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martes, 26 de enero de 2010

170 AÑOS DE EXILIO

 Esta imagen no puede encontrarse en internet hasta hoy mismo, pues es inédita y pertenece a un retrato de época de Don Carlos VII. El cuadro del que damos cuenta en esta entrada.

HISTORIA DE UN CUADRO: EL MARTIRIO DE LA FIDELIDAD

Pasó unos años en el sótano. Alguien lo llevó al desván, y tuvo la cortesía de cubrirlo con una sábana a guisa de sudario. Allí pasó décadas.

No era aquélla casa palaciega, sino casa de labradores, de los que antiguamente eran llamados "de media capa". Honrados labriegos que trabajaban con sus manos la gleba, de esos de Misa de domingo y fiesta de guardar.

Su sitio siempre había estado en el comedor, donde en los meses fríos del invierno se agrupaba la gruesa parentela al amor de la lumbre, para embromarse a la vera del lar. Allí contaba la vieja matriarca sus historias, que no eran suyas, sino de sus mayores. Conservaban en un cofre unos jirones de tela vieja. El retal estaba cubierto de un lamparón, peraltado de una leve costra con relieve al tacto. "Es la sangre de Tío Esteban" -decía la vieja- osculándola como reliquia. El Tío Esteban era, para ser cabales, el tío de la bisabuela.

En el verano de 1845 el Tío Esteban se había atrevido a cruzar la frontera, retornando a España. Era marzo, cuando en una cafetería de Guiche, en el Lapurdi, había oído la llamada de "La Esperanza". La habían escuchado él y otros refugiados compatriotas que en aquel antro de módicos precios improvisaban una tertulia, en la que se alargaban los cafés por no tener dinero para gastar:

"Os prometemos que en cuanto brille el primer rayo de sol de marzo, diremos a estos proscritos: abandonar la Francia; no llevéis más adelante el martirio de la fidelidad; volved a España, aunque encontréis la venganza en el umbral de vuestras chozas. Más vale morir de una puñalada bajo el cielo de la patria, que sentirse desfallecer bajo los harapos de la miseria y en las angustias del hambre en un país extranjero".
Tío Esteban se puso en camino por abril. Cuando cruzó Despeñaperros sintió que el corazón se le quería salir. Por fin, él pensaría que nunca volvería a verlos, los ubérrimos campos del Santo Reino se le franqueaban a los ojos. Llegado al villorrio, el cura tocó las campanas. El hijo al que sus padres y vecinos daban por perdido retornaba al hogar. Se había enrolado con la columna de Miguel Gómez, cuando pasó apresuradamente a una legua de la villa. Había hecho la guerra en las Provincias. Tras la traición de Maroto, había partido con los exiliados.

Poco después de la vuelta de Tío Esteban, unos canallas de la Milicia Nacional irían a hacerle una visita al cortijo. Después de meter las bestias en sus cuadras, lo aguardaban a la puerta de la caballeriza y, diciéndole: "Tente, faccioso" -le echaron mano. Entre los cacareos de las gallinas y los ladridos del perro dio sus estertores, tras ser apuñalado a navajadas. No les importó a aquéllos los gritos impotentes de su sobrina Águeda, a la que retenía de los brazos uno de los fanfarrones esparteristas. Cuando los asesinos se fueron, picando espuelas a sus caballerías, los ladridos del perro se trocaron en alaridos de profundo dolor. Una niña lloraba desconsolada sobre un cadáver empapado en sangre. Cuando regresó la cuadrilla, se llevaron a la niña y recogieron al muerto.

Cuántas noches no escucharían aquellos chiquillos contar la muerte de Tío Esteban. Se sabían los nombres de aquellos desalmados, cuyo crimen quedó impune.

Cuando vino Amadeo, el usurpador extranjero, el sobrino de Tío Esteban cogió la talega y la escopeta, se calzó la boina y en polainas se echó al monte, para vengar tanto ultraje. Su suerte fue que escapó con vida. Y pudo contarlo. Fué él quien adquirió ese retrato de Don Carlos VII. Y él quien lo puso en la parte más noble de la casa.

"Esconde el retrato de Sus Majestades" -dijo la voz de la abuela cuando ganó el Frente Popular. La familia estaba dividida: unos eran fervientes partidarios y pasaron las líneas, buscando combatir encuadrados en las escuadras de Granada. Otros, escaldados como el gato, preferían pasar desapercibidos. Ganó la línea del camuflaje, pero los partidarios tuvieron la última palabra: "Cuando el Rey retorne, el cuadro volverá al comedor". No obstante, el retrato con su marco pasó al sótano, con el cofre y los harapos sanguinolentos de Tío Esteban, aquel exiliado de tan mala fortuna.

Hay gente que, tras volver del exilio a la muerte de Franco, no cesa de hablar de los 40 años de expatriación. Los carlistas llevamos 170 años exiliados. Nadie tiene más razones -170 razones con 12 meses cada una de las 170- para hablar de un exilio.

Ganó la guerra Franco, pero el cuadro no volvió a su sitio. Todos decían que se había ganado la guerra, pero Franco no quería Reyes. Alguien tomó el cuadro de aquel hosco subterráneo donde se arrumbaban los trastos viejos. Pudo ser la Tía Magdalena, que siempre cantaba el Oriamendi cuando iba de romería. El caso es que apareció en el desván. Envuelto en un sudario a guisa de funda.

Alguien lo puso, hace poco, en el comedor. Y yo lo pongo hoy aquí.

Está pronto el día en que retorne el Rey.

jueves, 21 de enero de 2010

HAITI


"La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana. A su vez, la sociedad no puede aceptar a los que sufren y sostenerlos en su dolencia si los individuos mismos no son capaces de hacerlo y, en fin, el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza."

Benedicto XVI | Enciclica Spe Salvi

lunes, 18 de enero de 2010

Coherencia frente al aborto

¿Qué tipo de sociedad encumbra como a un héroe a quien se juega la vida por un huevo de aguilucho y estigmatiza como a un villano a quien defiende el derecho a la vida de los seres humanos que van a nacer? ¿Qué tipo de legisladores pueden redactar una ley que, a la gestante en dificultades, le entrega un sobre cerrado en lugar de ofrecerle un corazón abierto? ¿Quiénes, como católicos, en el ejercicio de la recta razón, pueden anteponer la disciplina de partido a lo que en conciencia les obliga la fe que profesan?

Me parece claro como el día que el aborto es un crimen. Y no es un parecer entresacado de una declaración episcopal. Le he copiado la frase a Mahatma Gandhi. Aunque en verdad podría haber encontrado documentación abundante para hacerlo, porque los obispos españoles han recordado siempre que toda vida humana debe ser respetada como sagrada desde la concepción hasta la muerte natural. Deberíamos agradecérselo, aunque sólo fuera por el ejercicio de coherencia sistemática que realizan en medio de una sociedad que con frecuencia convierte los principios morales en objeto de compraventa. Pero antes al contrario, no sólo no se les reconoce su aportación, que en deber han de realizar para los católicos, ni su contribución al debate público, sino que se les acusa con falsedades reiteradas.

En este sentido, uno de los embustes más recurrentes es que los obispos sólo reaccionan “cuando un Gobierno socialista establece la ley del aborto o trata de reformarla”. Lo primero que habría que hacer para desmontar el bulo, es deshacer la premisa. En España, sólo un Gobierno socialista ha establecido la ley o ha tratado de reformarla. Ningún otro Gobierno ha hecho ninguna de esas dos cosas. En el debe del Ejecutivo de José María Aznar hay que colocar que no mejorara la ley existente y que autorizara la píldora abortiva. Entonces, contra lo que a menudo se oculta o se falsea, la Conferencia Episcopal emitió varias declaraciones denunciando la injusticia que suponía facilitar un medio más para violar el derecho a la vida de los nascituri y las nuevas posibilidades de fraude de ley que ello suponía; al mismo tiempo se pedía la abolición de la legislación abortista vigente (véanse documentos de 18 de junio y de 21 de octubre de 1998; de 17 de febrero y de 12 de diciembre de 2000; y de 27 de abril de 2001).

Entonces, sí hubo reacciones episcopales, distintas en grado y matices de las actuales, porque en justicia no se puede responder igual ante situaciones que son objetivamente desiguales. Ahora, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero da un salto cualitativo hacia atrás en la protección del derecho a la vida con una nueva ley aún más injusta que la vigente, por cuanto trata el aborto como si fuera un derecho de la mujer, introduce subrepticiamente la “indicación social” e impone la propaganda abortista en el sistema educativo; una ley sobre la que se miente cuando nos dicen que trata de articular el derecho de la mujer a ser madre, cuando de lo que de verdad se trata es si, una vez que ya es madre, alguien tiene o no derecho a eliminar al hijo que lleva en su vientre.

Estas serían, en sí mismas, razones suficientes para considerar que estamos ante una situación nueva que requiere también una respuesta nueva. Pero aún hay una novedad más, bien significativa, que ni siquiera estuvo presente en el escenario de 1985 cuando el Gobierno de Felipe González aprobó la ley del aborto. ¿Alguien recuerda que entonces alguna persona con responsabilidad política declarara que, en cuanto católico, no sólo podía, sino que debía apoyar y votar la ley? Al contrario, recordamos la ejemplar conducta de Francisco Vázquez, entonces parlamentario socialista y hoy Embajador de España ante la Santa Sede, que, en conciencia y a pesar de las directrices de su partido, no dio su voto a la norma inicua. ¿Qué tendrían que hacer ahora, ante la nueva tesitura, aquellos políticos que exhiben públicamente su condición de católicos, teniendo en cuenta que la ley Zapatero es aún más injusta que la ley González?

Sin embargo, afirman que van a darle su voto porque no comparten que la nueva ley empeore la vigente. Los razonamientos que dan para ello no pueden ser más débiles. Sostienen, por ejemplo, que con esta nueva ley se reducirá el número de abortos en España. Como deseo es loable, pero insostenible argumentalmente en el debate, porque no se atiene a lo que la ley es, sino a las consecuencias que se anhelan sin base alguna de cara a su posible aplicación. Baste pensar que el 90 por ciento de los abortos se realiza actualmente dentro del plazo para que el que la nueva norma prevé tratar el aborto como un derecho de la mujer. Desde las filas del llamado socialismo cristiano se ha llegado a decir, en un ejercicio paradigmático de manipulación del lenguaje, que esto último no es verdad; que “la ley no recoge el derecho al aborto sino el derecho de la mujer a interrumpir voluntariamente el embarazo”. Con palabras de Humpty Dumpty, en Alicia en el país de las maravillas, habría que recordarles aquello de que “las palabras significan sólo lo que yo quiero que signifiquen” y que “lo que importa aquí es saber quien manda”.

Por último, hay quienes, como católicos, defienden su apoyo y su voto a la nueva ley acogiéndose injustificadamente a lo previsto en Evangelium Vitae, 73. En ese punto de la carta Encíclica, publicada por Juan Pablo II en 1995, se afirma que “un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación (…) En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública”. No hay lugar para acogerse a este supuesto por las razones que se han referido: no estamos ante una ley más restrictiva sino cualitativamente más permisiva del aborto, que llega a reconocerlo como un derecho, en lugar de la situación actual, en la que es tratado como un delito despenalizado en tres supuestos.

En la citada Evangelium Vitae aparecen también dos párrafos diáfanos que, aunque en esta ocasión no se han publicitado mucho, conviene recordarlos y sacarlos a la luz precisamente ahora; pertenecen al mismo número 73 y al 74, y expresan que el aborto es un crimen “que ninguna ley humana puede pretender legitimar” y que “leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia” (…) “La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia. A veces las opciones que se imponen son dolorosas y pueden exigir el sacrificio de posiciones profesionales consolidadas o la renuncia a perspectivas legítimas de avance en la carrera”.

He aquí la nueva situación por la que la Conferencia Episcopal, primero por medio del Secretario General y luego en la Nota de Prensa de la Asamblea Plenaria, de 27 de noviembre de 2009, se ha visto en la obligación de aclarar a los fieles cuál es la doctrina de la Iglesia al respecto y, en particular, las consecuencias que se derivan para los católicos de apoyar públicamente y/o dar su voto a una ley abortista que empeora la protección legal del derecho a la vida de los que van a nacer. Esta ha sido la respuesta, siempre coherente, de quienes, independientemente de la coyuntura social y política, han alzado su voz en favor de los más débiles e inocentes; de aquellos seres humanos que aún no pueden hablar, ni sindicarse, ni escribir un artículo, ni votar un asunto que les afecta tan directamente.

Isidro Catela Marcos|El Mundo

lunes, 11 de enero de 2010

Tradicionalismo o conservadurismo (I)


El liberalismo es absolutamente incompatible con el catolicismo…No es menester que el Papa y los Obispos lo declaren, se declara ello mismo. La lógica más elemental sobra para confirmarlo basta con poner frente a frente la negación del liberalismo lógico y la afirmación de la Iglesia, para que se vea que no pueden coexistir juntos, porque se destruyen mutuamente. Querer conciliarlos es intentar la identidad de los opuestos”.
(Juan Vázquez de Mella)

Hoy hay quien piensa que el catolicismo conservador es una suerte de catolicismo tradicional más moderado, pero en realidad es un liberalismo más moderado. El conservador condena los frutos más extremos del liberalismo, pero no quiere profundizar en sus raíces, en la incompatibilidad radical y esencial entre liberalismo y catolicismo. El conservadurismo actúa así de polo de atracción de los católicos con ganas de luchar contra el laicismo pero los neutraliza al mantenerlos dentro de la órbita del liberalismo. El conservador tiene, pues, un núcleo revolucionario y una apariencia contrarrevolucionaria.

El punto de tropiezo y de clarificación de campos entre los católicos tradicionales, que siguen la doctrina secular de la Iglesia y los conservadores que pretenden una conciliación del todo imposible como enseña la realidad histórica, es hoy la defensa de la Confesionalidad Católica del Estado. La pregunta para detectar a un conservador debe ser: ¿Esta usted por la recuperación de la Confesionalidad del Estado? SI o NO. Y la repuesta debe ser clara y concisa, sin pretender diluirla en palabrería confusa y evasiva.
Dentro del mundo conservador podemos encontrar dos tipos de actitudes frente a la renuncia a la confesionalidad: los que simplemente no la creen necesaria o incluso perjudicial para la Iglesia, y los que afirman que la querrían y esta sería buena, pero consideran que esta no es posible hoy en día y renuncian a su defensa pública. Esta última posición es incoherente a todas luces, porque al renunciar a su defensa renuncian de hecho a toda posibilidad de reconquistarla, y se sitúan de hecho al lado de los de la primera actitud.

Aquí encontramos por tanto el punto de separación de campos. Los conservadores consideran la política como “el arte de lo posible” y los tradicionalistas como “el arte de hacer posible lo necesario”. Es decir los conservadores son liberales y los tradicionalistas católicos. Como enseña Manuel de Santa Cruz: “el cambio de circunstancias no afecta al imperativo teológico inmutable del culto público y colectivo a Dios, establecido en las encíclicas “Vehementer Nos” y “Quas Primas” de Pío XI, con el componente esencial del –por ser Vos quien Sois- “ fundamento de la Realeza Social de Jesucristo. La renuncia conservadora tiene un detonante real inspirado en los respetos humanos y en complejos de inferioridad ante le mundo moderno sin entender que el signo de la doctrina social de la Iglesia es levantar una “contestación al mundo moderno” no la adaptación-rendición al mismo. José Miguel Gambra ha dejado escrito: “Nos dirán sin embargo, que a que sostener cosa tan ajena a lo alcanzable según cualquier previsión. A lo cual sólo podemos responder que el hombre, alma inmortal en cuerpo transitorio, tiende a eternizar el presente, sin darse cuenta de cuan rápidamente pueden cambiar las cosas. Y también contestaremos que lo que siempre puede hacerse es decir lo que debe hacerse, aunque no pueda hacerse. Y quien hace lo que puede, no esta obligado a mas”.

Podemos concluir:

1-La Tradición es un principio, el conservadurismo una actitud.
2-La Tradición es permanente, el conservadurismo evolutivo.
3-La Tradición es providencialista, el conservadurismo historicista.
4-La Tradición es católica, el conservadurismo liberal.
5-La Tradición es contra-revolucionaria, el conservadurismo revolucionario.
6-La Tradición es española, el conservadurismo es foráneo.

Y la forma de convertir a un tradicionalista en conservador es:

1-Excluyendo la religión de nuestro pensar político.
2-Hacernos defender tesis liberales creyéndolas católicas: democracia, derechos humanos, libertad religiosa, pacifismo etc.
3-Hacernos olvidar el fin de la historia, del hombre y del mundo: la gloria de Dios y la salvación de las almas.
4-Hacernos evolucionar “con los tiempos” sin arraigo ni permanencia en el espacio y en el tiempo.
5-En arrancarnos los principios para dejarnos en opiniones.

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Un estudio reposado de lo que fueron las vie­jas ordenaciones libres de nuestros pueblos y de lo que probablemente habrían sido a no mediar las desviaciones europeizadoras, he aquí el cuadro, a grandes brochazos, de la monarquía tradicional española, régimen que mi­ró a la defensa de los postulados fundamenta­les de la unidad de fe y de la lealtad a la Corona, sin mengua del fomento de las fecundas libertades concretas.
Así constituida, la acción de España pudo ahondar en las entrañas de la verdad católica para repre­sentar nada menos que la concepción católica de la vida en la más fecunda de sus maneras. Pero si la España tradicional fue una doctrina, la moderna se ha despedazado en dudas, y la contemporánea en negaciones, acabando su carrera alocada en la más absoluta indiferencia. Ante semejante abandono y delirio exclama el autor:
Cuando se vive entre muertos, estas ideas alcanzan a los ojos dimensión de exac­titud. Bien puedo desde mi retiro, arropado por el dulce silencio del ol­vido rumoroso, repetir las palabras de Quevedo:
»Retirado en la Paz de estos desiertos con pocos, pero doctos, libros juntos, vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis voces a los muertos»
.”

Indice

I. EL MENÉNDEZPELAYISMO POLÍTICO
Actualidad del menéndezpelayismo 13
La estela política de Menéndez y Pelayo 15
Las limitaciones de una obra gigantesca 19
El auténtico menéndezpelayismo 24

II. LA TRADICIÓN DE LAS ESPAÑAS
Europa y las Españas 31
Europa 36
Las Españas 43
La europeización absolutista 52
La europeización liberal 60
El dilema presente 68

III. UNA TRADICIÓN VIVA: NAVARRAUna tradición salvada del naufragio europeizante 71
La primera interpretación: Zuaznavar, el erudito 74
La interpretación sentimental: Olave 81
Marichalar o la interpretación técnica 89
Lo que observó Cánovas del Castillo 95
La lección política de Navarra 96

IV. LA TRADICIÓNLa revolución europea 109
La revolución disculpada 111
La revolución delante del pensamiento tradicional 115
La Tradición 118
Tradición y progreso 121
La Tradición de las Españas 122

V. LOS FUEROS, COMO SISTEMA DE LIBERTADES CONCRETASLos Fueros 127
Hombre abstracto y hombre concreto 128
Liberalismo y hombre abstracto 133
Totalitarismo y hombre abstracto 135
Tradición y hombre concreto 136
Entre libertades. Libertad e Igualdad 138
Los Fueros, barrera y cauce 147

VI. LA MONARQUÍA FEDERATIVALa Sociedad, "corpus mysticum" 153
La realeza 159

VII. LA SECUELA INSTITUCIONALCambio de frente 163
La Corona 165
El Consejo Real 168
El Consejo de Ministros 169
Las Cortes generales 171
El Consejo de Justicia 174
El Consejo de Guerra 175
El Consejo Social 176
El Consejo de Cultura y la Junta de Cultura 177
Colofón 179

LA FAMILIA Y EL MUNICIPIO COMO BASES DE LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA.