colaboración de todos los herederos para conservarlo y defenderlo.

La denominación «Fiesta de la Hispanidad» presenta a todos los pueblos hispánicos este aspecto agradable y simpático de nuestra gran familia de naciones y constituye una invitación para el estudio y cultivo del patrimonio común, que a todos enorgullece y a todos aprovecha.

Cómo sienten la «Hispanidad» aun aquellos que no sienten la «Raza»
El día 13 de octubre de 1935 se inauguró en Buenos Aires la estatua del Cid Campeador, levantada en el centro geográfico de la ciudad, en presencia del señor Presidente de la Nación, del señor embajador de España y de otras altas representaciones. Pronunciaron los obligados discursos oficiales dos oradores que no llevaban apellidos de origen español ni podían sentir el ideal de la Raza, pero que supieron sentir y proclamar el ideal de la Hispanidad.

El historiador argentino Dr. Ricardo Levene, al explicar la significación de la presencia del Cid en América la encontró en el concepto espiritual de la «hispanidad», que es común a todos los hispánicos, aunque no hayan heredado sangre española. «El pueblo del Cid –dijo–, como entidad ética, fue el creador de una actitud acerca de la fidelidad, acerca de la defensa del desvalido, la dignidad del caballero y el honor del hombre; no sólo el honor exterior, diré así, que nace obligadamente en las relaciones con los demás, sino el honor íntimo o profundo, que tiene por juez supremo a la conciencia individual. Del Cid en adelante, los héroes españoles e hispanoamericanos son de su noble linaje. Es que en América transvasó la desbordante vitalidad de la Edad Medía española, corriéndose impetuosamente por el tronco y las ramas la savia de la raíz histórica... La hispanidad no fue nunca la concepción de la raza única e invariable, ni en la Península ni en América, sino, por el contrario, la mezcla de razas de los pueblos diversos que golpeaban en oleadas sobre el depósito subhistórico. La hispanidad ha dejado de ser el mito del imperio geográfico... La hispanidad no es forma que cambia, ni materia que muere, sino espíritu que renace, y es valor de eternidad: mundo moral que aumenta de volumen y se extiende con las edades, sector del universo en que sus hombres se sienten unidos por el lado del idioma y de la historia, que es el pasado. Y aspiran a ser solidarios en los ideales comunes a realizar, que es el porvenir.» (El Diario Español, Buenos Aires, 14 de octubre de 1935, página 2.)

Después de este discurso, que tuve el gusto de escuchar al pie de la estatua del Cid, fue recibida ésta oficialmente, en nombre del Municipio de Buenos Aires, por el doctor Amílcar Razori, que con breves y sentidas palabras entregó «para la contemplación artística y enseñanza moral de los habitantes la figura legendaria del Cid Campeador, hijo de nuestra dilecta España, duro, recio e indómito como las llanuras de Castilla que le vieron nacer, bravío guerrero de las gestas más mentadas al través de los siglos en los campos de batalla y docto en las Cortes ciudadanas, defensor del débil, paladín de la honra, libertador de pueblos, sostén del derecho y de la justicia, paradigma y síntesis, en fin, de las nobles, de las grandes, de las profundamente humanas virtudes españolas.» (El Diario Español, página citada).

Misión ecuménica de la Hispanidad en todas las razas del mundo futuro
Este mundo nuestro que se derrumba, víctima de luchas raciales y apetitos materialistas, buscará un refugio de paz y fraternidad en las veinte naciones católicas de la Hispanidad, salvadas casi íntegramente del incendio de la guerra y relativamente inmunizadas contra las más peligrosas reacciones de la posguerra.
La Hispanidad Católica tiene que prepararse para su futura misión de abnegada nodriza y caritativa samaritana de los infelices de todas las razas que se arrojarán a sus brazos generosos. La Providencia le depara a corto plazo enormes posibilidades para extender en gran escala su acción evangelizadora a todos los pueblos del orbe, poniendo una vez más a prueba su vocación católica y su misión histórica de brazo derecho de la Cristiandad.

Por eso es necesario estrechar cada vez más los lazos de hermandad y colaboración entre los grupos más selectos de la Hispanidad Católica, prescindiendo de razas y colores mudables, para afianzar más las esencias inmutables del espíritu hispánico.

Conclusión
Creemos que estas líneas contribuirán a esclarecer más el origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, y a justificar el empleo cada vez más universal de la denominación «Fiesta de la Hispanidad» en sustitución de la anterior, menos expresiva y simpática, de «Día de la Raza».

Zacarías de Vizcarra | El Español. Semanario de la política y del espíritu. Madrid, año III, nº 102, 7 de octubre de 1944, pp. 1-13