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viernes, 25 de noviembre de 2011

Apuntes para una economía tradicionalista en un Orden social, foral y católico

 SocializaciónEn la ordenación de los bienes materiales, el Carlismo niega, de una parte el capitalismo liberal, que traslada a la economía las pugnas de los egoísmos infrahumanos y que termina en la esclavitud de los asalariados por parte de los propietarios de los medios de producción. Y, de otra parte, niega el Carlismo también la estatificación de esos medios de producción que agrava el mal al entregar a los asalariados indefensos en manos de un propietario único, monopolista absoluto, el Estado totalitario, señor de poderes plenos, irresistibles y exclusivos. Esto significa que el Carlismo defiende la propiedad privada frente al socialismo y la propiedad colectiva frente al individualismo. Y por eso el foralismo significa la simultánea defensa de la propiedad individual y de la propiedad estatal, dentro de un sistema de propiedad social. Así es como el Carlismo se suma a las corrientes socializadoras de la época; postulando que la propiedad no sea exclusiva de los individuos o del Estado, sino de los individuos como tales, de los cuerpos sociales como tales y del Estado como tal, en las proporciones variables que cada momento aconsejen.

Propiedad socialAl requerir como de máxima urgencia la constitución de economías sociales, el Carlismo rehuye tanto el individualismo burgués como el estatismo marxista. Porque es cierto que el individuo necesita la propiedad de algunas cosas para su normal desenvolvimiento, y que el Estado necesita también de propiedad para cumplir sus objetivos debidamente. Pero la forma normal de la propiedad es la de la libre participación de los individuos en los bienes de los organismos sociales, desde la familia al municipio o al gremio, forma que asegura la libertad individual, al par que garantiza a cada hombre un puesto activo dentro de la vida colectiva.
Disminuyendo al máximo la propiedad individual y la estatal, el Carlismo conoce primordialmente las formas de propiedad social, cuyos sujetos sean la familia, el municipio, las agrupaciones profesionales y las sociedades básicas restantes. Y de acuerdo con ello, el Carlismo condena expresamente la desamortización de los bienes de las comunidades en el expolio con que la dinastía usurpadora fraguó artificialmente una clase burguesa de enriquecidos por méritos de favor político, a fin de sostenerse en el trono usurpado, exigiendo la reconstrucción inmediata de los patrimonios sociales, especialmente de los municipales, previa indemnización a los poseedores de buena fe.

Reforma agrariaEl Carlismo sostiene que el proletariado campesino surgió en España a resultas de la desamortización. Por eso postula la realización de una reforma agraria, que reconstruya la propiedad social de las comunidades territoriales. Para llevar a cabo esta reforma agraria de un modo inmediato postula la autorización del pago de indemnizaciones a poseedores de buena fe con títulos de deuda local, en el marco de un régimen financiero especial y transitorio. Por aquí habrá de buscarse también la creación de patrimonios familiares indivisible en arriendos de noventa y nueve años, haciendo realidad la reforma agraria inaplazable. El resto de las propiedades agrarias será sujeto al cauce de propiedades empresariales, estableciéndose la participación proporcionada de los ahora asalariados en los beneficios de tales empresas.

Reforma de la empresaLa economía industrial o mercantil adoptará la forma patrimonial de las propiedades familiares o empresariales, con proporcionada participación en los beneficios de cuantos intervienen en el proceso de la producción o en el ciclo comercial. Una legislación especial canalizar el ahorro con miras a dar al accionariado popular influjo decisivo en la vida de las grandes sociedades anónimas. Pero, en lugar de ellas, que llevan el estigma de la explotación capitalista, el Carlismo sostiene con la doctrina social católica la conveniencia de fomentar por todos los medios las cooperativas de producción y de consumo.

BancaEl Carlismo considera a la banca como servicio público, regulado por ley adecuada que ordene sus actividades al servicio de la comunidad nacional, tanto en la canalización del ahorro privado, como en el uso del numerario. En todo caso, fomentar la actividad bancaria de los organismos sociales capacitados para ella, sustituyendo el ordenamiento bancario estatal o individualista, por instituciones bancarias profesionales o gremiales, municipales y regionales.

IntervencionismoEl Carlismo preconiza la intervención del poder público - regional o estatal Según los casos fijados por la ley - en la economía a fin de garantizar el bien común y que el desarrollo económico sea también un desarrollo social. Por lo tanto sostiene el deber en que está el mismo de lograr algunos fines como los siguientes:
a) Encauzar las economías privadas al servicio del bien común en función de los planes generales de desarrollo económico.
b) Fiscalizar la rentabilidad de las empresas y censurar su administración en los aspectos técnico-jurídicos.
c) Garantizar la libertad de asociación profesional y encauzarla a la defensa de los intereses económicos de quienes legalmente puedan asociarse para tales fines.
d) Impedir el "lock-out" siempre, y la huelga cuando se trate de huelgas "subversivas" o "salvajes".
e) Garantizar un salario mínimo vital personal y familiar, complementado siempre por la parte de los beneficios empresariales, en las cuantías fijadas por el Consejo Social Regional respectivo, dentro de los límites fijados anualmente por el Consejo Social Real.

Política social carlistaBaste con los anteriores ejemplos para el fin que se perseguía. El Carlismo es consciente de que una sociedad auténticamente cristiana exige que todo hombre sea propietario de bienes bastantes para atender sus necesidades, Según el tipo de vida medio del ambiente en que viva. Por eso, la meta de la política social carlista es acabar con las injustas desigualdades en la posesión de las riquezas, propiciar una justa redistribución de los medios económicos y proporcionar sin excepción a todos los españoles una parte conveniente en forma de propiedad familiar o por participación en las propiedades sociales. No puede sentir la grandeza de la patria, ni se puede sentir llamado a cumplir la misión de las Españas, quien no esté integrado plenamente en ellas por no pertenecer a las instituciones políticas y económicas que las constituyen. Esto es justamente lo que pasa cuando la propiedad es individualista - concentrándose en una sola -. Y esto es justamente lo que pasa, asimismo, cuando la representación es inorgánica o cuando no hay representación política ninguna, como ocurre respectivamente en el liberalismo y en el socialismo. Por eso propugna el Carlismo una propiedad social y una representación corporativa, que considera los precisos instrumentos forales capaces de eliminar para siempre al mero asalariado, vendedor de trabajo propio y de votos electorales prestados, sin arraigo social efectivo, y vergüenza de una comunidad que quiera merecer el calificativo de cristiana.

¿QUE ES EL CARLISMO? 1971 (Edición cuidada por Francisco Elías de Tejada y Spínola, Rafael Gambra Ciudad y Francisco Puy Muñoz. Capitulo 10 Fueros (puntos 154 a 160)

A propósito del 20-N (I): malmenoritis reloaded

 
A pesar de que cada vez me convenzo más de que la democracia -la participación del pueblo en la cosa pública- tiene poco que ver con las elecciones sufragistas, no quisiera dejar de comentar algo sobre las próximas del 20 de noviembre. Y para ello, rescato y actualizo esta pequeña reflexión sobre la licitud del mal menor, a la luz de las enseñanzas magisteriales pontificias y episcopales:

¿Cuántos que hablan de mal menor saben que Juan Pablo II condenó el "error proporcionalista" de creer legítima la elección de cualquier mal sólo por tener enfrente a otro mayor? Cuando un partido defiende el aborto, cuando un partido aprueba la píldora del aborto libre, cuando un partido se carga a los objetores de conciencia frente a Educación para la Ciudadanía, y un largo etc (no hablo del PSOE), uno le podrá votar, sí, pero no podrá decir que lo hace "en conciencia".

En este sentido, me gustaría recordar  la Nota que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe emitió el pasado día 21 de diciembre de 2010, a propósito de algunas lecturas de "Luz del mundo". Pues bien, la Nota, además de recordar precisamente el peligro "proporcionalista" en la interpretación de la teoría del mal menor, recuerda por un lado que "no es lícito querer una acción que es mala por su objeto, aunque se trate de un mal menor". Cita en su apoyo la Encíclica Veritatis Splendor, que a su vez cita a Pablo VI en la Humanae Vitae. Y algunos alertarán de las barbaridades en ingeniería social del PSOE, obviando las subvenciones al aborto en comunidades como Madrid o Valencia. Pues bien, dice el Magisterio perenne de la Iglesia:
"En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, hacer el mal para conseguir el bien no es lícito,  (cf. Rm 3, 8)"
Nótese que dice "alguna vez tolerar", y no que "siempre" sea lícito tolerar, ni mucho menos dice que siempre sea lícito el mal menor. Al contrario, desde decir que "sería lícito en algún caso tolerar un mal menor" hasta "hay que querer el mal menor" hay una gran diferencia.

Y en todo caso, tenemos lo que dijo en el año 2002 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en su Nota sobre el compromiso y la conducta de los católicos en la vida política:
"La conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral"
Para mayor aclaración todavía, el Papa Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis definió y concretó cuáles eran los principios que él denominó "no negociables":
"El respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas."
Y por terminar, que todavía he oído alguna objeción más a todo esto (si es que es posible), de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe:
El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad
 Además, 
"Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona."
 Y más recientemente, en su habitual y calculadamente críptico lenguaje, la Conferencia Episcopal de España señalaba el pasado mes de octubre que:
3. No se podría hablar de decisiones políticas morales o inmorales, justas o injustas, si el criterio exclusivo o determinante para su calificación fuera el del éxito electoral o el del beneficio material. Esto supondría la subordinación del derecho al poder. Las decisiones políticas deben ser morales y justas, no sólo consensuadas o eficaces; por tanto, deben fundamentarse en la razón acorde con la naturaleza del ser humano. No es cierto que las disposiciones legales sean siempre morales y justas por el mero hecho de que emanen de organismos políticamente legítimos.
En definitiva, el mal menor, que alguna vez puede ser tolerado, no vale siempre, y en todo caso, subordinado a la Ley Natural.

Quien tenga oídos para oír, que oiga, porque está muy claro ¿no?

Discurso de Manuel de Santa Cruz, Comendador de la Orden de la Legitimidad Proscrita

  (Cruz de la Orden de la Legitimidad Proscrita)

Con la venia de S.A.R.

Queridos amigos:

No puedo empezar a hablaros sin dar antes que nada, nuestras más sinceras gracias a Su Alteza Real el Príncipe Don Sixto de Borbón, por haber venido desde el exilio a la Patria a encabezar esta noche con sus leales esta manifestación de gran entusiasmo por la Causa.

Nos recuerda cuánto nos estimulaban las visitas del Rey Don Javier, que resumíamos relanzando el electrizante grito de Iparraguirre, de ¡Aún vive el Carlismo!

Ahora podemos añadir, gracias a Vos, Señor, una exclamación complementaria, ¡Aún vive el Carlismo, y lo que vivirá!

Conmemoramos esta noche, de una parte, la Fiesta de Cristo Rey, con todo el sentido de confesionalidad de los Estados que le dio su instaurador, el Papa Pío XI, poniéndole nosotros a salvo de adulteraciones posteriores más propias de New Age . Por otra parte presentamos el libro sobre 175 años del Carlismo, debido a la inagotable capacidad de trabajo y a los carismas, verdaderamente providenciales de nuestro amigo Don Miguel Ayuso.

Entre otros méritos, este libro tiene el de mostrar de una manera original e inédita que el Carlismo es una cosmovisión de aceptación e implantación universales, especialmente en las Américas que fueron España y en los restos europeos de la Cristiandad.

Precisamente, esta condición del Carlismo de ser, además de otras muchas cosas, esa cosmovisión universal, es una de las causas de su asombrosa y misteriosa supervivencia.

Esta cosmovisión carlista tiene cuatro pilares principales: la Religión, la Dinastía legítima, el Patriotismo, y el Estilo.

La Dinastía legítima, encarnada en el día de hoy por Su Alteza Real, cuya vida física pedimos a Dios que guarde todavía muchos años más, para que siga custodiando y defendiendo esa cosmovisión en toda su pureza en medio del oleaje de la revolución anticristiana y de la revolución progresista dentro de la propia Iglesia.

En esta misión providencial quisiéramos Señor que os aliviaran la Nobleza propia de la Dinastía legítima, la orden de la Legitimidad Proscrita, y otras asociaciones menores afines, como la Hermandad a los Juramentados de la Unidad Católica, de los monasterios de La Oliva y de las Madres Clarisas en Olite, especie de cuerpos intermedios del organigrama de la Comunión, que quisiéramos ver repoblados. Para lo cual todos nosotros debemos cultivar nuestras cualidades más naturales y nuestros carismas para poder ofrecer a S. A. R. unas colaboraciones eficaces y destacadas y encuadrados.

Toda la cosmovisión carlista que tan bien recoge y expone, aunque fragmentariamente, como es natural, el libro que presentamos, está empapada de religiosidad. Las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, devoción universalmente vinculada internamente a la Contrarrevolución, han estado entronizadas en todos los Círculos Carlistas e impresas en nuestras banderas de guerra. Por cierto, el Papa Benedicto XVI acaba de decir en el encuentro que ha tenido en Asís con representantes de religiones falsas, que se avergüenza de que en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Nosotros no nos avergonzamos de que en los Tercios de Requetés llevaran a su frente Crucifijos en alto. No solamente no nos avergonzamos sino que estamos orgullosos de ello, y además estamos dispuestos a vivir y a morir con las botas puestas, arma al brazo, y en pié de guerra, para defender y propagar nuestra cosmovisión católica y española cuantas veces sea necesario . Para que dentro de otros 175 años más, se pueda presentar un libro como éste.

Otro elemento constitutivo de la cosmovisión carlista que este libro tiene la afortunadísima exclusiva de presentar, es el amor a España, el patriotismo. La monarquía es hoy el principal custodio del concepto de Patria frente a las distintas globalizaciones supranacionales judeomasónicas que lo erosionan, Vos Sois, Señor, el último y genuino representante de la Monarquía española, que resiste desde el exilio al mayor atentado a la soberanía nacional de España que se está produciendo desde tiempos el rey José Bonaparte. Otros organismos que debiendo resistir a la europeización de España no lo hacen, no son más que chapuzas republicanas. El día en que la Unión Europea acabe de desmoronarse se verá mejor la labor callada que hacen con su sola presencia S.A.R. y otros Príncipes europeos a favor del concepto de Patria.

Este libro continúa la recopilación de ideas políticas al servicio de la Religión y de España que se encuentra iniciada en el Acta de Loredan del Rey Don Carlos VII y sigue en las obras de Vázquez de Mella y otros pensadores más recientes como Elías de Tejada, Rafael Gambra y Álvaro d’Ors. Es un hito en la historia del Carlismo.

En la creación de este libro se ha corregido el error tan repetido maliciosamente de mostrar al Carlismo como un movimiento exclusiva o predominantemente guerrero, lo cual es mentira. Los carlistas han estado mucho más tiempo que en los frentes de guerra, exponiendo sus ideas de manera incruenta en el Parlamento, en las tribunas y en los periódicos.

La cosmovisión carlista es tan perfecta y acabada que ha producido en los que la sirven, un estilo de ser y de vivir, que les identifica. Estilo que es, a su vez con sus caracteres propios y mecanismos especiales, una garantía más de la pureza y supervivencia de esa cosmovisión. Por ello debemos mantener ese estilo y fomentarlo como algo realmente importante.

¿Cómo? Tratándonos entre nosotros mismos lo más posible como hermanos en una misma fe. Cultivando además del patriotismo de la Patria, España, el patriotismo de las cosmovisiones, de esta cosmovisión. Y multiplicando reuniones, convivencias, actos como éste que avivan la hoguera de nuestro entusiasmo individual y colectivo.

Discurso de José de Armas Díaz Presidente del Círculo Tradicionalista “Roca y Ponsa” de Gran Canaria

  (Discurso de don José de Armas Díaz, ante S.A.R Don Sixto Enrique de Borbón en la Cena de Cristo Rey)

Hace poco tuve la ocasión de ver por Internet un curioso documental en el que se ofrecía una representación del Universo en comparación con nuestro planeta, de manera que, aplicando un zoom, la Tierra iba minimizándose paulatinamente hasta hacerse casi imperceptible entre infinidad de astros y constelaciones, llegando tal insignificancia a ser verdaderamente sobrecogedora, si el panorama no se considera iluminado por una correcta inteligencia, o sea a la luz de la fe. Por supuesto que allí no se mencionaba para nada el fenómeno de la Creación, pero era deducible simplemente con la razón.

La Historia de la obra de Dios arranca en el Génesis. Todo fue finito, hasta que Él sopló sobre el primer hombre y lo animó con una participación de su divinidad con el fin de inmortalizarnos en su presencia, y además nos hizo libres. Pero casi inmediatamente Adán olvidó su deuda con el Creador del Universo, y desde ese momento la bienaventuranza quedó suspendida en una promesa esperanzada, hasta que el Señor de la Historia quiso enviar a este puntito insignificante del Universo a su Hijo Amado, para que nos percatáramos de su inconmensurable misericordia y fuéramos redimidos.

Todo esto gratuito, pero con condiciones de una lógica aplastante. Es curioso que usando simplemente el diccionario, todavía podamos llegar a una conclusión, atendiendo siempre a las primeras acepciones. Si buscamos Bienaventuranza, resulta que dice “Vista y posesión de Dios en el cielo”. Fíjense ustedes en la coincidencia etimológica de las palabras que expresan los conceptos que se barajan en este divino y trascendental juego: Gracia significa “Don de Dios, ordenado al logro de la bienaventuranza”. Gratitud es “el sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio recibido y a corresponder a él”. Gratuito viene a ser “De balde o de gracia”. Por todo ello, sin sofismas ni circunloquios filosóficos de ninguna clase, podemos afirmar que el misterioso capricho divino de nuestra inmortalidad es gratuito, porque la gracia es un don en pos de la bienaventuranza; y que éste don requiere gratitud.

Esto, Sres., no es un sermón. No debe ni puede serlo. Es la constatación de una realidad, de la única realidad posible, que se nos va haciendo más patente a medida que el progreso de las ciencias corre los velos de misterios que antaño eran más difíciles de imaginar.

Nuestro gran Donoso Cortés dedica su mayor obra (Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo) a demostrar que “en toda gran cuestión política va envuelta siempre una gran cuestión teológica”. No nos cansaremos de recomendar, sobre todo a los jóvenes, su lectura y meditación.

Todos nosotros nos hemos encontrado alguna ocasión en la circunstancia de que por toda respuesta a estos o similares argumentos, se nos diga que el Carlismo adolece de una fanática obsesión religiosa y concretamente católica. Y no es tampoco raro que haya correligionarios que, con su mejor voluntad, quieran persuadirnos de estar anquilosados en el primer punto de nuestro cuatrilema; que avancemos y vayamos a la solución práctica de los otros tres. Es la metástasis del Liberalismo

Cuando el Creador nos infundió el espíritu inmortal, nos dio la posibilidad de recordar de dónde venimos; de entender para qué somos; de querer colaborar con la Creación perpetuándonos en la transmisión de la memoria y el entendimiento. Son las potencias del alma: Memoria, Entendimiento y Voluntad.

¿Y cual es la condición para la bienaventuranza? Lo decimos todos los días, sin casi darnos cuenta de la trascendencia de este deseo: “Santificado sea tu nombre. Vénganos tu Reino y hágase tu voluntad así en la Tierra como en el cielo”. Este deseo expresado en la única oración que dictó al pie de la letra Nuestro Señor Jesucristo hay que recordarlo siempre con la Memoria; hay que asumirlo con el Entendimiento; hay que hacerlo un propósito inexcusable con la Voluntad.

La definitiva Historia de la salvación, comienza en el momento de la Concepción Inmaculada de María y ha llegado hasta S.S. Benedicto XVI.

A los tradicionalistas hispanos, nos será fácil memorizar y entender la correspondencia íntima del primer enunciado de nuestro ideario con los restantes, porque el más pequeño recoveco histórico de Las Españas, está iluminado por las católicas repercusiones de la defensa del Altar en todo el planeta.

Nos dice Melchor Ferrer en el primer tomo de su monumental Historia que “El Tradicionalismo español (…) tiene por lema a Dios, su inspiración, su Decálogo, y a esa idea suprema ajusta a la Patria, como comunidad de hombres que quieren desenvolver su destino, hermanados y obedientes siempre al Padre común, y la idea del gobierno encarnada en una autoridad superior, libre, por su condición y altura, de las pasiones de la cosa pública, para mejor dirigir las diferencias, es decir, la Monarquía.”

Claro que después de Dios está la Patria, que abarca la extensa amplitud de la Hispanidad, que incluye el imperio lusitano, la mayor parte del continente americano (no en vano decía Elías de Tejada que los únicos “hermanos separados” que tenemos los españoles son los portugueses y los hispanoamericanos), además de otros reinos europeos, de los cuales tenemos hoy, aquí, dignísima representación en el correligionario Maurizio Di Giovine; Patria iluminada por la Religión Católica y nacida al amparo autárquico del paradigma de las libertades concretas, los Fueros. Fueros que necesariamente tenemos que ir reconquistando si no queremos ver diluidas nuestras libérrimas idiosincrasias de patrias chicas en la neutralizante cursilada revolucionaria de la “aldea global”, y la Patria grande desaparecer.

Señor: Es un compromiso grande hablar del Rey en vuestra presencia. No obstante creo necesario hacerlo, ayuno de cualquier lisonja, con todo el desenfado que presupone la pleitesía y la lealtad.

Hace tiempo que éste locuaz apasionado siente deseos de deciros algunas cosas, sin encontrar nunca la ocasión propicia, a pesar de haber disfrutado el honor de pasar con el Señor inolvidables jornadas enteras, vividas minuto a minuto. Hoy me decido con la ilusión de hablar en nombre de todos los presentes, amparado en la frase proverbial protocolaria de las Cortes de Aragón: “Nos, que cada uno de nosotros somos igual que Vos y todos juntos más que Vos, …”.

En el tiempo en que mis pasiones monárquicas eran objeto (por tradiciones familiares) de otras ramas dinásticas, leí unas declaraciones del padre de un pretendiente, comentando la manera en que el preceptor a la sazón trataba de establecer al pupilo al menos en la Legitimidad de Ejercicio, y decía: “…Vegas pretende que el Príncipe sea un santo, un héroe y un sabio”. Tales lecciones al efecto, no duraron un año; fueron abortadas por un aluvión de enseñanzas liberales de otros profesores. Y el príncipe, desde entonces devino en monigote, aprendiendo a firmar, jurar y perjurar todo lo que se le pone por delante.

Andando el tiempo y después de haberme leído el libro “Razones de la Monarquía” del melifluo José María Pemán, en 1969 quedaron congelados mis fervores dinásticos, hasta que en 1983, acuciado por Gabriela Pèrcopo, con el contento de Eugenio Vegas y la bendición de Rafael Gambra, los puse a los pies del Señor.

Pero aquel fracasado preceptor, dedicó el resto de su vida (como siempre lo había hecho) al apostolado político y religioso. Fue formando un escogido grupo de jóvenes de buena voluntad y clara inteligencia, con la firme esperanza de que su obra pudiera servir para que algún rey humano comprendiera, deseara y estuviera dispuesto a que Cristo reine “así en la tierra como en el cielo.”

Y todo esto, Señor, no sería más que un bello pero triste cuento, si no se tratara de una realidad conseguida.

Extienda su memoria a las cimas de su árbol genealógico y no será arriesgado concluir que ninguna corona tuvo tantas perlas bajo la cruz, como las que adornan la suya.

Ya sé que el Señor mira a su alrededor y ve como le apoyan los discípulos de Eugenio Vegas, de Rafael Gambra, de Elías de Tejada, de Manuel de Santa Cruz, entre otros..., y oye como le urgen con San Isidoro: ¡“Rex eris si recte facies, si non facias, non eris”!

Queremos por Rey de la tierra a un santo, un héroe, un sabio. Sé, Señor, sabemos que el peso es casi tan abrumador como el de la Cruz de Cristo. Cárguelo, por Dios, no desfallezca. Ya ve que le sobran Cireneos.

¡¡¡Viva Cristo Rey !!!
¡Viva el Rey!

martes, 15 de noviembre de 2011

La familia ante el desafío de la modernidad

¿Por qué la Modernidad, entendida como el conjunto de principios y valores triunfantes en nuestro tiempo, debería suponer un desafío para la familia cristiana? 

Para responder a eso, hace falta un pequeño análisis de los fundamentos ideológicos de la Modernidad, para que así podamos compararlos mejor con lo que sabemos que la familia cristiana es y representa. 

1) Individualismo 
2) Primacía de las relaciones económicas 
3) Relativismo moral. Confusión entre moral y ley. 
4) Quiebra del principio de autoridad 
5) Materialismo práctico. Búsqueda del éxito fácil, entendido en clave monetaria. 

Este conjunto de rasgos alimentan lo que Josep Miró ha denominado “la gran ruptura de la desvinculación”, que se fundamenta en la ausencia de compromiso y en la afirmación de la realización personal como único hiperbién: “Nuestro sistema social construye hombres y mujeres sin ataduras con el pasado, la tradición, la religión o la comunidad...”. 

Frente a la ruptura de la desvinculación, la familia representa un discurso y un compromiso vital completamente distintos. “Asumir la familia significa asumir que la relación entre el hombre y la mujer se fundamenta en la entrega antes que en la autosatisfacción; que el sexo puede ser el inicio pero que nos lleva por senderos equivocados si no se construye la compañía, porque el matrimonio es la construcción de este acompañamiento; que el don es gratuito; que existe vocación por la descendencia, lo que significa el situar la dinastía en primer término y antes que la inmediatez; en otras palabras, significa dar importancia a aquello que se sitúa a largo plazo por encima del corto plazo” (J. Miró). Pero además de estos rasgos humanos, la familia posee una indudable dimensión religiosa, como expresión del amor de Dios hacia sí y en el seno de la Trinidad que no es el tema de esta charla pero que como cristianos debemos conocer y estimar. 

Por estos motivos, por la inmensa fuerza que esos caracteres le imprimen y por lo que la familia supone en la vida de los hombres, las sociedades con fuerte base familiar no se ven seriamente afectadas por los principios ideológicos de la Modernidad que antes he mencionado. Esto es lo que provoca la hostilidad de los grupos e intereses más comprometidos o beneficiados por la cultura dominante hacia la familia, en especial a la que se fundamenta sobre ideas cristianas. 

Esa hostilidad de la cultura dominante de la Modernidad y de la desvinculación hacia la familia es visible en España desde hace décadas y ha provocado graves daños en el aprecio social de la institución familiar -aunque siga siendo la más valorada por la gente- y en su capacidad para situarse en el centro de la vida de las personas. Es obvio que día a día ganan puntos entre los jóvenes unos modelos familiares acordes con las propuestas de la Modernidad y la desvinculación, modelos que tienen por eje el compromiso limitado, la provisionalidad y que, en muchas ocasiones, no están abiertos a la procreación, gran obstáculo hoy de la autorrealización. 

Estas propuestas alternativas, que van calando hasta diseñar una realidad familiar plural -se habla ya de “familias” y no de familia- aparecen adornadas con el prestigio de la libertad, pero sus efectos sociales son muy cuestionables y a menudo provocan graves daños para los adultos y no digamos para los niños. 

¿Cómo es posible que estas propuestas alternativas a la familia cristiana puedan arraigar cuando son tan inferiores objetivamente en su capacidad para construir la felicidad de sus miembros? En primer lugar, es necesario destacar que la realidad de la familia está siendo profundamente tergiversada por una sistemática campaña de deformación en la que sólo se manifiestan sus defectos, se ocultan sus virtudes y se la presenta como algo anticuado, rancio y condenado a la extinción, mientras que los modelos alternativos aparecen como algo juvenil, de moda y libre (series televisivas, apología de las uniones informales, de las separaciones y divorcios, últimamente la cuestión de la violencia doméstica...). 

Pero todo esto no tendría el menor efecto si la familia no hubiese sido objetivamente debilitada a lo largo del siglo XX por tres grandes fenómenos que han conmovido sus cimientos tradicionales. Estos fenómenos no son necesariamente negativos, los tres tienen indudables aspectos positivos, pero la familia no ha sido capaz todavía de adaptarse a ellos, quizá por su enorme magnitud, quizá porque su incidencia afecta al papel que en su seno correspondía y todavía corresponde a los tres grandes pilares de toda familia: la madre, el padre y los hijos. Me estoy refiriendo a:

1) La incorporación de la mujer al mundo del trabajo en condiciones semejantes a las del varón. 
2) La crisis del principio de autoridad como clave de las relaciones sociales. 
3) La revolución sexual. 

1) La incorporación de la mujer al mundo del trabajo en condiciones semejantes a las reservadas al varón. Este es un fenómeno indudablemente positivo en sus efectos sociales y culturales, pues ha permitido una mayor autonomía de las mujeres y la liberación del hombre de la enorme carga que suponía ser el único responsable de la suerte económica de la familia. Pero ha provocado una auténtica crisis de identidad en la mujer, sobre todo en las madres y amas de casa, que han visto reducida la estima social de su función y se han visto impulsadas en muchos casos a buscar y aceptar trabajos que no les satisfacen ni compensan para disminuir la presión del entorno y sentirse útiles y realizadas. Ha provocado también una necesaria redistribución de las cargas familiares entre los miembros de la pareja, algo que la mayor parte de los hombres no acepta de forma expresa o implícita, creándose tensiones que envenenan la vida conyugal y, lo que es peor, provocándose en muchos casos la desatención de los hijos. Además ha hecho disminuir drástica y bruscamente la natalidad y ha propiciado el aumento de la infidelidad conyugal, de los abandonos y de los divorcios. El acceso de la mujer al mundo del trabajo, una conquista irrenunciable, es un gran ejemplo de cómo algo en principio bueno puede ir acompañado de efectos negativos que todo el mundo percibe pero que es políticamente incorrecto mencionar y contra los que es muy difícil luchar. 

2) La crisis de la autoridad como principio ordenador de las sociedades humanas y, por supuesto, de la familia. Hasta no hace mucho, en todo el mundo la autoridad era el principio clave del mundo del trabajo, de las relaciones humanas y políticas y, por supuesto, de la familia. El padre, y en su ausencia la madre, estaba dotado de un poder casi absoluto en la casa y sobre los asuntos familiares. Incluso los hermanos mayores disponían de un status especial. Pero la autoridad, de la que a menudo se abusaba, ha sido la gran víctima de la Modernidad y ha sufrido un ataque frontal en su legitimidad en las sociedades occidentales desde la revolución de mayo del 68. Hoy se encuentra bajo mínimos y sólo es aceptada con grandes limitaciones y por consenso. En la familia, la autoridad ya no pertenece al padre, en todo caso a los esposos, y en cuanto los hijos tienen edad para opinar y decidir desaparece del todo como principio ordenador de la convivencia.

Lo que esto ha supuesto en el día a día de las familias lo sabemos todos y no merece la pena entretenerse en ello. Me limitaré a señalar que sin autoridad legítima no cabe responsabilidad, y sin responsabilidad el sacrificio no puede exigirse a nadie. La desaparición del principio de autoridad ha erosionado de tal manera el papel del padre en la familia que muchos varones se muestran incapaces de adaptarse a la nueva situación. No es extraño, porque esta situación es inédita en la historia de nuestra civilización y no hay modelos previos a los que recurrir. El hombre ha perdido el sitio y los que se le ofrecen como alternativa -consejero, amigo, cómplice- no cubren el hueco dejado por el padre y además casi siempre son insatisfactorios para él e ineficaces para la marcha de la familia. Muchos se desentienden de situaciones que no pueden resolver ni gobernar y, si estas son graves, acaban cediendo a la tentación del abandono. Todo esto aumenta la carga de las mujeres en los hogares y genera nuevos enfrentamientos que afectan a la estabilidad de la pareja y repercuten sobre toda la estructura familiar. 

Y sin embargo, hay que decir que la autoridad absoluta ejercida por el padre hasta hace no mucho tampoco era buena, y no sólo porque existiera la propensión a abusar de ella. Cuando la autoridad es llevada más allá de cierto límite sólo genera miedo e incomunicación, y de ese modo seca las fuentes en las que debe sustentarse toda familia, que son las del amor y la lealtad. La evaporación de la autoridad no es un fenómeno exclusivo de la familia, sino general, como he señalado, y por tanto irreversible. Es necesario alcanzar un nuevo equilibrio basado en el consenso de los esposos y en el respeto de los hijos y hacia los hijos. Las circunstancias negativas de hoy pueden y deben superarse, porque los rasgos excesivamente patriarcales de la familia tradicional no eran una fortaleza del sistema, sino una debilidad por la que han penetrado buena parte de las críticas fundadas al mismo. Para nosotros, cristianos, podía ser incluso una rémora que impidiera a la familia adquirir las cualidades evangélicas que deberían caracterizarla. 

3) La revolución sexual, que ha puesto de manifiesto la importancia central del sexo en la configuración de lo humano; algo que siempre se había enmascarado por improcedente, subversivo e indecoroso. Ese papel central del sexo había sido reconocido, no obstante, por todas las sociedades tradicionales, que reconocían su fuerza y por ello trataban de encauzarlo a través del matrimonio para que su formidable energía se transmitiera de forma positiva para la sociedad y no de forma perturbadora o disgregadora de los vínculos sociales. 

Hoy la sexualidad conserva su fuerza, pero se niega su papel social, de forma que el conjunto de la sociedad nada tiene que decir sobre cómo la ejerce cada cual. Hoy el sexo, aunque su manifestación sea pública como nunca, pertenece al ámbito de lo privado del individuo y de su capacidad y necesidad de realización. Por eso, al tratarse de un asunto estrictamente individual, ni siquiera la familia está en condiciones reales de intervenir en las opciones o actividades sexuales de sus miembros. Así, los padres se encuentran sin argumentos ni capacidad para intervenir a partir de cierta edad de los hijos, aunque estos vivan bajo el techo familiar, e igualmente los hijos han perdido buena parte de su capacidad de condena si alguno de los padres no guarda fidelidad o abandona el hogar para vivir con otra pareja. 

Convivir con estas nuevas realidades es algo que a muchos se hace intolerable... hasta que se ven en la tesitura de hacerlo. Muchas familias intachables se desenvuelven entre situaciones “sentimentales” impensables hace una generación, si bien es verdad que la tolerancia general hacen menos penosa la aceptación de la realidad. Hay que tener en cuenta que en un pasado remoto estas situaciones eran mucho más frecuentes de lo que imaginamos y que, sin embargo, somos herederos directos de una era, iniciada en el siglo XIX, especialmente puritana en todo lo que se refiere al comportamiento sexual. Se ha señalado con frecuencia que durante mucho tiempo ha podido parecer que la moral propugnada por la Iglesia se reducía a la moral sexual, tal era la insistencia obsesiva en esas cuestiones por parte de los pastores y el control ejercido por el conjunto de la sociedad. 

Hay que asumir, pues, que en esto estamos también ante un profundo cambio de ciclo, ante cambios que están aquí para quedarse durante mucho tiempo y contra los que quizá sólo merezca la pena oponerse cuando den lugar a comportamientos claramente desordenados o puedan arrastrar a las personas hacia la desgracia. Los terrenos son sumamente resbaladizos y están todavía por deslindar a no ser que vivamos en un medio en el que no existan agnósticos o cristianos no practicantes. En otro tiempo, el triunfo del matrimonio canónico sobre otras formas inferiores de unión, muy comunes en ciertos grupos sociales, se hizo posible por el decidido apoyo de las autoridades civiles, que le otorgaron un reconocimiento exclusivo. No hay que decir que las tendencias actuales son muy otras, y que se hace difícil encontrar la fórmula que haga llegar a la gente de manera sencilla y fácilmente comprensible las ventajas personales y sociales del matrimonio cristiano y de los compromisos que conlleva. 

Por último, cabe señalar que, por desgracia, las nuevas costumbres sexuales están siendo acompañados de una explotación sin límites de la mujer como objeto sexual y con un floreciente y repugnante negocio basado en la utilización tosca o perversa de la imprescindible y noble pulsión erótica que alienta en todos los seres humanos. Estos hechos son consecuencia directa también de la revolución sexual en las sociedades occidentales y la hacen aún más indigerible para muchas conciencias rectas. 

Las tres grandes cuestiones señaladas no son buenas o malas de manera absoluta, pero sobre todo sería una pérdida de tiempo dedicarnos a condenarlas o alabarlas. Lo que nos debe interesar es que son irreversibles y han creado un nuevo marco familiar, totalmente distinto del existente hace 50 años. Es posible que, como tantas veces en la Historia, estos cambios de apariencia inasimilable acaben resultando purificadores y descarguen a la familia de aspectos que han podido llegar a convertirla en una vivencia opresiva. Estamos viviendo ahora el impacto sobre la familia de cambios sociales profundos que anuncian renovaciones basadas en la libertad y la coherencia, aunque más vulnerables a la insatisfacción y el individualismo. Es posible que esa renovación deba fundarse en una nueva experiencia de la conyugalidad que redescubra, más allá de las palabras huecas, lo hermoso y arriesgado de una relación incondicional en un mundo donde todo es temporal y condicionado; en una nueva definición de los papeles de los esposos, basados en la igualdad efectiva, sin que la mujer vea en la masculinidad del hombre un elemento sojuzgador ni el hombre en la feminidad de la mujer una inferioridad; una nueva relación entre los sexos, más abierta al goce recíproco, vivido como un don que se acentúa y adquiere pleno sentido en la fidelidad y la exclusividad. Y quizá, ante todo, una revalorización de lo que los hijos suponen en la vida de hombres y mujeres y lo compensatorio de entregarles los mejores años de nuestras vidas. 

Personalmente, estoy seguro de que todo esto llegará, quizá está llegando ya, aunque los árboles de los problemas actuales, el hundimiento de tantas familias, no nos dejen ver el bosque de la gracia y las promesas. Pero, mientras eso llega, ¿qué podemos hacer nosotros? A nivel social, la revalorización de la familia sólo puede venir de cambios culturales y de decisiones políticas que hoy no son previsibles y que quedan fuera de nuestro alcance, aunque no debiéramos dejar de tenerlos en cuenta en nuestras opciones de consumo cultural y en el momento de las elecciones, ya que no todos los partidos son lo mismo en estos aspectos, aunque ninguno de los mayoritarios apueste claramente por la familia. 

Pero sí está al alcance de cualquiera vivir en función de dos valores esenciales: libertad y coherencia. Ser libre es todo lo contrario que dejarse arrastrar por modas que se nos imponen y por las opiniones que promueve la cultura dominante. 

Ser libre es elegir lo mejor para nosotros mismos y los nuestros en función de nuestros intereses y nuestras convicciones. Para que la libertad pueda ejercerse es necesaria la conciencia formada, que es el mayor tesoro que podemos dar a nuestros hijos, y la coherencia que sigue a la elección. Ser libre nunca ha sido fácil y hoy tampoco lo es. La coherencia del hombre libre tiene un precio que la sociedad de los conformistas nos hará pagar, pero sin esa libertad perdemos una parte de nuestra condición de seres humanos y la vida pierde su sabor. 

Tenemos que ser conscientes del tipo de familia en el que queremos vivir y defender con fuerza nuestra opción de las intrusiones del mercado, de la TV, de las ideologías... y hasta de los de los amigos y de las vecinas. Para conseguirlo tenemos que estar seguros de nuestros fundamentos (por eso hay que formarse) y mantener el contacto con los que han hecho nuestra misma elección, ayudarnos unos a otros a superar las dificultades. Hoy existen todo tipo de asociaciones y movimientos cristianos que pueden proporcionarnos la experiencia y la ayuda que necesitamos. Tenemos que tener la inteligencia y la humildad para dejarnos aconsejar y ayudar (cinco minutos de oración antes de tomar cualquier pequeña decisión en el ámbito familiar). 

Mirad que en esto de la familia, de nuestras familias, nos lo jugamos todo. Mirad a vuestro alrededor: hijos rebeldes, ancianos abandonados, padres fracasados y acosados, mujeres deprimidas y maltratadas, rupturas matrimoniales, violencia en las familias, etc... Sin duda, esto no es lo que el Padre ha preparado para sus hijos. Recogemos el fruto de una violenta separación de los principios cristianos que han sido declarados obsoletos por quienes sólo nos ofrecen como alternativa el vacío del individualismo más feroz y un ideal de realización personal que está llamado a chocar continuamente con el de los demás. Nos toca descubrir la belleza y la bondad de la familia cristiana, pero tenemos que hacerlo bajo las condiciones de nuestra época, no al margen.

Rafael Sánchez Saus